Autor: JLGQ
Otro McGuffin
No consta que Zapatero sea experto en técnica cinematográfica, de modo que, cabe conjeturar, tal vez no sepa que McGuffin es el nombre que Hitchcock adjudicaba a ciertas tretas de sus magníficos guiones. Un McGuffin es una peripecia intrigante que acontece en la película pero que nada tiene que ver con la trama de fondo; su función es decisiva: despistar al espectador que pasa así por alto lo esencial para verse finalmente sorprendido. Bueno, pues queriéndolo o no, la llamada “sucesión” es un magnífico McGuffin y produce verdadero deleite contemplar el rendimiento que algunos le sacan al truco.
En ocasiones, pasa en las malas películas, el McGuffin deja de serlo y se apodera de la trama principal. La culpa será, entonces, del guionista, del autor de la trama, de Zapatero en este caso, aunque no sepamos si discurre solo o en compañía de otros u otras, como sería obligado decir dado el panorama. Nada hay peor que un McGuffin demasiado sobreexplotado, capaz de arruinar cualquier dramatismo en la narrativa. Puede pasar que algunos crean que la vida política no es otra cosa que una sucesión de McGuffins, pero si el público llegase a esa convicción, su venganza podría ser terrible.
La Navidad
Prisioneros
Quienes hayan estudiado algo de lógica habrán oído hablar del dilema del prisionero, una situación que se produce cuando cualquiera que haya cometido una fechoría con ayuda de un cómplice se plantee de qué manera puede obtener el mejor trato de la justicia. Si cualquiera de ellos confiesa y su cómplice no, obtendrá la libertad y el cómplice será condenado; si ambos dicen la verdad, se les condenará a ambos, pero, si ambos lo negasen, obtendrían la libertad de manera casi inmediata. Cada uno de los dos sospechosos ha de escoger, por tanto, entre maximizar los beneficios conjuntos guardando silencio, o asumir el riesgo de obtener una larga condena por la traición del cómplice que solo busque su propia libertad.
Se trata de una situación que estudia la teoría de juegos y que da lugar a muy sutiles complicaciones, pero lo que de ella nos interesa es que, como sucede en la política, el destino conjunto de dos protagonistas con intereses contrapuestos está sometido a reglas que, en la medida que incorporan el cálculo sobre lo que hará el adversario, distan de ser enteramente simples. Si aplicamos el modelo a los dos grandes partidos españoles, está claro que ninguno de ellos se fía del otro, y eso les lleva a rechazar la fórmula de pacto de estado que la mayoría de sus votantes consideraría hoy día como la menos mala. Su enemistad radical, fuera ya del modelo formal del prisionero, tiene otros muchos inconvenientes que hacen que la política española se enfangue en una situación de confusión, desesperanza y recelo que no ayuda en nada a que los ciudadanos puedan vislumbrar salida a la crisis. Aunque casi todo el mundo tenga una idea precisa acerca de cómo se reparten las responsabilidades respectivas en este crimen conjunto, lo que es decisivo es que estamos prisioneros de una situación que admite muy pocas fórmulas de desbloqueo.
El PSOE está prisionero de su líder, de su proyecto personal: es la consecuencia de haber ensalzado hasta la nausea, como si se tratase de un genio de la política, a un personaje que ha sido fruto de la casualidad y que no ha resistido ni cinco minutos a la prueba de las dificultades. En esta situación, los socialistas no se atreven a rectificar porque temen que, a corto plazo, los resultados agudicen la devastación que ven en el horizonte, y están ensayando fórmulas más o menos mágicas y coyunturales: hacer como que Zapatero ya no está, amagar con Rubalcaba, como si un Fouché pudiese ganar alguna vez una competición con reglas, por mínimas que sean, o tratar de pasar el mal trago de las municipales y autonómicas y luego ya veremos.
El PP no es menos prisionero. Atado por sus contradicciones, no se atreve a formular con claridad políticas alternativas, y trata de presentarse como una solución más social que la de su adversario. Esta es una constante de la historia del PP, al menos de la de los últimos años, la ridícula pretensión de no ser menos que el PSOE que lleva a cometer verdaderos disparates en sus propuestas, en sus comentarios, en sus reacciones. Que los dirigentes del PP no sean capaces de caer en la cuenta de que esta conducta no hace sino abonar el caladero de votos de sus adversarios es realmente de aurora boreal.
El PP es prisionero también de una tradición escasamente democrática y, por supuesto, nulamente liberal. Dice que sus puertas están abiertas de par en par, pero es para no hacer nada, para que los ingenuos que se arriesguen a entrar puedan comprobar con gran asombro que han pasado a integrar el conjunto de habitantes de la casa deshabitada. El PP tendría que convocar en los próximos meses un Congreso ordinario para cumplir los Estatutos, pero no lo hará, porque lo de la democracia les suena a música celestial a buen número de sus dirigentes, especialmente si se les ocurre pensar que tal vez puedan estar a punto de alcanzar el paraíso de las poltronas.
Si no convoca el Congreso que debiera convocar es porque muchos dirigentes del PP temen que su puesto pueda peligrar si realmente el partido se tomase el trabajo de pensar seriamente en su papel y en dar ejemplo de democracia, de renovación, de rigor, de audacia. Como frente a esas virtudes, la infinita cohorte de los oportunistas y cucañeros se echan a temblar, lo más que puede suceder es que los gerifaltes improvisen alguna especie de Convención para que los beneficiados se harten de aplaudir.
Alguien podría pensar que los defectos de los partidos dependen de su ideología respectiva y no es así, del todo. Su falta de democracia interna es reflejo de la del vecino; su cesarismo es competitivo; su rigidez es respectiva. Lo que choca más es que el PP, que es el partido que debía velar por las libertades y ser más consciente de su pluralismo interno, se deje llevar por un caudillismo inexplicable y absurdo. En resumen, los españoles somos prisioneros de unas cúpulas políticas escasamente admirables, y que se resisten a cambiar con la excusa de proteger nuestros intereses.
[Publicado en El Confidencial]
Rubalcaba al aparato
Una leyenda sobre los periodistas indica que no leen los periódicos, pues bien, en el caso de El Mundo podemos desmentirlo, ya que ayer domingo se apresuró a dar como propia la noticia que La Gaceta había dado el sábado sobre la grabación de todas las llamadas telefónicas de los controladores, también las de sus números privados, establecida por el gobierno.
Rubalcaba no se anda con chiquitas: lo malo es que creen que el ordenamiento legal es papel mojado cuando se interpone a sus designios, a sus planes totalitarios. Ya es desmesura declarar un estado de alarma por su incapacidad para meter en cintura a los controladores, pero tienen tan buena imagen de sí mismos que las cautelas les parecen melindres. No se dejan impresionar por el hecho de que ningún gobierno democrático haya recurrido jamás a ese estado de excepción que exige la existencia de un grave peligro para el conjunto de la nación que no se pueda combatir por otros medios. Rubalcaba, como un nuevo Luis XIV, cree que el estado es él, y que si él se ve amenazado, el estado se encuentra en peligro. Ésta interesada confusión ha propiciado que el estado de alarma se prolongue una primera vez, y ya veremos lo que da de sí esta prórroga. Mientras tanto, y llevados de su peculiar sentido de la responsabilidad, que consiste en que el gobierno no tenga que dar explicaciones a nadie, haga lo que haga, los hábiles telefonistas del Ministerio del Interior han sido dedicados a escudriñar las conversaciones privadas de los controladores, a ver si por fin descubren que toda la trama se origina en algún primo del PP, lo que daría al asunto la conveniente dimensión política que muchos de sus seguidores echan lastimosamente en falta.
La patrimonialización del poder es un riesgo moral que afecta a todos los gobiernos, pero el PSOE ha dado muestras más que suficientes de que se trata de una perversión que no se condena en sus códigos éticos. La ley deja de serlo siempre que les convenga, y por el tiempo que les resulte útil. Ningún precepto ético o legal es suficientemente sólido como para impedirles hacer lo que les place. Ellos establecen, por ejemplo, fuertes normas de incompatibilidad para los demás, pero se las saltan cuando el caso les afecta. Ellos consideran que recibir unas baratijas como regalo es grave quebranto de la ley, pero se asombran de que se pretenda empapelar a Bono por los millonarios dones y permutas con que le han beneficiado sus innumerables y generosos amigos inmobiliarios.
Hay que recordar a este gobierno que el estado de alarma y la militarización de los controladores también tiene sus límites. Es muy grave que se viole el derecho a la intimidad de cualquiera, incluso si fuese un delincuente, si eso no se hace con las debidas cautelas y bajo la tutela judicial correspondiente. No se trata ya de la discutible legalidad de una medida como la que hemos dado a conocer al público, sino de que nos asusta la avilantez con la que el gobierno se toma a beneficio de inventario todas las disposiciones que previenen la arbitrariedad y el abuso de poder. Ni siquiera los controladores, que se han ganado a pulso por su insolencia la repulsa de la mayoría de los españoles, merecen un trato vejatorio por parte del gobierno y de sus aparatos policiales. Tienen derecho a la intimidad, tienen derecho a la tutela de las leyes y de los jueces, tienen derecho a defenderse, y el gobierno no puede pretender que le apoyemos cuando pisotea los derechos esenciales, aunque sea con el propósito de vencer a los controladores.
[Editorial de La Gaceta 201210]
Del maniqueísmo al no es para tanto (España en crisis 6)
La cara del ministro de Fomento
El debate sobre el inaudito estado de alarma nos ha deparado algunos momentos regocijantes. Cuando Rajoy usó de su habilidad para repetir, sin que el auditorio lo supiera, unas palabras de Rubalcaba a propósito de lo inepto y caradura que era el ministro de Fomento, pero referidas al primer gobierno de Aznar, la cámara del Congreso, siempre servicial, nos dejaba ver la faz del titular del cargo en la actualidad, su gesto de incredulidad absoluta. ¿Cómo era posible que de él, de don José Blanco, Pepiño ocasional en las tenidas con los compañeros más elementales, se dijesen semejantes barbaridades? ¿Cómo se atrevía el líder del PP a faltarle al respeto de forma tan procaz y notoria? Los espectadores estaban, con seguridad, ciertamente sorprendidos, no tanto por considerar que el ministro mereciese mejor trato, como por el asombro al ver un Rajoy faltón. Desgraciadamente, el pasmo duró poco, porque Rajoy desveló la argucia de que se había servido para provocar un efecto tan inusual en la Cámara. Entonces se pudo ver la cara de Rubalcaba, contraído, a la defensiva. Ambas caras, mientras Zapatero lucía la habitual, sin apenas darse cuenta de que no se celebraba ningún jolgorio, muestran con gran expresividad una de las características más notables de la política española.
A veces se describe el sistema español como un bipartidismo imperfecto, para dar cuenta del peso que acaban adquiriendo en las Cámaras las distintas minorías, con apenas un porcentaje de voto sobre censo del diez por ciento. Pero hay otra peculiaridad que no es menos decisiva. Vivimos en un bipartidismo que, además de imperfecto, es perfectamente inicuo, desigual: nada tiene que ver lo que se exige y espera de unos con lo que se exige y espera de los otros. El PSOE ha acertado a hacerse con la casi exclusiva de la democracia, la decencia y la legalidad, y consigue presentar permanentemente a los del PP como una colla de peligrosos delincuentes a los que es conveniente mantener al margen de los resortes estratégicos del sistema. Para mostrarlo con claridad meridiana bastará con que hagamos un experimento mental y tratemos de imaginar lo que habría sucedido si el decreto de militarización del espacio aéreo hubiese sido dictado por un gobierno del PP. Si sólo por unos ligeros retrasos en Barajas, a cuenta, por supuesto, de pilotos y/o controladores, Rubalcaba trató a Rafael Arias Salgado como si éste fuese una especie de golfillo que se hubiera colado en el gobierno, ¿que no habría dicho si el gobierno hubiese dejado a cientos de miles de pasajeros en tierra al comienzo mismo del mejor puente del año?
No se trata de un hecho aislado, el gobierno de Zapatero ha batido todos los records de incompetencia, incumplimiento, deslealtad política e irresponsabilidad que quepa imaginar. No ha pasado otra cosa que el que la oposición haya tratado, no con un éxito inenarrable, de ponerlo de manifiesto. El gobierno de Zapatero ha bajado el sueldo a los funcionarios; ha congelado las pensiones; ha roto el Pacto de Toledo, que se hubo de firmar para evitar el efecto político corrosivo de las afirmaciones de que el PP rebajaría las pensiones en cuanto gobernase; ha otorgado televisiones a sus amigotes, saltándose cualquier apariencia de legalidad; ha hundido financieramente a la televisión pública privándola de publicidad para que el mercado vaya a parar enteramente a los magnates privados que saben muy bien cómo hay que pagar el favor; ha suspendido leyes aprobadas en el Parlamento por mayorías suficientes con un mero decreto; ha dilapidado los recursos públicos con arbitrariedad y notable ineficiencia; ha envenenado hasta la nausea las relaciones territoriales; ha envilecido con subvenciones barrocas y constantes a los Sindicatos, siempre dispuestos al sacrifico en el altar subvencional; ha usado la guardia civil y los fiscales para detener con diurnidad y alevosía a cualquier individuo mínimamente cercano al PP, en muchas ocasiones sin el menor motivo judicial sólido, como se pudo comprobar tiempo después; ha hecho con los terroristas de ETA toda clase de maniobras equívocas o simplemente estúpidas, llevado por la convicción de que la izquierda abertzale apenas necesita unas sesiones de terapia del sillón para ser tan manejable como un sindicalista. No sigo, que me falta espacio.
El AVE a Valencia
La fiscalía y el embudo
La grande y la pequeña maniobra (España en crisis 5)
El excesivo culto a la palabra, a la retórica vacía, tiene una consecuencia demoledora en el debate público, a saber, que tienden a imponerse las grandes palabras, que se deprecia el espíritu crítico, siempre tan escaso porque requiere valor, y se concede un valor enteramente exagerado a lo sentimental, a lo fácil. Visto desde otro ángulo, esa actitud favorece el prestigio de las grandes promesas, de la idea según la cual cualquier mejora requiere la adopción de medidas mucho más radicales y generales que las que suponen necesarias los reformistas, dígase con tono despectivo. Como es natural, esa actitud trae consigo el que, en realidad, nunca se cambie nada, que, en el fondo, se promueva el ideal hipócrita y cínico que establece que sea preciso que todo cambie para que todo siga igual.
En algunas ocasiones he comparado esas dos actitudes frente a los defectos españoles con las posturas contrapuestas de Ramón y Cajal y de Ortega y Gasset en torno al problema de la ciencia en España, de la universidad y de la cultura española, en general. Ortega, además de inspirarse en un modelo que ya casi agonizaba, pretendía que cualquier cambio positivo requeriría reformas muy de fondo, mientras Ramón y Cajal se limitaba a escucharle con gusto, y con cierto escepticismo, y a trabajar de manera incansable, investigando con rigor y audacia, dejándose los ojos en el microscopio y poniendo a los laboratorios españoles bajo su influencia a la vanguardia de la ciencia de su época, pese a las innegables dificultades que trataban de impedirlo.
En el mismo terreno universitario se podría poner un ejemplo mucho más reciente, estrictamente contemporáneo. Es verdad que la universidad española es muy mediocre, que no tenemos, en el año corriente, ninguna entre las 200 mejores del mundo, pero ello no ha impedido, por ejemplo, que el Departamento de Matemáticas de la Universidad Autónoma de Madrid ocupe un lugar mucho más brillante en la jerarquía internacional (está entre el lugar quincuagésimo y el septuagésimo quinto) que el que corresponde al conjunto de las universidades. Los males de la universidad española no impiden a esos matemáticos madrileños hacer un trabajo excelente, aunque sean, o seamos, legión los que se refugien, o los que nos refugiemos, en la mediocridad general para justificar la propia. Todo mejoraría el día que aprendiésemos a trabajar en las reformas posibles, por humildes que parezcan, sin que eso haya de significar ninguna renuncia al ideal, entre otras cosas porque al ideal se llega, únicamente, paso a paso.