La familia, el amor y lo imposible

Tres películas recientes del cine americano exploran con enorme honradez un territorio nuevo y difícil, el de las familias rotas, el de los amores difíciles, y el de lo que en este terreno tan resbaladizo es imposible, o casi. Se trata de temas que se prestan a toda clase de exageraciones, a sentimentalismos, a prejuicios sin cuento, de manera que es muy fácil caer en cualquier tentación de simplificar, de mixtificar, en huir del intento honesto de comprender para ir a parar en cualquier ortodoxia, de las viejas, y venerables, pero más frecuentemente, de las más nuevas y, frecuentemente, tontas. Me referiré brevemente a las dos primeras y hablaré un poco más extensamente de la tercera. La magnífica Winter’s Bone expone una historia de mafias en un territorio inhabitual y muestra como una joven ha de hacerse cargo de sus hermanas y de su madre, enajenada, tras la muerte violenta del padre. Los chicos están bien, muestra los problemas de una pareja de lesbianas cuando sus hijos, fruto de inseminación, tratan de encontrarse con su común padre biológico. Ambas películas están dirigidas por mujeres,  la primera por Debra Granik, la segunda por Lisa Cholodenko, y muestran una extraordinaria sensibilidad, que es más fácil encontrar en las mujeres, me parece, pero no tengo ganas de bronca, para entender lo que pasa cuando se puede vivir como si no pasase nada, para ver el valor enorme de lo cotidiano y lo afectivo por debajo de lo que parece más real y fuerte, pero que, bien mirado, puede considerarse como una tramoya secundaria, no esencial. Son dos películas muy distintas, muy buenas ambas, abiertas a la reflexión, nada militantes, aunque puedan ceder algo a las conveniencias comerciales, lo que nunca puede ser un reproche para el espectador inteligente, porque sería como quejarse de que los autores quieran vivir de su trabajo, o preferir que lo hagan de la sopa boba, lo que, por cierto acaba suponiendo, y no miro a nadie, que hagan películas pretenciosas, inmaduras, bobas, como la sopa con que se sustentan.
La tercer película de que hablaré es, tal vez, la mejor, pero no quiero entrar en concursos innecesarios. El amor y otras cosas imposibles es una película conmovedora, hecha con la honradez de la más estricta exigencia moral, enormemente realista. Se trata de ver lo difícil que puede resultar crear una nueva familia sobre las ruinas de una vieja, las peripecias por las que pasan quienes no toman las decisiones sino que las padecen, los niños, sobre todo. La protagonista, una excelente Natalie Portman se siente perdida y culpable por haber roto el primer matrimonio de su marido, por no obtener el cariño del hijo que él tiene y, finalmente, por otra circunstancia que no revelaré por ser parte decisiva de la trama. El guión es soberbio y la dirección muy buena: ambos de Don Roos, un director al que habrá que seguir con atención.
Las tres películas tienen un valor común al abstenerse de hacer ideología y analizar, simplemente, situaciones que las personas podemos vivir, nunca, por cierto, sin creencias, deseos y temores, pero películas como estas nos ayudan a aprender sobre nosotros, no son cine en el sentido espectacular del término, tan importante por otro lado, sino tragedias en el sentido más noble de la palabra, dramas de nuestro tiempo que, además del dolor que siempre acompaña a la vida, le añaden un ingrediente de cierta novedad, porque, por más que creamos que nihil novum sub Sole, de alguna manera, como dijo Heráclito, el sol es nuevo cada día, y, últimamente, un poco más, sobre todo en estas cosas.

Más sobre el político y el ciudadano

En la época contemporánea, los ciudadanos se encuentran, al comienzo de su madurez cívica, con sociedades ya constituidas en las que los distintos poderes han forjado, en el mejor de los casos, alguna especie de equilibrio. La mayoría de las personas conciben su vida en términos de adaptación y encumbramiento personal, se adaptan a las reglas vigentes y tratan de prosperar, solos o con ayuda de otros. Por supuesto que en esa tarea se dan cuenta de que hay numerosas instituciones y relaciones sociales que son absurdas o disfuncionales, y, normalmente, tratan de evitar que les perjudiquen, pero apenas conciben seriamente la idea de que puedan ser modificadas. Muchas veces protestan y se enfrentan con ellas en el plano personal y profesional, pero raramente entienden que su misión en la vida sea dedicarse a abolirlas o cambiarlas por otras mejores. Sea que entiendan que eso es imposible, sea que asuman que no es esa su misión en este mundo, el hecho es que la mayoría de los hombres se han adaptado siempre y en todas partes a lo que les ha tocado vivir, a dictaduras, a estados fallidos, o a democracias corruptas; también, lógicamente, a los usos de las democracias más respetables, que, como dijo  Lord Acton, están siempre en riesgo de corrupción, salvo que lo eviten políticos capaces y los ciudadanos responsables y atentos.
Frente a las personas comunes, el político cree en que el cambio es necesario y posible, y concibe su vida y su dedicación como una consagración a la tarea precisa para alcanzar tal meta. El político es, por tanto, un individuo ambicioso e inconformista, y lo seguirá  siendo mientras no se corrompa, siempre que no olvide su vocación, ni la responsabilidad de su misión; cuando un político abdica de su función esencial, de su auténtico poder, y se dedique a pactar con el régimen establecido, se convierte en un funcionario del poder, en un escriba del emperador, en algo mucho menos importante que lo que podría ser.

El político vocacional, si es que existe

El político vocacional es, constitutivamente, una especie de iluso, porque profesa la creencia de que hay cosas esenciales que pueden ser cambiadas o mejoradas, y, además, está convencido de que esa será y tendrá que ser la voluntad de sus conciudadanos. El político comienza, por lo tanto, por creer en tres entidades de las que se mofan frecuentemente los escépticos, los supuestos maquiavelos, y los hombres con sentido práctico: la perfectibilidad de la ciudad, la virtud de los ciudadanos, y la libertad humana. Hay, naturalmente, muchas otras formas de hacer lo que aparentemente hace el político, pero lo que constituye la sustancia de la actuación política propiamente dicha, es la triple creencia en la existencia de un Bien común, por decirlo a la manera clásica, en la relevancia de los imperativos morales, y en la inviolabilidad de la conciencia de las personas.  Es obvio que esas tres son las cosas que olvida de manera sistemática el corrupto,  el que no hace política sino que se consagra, exclusiva o preferentemente, a su beneficio personal, sea en términos de poder, sea en términos de recompensa económica, o, lo que es más frecuente, en función de ambas.

Android es el mejor

La Universidad a la deriva

Las recientes elecciones de la UCM, que han interesado razonablemente a la opinión pública, han mostrado un curioso enfrentamiento político entre el candidato vencedor, un matemático prestigioso, pero entregado a la política sindical y líder universitario de Comisiones Obreras, y un catedrático de Derecho demasiado escorado a la derecha y con una fama académica manifiestamente mejorable. En esos términos, la victoria sindical ha sido casi apabullante, pero lo importante sería que los ciudadanos se parasen un momento a pensar en lo que está pasando con una institución pública, archipública, cabría decir, como la universidad. La Complutense es la universidad más grande de España, con 85.500 estudiantes, 6.200 docentes e investigadores y 4.600 empleados de PAS. Este dato, y su antigüedad, es lo que la hace más notable. El anterior rectorado de Berzosa, consumó un fenómeno rigurosamente inexplicable, que creciera el número de profesores, y no poco, y, más aún, el número de personal auxiliar, al tiempo que disminuía de manera evidente el número de alumnos. Ese disparate solo es comprensible en una institución que ha conseguido transformar su autonomía, que debiera estar limitada al aspecto académico,  en la más absoluta anomia, y en una completa ausencia de responsabilidad: la Universidad no tiene que reunir cuentas ante nadie, por increíble que parezca.
La culpa de esto es de todos, pero especialmente de los universitarios que consienten estas cosas, cuando no las promueven. En segundo lugar es de los políticos que, bien porque piensen, lo que es increíble, que no hay nada que hacer, bien porque estimen, como lo hace la izquierda, que ese estado caótico no le perjudica, no hacen nada para cambiar la situación doliente de nuestras universidades. España que tiene las mejores escuelas de negocio del mundo, eso sí, privadas, que tiene algunas magníficas multinacionales, excelentes bancos y profesionales de gran nivel en todos los terrenos, no puede permitirse el lujo de seguir gastando un dinero muy importante en universidades mediocres, en instituciones que solo sepan empeorar. Contra lo que se pueda creer no es un problema de dinero, es un problema de modelo. Hace ya bastantes años, la revista Time se burló de las universidades alemanas, entonces en muy mal momento, diciendo que la universidad alemana era la mejor del siglo XVIII. Los políticos de algunos länder tomaron medidas, y el panorama ha cambiado sustancialmente en esos lugares. De nuestras universidades no se podría decir ni siquiera eso, aunque es evidente que padecen de una serie de lacras que habría que erradicar: el autismo institucional, la sindicalización, el corporativismo, el nepotismo desorejado, la ideologización con pérdida muy alta de una mínima objetividad, el descontrol público. Es necesario que el nuevo gobierno se proponga cambiar el modelo y, desde luego, se decida a intervenir en este estado comatoso y vulgar de la mayoría de nuestras instituciones académicas. El modelo de elección de Rector es un auténtico disparate y no produce más que frutos disparatados. Hará falta mucho valor para llevar a cabo las reformas necesarias, pero si no se atreven a hacer este tipo de cosas, ¿para qué necesitamos a los políticos?

Elogio de la política

Quienes creemos, como Burke, que la política es una de las más nobles vocaciones a las que puede dedicar su vida una persona decente, hemos de padecer una auténtica plaga de desprestigio de la política, a la que, naturalmente no son ajenos quienes a ella se dedican con tan escaso éxito de imagen. A día de hoy, según el barómetro del CIS, la tercera de las preocupaciones de los españoles es su escasa confianza en los políticos. No tengo a mano datos precisos, pero apostaría que esta es una de las peores calificaciones obtenidas en lo que llevamos de democracia. Los españoles creen tener buenas razones para desconfiar de nuestros políticos, seguramente porque los considera mentirosos, hipócritas, pusilánimes, demagogos, rutinarios, corruptos, abusones e  improductivos, pero lo hace sin reparar hasta qué punto esos vicios son posibles porque nuestra sociedad las consiente y practica.
El caso es que la política, y, en general, la función pública, se ha desprovisto del halo de ejemplaridad que le es enteramente exigible. Sería normal que nuestros políticos fuesen mejores de lo que son si la justicia se administrase con cierta rapidez y equidad, si las cátedras universitarias se proveyesen con objetividad y transparencia, si los periodistas fuesen menos acomodaticios y partidistas, si los criterios para adjudicar las subvenciones estuviesen sometidos a control público, o si en los negocios imperase una ética que está clamorosamente ausente. Ya sabemos que no es así, pero por alguna parte habrá que empezar y la política nos brinda una oportunidad de hacerlo, aunque sea mínima, discriminando entre candidatos del mismo partido y dejando sin voto al que ha tenido una conducta reprobable, independientemente de lo que puedan decir en su momento, siempre tardío, los jueces.
La diferencia entre los políticos y el resto de oficios debería residir en que la dedicación política se acercase a algo parecido a una selección ideal de los candidatos, pero nadie sería capaz de defender que en ninguno de los partidos haya el menor asomo de objetividad y de fomento de la competencia a la hora de establecer los sistemas para llegar a las antesalas del cargo, a ese disparadero en el que los electores acaban dando su voto a unas siglas, aunque, en realidad, se lo den a alguien que puede ser un perfecto granuja.
Entre los políticos no hay, pues, ni asomo de una mínima voluntad de competencia pública para llegar a la meta, ni el menor interés en que los ciudadanos puedan valorar la condición personal de los que van a ser elegidos por la extraordinaria maquinaria del voto que se desencadena con las elecciones. No es de extrañar, por tanto, que aparezcan tantos casos de corrupción, ya que no existe el menor control para evitarlo, ni parece existir interés alguno en que se arbitre. Bien mirado, el sistema es tal que deberíamos admirarnos de que exista un porcentaje tan alto de personas razonablemente honorables. El colmo del caso es que, acogiéndose al principio de presunción de inocencia, se continúen presentando a las elecciones muchas personas, y no poco significativas,  que aparecen imputadas en casos de corrupción. Es verdad que en algunos casos la práctica contraria podría perjudicar a un inocente, pero no lo es menos que los más inocentes debiera ser los primeros en apartarse de las listas para no perjudicar, aunque sea un mínimo, al propio bando, lo que sería una prueba de que están en política para servir a los ciudadanos y a unos ideales, no para servirse de ellos. Que los votantes actúen como si fuese irrelevante la moral del electo, indica lo pesimista que es su visión del mundo político.
Sería interesante que los partidos empezasen a comprobar que los electores discriminan entre la persona que es intachable, y el que anda metido en dibujos cuando menos equívocos. No habrá manera de reformar los partidos, uno de los mayores problemas de la democracia, si los electores no son capaces de hacer ver que no da lo mismo votar a Alberto que a Esperanza, por escoger dos nombres al azar.
Nuestra democracia se encuentra en un momento realmente malo, seguramente el peor de toda su historia; España ha padecido un gobierno pésimo y en ocasiones parece no haber ningún otro horizonte que el desastre económico, institucional y territorial. Hay que desechar el derrotismo, pero eso solo puede hacerse con un nivel máximo de exigencia, pidiendo a los electores que se olviden de mandatos ideológicos y que voten libremente por lo que consideren mejor, que empiecen a castigar las listas contaminadas o encabezadas por políticos a los que no comprarían un coche de segunda mano. Es imposible que España afronte su futuro, tan problemático, con la energía que se requiere si todo lo que se puede hacer es votar a unas listas manchadas por la corrupción. En plena treintena de la democracia, necesitamos plantear objetivos ambiciosos y no estaría nada mal que los electores empezasen por limpiar el patio.
[Publicado en El Confidencial]

Las tribulaciones de un chino en China


Nuestro inefable presidente ha decidido pasar a la historia como autor de disparates absolutamente inverosímiles. El de China de días atrás es antológico. El castigo de los mercados al coste de nuestra deuda ha sido inmediato. Vivimos en una sociedad tan cobarde que nadie que no sea de las filas enemigas le va a decir a este tipo que tiene que callarse el poco tiempo que le queda, y marcharse para siempre en cuanto se conozcan los resultados del 22 M, sean los que fueren. Tal vez sea demasiado mal pensado, y ya se lo hayan dicho, pero este sujeto es de los que no se callan ni debajo del agua. ¡Qué desgracia, Dios mío!
El depósito legal se digitaliza

Jose Mourinho

Si el fútbol lo jugasen los entrenadores, el Real Madrid de Mourinho habría ganado ayer muy justamente al Barça de Guardiola. Pero el fútbol lo juegan los jugadores, y, ahí, el Barça le lleva al Real Madrid una ventaja algo más que ligera. Lo que el Real Madrid puede hacer, lo hizo ayer, bastante bien, y, si el Real Madrid estuviese bien dirigido, habría que dejar que Mourinho diseñase una nueva plantilla para los próximos años, y eso supondría que la hegemonía del Barça excepcional que ahora conocemos se acercare   indefectiblemente a su final. El balonazo de Messi hacia las gradas blancas, fue el grito de impotencia de ese Barça desconcertado que no supo hacer efectiva su superioridad, entre otras cosas, porque Guardiola, que es muy bueno, no lo es tanto como Mourinho. Si Mourinho dispusiese de algunos de los cracks que el Barça tiene, la cosa no tendría color.
No soy ningún forofo de Mourniho, simplemente señalo que el fútbol es un juego colectivo y que eso  o lo organiza un entrenador que se sepa su oficio, o no funciona, desde luego no funciona a base de chequera. 
Bueno, no quiero cansar, pero no querría dejar de reconocer que Mourinho tiene toda, absolutamente toda, la razón en su actitud frente a los periodistas y los medios que no se dignaron escuchar a Aitor Karanka, un tipo estupendo, con tres copas de Europa, en color, a sus espaldas, y al que los plumillas que viven de lo que les sobra a jugadores como Karanka dejaron plantado en la rueda de prensa anterior al partido primero de esta cuarteta apasionante que nos espera. 

Los libros digitales son todavía muy caros

Hoy toca hablar de fútbol, para desengrasar

Mi espíritu plebeyo, dicho sea en reconocimiento a tanto crítico ilustre del balompié, anda inquieto a la espera de lo que pueda ocurrir esta noche en el Bernabeu,  con el primer enfrentamiento entre el Real Madrid y el Barcelona, de los cuatro que vienen en menos de un mes. Como soy madridista, estoy temeroso, porque no olvido que el Barça nos ha ganado, me parece, en los últimos siete enfrentamientos, pero es seguro que esta racha criminal acabará alguna vez. Mi deseo sería ganar en las cuatro ocasiones, pero me parece complicado. Cedería con gusto el partido en Barcelona, e incluso el de esta noche, y hasta el de Valencia, a cambio de pasar a la final de la Champions, que sería, casi seguro, ganar la décima. Lo peor es que, si el Barça nos gana en la Champions, no se encontrará después con Mourinho para que le quite el campeonato, y mis esperanzas en lo que, eventualmente, pudieran hacer el Manchester o Raúl son bastante limitadas. 
Lo peor que nos puede pasar es que estos cuatro enfrentamientos sean cuatro sucesivas derrotas, humillantes palizas: la idea es casi completamente insoportable, pero, si llegara a ocurrir, prometo no desfallecer a la espera de esa dulce venganza que habrá de llegar, y me gustaría que eso sirviera para corregir lo mucho y malo que se ha hecho en los últimos años en el club de mis sueños, aunque imagino que esto pueda ser más difícil que ganarle las cuatro veces al Barça, pero el soñar es gratis. Esa gratuidad, o, mejor dicho, el exceso de bienes en relación con su costo, es muy típica del fútbol, de la emoción de belleza y triunfo que representa: pasión, geometría, orden, astucia y precisión, un conjunto de virtudes que nadie posee de manera completa, ni Messi, ni Xavi, ni Iniesta, por cierto, que son quienes más se acercan, hoy por hoy, a ese jugador ideal que muchos habríamos querido ser y que para desgracia nuestra juegan en el Barcelona. Que nadie se engañe, esa es su ventaja y solo nuestro bien asentado coraje y el hambre de gloria de una buena plantilla podrá eliminar a esos dragones que ya han humillado demasiado al madridismo.

Hace ochenta años



Ayer se cumplió el octogésimo aniversario de una jornada que fue saludada con alborozo por gran número de españoles, la proclamación de la Segunda República. Por desgracia, pronto se comprobó que, tras el jolgorio, magistralmente retratado por Josep Plá, uno de los mejores  escritores españoles, y un periodista excepcional, se ocultaba un sinfín de motivos de preocupación. Lo que pudo ser un régimen nuevo en el que convivir con libertad y respeto, se convirtió pronto en la disculpa perfecta para masacrar al adversario, para tildar de enemigos de la República a quienes no tenían ninguna voluntad de iniciar la revolución que, por aquellos años, estaba todavía de moda. Ya en 1931, Álvaro de Albornoz, paradójico ministro de Justicia, decía “No más pactos […] si quieren una guerra civil que la hagan”. Una enorme tensión política comenzó a incubarse y llegó al paroxismo tras la victoria de las derechas en las elecciones de 1933, las más limpias y democráticas de cuantas se celebraron en esa década terrible. Las izquierdas pronto dieron en pensar que si podía haber una República de derechas, algo estaba equivocado, y que había que acabar con la fachada burguesa del régimen dando pasos radicales y violentos hacia el socialismo, hacia el paraíso comunista. Por desdicha, aunque las izquierdas eran plurales, se impuso entre ellas un concepto absolutamente anti-liberal de la República, el deseo de un régimen que exterminase a las derechas. Fue especialmente dramático que los escasos, pero brillantes, representantes del socialismo  democrático no supieran plantarse ante sus camaradas revolucionarios, que los Besteiros no tuvieran nada que hacer, y triunfase el espíritu radical y violento de la revolución asturiana de 1934. Tampoco Azaña, que representaba una izquierda burguesa, tuvo la energía suficiente como para poner en su sitio a los que buscaban la aniquilación del adversario, y tanto empeño pusieron que se acabó en una guerra. La derecha española era entonces cobarde pero muy fuerte, y aunque tratase de evitar la contienda, se vio arrastrada por una orgía de crímenes y desórdenes que desposeyeron al régimen de cualquier legitimidad, pues la acaba perdiendo quien no está en condiciones de ejercer el monopolio de la violencia legítima, y es incapaz de proteger la vida, la propiedad y los derechos de los ciudadanos. Las circunstancias de extrema violencia política, de subversión del orden desde el propio gobierno, el sectarismo ideológico, la persecución de la Iglesia, y la obvia amenaza de desmembramiento, hicieron inviable una solución democrática, y ocurrió lo que se debiera haber evitado, que fue imposible mantener la paz. Las Fuerzas de Seguridad, a las que habían vuelto como si nada hubiesen hecho los cabecillas de la intentona de 1934, no solo no pudieron evitar la violencia política, sino que la practicaron y la extendieron, llegándose al inaudito caso de que agentes del Gobierno asesinasen de manera despiadada y vil al mismísimo líder de la oposición. Se creó un clima que hizo imposible evitar una guerra, algo que pocos consideraban como la primera obligación de todos. Nada menos que en junio de 1936, un editorial del socialista Claridad, afirmaba que “en España ha habido y hay muy poca guerra civil y muy poca revolución; muy poco desorden y muy poca anarquía”. No hay mucho, pues, que celebrar, salvo la certeza de que en la Transición todos hicimos mejor las cosas, aunque algunos aventureros insensatos quieran jugar ahora a olvidarlo. 


¿Ha copiado algo Facebook?

Democracia y política


Algunos opinan que la teoría política trata simplemente de la naturaleza del poder; yo no. Creo que trata de los fines de la vida, de los valores, de las metas de la existencia social, de aquello por lo cual viven y deberían vivir los miembros de la sociedad, de lo bueno y de lo malo, lo correcto y lo erróneo.
[Isaiah Berlin, Conversaciones con Ramin Jahanbegloo]
Señor ‑replicó Sancho‑, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.
[Cervantes, Quijote]
Se podría decir que la política es una de las actividades más específicamente humanas: sólo se desarrolla entre nosotros, siempre existe en las comunidades humanas, y es una de las que  más contribuye a hacer que las distintas sociedades, y los hombres que las componen, sean como son; el genio de Aristóteles destacó las dos notas esenciales para entenderla: el hombre no es ni una bestia ni un dios, y necesita vivir en ciudades, pero, frente al idealismo de Platón, quien añoró y se representó repetidas veces el ideal de la ciudad perfecta, supo ver que las comunidades humanas están compuestas de seres diferentes, que la polis es necesariamente un agregado de una gran diversidad de personas diferentes, no una tribu o una secta, y que, por tanto, aunque le convengan ciertas formas de unidad, no puede ser reducido a una unidad, rígida, absoluta, irrestricta, porque tiene una naturaleza, diríamos ahora, esencialmente conflictiva, aunque el Estagirita no haya sido especialmente sensible a este aspecto de la cuestión, me temo que no hubiera podido serlo. Podemos ver esto de una manera más, digamos científica o moderna: cayendo en la cuenta de que, por decirlo de algún modo, frente a lo que es corriente en el reino animal, los mecanismos de decisión colectiva y liderazgo ni están enteramente establecidos ni son preservados por el instinto. Por esta misma razón Hobbes pudo ver que la sustancia de la vida colectiva era la violencia, una guerra de todos contra todos, pero la exageración de este carácter le lleva a proponer una especie de tiranía consentida, una divinización del poder, de manera que la mera posibilidad de que exista la política supone un cierto desmentido de la solución hobbesiana, al menos en el plano, digamos, nacional (el hecho de que solamos llamar política a la política exterior no debe hacernos olvidar lo profundamente distinta que resulta, al menos hoy por hoy, de la política en sentido ordinario).
La naturaleza de la política responde plenamente a la realidad de las modernas sociedades democráticas, en las que la tiranía resulta detestable y en las que no se admite ningún modelo viable de sociedad perfecta, lo que no es obstáculo para que estas mismas sociedades consientan muchas veces en la práctica lo que rechazan en la teoría. Estas sociedades modernas son, a su vez, un fruto de la política, del esfuerzo de muchos para sobreponerse al poder indiscutido y fatal de las cortes, las iglesias y los reyes, aunque, insisto, esas instituciones tengan sus equivalentes modernos (los sindicatos, los partidos, las mafias, los monopolios, etc.) . La política crea un ámbito de igualdad esencial entre ciudadanos libres, una patria, y encuentra la solución a sus problemas en la aprobación de leyes, no en ninguna persona revestida de podres indiscutibles, ni en el mero criterio de nadie en particular. Esas leyes ni son ni pueden ser eternas, son expresión del consenso moral en que consiste la política y pueden ser cambiadas, deben serlo, con extraordinaria frecuencia, porque el ayer no es el hoy ni el mañana, porque la política se ejerce a la vista no solo de lo que podamos llamar la naturaleza del hombre, sino también de su historia, de su deseo de cambiar.