Lo que Bono no le dijo a los niños



Atendiendo a una amble invitación de la Cadena 100, la emisora musical de la COPE, el presidente del Congreso ha tenido la oportunidad de dialogar con un grupo de niños y de contestar a las difíciles preguntas que éstos le han hecho sobre su extraordinaria biografía política. Los medios han glosado las declaraciones de Bono en las que, una vez más, ha vuelto a quedar patente la amplitud de miras, la generosidad y la bonhomía de este notable ejemplar político. Bono no pierde, como se ve, la oportunidad de aclarar cosas siempre difíciles, como su pasada ambición de ser presidente, su inagotable lucha contra los malos, o su entrañable camaradería con ese líder tan admirable que es Zapatero, con el que, según sus palabras, mantiene algunos secretos en común, pero siempre a beneficio de las grandes causas. 
Bono ha dejado clara que su ambición no está, en estos momentos, en alcanzar la presidencia del gobierno, aunque quepa suponer que estaría dispuesto a renunciar a su bien ganado descanso si los españoles precisásemos, una vez más, de su inagotable capacidad de sacrificio por la causa. El formato espontáneo de su comparecencia ante un público tan exigente como el infantil ha impedido, seguramente, que Bono pudiese incluir en su elenco de sapientísimos consejos y reflexiones algunas indicaciones de carácter patrimonial y mercantil, asuntos en los que, obviamente, el señor Bono es un ejemplo a imitar: ahí es nada haberse labrado una auténtica fortuna a base de sueldos medianejos, o el haber aprendido a concitar el auxilio de los poderosos  a favor de sus, aunque abundantes, modestas residencias, con el fin de poder mejorarlas y, en su caso, someterlas a un trueque atractivo y beneficioso para sus intereses. Se precisa de muy alta escuela para poder hacer todo eso sin suscitar sospechas, y al abrigo de suspicacias ajenas. Claro es que también podría haber explicado a los niños  lo que se precisa para obtener invariablemente un trato deferente por parte de la Fiscalía, o las técnicas jurídicas que hay que poner en funcionamiento para evitar las insidias de envidiosos, difamadores y periodistas aviesos, de esas gentes que, en su mezquindad, no acaban de comprender que un chico tan listo haya podido lograr un patrimonio tan sustancioso sin apenas mancharse del polvo del camino.

No consta que Bono haya instruido a sus oyentes infantiles en las técnicas que domina con tanta perfección, y que le han permitido, hasta la fecha, mantenerse al margen del común escrutinio de la Justicia para casos tan extraordinariamente llamativos como el suyo. Tal vez Bono se haya dejado llevar de su afamada ingenuidad y haya pensado que materias semejantes no forman parte de las preocupaciones de las almas infantiles, porque, de haber estimado lo contrario, habría empleado la misma elocuencia con la que suele despacharse sobre esta clase de cosas. Nos parece bien, de cualquier modo, que Bono se reserve para los juzgados, no vaya a ser que acabe enredado en cualquiera de las muchas demandas que aún tiene pendientes, algunas a título personal, otras a través de algunos de los administradores de su amplio patrimonio, gentes más elementales que su patrón y que tal vez no hayan sabido estar a la altura de las exigencias de su señorito, de modo tal que desafortunadamente hayan podido meterle en algún mal paso, aunque su habilidad y gracia seguramente le libren de semejantes contratiempos, de esas contrariedades que siempre sirven para curtir a personalidades tan recias, y a la vez tiernas, como la de Bono

Jueces lentos, fiscales rapidillos


El caso Faisán ha estado en la inopia gracias a que se produjo una desafortunada coincidencia, aunque no seguramente para quienes proclamaban que el caso era una invención. A la legendaria capacidad del juez Garzón para ralentizar los casos vidriosos, se unió la celeridad del Fiscal Carlos Bautista, que, tal como acabamos de saber, gracias a la diligente tarea que desarrolla Dignidad y Justicia como acusación popular, no se tomó la molestia de revisar con el detenimiento debido una de las pruebas claves. Al parecer, Bautista se conformó con ver a cámara rápida el video de las grabaciones del 4 de mayo de 2006, el día en el que, según se nos quiere hacer creer, unos descontrolados y desaprensivos policías avisaron a los encargados de la recaudación etarra de que unos compañeros que no estaban muy a la última de cómo marchaba la cosa del proceso de paz podrían echarles el guante si no se andaban con tiento.  Pues bien, al parecer el fiscal tenía prisa en conseguir que el proceso pudiese seguir despreocupadamente y en la inopia según la receta del doctor Garzón para el caso. Llevado de tan noble y colaborador celo no se apercibió adecuadamente de lo que el video señalaba para cualquier fiscal menos apresurado, a saber que el video había sufrido dos amputaciones de su contenido. Lo que puede ser una nadería si se trata de ver, por ejemplo, una película subvencionada, tiene cierta importancia cuando se está indagando la sospechosa conducta de policías tan estrafalarios, más cuando no es nada difícil deducir que los malhadados cortes de la cinta coinciden al segundo con los momentos claves  del chivatazo, según la propia versión del Ministerio Público. La Guardia Civil, que no debía estar en la onda, consideró, de hecho, que los cortes eran muestra de una manipulación deliberada.
Con tan escaso bagaje, el Fiscal Bautista declaró agotada la investigación, argumentando que, ni resultaba necesaria la práctica de nuevas diligencias, ni concurrían en el caso hechos que pudieran resultar incriminatorios, así que propuso el sobreseimiento provisional del caso y el archivo de la causa. Afortunadamente, Dignidad y Justicia ha reparado en el conformismo y la flojera visual de las inspecciones de Bautista tras poder acceder a las pruebas, al comprobar que la copia de la cinta que el Juzgado había puesto a su disposición estaba en cámara rápida, y solicitó llevar a cabo una nueva visualización completa de la cinta que el Fiscal había considerado irrelevante. Pudo comprobar que la inaudita celeridad del Fiscal había sido la causa de no ver lo que vería cualquiera, es decir, que la cinta  había sido alterada, y eso no es algo que suela hacerse sino con muy precisas y oscuras intenciones.
Hay que poner de manifiesto que la conducta del Fiscal ha sido, cuando menos, muy irresponsable desde el punto de vista profesional, al tiempo que nos alegramos de que, pese a todo , los mecanismos de la Justicia permitan que, cuando alguien se toma interés real en un asunto, se acabe descubriendo lo que la desidia y/o una torcida intención no ha acertado a ver. Por fortuna, el caso Faisán está ahora en manos de jueces menos lentos y, aunque algunos fiscales se empeñen en labores más de encubrimiento que de investigación, de ciudadanos responsables y ejemplares que no comulgan con ruedas de molino, de manera que podemos empezar a confiar en que, lentamente, pero de modo inexorable, podamos poner en claro lo que sucedió ese día tan negro para la policía española. 
[Editorial de La Gaceta]

La España disparatada


Al menos desde el Goya de los sueños de la razón existe una tradición crítica que subraya la condición disparatada de buen número de fenómenos típicos de la vida española. Tengo para mi que la razón es que España, como Italia, y a pesar de todos los pesares, es un viejo país que las ha visto de todos los colores y que está sobradamente curado de espanto como para pretender que nuestros males se arreglen conforme a alguna especie de canon; de este modo, parece que preferimos que las cosas sigan como están, por absurdas que sean, porque, nunca se sabe que ocurriría si tratásemos de conducirlas al redil de lo razonable.  No en vano uno de nuestros héroes literarios es un loco ilustre y risible que siempre acaba peor parado que el prudente Sancho, alguien que jamás se metería dónde no le llamaran  y que, además, cuando lo hace, en la Ínsula Barataria, queda curado para siempre de cualquier ambición, de la menor tentación de inmiscuirse en lo que no le importa. Lo que me parece más sorprendente es que los años de democracia no hayan mejorado apenas este aspecto de nuestra vida colectiva, de manera que seguimos tolerando disparates con tanta resignación y mansedumbre como en los mejores tiempos, como si los costos del disparate lo pagase el Rey o alguien tan exento de responsabilidades como el monarca. Nos limitamos a ser, tras treinta años de democracia formal, disciplinados espectadores de lo que otros decidan y apenas se nos alcanza que tengamos alguna vela en este entierro.
Decía Azaña que, entre españoles, la mejor manera de ocultar cualquier cosa era escribirla en un libro, pero ahora podrían ponerse ejemplos todavía más sabrosos. A propósito del 23F, el Rey, sin ir más lejos, ha declarado públicamente con apenas semanas de intervalo, que él todavía no sabe lo qué pasó, para afirmar luego que ya se sabe todo y que lo que no se sabe se inventa.  Es obvio que Don Juan Carlos no trataba de sentar plaza de historiador, pero no deja de ser estupefaciente que dos afirmaciones como esas puedan hacerse de manera tan seguida, tal vez dependiendo del auditorio. El caso es que los españoles seguimos sin prestarle gran atención a las ideas, a esos asuntos de que se ocupan gentes generalmente ridículas y de aspecto miserable. Nosotros al negocio, que es lo nuestro.
Para que no se crea que hablo a humo de pajas me limitaré a proponer algunos ejemplos recientes, sacados de la prensa de esta semana, cosas que pasan y son absolutamente disparatadas pero a las que nadie parece prestar la menor atención. Según noticia de hoy mismo, los grandes directivos del Ibex se suben un 20% de media el sueldo, lo que es seguro que tendrá unos efectos muy positivos en una sociedad que se encuentra necesitada de noticias optimistas como la que acabo de recordarles, y a la espera de que en breve les ocurra lo propio. Imagino que muchos lectores estarán pensando que a qué me meto en lo que cada cual hace con su dinero, pero me parece que la cosa no es tan simple. El día que vea a Telefónica, a Telecinco, o a Iberdrola competir en un mercado verdaderamente libre, apenas tendré algo que decir, pero mientras sus actividades, sus tarifas, y sus suculentos beneficios, sigan dependiendo de favores y privilegios me parece que esa ostentación está ligeramente de más. Al tiempo, el Gobierno se pone ahorrativo y nos recorta diez kilometritos en la velocidad máxima, algo que a Zapatero le parece nimio, como le parecerá ocioso interesarse por el incremento de las retribuciones a los barandas de nuestras multinacionales.
Hoy también se ha sabido lo que va a pasar con los controladores, esos individuos que según Pepiño y Rubalcaba pusieron en riesgo al país y merecieron la declaración de un estado de alarma, pues bien el laudo les deja con unos 200.000 euros anuales, un salario digno, como se ve, mientras hay cirujanos, ingenieros, profesores o investigadores que apenas llegan a la centésima parte de ese sueldecito, para que no se niegue que estamos en una sociedad en la que, como dice la Constitución, se premia la competencia y el mérito.
Hay partidos que se dedican a proteger a sus corruptos para que no se piense mal del conjunto de los políticos, sindicatos que no reconocen los derechos laborales de sus contratados, subvenciones y premios a películas que nunca verá nadie, dinero a troche y moche para las cosas más absurdas y rescindibles mientras se estruja el bolsillo de los que trabajan por cuenta ajena, que son personas de bien y de natural solidario y que, además, no suelen caer en la cuenta de que esas chirigotas se pagan con sus dineros. Hace poco hemos celebrado un episodio grotesco, el 23F como si se tratase de una gran hazaña, de un motivo de gloria, claro que Bono también quiso ponerse una medalla por lo rápidamente que había salido corriendo de Irak. Esta España del disparate debería desaparecer, pero los que podrían lograrlo prefieren seguir gozando del espectáculo, sin ahorrar gastos.
[Publicado en El Confidencial]

Finalmente se aclara el asunto: pierden dinero

Los diversos gobiernos que padecemos no se acababan de poner de acuerdo en cuanto al significado económico de la nueva limitación de la velocidad en carretera, tal es su celo expositor de los más diversos motivos. Para mí que, visto que el personal no acaba de creerse que estas cosas las hagan por nuestro bien, han decidido confesar que, con tal medida, están perdiendo 650 millones de euros al año. Hay que ver qué habilidad con los números la de estos chicos. Pues va a ser que es verdad que se preocupan de nuestra vida, del aire que respiramos, de todo aquello que nos hace la vida menos placentera de lo que ellos quisieran para nosotros, buenos y piadosos que son. 
Bien mirado, ¿no será este asunto otra de esas famosas cortinas de humo para que no persistamos en fijarnos en lo que no debemos? Yo, que no soy muy partidario de ninguno de estos gobiernos, el menos malo el de Rubalcaba, técnicamente hablando, ya llevo tras días con la matraca esta, y supongo que mis selectos lectores puedan estar ligeramente hartos. Prometo no decir ya más nada, como dicen los argentinos. Me limitaré a pagar las multas, porque haberlas haylas, y volveré a mis temas más habituales, porque puede que los gobiernos sepan tender cortinillas de humo, pero no hay manera de que nos olvidemos del estado lastimoso en que nos tienen, pese a lo mucho que nos  aman. 

Pluralismo porcentual

En mi post de ayer domingo aludía a que el Gobierno de Rubalcaba y Zapatero no es, ni lejanamente, el peor de los que tenemos. Como si no quisieran dejarme solo ante tamaña charada, los diversos gobiernos han comparecido hay a dar las correspondientes explicaciones, divergentes, como es lógico, de su manera de entender la medida que creen haber tomado todos los gobiernos socialistas respecto a la  disminución de la velocidad máxima autorizada en la conducción de automóviles. El gobierno Rubalcaba cifra en alrededor de un 12 por ciento el ahorro; el Gobierno Pepiño, competente en la materia por la cosa de las  infraestructuras, da una cifra ligeramente distinta, se ve que sus técnicos son más ingenieriles que policiales, y habla de un consumo de entorno al 10 por ciento, ligeramente menor que el de los de las multas. Por fin, el gobierno innovador y moderno del ministro de industria aclara que el ahorro será del tres por ciento y que será un ahorro para los particulares, porque la hacienda pública perderá dinero. El gobierno Pepiño insiste en que la medida será transitoria, el gobierno Rubalcaba muestra las vidas humanas que, supongo que de manera no transitoria, vamos a ahorrar, y el gobierno de las bombillas matiza el beneficio para el medio ambiente que, caso de ser transitorio, será seguramente mejorado cuando se cambie la medida por otra más progresista, por ejemplo, la de ir a 130. La verdad es que para ser tantos los gobiernos no lo han hecho del todo mal.


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Despacio, deprisa


En una nueva prueba de su inaudita capacidad para proponer recortes, el Gobierno de Zapatero y Rubalcaba, que no es el peor de los que padecemos, acaba de decidir que, a partir del próximo día ocho circulemos con una nueva limitación de velocidad en carretera, a fin, según nos dicen, de contener la factura energética de España. Este Gobierno, que insisto, no es el peor de los existentes, no deja de sorprendernos con su inventiva. Lejos de cualquier adecuación entre medios y fines, el Gobierno se comporta mediante el recurso al “diálogo de besugos” que inmortalizara el TBO de mi infancia, algo así como “usted pregúnteme lo que quiera, que yo le contestaré lo que me dé la gana”. No es que confundan la velocidad con el tocino, como sugiere el dicho popular, es que piensan dar la imagen de que bajando la velocidad están apretando a los ricos, y eso cotiza en su imaginario y en el de sus votantes más fieles, en ese caladero de envidias memas y miopes. No harán nada contra que el cacique de Iberdrola se lo lleve crudo, porque de eso no se entera nadie y, además, seguramente es amigo, pero van a impedir que nadie se chulee con un potente coche, o moto, a más de 120, lo que reconciliará a muchísimos memos con el carácter izquierdista del gabinete.
Me temo que les quedan pocas oportunidades para aplicar la receta, que deben considera poco menos que infalible, dada la frecuencia con que la aplican. La paciencia de los españoles con los recortes de libertad se puso a prueba brillantemente en los cuarenta años de Franco, y éstos están dispuestos a dejar a Franco como una especie de liberal, pero creo que algunas gentes están a punto de despertar y darse cuenta de que en lugar de Gobierno tenemos a unos malos imitadores del Caudillo

La España desigual


Los liberales corremos el riesgo de amar tanto la libertad, aunque una buena mayoría se dediquen simplemente a decirlo, que nos olvidemos de que no toda desigualdad es tolerable. Es obvio, por ejemplo, que la desigualdad ante la ley merece el repudio de cualquier liberal, y el de cualquier persona decente, pero hay más desigualdades intolerables que nada tiene que ver con la envidia sino con esa igualdad esencial, y con la condena de las formas que se ingenian para burlarla. Con las desigualdades económicas muchos tienden peligrosamente a decir aquello de que cada cual haga con su dinero lo que le de la gana, sentencia con la que estoy completamente de acuerdo, aunque el problema, me temo, es la excesiva ligereza con la que se concede a mucha gente ciertas especies espureas de derecho a lo propio.
Viene esto a cuento del rechazo que merecen las actuaciones, de auténtico juanpalomismo, las descritas con aquello de “yo  me lo guiso y yo me lo como”, en aquellas situaciones en que, por ejemplo, los políticos suavizan, sin apenas sonrojo, las condiciones para disfrutar de una pensión espléndida, al tiempo que endurecen esas mismas condiciones para el común. Esa desigualdad es realmente intolerable, obscena, y es un buen índice de cómo están las cosas entre nosotros. 
Si vamos al mundo de la empresa, considero que es realmente inadmisible que, por ejemplo, los consejeros de Iberdrola se adjudiquen una millonada en comisiones, cincuenta y cinco millones de euros, cuando estamos pagando todos la luz a un precio que me parece abusivamente alto, y cuando no hay nada que se parezca ni lejanamente a un mercado libre de energía, es decir cuando Iberdrola obtiene sus beneficios, en muy buena medida, de su capacidad de presionar al ejecutivo para la fijación de unas tarifas muy favorables a su gigantesco beneficio. Otra noticia muy similar me parece igualmente repulsiva, resulta que Vasile, el genio de la lámpara de Telecinco, ese manantial inagotable de cultura y bienestar propiedad del ejemplar Berlusconi, se sube el sueldo un 25 por ciento, simplemente  porque le parece oportuno.
Se me puede decir que no entiendo nada de todo este asunto y les diré que, en efecto, entiendo muy poco, pero creo tener alguna razón para decir que el abuso me parece que nada tiene que ver con la libertad, y que en una democracia que se precie, claro que no es el caso, esta clase de conductas deberían estar perseguidas por las leyes. No creo, además, que eso perjudicase en lo más mínimo ni la competencia, ni la libertad económica, simplemente aumentaría un poco nuestra decencia colectiva, que anda muy mal parada. 


Google lo hace bien y trata de hacerlo mejor

Cuando escribir es siempre reeescribir


A propósito del 23 F se han escrito estos días muchas cosas, la mayoría, como es natural, bastante oportunistas y prescindibles. Una de las que se salva de la quema, con mucho, es el comentario de El Escorpión, el blog de Alejandro Gándara, lleno de inteligencia y buen olfato. Se plantea Gándara dos cosas, una muy general, si las conmemoraciones son formas de reescritura, y otra más particular y enormemente pertinente, la razón de que se conmemore tanto un hecho desdichado.
Respecto a la primera cuestión, lo que hay que decir es que la historia es siempre reescritura y que es solo una mala imagen la que nos ha hecho leer reescritura como sinónimo de deformación. No hay tal. El pasado no es tan objetivo e indeformable como parece a primera vista, entre otras poderosas razones porque siempre está cambiando, el pasado de ayer no será nunca el pasado de mañana, porque el transcurso del hoy lo altera de manera permanente. Esto no milita contra el obligado empeño de una cierta objetividad a la hora de narrar a historia, pero el pasado no se libra del efecto insobornable del tiempo que también lo cambia, pero en fin esto no es lo que más importa respecto a la fecha conmemorada.
La verdadera cuestión es cómo se ha convertido el recuerdo de un tramo bochornoso de nuestra historia reciente en un motivo de alborozo. Gándara apunta que, aunque se pretenda conmemorar la victoria de la democracia, lo que en realidad se celebra es el éxito de esta situación que nos gusta tan poco a tantos. Yo creo que lo que Alejandro Gándara pone de manifiesto es muy importante, y además se descubre mediante el sesgo freudiano que él, muy acertadamente, denuncia. Lo que se celebra es el monopolio, y eso apenas tiene que ver con la democracia, ni ayer, ni, muchísimo menos, hoy.

¡Que difícil es todo!


El libro sobre Adolfo Suárez que les recomendé ayer mismo, y del que he devorado ya casi la mitad de las páginas, al ritmo de lectura que impone su interés, al menos para quienes fuimos testigos, y algo así como actores de reparto en esa época, me está haciendo pensar insistentemente en la que ahora vivimos, y no necesariamente por contraste. Cuando Juan Francisco Fuentes narra las dificultades que se hubieron de superar para encajar a Suárez en las listas del Centro Democrático, que él siempre prefirió llamar Unión, como se acabó conociendo,  recoge una luminosa, y pesimista, me parece, reflexión de Suárez cuando discrepaba con los que luego conoceríamos como barones porque no creía para nada en los partidos, porque creía que todo lo que había que hacer podía ser hecho, y únicamente podía hacerse así, por un escogido grupo de dirigentes. Ahí encontramos el retrato al desnudo de lo que hoy son los partidos: uno que manda, unos pocos amigos y, el resto, escenografía, gutapercha. Lo único que ha cambiado efectivamente desde el diagnóstico suarista es el hecho de que ahora hay más partidos, por ejemplo, el de Camps, sin ir más lejos, pero todo sigue igual. No quisiera ser derrotista, pero esto tiene realmente poco que ver con cualquier cosa parecida a la democracia, ¡qué se le va a hacer!
Los partidos no son, por supuesto, los únicos responsables de que esto suceda, porque, como muy bien observó ya Montesquieu, “es una experiencia eterna que todo hombre que tiene poder tiende a abusar de él”, de manera que son los ciudadanos que se dejan mangonear los que hacen que las democracias sean ineficientes.
No creo que quepa discutir que algo de esto es lo que nos está pasando, y que no es fácil arreglarlo. Algunos, exageran sin duda, sueñan con que haya por aquí quienes se levanten al modo norteafricano frente a la partitocracia. La solución, muy por el contrario, está en la participación, en entrar en política, en influir y crear opinión, algo que, aunque parezca difícil, y lo es, está, sin embargo a nuestro alcance.
Hace meses he tenido una experiencia que me pareció prometedora y me temo acabe siendo muy frustrante: entré en contacto con un grupo muy selecto de ejecutivos, empresarios, profesionales brillantes muy críticos con la situación que se reunían con frecuencia para despotricar . Cuando les dije que no bastaba con criticar, que había que hacer algo, muchos de ellos se pusieron manos a la obra, pero, al poco, el peso del día y el calor como dice el Evangelio, les llevó a quitar la mano del arado con la disculpa muy legítima y muy razonable de que ninguno de ellos tenía el tiempo que se necesita para hacer algo como eso. Yo estoy tratando de encontrar para ese grupo meritísimo un mínimo de acción compatible con su compromisos, pero si nadie pudiese hacer otra cosa que ocuparse de lo suyo, ya me dirán cómo vamos a lograr que los políticos no se excedan y, además de hacer lo suyo, nos arrebaten lo nuestro.


La neura contra los e-book

El recuerdo de Suárez






Hoy, precisamente cuando se cumplen los treinta años de aquel suceso lamentable que conocemos como 23-F, y en el que Adolfo Suárez, presidente dimisionario, se comportó con enorme dignidad, he empezado a leer un libro, que espero dará mucho que hablar, sobre quien es ya uno de los personajes históricos decisivos en los finales del siglo XX de España. Me refiero a Adolfo Suárez. Biografía política, cuyo autor es Juan Francisco Fuentes, un joven y prestigioso catedrático de la Universidad Complutense. El libro, del que ya he leído sin poder detenerme sus dos primeros capítulos, parece excelente, un ensayo de interpretación rigurosa hecho desde la más rotunda imparcialidad, como siempre debería hacerse la buena historia académica, aunque casi nunca sea así exactamente. 

Decía Isaiah Berlin que el historiador debe de tener algo de la capacidad del novelista para penetrar a fondo en los fenómenos que estudia, y eso es especialmente decisivo cuando lo que se estudia es, sobre todo, una figura humana, un ser tan singular y encantador como lo fue Adolfo Suárez para los que tuvimos el placer de tratarle más o menos de cerca. Claro que el libro no es, ni podía ser, una mera biografía sino que, como es obvio, pretende introducir luz y novedad en el entendimiento de un proceso tan complejo como el de la Transición del que Suárez fue protagonista principal. 
Habrá oportunidad de volver a hablar de este libro que pienso leer con toda la calma y la prisa que pueda, pero me parece un buen síntoma que se pueda ir introduciendo claridad e inteligencia en lo que, a veces, parecía reducido a pasto del mero sectarismo, al ejercicio de formas de simplificación tan interesadas como necias.