Hipocresía y mediocridad

Me parece que fue John Kennedy Toole el que recordó en “La conjura de los necios” aquella frase de Jonathan Swift que afirma que “cuando un verdadero genio aparece en el mundo, se puede reconocer porque todos los tontos se unen contra él” y es que, en efecto, los tontos son muy aficionados a los efectos corales, a ese “gritar siempre con los demás” que es una de las características más opresivas del Ingsoc orwelliano. He recordado esta característica irritabilidad de los mediocres y los tontos de oficio al contemplar la excitación inmediata que ha producido una iniciativa de Esperanza Aguirre que se ha atrevido a anunciar que, si gana las elecciones, habrá en Madrid centros de excelencia para tratar de mejorar el rendimiento educativo de los alumnos con mejores condiciones para aprovecharlos.
Es evidente que se puede discrepar de la propuesta de la presidenta madrileña, entre otras cosas porque es posible que la enseñanza media no sea el tramo más adecuado para comenzar, pero lo que no se puede hacer, y muchos han hecho, es tildar la iniciativa de paso atrás en la igualdad, de instrumento de segregación, de elitismo desorejado. Algunos políticos españoles, como los que ha hecho comentarios tan torpes de esa idea, piensan que es posible que los españoles sigamos creyendo indefinidamente en esa pesada monserga de que ellos se ocupan altruistamente de nuestro bienestar, y que nosotros debiéramos dedicarnos a disfrutar de los derechos que nos conceden sin calentarnos la cabeza con iniciativas arriesgadas, con novelerías, cuando ellos son tan generosos que nos ponen el paraíso de la indiferencia y el todo gratis al alcance de la mano. Oyéndoles parece como si los poderes públicos estuviesen moralmente obligados a promover la mediocridad, a perseguir la excelencia, a premiar a los torpes. Es muy triste tener esa idea hipócrita de la igualdad, creer interesante recortar la estatura de los más altos para que crezcan, comparativamente, los bajitos. 
Hasta que los españoles no caigan masivamente en la cuenta de que nuestro problema económico consiste, esencialmente, en que tenemos pocas cosas valiosas que vender al resto del mundo, en que, además de caros, somos poco creativos y muy rutinarios, no caerán en la cuenta de que la solución está realmente en nuestras manos: cultivar a fondo la inteligencia, el ingenio, la investigación, la innovación, la excelencia, premiando y ayudando a quienes puedan llegar más lejos, en lugar de empeñarnos en una absurda carrera igualitaria en la que todos lleguemos al tiempo a la meta.
Quizá pueda servir el ejemplo del fútbol, una actividad en la que, obtenemos buenas calificaciones y altos rendimientos. ¿Se imaginan un equipo hecho con criterios de igualdad? ¿Qué tal un equipo en el que los fichajes se hagan en función de la cercanía de los jugadores a la sede social, para que todos tengan derecho a ser futbolistas y lo gocen ordenadamente? ¿Cómo iría de bien un equipo en el que el entrenador admitiese el enchufe como método de escoger a los jugadores que alinea para cada partido? Es evidente que en el fútbol somos buenos porque hemos sabido ser competitivos. El misterio consiste en que, por ejemplo, no seamos capaces de crear unas universidades competitivas, nuestras universidades no juegan en la Champions sino, con suerte, en segunda regional, cuando sí hemos sido capaces de tener unos Bancos de primerísimo nivel, algunas grandes empresas multinacionales o, por ejemplo, unas Escuelas de Negocios que, sistemáticamente, aparecen  en todos los rankings entre las primeras del mundo. La clave de estos éxitos está en la competitividad, pero a muchos de nuestros cerebritos políticos les parece que eso nada tiene que ver con la educación, aunque procuren enviar a sus hijos a colegios caros y a universidades americanas, por si acaso.
Desde los inicios de la democracia se ha instalado en el terreno de la educación una mentalidad compensatoria e igualitarista que ha cegado de raíz la menor posibilidad de crear instituciones educativas públicas de calidad, tanto en las escuelas, como en  los institutos o en las universidades. La iniciativa de Esperanza Aguirre es un aviso de que hay que acabar con eso, que la justicia es dar a cada uno lo suyo, lo que significa que, si hay que apoyar a los peores alumnos, no se impida, por ello, que pongamos los medios para permitir que los mejores, los alumnos más dotados, más preparados o más capaces del esfuerzo necesario lleguen tan lejos como puedan. De esas políticas no se beneficiarán sólo ellos, sino todos nosotros. Es un disparate estar malgastando las capacidades de los buenos alumnos aburriéndoles con explicaciones innecesarias para ellos, machacando su interés en la ciencia, su capacidad de aprender, su estímulo intelectual, pero, al parecer, hay políticos para los que esa hipocresía al servicio de la mediocridad  es el colmo de la modernidad educativa.
Publicado en El Confidencial

Negro sobre blanco en el caso Faisán

El informe pericial solicitado a los servicios de la Guardia Civil por el juez Ruz incluido en el sumario del caso Faisán, que para desgracia de Rubalcaba continúa en manos de un juez de verdad y no ha podido ser desviado hacia aguas turbulentas como inauditamente pretendía el Fiscal, es concluyente respecto al carácter de los cortes que se observan en las cintas, porque afirma taxativamente que su estudio obliga a concluir que los fundidos a negro, es decir la manipulación de la cinta para ocultar lo que en otro caso sería una prueba de cargo, se produjeron “a conciencia” y “en tiempo real”, es decir, en el momento mismo de la grabación. El informe descarta explícitamente cualquier posibilidad de que ese borrado intencional fuese causado por alguna forma de deterioro casual, tras comprobar concienzudamente el buen estado de todo el material, tanto en ese día fatídico del chivatazo, un día en el que destino de Rubalcaba  quedó marcado para siempre, como en los días anteriores y posteriores. El dictamen de la Benemérita institución, deja completamente al descubierto tanto las manipulaciones hechas por el equipo investigador de la Policía, a las órdenes directas de Interior, como las excusas con las que pretenden construir una coartada inverosímil para tratar de ocultar una conducta  delictiva y escandalosa. Una acción delictiva y particularmente indigna que en ningún caso dejaría de serlo por el hecho de que se hubiese llevado a cabo obedeciendo ordenes políticas directas, como pretendía cínicamente el voto de un magistrado complaciente, tratando de salir al paso de la debacle que adivina con una doctrina tan cínica y totalitaria que hubiera sido capaz de conseguir, por ejemplo, la absolución de los nazis en el juicio de Nüremberg.  
La obvia suposición de que los policías encausados actuaron a las ordenes de Rubalcaba, convierte a este desdichado caso en la demostración más evidente y clara de la falta de escrúpulos del Gobierno de Zapatero, de la suciedad e inmoralidad de los procedimientos de Rubalcaba para lograr unos objetivos que podrían y deberían alcanzarse perfectamente por otros medios.
Es claro, a la vista de todo ello, que el Gobierno no pretendía tanto acabar con ETA como negociar con ella alguna clase de acuerdo vendible ante la opinión, algo que los convirtiera en usufructuarios únicos de un éxito político que, cuando se produzca, y lo haga sin engaños ni concesiones indignas a la banda, será, exclusivamente,  el éxito de todos los españoles, el triunfo de la democracia, de la libertad  y de la ley, y el premio legítimamente merecido a las miles de víctimas que lo han hecho posible con su generosidad y su sacrificio.  
El Gobierno, cabe suponer con buena lógica,  ha delinquido y ha ordenado delinquir con tal de conseguir una quimérica ventaja política en la negociación, con tal de sentirse comprendido por los criminales, con tal de sentir su gratitud y, probablemente, con la intención de poder librarse para siempre de su miedo.
Por fortuna, aún quedan jueces en España y, aunque haya que esperar a que concluya este proceso, que el señor Garzón, con ese atrevimiento inaudito para torcer la ley en su beneficio, paralizó durante años en el cajón de las cosas que pueden esperar, ya tenemos suficientes elementos de juicio como para afirmar sin ninguna clase de dudas que la responsabilidad contraída por Rubalcaba, le inhabilitaría completamente para seguir ejerciendo la política en cualquier país decente, y nosotros aspiramos a que España lo sea, sin duda alguna.

El desprestigio de la política

Una de las mayores preocupaciones de los españoles de hoy, la tercera según el barómetro del CIS, es la escasa valoración que merece la clase política. Hay razones para que  así sea, pero hay  algo más, porque el conjunto de los españoles somos responsables, por acción y por omisión, de que las cosas hayan llegado a ser como son. Por supuesto que la carga principal recae en los políticos mismos, pero en una democracia formal, como la nuestra, es lógicamente imposible que los representantes sean peores que los representados, puesto que, si así fuera, estos serían aún peores que los representantes, por haberlos elegido. Pero, al margen de las razones puramente lógicas, está el hecho, que nadie sensato discutiría, de que los políticos actúan, por lo general, conforme a la moral imperante en la sociedad a la que representan, y si muchos de nuestros políticos son irresponsables, necios, aprovechados, informales, hipócritas, improductivos, mentirosos, abusones, nepotistas y corruptos, seguramente será porque la sociedad española no solo consiente sino que practica abundantemente esa clase de conductas.
En los últimos días ha habido un par de noticias que, aunque aparentemente distintas,  constituyen una buena muestra de lo razonable que es que la gente esté disgustada con los políticos y de lo profundas que son las causas de esa desafección. Me refiero al episodio, ciertamente poco ejemplar, del empeño de los eurodiputados por volar en primera clase, y a la insólita noticia del voto particular del juez Prada a propósito del caso Faisán, según el cual, no podríamos hablar de existencia de un delito cuando haya una razón política de por medio para llevar a cabo la acción que se pretende juzgar: es muy difícil expresar en menos palabras una doctrina tan totalitaria. Ambas conductas son ejemplo evidente de la raíz de nuestros males, la estúpida convicción de que la democracia  otorga alguna especie de privilegio o exención moral a los elegidos, la creencia de que éstos ya no han de estar sometidos ni a los mandatos de la ley, ni a ninguna limitación que pueda establecer el buen sentido, por la insensata creencia de que, al representar a la soberanía popular, ya no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. 
Así pues, las causas del desprestigio de la política se asientan en dos pilares distintos; el primero de ellos, en el hecho de que los políticos, ajenos a cualquier especie de mandato que les obligue a la ejemplaridad, repiten, y amplifican, sin el menor rubor, las pautas de comportamiento corrientes en la sociedad, aunque, de manera harto hipócrita, defiendan retóricamente otras muy distintas. La segunda, y más importante, porque los políticos, sobre todo si se creen de izquierdas, tienden  a sostener la idea disparatada de que están por encima de la ley, de que el mandato popular que han recibido les autoriza a hacer lo que la ley nos veda a todos los demás.
Esta última idea patrocina, como es lógico, cualquier desmesura, todo exceso. Se basa en ignorar que la democracia conduce al disparate si no se funda en el respeto a la ley, y a los procedimientos para cambiarla. La izquierda, muy en especial, convencida, o eso dice, de ser el protagonista del verdadero progreso, más allá de cualquier limitación, se viene sintiendo autorizada para todo cuanto le convenga o le apetezca. La lista de casos es muy larga: el sometimiento del Tribunal Constitucional, la aventura de los GAL, la negación de la independencia judicial, la negociación y el favor a ETA, el intento de manipular a las asociaciones de víctimas del terrorismo, la modificación tramposa e indirecta de la Constitución, saltándose los procedimientos previstos, la arbitrariedad a la hora de conceder subvenciones, la eliminación de leyes mediante meros decretos, la politización de la educación y de la función pública, la conversión de sus convicciones en verdades científicas que se han de imponer en las escuelas, la creación de empresas fantasma para colocar a los adictos, la reescritura de la historia, la mentira como conducta habitual, y un larguísimo etcétera. 
Se trata de un problema que debemos arreglar, y no hay otro procedimiento posible que practicar una exigencia creciente hacia los políticos y sus abusos. La reacción social frente a las exigencias aeronáuticas de los eurodiputados puede tener ciertos tintes demagógicos, pero apunta sustancialmente en la dirección correcta, y parece haber obligado a los partidos a modificar su posición. Es la presión sobre éstos lo único que hará que modifiquen sus malos hábitos, su tendencia a un absolutismo insoportable, su permisividad con los vicios y corruptelas de los suyos. No es suficiente con que cumplan la ley, que tantas veces incumplen: los políticos deben ser ejemplares, y nuestra exigencia hacia ellos ha de ser implacable, minuciosa, porque es la única manera de que el desprestigio de su conducta no nos lleve a la ruina de la libertad, y a la dictadura de los corruptos.


[Publicado en La Gaceta]


Apple pretende introducir la tinta electrónica en el I pad

Resistencia a la mentira y a la rendición

Las víctimas del terrorismo representan en la historia de la democracia española un movimiento insólito. Aquí, donde hasta las revoluciones se han pretendido hacer desde arriba, las asociaciones de víctimas, nacidas desde abajo, y tras haber sido escogidas en un macabro sorteo por el sadismo de ETA, han asentado los cimientos de un formidable impulso ciudadano dispuesto a resistir a todo trance las debilidades y las mentiras de un gobierno deseoso de lograr algún apaño con los criminales, y ocupado únicamente en el cálculo del hipotético interés político que el PSOE podría obtener con el miserable proceso de paz que ha sido la criatura política preferida de Zapatero. Zapatero ha estado y está embarcado en sucias negociaciones y maniobras con ETA desde antes de su llegada al Gobierno. Es posible, por cierto, que la supuesta certeza de Zapatero acerca de la autoría del 11-M se deba a la fiabilidad que le merecían las personas con las que en ese mismo momento estaba de compadreo, lo que le permitió la desfachatez de explotar miserablemente en su favor, el mayor atentado de la historia de Europa, una conducta que mostró bien claramente  su catadura moral, su apuesta por alcanzar el poder a cualquier precio y sin límite moral alguno.
Las víctimas han conseguido, sin embargo, frenar a Zapatero, han logrado sacudir la conciencia adormecida de muchos españoles, y han salido ayer de nuevo a la calle para decir con toda claridad que ETA no puede estar en las instituciones democráticas, que los asesinos no pueden convertirse en concejales sin pasar antes por la cárcel, para cumplir sus condenas, porque, de lo contrario, ETA habría ganado, y el sacrifico de miles de víctimas habría sido inútil para  nosotros, convertido en un simple trámite para la feliz consecución de los fines de los asesinos.
La manifestación del sábado por la tarde pone de manifiesto que cada vez son más los españoles dispuestos a resistir las mentiras del gobierno, sus caramelos envenenados, sus palabras de bella apariencia pero de siniestra intención. Las asociaciones de víctimas, y millones de ciudadanos con ellas, quieren que el PSOE y sus dirigentes se unan decididamente a este rechazo de la ETA, aunque solo sea por solidaridad con sus víctimas, con los muchos militantes del PSOE que han sufrido en sus carnes y en su alma el zarpazo del terrorismo etarra.  No se puede seguir negociando nada, ni practicando ninguna clase de atajos con quienes no quieren otra cosa que imponernos sus exigencias, que humillarnos y doblegarnos.  El PSOE, ahora que está a tiempo, debería deshacerse de una buena vez de Zapatero y de Rubalcaba, que son los últimos responsables de una política indigna y, lo que es peor, completamente inútil, porque es necio creer que quienes se han acostumbrado a imponer su voluntad a golpe de pistola vayan a abandonar sus pretensiones simplemente por no ser mayoritarias.
Este Gobierno que se empecina en la mentira y en el error, prefiere la compañía y el aplauso de los criminales al calor y la piedad con las víctimas. La manifestación de ayer es un grito de dignidad, de valor, de rebeldía, un grito que deberán oír también esos jueces que tan sensibles dicen mostrarse a las circunstancias, al número de los que pretenden cualquier cosa. Pues bien, las asociaciones de víctimas sólo exigen que se cumpla la ley, y que se respete la democracia, que el Estado sepa mantener con dignidad su papel de poder que reclama para sí el monopolio de la violencia legítima, y que sea consciente de su obligación de mantener, por encima de todo y por difícil que resultare, la dignidad de las instituciones, la vigencia de la Constitución y el respeto y el cariño que merecen las víctimas del terrorismo.
Lo paradójico de esta situación es que un gobierno declinante y, en el fondo con graves carencias de legitimidad,  acabe por ceder en cosas que sería muy fácil defender, que cualquier gobierno del mundo sabría mantener con serenidad y con firmeza. ETA ha perdido su batalla, y no se puede consentir que lo logrado a base de la heroica resistencia de las fuerzas de seguridad, que ayer se unieron emotivamente al resto de  las víctimas, y por la dignidad y la constancia de las asociaciones, que no siempre han gozado del pleno apoyo de fuerzas políticas, lo acabe ganando ETA por la vanidad de unos políticos en retirada, pero deseosos de apuntarse alguna medalla, que sería, en todo caso, un baldón. No queremos ningún Príncipe de la Paz, queremos una serena y definitiva victoria de la democracia, sin celebraciones, pero sin concesiones que nos avergüencen, como las que este gobierno indigno ha ido ofreciendo a los malhechores. No queremos a ETA en las instituciones, ni a disfraces de la banda en las elecciones. No queremos un gobierno amigo de los asesinos y de sus peones, sino a un gobierno valiente que, de una vez por todas, defienda, sin desmayo ni disimulos, la libertad, la democracia y la dignidad de todos.

Buscando guerra

La penuria intelectual de la izquierda que ha aflorado con Zapatero, y a la que éste ha dado alas con sus disparates y lirismos, anda a la búsqueda de nuevas causas, visto que lo suyo no es arreglar los problemas de los españoles. En realidad se ocupa, cuando gobierna, de que haya cada vez más españoles con problemas, y en eso sí que ha demostrado no poca eficacia. Claro está que esa ejecutoria no es como para andar presumiendo, así que se comprende con facilidad sus intentos de buscar una coartada ideológica, de fabricarse un enemigo, y, como esta izquierda siempre  mira hacia el futuro, ha retrocedido unos cien años para descubrir que la Iglesia ¡Dios mío! puede servir de excusa fácil.
Estos tipos, siempre tan ayunos de ideas, andan sobrados de afeites para disimular sus carencias, de modo que en vez de resucitar un clericalismo absolutamente rancio, han decidido vestirlo tan a la moda como puedan. Para ello han acudido a cierto feminismo tan travestido como les ha sido posible: política de género lo llaman. El caso es que la acusación de que la Iglesia persigue a las mujeres, ocupa en su pobre imaginario el mismo papel que las acusaciones a los frailes del XIX por regalar caramelos envenenados a los hijos de los obreros. Lo malo que tiene esta clase de tonterías es que siempre hay, entre la infinita multitud de los idiotas, un suficiente número de personas deseosas de fama y de pasar a la acción, buscando guerra. Es en este imaginario escenario, llamarlo surrealista sería hacerle un gran favor, en el que se comprenden dos acciones que no parecen casuales, la profanación de una capilla universitaria en Madrid y la quema de las puertas de una iglesia barcelonesa. Detrás de ambas iniciativas, que solo buscan la notoriedad y que prenda una llama que les diera algún protagonismo a quienes las promueven, aparecen colectivos de lesbianas y/o de feministas de extrema izquierda que han florecido al amparo de las bobadas del futuro ex rector Berzosa, en Madrid, o del tripartito catalán, en Barcelona, tal para cual. 
Es necesario ser muy necio para no comprender que esta clase de agresiones son realmente peligrosas, además de injustas, absurdas y gravemente ofensivas para la conciencia de los creyentes, pero también para cualquier persona con capacidad de respetar las creencias ajenas. En este país deberíamos de tener hacia esta clase de acciones la misma prevención, como mínimo, que tienen los economistas alemanes hacia la inflación. Nuestra guerra civil, que debería estar olvidada bajo tantas losas, al menos, como décadas nos separan de ella, tuvo un preludio muy similar. No parece razonable que haya ahora el riesgo de repetir una debacle colectiva de aquella magnitud, pero eso mismo hace realmente intolerable que unos colectivos de jovencitas con poco seso se permitan tocarnos las narices a las personas civilizadas, tratando de ver si hay alguien que se dedica a repeler esas agresiones de una manera similar para que ellas puedan pasar un rato agradable con esa clase de salvajadas que, al parecer, les resultan tan entretenidas.
Es realmente portentoso que haya quienes no se conformen con los problemas que tenemos y dediquen su escasa inventiva a complicar más, si cabe, nuestra convivencia en libertad. Los cristianos sabemos perdonar y no caeremos en esas burdas provocaciones, pero  sería muy importante que las autoridades civiles corten de raíz estas  insensatas tentativas de resucitar una guerra que carecería completamente de sentido. 

¿Se puede investigar en compañía de otros?

Mis alumnos y Sostres

Uno de mis alumnos se ha dirigido a mí con un e mail  cuyo contenido  reproduzco a continuación, así como mi contestación, naturalmente con su permiso.


e mail de mi alumno:
Buenas tardes,

Soy un alumno suyo, concretamente uno que estuvo discutiendo airadamente pero respetuosamente, con usted sobre el buen o mal hacer de Salvador Sostres, periodista de El Mundo. El pasado día 4, lunes, un joven de 21 años presuntamente asesinó a su pareja, una chica de 19 y mostró el cadáver de ésta a través de la webcam a su padre. Salvador Sostres escribió sobre esta noticia en un artículo de Elmundo.es titulado «un chico normal» en el que realiza comentarios como los siguientes:
«Digo que a este chico les están presentando como un monstruo y no es verdad. No es un monstruo». «Es un chico normal sometido a la presión de una violencia infinita». «Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?, ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras?». Ante la avalancha de críticas que recibió en twitter, Pedro J. Ramírez retiró el artículo de elmundo.es y se disculpó a traves de su twitter. Sin embargo, ayer los trabajadores de El Mundo escribieron una carta a su director en la que critican las palabras de Sostres y le exigen a su director que prescinda inmediatamente de sus servicios.

La carta firmada por trabajadores de El Mundo es clara y contundente y si el director de este medio hace lo que le exigen, aún seguiré confiando en que nuestro oficio no está tan devaluado como creía y que existe todavía compañerismo entre los profesionales de la comunicación. Sobre el Sr. Sostres, podría decir muchas cosas pero sus palabras le retratan. Algunos utilizan las palabras para provocar porque piensan que es la única manera de ser escuchado (‘Escribir es meterse en líos’, se titula su blog), otros intentan cada día relatar lo más fielmente posible la realidad. Ambos son subjetivos, está claro, pero unos aún conocen el significado de la palabra ‘ética’ mientras que otros la olvidaron hace mucho tiempo. 

Aquel día en que conversamos en clase, usted me decía que la libertad de expresión es sagrada. Punto en el que coincido plenamente. No soy nadie para establecer que se sitúa a un lado o a otro de esa línea, pero determinadas palabras chirrían en mi conciencia y no puedo evitar que la sangre me hierva por momentos, como en esta ocasión.

Perdón por la extensión de mi exposición pero al leer la información a la que me he referido, he evocado nuestra conversación y no me he podido resistir a escribirle. Por supuesto, me encantaría saber que opina usted a este respecto. Gracias por ‘leerme’.  Un saludo


Mi respuesta fue la siguiente:
Querido alumno:

Le agradezco mucho que me escriba y que sea valiente al expresar unas opiniones que imagina contrarias a las mías. Ese valor es uno de los bienes de que carece nuestra sociedad civil y que, a mi modo de ver, explica muchos de los problemas con los que tropieza esta democracia nuestra, tan troquelada sobre la paciencia de los Sanchos y que se sigue divirtiendo con las palizas que se propinan a los escasísimos Quijotes que quedan y que, como es obvio, suelen estar un poco mal de la azotea.

Como puede imaginar, sigo pensando lo que pensaba, a pesar de que esta columna de Sostres me pareció especialmente desafortunada, oportunista y mema. Creo, sin embargo, que otras cosas son más peligrosas para la libertad que el mero decir tonterías. Creo que decir tonterías está muy mal, sería deseable que se dijeran y se hicieren el menor número de cosas tontas, pero me parece muy peligrosa la idea de moralidad civil que defienden y practican los que se convierten en inquisidores, por muy respetables que sean sus creencias, que, por lo demás, siempre lo son. Una sociedad democrática se edifica sobre pocos principios, pero uno de ellos es, evidentemente, el derecho a discrepar. Entre el ejercicio de ese derecho, y el supuesto crimen de opinión  debería haber una gran distancia, pero los que se convierten en inquisidores la reducen con una facilidad pasmosa. La unanimidad no es nunca criterio de nada, y puede ser muy peligrosa, especialmente en cuestiones morales, sobre las que no existe una ciencia del bien y del mal; es peligrosa también en cuestiones científicas, como lo acredita cualquier estudio de historia de la ciencia, pero en cuestiones morales es sencillamente temible, mortífera. Fíjese bien en los valores que usted defiende en su carta y el peligro que tienen:

1. «Condena clara y contundente», es el lenguaje de los que se consideran por encima de cualquier duda, un lenguaje clericalpapal, enteramente inapropiado en una panda de periodistas, empleo el tono adrede para molestar, que no han dedicado ni una milésima de su tiempo a pensar en los problemas con los que deciden enfrentarse, ni en general, ni en este caso. Con condenas claras y contundentes se justifica el apedreamiento de adulteras, el asesinato ritual, normalmente de mujeres, y un sinfín de barbaridades. Por favor, un poco de contención, y algo menos de solemnidad. 

2. «Hacer lo que le exigen» (referido al director del medio de comunicación), es decir saltarse, en este caso, las normas de derecho laboral o mercantil, reinstaurar el delito de opinión, o sustituir las decisiones en una empresa por lo que puedan decir los soviets morales de turno. Me parece delirante, qué quiere que le diga.

3. «Compañerismo entre profesionales», la verdad es que es difícil expresar con menos palabras el resumen de la moral mafiosa, que es el nombre que habría que aplicar a este tipo de moral justiciera que usted parece  abrazar con tanto entusiasmo como inconsciencia. 

4. «sus palabras le retratan», es una expresión que refleja bastante bien el intento de someter a juicio la libertad de expresión, convertir las palabras, que deben ser siempre libres, en acciones, que deben respetar las restricciones de las leyes. Luego volveré sobre este asunto bajo otro punto de vista. 

5. Sinceramente, dudo mucho de que  sea verdad que «unos aún conocen el significado de la palabra ‘ética’ mientras que otros la olvidaron hace mucho tiempo»; me temo que ese significado se les escapa a sus colegas, y que la mayoría no podría escribir medio folio sobre el asunto, ni aun copiando de la Wikipedia, pero, bromas aparte, le aseguro que si Ética, a este respecto, significa algo es imparcialidad, no unanimidad pasional. 

6. «determinadas palabras chirrían en mi conciencia y no puedo evitar que la sangre me hierva por momentos». Por si le sirve de consuelo, a mi me pasa también muy a menudo, pero he aprendido que la libertad consiste en que habrá siempre gente que haga cosas que no nos gusten, de manera que dedico los chirridos de mi conciencia a tratar de corregir mis propias acciones (entre otras cosas para evitar que deje de chirriar a mi conveniencia), y no a tratar de corregir las de los demás, que es, en su caso, la tarea de los jueces, y de nadie más. Esto no evita la crítica, naturalmente, pero sobrepasa mucho la capacidad de criticar el pedir que le quiten a alguien un empleo, al margen de cualquier otra consideración. En cuanto a lo de que le hierve la sangre, tome baños fríos, que es lo que desde los tiempos de los griegos, que fueron los primeros en meditar un poco en serio sobre el ser de la justicia, se aconseja a los que han de practicarla, y por eso se la pinta con los ojos tapados, aunque entre nosotros se lleve mucho la justicia avizor (por ejemplo, que no valga para Garzón lo que sí vale para todo el mundo).

Una vez que he comentado, con dureza, pero con buena intención, los términos del escrito de quien, al fin y al cabo, es mi alumno, y le deseo que le sirva para algo esta especie de cariñosa lección particular, me voy a fijar ahora en algunas otras cuestiones que son, sin duda, pertinentes al caso. 

1. Yo no habría autorizado, por inconveniente, la publicación del escrito de Sostres o, mejor dicho, le habría invitado a matizar mucho las afirmaciones que hace, con el riesgo, es obvio, de que el artículo se le quedase en nada, pero es que los provocadores también deberían afinar y huir algo más de la sal gorda. De cualquier modo, me parece preocupante que, en el caso de lo que ahora llamamos de una manera bastante absurda y contraria al genio de nuestra lengua, «violencia de género», se pretendan abolir radicalmente las excusas, disculpas, los motivos de compasión con el delincuente. Creo que esto es pura hipocresía, y creo que Sostres acertaba al describirla, pero lo hizo en unos términos confusos y muy desafortunados que se prestan, y mucho, a excitar al coro de plañideras y, lo que es peor, a enturbiar las cosas.

2. Considero que lo que mi maestro Arcadi Espada, con el que discrepo frontalmente en otros mucho asuntos, llama la “moral socialdemócrata” supone hoy en día un riesgo enorme, sobre todo, para la libertad intelectual. A este respecto soy un entusiasta de las palabras de Richard Rorty, un gran filósofo norteamericano fallecido recientemente, con quien también discrepo muy a fondo en un buen número de cuestiones, cuando decía “cuídate de la libertad, que la verdad ya se cuida de sí misma”. Hoy hay riesgo para la libertad porque existe una especia de mayoría moral empeñada en imponer sus convicciones por las buenas o por las malas, eso es lo que significaba, en tiempos que se creían olvidados, la Inquisición.

Por último, quiero hacerle caer en la cuenta de la asimetría moral con que se enjuician esta clase de asuntos, dependiendo de quien sea el protagonista. Para no esforzarme más con los ejemplos, le citaré dos a los que hoy alude Santiago González en su blog de El Mundo, en el que, por supuesto, también discrepa de la columna de Sostres. Me referiré a ellos con mis propias palabras:

El 24 de noviembre de 2008, Almudena Grandes escribió en la última de El País:
«Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar. Y serás perfecta». Parece un contrato sadomasoquista, pero es un consejo de la madre Maravillas. ¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos? En 1974, al morir en su cama, recordaría con placer inefable aquel intenso desprecio, fuente de la suprema perfección.»

El 8 de febrero de 2007, Maruja Torres escribía, también en la última de El País:
«El sinvivir de la albóndiga mediática [Federico Jiménez Losantos] intentando encontrar Goma 2 aunque sea en el conejo de su madre.» En ambos textos, hay menosprecio de sexo, y una cierta justificación de la violencia, aunque sea de izquierdas, además de una vergonzosa falta de respeto a una monja santa, que muchos veneramos como un ejemplo moral muy alto, y a una madre, algo que todo el mundo debiera respetar, aunque sea la de FJL. Por supuesto, será inútil buscar en los Google de turno las propuestas ardorosas de los que “aun conocen el significado de  la palabra ética”. Yo no las echo en falta, porque creo que son innecesarias, como creo que no hay que ir pidiendo por ahí a la gente que confiese su amor a la justicia, o su oposición a las violaciones, pero creo que no exagero si pienso que la diferencia entre la desmesura de las reacciones ante los excesos verbales de Sostres, y la indiferencia ante las delicadas expresiones de la Grandes, no se deba a que merezcan un juicio ético distinto, sino a muy distintas razones. Y, dicho esto, le vuelvo a agradecer su confianza, le pido permiso para publicar su carta (sin su nombre) y mi respuesta en mi blog, porque me parece que plantea una cuestión de interés general, y le invito a que, si lo quiere, sigamos discutiendo allí esta clase de asuntos. Un abrazo,



Llanto por Andalucía


Los socialistas andaluces andan a la greña, y no es para poco. En el horizonte se les dibuja la pérdida de un cortijo de gran valor, de un califato amurallado que ha resistido toda suerte de embates. Su fuerza era de tal que, lo que hubiera podido derribar a gobiernos en cualquier otro lugar, apenas les afectaba, porque siempre tenían a quien cargar con las culpas; véase, por ejemplo, el caso Marbella, en el que, pese a las obvias responsabilidades de la Junta, consiguieron que todo quedase reducido a la corruptela de un político atípico, y de cuatro pájaros de la farándula, aunque uno de eso pájaros, ¡qué casualidad! goza de celda de lujo y de trato exquisito en la cárcel andaluza que le cobija.
La salida de Chaves fue un síntoma de que algo no acababa de encajar. Empezaron a menudear las informaciones sobre las cacicadas sin cuento en que anda envuelto alguno de los aplicados miembros de su extensa familia, hermanos, hijos comisionistas, hijas capaces de conseguir subvenciones millonarias, en fin, un portento de parentela. La cosa no llegaba a más porque la unidad de poder y la coordinación de funciones no flojeaba, y había conseguido que la inspección fiscal fuese siempre favorable a los intereses cortijanos. Pero la prensa empezó a atar cabos, a contar cosas, a comparar situaciones y casos, ese feo vicio de la opinión que pretende imponer una cierta uniformidad sin respetar las peculiaridades regionales que saben dar tanto juego cuando se manejan con tino, y empezaron a menudear los escándalos.
Apareció entonces la madre de todas las arbitrariedades, las virguerías conseguidas por los servicios de empleo con un vigor y una creatividad verdaderamente dignos de encomio sino fuera que se aplicaron a timar al resto de los españoles, a esa gente vulgar y poco imaginativa que cree que para ganar hay que trabajar, y no tiene el garbo necesario para adjudicarse indemnizaciones millonarias por el despido de un puesto que nunca se ha ejercido.
La certeza del ocaso, abrirá en canal las luchas intestinas que siempre se agudizan cuando se adivina quiebra. Las dimisiones de Pizarro y de Gómez Periñán son un sonoro aldabonazo sobre la seria situación en que se encuentra el gobierno  de Griñán, que no parece conformarse con ser teledirigido desde la fantasmal presidencia que ocupa el señor Chaves, con los eficaces auxilios del gran muñidor de cuanto se ha cocido en Andalucía, del señor Zarrias. Es muy probable que el familión de Chaves no esté teniendo exactamente las mismas oportunidades que tenía  cuando el patriarca estaba en activo, o que el reparto de las subvenciones de IDEA, que se hacían a pachas, ya no contente tanto a los amigos del expresidente, lo que no deja de ser muy ingrato y hasta un punto injusto, tras tantos años de sacrificio por Andalucía.
Las fotos de la familia se asoman a los periódicos nacionales y ya se sabe que la fama es mala compañera para según qué cosas. Como en el poema de Lorca: “En la mitad del barranco/ las navajas de Albacete,/ bellas de sangre contraria,/ relucen como los peces”. No es un espectáculo edificante, pero es lo que suele pasar cuando un poder sin control se enquista por más de tres décadas en una región y la somete para vivir a su costa. Los especialistas dispuestos a borrar cualquier huella ya no dan abasto, mientras la Junta le niega documentos a la Justicia con las más peregrinas disculpas. Todo un espectáculo que deja un irreprimible hedor, y que agudiza su pánico.



¿Una nueva forma de leer?

Un año decisivo

La renuncia, aparentemente voluntaria, del presidente del gobierno a encabezar las listas del PSOE en el año 2012 marca el comienzo de un año especialmente difícil que no habrá otro remedio que acortar. Esta renuncia de Zapatero nada tiene que ver con la de Aznar, aunque contribuya también a que se adopte una costumbre que, de generalizarse, tendría efectos muy positivos para la madurez de la democracia española. Zapatero ha dicho que se no va a presentarse apenas un minuto antes de que la situación se volviese insostenible para él, y ha intentado aprovechar el momento para anunciar una finta política bastante inverosímil.
La situación en que ha quedado colocado el PSOE no admite más que dos posibilidades, difícilmente compatibles. O Zapatero se decide a gobernar, y el PSOE se entrega al disimulo, o Zapatero se dedica a hacer que gobierna, y el PSOE a la pura propaganda. ¿Qué les parece lo más probable? No cabe pensar, por desgracia, que un presidente que no se ha atrevido a hacer reformas de mayor porte vaya a hacerlas ahora, cuando se cuartean los muros que soportaban su autoridad, y cuando los mercados parecen menos agresivos, una vez que Zapatero es ya figura del pasado: se trata de una posibilidad que no se le ocurriría ni a Botín. Tendríamos que atravesar una situación extrema, que ahora no se adivina, para que se repitiesen las llamadas de los poderosos y hubiese nuevas rectificaciones espectaculares, y, como eso es poco probable que suceda, tendremos a un Zapatero fustigador del PP y sin hacer nada, cosa en la que ya posee un crédito indudable, hasta el momento mismo en que la continuación sea completamente insostenible, lo que no ocurrirá más allá del momento en que se vea que aprobar unos presupuestos para 2012 es absolutamente imposible, y que ya no merece la pena seguir haciendo esfuerzos por ocultarlo.
En este panorama van a influir una serie de circunstancias más determinantes que la maltrecha voluntad de Zapatero. No me refiero sólo a la evolución de la economía, que puede ir realmente a peor aunque el marco general parezca no deteriorarse más, ni a la de las encuestas, que dependerá, en gran medida, del calibre del éxito del PP el 22 de mayo,  sino a que las estrategias de los aspirantes al control del PSOE, y la forma en que el PP reformule su discurso, van a ser los factores más determinantes. Si, como imagino, los socialistas dan por perdida las elecciones de 2012, quien quiera hacerse con el control del partido querrá acelerar el momento de su designación, y que Zapatero convoque en el instante mismo en que haya el más leve respiro, y, como queda dicho, siempre antes del cuarto trimestre de este año, porque los posibles aliados no querrán indisponerse innecesariamente con el presumible vencedor y no tendrán nada que obtener a cambio de una apoyo negociado, de manera que será inviable el mantener por más tiempo la ficción de un presidente que gobierna bien, aunque pueda perjudicar gravemente los intereses de su partido. Todo indica, pues, que estamos ante un aplazamiento táctico de la convocatoria de generales para que su desastroso pronóstico contamine al mínimo las posibilidades de los candidatos locales.
La variante decisiva capaz de  determinar el futuro político de España, y el momento en que haya que llamar a las urnas, estará, a mi entender, en la forma en la que el PP, es decir, Mariano Rajoy, afronte este último tramo de su travesía del desierto, ya casi con la certeza del éxito en la mano. Lo decisivo estará no tanto en seguir trabajando por la victoria sino en asegurar al viabilidad del gobierno futuro. Dicho de otro modo, el PP ya no necesita vencer, sino convencer, que es algo más difícil que ejercer de catalizador de un deterioro notoriamente impulsado por las carencias de Zapatero y por la gravedad realmente asombrosa de algunos de sus errores. Zapatero ya ha perdido las elecciones, es casi completamente seguro que el PSOE las pierda, pero falta por ver que el PP pueda ganarlas con el capital político suficiente.
De ser esto así, parece obvio no solo que el PP debiera cambiar ligeramente su retórica, sino que, de no hacerlo, se enfrenta a los riesgos que siempre acompañan al que alancea a moros muertos, por decirlo con la  clásica expresión castellana.  El PP tiene unos meses en que, razonablemente seguro de su victoria, puede permitirse el lujo de explicar lo que hará al ganar las elecciones, y deberá intentar convencer a los españoles de que la prosperidad económica nunca se ha conseguido garantizando duros a cuatro pesetas, sino trabajando, tomando medidas que podrán parecer impopulares pero son sabias y razonables: cualquiera puede hacerlas suyas si se explican bien. Tener miedo a decir ciertas verdades servirá, únicamente, para que la acción de gobierno sea más ineficaz y sus efectos tarden más en llegar. Hay que recordar como pudo ganar Aznar y, sobre todo, como supo gobernar con éxito, y decir que se va a hacer lo propio.

Obama se presenta de nuevo

Obama se acerca al término de su primer mandato y lo hace habiendo perdido gran parte del fulgor que le encumbró en exceso. Veremos qué sucede ahora, pero lo normal será que vuelva a triunfar, porque, a diferencia de lo que, lamentablemente, ocurre entre nosotros, el presidente de EEUU es, sobre todo, el líder de una gran nación y, muy secundariamente, un líder de parte. Tendríamos que aprender de esa sabiduría tan simple: podemos seguir disputando, pero no es necesario exagerar, es más útil ponerle límites a las arbitrariedades, a los sesgos ideológicos porque nuestra nación también está dividida y se podría arreglar muy bien con sus escisiones sin que nadie necesita exagerarlas. 
Malos usos de la competencia

Zapatero no podía seguir ni un minuto más



Zapatero, que se sabía íntimamente derrotado, llevaba ya un largo tiempo tratando de dignificar el final de su mandato. Su decisión, largamente postergada, de que no presentarse a las elecciones, ha sido un acto más en ese intento de encalar una trayectoria con un balance muy lamentable. Lo tiene muy difícil, porque quien ha sido, sin duda, el peor presidente de la democracia española, no logrará que la necesidad consiga disfrazarse de virtud. Zapatero no se va, le echamos todos los españoles, hasta los de su partido. Le ponen en la calle sus ruinosos resultados, sus ridículas políticas, su ademán sectario e iluminado, su revisión absurda y grotesca de la historia, y de la democracia, su delirante gestión de la crisis económica: eso es lo que le obliga a irse, por mucho que trate de disfrazar esa expulsión de la política como una dimisión voluntaria, como un sacrificio en aras de la felicidad de los españoles y del buen futuro de su partido. Si realmente fuera capaz de tamaña generosidad, se habría de ir mañana mismo, convocando urgentemente las elecciones generales, pero va a cometer otro error, que agravará las cosas, va a intentar gobernar sin ninguna autoridad, en solitario, porque ningún presidente de gobierno ha estado nunca tan aislado y desprestigiado como ahora lo está Zapatero.
Su soledad es fruto de sus errores, de su empecinamiento en ellos. Llegó a la presidencia tras una serie de carambolas, y envuelto en el suceso más triste y siniestro de la historia de España. Pretendió gobernar como si las palabras fueran suficientes, con una soberbia intelectual y moral absolutamente inmotivada porque, la verdad, de su boca no ha salido otra cosa que vaciedades presuntuosas, que necedades huecas. Se dedicó a dividir a los españoles, a expulsar a sus adversarios del recinto de la democracia, a modificar insensata y traicioneramente la Constitución, a tratar de convertir a asesinos confesos en concejales, y a presentar a políticos decentes como enemigos del pueblo, de la libertad y de la paz. Su idea de la democracia la aplicó también a su partido al que ha vaciado casi completamente de contenido: ha sido vergonzoso ver como viejos socialistas con un mínimo de consecuencia se han plegado a los dictados caprichosos de un líder tan imprevisible como huero. Ahora, en el momento más bajo de su popularidad, pretende convertirse en un estadista, hacer como si España fuese para él lo único importante. Pero la credibilidad de Zapatero está absolutamente arruinada y ya nadie puede esperar nada de él. Es una desdicha para todos que que el PSOE sea tan hipócrita, que sus colegas le aplaudan tratando de sacar algún rédito de la falsa grandeza del que simula un desprendimiento del que carece.
Insistimos: elecciones ya, el primer día que sea constitucionalmente posible, porque no tiene sentido ninguna otra alternativa con un presidente derribado y fuera de combate al que ya no le queda otra cosa que su exasperante tendencia al disimulo. Que nadie se engañe, la legislatura está completamente agotada y no podrá aprobar los presupuestos de 2012. Tendrá que convocar elecciones a finales de verano y, para ese viaje, mejor sería ahorrarnos a todos el desperdicio de tiempo y de razones que va a suponer una campaña tan artificialmente alargada.

Su discurso a los pares del PSOE demuestra que ni siquiera él cree ya en que exista ninguna oportunidad de remontada, de ningún brote verde: solo tierra quemada. Por eso anuncia su marcha, porque está convencido de que no hay nada que hacer, de que ha llevado a su partido al desastre, consecuencia lógica de haber perdido dos legislaturas casi completas, de haber conseguido empeorarlo todo: la situación económica, el desempleo, el equilibrio territorial, la estabilidad constitucional, la política exterior en la que ha sido un motivo continuo de mofa para los dirigentes del mundo entero, atónitos ante un personaje tan insustancial y fuera de lugar. Se va tras haber prolongado artificialmente la decadencia de ETA, apadrinando una negociación en la que ofrecía esperanzas que bordean la alta traición, enfangando al Tribunal Constitucional, a la Justicia, tras poner en la calle a asesinos que debieran permanecer a buen recaudo, tras ahondar nuestra dependencia energética, tras pagar cobardemente por rescatar a nuestros barcos de las garras de piratas de tres al cuarto, tras encabezar una pomposa y ridícula alianza de civilizaciones que culmina con la intervención de nuestros ejércitos en la vecina Libia, sin que nadie sepa explicarnos para qué demonios estamos allí.

Nos deja un buen reguero de cadáveres políticos a sus espaldas. Nadie sabe lo que dará de sí la jaula de grillos en que se va a convertir el PSOE, tan ayuno de razones como ebrio de ambiciones. No debería esperar la menor simpatía con su fingido gesto de desprendimiento, ni que el futuro le reivindique, porque España no puede permitirse otro presidente que haga bueno a esta pesadilla que pretende seguir un año más en la Moncloa.