Pánico nuclear

Es realmente llamativo que de lo que más se hable al respecto del desastre natural habido en el Japón es de lo que pueda ocurrir en las centrales nucleares. Supongo que, además, del miedo a que el asunto pueda afectarnos de uno u otro modo, está el hecho de que es el único tema susceptible de politización y, de lejos, el que provoca más morbo.
Al ver hoy las informaciones de la prensa al respecto no he podido olvidarme de la definición de periodismo que dio Chesterton: “consiste, sobre todo, en informar de que Lord Jones ha muerto a personas que no sabían que Lord Jones estuviese vivo”: ¿a qué vienen tantos detalles sobre la seguridad y lo que está pasando, o no, si ni siquiera el 1 por 100.000 de los lectores está en condiciones de entender medianamente nada de lo que se informa? Si se piensa en este asunto se verá que la pregunta no es tan inoportuna como pueda parecer. Mi respuesta, en breve, es que el miedo es uno de los ingredientes necesarios de la política, y el bocado es muy suculento como para dejarlo pasar de largo. Miedo, morbo, son más verdad, me temo, que toda esa piadosa retahíla sobre el derecho de los ciudadanos a recibir información veraz, y tal y cual.
No soy especialmente antinuclear, y viendo a algunos de los que lo son, siento ganas de montar una central en el patio de la casa que me gustaría tener, pero es evidente que la energía nuclear plantea problemas que no están resueltos a satisfacción (en especial el asunto de los residuos) y que, si se pudiere, habría que preferir otras fórmulas de conseguir energía, pero resulta descorazonador que cuando un terremoto casi inaudito, y que arrasa con todo, no consigue  que las centrales salten  por los aires, la prensa y el público sientan esa necesidad de hablar de la seguridad nuclear, un tema del que nada entienden y al que nada van a aportar.
Es posible que el gobierno japonés esté mintiendo, lo hacen muchos gobiernos con menos motivos que el de ahora, pero quienes seguramente nos están mintiendo, son esas patuleas de expertos antinucleares que están tratando de asustarnos, porque eso vende periódicos, parece justificar al gobierno providente, o cualquier otra causa noble de las que persiguen, aunque nunca se dignen contarnos de qué van, no sea que nos hagamos un poco menos tontos.

De 110 a 140


A mí la prohibición de ir a más de 110 kilómetros por hora me parece una auténtica mamarrachada, una más de las innumerables tonterías que los socialistas, y no sólo ellos, hacen circular con la insana  intención de conseguir que los españoles seamos cada vez un poco más bobos. Yo creo que la campaña no les va mal, porque han conseguido colocar en el magín del personal una serie de simplezas realmente alarmantes y que, el público que les es fiel, un colectivo multimillonario en miembros y miembras, cree y propaga con devoción. No tengo ganas de hacer un listado, pero no me pienso privar de citar, al menos, cinco de ellas:
  1. los socialistas no tienen nunca la culpa de nada; la derecha, el capital, el Opus, los banqueros, el PP, o quien sea tiene la culpa de todo,
  2. el gobierno solo intenta que seamos felices, y no se mete con nadie por promover derechos
  3. la educación, pública por supuesto, es el remedio de todos los males; la gente bien educada es de izquierdas, preferiblemente del PSOE
  4. España es mentira, es una invención de la derecha para fastidiar las buenas relaciones entre la izquierda y los nacionalistas; el terrorismo hunde sus raíces en esa mentira,
  5. la religión es enemiga de la libertad, no como el socialismo, o las ONG que son lo más, siempre con dinero público, por supuesto,
Pues bien, en ese caldo de cabeza tiene su asiento la memez del peligro de la velocidad, en general de la tecnología, quitémonos de una vez la careta, y da igual que la limitación propuesta se argumente porque ahorra que porque no ahorra, porque es peligrosa o aunque no lo sea: lo ha dicho quien puede decirlo, y basta, un poquito de disciplina y menos soberbia, oiga.
Como me parece de imbéciles discutir estas cosas, aunque a veces hay imbéciles que parecen inteligentes, no se olvide lo que recuerda Gracián, que son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen, pues había pensado no dedicarle ni media línea al particular, pero he descubierto que hay una benemérita asociación que se dedica a proponer el cambio del 110 por el 140 y, aunque no esté de acuerdo, porque lo único sensato es que no haya prohibiciones más que en circunstancias de peligro real o de tráfico muy intenso, he pensado que puede molestar a los bienpensantes que el grupo de los del 140 crezca y me he apuntado firmando la protesta que promueven. ¡No nos mires, únete! que decían los rogelios de mi juventud.

El arte de razonar o las patadas a la lógica


Me parece que Descartes repite a Montaigne cuando dice aquello de que la inteligencia es el patrimonio mejor distribuido por Dios, ya que todo el mundo cree poseer la  mejor parte. Esto explica en buena medida la tendencia que tenemos a no dejarnos convencer por razones ajenas, las que otros nos muestran u ofrecen, pero hay una causa, me parece, de mayor peso, especialmente entre nosotros, a saber la distinción entre lo propio y lo ajeno que se traduciría en una máxima moral casi suicida pero que goza de enorme aprecio popular: prefiero mi interés y mi creencia, aunque pueda consistir en un error de bulto, en un disparate, a cualquier verdad ajena, a cualquier juicio que no sea el mío. Se trata, en suma, de la subordinación de la lógica al interés.
Siempre me ha llamado la atención las distorsiones que esa deformación acaba causando en las inteligencias comunes; tal vez el mejor ejemplo sean las discusiones acerca del fútbol en las que la mayor parte de la gente entra con la premisa mayor de que es verdad lo que favorece a mi equipo, y falso lo que le perjudica, planteamiento que, entre otras cosas, impide el placer del deleite con el fútbol ajeno y el gustazo, aún mayor, de no estar sometido a mandatos atávicos.
Nuestra mala educación, me refiero a la educación formal, aunque de los buenos modales también pueda decirse otro tanto, comienza con el estúpido autoritarismo de los profesores que impide radicalmente a los alumnos la libre expresión de sus ideas, que coarta su espontaneidad intelectual e impide la corrección lógica, y amable, de sus posibles errores. Esta tendencia al solipsismo lógico, que ya traemos de la escuela, se ve enormemente acentuada con la popularización del tipo de debates que constituyen eso que llamamos la televisión basura, allí donde toda inmundicia tiene su asiento, un espacio público en el que la mínima lógica es vilipendiada, y en el que únicamente se impone la fuerza ilógica del poder. Desgraciadamente, me temo que eso es lo que más gusta a muchos españoles, a quienes se identifican con enorme facilidad, Dios sabrá por qué, con los intereses de quienes más profunda y despiadadamente les sojuzgan.

2,77%

Decididamente, buena parte de la clase política toma a los españoles por idiotas incurables. No hay otro modo de explicar que el socialista que dirige el servicio de empleo en Andalucía, el servicio a través del cual se han perpetrado fraudes vergonzosos, inimaginables en un país medianamente decente, como incluir en el ERE de una empresa a personas que jamás habían trabajado en ella para que cobren indemnizaciones millonarias, o hacer que figure alguien con tanta antigüedad como vida, y tropelías similares, cometidas en cientos, seguramente miles, de expedientes administrativos, se haya atrevido a afirmar, como si tal cosa, que esa clase de irregularidades solo ha afectado, según él, que habrá que ver, al 2,77% de los expedientes de regulación de empleo.
Pongamos que se descubre que en las Casas cuartel de la Guardia Civil se expenden drogas o se facilitan armas ilegales, y el responsable explicase que solo ha pasado en el 2,77% de los cuarteles; o que se descubra que en las sedes judiciales existen casas de putas perfectamente organizadas, y el Consejo del Poder Judicial explicase que solo en el 2,77% de los juzgados; o que en la Casa de la Moneda desapareciesen los billetes de 500 euros, y el director arguyera que solo en un 2,77%. No sigo, para no cansarme y no cansarles.
Es literalmente escandaloso que un individuo se pueda llegar a imaginar que esa explicación sirva para algo, que suponga que su palabra nos vaya a dejar más tranquilos respecto a la moralidad pública que impera en sus servicios que antes de oírle semejante excusa. Lo diré con toda claridad, ese individuo es un peligro público, un cínico, un absoluto inmoral, un hombre sin ninguna especie de vergüenza. Pero más indignación, si cabe, me produce el pensar que, diciendo lo que ha dicho, le han oído los presentes, y se han marchado a casa como si tal cosa. Verdad es que no se puede caer más bajo, aunque, al menos últimamente, no me gusta ser optimista. 
Felipe Gonzalez dijo que el cambio, socialista, por supuesto, consistiría en que el país funcionase. Tras treinta años de cambio en Andalucía la cosa parece haber consistido, más bien, en que se ha perdido cualquier asomo de decencia, y hasta el menor atisbo de capacidad de indignación: hay que reconocer que ha sido una terapia de eficacia portentosa.

A propósito del 11 M

Hoy, víspera del aniversario del atentado que ha causado más muertes en un solo día en la historia de Madrid, y tal vez de España, voy a tomar píe de un comentario que hace un lector anónimo. Éste es su texto:

Apreciado Jose Luis: suelo leerle tanto en su blog como en el Confidencial. Estoy de acuerdo con usted en la mayoría de lo que comenta, y supongo que es sano que no lo esté al 100%. En la lectura de sus artículos noto una una profunda melancolía y escepticismo, una especie de ¿para que narices estoy escribiendo esto si no va a cambiar nada? Muy distinto de sus primeros artículos. En eso coincidimos. Hoy le dejo este link de un artículo de Gabriel Albiac en ABC sobre el 11M que me ha llegado al corazón.

Hay algo que no acabo de entender en su trayectoria y es el no querer entrar a tratar temas como éste [Se refiere, obviamente al 11 M]. Supongo que ni Pedro J, ni FJL serán personas con las que coincida en muchos puntos de vista, y le desagrada cómo han polarizado el tema. Pero me parece que sus razonamientos tienen un fondo de verdad, de una profunda verdad, que está muy alejada de historias conspiranoicas. Yo que quiere que le diga, pero si me preguntan refiriéndose a España ¿cuando se jodió el Perú? si podré dar una fecha, el 11M del 2004. O quizá debería de decir del 11 al 14 Marzo del 2004. La reflexión es ¿cómo un pueblo ha podido ser tan cobarde? (y no refiero a usted), sinceramente desde el vivan las caenas no recordaba algo tan infame. Y la forma en que nos hemos regodeado en nuestra cobardía tiene mucho que ver con los males que ahora nos aquejan. Porque esa cobardía está tan interiorizada que es la que impide que cambiemos el rumbo. Tan interiorizada que es la que ha copiado Rajoy para llegar al poder, en la idea de que mirarnos al espejo debe de ser tan duro que  podemos romper el espejo de un puñetazo (o sea no votarle a él). Pase lo que pase en el Confi, yo le seguiré leyendo. 
Afectuosamente.
Y lo que sigue es mi respuesta: 
Su texto es de los que animan a seguir escribiendo y, aunque creo que no necesito todavía esa ayuda, se lo agradezco mucho. No creo ser más pesimista que hace unos años, pero sí creo ser más consciente de las dificultades de todo orden que hay para vivir libremente, con valor y dignidad, algo que considero irrenunciable, y que me ha llevado a meterme en harinas poco rentables en muchísimas ocasiones, bueno y el amor a mi país, a esta España tan por hacer y tan deshecha que es mi patria.
El link del artículo de Albiac, viejo compañero, me ha encantado. Albiac es un gran escritor y un pensador de fuste, aunque no siempre esté conforme ni con lo que hace ni con lo que dice, ni ahora, ni cuando los dos éramos más jóvenes: yo era ya un liberal, aunque mal formado, y él era un fan de un pensador afortunadamente olvidado que tuvo la desgracia final de estrangular a su esposa.
Es verdad que no he hablado, casi nunca ni extensamente, del 11M, pero ello se debe a que tengo la sensación, quizás equivocada, de que muchos, o algunos,  de los adalides de esa cuestión han sido escasamente honestos, han jugado con las ganas de saber y de justicia de muchos de nosotros. Por esa razón, y porque no creía tener nada específico que aportar, no ha sido un tema que haya frecuentado; he preferido hablar de lo mismo desde otras perspectivas que se me antojan más útiles, menos histriónicas. Es más largo, pero creo que podrá entenderme. Por lo demás, me parece que aquello fue, entre otras cosas, todas horribles, un golpe de estado muy bien planeado, y tengo mis sospechas vehementes de quién y porqué lo hizo, pero me abstendré de jugar con ellas mientras no tenga una certeza, porque no creo que convenga ni fabricar ni aventar argumentos a la orden de nuestros deseos. 
Creo, además, que las responsabilidades políticas de lo que pasó luego están bastante repartidas, lo que no niega, desde luego, que una buena parte del pueblo español actuase de una manera muy cobarde, con la mansedumbre que le es habitual. 
Apoyaré siempre a cualquiera que trate de iluminar aquello, pero me han resultado repugnantes las rentas que algunos han obtenido a costa de la ignorancia y la buena fe de tantos españoles deseosos de acercarse a la verdad. Han hecho mucho mal, su actuación ha sido tan grave, o más, que la de quienes destruyeron los trenes, por hacer una comparación sencilla. Lo puedo decir porque pregunté repetidamente a gente bien informada, de buena intención y, tan deseosa como yo de que las responsabilidades fueran a recaer en quienes me sospecho las tienen, y me dijeron que la mayor parte de lo que se vendía como si fuera buena información era pura basura. La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero, aunque ya sabemos que los porqueros no acaban de estar conformes.
Lo de la verdad judicial, lo ha explicado muy bien Albiac, pero ese juez de cuyo nombre no querría tener que acordarme, estaba allí puesto por quien lo puso, y no quiero entrar en detalles. Los maños lo llaman «cagarse con la capa puesta». 
Los crímenes de estado suelen correr esa suerte, aquí y en los EEUU: los que lo planearon, lo sabían muy bien y se salieron con la suya, obviamente, al menos de momento.
Y, por cierto, a día de hoy, no se me ocurre algo mejor que votar a Rajoy en las elecciones generales, porque, desgraciadamente, no podemos obligar al mundo a ser como nos gustaría que fuese; sí podemos, sin embargo, seguir luchando para que se acerque a lo que vale la pena, y la derrota de socialistas y nacionalistas es mucho más importante que otras urgencias, lo que, como sabe muy bien, no me va a impedir meterme con Rajoy siempre que me parezca oportuno, y lo haré, precisamente, porque le voy a dar mi voto: creo que tal intención me legitima doblemente para criticarle siempre que  crea que lo merece, cosa frecuente, por cierto. 



La hipertrofia del liderazgo

La lectura del excelente libro de Juan Francisco Fuentes, Biografía política de Adolfo Suárez, tiene la virtud de trasladarnos a unos años trepidantes en que cada semana, a veces cada día, nos asaltaba una noticia inquietante, una convulsión, una escaramuza inesperada, porque la transición y los gobiernos de la UCD fueron pródigos en novedades desasosegantes. Se vivía en  la trepidación de una democracia recién inaugurada y pensábamos que bien podíamos pasar por todo aquello a cambio de la libertad, de una libertad sin ira ni miedo. Todos recordamos sobradamente el tramo final de ese período, la dimisión del presidente, el 23F, cuyo aniversario no se debiera celebrar tanto regocijo, y, casi inmediatamente, el triunfo resonante del PSOE y la humillante derrota electoral de una UCD que paso de casi la mayoría a quedarse en dos Diputados.
Los partidos tomaron buena nota de ese descalabro y aprendieron una lección inequívoca cuyos efectos, a la postre, se han demostrado peligrosos y amargos: los electores castigan la desunión. Lo tremendo del caso es que la medicina que los partidos se han administrado para evitar ese riesgo, una disciplina a todo trance, aquello de que el que se mueva no sale en la foto, una frase que Alfonso Guerra no tomó de ningún filósofo de la democracia, sino de Porfirio Díaz, han convertido a los partidos en una triste caricatura de la democracia. 
Es cierto que el caos organizativo e ideológico en el que vivió la UCD no es sano ni recomendable, pero nuestros partidos son ahora presos de una tendencia oligárquica y una sumisión al mando que es completamente anómala. A veces recuerdan, con sus conductas, la respuesta que recibió Albert Speer por parte de un jerarca del partido nazi cuando Speer, espíritu inquieto, le preguntó sobre la ideología del partido: “desengáñese, la ideología del partido se resume en dos palabras: Adolf Hitler”. Cuando se oye a tantos, de uno o  de otro partido,  dedicados a la loa y hasta a la imitación servil y vergonzosa del líder de turno, no puedo evitar el recuerdo de esta anécdota que me parece adecuada a una situación totalitaria pero gravemente disfuncional en cualquier democracia, pero así son las cosas.
Escuchar, por ejemplo, a cualquiera de los serviles seguidores de Zapatero que éste continúa siendo el mejor activo del PSOE produce escalofríos, pero también los procura oír a cualquiera del PP cifrar las esperanzas de los españoles en que Mariano Rajoy llegue a la Moncloa, como si todo lo demás fuese completamente irrelevante y las gentes de bien tuviésemos como obligación ineludible la realización de esa mudanza. Este régimen de adulación es incompatible con una mínima decencia intelectual, y perpetuarlo no sirve para otra cosa que para debilitar aún más la democracia.
Al fin y al cabo nada tiene de extraño esta propensión a una especie de caudillismo, aunque formalmente democrático, en una sociedad que ha soportado sin enormes traumas, digan lo que digan los historiadores oportunistas casi cuarenta años después, un régimen autoritario tan prolongado y peculiar como la dictadura personal del general Franco. Hemos pretendido que se pudiera hacer una democracia desde arriba, según una tradición tan española como deficiente, sin construir una cultura democrática, sin habituarnos a vivir en una sociedad competitiva, sin echar de menos el debate político auténtico, dejando que los partidos nos conquisten y engatusen con sus dádivas populistas. Esta es la situación general, agravada, sin duda, en aquellas regiones que padecen de partidos nacionalistas, que entregan el voto a los suyos con la sensación de ser más listos que los demás, gentes escasamente agudas que no hemos aprendido todavía quienes son los nuestros.
Urge acabar con todo eso, y no será fácil hacerlo mientras predomine la prensa adicta, esa que nunca dice nada de lo que pueda perjudicar a sus amos, reverdezca el sectarismo ideológico, la asignatura en la que ZP ha puesto más empeño, y la gente se empeñe en votar a los suyos como si le fuera en ello el alma. La sociedad española necesita una cura de secularización política, un baño de competitividad, pensar un poco más en que no merece la pena seguir negando que el rey esté desnudo. Creo que la responsabilidad histórica del PP, si, como se supone, ganase las próximas elecciones, va a ser realmente extraordinaria. Tendrá que elegir entre perpetuar un estado de cosas que, en el fondo, le perjudica mucho, o asumir un nuevo impulso de competitividad y de liberalización de la sociedad española, empezando por sí mismo, sin repetir, por ejemplo, los congresos a la valenciana, renunciando al ridículo expediente de designar sucesor, abriendo el partido al debate político entre sus militantes, que siguen siendo casi tan diversos entre sí, como lo eran los de la extinta UCD, para poder encontrar las fórmulas más atractivas. Esperar todo esto quizá sea vano, pero una democracia jibarizada es algo profundamente lamentable, y ridículo.
[Publicado en El Confidencial]

Rubalcaba, nuestro Goebbels

Son ya varias las sentencias judiciales que prueban el hábito de mentir casi irreprimible del vicepresidente primero del gobierno y ministro de Interior, que ha alcanzado un alto grado de maestría en oficio tan comprometido. Como es persona de estudios, y se le reconoce, no como a otros u otras, una inteligencia suficiente, sabrá sin duda que está poniendo en práctica la doctrina de alguien que, hasta la fecha, no figuraba entre los mentores del socialismo, aunque con este gobierno todo es posible, incluso lo más absurdo. Rubalcaba está siguiendo a la letra las estrategias del ministro de propaganda del Reich, Paul Joseph Goebbels: una mentira repetida mil veces se convierte en realidad, y cuanto más grande sea una mentira más gente la tomará por la pura verdad, un auténtico filón teórico para un virtuoso de la propaganda como lo es, sin duda, este químico acostumbrado a travestirse en lo que convenga. Todos los españoles recuerdan con nitidez su teatral afirmación de que no nos merecemos un gobierno que nos mienta, pues eso, Goebbels en vena.
Miente Rubalcaba cuando pretende ignorar que una juez ha ordenado a su Ministerio que entregue información necesaria para investigar la conducta del jefe de los Tedax en el 11-M, que, vaya usted a saber por qué razones, constituye todavía un secreto de estado.
Mentir es una manera un poco infantil de conseguir que las cosas sean como a uno le parece. Un ministro tiene muchas maneras de conseguir eso, además de mentir. Es preocupante que el Ministerio del Interior se haya convertido en un agujero negro del que no sale la información que debiera, y en el que se toma a chacota las resoluciones judiciales, para que se vea quién manda. Rubalcaba ha ejercido, en contra de lo que establece con claridad una sentencia del Supremo, su real gana promoviendo arbitrariamente el nombramiento a dedo de más de 100 cargos de su Ministerio. La desobediencia al Supremo empieza a ser una costumbre escasamente ejemplar de este Ministerio bajo la batuta de Rubalcaba.
Tampoco el Congreso de los Diputados parece importarle al señor vicepresidente para otra cosa que para subirse a la tribuna y soltar charadas y embustes. Un mandato del Congreso de mayo de 2009 establecía que se publiquen las estadísticas de delitos y faltas por provincias, pero a Rubalcaba no le apetece, y no lo ha hecho. A base de esa su capacidad para mentir, y para hacer como que no existen normas que le comprometen, Rubalcaba va a conseguir que la unión de oficiales de la Guardia civil y la AUGC recojan firmas para promover una iniciativa legislativa que obligue al gobierno a llevar a cabo la ley de personal que lleva paralizando desde hace cuatro años,  haciendo caso omiso de los mandatos legales al respecto. Que oficiales, suboficiales  y números de la benemérita   tengan que dedicarse a recoger firmas por la desidia de este gobierno es otra imagen bien gráfica del estado de cosas en la España de Zapatero y Rubalcaba. Claro que a Rubalcaba siempre le quedará el recurso de acudir a sus mentiras, de negar, si fuese necesario que el asunto provoque descontento en la Guardia Civil, o incluso que la Guardia Civil exista. Decididamente, los españoles no nos merecemos un tipo tan mentiroso como Rubalcaba, ese Goebbels.  

¿Qué es mentir?

Hace unos años me quedé bastante estupefacto cuando pude comprobar que una buena mayoría de mis alumnos no eran capaces de distinguir entre “no decir la verdad” y “mentir”. Cosas de la LOGSE, pensé, y les explique la distinción que yo creo recordar aprendí en el Catecismo, hace ya muchísimos años, y que nunca se me ha ocurrido poner en duda: “mentir es decir lo contrario de lo que se piensa (o se siente) con la intención de engañar”.
Bueno, pues hoy he vuelto a comprobar que abundan los que no entienden bien algo tan claro como un vaso de agua clara. Hace unos minutos, estaba viendo un programa en la TV, y el señor González Pons, que es uno de los que mandan en el PP y de los que siempre está  dando que hablar, informaba a sus atónitos espectadores, quiero decir a unos espectadores que debían quedarse atónitos, pero ya no sabe uno qué pensar, de que el señor Rubalcaba había mentido por escrito, lo que ya es peculiar, pero sobre todo que había mentido de una manera completamente consciente, fíjense si será perverso el tío. 
Me gustaría que el señor portavoz del PP hubiera estudiado el catecismo para que no dijera cosas tan tontas como la que ha dicho, cosa que imagino que es difícil de evitar a alguien que se pasa el día diciendo lo que cree que hay que decir, lo que cree que nos conviene escuchar, y me parece que ese hábito le sirve de excusa para no decir casi nunca nada interesante.  ¿Acaso cree el señor González Pons que hay mentiras inconscientes? ¿Piensa el PP proponer que se castigue la mentira consciente como una forma especialmente perversa de mendacidad?
Si quisiera hacer un comentario mordaz, pero me voy a contener, diría que los políticos se han acostumbrado a mentir con tanta frecuencia, y con tanta inocencia aparente, que ya lo hacen, incluso, de manera inconsciente. Puede que a algunos les parezca tal cosa, caso de tener sentido, un atenuante, yo lo considero un caso de alevosía, además de una muestra de evidente de tontuna, esa cualidad con la que creen que nos subyugan, y a veces es así. 


Mi Nexus S consume mucha batería, ¿alguien sabe si tiene remedio?

Animal Kingdom

Tal es el título de una excelente película australiana, escrita y dirigida por David Michôd que he tenido la suerte de ver en uno de esos cines en que, en cuanto te descuidas, te colocan un verdadero tostón, pretencioso, aburrido, ininteligible, aunque ese no suela ser el caso con películas anglos, en un sentido amplio. Vayan a verla, que me temo dure poco en pantalla.
La historia es original y está contada con enorme honestidad, sin trucos ni jeribeques, pero de tal modo que es imposible no identificarse con la suerte, muy perra, del protagonista, un chaval de diecisiete años cuya vida es un ejemplo de cómo pueden florecer las rosas en cualquier estercolero, de cómo hemos podido avanzar algo a pesar de la cantidad de tipos, y de tipas, sin escrúpulos, venales, falsos y letales que pueblan el universo mundo, y más, parece razonable concederlo, en el ambiente de delincuencia que se retrata. El análisis es tan fino y los actores lo hacen tan bien que la película puede ser, y lo es, muy parca en palabras, las cosas se ven que siempre es lo mejor que puede pasar en el cine. No cabe duda de que los humanos formamos un bestiario muy peculiar, muy diverso, y este retrato hace justicia a un buen número de elementos, de los peores, de los mejores, y de los que sufren por unos y otros sin poder hacer ni siquiera uso de su inocencia.

¿El Confidencial sin Cacho?


Hoy me he despertado antes de lo habitual, como si presintiese algo negativo. Me he tropezado con ello al leer uno de los medios digitales que leo inexcusablemente al levantarme. Resulta que Jesús Cacho ha sido sustituido en la dirección de El Confidencial (remito al link más explícito a la hora de redactar estas líneas). No tengo elementos para juzgar sobre el caso, pero me parece que se trata, inequívocamente, de una mala noticia. Deseo, sin embargo, que EC pueda seguir jugando el buen papel que jugaba, pero me temo que vaya a ser difícil: veremos.
No es que yo mitifique a Jesús Cacho, simplemente creo que es un periodista bastante más atrevido que la media, y eso es muy importante en un país tan cobarde como el nuestro, en una sociedad en que existen tabúes hasta sobre los tabúes. Supongo que JC habrá hecho de las suyas en algunas ocasiones, pero lo que sé es que ha sido valiente en otras muchas, en las que le han hecho merecidamente ejemplar por su capacidad crítica. No comparto, por ejemplo, su tratamiento de Aznar, Franquito, como solía llamarle, aunque, porque, aunque comprenda las razones por las que me parece lo hacía, creo que su balance del personaje era muy sesgado e injusto, pero al menos decía lo que pensaba siendo seguramente menos partidario de quienes le han sucedido, quiero decir que JC no se dejaba llevar por el maniqueísmo oficialmente reinante, si A es malo, su contrario ha de ser bueno por definición, y eso siempre es de agradecer. Echaré de menos, como mínimo hasta que reaparezca en otra parte, imagino, su capacidad de referirse a temas que casi nadie se atreve a plantear, esa sensación de libertad que daba leerle y que es tan inusual entre nosotros.
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