Memoria de un éxito

Hace ahora treinta y cinco años, España pasó por un desfiladero angosto y peligroso, desde un sistema basado en una vieja victoria militar a una Monarquía que, si bien heredaba a quien la reinstauró, traía consigo vientos de cambio y esperanza que no podían pasar inadvertidos, ni siquiera al propio general Franco. En esos días de noviembre, que La Gaceta ha conmemorado aportando detalles inéditos, se produjo, en medio de la expectación universal, el milagro de atar un último nudo que iba a permitir desatar con orden y prudencia todo lo anterior, todas las trabas y limitaciones que habían perdido su sentido en una sociedad que se había modernizado a gran velocidad bajo la mirada sorprendida, y seguramente complacida, de un dictador tan peculiar como monárquico convencido.
Franco siempre estuvo persuadido de que la Monarquía era consustancial al destino de España, y de que no iba a ser él quien consagrase el error tremendo que se había cometido en 1931, aunque el entonces Rey no estuviese del todo exento de culpa. Verdad es que el general Franco jugó con astucia todas las bazas que le permitieron prolongar hasta su muerte un régimen personal, irrepetible e improrrogable, y mantener en vilo a la no pequeña nómina de posibles aspirantes al trono. Pero su elección de Don Juan Carlos fue inequívoca, y supuso para el entonces Príncipe asumir una tarea muy dura y difícil que llevó a término con patriotismo y sentido del deber, más allá de cualquier duda.
Don Juan Carlos no fue nunca, sin embargo, del agrado de ciertos sectores del régimen, paradójicamente más franquistas que leales a Franco, que se encargaron de extender una leyenda contraria al elegido, tal vez, sobre todo porque era también el legítimo heredero de la monarquía española, y el hijo de quien se había atrevido a recordar a Franco su discutible legitimidad para hacer muchas de las cosas que había hecho a lo largo de casi cuarenta años. Don Juan de Borbón, pese a ser el principal perjudicado por la decisión de Franco, supo actuar con la grandeza de quienes saben lo que representan, y se encargó de certificar la legitimidad dinástica de Don Juan Carlos con extrema y diligente lealtad, tan pronto como el nuevo Rey se puso al timón de la nave.
Los documentos que publicó el domingo La Gaceta muestra la estulticia de la campaña contra Don Juan Carlos, la memez de pretender que el entonces Príncipe era persona sin inteligencia y sin voluntad. Hoy nadie con un mínimo de cabeza sostendría nada semejante, pero el hecho cierto es que si examinamos la conducta de nuestro Rey en aquellos días de tensión y de angustia, su actitud fue, desde el primer momento, la de quien sabe muy claramente qué se habría de hacer y cómo se debiera llevar a cabo. El innegable éxito de nuestra transición política, el paso de la dictadura a la libertad sin quebrar nunca la legalidad vigente, es un mérito indudable del Rey Juan Carlos, sin que ello desmerezca en nada los aciertos de quienes le siguieron en esa singladura tan compleja.
Los españoles, que podemos discrepar, como es lógico, de algunas o de muchas de las actitudes y las iniciativas de un Rey, cuyo reinado ya se acerca a culminar su cuarta década, no podemos olvidar de ninguna manera cuánto debemos a la serenidad, la firmeza y la clarividencia de aquel Rey joven al que vemos en las fotografías, en compañía de tres hijos de muy tierna edad y de la Reina Doña Sofía, y rodeado de una serie de personajes que le doblaban en años, gran parte de los cuales seguramente no abrigaban las mejores intenciones respecto de un Rey, al que debían lealtad porque esa había sido la orden de Franco, pero del que temían mucho, entre otras cosas su desplazamiento de lugares de privilegio, su desaparición, como así ocurrió en muy poco tiempo, de las esferas del poder. La habilidad del joven Rey ha sido uno de los más firmes fundamentos de una democracia que si hoy nos resulta, en ocasiones, notoriamente insuficiente, encontró en la energía y en la voluntad de Don Juan Carlos todo el apoyo necesario para que fuese un sistema de libertades, de derecho, de responsabilidad y de armonía y progreso.
Quienes tengan edad suficiente para recordar con claridad aquellos días no podrán hacerlo sin un cierto estremecimiento, sin emoción. Nuestra historia como una de las más viejas naciones de Europa no abunda en episodios comparables en serenidad y grandeza a los de aquellos días. Hoy puede parecer que todo fue fácil, pero no fueron así las cosas. Baste recordar que la nómina de los mandatarios extranjeros que acudieron a respaldar nuestra incierta andadura en esos días fue extrañamente escasa, como si nadie se atreviera a pronosticar un éxito de fondo, como si la campaña de los más nostálgicos franquistas hubiese tenido éxito entre los principales líderes del mundo. Pero, con la ayuda de Dios, y con el apoyo del intenso deseo de paz y de libertad de la inmensa mayoría de los españoles, el joven Rey comenzó a caminar con firmeza y con acierto, de modo que hoy podamos celebrar aquellas fechas con gratitud plena y sin ninguna nostalgia.
Es lamentable que ciertos sectores de la izquierda más desnortada lleven años tratando de echar a pique una de las horas más nobles y decentes de nuestra historia, la mejor en la época contemporánea, y peor aún es que haya políticos que se empeñen en ver como un trágala la generosidad, la esperanza en un futuro sin violencia ni exclusiones, que nos condujo en aquellas jornadas a la añorada democracia.

El ministro Sebastián da la nota

Si se tratase de hacer un concurso sobre cuál sería el ministro más adecuado para ejercer el muy necesario papel de bufón gubernamental, un flanco que cualquier gobierno prudente nunca deja cruelmente desatendido, nos enfrentaríamos a una tarea de cierta dificultad, pero, en cualquier caso, siempre podríamos contar con el voluntarioso esfuerzo del alegre y dicharachero ministro de industria: nunca un personaje tan liviano sirvió a menester tan pesado.
Este buen señor ha dado un altísimo nivel en casi todos los controles a que ha sido sometido. Su nepotismo está fuera de duda y queda en muy buen lugar, aunque palidezca en comparación con la más amplia familia de su colega Pajín; su capacidad de usar del cargo para lavar supuestas afrentas personales ha establecido records difíciles de superar; su sectarismo, como no podía ser menos en un tipo tan pagado de sí mismo, raya a gran altura, y eso que todavía no ha dado de sí todo lo que lleva dentro. Veamos una serie de ejemplos: el grupo Intereconomía ha sido multado sañudamente, nada menos que con 100.000 euros, por culpa de un video que, a su entender, y no es que pongamos un duda su pericia en el caso, sino su imparcialidad, resultaba ofensivo para la tropa gay con la que, en el uso de su derecho, mantiene excelentes relaciones, aunque nada se decía en ese corto que no fuese manifestar la preferencia de esta casa por opciones simplemente distintas y sin menospreciar a nadie, pero, al entender de nuestro ministro, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, y ojo con la frase porque es de Gracián, que era jesuita. O sea que, según nuestro ministro, el orgullo gay tiene premio y derecho, mientras que el orgullo, mayoritario, de no serlo, ha de ser severamente castigado. Lo curioso del asunto es que esa sensibilidad para defender el honor inmancillable de las alegres muchachadas ha experimentado un brusco parón cuando se trata de defender el derecho de los cristianos, sin duda menos interesantes e influyentes en el gabinete del ministro, a mantener una imagen de decencia y dignidad que les ha negado el señor Buenafuente en un video tan insultante como grotesco. El señor ministro no se ha dado por enterado, seguramente por estar entretenido contemplando las joyas audiovisuales que han obtenido los generosos premios de su departamento, aprovechando que el gobierno del que forma parte anda sobrado de fondos para lo que fuere.
La serie de bodrios que han recibido dinero público del ministerio Sebastián incluye auténticos monumentos al mal gusto, la mala educación y la grosería, tales como “España vista desde el culo”, o una animación en que aparecen unos marcianos agresivos y dedicados a la zoofilia y la sodomía mientras el off exalta sus jocosas actividades, o una cinta titulada “Feto y Aborto” que ensalza el carácter surrealista de la biología reproductiva. Es de un cinismo sin precedentes pretender que esta clase de productos puedan servir de sustento a una prometedora industria, cosa que no sucedería ni en Sodoma y Gomorra, menos en un país tranquilo que no acaba de entender como un ministerio que se supone habría dedicarse a asuntos de interés general presta apoyo a semejante bazofia. ¿Quién se ocupará de aplicar a las actividades que promueve este ministro tan peculiar el mismo tipo de vigilancia que él ejerce abusivamente sobre quienes no piensan como a él le gustaría? ¿Acaso no quedan jueces en España? ¿Es que alguien piensa en serio que esta clase de vómitos promueven el interés general?

El champán de los pobres

Estos días ha habido numerosas oportunidades de recordar el dicho de un viejo amigo según el cual el sexo es el champán de los pobres, o una versión todavía más despectiva y clasista que reza que el sexo es cosa de albañiles, esto lo dice una buena amiga. Me he acordado de estos dictámenes porque, como de repente, España entera parecía no tener otra cosa de que hablar: que si los Dragó o los Sostres, que si la Nebrera o el video de Montilla, que si un candidato se desnudaba y en otro partido hacía un papel estelar una figura del porno. No es gran cosa, como se ve, pero llama la atención la tinta que se ha hecho verter con tanta nadería. Va a ser que nuestra pobreza no es ya solo material sino intelectual y moral, y, como para confirmarlo, han aparecido legiones de moralistas mojigatos pidiendo la cárcel para quien se atreva a aludir, sin ni contarlo siquiera, a lo que se llamaba antes un chiste verde. Esta cruzada moral contra la indecencia es otro signo de pobreza muy grave, es la muestra de que muchos no solo tienen vacíos sus bolsillos sino hueca la cabeza, y no de tanto pensar.

Dontancredismo al borde del abismo

La irresponsabilidad de Zapatero tratando de poner por encima de todo sus intereses, y los de su partido, en una situación económica que no admite contemplaciones está batiendo records. Es evidente que el destino de los españoles y de nuestras economías les importa una higa, mientras puedan seguir engañando al suficiente número de personas, a sus víctimas, y protegiendo los intereses de los poderosos con los que se han aliado, y no hace falta señalar. La manera como marean la fecha en la que se modificará el régimen de las pensiones, por ejemplo, y el continuo intento de engañar afirmando que las cosas mejoran son burdas maniobras que irritan en el exterior y que no sirven sino para gravar y hacer más probable una auténtica debacle, una intervención exterior que dejaría el país como estaba en los años cincuenta, por decir algo.
No me asombra tanto su maldad y su egoísmo ciego como la necedad de quienes endosan estas maniobras. La única solución es que este señor y su partido se vayan ya, que convoquen elecciones y que un nuevo gobierno, aunque fuese de ellos, pueda a empezar a tomarse en serio la situación en la que nos encontramos y a tratar de arreglarla, devolviendo la confianza a los mercados y a los que tenemos que emprender cosas nuevas que saquen a España del marasmo en que nos está ahogando el gobierno malhadado de ZP.
Lo siento, no me gusta emplear este tono que se pudiera confundir con el de un radicalismo que repudio y me molesta, pero creo, sinceramente, que no nos merecemos continuar en esta agonía sin esperanza alguna, y que ZP ya solo puede hacer una cosa por nosotros: marcharse.

Tiempos confusos

Vivimos tiempos confusos y hay quienes se aprestan a sacarle un rendimiento a esa negrura. Los españoles estamos descontentos, pero me preocupa que abunden tanto los que quieren llevar cada vez más lejos el motivo y el peso de ese estado de ánimo, con el fin, bastante presumible, de que nos olvidemos de quienes han causado el porcentaje más alto de desastres.
Se nos quiere inducir al pesimismo. Como dice Rafael Núñez Florencio en su reciente libro sobre el tema, la melancolía y el pesimismo son realidades universales, pero en España han criado robusta y diversa progenie. Yo creo que tras muchas de esas actitudes hay, entre otras cosas, pereza e hipocresía. Frente a la tentación del derrotismo, hay que preservar el optimismo y actuar: no es cierto que no haya nada que hacer, hay muchísimas cosas y en muy diversos niveles, de manera que menos quejarse y más energía.

Luz que agoniza

Estos días se ha podido ver en Telemadrid la espléndida película de Cukor en la que una hermosísima Ingrid Bergman soporta de manera resignada las mentiras de Charles Boyer, un criminal disfrazado de amante esposo. Lo que es políticamente interesante en Luz que agoniza es la apabullante capacidad que tiene el poder, en este caso la admiración y el sometimiento que la protagonista siente por su marido, para convertir la mentira en realidad, hasta el punto de poner en grave riesgo la salud mental de la víctima.
Que me perdonen los socialistas por si la comparación les parece hiriente, pero viendo la disertación de Zapatero en los actos de las elecciones catalanas no he tenido otro remedio que acordarme de la película de Cukor, de la retórica con la que se ocultan los hechos y se promueve lo contrario de lo que se aparenta. Resulta que Zapatero habla como si nada de lo que ha ocurrido en estos últimos cuatro años en Cataluña fuese de su responsabilidad, porque, según sus palabras, lo único que han hecho él y los socialistas catalanes es procurar la grandeza de Cataluña, el respeto del resto de los españoles, una financiación justa para Cataluña y sacar adelante un Estatuto que no debiera molestar a nadie. Frente a esa magnífica imagen que Zapatero promueve de sí mismo y de los suyos, el propio líder se queja amargamente de la pequeñez de Convergencia, y de lo que considera más insoportable, del anticatalanismo del PP y, en especial, de las insidias continuas que comete su líder con la aviesa atención de ganar así adeptos en el resto de España. Creo que lo único que le ha faltado a Zapatero es pedir a sus rivales que, por patriotismo catalán, se retiren de las elecciones para que Montilla pueda gobernar como solo él sabe hacerlo.
Zapatero, dotado de una prodigiosa capacidad para la memoria selectiva, olvida por completo el desastre de la economía y el paro en Cataluña, el régimen de corrupción en el que se ha instalado, el desastre de la emigración fuera de cualquier control, por no enumerar más que los daños estructurales, que son claramente causas en las que su responsabilidad no puede ampararse en ninguna maniobra de los convergentes ni en maldad alguna del PP, pero se cree todavía con la autoridad moral suficiente como para ponerles límites a sus aspiraciones, por no mencionar la insufrible eventualidad de que pudieran pactar algo en contra de sus intereses que, en cuanto cruza el Ebro, se convierten en los sacros intereses de Cataluña.
De cualquier manera lo que resulta por completo de película es el hecho de que Zapatero se considere en condiciones de hacer nuevas promesas sociales, lo que él llama su nueva agenda. Olvida, o desconoce, ya no se sabe qué pensar, que el increíble deterioro de la economía española se debe en exclusiva a sus años de gobierno, que ha conseguido pasar del superávit presupuestario a un déficit insoportable sin que nadie pueda explicar con un mínimo de coherencia los beneficios que el país haya obtenido de tan insensato sacrificio. Relega a la insignificancia la dramática situación en que todavía nos encontramos, pese a las medidas de choque, enormemente injustas pero imprescindibles, decisiones no valientes sino inevitables, puesto que no ha tenido otro remedio que tomarlas, estando como estaba bajo la mayor amenaza a la que nunca haya estado expuesto un gobernante español. Y en esta situación se atreve, lo que realmente es digno del mayor de los cinismos, a hablar de nueva agenda social, a sugerir que subirá las pensiones mínimas y que acabará con las limitaciones, a profetizar la creación de millones de puestos de trabajo con las energías limpias que están desangrando las arcas de la hacienda española. Es obvio que trata de que olvidemos lo que se nos viene encima para llegar como sea a las próximas elecciones, a una situación en la que sus votantes incondicionales, esos que debieran mirarse en el espejo del personaje de Ingrid Bergman, le liberen de sus responsabilidades y le dejen en franquía para acometer nuevas fantasías surrealistas.

En la película de Cukor un diligente y apuesto policía, Joseph Cotten, sospecha siempre de las verdaderas intenciones del marido traidor, lo desenmascara ante su esposa, y se lo acaba llevando por delante. Desgraciadamente, la política es ligeramente más compleja que un caso policíaco. Lo que debe preocupar a los electores no es que Zapatero, o cualquiera de sus posibles ersatzs, incluyendo a Rubalcaba, pueda volver a ganar, sino que al policía le diera por seguir tentando a la Bergman con historias similares, por miedo a que pudiera preferir, con todo, a su marido mentiroso. De vez en cuando hay que decir la verdad por dura que sea, incluso en política, y resistirse a hacerlo es un mal principio porque perpetúa la inmadurez emocional de la víctima. Quien no se atreva a decir a los españoles que nos esperan años de sacrificio y de dolor, precisamente por haber endosado las bravatas de un demente político, se arriesga a no merecer la fidelidad de sus electores.

De nuevo sobre el Tea Party y España

Los profesores Rafael Rubio Y Pedro Schwartz han hecho, días atrás, en La Gaceta, un análisis muy cuidadoso sobre la posibilidad de que llegare a existir en España un movimiento ciudadano como el Tea Party. Poco hay que añadir a las razones que han aducido, aunque, en mi opinión, si convendría argumentar que, en cualquier caso, sería lo conveniente, cosa que estoy cierto suponen ambos analistas.
La verdadera cuestión es si es posible que en España se puedan imponer procesos sociales que se inicien desde abajo. Nuestra tradición indica todo lo contrario. En la historia española es casi completamente imposible encontrar un caso de cambio que no haya sido, de uno u otro modo, una revolución desde arriba. Esto es precisamente el cambio que podría haber traído consigo la democracia, pero el hecho es que, en buena medida, ese proceso de maduración ha sido efectivamente cortocircuitado por las instituciones que deberían nutrirse de él.
La democracia española llegó a instalarse, ciertamente con el aplauso del público, pero a iniciativa, sobre todo, de las minorías políticas, de la generosidad de los herederos del franquismo, por una parte, y del interés de los partidos de la oposición, un colectivo que, hablando en serio, apenas pasaría del millar de personas. El reducido número de quienes tomaron parte activa en este proceso explica, por cierto, la importancia que adquirieron los intereses nacionalistas, un asunto que, en verdad, preocupaba muy poco a la inmensa mayoría de los españoles. No pretendo, ni mucho menos, deslegitimar un proceso que tiene tantos aspectos admirables, pero creo que es un error muy grave no mirar de frente a los hechos.
Una vez legitimados por la casi totalidad de los ciudadanos, los políticos no han sentido ninguna necesidad de ampliar el campo de juego y se resisten bravamente a ceder parte de sus poderes, a ser meros representantes, y tratan de comportarse como soberanos absolutos. No cabe duda de que, por feo que resulte el aspecto teórico de esta conducta, ha gozado durante décadas de un consenso social muy fuerte.
Si los políticos hubiesen hecho sólo política, es probable que ese círculo de hierro que les evita el sometimiento efectivo a la voluntad popular se hubiese podido perpetuar de manera indefinida, porque una cierta amalgama de tecnocracia y buenas maneras hubiese podido permitir que el público se dedicase a vivir exclusivamente lo que se llama la libertad de los modernos, a hacer de su capa un sayo en su vida privada, la que más les interesa, sin duda.
Ahora bien, a día de hoy se ha roto el hechizo y ya abundan quienes se quejan de la tiranía de los partidos, de su falta de democracia interna, de su egoísmo político y de sus extralimitaciones. No es el Tea Party, pero es el caldo de cultivo imprescindible para que las cosas puedan comenzar a cambiar. La ecuación se ha roto, de alguna manera, por un error de cálculo que hay que atribuir, sobre todo, a la izquierda zapateril.
Veamos el asunto un poco más de cerca. El respeto a la autonomía del poder político, su derecho a vivir en un Olimpo más o menos lejano, atento únicamente a los lentos y previsibles movimientos de las encuestas electorales, implicaba necesariamente que el poder político cumpliese dos mandatos esenciales que el zapaterismo ha transgredido de modo deliberado y muy grave: en primer lugar, desde el punto de vista del orden práctico, pero no de la importancia, que se realizase una gestión mínimamente ortodoxa de la economía común, y, en segundo lugar, que es en realidad el primero por su trascendencia de fondo, que el poder político no se metiese en aquellos asuntos que el público considera de su exclusiva incumbencia: en temas de moral, de educación o de ordenamiento civil.
Es obvio que Zapatero ha hecho, y plenamente a conciencia, exactamente lo contrario: ha pretendido convertir su mayoría política en una cátedra de moral, imponiendo sus visiones a golpe de ley positiva, lo que ha irritado profundamente a una buena parte de españoles y molestado a todos, menos a la minoría visionaria que confunde la política democrática con la imposición de sus manías, y ha sido, además el responsable de una ruina económica atosigante.
Se dirá que es sólo la derecha quien puede protestar de que haya sucedido esto. No me parece cierto, primero porque creo que existe una izquierda más razonable disconforme con esa contaminación de su agenda política, Y, sobre todo, porque son muchos los ciudadanos independientes que temen que se haya abierto una vía que nadie sabe a lo que pudiera llevar.
Entre nosotros está cambiando el clima social con el que se asiste a la política y, se parezca o no al Tea Party, que se puede discutir, esta situación es completamente nueva. Otra cosa es que la izquierda, y sobre todo la derecha se equivoquen acerca de la naturaleza del cambio y empeoren las cosas, o que la sociedad civil se agote en su protesta, pero no creo. Algo nuevo se mueve bajo el Sol de la vieja España, y es bueno que así sea.
[Publicado en La Gaceta 15 de noviembre de 2010]

Gratis total

La actitud de una gran mayoría de altos cargos socialistas frente a las privatizaciones es de total oposición, como se sabe, aunque se trata de una disposición que admite una excepción muy clara en lo que se refiere a utilizar los medios que la administración pública pone a su servicio, como los coches oficiales, los ujieres o el personal de su entorno inmediato. En este caso, el servicio público y el provecho personal y privado se ven forzados a la armonía, y los jerarcas no pierden el tiempo poniéndole puertas al campo, ya que todo vale para el convento, según reza el dicho popular. Ya se sabe, lo dijo Enrique Barón, que un ministro es un bien público, de lo que cabe deducir que una ministra ha de ser, sin ningún género de duda, aún algo más precioso. Parapetados tras esta presunción, que nadie les discute en el momento del abuso por la cuenta que les pueda traer, son muy abundantes los altos cargos, y las altas cargas, que utilizan servicios que se les ofrecen para cumplir sus funciones públicas como si fueran los señores de una gran casa, viejos aristócratas o plutócratas que no necesitan llevar ni billetes ni monedas en el bolsillo.
Los lectores de La Gaceta han podido enterarse, no sin cierto asombro, de la desenvoltura con la que algunas personas confunden su cargo público con un servicio universal en régimen de gratis total, si leen el reportaje que se publicó el domingo sobre los usos que ciertos mandamases y mandamasas hacen de los parques móviles, y es solo un ejemplo. ¿Qué la ministra quiere bombones? Pues que el chófer se acerque a la pastelería. ¿Qué la responsable de igualdad trasnocha? Pues ¿para qué están los turnos de noche? ¿Qué la vice tiene prisa? Hombre… no vamos a andarnos con respetos al código de la circulación cuando está en juego el porvenir del socialismo, y el del feminismo, si se nos aprieta.
Esta conciencia de exención, esta convicción de poder obrar con impunidad y no solo porque no se sepa, sino por estar por encima de la norma, es uno de los grandes tesoros psicológicos de quienes creen estar en la vanguardia de la ética universal, porque son tan grandes sus servicios a los grandes ideales que están seguros de que ni siquiera un el más escrupuloso rigorista moral podría poner en duda la legitimidad de sus aparentes excesos. En este asunto, como en todos, el ejemplo que han dado los de más arriba ha sido decisivo para disipar las ligeras nieblas de duda o vacilación que pudieran afectar a los de conciencia más exquisita. Desde que Felipe González usó el Azor sin pudor alguno para irse de pesca con sus cuates, o Guerra mandó llamar el Mystere a Portugal para no llegar tarde a una corrida sevillana, los socialistas han entendido bien el mensaje de que los vencedores merecen su recompensa, y de que sería un desperdicio de su tiempo, que tanto apreciamos todos, dedicarse personalmente a los menudos menesteres que ocupan la jornada de las gentes del común, a desgastarse en tareas menores.
Pues bien, frente a esos ejemplos de hipocresía y abuso, hay que decir bien claro que tal clase de conductas es rotundamente inmoral y políticamente intolerable en cualquier caso, pero más aún cuando los poderes públicos están desangrando a los ciudadanos con impuestos cada vez más altos, y haciendo que la deuda pública crezca hasta límites realmente insostenibles y enloquecidos. Este gobierno miente por hábito en lo que dice, pero su mentira más hiriente es lel comportamiento de quienes lo encarnan.
[Editorial de La Gaceta]

Trampas en el solitario

En uno de sus recientes post de su blog Libros y bitios, José Antonio Millán (Las cifras de la piratería) se hacía eco de las notorias falsificaciones que el sector de la edición impresa trata de vender como información en lo que se refiere al llamado pirateo de ediciones digitales de libros. Es realmente lamentable que a la ceguera se le añada una no pequeña dosis de mala voluntad, que explica bastante bien, por cierto, una ceguera tan tonta.
La actitud de gran parte de las industrias de la edición impresa es comprensible, pero inexplicable y está causando un notorio mal al progreso del conocimiento y de la cultura. Mientras no se comprenda que la edición y la lectura digital es el futuro, que será la norma, y la lectura en papel lo marginal, no se pondrá las manos en resolver los problemas que ahora mismo sufre el mercado: confusión, precios demenciales, circulación de malos ersatzs de las obras de interés con nula calidad, ausencia de buenas ediciones etc. No sé lo que pueda durar este estado desastroso, pero sé que los responsables no saldrán de él de manera airosa.

Americana tenía que ser

Mis dos últimas visitas al cine no han podido ser más distintas. He visto, casi a renglón seguido, Copia certificada, de Kiarostami, y, supongo que para compensar, Imparable, de Tony Scott. De la primera poco puedo decir, aparte de que me acordé de cada uno de los huesos de mi cuerpo, de lo incómodo y aburrido que estaba, pese a la presencia de Juliette Binoche, y a que se supone que tenía que verse la Toscana (si es por eso, no vayan). Yo sé bien que este director tiene sus incondicionales y que hay quienes creen que el cine es eso, pero no es mi caso, que aunque sea capaz de reconocer, creo, ciertos valores en la cinta, me aburrí en extremo, pero prefiero hablar de los trenes de Toni Scott.
Aquí tampoco seré nada objetivo, porque mi afición a los trenes me haría ver tres de Kiarostami seguidas a nada que los trenes tuviesen algún papelillo, pero esta de Scott es de las que te meten el ferrocarril en vena. Además no se ve la Toscana, tampoco en la del bueno de Abbas, pero se ve Pensilvania, que no está nada mal.

Siempre he admirado la naturalidad con que los americanos se relacionan con el ferrocarril, una magnífica invención que no parece molestar a nadie, mientras que aquí todo el mundo se empeña en soterrarlo, en esconderlo, ¡qué horror! La película plantea una situación que no es que bordee lo inverosímil, sino que es ligeramente ridícula, pero como suele suceder con esta clase de empresas, el asunto funciona y se consigue crear emoción, intriga. Scott abusa de los efectos, y no es un genio como su hermano Ridley, pero domina la acción y el espectáculo. Además sale Denzel Washington y borda su papel de héroe derrotado y verdadero frente a los cabronazos de los dueños del ferrocarril, o sea que hasta es un poquito de izquierdas, cosa que se compensa con un cierto machismo sentimental que a estas alturas sorprende un poco.

Bueno, que me lo pasé muy bien y que mi recomendación es entusiasta para los que gusten de los trenes… y de las pelis de buenos y malos.