La rareza de los héroes

Ayer vi algunos fragmentos de Una trompeta lejana, la película de Raoul Walsh protagonizada por Troy Donahue y la bellísima Suzanne Pleshette. No recordaba que el tema de la película fuese, una vez más, el heroísmo del rebelde, la fidelidad a la propia conciencia y la capacidad de decir no al mero poder. Es llamativo el número de veces que esta historia, u otra semejante, se ofrece en la películas americanas, frecuentemente con militares como protagonistas. Ford o Eastwood, por citar los casos más obvios, han hecho unas cuantas, aunque los rebeldes de Eastwood sean más civiles que militares. En cambio, estaría dispuesto a apostar que apenas se ha tocado ese arquetipo en toda la historia del cine español, aunque es posible que haya alguna excepción que ahora no me viene a la cabeza. Ya puestos, me parece que pasa lo mismo con nuestra literatura, que no se nos han ocurrido ni héroes ni personajes ejemplares, tal vez con la excepción de Pérez Galdós y, algo menos y de otra manera, de Baroja. Es notable también que un arquetipo con ribetes heroicos como Don Quijote sea cruelmente vapuleado por Cervantes, aunque la cosa pueda leerse de varias maneras.
Uno de los héroes más atractivos de la novela española es, sin duda, Gabriel de Araceli: pues bien, cuando Garci hizo la película del 2 de mayo, con abundante dinero de la Comunidad, cometió la tropelía de convertir al bueno de Gabrielillo en una especie de pillo, en una mezcla de progre y picha brava. Supongo que a don Benito se le habrá indignado desde la eternidad y yo pasé por un momento de ira que creí que iba a ser incurable, pero todo se pasa. Con tradiciones como estas ¿quién se atreve a pedir, por ejemplo, políticos admirables, honestos, patriotas, sacrificados, ejemplares, en último término?
Nuestra cultura es de pillos y de rameras, de listos y charlatanes, y así nos va.

El desprecio a los políticos

Se trata de un lugar común: por todas partes se oye despotricar contra la clase política, y se le atribuye, toda especie de males, presentes y futuros. Creo que se trata de un error de perspectiva, y de una salida en falso. No diré yo que tengamos una clase política admirable: tenemos lo que nos merecemos, lo que hemos escogido, lo que cada vez que hay elecciones volvemos a elegir. Nos negamos a ver que los defectos de ese tipo de personas son, precisamente, los nuestros, y que no habrá ninguna posibilidad de conseguir una España mejor esperando simplemente que mejore la calidad moral, técnica y personal de quienes nos representan con tanta pericia y fidelidad a nuestros peores hábitos. Somos los ciudadanos quienes tenemos que mejorar, que ser más exigentes, más críticos, más valientes, más inteligentes. Eso está en nuestras manos y, cuando lo persigamos, y, en alguna medida, lo logremos, se notará automáticamente una mejora de la calidad de quienes nos representen.
No tenemos derecho, en realidad, a reprocharles que hagan exactamente lo que nosotros hacemos: mentir, exagerar, disimular, hurtar el bulto, aprovecharnos de las circunstancias sin la menor exigencia moral, etc. Insisto, no defiendo a los políticos, lo que propugno es que nos demos cuenta de que eso que vemos en ellos es un espejo de quienes somos, y que actuemos en consecuencia.

El retrato que ETA se hace de nosotros

Hay una indudable asimetría entre el conocimiento que la sociedad española tiene de ETA y el que la banda tiene sobre nosotros: su último comunicado lo demuestra con claridad, aunque también hace ver que nos tiene realmente en poco. Que ETA pretenda conseguir lo que siempre ha proclamado e imponiendo condiciones al resto del mundo, sin matar, pero sin soltar las armas ni quitarse la capucha, es muestra evidente de que va a tratar de seguir jugando con nosotros, persuadida de que, hasta ahora, no le ha ido del todo mal. Para hacer realidad sus propósitos, independencia, reunificación y socialismo, es decir, gobierno para ETA, la organización terrorista puede aparentar que deja de ejercer el terror, pero no puede renunciar al miedo, a ser un poder oculto, más allá y por encima de cualquier democracia formal. Que pretenda que las instituciones democráticas se plieguen a sus exigencias es una quimera, un desvarío que ha sido alimentado, sin embargo, por la política vacilante del gobierno y por la falta de claridad del PNV y, en alguna medida, también de otras fuerzas políticas. Habla ETA de un conflicto secular, reivindicando de algún modo la carlistada, y de que cese la represión de Francia y de España. Sin embargo, la única represión efectiva y arbitraria que ha sufrido la sociedad vasca, y también el conjunto de los españoles, ha sido precisamente la de la violencia etarra, tan injusta, absurda y desproporcionada con cualquier adarme de razón, que apenas puede imaginarse mayor disparate lógico que el que han proferido esos encapuchados de opereta al perpetrar su comunicado. No se trata de creer o no a ETA, sino de decir bien claro que el papel que ETA pretende atribuirse es inconcebible en una democracia, y que España, y el País Vasco como una de sus partes, es una democracia, todo lo imperfecta que se quiera, pero una democracia al fin y al cabo. ETA puede jugar cuanto quiera, y cuanto se le deje, con las palabras y con la propaganda, y es verdad que mientras se entretiene en eso no le quedan energías para los coches bombas, pero esa clase de juegos no son los que se requieren para normalizar definitivamente la convivencia y la democracia en Euskadi.

Tanto si ETA no renuncia a defender su proyecto quimérico, que es lo que ahora nos dice, como si lo hiciere, nosotros no podríamos renunciar a nuestra democracia, a sus principios y a su funcionamiento, y no podemos hacerlo porque no hay mediación posible entre la libertad y el miedo, entre la representación y la usurpación, entre la democracia y la tiranía de unos pocos. No podemos dejarnos engañar por nuestros deseos vehementes de forzar buenas noticias, por encontrar alguna luz en un asunto tan largo, absurdo y trágico como lo está siendo el de ETA. Que los asesinos se quieran convertir en jueces y policías no facilita ninguna clase de optimismo. ETA tiene que inventar algo porque sus acciones han llegado a ser completamente ininteligibles incluso para los suyos, pero esa necesidad es una forma preliminar de claudicación, una actitud que no será completamente real hasta que se quiten las capuchas, entreguen las armas y se dirijan al juzgado más cercano para saldar sus deudas pendientes con la justicia, con la nación a la que han pretendido sojuzgar y chulear. Cuando hagan eso, que lo harán, será el momento de pensar en ser generosos con ellos, en tratar de cerrar de manera piadosa un episodio largo y sangriento que nadie ha querido convertir, por fortuna, en una nueva guerra civil. Pero nada puede hacerse hasta que no cumplan esas condiciones elementales que nada tiene que ver con lo que han hecho ahora, con ese sainete a mitad de camino entre el Ku Kus Klan y la mesa del trile. No creo que ETA trate de engañarnos, porque piensa que le tenemos tanto miedo que acabaremos cediendo de una u otra forma, pero lo que piensa ETA es enteramente engañoso, es un imposible que nadie podrá convertir en un proyecto razonable porque en esta clase de batallas no existen los empates, o se pierde o se gana, no hay otra. ETA amaga a ver si alguien pica; afortunadamente, Rubalcaba ha salido al paso de cualquier interpretación oportunista recordando que el comunicado de ETA no supone lo que algunos imaginaban que iba a significar. ETA podrá intentar lo que quisiere, pero las realidades son tozudas: no ha ganado la guerra, ha cansado a los suyos, y las fuerzas políticas parecen haber aprendido la lección. ETA no puede confundir la legitimidad que da el ejercicio de la democracia con las expectativas que pueda suscitar la retórica de su muy anunciada renuncia. La democracia española no necesita de garantes, las instituciones deben bastar y saben hacerlo. Los del capirote pueden hacer como que el juego no va con ellos, pero no conseguirán cambiar las reglas del sistema. Lo de ETA no tendrá arreglo hasta que ETA no renuncie a jugar con cartas marcadas, eso que todavía no ha hecho.
[Publicado en El Confidencial]

El balón de oro

Me cuento entre los que se han sentido decepcionados porque ni Iniesta ni Xavi hayan logrado el balón de oro que ha ido a parar, por segundo año consecutivo, a Messi. Sin embargo, vistas las explicaciones que se han dado del sistema de votos, encuentro lógica la decisión. Si realmente se tratase de hacer justicia a una temporada, y en función de los títulos, los dos jugadores españoles han tenido los mismos éxitos que Messi y, además, han ganado con enorme brillantez la Copa del Mundo, el máximo trofeo futbolístico.
Messi es uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, si no el mejor y es posible que sea más determinante que Iniesta o Xavi en el juego del Barça, pero no creo que haya sido eso lo que se ha premiado. El hecho es que Messi se ha convertido en un icono global del fútbol, un espectáculo en el que la imaginación es decisiva, tanto en el juego como en las repercusiones públicas, y el imaginario popular ha encumbrado a Messi, no sin razones.
De cualquier manera, la superioridad futbolística, al menos en este año, de Iniesta y/o de Xavi ha estado en que han hecho funcionar dos equipos muy distintos, el Barça y la selección española. Messi no ha sido capaz de hacer eso con la selección argentina y si yo hubiese votado mi dictamen habría tenido muy en cuenta esta razón, pero votan los que lo hacen y la marca Messi es ya inundatoria. Típico, al fin y al cabo, de lo que es el fútbol, algo en que las pasiones cuentan más que la geometría, que también juega, pero menos.

Oliart, el Inquisidor

Es bien sabido que una buena parte de los conversos experimentan una fuerte tendencia a extremar el rigor de sus nuevas convicciones, tal vez para hacerse perdonar su pasado; se trata de una patología, no cabe duda, que debería mover a la piedad, aunque produce sonrojo el ahínco que ponen algunos en defender lo que nunca creyeron. Nos parece que este es el caso que afecta al presidente de la corporación Radio Televisión Española, Alberto Oliart, un político conservador en su ya lejana juventud, y al que no se le recuerda ninguna clase de veleidades animalistas ni antitaurinas. Ahora, sin embargo, llevado por el celo con el que procura no ser señalado por quienes tal vez no le consideren enteramente suyo, ha decidido colocarse a la vanguardia de una de esas ortodoxias memas que definen a los progres de opereta que nos gobiernan. Oliart acaba de decidir que en el Manual de Estilo de RTVE las corridas de toros deberán ser consideradas como un caso claro de “violencia con animales”, lo que le lleva a vetar la exhibición futura de corridas de toros en la televisión que, al menos en teoría, pertenece a todos los españoles.

Oliart comete, sin duda alguna, un exceso de celo, una prevaricación competencial, se deja arrebatar por una sumisión ridícula y excesiva a las nuevas ortodoxias y pretende colocarse en la primera línea de pancarta de la nueva moral. Al actuar así, está atribuyéndose unas funciones que nadie le ha otorgado y está usurpando funciones que, sin duda alguna, no le corresponden. Las corridas de toros son un espectáculo rotundamente español y que cuenta con el respaldo de una amplísima mayoría de ciudadanos, de derecha, de centro y de izquierda. TVE ha exhibido desde su fundación un buen número de corridas que han sido contempladas con gozo por millones de españoles de todas las edades y condiciones. Al suprimir de un plumazo lo que ya se puede considerar una tradición, Oliart muestra el escaso respeto que le merece la cultura española, las instituciones de la democracia y el sistema de derecho vigente. Si se hubiese dado el caso de que hubiere que plantear una nueva actividad política frente a la legítimamente conocida como Fiesta nacional, habría debido ser el Parlamento, como efectivamente sucedió en Cataluña, quien se pronunciase al respecto, de manera que lo que no es tolerable es que un mero director general se atribuya competencias que están enteramente reservadas al legislativo, a quienes sí pueden decidir en nombre de todos. Seguramente entienda Oliart que al actuar como lo ha hecho está haciendo un señalado favor a sus nuevos señores, evitándoles el mal trago que tener que defender ante los electores una medida que, indudablemente, no goza del aprecio popular de una enorme mayoría de españoles. De hecho, el PSOE, que seguramente se regocijará secretamente de la cacicada de su lacayo, no se priva de señalar su reconocimiento a los toros como una parte importante de nuestro españolísimo patrimonio cultural.

Hay personajes que no saben qué hacer para encontrarse con un rengloncito en los registros históricos; sin embargo, Oliart no debería preocuparse por semejantes minucias, porque ya ha tenido su minuto histórico de gloria, o de ridículo, cuando siendo ministro de Defensa, se dejó colocar por los militares en una sillita enteramente inadecuada a su rango. Ahora parece que quiere sacar pecho en esta nueva cruzada en que se mezclan toda clase de bobas ortodoxias. Pues bien, ni es su competencia, ni le vamos a reconocer otra cosa que un oportunismo desorejado.

La chapuza nacional

No es necesario ser un historiador de los medios de comunicación, si es que hay algo como eso, para reconocer que la multiplicación de las televisiones que emiten en España no ha supuesto una mejora de su nivel medio de calidad. Creo que también sobre la telebasura se pueden decir muchas tonterías, de manera que evitaré el riesgo, y me concentraré únicamente en lo que se puede entender como el nivel técnico de los programas. La TDT nos está permitiendo contemplar emisiones de una calidad muy baja y programas hechos en la mesa camilla del productor, con un ingenio imaginable. El nivel de nuestros periodistas y de nuestros productores no es una de esas cosas que están contribuyendo a hacer un país admirable. De todos modos, lo que mueve mi indignación de manera más inmediata es algo que realmente me asombra, a saber, que ni por casualidad coincidan los letreros informativos de la programación que proporciona el sistema con lo que efectivamente se puede ver en el momento. Supongo que conseguir algo de apariencia tan simple implicará una dificultad supina, pues de otro modo no hay quien entienda la coincidencia de todos los canales en este desbarajuste tan general y preciso.

El terrorismo disfrazado de acción cívica

La derrota política de ETA en todos los terrenos, no ha resultado equivalente, por desgracia, a una completa desaparición de los sectores sociales del País Vasco que han venido dando amparo y cobertura a los crímenes etarras, a los fines que éstos han proclamado, y, aunque con menor intensidad, a los medios criminales de que se han servido. Grandes sectores de la sociedad vasca han sido pasmosamente insensibles, al dolor de las víctimas, a la injusticia de las acciones, al terror de los procedimientos que ha empleado ETA.
Cuando la violencia parece acercarse a su final se debería procurar que esos sectores no se crezcan en sus demandas, como sin duda lo habrían hecho, de haber obtenido alguna clase de victoria. Su actuación trata, precisamente, de simular el éxito que no han logrado, pero si las fuerzas democráticas se dejan engañar, sería posible que acabasen consiguiendo alguna de las cosas que pretendieron arrancar violentamente. El Estado está obligado, en este punto, a ser ejemplar, a demostrar que la violencia no puede obtener premio alguno, a sostener con toda firmeza que las condenas emitidas por tribunales independientes y con plenitud de garantías procesales se deben cumplir, y a no consentir que sectores próximos a los aparatos políticos de ETA hagan pasar como actividad política ordinaria lo que no sería sino una nueva forma de delinquir, el enaltecimiento del terrorismo.
Para el próximo sábado está convocada, como ya sucedió el año pasado, una manifestación de apoyo a los presos de ETA, una manifestación que, en pura lógica política, debería ser declarada ilegal por los tribunales, como lo fue hace un año, aunque diversas fuerzas cercanas a los terroristas consiguieran finalmente que se celebrase haciendo uso de variopintas argucias. Una serie de asociaciones cívicas como Voces contra el Terrorismo, la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), y Dignidad y Justicia se han dirigido ya al juez de guardia para obtener la suspensión legal de la marcha prevista.
La habilidad de los sectores cercanos a ETA para encontrar resquicios que les permitan burlarse de la democracia tiene, con todo, un aspecto positivo, a saber, que hace patente cómo la democracia cuida las formas, pero tiene también consecuencias muy dolorosas, como lo son, sin duda, que los partidarios de los asesinos puedan pisotear al aire libre el dolor y el recuerdo de las víctimas que los terroristas han sacrificado de la manera más insensible y cruel. Hay que poner fin a esta clase de martingalas que pueden llegar a crear algo más grave que la confusión y el escarnio, a abrir una puerta falsa pero efectiva a los objetivos políticos de los terroristas. No se trata ya de que haya una sanción social contra quienes muestran tan escasa capacidad de distinguir entre víctimas y verdugos, sino de que existan instrumentos legales que permitan evitar estas parodias, que traten de impedir que los secuaces de los etarras manipulen a la opinión y progresen en su propaganda implicando a figuras que deberían saber mantenerse al margen, como esos jugadores de la Real Sociedad que se han unido a los convocantes. Los totalitarios nunca han tenido respeto ninguno ni por la libertad ni por la autonomía y la independencia de las instituciones, y no van a cambiar ahora. Pero, puesto que les conocemos bien, tendríamos que imaginar formas de evitar que sigan celebrando en la calle actos que solo merecen la repulsa y el dolor de todas las personas de bien.

Los amigos del ferrocarril somos gente rara

He leído en varios medios de la web que los mandamases del gobierno vasco han puesto de patitas en la calle a Juanjo Olaizola que era no solo el director sino el auténtico creador y alma mater, como se suele decir, del Museo Vasco del Ferrocarril. Yo, que no conozco personalmente a Olaizola, he puesto un emilio de protesta porque estoy convencido de que las protestas de mis hermanos, los aficionados al ferrocarril, son de buena ley, de modo que me habría unido, sin duda alguna, a la quedada que se organizó el miércoles en favor de su restitución en el cargo. Cuando aparece uno de esos raros ejemplares de enamorados del ferrocarril, y tiene la oportunidad de hacer algo por nuestro pasado ferroviario, enseguida surgen algunos listos que lo quieren quitar de en medio, porque, en España, desgraciadamente, los responsables de los ferrocarriles suelen sentir diversas especies de odio hacia los aficionados, seguramente porque éstos les hacen ver las tropelías ferroviarias e históricas que se cometen cada día con el dinero de todos. Es un drama que los gobiernos, y los partidos, se sientan señores de horca y cuchillo en todo lo que de alguna manera dependa de ellos. Olaizola es, sin duda alguna, el mejor en ese puesto, y quitarle de en medio es una cacicada que posiblemente surja de alguna desavenencia política, de algún amiguismo, o de la mera envidia. Tendríamos que acostumbrarnos a escoger a los mejores, como Olaizola, y abandonar la horrorosa y antiquísima costumbre de promocionar a los amigos, a los correligionarios. Así nos va. No lo sé, pero es posible que Olaizola no esté en la mejor sintonía posible con el nuevo gobierno vasco, aunque eso no debería de importar nada en un puesto como el del MVF; lo que importa es que Olaizola está en la mejor sintonía posible con sus obligaciones, con el ferrocarril y con su historia, pero es muy probable que todo eso les importe un cuerno a los satrapillas que quieren caciquear en el Museo.

El espejo de la música

Reproduzco, con permiso del autor, un estupendo análisis de Señor Lobo en bandalismo.net, RIP por Vale Music, del que creo que se pueden sacar provechosas lecciones en relación con el confuso y escasamente desinteresado debate, por llamarlo de algún modo, sobre los derechos de autor, la piratería y la malhadada ley Sinde .

La discográfica Vale Music cesará en su actividad en las próximas semanas. Para algunos será una mala noticia, para otros, entre los que nos contamos, simplemente algo inevitable, dictado por el panorama actual de cosas, que premia modelos de negocio innovadores y castiga a los anclados en el pleistoceno. Muchos ya decíamos hace un año que el respaldo de las discográficas a productos prefabricados y de nula originalidad, como venían siendo los triunfitos, estaba próximo a su fin. Pero la realidad nos ha sorprendido; las cosas están pasando incluso más rápido de lo que se preveía. Comparemos esta navidad con las anteriores. Nadie ha prestado atención a ese infausto programa de la 1, «El Disco del Año», y hasta José Mota ha decidido parodiar en su especial fin de año a los Conciertos de Radio 3 y el Primavera Sound. Algo que es mencionado en el especial de fin de año, ya no es tan minoritario.Lo minoritario ahora parecen ser las ventas de Vale Music. Qué ironía, en un sello que había apostado por la comercialidad más descarada, por el politono y el éxito rápido, de cadena industrial. Tan mal estaba la cosa, que no se han esperado a conocer los datos de ventas del periodo navideño, tradicional temporada fuerte de estos sellos, para echar el cierre.Que conste que no nos alegramos por las personas que se quedarán en el paro ante el cese de actividad de esta empresa, cien trabajadores según el «portavoz» David Bisbal, que lo ha anunciado vía Twitter, muy moderno, el tío. Pero por favor, no echemos la culpa al empedrado (la piratería).“No os engañeis, que la historia de Vale Music termine aquí es por la piratería descontrolada que tenemos en internet”. Probablemente una de las mayores incoherencias que han salido de los labios del ínclito Bisbal. ¿Pero quién le ha dicho a usted que en internet la gente piratea de forma descontrolada el catálogo de Vale Music? Si alguien se ha bajado alguna vez un disco entero de Oceana o Salmah, por favor que nos lo haga saber de forma anónima en los comentarios.

Y si no sabéis quienes son Oceana o Salmah, os cuento que la gran esperanza blanca de Vale Music para levantar el vuelo ante los estertores finales eran… Los Cantores de Híspalis. Muy actuales y muy demandados en toda «página de enlaces» que se precie. Toma nota, Sinde.La realidad es esta. La televisión ya no es aquel rodillo imparable, que creaba éxitos musicales como churros. Antes, la televisión dictaba, y el comprador potencial obedecía. Ahora, el centro de gravedad se ha desplazado hacia internet, donde la gente busca, encuentra, conoce y recomienda música de formas muy diversas, y todas más divertidas e inteligentes que las que ofrecía la tele.La oferta musical que el usuario encuentra en internet es casi ilimitada. Por ello, fabricar un nuevo éxito de la nada, lleva tiempo, mucho tiempo, saber hacer y dedicación, incluso si la música es buena, no digamos si se trata de un plomazo. No basta con meter dinero y compraar espacios publicitarios. Eso se ha acabado, amigos. Mala noticia para los ejecutivos y publicistas de la vieja escuela. La gente ha descubierto que hay demasiada música buena como para perder tiempo escuchando la no tan buena.Y un corolario a todo esto: ahora conocer nueva música no implica perder los 20 euros de un CD que se olvidaba a los tres días porque sólo traía una canción buena. Por tanto, los aficionados a la música tienen más dinero disponible para gastar en productos que realmente merecen la pena: ediciones especiales de sus discos favoritos y, sobre todo, conciertos. Algo me dice que Oceana y Salmah no han llenado muchos conciertos últimamente, y tengo claro que los festivales no se las han rifado para tenerlas en su cartel este verano. Así pues, ¿quién está equivocado? ¿Millones de internautas, o los señores responsables de la gestión de Vale Music? ¿Tanto les costaba modernizar el modelo de negocio, con la pasta que han podido ganar en los últimos años? ¿O es que interesa que haya una víctima, para poder presionar y que el congreso apruebe de una vez la Ley Sinde? Que hagan lo que quieran los partidarios del antiguo modelo, pero la batalla de internet la tienen perdida.

El disparate de Cascos y el PP

La espantada del antiguo secretario general de AP es un disparate político. Cascos parece haberse vuelto asturianista o, tal vez mejor, haber descubierto, eso sí, un poco tarde, lo que siempre ha sido, una especie de nacionalista, un Fraga asturiano siempre dispuesto a entenderse con quien haga falta, salvo, al parecer, con quienes aspira a representar. La insólita frecuencia con la que asoman en el PP de 2011 personajes de este tipo, fósiles de la vieja AP o posmodernos, tanto da, adictos a Herrero de Miñón o liberales reprimidos ante la expectativa de poder inmediato, es una auténtica desgracia nacional que no cabe atribuir a la mera casualidad. Es posible que Cascos consume su traición a un proyecto que defendió, más o menos bien, bajo la batuta de otro, y es hasta posible que con su esperpento surja ¡y en Asturias, cielo santo! otro partidín regionalista para que su bravo líder pueda acabar trayendo, como su colega cántabro, castañes o manzanines a la Moncloa de Rubalcaba, lo que daría la auténtica medida de su éxito.
El yerro de Cascos es muy personal y nadie le negará el derecho a errar de forma tan pedagógica: completaría así una nómina inmejorable, a la espera de lo que pueda hacer Ruiz Gallardón, de ex secretarios generales de Fraga, con un Verstringe de extrema izquierda y un Cascos nacional-asturianista, sólo cabría decir aquello de que algo tiene el agua cuando la bendicen.
España perdió una oportunidad de entrar definitivamente en una senda virtuosa al perder el PP las elecciones de 2004; pues bien, ahora que estamos ante una ocasión histórica para rectificar esos malos pasos, resulta que el PP no parece capaz de encontrar un discurso auténticamente integrador y nacional, un discurso liberal y maduro, que ahuyente las tentaciones de secesionismo regional que siempre acechan a los más calenturientos de entre los suyos, a esos chicos que han ido aprendiendo a subir por la cucaña y a ver que hay una estación absolutista en el poder regional, algo que se escenificó de manera chapucera en el Congreso de Valencia. Ese es un peligro, pero hay más: no estamos lejos tampoco de que triunfen determinadas actitudes que nos adentren en el peligrosísimo campo del revanchismo, que nos lleven a corregir y aumentar los errores sectarios del PSOE aunque, supuestamente, esta vez en la buena dirección. Este entorno político es lo que hace especialmente extravagante la actitud de Cascos, tan pobremente argumentada, por otra parte.
La responsabilidad de esa clase de errores no es, sin embargo, de la exclusiva responsabilidad de quien los comete, porque hay, también, una responsabilidad por omisión. Quienes enseñan a resignarse con que el PP suba únicamente a base de la caída del PSOE están creando el caldo de cultivo para que los más insipientes, que siempre abundan, traten de llegar a su Eldorado en solitario.
Lo que le falta al PP es un discurso nacional, y hay que subrayar con doble trazo el calificativo del discurso. No es que le sobren otros aspectos del discurso, que tampoco, pero se le echa en falta de manera escandalosa una versión positiva y confiada, promisoria, de un discurso que puedan compartir, porque lo sienten aunque no sepan articularlo con claridad, una buena mayoría de electores de las cuatro esquinas españolas, tal vez especialmente en aquellas regiones mancilladas por un antiespañolismo tan miope como sectario y antiliberal. La gran responsabilidad moral del PP consistiría en dejarse secuestrar por el discurso antinacional, en querer ser como el PSOE, un aparato dispuesto a lo que sea para llegar al poder en donde sea. Esta clase de actitudes, de un paletismo realmente desolador, pueden llegar a ser de un ridículo sonrojante a nada que los acontecimientos internacionales que se ciernen sobre el entorno económico español den un pequeño paso en dirección a la catástrofe, una eventualidad que el PP tiene, por cierto, la obligación de evitar. Pero aunque no se concreten las perspectivas más pesimistas, España se encuentra ante una situación histórica realmente crítica. Rajoy debería preocuparse no solo de ganar las elecciones, cosa que ahora puede parecer engañosamente fácil, sino de poder gobernar, que no es lo mismo, y, sobre todo de poder gobernar bien, que es lo más difícil. Como se avecinan tiempos en los que las condiciones sociales y económicas van a ser muy adversas, el PP necesita no solo una amplia victoria, sino una victoria convincente, y eso es lo que más le urge preparar. El PP no puede hacer como Cascos, creer que va a ganar por ser el que es, porque eso, además de ser falso, sería muy peligroso. El PP necesita una victoria que sea la consecuencia de un amplio convencimiento de la sociedad, y eso no puede hacerse sin programa, si discurso, no se alcanza solamente a base de los errores del adversario. Esa es la exigente tarea que le espera a Rajoy en los próximos meses, y si no la hace bien, la victoria podría convertirse en su peor pesadilla.
[Publicado en El Confidencial]