La malignidad de las tarifas

No quisiera aburrir a nadie con problemas meramente personales, de manera que, aunque vaya a contar mi caso, espero que el asunto tenga interés para cualquier usuario de teléfonos móviles. Me he dado de alta en Vodafone a través de una portabilidad y, cuando hice las gestiones, pregunté con claridad si la tarifa que me estaban proponiendo, y que no me parecía mal, admitía el uso de tarjetas con el mismo número para incorporar, por ejemplo, en un teléfono instalado en el coche, que es el servicio que yo tenía. Me informaron de que no había ninguna dificultad y que, únicamente, debería ir a una tienda oficial Vodafone para que me diesen la correspondiente tarjeta SIM. Hoy he ido a realizar la gestión y me encuentro con que la cosa es sencillamente imposible. He tratado de averiguar las razones y me han contado que hay una incompatibilidad entre cualquiera de las tarifas planas y ese tipo de servicios; he protestado de la mala información previa y me han dicho que “verdes las han segado”. He tratado de ver si había alguna solución distinta a la que yo creía tan simple, puesto que la tenía en Movistar, y entonces se ha producido el aquelarre, porque me han intentado explicar una casi infinita variedad de tarifas absolutamente incomprensibles, incluso para los que las hayan ideado, en mi opinión.
¿Es posible que una persona acostumbrada a lidiar con algunos textos difíciles, perdonen la inmodestia, se vea convertido en un completo inútil a la hora de entender las diferencias entre unas y otras tarifas, algo que debería ser simple y claro como un vaso de agua clara? Tengo casi la completa certeza de que los comerciales tampoco las entienden, pero no tengo la prueba definitiva. Lo que conjeturo es que el carácter jeroglífico de las tarifas es un procedimiento para acostumbrar al cliente a tragar con cualquier factura. Lo que me indigna es tener la certeza de que no hay manera alguna de librarse de esta clase de trampas, si es que, como creo, lo son, porque no me irán a decir que vayamos a la justicia, o a uno de esos mecanismos e instituciones de queja y supuesto control, a cualquiera de esos entes orgánicos que tiran de palacete y que no sirven absolutamente para nada. Nos quejamos, con justicia, de los políticos, pero creo que en las alturas de muchas estas compañías se refugian algunas de las figuras más sádicas e inmorales que se pueda imaginar. Es claro que lo uno y lo otro guardan una admirable armonía.

Un espanto en la pantalla

Creo recordar que era Machado quien decía, que el pecado que se le hacía más difícil de perdonar era el de escribir un mal drama en cinco actos, porque nada había más fácil que no escribirlo. Me acordaba de este juicio mientras me removía en mi asiento lamentando el espantoso crimen perpetrado contra el séptimo arte por un tal Florian Maria Georg Christian Graf Henckel von Donnersmarck al hacer una película titulada The Tourist. El tipo del nombre largo ya había perpetrado La vida de los otros, una película pesada, oportunista y mua apta para el entusiasmo de los bienpensantes, pero esto de ahora es menos disculpable que el atracón de buena conciencia, ahora que ya no parece haber mucho peligro.

Haber gastado el dineral que habrá supuesto este bodrio es imperdonable. Soportar a la hierática hija de John Voigt haciendo de Audrie Hepburn, o algo así, es un tormento digno de los más refinados sadistas. Solo es soportable la aparición de Timothy Dalton, aunque sea para maltratar a Paul Bettany que hace su habitual papel de tonto. No vayan a verla, me lo agradecerán. Hasta Venecia parece un poco hortera, y confieso haber recordado con alivio el día que vi Copia certificada, lo que me parece que me exime de cualquier otro comentario.

Años muy difíciles

Es imposible encontrar en la memoria de los años recientes un año tan repleto de disparates políticos y malas noticias como el 2010 que termina esta noche. Hay, apenas, dos excepciones que anotar en este panorama tan escasamente estimulante, los éxitos deportivos, y en especial el Campeonato del Mundo de fútbol, brillantísimamente logrado por la selección nacional, y la muy escasa actividad terrorista, muestra evidente de la agonía inaplazable en la que se encuentra ETA. La gestión política del gobierno ha sido realmente penosa, hasta el punto de que se haya producido el hecho, absolutamente insólito en la tradición socialista, de que un estado de opinión largamente compartido por los militantes del PSOE impida que el presidente del gobierno se atreva a manifestar la mínima determinación de volver a ser cabeza de cartel en las próximas elecciones generales.
2010 ha sido un año pródigo en malas noticias para todo el mundo. Congelación de pensiones, bajonazo en los ingresos de los funcionarios, alza del IVA, subidas de impuestos, incremento del paro, parálisis crediticia, parálisis económica, coste desmesurado de la deuda, etc. Nuestra imagen internacional, la marca España, ha descendido a las cotas más bajas de la democracia y nuestra economía se encuentra en la UVI, y bajo la vigilancia de doctores ajenos. Pero si el año ha sido malo para todos, no ha sido mejor para los socialistas y para el propio presidente. Los socialistas han sufrido una humillante derrota en las elecciones catalanas, y su posición en las encuestas sigue bajando; Zapatero ya no es capaz de imponer su criterio y tiene que comprobar como un líder regional vapulea en las primarias a Trinidad Jiménez, una de las estrellas de la corte del talante.
Zapatero ha hecho tan mal las cosas que ha debido producirse un hecho muy anómalo en la política de un país soberano, a saber, que los principales dirigentes del mundo, desde Obama hasta Sarkozy, y desde Merkel al líder chino, hayan decidido presionar al presidente para que rectificase con urgencia el rumbo de su gobierno. Zapatero, ha reaccionado con toda celeridad, pero sin ninguna convicción, de modo que hay en esta peripecia razones más que suficientes para no pueda estar contento con su gestión, para que se sienta invadido por una melancolía progresiva y de difícil cura. El año 2011 ha demostrado que el modo de gobernar de Zapatero estaba siendo no sólo inútil sino perjudicial, y la llamada conjunta al orden desde los poderes más importantes de un mundo cada vez más interrelacionado, ha obligado a Zapatero a convertirse en gestor desganado de decisiones extrañas a sus peculiares creencias. Es llamativo que Zapatero esté haciendo mal y a desgana lo que podría hacer bien, si realmente tuviese la cintura política de la que ha presumido en tantas ocasiones.
Lo peor de nuestra situación es que el margen para que nuestra imaginación dibuje un año 2011 algo mejor es realmente estrecho, por decir algo. Ninguna de las causas básicas de nuestro deterioro económico ha sido sometida a un tratamiento eficiente y decidido, de manera que nos enfrentamos a un año en el que, para empezar, los vencimientos de la deuda en el primer cuatrimestre, que suponen cifras mareantes, nos van a conducir de nuevo a escenarios que nada tienen que envidiar a lo que se conoce como “tormenta perfecta”. No podemos afirmar con certeza si seremos capaces, desde luego con ayudas de otros, de superar ese trance tan rudo, pero tanto si se supera como si no, las circunstancias internacionales van a seguir siendo muy duras, casi insoportables. La única solución a esta crisis que no cesa sería la dimisión de Zapatero, pero no hay grandes esperanzas que poner en esa eventualidad, que sería lógica en cualquier primer ministro capaz de anteponer los intereses generales a los propios. La agonía de Zapatero va a continuar porque nadie puede esperar que se resuelvan milagrosamente los problemas que no se quieren abordar de manera correcta. Tal vez un batacazo descomunal del PSOE en las elecciones del próximo mayo, con significativas pérdidas de poder territorial y con un índice de desafección muy alto, cambien ligeramente el panorama y adelanten un tanto el final de tan largo suplicio.
Desde el punto de vista de los ciudadanos, 2011 se presenta como un año temible en base a las mismas causas. Vamos a comenzarlo con una subida generalizada de precios, en algunos casos sin precedentes: la electricidad, el gas, los transportes, el carburante,… y la cascada de aumentos de costes y de precios que ello va a traer consigo. La escasez de crédito no se va a resolver porque, como todo el mundo sabe, la banca no está en condiciones de dejar lo que no tiene, ni de dejar lo poco que tiene ante un panorama tan dramáticamente oscuro. El empleo seguirá bajando, lo que tal vez invite a los que suelen hacerlo, a tratar de disfrazar las cifras metiendo a más personas en el saco sin fondo del empleo público, una de las causas de nuestra galopante ruina.
Entre las pocas cosas que pudieren, en su caso, hacernos sonreír está un posible final de las actividades de ETA, aunque existe el peligro de que este gobierno trate de vender como tal algo que no se le parezca, o de apuntarse el tanto de un éxito en el que, en puridad, el único mérito que le cabe es el de haber retrasado efectivamente la fecha debido al tiempo perdido años atrás acariciando el Nobel de la paz para Zapatero.
Es duro enfrentarse a un año nuevo ante el que, contra lo que manda la tradición, y contra lo que establecen los buenos deseos, no sea sensato hacer pronósticos halagüeños, pero en las dificultades se crecen las personas y maduran las sociedades. Lo terrible no sería que lo vayamos a seguir pasando mal, sino que no fuésemos capaces de aprender las lecciones.

Un final digno para ETA

La democracia española ha pasado sus peores momentos a causa del terrorismo, y miles de españoles han sufrido en carne propia su crueldad, su estupidez y su locura. Ha costado mucho mantener una política firme y clara, y en el largo camino de estas décadas se han llevado a cabo, por unos y otros gobiernos, algunas acciones y cesiones que seguramente no debieran haber existido. Nuestra democracia ha podido ser víctima de su buena intención, de su deseo de paz, pero ya debería estar firmísimamente asentada la idea de que el problema de ETA nunca debiera haber dejado de ser un asunto que cualquier Estado serio confía, sin más, al trabajo ordinario de la policía y la ley. Desde el comienzo de su gobierno, por el contrario, Zapatero se ha dejado seducir por la tentación de construir una política pretenciosa e imaginativa, una política para su lucimiento, a propósito de ETA, y, en alguna medida con su colaboración, pero ya ha recibido su ración de desengaño de la manera más desairada posible. De esa tentación quedan todavía unos rescoldos que, de vez en cuando se insinúan, en declaraciones de unos u otros ministros, en desiderátums o en actitudes que, francamente, no son fáciles de explicar. Cuando se cumplen cuatro años del atentado que dinamitó el mal llamado proceso de paz no es lógico que subsistan dudas de ningún tipo sobre cuál deba ser la posición inamovible del Estado y del conjunto de las fuerzas políticas sobre el final del aquelarre etarra. Quedan, sin embargo, viejas querencias del intento de convertir a Otegui en un estadista y en un hombre de paz, o de presentar a De Juana Chaos como un benemérito ciudadano que ha pagado sus deudas con la justicia y con el conjunto de los españoles.

El gobierno, que nos representa a todos, tiene la obligación de ser paciente, no vaya a ser que el comprensible deseo de ver el final de ETA se convierta en un as en la baraja de la banda, en una injusta victoria final, por pequeña que fuere, de esa panda de asesinos. Nadie nos va a ganar a alegría el día que ETA deje de existir, pero ese intenso deseo que todos compartimos no debiera nublar nuestra vista. A día de hoy, cuando la patronal vasca denuncia que continúan las cartas de extorsión de ETA, cuando ETA sigue actuando, el gobierno no debe dejarse llevar por las prisas, y tiene que mantenerse firme como garante de la actitud y los deseos unánimes de la sociedad española frente a una organización criminal que, aunque nos haya inquietado e indignado, nunca ha podido tener la menor oportunidad de vencernos. Es un tanto desconcertante, por tanto, que Batasuna pueda asegurar a sus seguidores que tiene «garantías» de que estará en las urnas en las ya muy próximas elecciones de mayo, aunque no sea capaz de disimular su impaciencia y desasosiego por la demora que afecta al supuesto pronunciamiento de la banda, a las actuaciones capaces de mostrar, de manera concluyente y definitiva, que el núcleo duro de los asesinos con armas en la mano vaya a ser capaz de disolverse y entregar sus armas y pertrechos.

No queremos más retórica, ni más promesas infundadas. La debilidad de ETA, no se le escapa a nadie, es la consecuencia de una derrota policial, judicial y política que sería demencial poner en bancarrota. Tienen que ocurrir cosas que nos alegren el semblante, pero que nadie juegue con los apaños, con chapuzas, con darnos gato por liebre en un asunto tan grave y tan largo, porque el único final digno para ETA es aquel que no sea indigno para todos los demás, para la democracia.

[Editorial de La Gaceta]

La prensa, la justicia y el poder

El poder, decía Lord Acton, tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. La prensa ejerce también un poder y lo ejercería de modo corrupto si confundiese su función, la de informar con veracidad, con, por ejemplo, la función del poder ejecutivo, o con la del legislativo o la del poder judicial. Nuestra función no es mandar, ni legislar ni juzgar, y, aunque algunos medios jueguen con descaro a suplantar esos poderes, nosotros sostenemos con claridad, y procuramos atenernos a ello, que nuestra función se limita a informar, a hacer que el público sepa lo que ocurre, sin emitir sentencias ni imponer castigos. Sabemos muy bien que nuestra función no es ni juzgar conforme a la ley ni, menos aún, sancionar como si el delito estuviese probado con todas las garantías que la presunción de inocencia exige.

Esta cautela ética y jurídica nos mueve a informar solo de lo que sabemos con certeza, refiriéndonos exclusivamente a hechos que hayamos comprobado de manera fehaciente a través de diversas fuentes independientes, de manera que lo que se nos puede exigir es que nuestras informaciones se correspondan con la verdad, con situaciones que, caso de no ser ciertas, se podrían desmentir con facilidad por los afectados negativamente por ellas. Pues bien, en nuestro caso, podemos decir con orgullo que nunca ha sido así. Tras las abundantes y precisas noticias que hemos ido dando sobre las conductas sorprendentes, escandalosas y presuntamente delictivas de algunos personajes públicos, como la ex vicepresidenta De la Vega, el presidente del Congreso señor Bono, o, más recientemente, los casos de algunos fiscales y jueces de las Baleares, nunca ha podido nadie demostrar que hayamos mentido, falseado o deformado ninguna de esas informaciones que han sido, evidentemente, de enorme interés público, porque a los ciudadanos les interesa muy mucho saber cómo actúan sus representantes, y cómo son las personas que tiene la responsabilidad y el poder de juzgarles. No ha sido nuestra misión condenar, sino informar, y hemos confiado siempre en que el estado de derecho tendrá los medios adecuados para sancionar, cuando sea el caso, las conductas que nos ocupamos en descubrir por su interés, su relevancia y, en su caso, por su falta de ejemplaridad, por su hipocresía.

Esa es nuestra misión y la cumplimos con orgullo, poniendo todo el interés y el esfuerzo profesional del que somos capaces. Al hacerlo, estamos seguros de contribuir a consolidar la libertad, la democracia y la ética pública. Precisamente por eso nos sentimos con derecho a reclamar que los demás cumplan también con sus obligaciones, sin pretender que seamos nosotros quienes agotemos el significado judicial y político de estas cuestiones. En este sentido, es especialmente llamativa la actitud remisa y sumisa del PP balear quien parece víctima de un síndrome de Estocolmo que le lleva a no apreciar en su gravedad el tipo de hechos que estamos denunciando y a no sacar las consecuencias políticas pertinentes. El PP balear ya ha pagado en términos de desprestigio y electorales las actuaciones de su exlíder, de manera que debería sentirse libre para denunciar las conductas de quienes dicen una cosa y hacen otra, de quienes practican la ley del embudo, de quienes consideran que el delito depende de quién lo cometa, y no de la ley que debería regir para todos. Al guardar un silencio cómplice, el PP aumenta su debilidad y se prepara para recibir golpes aún más arbitrarios que los que ha recibido: sus votantes no se merecen una conducta tan cobarde.

[Editorial de La Gaceta]

Un paraíso fiscal

Como todo el mundo sabe, son razones fundamentalmente prácticas las que explican la propensión de los llamados paraísos fiscales a establecerse en territorios insulares. Las Baleares no gozaban, hasta la fecha, de esa sospechosa fama paradisíaca, pero vistas las informaciones que está arracimado La Gaceta, pronto habrá que cambiar de idea. Baleares está siendo un paraíso fiscal para su personal judicial, una modalidad nueva de paraíso, pero una de las más seguras y, en teoría, más al abrigo de la suspicacia de las leyes, pues quienes las aplican se encargan de que nadie investigue a los fiscales y/o jueces que agreden los intereses del común, del fisco que dicen y debieran defender. Nada menos que tres fiscales de Baleares, Pedro Horrach, Juan Carrau y Adrián Salazar, son titulares de patrimonios sospechosos en la medida en que recurrieron a una conducta absolutamente impropia cual es la de consignar en documento público un valor para su predios muy por debajo de su valor de mercado. Una conducta enteramente similar ha sido uno de los motivos por los que estos mismos señores empapelaron de manera inequívoca al señor Matas que, para su desgracia, no ostentaba la condición de fiscal.

Ante la pública evidencia de estas irregularidades, un presunto delito fiscal, faltas tipificadas como graves en el estatuto profesional, el fiscal jefe de Baleares, Bartolomeu Barceló, ha tenido la ocurrencia de argumentar que no piensa llevar a cabo ningún tipo de actuación porque, a su sospechosos entender, las astucias fiscales de sus colegas constituyen únicamente “una cuestión privada y personal”. Con doctrinas como esa es como se consolida la fama paradisíaca de las Islas: basta con ser fiscal para que nadie te moleste por birlar 3.966 euros a la hacienda pública cuando te compras un ático en Palma, como hizo el fiscal jefe anticorrupción, Juan Carrau, el hombre adecuado en el lugar preciso, o por aplicar un bajonazo de apenas un millón de euros el valor declarado por un chaletito en Calviá, como hizo Adrián Salazar, fiscal antidroga.

¿Qué hará Pumpido ante un asunto tan incómodo? ¿Se consolará comprobando la fidelidad y la astucia de sus fiscales o les aplicará la ley común? Ya sabemos, por las noticias del caso Malaya, que al fiscal general le preocupa la buena fama de los fiscales, empezando por la suya propia, de manera que es muy probable que decida no ampliar el escándalo dejando que se impute a individuos tan solícitos, pero que no se confunda pensando que este caso vaya a caer pronto en el olvido, porque hay materia suficiente como para que, en algún momento, un juez decente acabe por tomar cartas en un asunto tan desagradable y que ensucia la buena fama de la justicia balear, y, más aún, después de haberse sabido, como publicó recientemente La Gaceta, que también el juez que instruyó el caso contra Matas obtuvo en el Banco una tasación que multiplicaba por dos el valor declarado de la por su casa. En interés de la justicia habría que depurar con la máxima rapidez este estatuto de exención de las obligaciones con la hacienda pública que parece afectar a un sector muy específico del personal judicial de Baleares.

¿Qué hace mientras tanto el PP balear? Nada. Afectado, al parecer, por la conducta poco ejemplar de Matas, parece estarse olvidando de que combatir la corrupción, pues no se trata de otra cosa, es una obligación inexcusable de cualquier partido que pretenda ser decente, sin miedo alguno a lo que se pueda decir, y sin olvidar que el silencio es una forma muy precisa y cobarde de complicidad.

La idoneidad de Zapatero

Una de las cosas que llama más la atención de esta nuestra España es la monotonía de las noticias políticas. Somos record mundial en la importancia que concedemos a las mínimas sandeces de nuestros líderes, y eso les lleva a estar todo el día profiriéndolas. Han adquirido tal destreza que ya cultivan el minimalismo, casi se dedican al poema breve, tipo haiku japonés, aunque tampoco renuncien a las largas peroratas castristas, cuando se tercia. Las recientes declaraciones del faro de la alianza de las civilizaciones en torno a su destino político han sido de carácter lírico, pero han obtenido una enorme repercusión en la prensa: son las ventajas de ser dirigidos por un poeta, esos que mejor mueven a las naciones según afirmaba José Antonio Primo de Rivera, no sé si les suena. A cambio de esta inusitada atención a fechorías verbales tan inanes, nos tragamos de oficio auténticas barrabasadas, por ejemplo, que el nuevo Código penal permita incautar el coche de quienes cometan determinados delitos al volante: se trata de una idea brillante cuyo desarrollo no conoce límites, porque, por ejemplo, permitiría quedarse con el piso de quien disparase desde una ventana, y no me entretengo más.
Como saben de sobra mis lectores, McGuffin es el nombre que Hitchcock adjudicaba a ciertas tretas de sus magníficos guiones, una peripecia que acontece en la película pero que nada tiene que ver con la trama de fondo, que sirve para despistar a atención del espectador entregado. Los socialistas, tal vez sin saberlo, son maestros en tal técnica: el supuesto debate sobre la supuesta “sucesión” es un magnífico McGuffin, cuyo efecto despistante se acentúa por el tono entre lastimero y sacrificial de las últimas apariciones del aludido. ¿En qué consiste, en realidad, el engaño sucesorio? Contestar esta cuestión me obliga a hacer una cierta defensa del líder en cuestión, moderada, en cualquier caso.
En la revista que dirige Alfonso Guerra han afirmado que ya es hora de cambiar de líder, y presumo que su análisis no se derive directamente de la admiración a su Maquiavelo falso-leonés. Veamos: en primer lugar, si Zapatero fuese tan malo, peores serían los que le han sostenido, entre otros Guerra, de modo que aunque nos felicitásemos del arrepentimiento, no podríamos olvidar el disparate colectivo de sus secuaces y aduladores, de los miembros de la gran orquesta roja y oportunista, en una mixtura minuciosamente equilibrada. Como dijo Bertrand Russell, en una democracia los elegidos nunca pueden ser peores que los electores, pues cuanto mayor fuere la maldad de aquellos, peor sería la calaña de quienes los consagran. Zapatero es, por tanto, el mejor de los suyos, y por tal lo han tenido durante años, meses y días. Lo que ocurre es que ahora dicen haber descubierto que ya no vende, que vende peor incluso que ese pésimo adversario de derechas que nunca se sabe si va o si viene. Bien, pues que sean consecuentes: lo que ocurre no es que Zapatero sea malo, y, menos aún, que se haya vuelto malo de repente. Lo que ocurre es que las políticas de Zapatero han sido espantosas, que no han servido sino para empeorar las cosas. Lo grave es que esas políticas de Zapatero no son solo suyas sino que son, sobre todo, de quienes ahora le critican y lo echan de más. Cuando los partidos se confunden y no aciertan a ser lo que tienen que ser, gastan el tiempo discutiendo sobre el liderazgo. El PSOE olvidó hacer sus deberes, buscar una política razonable y coherente, atractiva a ser posible. Como no la encontró, Zapatero ha ejercido la vieja política que heredó de Felipe González, sin la astucia y la largueza del sevillano, y basta con leer el libro que escribieron, al alimón, entre Cebrián, el líder del periódico independiente de la mañana, ahora diario global, y González para certificarlo. Es la política del PSOE lo que es malo, no Zapatero. Es la demagogia social, el cainismo frente a la derecha, la falta de respeto a la ley y a la Constitución, la ausencia de una ética pública exigente, su rendición ante el nacionalismo, que no es otra cosa sino la manifestación de su afán de poder a cualquier precio, el dogmatismo autocomplaciente de la izquierda… eso es lo que hace aguas, y no Zapatero, aunque su elección seguramente haya sido una de las peores que jamás se hayan hecho en una democracia.
El culebrón de Zapatero es una especie de McGuffin porque tratan de hacer ver que él es quien ha cometido los errores, olvidando que es la política socialista, que todo el PSOE ha compartido como una piña, incluso hasta cuando la muerte debiera haberles separado, quien ha sido, en último término, responsable del estado comatoso de nuestra economía y del deterioro dramático de nuestras instituciones. ¿Qué se va Zapatero? ¿A quién le importa? Lo único interesante sería saber si el PSOE estaría dispuesto a cambiar alguna vez de política, cosa difícil, pero enteramente imposible hasta que no se peguen un batacazo memorable.
[Publicado en El Confidencial]

Cobrar porque salga el Sol

No es necesario realizar grandes esfuerzos para distinguir entre la propiedad de algo y el derecho a que ese algo produzca rentas. Cuando somos propietarios lo que se nos garantiza es la posesión de un bien, no un determinado nivel de lucro, cosa que siempre depende, de uno u otro modo, y a la vez, del mercado y de las leyes vigentes. Las discusiones sobre la propiedad intelectual, como por ejemplo las implícitas en la malhadada ley Sinde, se refieren, en realidad, no a una propiedad que nadie niega a los creadores, sino a su derecho a percibir, con carácter muy indefinido, determinadas rentas. Mientras esto no se aclare, las discusiones estarán siempre fuera de quicio.
El propietario de un bien material puede hacer lo que quiera con él, menos multiplicarlo: la copia de una finca o de un automóvil no es otra finca u otro automóvil, o, mejor dicho, si fuese otra finca u otro automóvil entonces no sería una copia, sino otro original, un bien físicamente distinto. En el mundo de los bienes inmateriales, por el contrario, las copias no son distintas del original, pero pueden usarse como si fueran realidades independientes porque son idénticas a él, salvo que la copia requiera el empleo de un soporte material, con lo que estaríamos en un caso enteramente similar al de los bienes comunes o materiales. Precisamente en esta necesidad de usar un soporte material se han basado las prácticas de cobro de rentas por parte de los autores. Todo esto cambió de manera dramática cuando se produjo la revolución digital que permite copias absolutamente idénticas, en su contenido, a las obras de creación de carácter textual, visual y/o musical, pero no a las obras pictóricas o arquitectónicas, por ejemplo.
La informática e Internet han proporcionado un procedimiento sencillo de obtener copias a costo prácticamente nulo, lo que hace que el sistema de cobro de rentas por el uso de copias materiales haya caído completamente en desuso, produciendo, evidentemente, una merma de los rendimientos de artistas y creadores. Es lógico que éstos traten de recuperar los ingresos que pierden por ese concepto, pero es muy necesario aquilatar bien la legitimidad jurídica de su pretensión y el respeto a los derechos de terceros.
La copia de una obra inmaterial sin intención de venta es enteramente equivalente, desde un punto de vista conceptual, al préstamo de un libro legítimamente comprado, o al hecho de que unos amigos puedan contemplar un cuadro de nuestra propiedad. Ni siquiera el más ambicioso de los gestores de los derechos de la propiedad intelectual ha pretendido cobrar una tarifa adicional cada vez que alguien lee un libro prestado, escucha una canción que no es propia, o contempla un cuadro ajeno.
Las sociedades de gestión de derechos han sido ejemplarmente eficaces a la hora de establecer cuotas de pago por los más diversos usos de las obras originales, pero se encuentran ahora ante un panorama que claramente les desborda. Han obtenido una victoria clara al lograr que se establezca un canon sobre todos y cada uno de los aparatos que puedan servir de soporte para las copias, cosa cuya legitimidad es más que discutible, pero de la que obtienen pingües ingresos.
En extraña alianza con las majors americanas han pretendido colar una regulación sospechosa en una coda de una ley enteramente ajena al caso, y el Congreso ha rechazado la maniobra, tan peligrosa y tan discutible. Ha sido muy fascinante ver una alianza de intereses tan estrafalaria entre la progresía de la ceja y sus otrora grandes enemigos del cine americano, pero, además del brillante espectáculo, es hora de que pidamos para este asunto un tratamiento serio y un debate a fondo, no la continuación de un sistema de privilegios y sinecuras que no se discute jamás abiertamente.
Nadie duda de que los creadores tengan derecho a retribución, pero es muy sospechoso que pretendan que este asunto se cuele por la puerta de atrás en nuestra legislación, que se haga pisoteando derechos que merecen protección y, sobre todo, que se resistan, como gato panza arriba, a pactar con las nuevas condiciones del mercado, con el desarrollo tecnológico. Su legítimo derecho al lucro puede jugarles una mala pasada si la ambición les ciega, si pretenden imponer sus intereses más allá de lo que resulte razonable, y se niegan a asociarse a nuevas formas de explotación mercantil en las que ideas como piratería, copia ilegítima, que no ocultan otra cosa que la pretensión de seguir cobrando como hace cincuenta años, no pueden jugar ya ningún papel relevante. Más allá del placer innegable que produce ver a unos izquierdistas tan notorios defender unas formas de propiedad intemporales, y pelear por privilegios de casta, todos debiéramos colaborar a que se encuentren, como ya está sucediendo en la música, formas de satisfacer el complejo sistema de intereses en juego, más allá de un derecho absurdamente equivalente a algo tan arbitrario como pretender cobrar un tanto porque el sol salga cada mañana.
[Publicado en La Gaceta]

En el limbo, entre Vodafone y Movistar

Debido a la increíble habilidad de dos de las mayores empresas de telefonía que operan en esta nuestra patria, Movistar y Vodafone, he debido perder buena parte de la mañana colgado del teléfono y tratando de hablar con números inaccesibles cuyos propietarios se ocultan tras cordilleras de sistemas automáticos, y departamentos que no son el que buscas, para acabar en manos de personajes hábilmente especializados en hacerte preguntas que no sabes contestar, como, por ejemplo, «¿qué departamento le hizo la gestión?», y/o en respuestas absolutamente inadecuadas, como por ejemplo «para resolver ese problema tendrá que hablar con el departamento de atención al cliente», lo que insinúa claramente que tú eres un idiota que te has puesto al habla con el departamento de martirio al cliente, bobo que eres.
El caso es que, llevado por un mal momento, por la absurda creencia de que se puede mejorar, y de que existe competencia leal entre empresas rivales, decidí hacer una portabilidad, extraña palabra con la que te engañan, no sin el poderosos auxilio de la ley, haciéndote creer que puedes cambiar de compañía conservando tu numero de teléfono. Traté de abandonar Movistar, de quien estoy justificadamente harto por su manifiesta incapacidad para explicar nada de manera medianamente coherente, a Vodafone, del que ya estoy harto sin haber comenzado a recibir sus servicios/suplicios. Hecha la maniobra, que consiste en una tortuosa serie de grabaciones absurdas que se interrumpen de manera indefinida, de manera que haya que volver a comenzar desde el principio, Vodafone ha demostrado sobradamente su habilidad haciendo que la portabilidad sea efectiva antes de haber recibido las nuevas tarjetas de su compañía, es decir, haciendo que te quedes sin teléfono por un tiempo, seguramente para comprobar lo feliz que se puede ser sin la dependencia de las TIC, tema que, como soy filósofo, debería conocer de punta a cabo.
Quiero hacer notar a mis amables lectores el indudable mérito que tiene una hazaña semejante, un servicio tan esmerado. Vodafone se organiza maravillosamente para que se produzca el siguiente suceso: que Movistar te corte el servicio sin que Vodafone te haya dado los medios para que hagas y recibas llamadas a través de su red. Se trata de una precisión admirable, dado que son ellos mismos los que fijan el momento en el que se hace efectiva la tal portabilidad, de manera que hace falta ser muy cuidadoso para que las nuevas tarjetas SIM lleguen a tus manos después de producido el cambio.
¡Maravillas de la sociedad del conocimiento en versión española! Por supuesto que esta habilidad para hacer las cosas en su momento justo, y que el cliente pueda descansar del agobio del puñetero telefonino, como lo llaman con gracia en Italia, va acompañada de una información de gran calidad si es que tratas de enterarte en qué situación se encuentra tu ansiado teléfono. Yo he comprobado que, al menos por un tiempo, mi teléfono estará en el limbo, en una realidad meramente virtual que existe entre Vodafone, que dice haberlo enviado ya, y Seur que jura no haberlo recibido.
En fin, no quiero cansar a nadie con estas situaciones dignas de un Kafka con buen ánimo, pero acéptenme un consejo: «¡Virgencita, que me quede como estoy!»

Bruc


Pocas cosas me producen mayor satisfacción que poder hablar bien de una película española, aunque solo sea por lo raro que resulta. Bruc es una cinta que reúne una serie rara de virtudes, y, aunque no esté exenta de defectos, estos no son siempre los aparentemente inevitables en una producción nacional. Para empezar, lo que cuenta Bruc es interesante y visualmente atractivo. El argumento es suficientemente original y está planteado en el lugar justo: entre la leyenda y la historia. Lo que se narra es la persecución de un guerrillero avant la lettre, al que los napoleónicos atribuyen una derrota humillante de su ejército y al que pretenden exhibir como trofeo y arma de propaganda. Los guionistas han jugado con habilidad, y han transformado al niño tamborilero de la leyenda en un joven carbonero, hábil cazador y magnífico conocedor de un entorno difícil que, además, está teñido por el temor legendario que siempre provoca lo sagrado como ocurre con las inmediaciones de Montserrat. Asistimos entonces a una batalla desigual pero equívoca, en la que la víctima se transforma en verdugo de manera inexorable, un tema que la película asume conscientemente al acabar con una frase de Napoleón según la cual el inicio de la guerra de España fue el comienzo de la desgracia de Francia.

Tal vez haya habido un exceso de adaptación a las modas más recientes en películas de género más o menos similar, pero esto, aparte de difícil de evitar, es pecado menor. El caso es que cuesta creer que estés viendo sucesos de 1808 porque el aire general resulta demasiado contemporáneo, aunque tal vez me equivoque. La película no cansa, la acción está conducida con pericia, hay suficientes referencias realistas, las familias, y románticas, la novia, como para que la película no sea una fantasmada a lo Rambo. La música es también acertada, y, lo único que falla, si acaso, es la credibilidad de las armas y efectos especiales que, en cualquier caso, está mucho más cerca de o correcto que de lo esperpéntico.

Los productores se han atrevido, y no es mérito pequeño, a hacer una película catalana y española a la vez, lo que no debería ser extraño, pero hay que reseñarlo. Cataluña y España son tan inseparables como lo ha sido su historia y ese momento especial de guerra al francés es un sello sangriento y nobilísimo de esa hermandad, cosa que muy bien supieron ver nuestros grandes novelistas, Peréz Galdós y Baroja, tan desaprovechados por el cine, por cierto. La historia que nos cuenta Bruc no habría desmerecido la pluma de ninguno de ellos y es un soplo de aire fresco en entornos tan enrarecidos y envilecidos como lo son el cine y la política española.