Una herencia nada brillante

El último acto político significativo de la vida presidencial ha sido su anuncio de que no se presentará a las próximas elecciones, se rinde, pues. Al haber tardado tanto en decirlo, no se le puede conceder el beneficio de la duda, no es un caso similar al de Aznar que abandonó la carrera yendo en cabeza, de manera que lo que ha hecho es tratar de minimizar los efectos del castigo político a que va a ser sometido.
Lo más interesante es lo que hará hasta que, dentro de unos meses, se vea obligado a convocar elecciones. No tiene mucho margen temporal porque hay mecanismos políticos de los que ya no va a disponer: ni tendrá ninguna mayoría, ni tendrá ninguna autoridad entre los propios, es el síndrome del palomo cojo del que se habla en las EEUU en su forma más radical.
¿Tratará de seguir una política de reformas que le rehabilite de un pasado desastroso como gestor? Lo malo de llevarla a cabo es que le ahorraría un calvario a su enemigo, al PP, de manera que lo más razonable es que haga como que lo hace mientras en realidad no hace nada, cosa que ya ha demostrado que se le da bien. Mientras ni Merkel u Obama ni los mercados aprieten mucho más tiene algo de margen para el funambulismo, para un simulacro que le permita presumir de sentido de estado, de sacrificio por la patria, hasta de progresismo por haber evitado algo peor. Lo decisivo no es su herencia desastrosa, sino lo que le PP acierte a hacer con ella, porque la caída en l nada del PSOE puede descontarse.

De la lucecita de El Pardo al «sabelotodo»

Lo siento por mis amigos socialistas, que los tengo, y por todos nosotros, pero lo del sabelotodo Zapatero recuerda cada vez más al camelo de la lucecita de El Pardo que le daba serenidad a Arias Navarro; según él,  mientras Franco respirase, todo estaría a salvo, y eso es exactamente lo que ha dicho Bono, buena pieza, que conoce probablemente mejor que nadie las desdichadas debilidades de los españolitos de a píe.
Da igual que Zapatero anuncie que no se presentará a las próximas generales, lo que, a la hora que escribo, es probable, pero no seguro, lo decisivo es que el destino de un país, y por supuesto el de su partido, dependerá, en buena medida, de una mera decisión personal y eso no parece muy razonable.
Cuando se diseñó la democracia española, se hizo un diseño excesivamente ideológico y jurídico, lo que fue casi inevitable, porque carecíamos de experiencia al respecto y, aunque pudiésemos copiar, como se hizo, no teníamos idea de cómo funcionarían las cosas. Ahora es distinto. Ahora sabemos claramente, por ejemplo, que la partitocracia es una amenaza real y muy peligrosa, y que el caudillismo no nos ha dejado nunca del todo. Desde el más conservador al más izquierdista de nuestros líderes han pulsado a fondo la tecla caudillista por la sencilla razón de que no existe límite legal a sus mandatos, algo que debería existir. Ya que no somos una república, lo que arreglaría algunas cosas, con bastantes menos riesgos que los que presume la propaganda, deberíamos establecer una limitación de dos mandatos tanto para el presidente del Gobierno como para los presidentes de los partidos y los presidentes regionales. Esa simple medida cambiaría las reglas de juego y aumentaría la competencia, suavizaría y facilitaría las alternancias y, aunque diese lugar a algo más de jaleo, creo que sería beneficioso aprender a convivir con ello: la democracia no se debiera confundir con el ordeno y mando y eso es lo que ahora pasa con los hiperliderazgos. 
La verdad sobre Google y Apple

La educación sentimental de los notarios

Ayer hube de acudir a una notaría por razones que, por más que me esfuerzo, no se me alcanzan. Me refiero a una de esas situaciones en que la ley establece algo como esto: todo está muy bien, pero usted debe darle a este señor, que amablemente le vamos a indicar, unos 800 euritos, y ya estará todo en regla. No voy a discutir la función esencial de los notarios en el galimatías jurídico español, pero déjenme que ponga en duda que sean imprescindibles para cosas como la de ayer.
El caso es que el notario me citó a las 16,30 y, tras esperar más de media hora, y al preguntar por él, recibí la contestación de rigor: “es que está en una firma”. Pregunté entonces sobre las razones para citarme a una hora en la que el notario no iba a estar, y la atónita auxiliar me rogó, con cierta amabilidad, pero sin exagerar, que esperase un momento a ver cuándo acababa la susodicha firma. Se me informó de que llegaría enseguida, lo que hizo suponer que no tardaría más allá de otra buena media hora. Bajé a la calle para ver si conseguía evitar la muta de Gallardón por excesos aparcatorios y volví a subir en cuanto pude arreglar mi conciencia con las disposiciones municipales en vigor. Pronto llegó el notario con la cara de satisfacción de quien ha disfrutado de copioso almuerzo con copa y puro. Me recibió enseguida y pensé: “va a disculparse”; pues no, me informó de lo que ya sabía de sobra, me hizo firmar otro papelito que creía imprescindible para el buen fin de mis negocios, o sea que el cargo pasará de 800 euros, y si te he visto no me acuerdo. Como soy persona mayor y a veces consigo comportarme de manera educada, no dije nada, pero no puedo evitar la comparación de este proceder del notario con la situación por la que atravesamos los españoles.
No voy, ya lo he dicho, a atacar las funciones del notariado latino, como ellos mismos las denominan, pero sí a decir que los notarios, y no solo ellos, disfrutan de un privilegio abusivo y no tienen, en general, la menor intención de abandonarlo para pasar a un régimen más abierto, a un mercado de la fe pública mucho menos regulado y, por supuesto, infinitamente más barato, como el norteamericano, por ejemplo, para citar un país que no creo pueda ser considerado un caos jurídico.
Aquí, en el fondo, lo del notariado es lo más corriente, y el ciudadano se siente tratado con idéntico desdén por todos aquellos que disfrutan, es el verbo que ellos mismos utilizan, de un puesto público a salvo de crisis, EREs y otras amenazas que debe sufrir le pueblo soberano. Solo apuntaré una nota más: esa clase de privilegios está legitimado sobre todo, en mi humilde opinión, por esa beata veneración por lo público que comparten los socialistas de todos los partidos. Por cierto, el único que hizo algo por aminorar los privilegios, que es imposible no vayan seguidos de abusos, de los notarios, y tampoco hizo mucho, fue el gobierno del PP.
Los españoles estamos acostumbrados al mal trato y sabemos que protestar es, suele ser, inútil y, con mucha frecuencia, perjudicial: los órganos de la administración que debieran protegernos, se lavan las manos en beneficio de las grandes compañías, de los monopolios, de los lugares a los que esperan ir a parar los funcionarios de relumbrón cuando la política se les convierta en algo incómodo y demasiado exigente para sus delicadas manos. 

Rubalcaba y el olvido

La larga carrera política de Rubalcaba parecía haber llegado a su culmen al convertirse en el sol naciente, no por tardío poco brillante,  en el declinar del zapaterismo. Pero una súbita inestabilidad, propiciada por la emergencia de una memoria que parecía amortizada por el ritmo trepidante de los tiempos, le coloca ahora a un paso de la extenuación, a punto de caer muerto ante la inminencia de lo inalcanzable de la meta. La revelación del contenido de las Actas de ETA no solo muestra de manera cegadora todo lo que el PSOE es capaz de arrojar por la borda cuando su navío se ve en un aprieto, sino que dibuja un Rubalcaba dispuesto a cargar con cualquier herencia con tal de seguir en esa carrera que ahora le lleva al abismo.  
El recuerdo de lo que hizo lo convierte en un guiñapo, en la caricatura de un líder. No hay que olvidar sus palabras. “ETA será criminal, pero nunca mentirosa”. Ahora no sabe qué decir ante la revelación de sus andanzas en una negociación necia y abocada a fracasar. Es posible que intente balbucir algo  parecido a “los españoles se merecen una ETA que no les mienta”, pero una muestra de su ingenio a destiempo podría ser la gota que colmare el vaso de la condena inapelable. No le valdrá, tampoco, refugiarse en el silencio porque los españoles saben bien que los políticos lenguaraces son tanto más elocuentes cuando nos dicen que nada tienen que decir.
Sobre su destino político se ha vertido un producto altamente tóxico, una verdad tan verosímil como inconveniente, que muestra su falta de escrúpulos, su posibilismo  rayano en la absoluta amoralidad. Con esa carga ha de afrontar, además, los falsos enigmas que rodean al caso Faisán, un asunto que también heredó pero en el que no quiso poner ni un gramo de decencia, confiando, como siempre, en la benevolencia de los fiscales, en la lentitud de la justicia, en el apoyo inequívoco y persistente de la prensa adicta, en la infinita credulidad de sus adictos. Nada bastará, porque lo que finalmente se evidencia es que los socialistas, con Zapatero a la cabeza y con Rubalcaba de especialista en simulaciones, estuvieron dispuestos a lo que fuere con tal de conseguir la apariencia de una rendición de la banda, la fotografía de un final feliz para el desdichadamente llamado proceso de paz. No les importó nada, Navarra tampoco, porque estimaban que el botín a conseguir merecía cualquier clase de dispendios, pero los errores acaban pasando siempre una factura tanto más dolorosa cuanto más a destiempo aparece al cobro.
Rubalcaba es un alquimista de la información, un hombre, sin duda habilidoso, capaz de disimular y de desinformar con la mejor de sus sonrisas, con una sinceridad tan apabullante como falsa. Ha jugado con fuego al imputar a sus adversarios conductas mentirosas porque ha hecho recaer sobre él una demanda especial de credibilidad y cuando, como ahora sucede, se le viene abajo todo el tenderete de sus artimañas, su auténtica condición aparece de manera especialmente obscena y sus mentiras se convierten en insoportables. Por si fuese poca carga tener que soportar las recomendaciones de Botín, ha caído sobre el PSOE la evidencia de lo que tan persistentemente negaron: su arreglo con ETA, su necia convicción de que podrían convertir a criminales avezados en sumisos concejales de izquierda dispuestos a apoyarles en cualquier tripartito. Ha caído sobre Rubalcaba todo el artificio de una legislatura lamentable, y pronto deseará que todo se disuelva en el olvido, pero ya es tarde también para esa salida piadosa. 
[Editorial de La Gaceta]

Lo que Botín no dice

Con gran aparato, digno de su significado, se ha reunido el todavía presidente Zapatero con los cuarenta grandes empresarios del país, designados por Moncloa, en un acto que, a los que peinamos canas,  nos recuerda, inevitablemente, los saraos del franquismo y, muy en especial, a esos cuarenta de Ayete que el dictador designaba directamente durante su veraneo en San Sebastián, para que defendiesen con denuedo los intereses generales de los españoles, es decir, lo mismo que habrá hecho cualquiera de estos cuarenta que se haya  atrevido a alzar su desinteresada voz ante un cónclave tan selecto.
Según la prensa, el señor Botín, presidente del Banco de Santander, le sugirió al señor presidente del gobierno que se dejase de embelecos sucesorios, que agotase la legislatura y que siguiese el calendario de reformas. Es difícil que un hombre tan importante como es el banquero cántabro se vaya a meter en berenjenales sin tener muy claro lo que está en juego. Lo que ya no está tan claro, es que los españoles alcancen a comprender con nitidez lo que significa esta clase de aquelarres, un síntoma más, y particularmente elocuente, de que en nuestra Monarquía constitucional la democracia está muy embarrancada.
¿Se pueden sentir los españoles representados por el señor Botín o por cualquiera de los muy ilustres capitanes que compartieron la mesa de reuniones con Zapatero, Rubalcaba y Salgado? No parece. ¿Es razonable pensar que lo que allí se sugiera al presidente suponga un beneficio general, especialmente si estuviere en abierta contradicción con los complejos intereses allí arracimados? Tampoco es razonable suponerlo.
¿Qué imagen trasmite una reunión de ese porte? Muy sencillamente, la de que en España todo se cuece al margen del Parlamento, y ello, sobre todo, porque lo que, según este gobierno tan singular, está en juego, es el marco de estabilidad de las grandes empresas, y, muy en especial de la Banca, que hay que mantener a todo trance, y ello aunque se masacre a los pensionistas, se rebaje el sueldo a los funcionarios, se suban los impuestos de manera inmisericorde y se aumenten sin contemplación alguna los gastos y tarifas con que se benefician ese selecto grupo de empresarios, la luz, los teléfonos, el gas, los negocios de los constructores, o los márgenes bancarios.
Técnicamente, esa reunión es la viva imagen de la plutocracia que gobierna España, mejor dicho de cómo esa plutocracia está dispuesta a lo que sea, incluso a mantener a un gobierno notoriamente incompetente, con tal de que se le asegure la obtención de las ventajas que necesitan para mantener en píe negocios no siempre bien gestionados pero admirablemente cobijados bajo el paraguas protector del poder político, en especial cuando, como es el caso, ese poder tiene bien sujeto al movimiento sindical.
Esa es la realidad que explica que en España se aplique sistemáticamente la más desconsiderada ley del embudo para defender los intereses de las grandes empresas, mientras se aplican políticas financieras y fiscales muy lesivas para las medianas y pequeñas, para los autónomos y para toda clase de personas dependientes de un empleo. Que un Banco, por poner un ejemplo del día, pueda indemnizar a un directivo por supuesto despido con millones de euros, y que ese mismo directivo llegue a otro Banco para reducir de manera brutal su plantilla, sin ninguna clase de indemnizaciones, es algo inconcebible en una sociedad mínimamente acostumbrada a aplicar las leyes de manera equitativa, pero aquí todo es harina para los grandes y poderosos, y todo es mohína para los más indefensos. Este es el calendario de reformas que, con toda razón, defiende Botín, porque sabe muy bien lo que  le interesa a su Banco, una institución que puede ganar miles de millones mientras España se arruina, o lo que interesa a Telefónica, o casi a cualquiera de esos cuarenta principales.
Lo que no dijo Botín, porque no le interesaba, es que esa reunión fue un acto obsceno de ostentación de poder y de desprecio a las instituciones, pero fue obsceno no tanto por los empresarios, de los que hay poco que esperar, sino por los políticos que parecían presidir el pretencioso evento, naturalmente sin prensa ni taquígrafos. Es un auténtico misterio que haya quienes piensen que se puede seguir votando a tales sujetos sin tener un interés personal a cambio; solo se comprende, a medias, si se hacen ejercicios de política comparada, pero ni con esas, la verdad.
El lema político de esa reunión bien podría haber sido algo así como “a Dios rogando y con el mazo dando”, el señor Zapatero ofreciéndose como gestor de los intereses de los grandes de España, no confundir con los grandes intereses de España, y dispuesto a seguir atizando estopa a los que no se enteran, a los que no irán nunca a esos salones, a la carne de cañón que quiere seguir creyendo que sólo un tipo tan versátil como Zapatero les puede defender de la codicia de los poderosos.

Una imagen de la guerra civil

Encontrarás dragones  es una película de Roland Joffe que afronta dos temas que en España resultan habitualmente polémicos; en primer lugar, es una especie de biografía de la primera juventud de San Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei, pero, aunque sea como mero recurso, la película aborda también nuestra guerra civil. El elemento de unión entre ambos temas es la historia, entiendo que enteramente inventada, de un amigo de la infancia del santo. Desde el punto de vista artístico la película es irregular y, aunque muchas de sus imagenes son impactantes, me parece que las tres historias no están del todo bien articuladas, lo que afecta especialmente al ritmo narrativo, un poco confuso y reiterativo, en ocasiones, aunque Joffe logre llevarlas a un final bastante emotivo. Es decir que la película resulta, para los amantes del cine, un tanto decepcionante, precisamente porque de Joffe se puede esperar lo mejor y creo que, en esta ocasión, el tema le ha podido y no ha sido capaz de alcanzar la altura que tanto él como los temas merecían.
Sobre la imagen que se da de San Josemaría creo que no hay mucho que objetar, responde fielmente a la imagen que de él puedan hacerse los miles de seguidores que tiene en todo el mundo y entiendo que, para la época retratada, debe acercarse bastante a lo que realmente fue su vida en esos momentos. De hecho, alguno de los productores de la película son del Opus Dei, de manera que  es razonable que hayan buscado y conseguido ese objetivo. 
Me interesa resaltar, lo que es un tema distinto, si bien no del todo, la forma como se trata la guerra civil. De las imágenes de Joffe se puede deducir un tratamiento de la guerra excesivamente ad usum delphini, muy edulcorado al gusto que hoy en día resulta más habitual: una guerra terrible sin buenos ni malos, pero con la peculiaridad, muy al gusto del espectador internacional, imagino, de que los rojos son tratados de una forma bastante idealizada, mientras que buena parte de los nacionales se tratan más de acuerdo con la  imagen que se ha hecho de ellos, que no corresponde de ningún modo con la imagen que ellos se hacían de sí mismos, ni tampoco, lógicamente, con la imagen que desearían ver sus numerosos partidarios. Tengo varios amigos que me han hecho llegar esta observación en forma de queja amarga sobre el papel que la película asigna a los nacionales, militarotes fríos y con un punto de crueldad, frente al romanticismo idealista y fraternal de los revolucionarios, y, aunque he tratado de consolarles, explicando que no se trata de otra cosa que de dar una imagen convencional sobre la guerra española, es esta clase de explicaciones lo que les pone más nerviosos. Según ellos, los productores deberían haber sido un poco menos neutrales al tratar de la guerra. Me parece que se trata de una objeción atinada, aunque la discusión de fondo que habría que llevar a cabo para enjuiciar debidamente un tema tan espinoso, excede a mis fuerzas y a las circunstancias de este texto, pero quiero dejar apuntada la queja, aún sin compartirla por completo, puesto que creo que el objetivo de la película puede autorizar ese tipo de ligerezas, pero me parece de justicia recordar que, de la misma manera que hubo evidentes excesos en los vencedores militares de la guerra, andando el tiempo, tal vez hayamos llegado a dar por buena una visión excesivamente angelical de aquel conflicto lo que, aunque tenga evidentes ventajas políticas, puesto que no creo que haya que incitar a los españoles a repetir ninguna cruzada, puede llevar a cometer ciertos excesos de supuesto equilibrio que me parece de justicia reseñar. 

Sortu, Bildu y la ley

Sin negar la habilidad de los abogados de ETA para tratar de obviar los más que razonables obstáculos que la legislación opone a la legalización de los amigos políticos de la banda, parece evidente que el camino directo, la mera legalización por los tribunales ha de ser descontado, incluso en la versión venidera del Tribunal Constitucional. Sería, desde luego, bastante escandaloso que la notoria continuidad de Sortu con organizaciones que han merecido su ilegalización, tras procesos sometidos a todas las garantías imaginables, y a las que incluso han considerado como terroristas diversos organismos internacionales, no fuese suficiente motivo para cerrar el paso a ese nuevo disfraz de los mismos enemigos de la democracia que siempre han pretendido la justificación, el enaltecimiento y la colaboración de los crímenes de ETA, del terrorismo puro y duro.
Parece altamente probable que, sin embargo, los de Sortu encuentren una salida lateral para alcanzar sus propósitos, mediante la colaboración de un partido legal como lo es EA. Si esto llegase a suceder,  se haría evidente que el Estado democrático ha defendido los intereses de la paz, de la democracia y de la libertad con decisión, pero con escasa pericia. No vale conformarse con el argumento de que “hecha la ley hecha la trampa”, un dicho que muestra lo muy acostumbrados que estamos al uso torticero de la justicia; habría que reconocer que la legislación no estuvo hecha con el suficiente rigor. Como es obvio, además de este presunto fallo en las previsiones jurídicas en defensa de la decencia política, de la paz ciudadana, y del orden constitucional, lo que está ocurriendo aquí es que diversos partidos pretenden sacar provecho de la situación que Sortu está forzando.
El PSOE juega a aparecer formalmente enfrentado a los designios de los terroristas y de sus amigos, pero sería ingenuo ignorar que está manejando este asunto con un tacticismo evidente y que, como es su costumbre, no pierde de vista en ningún momento sus conveniencias electorales que admiten diversas especies de acomodación a las circunstancias del caso. Es evidente que unos están defendiendo lo que les conviene con vistas al electorado general, y otros están diciendo lo que les parece más oportuno con vistas a las elecciones inmediatas en Euskadi y, como todo el mundo puede comprobar, el concierto es disonante. 
Por otra parte, el juez Martín Pallín, en uno de sus ratos libres en la cruzada que le ocupa en defensa de Garzón y tratando de tildar de fascistas a sus compañeros del Tribunal Supremo, se ha manifestado partidario de olvidarse de lo que dice la ley para admitir a Sortu  en el juego democrático, dando a entender que, detrás de ellos, puede haber miles de votos. Se trata de una tesis que no sorprende en un magistrado capaz de confundir cuanto convenga a sus intereses, porque la cuestión esencial es si el grupo que lo promueve cumple con los requisitos mínimos exigibles para formar parte de una democracia que se respete, y no parece. La democracia ha sido muchas veces débil con el terror y no debería serlo una vez más. Es un problema de dignidad y de valor, cualidades que escasean más de lo que debieran.

Storytelling

El viernes pasado asistí, en el Seminario de investigación de la ECH, a una interesante presentación sobre storytelling a cargo de , Antonio Hernández Nieto, uno de sus antiguos alumnos, y miembro muy activo del Seminario. Antonio se apoyó en el libro de Christian Salmon del mismo título, y nos proporcionó un buen número de ejemplos prácticos y accesibles de esta nueva técnica de comunicación y de sus peligros, especialmente cuando se pone al servicio del poder, es decir, siempre, o casi siempre.
Detrás de la invención de este nuevo marbete hay un francés denunciando lo perversos que son los americanos, una tradición ya vieja. Salmon afirma que el storytelling es la clave de un “nuevo orden narrativo”, capaz de domesticar a la opinión pública y adueñarse de los individuos que, como todo el mundo sabe, solo deben seguir a los buenos maestros, franceses, por supuesto. Salmon muestra lo peligroso que es el asunto recogiendo unas revelaciones que, en un momento de debilidad, le hizo el malvado Bush a un periodista progre en el verano de 2002: “Usted cree que las soluciones emergen de su juicioso análisis de la realidad observable […] El mundo ya no funciona realmente así. Ahora somos un imperio, y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras usted estudia esta realidad, juiciosamente como desea, actuamos de nuevo y creamos otras realidades nuevas, que asimismo puede usted estudiar, y así son las cosas. Somos los actores de la historia”. Cosa grave, como se ve, incluso a primera vista.
No discuto la gravedad del caso, aun sin ser francés, pero no acabo de ver claro la novedad del enfoque. Creo que se trata de un cóctel en el que se mezclan sabores  ya añejos, especialmente de los gestaltistas, ciertos recuerdos de Mac Luhan y un bastante de la cosa de las metáforas de Lakoff y Johnson, especialmente a partir de las aplicaciones políticas de Lakoff que anduvo por aquí asesorando a Zapatero, y al que no sé si considerar un algo responsable de que Zapatero pretendiese que nos creyésemos que lo de la crisis era un invento de la derecha, pretensión que ha tenido el éxito que todos conocemos porque ganó en el 2008, aunque, la verdad, no sé si ha servido de mucho. Tampoco sé si Botín ha leído a Lakoff, o tiene a Salmon como asesor, porque es difícil inventarse historias más breves que las que se le ocurren al tío, como ese “Zapatero, siga usted” del último fin de semana. Y que conste que me parece que lo dice con la mejor de las intenciones, por supuesto.

Iniquidad, o granujas que andan sueltos

Una de las iniquidades más irritantes de nuestro sistema económico y legal es la que permite una rotunda desigualdad de trato dependiendo de en qué posición te encuentres en la escala laboral. A mi no me parecen muy defendibles las indemnizaciones por despido, y creo que el sistema de protección social debería estar articulado de otro modo, porque no entiendo que el emprendedor tenga que pagar un plus que le puede llevar a la ruina cuando se vea en la necesidad de cerrar su negocio, o de reducirlo de tamaño. Ahora bien, lo que me parece escandaloso, inadmisible, cínico y absolutamente intolerable, es que se apliquen, en este caso y en otros, pero centrémonos en éste,  reglas distintas a los directivos y a los simples trabajadores, esto es que se regateen las indemnizaciones de los trabajadores mientras se pagan jugosas  indemnizaciones a los chicos listos que mandan, simplemente para sentar precedente cuando les llegue el turno a los ejecutores momentáneos de esos ajustes millonarios.
Un caso reciente me parece literalmente inadmisible. Resulta que un tal Jaime Echegoyen, que  anunció el 22 de octubre del año pasado su salida voluntaria como consejero delegado de Bankinter, y que parece haber sido suficientemente habilidoso para cobrar una indemnización muy jugosa, es el mismo Jaime Echegoyen que está al frente de la división de Banca minorista de Barclays, sin haber respetado, por cierto, ninguna forma de cuarentena o incompatibilidad moral entre ambos empleos. Lo que es de una iniquidad realmente intolerable es que este personaje, que se ha llevado una indemnización bastante sustanciosa, oscuramente acordada entre amiguetes, y a expensas de los accionistas de Bankinter, esté tratando ahora mismo de poner en la calle a centenares de trabajadores de Barclays, que de ninguna manera pueden considerarse responsables de los malos pasos en los que se metió el Banco, sin ninguna clase de contemplaciones, y saltándose la praxis habitual de esa institución que había tenido hasta la fecha una imagen respetable. Iniquidad o ley del embudo, que toleramos a estos pajarracos financieros de los que lo único que consta con certeza es su infinita cara dura, su creencia de que el guante blanco habilita para cualquier clase de atropellos, como, desgraciadamente, suele suceder. Barclays, que es un banco que presume de principios,  debería tomar nota de que los códigos éticos no se deben aplicar solo a los débiles y a los tontos, y de que, cuando se hacen mal las cosas, no se debería acudir a personajes sin escrúpulos, sino tratar de rectificar sin tirar por la borda un patrimonio más valioso que unas pérdidas coyunturales, aunque la cultura financiera de España no sea la corriente en Inglaterra, ciertamente.

El laberinto libio

Metidos de hoz y coz en una acción bélica que se justifica con una serie de eufemismos de corto alcance, los españoles deberíamos caer en la cuenta de hasta qué punto vivimos ensimismados, ajenos al mundo, a nuestro patio trasero. Ocupamos la frontera sur de una Europa desunida y apenas podemos escribir cinco nombres de ciudades norteafricanas; nuestra opinión pública lo ignora todo sobre un continente que se acerca en pateras, y nuestra acción exterior, si es que existe, se dedica a que el presidente de turno pueda hacer entradas bajo palio.
Uno de los secretos de nuestra crisis económica, de las dificultades que vamos a tener para salir de ella, es que los españoles ignoramos el lugar que ocupamos en el mundo y nuestros gobiernos se dedican a hacer y decir memeces en relación con el exterior, la última, pero no la menor, la de la Alianza de las Civilizaciones que no sé si servirá para poner una pegatina pacifista en nuestros cazas.
No es fácil saber qué puede acabar pasando en un conflicto tan oscuro para nosotros como el libio, y otros que puedan seguirle; lo único seguro es que nosotros no sabemos qué estamos haciendo allí y que somos incapaces de imaginar, siquiera, que es lo que pudiera venirnos mejor. Se trata de una situación perfecta para ensayar ante ella toda clase de declamaciones, pero en algún momento llegarán las consecuencias y, me temo, nos dejarán tan sorprendidos como impotentes. Yo no creo que éste sea el sino de España, pero estoy seguro que es el destino que merece una nación que se abandona a gobiernos tan menudos, a políticas tan lelas. 
¿Quieren colarse en el Pentágono?