Hoy creo en Zapatero

Me doy el gustazo de estar conforme con una de las medidas que ha anunciado Zapatero, y veremos si cumple. No digo que esté de acuerdo con las medidas, porque creo que eso sería absurdo, ya que deberían haber sido más, más hondas y mucho antes, pero tampoco estoy en absoluto desacuerdo con ninguna de ellas. Mi preferida es la que elimina la obligatoriedad de las cuotas empresariales a las Cámaras de Comercio. ¡Ya era hora! ¿Significará esto que se abre la veda para poder acabar con impuestos inútiles, con abusos seculares y con mamandurrias varias? No estoy demasiado convencido de la utilidad de las Cámaras, pero estoy seguro de que si son útiles pervivirán y se harán más eficaces, tirarán menos el dinero y despedirán a muchos enchufados e inútiles de buenas familias.
¡Zapatero ha acertado! No se puede perder la esperanza, ni siquiera si se es español y liberal.

El final del zapaterismo

Las elecciones catalanas marcan de manera inequívoca el final definitivo de una estrategia que ha condicionado desde 2004 el conjunto de la política española. Los resultados del domingo muestran con toda claridad que los catalanes han dado la espalda a una política basada en dos ideas complementarias, un catalanismo impostado y absurdo, y una política netamente izquierdista, unas ideas que han llevado a Cataluña a su peor situación en los últimos ocho años. Con ser eso importante, hay todavía más: el triunfo del PSOE en las generales de 2004 hubiese sido imposible sin los votos catalanes, de esos electores que aún no se habían dado cumplida cuenta del chantaje político al qe estaban sometidos. Es extremadamente improbable, al menos en el medio plazo, que pueda volver a darse un triunfo nacional del PSOE apoyado en el nacionalismo catalán de izquierdas.
El socialismo ha hundido a Cataluña, y lo peor es que lo ha hecho a lomos de una mentira burda, pero políticamente eficaz, como se ha visto. El PSC gobernaba en Cataluña administrando el descontento y los agravios catalanes frente a las regiones en que se dilapidan los fondos públicos que esos mismos catalanes creían pagar en exclusiva. Lo chusco de la situación es que el PSOE ha sido el responsable de ambas políticas, de irritar a los nacionalistas con España, esa fue la idea directriz del fallido Estatuto, y de extorsionar a Cataluña, pero también a Madrid, con lo que ellos venden como solidaridad en Andalucía y Extremadura, por ejemplo, y que en realidad es un manejo irresponsable de los caudales públicos para mantener a los electores en situación de dependencia. Esta mentira parece haber agotado su poder, y bien haría el PP en no recrearla cuando le llegue el momento.
No se trata de que a Zapatero se le haya descuajaringado su estrategia de fondo en unas elecciones regionales. Se trata de que este descalabro colma un vaso ya bien repleto de sinsabores y decepciones para cualquier buen socialista. Zapatero lleva una racha que derribaría de su sitial a cualquier político con un mínimo sentido de la realidad. En política hay una ley inexorable: los plazos se cumplen y las hipotecas se pagan. Zapatero ha pretendido torear la crisis negando su existencia e insultando soezmente a quienes se atreviesen a contravenir sus delirios. Ahora está empezando a sentir en sus carnes el precio de una actuación sin otro sentido posible que un cortoplacismo extremo y el empeño en sobrevivir a toda costa. Sus aliados pueden pretender que mantener la calma y la estrategia del disimulo sirva para algo, pero es suicida hacerlo. El periódico de cabecera del viejo PSOE incurrió ayer en ese feo vicio relegando la noticia de los resultados catalanes a una leve esquina de su portada, como si se tratase de un suceso curioso acontecido en las antípodas.
El todavía líder socialista acaba de comprobar el caso que le hacen en Madrid, cuna y cabeza del socialismo español, ha pactado su continuidad por unos meses con quien está cercando al más digno de sus gobiernos, el de Patxi López, y continúa mareando la perdiz con las medidas necesarias para atajar el desastre, como si su figura política fuese susceptible de un arreglo. Se parapeta detrás de Rubalcaba o de Salgado como si él estuviese dedicado a fabricar la piedra filosofal, fuera del día a día de un gobierno que no acierta ni cuando rectifica y contempla, aparentemente impávido, como hasta en su propio partido le pierden el mínimo respeto.
¿Qué dirá ahora de etas elecciones, él que se atrevió a echar en cara del PP y de CiU el conjunto de los males que afligen a los catalanes? ¿A dónde irá que pueda esconderse? ¿Qué viajes emprenderá para que nos olvidemos de su mala sombra? Si tuviera algún amigo sincero le podría aconsejar que se fuese, ahora que todavía puede hacerlo, y que buscase una fórmula alternativa de gobierno o que, mejor aún, convocase elecciones de manera inmediata. Serían medidas que habría que agradecerle y que despejarían de manera inmediata el panorama, porque cada vez es más claro que la economía española va irremediablemente al despeñadero con este capitán al mando.
Nuestro presidente es un tipo tan aventado que es posible que no haya caído en la cuenta de que no le queda ningún as en la manga para seguir jugando esta absurda partida contra el interés de todos. Los catalanes han despachado con claridad a un tipo que se travestido de catalanista, que ha derrochado el dinero para ganar adeptos, que se ha sometido al vasallaje indigno de los independentistas de ERC, que también se ha llevado lo suyo. No es de extrañar en un personaje que ha pisoteado la dignidad nacional, que ha pagado a piratas, que se ha escondido siempre que ha habido un problema con el moro, que está destrozando por dentro al partido que, insensatamente, le sigue apoyando. Es la hora del PSOE, de que su instinto de supervivencia le indique que en política es siempre mejor prescindir de quien yerra con tanta gravedad que perecer todos en su infausto nombre.
[Publicado en La Gaceta]

Cataluña da lecciones

Las elecciones catalanas resultan determinantes para la vida política española. Los resultados del domingo son, por tanto, enormemente importantes, y lo son de manera más profunda que en el aspecto puramente electoral. Saber leer con inteligencia lo que pasa en Cataluña es una condición indispensable para acertar a hacer bien las cosas en la política española.
Una primera lectura de las elecciones nos dice con toda claridad que los catalanes le han dado la espalda a la política que ha representado Zapatero por sí mismo y a través del PSC. Esa política tiene dos caras fundamentales: la cara puramente socialista, que ha llevado a la crisis y que nada tiene que ver con el carácter de buena parte de la sociedad catalana, emprendedora, trabajadora, competitiva, y una cara supuestamente nacionalista, pero destinada a arrinconar al PP y a consolidar el perpetuum mobile del PSOE: revender como frustración en Cataluña lo que se vende como solidaridad en otras regiones como Andalucía y Extremadura. Al servicio de esa estrategia, Zapatero se travestido de catalanismo, ha derrochado dinero en obras públicas, el mismo que ha racaneado en Madrid, y ha promovido y legitimado pretensiones estatutarias que ni siquiera un Tribunal Constitucional amigo ha podido cohonestar. Se ha sometido incluso al vasallaje del independentismo más chusco. Pues bien, el electorado catalán ha dicho claramente que no a ese partido bifronte.
Zapatero ganó las elecciones de 2008 merced al voto catalán, una circunstancia que ahora es ya irrepetible. Es el PP el que tiene que aprender en cabeza ajena. Tampoco al PP le va a ser tolerado el mantenimiento de un status fiscal muy favorable, por ejemplo, a los parados andaluces y extremeños mientras se aprieta a los electores catalanes y madrileños. El truco que ha dado vida política al PSOE no podrá servir para que el PP haga lo mismo, aunque fuere en un tono menor. La diferencia entre el nacionalismo de Convergencia, y el abierto soberanismo dependerá en buena parte de la seriedad del PP para tratar a todos los españoles de manera congruente, sin protestar ante los excesos simbólicos de unos al tiempo que se abonan los privilegios fiscales y subvencionales de otros. Es verdad que no tributan los territorios sino las personas, pero eso no da para permitir que siga habiendo sesgos sistemáticos e injustificabes en el tratamiento económico de los mismos problemas en distintas regiones. Ningún catalán, ni, por supuesto, ningún madrileño, se opondrá a que se haga un plan razonable, y con un plazo bien definido, para corregir determinadas desigualdades donde sea necesario, pero se rebelarían, con toda razón, si esos planes continuasen incontrolables, arbitrarios y sin plazo definido.
El panorama que ofrece el nuevo Parlamento de Cataluña da también bastante que pensar, y ofrece datos capaces de apoyar interpretaciones contrapuestas. No deberíamos olvidar nunca que la participación, aunque mejor de lo esperado, es relativamente baja, es decir, que los electores no han imaginado que se estuviesen jugando opciones dramáticas, por importantes que fuesen las elecciones. Si lo vemos desde la óptica de las relaciones entre soberanismo y constitucionalismo los resultados pueden verse de manera dispar: por una parte, los escaños nacionalistas pasan de 69 (CiU+ERC) en el 2006 a 76 ahora (CIU+ERC+SI), pero el independentismo explícito tenía 21 escaños en 2006 mientras que ahora ha descendido a 14. Como se sabe, buena parte del voto nacionalista de las autonómicas deja de serlo en las generales y, además, la suma de CiU y los independentistas fue de 81 escaños en 1992, de modo que el independentismo catalán cambia de caras pero no crece: de hecho, este Parlamento tiene un record de 21 diputados, digamos, españolistas (los 18 del PP, más los 3 de Ciudadanos).
Hay datos, como se ve, para favorecer todas las perspectivas. Ello hace que el gobierno de Artur Mas vaya a tener una significación decisiva en nuestro futuro político. Mas se tendrá que mover, forzosamente, en el filo de una navaja, y ello por varias razones. Primero porque su responsabilidad será la de gobernar para todos los catalanes y no para solo los suyos, menos aún para una facción de ellos. Hay que suponer que habrá aprendido con lo que ha sucedido a Zapatero. En segundo lugar porque sabe, mejor que nadie, que la sociedad catalana está profunda y artificialmente dividida, y que cualquier intento de sanar su crisis económica exige una estabilidad y serenidad política incompatible con cualquier clase de aventurerismo a lo Laporta, personaje destinado a ser flor de un día si sus andanzas no terminan antes de otro modo. Por último, porque gran parte de sus electores más influyentes, y, entre otros, el empresariado, le van a recordar que no tiene otro remedio, si no quiere aventuras, que reencarnarse en el alma positiva de Convergencia y no en su deriva enloquecida e independentista.
[Publicado en El Confidencial]

Homenaje al Barcelona C. F.

Un cinco a cero del Barcelona al Real Madrid no es la primera vez que se produce, pero soy de los que creen que el de ayer ha sido el más merecido, el más justo… y el más preocupante para los que somos madridistas. Vayamos por partes. El Barcelona ha jugado uno de los mejores partidos de su vida: su superioridad sobre el Real Madrid ha sido absoluta, descorazonadora, aplastante. Los jugadores del Real Madrid parecían pollos sin cabeza, no sabían ni qué hacer ni a dónde mirar, lo que es explicable porque siendo este Real Madrid un buen equipo no le llega ni a la suela del zapato a un equipo como el actual Barcelona que no solo es el mejor equipo del mundo en la actualidad, sino uno de los mejores de todos los tiempos. Menos mal que no todos los días juega con la calidad, la intensidad y el acierto que lo ha hecho hoy.
Parte de la culpa del excelente juego del Barcelona está en la rabia de sus jugadores contra un equipo que se obstina en ser prepotente, en considerarse a la altura de su rival cuando está varios grados por debajo y a años luz cuando pierde el sentido, como lo hizo la noche del lunes 29, una de las más negras en los anales blancos. Hay que recordar las derrotas históricas ante el Milán, o el humillante partido de hace un par de temporadas ante el Liverpool, para encontrar un precedente tan humillante, tan desolador. Ni siquiera el seis a dos de hace un par de temporadas en el Bernabéu supuso un varapalo tan grande como el de ayer.
Las grandes estrellas blancas sufren un proceso de miniaturización cuando se enfrentan al Barcelona. Si Cristiano vale cien millones de euros, ¿puede alguien decir cuánto valen Xavi, Iniesta, Messi o Villa por no citar sino a los más obvios? No quiero cebarme en la mala noche general, pero sí quiero demostrar mi indignación por la conducta chulesca e infantil de algunos jugadores como el citado Cristiano, el archisobrevalorado Ramos o, incluso, el habitualmente excelente Casillas, que tampoco tuvo su noche.
Los errores del Real Madrid son muy de fondo, y aunque conserve alguna esperanza de que Mourinho pueda enderezarlos, al menos en parte, no se puede olvidar de qué provienen. ¿Qué pasaría si Villa estuviese ahora en el Real Madrid en lugar de ese desastre llamado Benzema? La superioridad del Barcelona sería algo menos acusada. Estamos pagando los errores deportivos y de todo tipo del florentinismo, de esa especie de zapaterismo del fútbol que consiste en invertir en imagen y en propaganda a través de una prensa madridista absurdamente dedicada a engañar a los socios y a cantar las virtudes imaginarias de auténticas mediocridades, si los comparamos con la plantilla del Barcelona.
Los socios del Real Madrid somos responsables por respaldar sin rechistar la política del pelotazo aplicada al fútbol, comprar carísimo y al buen tuntún, cambiar de entrenador varias veces por año, presumir de historial, cada vez más lejano, y dedicarse a generar beneficios atípicos a base de la mitología de nuestros galácticos que, llegada la hora de la verdad, no son capaces ni de perder por uno a cero, como hizo el Sporting de Gijón, tan criticado por Mourinho en uno de sus días más tontos.
El fútbol, como la vida, es largo y da muchas vueltas, pero no cabe esperar grandes frutos de principios equivocados, de políticas de imagen, del fulanismo y del cultivo desmesurado de los egos de supuestos galácticos. Veremos si Mourinho se hace con el control de una nave que hoy ha quedado casi desguazada, pero no olvidemos nunca de qué polvos vienen estos lodos: de una política deportiva demencialmente equivocada, de un orgullo sin motivo, de creerse las mentiras que inventan los periodistas pagados por la casa.

Y, para terminar, una pregunta: ¿es que Mourinho no sabía el riesgo que adoptaba saliendo a enfrentarse al Barcelona de igual a igual? Si no lo sabía, es que no es tan bueno como se dice, de manera que cabe pensar que sí lo supiera. ¿Qué ha intentado, entonces, actuando de una manera aparentemente tan valiente? Pudiera ser, pero es una conjetura sin mucha base, que fuese una manera de decirle al propietario del club: “mira, con esta plantilla no vamos a ninguna parte, cuando se trate de jugar con el Barcelona”, porque, en efecto, enfrentarse, por ejemplo, a Busquets, Xavi e Iniesta con Xabi, Ozil y Khedira, son ganas de perder. Claro es que se trata de una inferioridad que se extiende al conjunto de la plantilla, casi sin excepciones, y así el Barcelona ha podido dominar al Real Madrid en todos los terrenos, en el pase, en la inteligencia del juego, en el contraataque, en la contención, en todas y cada una de las mil dimensiones que tiene este juego maravilloso que es el fútbol y que el Barcelona practica, para mi dolor y envidia, de manera absolutamente inmejorable.

Ladrones elegantes y sofisticados

No me atrevo a decirlo con seguridad, pero creo que un nuevo género está iniciándose, o ya ha comenzado, dentro del cine americano de gran público, y eso siempre significa algo. Me refiero a Ladrones (Takers, USA 2010) la película de John Luessenhop. La cinta recuerda poderosamente rasgos de varias obras de acción (sobre todo a The Town, de Ben Affleck, y, más al fondo a Heat de Michael Mann) pero destaca por su tratamiento de la condición moral del robo, que, aunque ya esté implícito, en alguna de las mencionadas, es extraordinariamente claro en esta.
Los ladrones son, en esta ocasión, gente de orden, tipos listos y guapos, blancos y negros, que se dedican a dar con gran prudencia golpes muy rentables y muy bien ejecutados desde el punto de vista técnico. Ello da píe a que el tratamiento visual del asunto sea extraordinariamente movido, aunque tal vez fatigue un poco a los menos acostumbrados a los video-clips y al Play-Station (cuestión de edad, supongo). Lo que me parece más interesante del guión es que, como ya sucedía en los antecedentes mencionados, aunque de manera mucho más acusada, los protagonistas son pulcros, casi decentes, nada violentos, siempre que se pueda evitar, claro. Es decir, se trata de gente corriente, que, podríamos decir, se gana la vida honradamente, aunque robando cuando se presenta la oportunidad.
Su ética se contrapone con la de los meros hampones, con la de la mafia rusa, incluso con la de la policía, que, tal como se ve en a pantalla, se dedica al menudeo siempre que puede. Hay policías honrados, pero son tristes y siempre llegan tarde. El robo en serio es un oficio muy darwinista, caen muchos en el intento, pero, sobre todo, porque todavía quedan muchos ladrones inexpertos e inmorales que traicionan y hacen cosas absurdas y ridículas, mas si se dejase a los que saben hacerlo la cosa sería limpia y muy rentable.
La última escena es sobradamente apologética: dos de los miembros de la banda se escapan, dejando atrás, muertos o malheridos, a felones y policías. Van en un coche lujoso, llevan millones de dólares y podrán seguir viviendo como les gusta hacerlo porque saben dominar sus pasiones delictivas y ajustarlas a un robo rentable y proporcionado, más o menos como el Estado, dan ganas de decir.

Cataluña se parece a sí misma

Si los resultados se confirman, será evidente que el nacionalismo catalán tiene mayoría política en el Parlamento, una mayoría más amplia que la de las últimas elecciones (76 escaños de CiU+ERC+SI) frente a 69 del 2006 (CiU+ERC). No conozco todavía el resultado en términos absolutos, y es pronto para hacer interpretaciones simples de una realidad bastante compleja. El PSC, al hacerse más nacionalista que CiU es el gran culpable, a mi entender, de esta situación, tal vez un poco menos que el presidente Zapatero, pero han sido y son uña y carne a efectos de esta maniobra absurda y miope. En lugar de robarle votos al contrario utilizando su mercancía ha favorecido la impresión de que todo lo que no sea ser nacionalista es un error inútil.
Artur mas va a gobernar Cataluña en una situación explosiva del conjunto de la sociedad española. Como se equivoque puede provocar un cataclismo, y no estoy seguro de que vaya a acertar.

Los partidos no son lo que debieran

Una de las cosas que está fallando de manera más estrepitosa en la democracia española son los partidos políticos. Ni sirven para lo que se supone debieran servir, la Constitución les asigna misiones que o ignoran o incumplen, ni sirven a España, ni, en realidad, sirven para cosa distinta que para entronizar pequeñas dictaduras, con tendencia a ser hereditarias, en las que nadie pueda pensar ni decidir al margen de lo que diga el líder de turno.
El mejor ejemplo de todo esto es la situación en la que actualmente se encuentra el PSOE, incapaz de decirle a su líder que se retire porque hace falta hacer otra política, una política que Zapatero no puede encarnar de ningún modo. Muchos dirán que el inmovilismo y el aferrarse al líder es la mejor garantía para sobrevivir que el partido tiene como tal, pero esto es falso de toda evidencia. El PSOE va a pagar muy caro los errores de Zapatero, pero podría salvar muy buena parte de los muebles si le señalase inequívocamente el camino de la dimisión, no para convocar elecciones, sino, simplemente, para dejar paso a otro capaz de hacer lo que el mundo entero nos exige, y lo que nuestro bien común demanda.
Sería milagroso que pasase algo como lo que acabo de decir, pero solo lo consideramos milagroso porque nos hemos acostumbrado al fatalismo dictatorial, a soportar con paciencia sobrenatural, los males que nos infligen los que mandan, ignorando que la esencia de la democracia es la destituibilidad pacífica del que lo hace mal, es decir, que carecemos casi completamente de democracia.
Es muy importante que cunda la conciencia de que hay que acabar con el cesarismo, con la dictadura de unos pocos, pero para nuestra desgracia, a veces parece como si los españoles lleváramos en la sangre ese sometimiento humillante, ese servilismo impotente hacia quienes nos desprecian con sus acciones y su idiotez empavonada de absurdas razones.

Miedo y pavor

No sé si conocen el viejo chiste basado en la distinción entre miedo y pavor, pero como estamos en época mojigata no voy a contarlo aquí. Lo que sí haré es ponerles un ejemplo que podría valer: miedo es ver que hay quienes piensan que España corre peligro cierto de entrar en una quiebra fiscal irreparable, quienes afirman la necesidad de que, antes o después, haya de ser intervenida, como ha sucedido con Gracia o Irlanda. Pavor es ver que Zapatero niega rotundamente esa posibilidad, y no digo más.

Habilidades de Telefónica

El lunes pasado me encontraba en la estación de trenes de Abando en Bilbao (que los socialistas en uno de sus habituales gestos de imparcialidad han rebautizado como Indalecio Prieto), con más de una hora y media de tiempo hasta la salida de mi Alvia para Madrid. Saqué mi portátil con la intención de trabajar un rato, y comprobé con gusto que estaba en una de las míticas zonas de Wifi ADSL de Telefónica, de modo que me dispuse a establecer la conexión correspondiente para beneficiarme del ahorro que supondría no cargar mi cuenta de conexión a través de modem de Movistar. No era un gran ahorro, en efecto, pero uno, que es patriota desde antes que descubriese Zapatero esta importante virtud, se sentía inundado de gozo al ver los progresos de España y la calidad de los servicios de la primera de sus multinacionales.
Cuando me puse a ello comprobé, con horror, que la conexión no era automática, sino que requería usuario e identificación, es decir que había que llamar a uno de esos horribles teléfonos con contestación en cascada que es uno de los escasos tormentos que nadie había imaginada hasta ahora en el infierno. Llamé, pese a todo: una amble señorita me pidió mi identificación, el número de teléfono desde el que llamaba (¿?), el CIF de la empresa propietaria de la tarjeta Movistar con el contrato EG que daba derecho al uso gratuito de la zona Wifi, la cuenta bancaria en que se abonaban las facturas, y el número de serie de la tarjeta SIM. Yo iba respondiendo como podía a la santa inquisición telemática, pero al llegar al último punto decidí rendirme porque mi tarjeta es ya muy antigua y jamás he conseguido que la propia Movistar me diga qué número tiene, de manera que había perdido casi veinte minutos de mi tiempo para nada; confieso que perdí ligeramente los nervios y que no traté con la amabilidad que me caracteriza a la proba empleada, pero ya no tengo edad para emplearme a fondo en superar las cucañas telefónicas, que siempre terminan en costalazo, como en las bárbaras costumbres de nuestros pueblos.
Ya repuesto del cabreo, tengo que decir que me parece intolerable, abusivo, absurdo, ridículo y oligofrénico el procedimiento. Que Telefónica nos tenga con unas conexiones tan caras, tan confusas desde el punto de vista tarifario, tan roñosas en sus servicios y tan arbitrarias, me parece un índice de lo mal que van las cosas en este momento preciso. Sé que no sirve de nada, pero elevo mi grito al cielo clamando contra la estulticia y la falta de respeto de esa compañía, sin que me consuele el hecho, que he comprobado en varias ocasiones, de que probablemente sea la menos mala de todas las demás. Es un escarnio cómo nos tratan, mientras sufrimos en silencio los atrasos y las ineficiencias de quienes se cobran el supuesto servicio que nos dan a precio de oro.

Treinta y cinco años después, y al borde del abismo

En estos días en que conmemoramos el proclamación del Rey y el inicio de las libertades, la distancia ya larga que nos separa de aquellos momentos históricos nos obliga a hacer un balance que, aunque haya de ser muy positivo en el fondo, no debiera ocultar el hecho de que el presente está muy lejos de encarnar el ideal de democracia que entonces perseguíamos con ingenuidad y con pasión.
No deberíamos, sin embargo, proyectar sobre un momento muy brillante de nuestro pasado las sombras y los temores del presente, porque, por grandes que sean las críticas que se puedan hacer a la Monarquía, no habría que olvidar todo lo que debemos a la clarividencia y firmeza de aquel Rey joven en una circunstancia tan arriesgada como fue el paso de la dictadura a la democracia.
En relación con nuestra visión de ese pasado suceden en la actualidad dos cosas de cierta importancia: en primer lugar, la aparición de una izquierda que se ha empeñado en deslegitimar con argumentos de baratillo lo que sin duda fue el mejor momento de la España contemporánea. El gobierno de Zapatero no es ajeno, de ninguna manera, a esa revisión miope y peligrosa. El segundo factor que condiciona la valoración del pasado es la malísima situación, económica, política, institucional, en la que España se encuentra ahora mismo, lo que contribuye a hacer verosímil la falacia que identifica aquellos orígenes con los problemas que nos abruman.
No es casualidad que ambas circunstancias dependan esencialmente de lo que se podría llamar, para entendernos, la filosofía de Zapatero, su estúpido adanismo, su boba simplificación de la realidad, su creencia en que las palabras pueden modificar la realidad, económica, por ejemplo, su irresponsable maniqueísmo.
El hecho es que treinta y cinco años después de iniciarse la transición a la democracia, los españoles nos encontramos en la que, con toda seguridad, es la peor de las situaciones en el último medio siglo. No es incomprensible, por tanto, que un grupo de empresarios se hayan dirigido al Rey, aunque hay que suponer que se trata de un acto simbólico para dirigirse a todos los españoles, reclamando reformas urgentes y radicales que, en general, no aparecen en la agenda política de los partidos y que, sobre todo, suponen una enmienda a la totalidad a los años de gobierno de Zapatero. Independientemente de la idoneidad del procedimiento, hay que reconocer que el documento elaborado por la Fundación Everis bajo la dirección de Eduardo Serra, acierta en lo que subraya, aunque no esté tan claro hasta qué punto sean congruentes las soluciones que se sugieren.
España tiene ahora mismo una serie de problemas muy graves que van desde la economía, a la justicia, la educación, la administración y la forma de funcionamiento de la política. De cualquier manera, lo más grave tal vez sea la resistencia de muchos políticos, entre ellos la gran mayoría de los líderes del PSOE, a reconocer con claridad a los españoles lo que saben muy bien que es cierto. Zapatero ha llevado esa táctica al paroxismo, llegando a negar pura y simplemente la verdad universalmente reconocida. En consecuencia, son muchos los españoles que no alcanzan a entender la gravedad de la crisis, bien porque crean que se trata de exageraciones electoralistas de la oposición, bien porque piensen que se trata de un mal ineluctable en el que la responsabilidad política es casi nula.
La realidad es tozuda, sin embargo, y a poco que se examinen algunos datos se hace obvia la gravedad del caso. España tiene que comprar fuera el 80% de la energía que consume, paga a precio de nuevo rico las aventuras ecologistas en el sector, y hace perder a los escasos y heroicos emprendedores que se atreven a intentarlo nada menos que 47 días en trámites que en la OCDE se resuelven en menos de dos semanas. En España, los boletines oficiales de las CCAA publican siete veces más páginas que el BOE que, por supuesto, no ha disminuido de tamaño respecto a la situación previa a las autonomías. Claro que los funcionarios se han multiplicado por más de tres en estas últimas décadas, mientras nuestra producción de patentes es cuatro veces inferior a la de Italia, ocho veces menor que la de Francia, dieciséis que la de Inglaterra y ¡casi cuarenta veces menor que la de los EEUU! Y en este contexto, el irresponsable que nos gobierna aseguró que nuestra economía había superado a Italia y estaba a punto de alcanzar a Francia.
Me he reducido aquí a datos económicos porque son más gráficos, pero no es menos grave el deterioro de la democracia, el sometimiento de la justicia a los partidos, la escandalosa insignificancia de nuestras universidades, la parodia de democracia que rige la vida interna de los partidos, y un sinfín de asuntos más, pero no ha de ser el Rey quien tenga que arreglarlos. Es nuestra responsabilidad, y ya es hora de que, por ejemplo, los empresarios dejen de halagar a la Moncloa, haga lo que haga.
[Publicado en El Confidencial]