Peces Barba y el Rey

Pocas escenas son tan iluminadoras sobre lo que ocurre en España como la del profesor Peces Barba, explicando al agresivo reportero de la Sexta lo muy inocente que es el Rey en cuanto concierne al caso Urdangarin, y lo perverso que ha sido este sujeto que no ha tenido a bien escuchar las paternales advertencias de su suegro. Según el profesor, líder moral de toda una izquierda que se tiene por incorruptible, lo que el buen Rey le decía a su yerno le entraba por una oreja y la salía por otra: ¡qué cosas! Peces Barba se cree tan listo que nos toma por tontos, y lo más sangrante es que muchos le aplauden por ser tan crítico. Este profesor es un portento porque no tiene empacho en definirse como   amigo del Rey, teniendo en cuenta el listado habitual,  gente muy propensa a visitar los juzgados, naturalmente sin mayores consecuencias.
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Divididos tras la derrota, y a la espera del finiquito

El Congreso del PSOE no ha tenido a bien emitir ninguna clase de información sobre lo que vaya a ser su política; en esa ausencia de explicaciones podría verse un cierto desdén hacia los electores, que lo hay, sin duda, pero lo que realmente explica ese mutismo ideológico es el hecho de que el socialismo ha dejado de ser algo coherente y que pueda explicarse sin temores. Hace ya tiempo que es imposible de todo punto definir a los socialistas con los recursos clásicos de la teoría política, y en consecuencia, ha sido necesario recurrir a una definición extrañamente circular de esa política según la cual, socialismo no es otra cosa que lo que hacen los socialistas. El problema de una definición tan de andar por casa, es que los socialistas llevan décadas haciendo cosas distintas y contradictorias, a veces en una misma legislatura, como ha ocurrido con Zapatero.
De hecho, la tentación de Rubalcaba ha sido definirse como alguien distinto a Zapatero para acentuar el parecido de su rival con el singular líder anterior, ahora convertido, según parece, en voluntario inspector de nubes: se trataba de ganar, y los delegados han demostrado, al menos, la inteligencia suficiente como para entender que elegir a una lideresa capaz de presumir de fidelidad al zapaterismo podría resultar excesivo.
Está claro, por tanto, que van a tratar de hacer algo distinto a lo hasta ahora visto, y el felipismo del Gal y las Filesas siempre puede ser un fondo inspirador, aunque al precio de olvidarse de su patético final. Nadie, tampoco Rubalcaba, está en condiciones de saber qué podría ofrecer ahora el PSOE, más allá de unas políticas con cierto aire contestatario y vagamente radical para congraciarse, con el electorado perdido. Parodiando un viejo y escasamente piadoso chiste, cabría decir que el mejor negocio del mundo consiste en comprar a un socialista por lo que hace y venderlo por lo que dice que hace. Este es el negocio que parece haber querido hacer el nuevo líder del PSOE al tratar de vender su nueva ejecutiva, pero su éxito no ha sido clamoroso, ya que no ha convencido ni siquiera a la totalidad de los inmediatos beneficiarios de  la operación. 
El veterano secretario general no lo va a tener fácil, porque tras hacer cánticos a la unidad y poner en la presidencia a Griñán, uno de sus rivales más encarnizados, que se caerá del sitial el 26 de marzo, su primera propuesta a los más comprometidos y cercanos no ha superado el listón del ochenta por ciento de los votos. Son más que los que él obtuvo, pero muestran muy claramente que un largo veinte por ciento de los delegados no quieren que se interprete que se sienten representados en la nueva ejecutiva, una curiosa mezcla de habituales e insignificantes, en la que están claramente ausentes las personas con una mínima capacidad de opinión propia.
Con la moral típica de los partidos, Rubalcaba tratará ahora de que el PSOE parezca una balsa de aceite para afrontar de la mejor manera posible la crucial cita del 25 de marzo en Andalucía. Si la cosa sale mal, hasta el más fanático reconocerá que este Congreso no ha servido para otra cosa que para demostrar lo muy divididos que están respecto a qué se haya de hacer en el futuro y a quiénes se quedan con la bandera antaño victoriosa. Será la hora del finiquito, y solo un improbable milagro les librará de trance tan doloroso. 
Los editores y el dinero

El parto de los montes

Sin que se sepa muy bien por qué, seguramente habrán sido muchos los que han respirado tras el final del riguroso suspense con el que se clausuró el conclave socialista, una reunión en la que lo único  que ha habido, por más que se le llame Congreso, ha sido la elección entre dos formas agónicas y artificiosamente enfrentadas del mismo zapaterismo, el  continuismo matizado por las devociones hacia el pasado anterior a Zapatero, representado por Rubalcaba, y la ridícula pretensión de renovar el zapaterismo que representaba Carmen Chacón.  Lo único positivo de este espectáculo tan insustancial ha sido que las votaciones se hayan hecho como debe ser, en secreto y no brazo en alto, norma elemental que debiera ser de obligado cumplimiento para los partidos pero que, una y otra vez, se saltan las cúpulas directivas para mejor controlar a quienes supuestamente les controlan a ellos, y que, a no dudar, Rubalcaba volverá a saltarse de nuevo en cuanto pueda.  La división en el seno del millar de delegados era de tal porte que no ha habido otro remedio que tomarse en serio  el derecho al  secreto del voto, aunque sea por una vez.
Vista la victoria de Rubalcaba por un margen tan estrecho e insignificante, no hay más remedio que decir que el PSOE no solo está derrotado, sino completamente dividido. Es verdad que los militantes suelen tener un alto sentido de la supervivencia, y acudirán raudos en auxilio del vencedor, pero el partido, obligado a una dolorosa y muy larga travesía del desierto, se ve obligado a empezar la marcha en las peores condiciones posibles. No es fácil hacer profecías ante andadura tan arriscada como la que les espera, pero no es difícil suponer que la unidad que tanto se proclama vaya a brillar por su ausencia, y que las facturas que unos y otros se van a girar tras esta escaramuza tan reñida no van a cesar en el corto plazo, ni mucho menos. No se trata de integrar a una minoría, sino de  acomodar a una buena mitad de dirigentes convencidos de que este triunfo de la vieja guardia va a suponer un retroceso aún más grave que el recientemente registrado en las urnas.
Aun sin mediar argumentos ni ideas, la lucha por el liderazgo ha sido un enfrentamiento radical de dos facciones que ahora mismo, y la situación se agravará con toda probabilidad después del 25 de marzo, no tienen un poder que compartir y que, en consecuencia, van a seguir luchando cuerpo a cuerpo en las innumerables escaramuzas que jalonan el desarrollo de la vida del partido, especialmente cuando la política se pretende hacer sin grandeza, sin ideas, sin generosidad y sin otro fin que mantenerse en el poder.
La división socialista es consecuencia de la derrota, desde luego, pero los socialistas deberán, cuanto antes, empezar a preguntarse en serio por sus causas, por las razones por las que más de un cuarenta por ciento de sus electores han preferido otra cosa. No lo harán, porque ello supone poner en serio riesgo toda la tramoya ideológica en la que se ha venido fundando el opíparo negocio político del PSOE, abrirse a una renovación que supondría, para empezar, la jubilación de la casi totalidad del personal político del PSOE, que en el caso de Griñán o de Rubalcaba apenas podría llamarse anticipada. El hecho de que ni siquiera se haya dejado adivinar la posibilidad de una tercera vía, es realmente dramático, por cuanto significa que Zapatero ha triunfado aniquilando por completo a las personas que hubieran podido encabezar una renovación. Es un sarcasmo que Chacón haya pretendido  enarbolar esa bandera en un partido que ha se ha sometido con impavidez y talante gallináceo a las ocurrencias del líder, contemplando cómo una política demente y absolutamente irresponsable iba arruinándonos a todos, aumentando las cifras del paro y dejando a la sociedad española en la peor situación desde hace décadas, sin esperanza, sin horizontes.
Que la solución que los socialistas proponen a los españoles consista en dar un cheque en blanco a uno de los políticos más gastados y desprestigiados de la democracia, indica la profundidad de la crisis socialista, su absoluta carencia de recambios, su incapacidad para la renovación, su ceguera a las realidades políticas y a los deseos de los ciudadanos. Todo indica que este Congreso se ha decantado finalmente merced a las habilidades secretas de personajes como Blanco o Zarrías, gentes sin ideas, sin un mínimo atractivo, pero que dominan eficazmente el arte de hacer propuestas que no se pueden rechazar a personas que se lo deben todo.
Este Congreso ha sido decepcionante porque en él no se han escuchado ni las razones de los votantes socialistas para  dejar de serlo, ni las disculpas de los responsables de ese inmensa e inaudito abandono por parte de los votantes. Todo se ha resuelto entre bambalinas, en secreto, sin razones, casi sin eslóganes, porque los dos candidatos han competido en decir idénticas vaguedades, en no dar ni una mínima muestra de razón política, en despreciar, en el fondo, aquello que no pueden controlar, la inteligencia y la voluntad de los electores  que no les deben nada. El horizonte socialista es casi tan sombrío como la biografía política de su nuevo líder. El futuro nos dirá si ese partido convulso y deshecho es capaz de renovarse y rehacerse por el bien de la democracia y de los españoles, pero, si no lo hacen, otros ocuparán el papel que ellos han desempeñado, y es muy posible que eso sea lo mejor para todos. 
La barbarie crece

Desmemoria de un gran español

A pesar de existir una sociedad estatal que habría de velar por este tipo de cosas, en 2011 se han cumplido doscientos años de la muerte de uno de los mejores españoles del siglo XIX, don Gaspar Melchor de Jovellanos, en medio de un silencio inexplicable. Soy de los que cree que el olvido de Jovellanos es muy significativo, que no es mera desmemoria, que se trata de un español incómodo.
Jovellanos, fue un patriota cabal, un hombre que vio con absoluta claridad que, aunque compartiese  los puntos de vista de los ilustrados y simpatizase con sus ideas políticas, eso no podía ser razón suficiente para ser un afrancesado, para prestarse a ser súbdito de un rey ajeno, porque entendía que, más allá de las ideas están las cosas, y España era una realidad histórica que no se podía ni confundir con Francia ni subordinar a los designios del emperador:  «Yo no sigo un partido, sino la santa y justa causa que sostiene mi patria». Haber defendido con constancia y con convicción ideas que no cuadraban bien ni con unos ni con otros, ser independiente y honesto, no ha ayudado a que su memoria sea honrada por todos en una España demasiado inclinada al maniqueísmo, al odium theologicum.
A fuer de raro, Jovellanos fue, entre un sinfín de cosas importantes, un extraordinario memorialista, un testigo puntual de lo que veía y lo que pasaba. Leer sus Diarios, que ahora son afortunadamente accesibles en la página web de su bicentenario, nos proporciona una experiencia impagable. Jovellanos sostiene una mirada atenta al paisaje, a los seres humanos, a los testimonios de la historia y del arte que él describe con ojos primerizos, antes de que se hubiese codificado el gusto artístico por lo histórico. Es un enorme placer pasearse por aquella España de la que casi no  queda ya ni el paisaje, esa tierra que él amaba y quería convertir en asiento de una forma superior de vida y de convivencia. Reformista convencido, no deja de sugerir continuamente todo lo que se podía hacer y estaba por hacer, porque “la patria la hacen los caminos”, una sentencia que hay que interpretar no solo como que los lazos de unión son esenciales, sino en el sentido de que de nada sirven ni las leyes ni las instituciones si no se ven reflejadas en formas de comunidad, de cultura, diríamos hoy, efectivas y comúnmente respetadas.
Esta dimensión de Jovellanos es la que me parece de mayor actualidad. En un país con mucha propensión al arbitrismo, Jovellanos representa un torrente de buen sentido, de paciencia, de empeño razonable, pero en nada dispuesto a claudicar. Cuando pienso en los problemas y las carencias que tanto nos atosigan en nuestra vida política, siempre termino recordando a Jovellanos, al patriota paciente y decidido que sabía que nada se arregla con meras leyes, aunque sean justas y necesarias, que  la patria se construye día a día, con el trabajo de cada quien, con la ambición de todos, sin confiar en ninguna fórmula mágica sino en el deseo de convivir, de prosperar, de llevar un vida digna, ejemplar, como hizo, en medio de incomprensiones, injusticias y deslealtades, ese gran español cuya obra les invito a visitar. No saldrán defraudados.

Por lo menos han votado en secreto

No se discutía nada que tuviese interés general, o no se discutía como si lo tuviese, que es lo mismo, aunque lo que ha ocurrido tendrá consecuencias. El PSOE, como, desgraciadamente, el resto de los partidos, convierte en asunto de exclusiva competencia de una pandilla cuestiones de interés nacional, así estamos, y las discute como si se tratase de una subasta entre particulares. Al menos, y hay que decirlo en su honor, han votado en secreto, y no a mano lazada como se hace en casi todas las ocasiones en que los partidos discuten algo que interesa a los que mandan. Es un avance, pero no sé si cundirá el ejemplo, y tampoco si durará mucho.  
La perversidad de lo gratuito

La anemia política del socialismo

Al ciudadano de a píe, casi todo lo que tiene que ver con los partidos políticos le produce una mezcla desagradable de irritación, vergüenza y asco. Hay dos razones para que, pese a ello, los españoles no sean más explícitos en su descontento; en primer lugar, evitar que su crítica se convierta en una desestimación de la democracia, en la que la mayoría sigue confiando, y, en segundo lugar, se dan cuenta de que los partidos no son peores que la mayoría de las instituciones; por si fuera poco, cuando están a punto de perderles por completo el respeto, aparece el señor Botín y se dispone a encabezar la manifestación (“los políticos tienen la culpa de todo”) y, claro,  la comparación con los banqueros se convierte en una bicoca.
Que los partidos no están a la altura de las esperanzas que, unos y otros, hemos puesto en ellos es evidente. Por ejemplo, hace falta ser un auténtico fanático para no sentir vergüenza, propia o ajena, ante el espectáculo que el PSOE nos prepara en Sevilla. Que un partido de decenas de miles de militantes, de más de cien años de historia, con más de dos décadas de gobierno sobre sus espaldas, no sea capaz de hacer otra cosa, tras su estrepitoso fracaso reciente, que discutir si los galgos de Rubalcaba o los podencos de doña Carmen es realmente de aurora boreal. Es demasiado pronto para que un partido digiera completamente las consecuencias de tan sonoro desastre, que se ampliará, casi con seguridad, en las próximas elecciones andaluzas, pero es realmente llamativo que, una vez que todos son conscientes de que lo que está en juego no se arregla en unas semanas, no sean capaces de ofrecer el ejercicio de autocrítica y de esperanza que se merecen sus votantes. Desgraciadamente, todo va a desarrollarse como si aquí no hubiese pasado nada, y es que, en realidad, ni a Rubalcaba, ni a Chacón, ni a ninguno de sus pretorianos, les ha pasado nada, ni les va a pasar gran cosa. El partido ha quedado reducido a su mínima expresión, a un núcleo de dirigentes irremplazable, que, una vez victoriosos en la liturgia congresual, seguramente ofrecerá a sus rivales de opereta la oportunidad de incorporarse a la dirección del negocio para fortalecer la indestructible unidad del socialismo.  Si nadie se atreve a evitarlo, el congreso podría empezar con un “Todo está atado  y bien atado” y culminar, como el soneto cervantino, con el “fuese y no hubo nada”.
Es singularmente grave que el núcleo dirigente del PSOE apueste por esta estrategia de disimulo, por esta despolitización vergonzosa de su fracaso. Hace ya tiempo que todos los que cuentan algo se han puesto de acuerdo en echar la culpa al empedrado, a la crisisconvertida en una especie de deus ex machina, supuestamente omnipotente y perfectamente capaz de volverles al poder a nada que se ocupe debidamente de quienes, coyunturalmente, están en las miles del triunfo.
Los partidos españoles tienen una pertinaz tendencia a expulsar a la política de su seno, a oponer el debate a la eficacia, a sugerir que pensar es inútil y perjudicial, y a proclamar que, como en los antiguos trenes de la Renfe,  asomarse al exterior es sumamente peligroso. Al hacerlo así están jibarizando la democracia y entronizando un autoritarismo político que en España no necesita especiales condiciones para florecer y fructificar. La mera idea de que se pueda discutir, analizar la situación política, y discrepar sobre las estrategias a seguir produce risa nerviosa en un porcentaje altísimo de nuestros dirigentes, y esto se está viendo ahora de manera paladina en el supuesto debate que está desarrollando el PSOE. Todo se reduce a atacar al enemigo, a tratar de mostrar quién es más fiero con el PP, porque del acoso y derribo del correligionario ya se ocupan los servicios especiales, para simular de modo completamente hipócrita una unidad inexistente entre los compañeros. Se atreven a pedir el apoyo de sus militantes sin que importe ni poco ni mucho ni lo que piensan, si es que lo hacen, ni lo que han hecho, ni lo que se proponen hacer, algo que queda siempre oculto tras un cínico “ya se verá” completamente vacío de contenido.
Nuestra principal asignatura pendiente es la llegada de la democracia a los partidos, absolutamente inexistente diga lo que diga  el texto constitucional. El PSOE puede perder una oportunidad de oro de encabezar una verdadera refundación de la democracia, porque es precisamente cuando no hay urgencias de poder inmediato cuando se pueden contemplar con cierta serenidad las cuestiones de principio, el diseño del sistema, la discusión política en serio. La democracia es trabajosa y lenta, pero no es imposible, aunque pueda llegar a serlo a base de preterirla. El egoísmo miope de una minoría torpe y fracasada no debería empeñarse en arruinar las esperanzas de todos, reduciendo la democracia a un juego con las cartas marcadas, y trocando un Congreso que debiera ser decisivo en un trámite gris para que nada cambie y todo siga igual. 
Cercanía y redes sociales

El safari de Madrid

El ayuntamiento de esta ciudad está dispuesto a cazar a sus ciudadanos a cualquier precio; lejos de procurar que vivan libres y, si pueden,  felices, se las arregla para que caigan en sus redes. Es como una gran araña cruel y perezosa a la espera de moscas despistadas. Hoy he caído en una trampa, y ayer caí en otra. La de ayer: zona verde, pero debidamente poco visible una prohibición de carga y descarga, total 90 euros. La de hoy:  quería aparcar en el parking de la plaza de Santa Ana, y atravesé la calle del Prado, prohibida a la circulación salvo hoteles y servicios,  porque pensé que lo del parking era un servicio, pero no, debería haber sabido que sólo se puede entrar a ese parking desde la calle del Príncipe. No sé cuanto me caerá, pero debería sentirme feliz de vivir bajo la protección de un Ayuntamiento tan eficiente y tan poco arbitrario, de manera que, como no lo estoy, se demuestra que soy un tipo raro y antisocial. Quedan advertidos.
Lo que vale Facebook

Otra de Eastwood

La última película de Clint Eastwood me ha parecido levemente decepcionante. Yo creo que Eastwood es un director de primerísima fila, tal vez el más grande y clásico de los directores vivos, pero su obra es un tanto desigual: hay películas excepcionales y otras no tanto, aunque sean siempre interesantes y estén bien hechas.  La que ha dedicado a J. Edgar Hoover pertenece al último grupo, es una gran película, no hay duda de su ambición y de su calidad, pero Eastwood no acaba de encontrarse a gusto, me parece a mi, con una historia tan amplia, tan compleja, tan controvertida, y eso hace que su pulso, habitualmente muy firme, se vuelva algo más vacilante, pese a que trata con maestría algunas situaciones en las que muchos ni se atreverían a entrar sin hacer el ridículo. Esto me ha parecido al mi, al menos: una historia obviamente llena de interés histórico y documental, pero a la que no se le acaba de encontrar el sentido dramático que Eastwood suele manejar con brío y brillantez. Al acabar la película hay una aparición de Nixon que me ha parecido, incluso, algo demagógica, un calificativo que me cuesta mucho utilizar con el maestro americano, pero me parece que es consecuencia de no haber encontrado el ángulo exacto para que esta historia pudiese resultar conmovedora, emotiva, polémica. El peso de una realidad demasiado amplia y obvia ha desdibujado, probablemente,  el perfil de una narración que yo esperaba más emotiva, menos documental y convencional. 
Ambos mundos

El libro de Alejo

He estado en la presentación del nuevo libro de Alejo Vidal Quadras, cuya adquisición y lectura recomiendo vivamente a todos los optimistas. Tenía interés en saludar al autor y en celebrar lo que dice, pero he de confesar que también tenía ganas de reír, y a fe que lo he conseguido. Alejo es un tipo realmente divertido, irónico, sumamente ingenioso, una auténtica rareza en el panorama político, y, tras el rito de las presentaciones, su intervención ha sido realmente jocosa y atractiva. Hablaré de alguna de las cosas que dice, pero ahora quiero subrayar que Alejo piensa por su cuenta y piensa bien, consigue ser respetuoso y mordaz a un tiempo, cosa que parece imposible hasta conocerle, es, en suma, uno de los pocos españoles que podría dar una charla digna de TED. Es penoso que un hombre tan clarividente esté en una especie de vía muerta de la política, sobre todo teniendo en cuenta la nube de mediocres que hace brillante carrera, pero así son las cosas, y Alejo ha sabido dar siempre, además, muestra de paciencia, de resistencia y de una rara ecuanimidad, señas todas del patriotismo crítico de un catalán, hasta la médula, y de un español admirable y cabal.

Reinventar la educación

Una de las cosas más penosas que nos ocurren es que la educación esté en manos políticas, que se vea sólo como un problema político, cuando nos plantea algo mucho más complejo y profundo. No nos damos cuenta de hasta qué punto estamos perdiendo oportunidades, tiempo y dinero con un sistema basado en la pura repetición y gobernado como si se tratase de un registro puramente administrativo. Los malos hábitos en este terreno lo contaminan todo y, así, vamos cada vez peor. La mejor de nuestras universidades estaba hace diez años entre las 150 primeras (la 150, en concreto), mientras que ahora hay que bajar un centenar más en la lista, y no es que haya empeorado, pero las demás se mueven, y las nuestras no, y es solo un ejemplo de los miles que podrían ponerse, a todos los niveles. 
Los estudiantes se olvidan de estudiar y gastan su tiempo en asistir a clases; los profesores se olvidan de innovar e investigar y gastan su tiempo asistiendo a clases o a reuniones sobre las clases, todo es presencial y rutinario. Afortunadamente, empieza a cobrar cuerpo un estado de conciencia sobre lo inútil de este sistema y de las actitudes que lo nutren. Les voy a dar tres pistas que debo a una anotación de Arcadi Espada que se fijó en un sugestivo post  de Garicano que remitía a un TED de Khan
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