El problema de Rajoy

Son tantos y tan graves los riesgos que nos acechan que puede parecer frívolo fijarse en el supuesto problema de una única persona, aunque sea tan singular como es el líder del PP. Pero la dificultad de que merece la pena hablar no le afecta solo a su persona, porque, para bien o para mal, Rajoy encarna las esperanzas de muchos millones de españoles, que quieren pensar que su llegada al poder significará el final de una larga y absurda pesadilla. En este sentido, el problema de Rajoy consiste en que, al tiempo que suscita esas esperanzas, su perfil político específico no acaba de ser visto con nitidez por una gran mayoría de españoles, o eso dicen las encuestas. Que Rajoy aparezca sistemáticamente por debajo de las expectativas que suscita su partido no es tampoco un fenómeno nuevo: le pasó también a José María Aznar, aunque luego termino convertido, al menos para algunos, en una especie de superlíder. Esto se dice no a cuento de que el inconveniente no sea relevante, porque lo es, un escollo que hay que sortear al menos con tanta habilidad como supo hacerlo Aznar tras el largo e inacabable felipato.
Nadie duda de que Rajoy esté al frente del PP; las dudas se refieren a sí Rajoy va a ser capaz de dirigir a buen puerto ese inmenso capital político que tiene a sus espaldas, porque el paso de una situación de expectativa, por grande que sea, a una victoria política incontestable está lejos de ser automático, sea cuando fuere la fecha, y esté, o no, por medio Rubalcaba.
Lo que Rajoy necesita es que se perciba con claridad que el PP comienza desde ahora mismo a ejecutar una nueva melodía que sea el programa de Rajoy. Y en política, como en la música, las partituras son importantes, pero el ejecutante no lo es menos. Frente a un partido numeroso y con cierta tendencia al caos, aunque no sea más que por su tamaño, Rajoy tiene que conseguir, cuanto antes, que el partido empiece a sonar de manera cada vez más afinada y que la melodía que interpreta sea pegadiza.
Naturalmente, nadie espera que Rajoy descubra nuevas músicas, pero sí que le imprima a la acción política de su partido, que a veces parece diseñada por un estratega beodo, una unidad y armonía, que se concentre en mensajes simples y sencillos, que no dejen al adversario la posibilidad de argüir con eficacia lo que, en cualquier caso, van a gritar por las cuatro esquinas.
Me parece que el primer movimiento de su sinfonía tiene que estar dedicado, por fuerza, a Europa. En estos momentos, Europa significa para los españoles, seriedad, austeridad y salida de la crisis. Si en el pasado hemos podido ser alumnos brillantes de la escuela, debemos desembarazarnos a toda prisa de la condición que hemos adquirido con Zapatero como alumnos que no se toman en serio el curso, que hacen pellas, tratan de copiar en los exámenes, y falsifican notas. Esto quiere decir, contra los infinitos arbitristas que predican reformas radicales, que no se trata sino de volver a hacer las cosas bien, de dejar de disparatar.
El segundo movimiento de la sinfonía rajoyana tendrá que estar impregnado de una llamada a la responsabilidad de todos y cada uno de los españoles. No se trata de prometer, sino de persuadir a todo el mundo de que hace falta que cada uno de nosotros empiece a ser más exigente consigo mismo, y empiece a esperar menos de los demás, para conseguir que esta economía que ahora está embarrancada pueda empezar a ponerse de nuevo en marcha. Naturalmente que todo ello exigirá algunas reformas, pero de nada sirven las reformas cuando el público no comparte el plan general, un programa en el que ni siquiera los controladores puedan trabajar menos y cobrar más.
El tercer movimiento tiene que girar en torno a una propuesta de reducción del gasto, porque cuando el sector público ahoga a las economías privadas no se puede llegar a ninguna parte. Es escandaloso que mientras ha aumentado el paro y no hay financiación para los emprendedores, se hayan incorporado a las, hasta ahora, seguras nóminas públicas a cientos de miles de personas para realizar trabajos inconcretos o inexistentes. Aquí hará falta que Rajoy sepa persuadir a sus adversarios de que se necesita moderación del sector público, que en la Europa liderada por la economía alemana, no caben los derroches. Habrá que pensar en ciertas leyes de armonización y contención del gasto, para que quienes gastan sin ingresar, dejen de hacerlo, y estoy mirando más al oeste y al sur que hacia el nordeste, aunque también allí se hayan cocido habas.
Como se ha puesto de manifiesto con el follón de los controladores, los españoles no soportan el privilegio, de modo que esta clase de propuestas podrá tener un apoyo popular suficiente. Hay que suponer que lo que quede del PSOE estará mejor dispuesto a recuperar el buen sentido, pero hasta que eso sea lo normal, Rajoy dispondrá de casi dos años para hacer lo que hay que hacer sin que nadie pueda tratar de pararle en las calles.
[Publicado en El Confidencial]

Arbitrismo y barroquismo (España en crisis 4)

Siempre he creído que la raíz de esa clase de actitudes, maniqueas y arbitristas, está en una comprensión deficiente de las dificultades y que esta, descansa, a su vez, en la mala costumbre de olvidar que las palabras pueden parecer muy poderosas, pero son, en el fondo, estériles cuando no se acompañan de algo más que ellas, de atención, de cuidado, de respeto, de ganas de aprender. Cuando se actúa sin esta clase de precauciones, cuando se piensa poco, pensar es pesar, sopesar, se comienza a interpretar mal las relaciones entre las palabras y las cosas, y eso conduce fatalmente a un aturdimiento. Es el barroquismo, el modo de usar la lengua que permite que las construcciones lingüísticas se desembaracen de cualquier relación responsable con lo inmediato, con la realidad, con las mediciones, las comprobaciones y los hechos. Un buen barroco construye su discurso de tal modo que nadie pueda desmentirlo: no es difícil ver que esa es la mejor manera de poner la retórica al servicio del dogmatismo.
No se me escapa que no hay fórmulas sencillas de resolver las ecuaciones que unen a las palabras y las cosas, porque las cosas también se hacen con palabras, a su modo, pero cuando la verborrea nos impide la duda, la reflexión, la humildad, se comienza a avanzar por un camino muy peligroso.
La tendencia al barroquismo es una resbaladiza desviación de la cultura española. Nótese, por ejemplo, que por cada pensador o novelista que tengamos podríamos ofrecer capazos de estilistas, de orfebres de la palabra. Por cada Galdós o cada Baroja, que no abundan, tenemos decenas de Umbrales, por ejemplo. En nuestro siglo de oro, cuando la Europa del norte, pero también Italia, se adentraba por el camino de la ciencia, nosotros produjimos infinitos Góngoras, y se perdió el buen sentido cervantino, el aire cotidiano de los magníficos poetas del XVI. Pero ¿tiene algo que ver esto con lo que ahora nos pasa? Me parece que más de lo que se ve a primera vista.

Lo que nos pasa (España en crisis 3)

Vamos a tratar de fijarnos en la cultura de los españoles, y, más precisamente, en nuestra cultura política. En mi opinión tenemos un problema de base que es que nos falta un acuerdo de fondo en una serie de cosas que son esenciales para juzgar cómo va la vida, cómo van las cosas. Se puede decir que esa clase de acuerdos faltan en todas partes, pero lo característico entre españoles es que no parece preocuparnos el hecho de que nos falten, preferimos adaptarnos a la dinámica maniquea.

A mi entender, esa manera antitética de hacer las cosas ha favorecido el arbitrismo, que es uno de los grandes inventos de quienes en este país se tienen por sabios. Un ejemplo para que se me entienda es el tipo de comentarios que los lectores suelen hacer al píe de los blogs, en que vapulean al que se ha esforzado, aunque sea poco, en el análisis para espetarle algo como esto: “lo que hay que hacer es fusilarlos a todos”, o “ya se sabe cómo son los catalanes”, o “¿qué vamos a esperar de la derechona?”, y argumentos por el estilo. Esta clase de “soluciones” se basa en la incapacidad para comprender y aceptar el problema, en la creencia de que nosotros poseemos alguna especie de solución obvia y que solo la maldad del adversario le impide reconocerla de manera inmediata, incondicional y rendida. Pues bien, las cosas no son así, son algo más complejas y aquí se lleva poco el esfuerzo para entender las razones del otro.

Como veremos, esta conducta tiene unas raíces muy viejas y como este país, es, sobre todo, viejo, hemos confundido lo, digamos, natural con lo que hemos ido construyendo paso a paso, y, muchas veces, error, tras error.

Trampantojos y escarmientos

Este gobierno que maneja a su antojo una serie de instrumentos de control, y en especial un potentísimo sistema de escuchas, parece haber encontrado en la persecución del dopaje deportivo otro trampantojo ocasional para tratar de disimular sus carencias y desaciertos. Hace falta ser muy crédulo para sostener que la persecución a Marta Domínguez haya coincidido de manera enteramente casual con un resonante éxito parlamentario de Rajoy y con el hecho de haber puesto a Rubalcaba frente al espejo de las palabras que empleo en 1999 para enjuiciar a un ministro de Fomento que, comparado con el actual, parece el Nobel de la especialidad.
La noticia sobre la posible implicación de uno de los ídolos deportivos más populares ha dejado a los españoles con la boca abierta, y el gobierno se ha encargado de aderezarla y servirla a la hora conveniente para sus exclusivos fines. No hay que olvidar que el responsable último de la política deportiva es el futuro rival del PP para la alcaldía de Madrid, y amigo íntimo de Rubalcaba, hoy por ti, mañana por mí, de manera que, bajo esa premisa, que la Guardia Civil invada el domicilio de cualquiera que convenga a la hora precisa para borrar las portadas de la prensa es un juego de niños en manos de semejantes expertos. Otra de sus especialidades es el manejo de la truculencia, de modo que tampoco hay que extrañarse de que se haya pretendió presentar el domicilio de la atleta palentina como una especie de laboratorio clandestino de toda clase de productos hematológicos y estimulantes. El respeto a la buena fama y a la presunción de inocencia le parece a Rubalcaba música celestial cuando entiende, y siempre es así, que alguien le está echando un pulso al Estado, que es la manera como Rubalcaba se refiere a sí mismo en la intimidad.
El gobierno no tiene, como debería tener, una política de protección de la imagen de nuestros mejores deportistas, sobre todo cuando estos se le muestran más esquivos y escasamente propicios a la adulación y al servilismo. No le importa manchar con la sombra de la sospecha unas ejecutorias ejemplares, con tal de que eso sirva para dar que hablar, y para poner en cuestión el esfuerzo, la idoneidad y la ejemplaridad de figuras que los españoles sienten como suyas, que son el paradigma de una moral de sacrificio y de esfuerzo que, a lo que se ve, no le dice nada a este gobierno que prefiere el gregarismo, la sumisión y que nadie destaque en nada para no dar mal ejemplo. No se trata de que pretendamos poner a nadie por encima de las reglas de juego comunes, o, menos aún, por encima de la ley, pero rechazamos frontalmente la alegría con que este gobierno celebra las supuestas faltas y los errores de nuestros deportistas cuando se ven implicados en un asunto tan enrevesado y discutible como todo lo que tiene que ver con el empleo de estimulantes no permitidos por las normas deportivas.
En lugar de apresurarse a enviar los guardias civiles que parece no tener para encontrar a etarras y hombres de paz, podría procurar que cuando una de nuestras figuras se viese implicada dispusiera de todos los recursos de una buena defensa y, sobre todo, evitar el escarnio de la exposición a la vergüenza pública. No lo hace así, y aprovecha, como si se tratase de concejales del PP, para ejemplificar lo peligroso que resulta en España no hacerle suficientes carantoñas al inquilino de la Moncloa.
Por lo demás, la regulación deportiva en estas materias es lo suficientemente arbitraria y compleja como para que cualquier persona decente pueda defender la inocencia de nuestros deportistas, justo lo que jamás hace este gobierno.

Una situación extraña (España en crisis 2)

Como les decía ayer, ya no nos pasa que no sepamos lo que nos pasa. Ahora lo sabemos muy bien: hay un amplio consenso sobre cuáles son las medidas económicas que habría que adoptar, pese a las diferencias de matiz, y hay un acuerdo completo sobre que la democracia es el sistema y el método: esto, desde luego, no lo discute nadie. Ahora bien, es obvio que pese a esos acuerdos no conseguimos hacer lo que habría que hacer, lo que alguien que no tuviese nuestros problemas y coincidiese con los diagnósticos básicos se pondría a hacer inmediatamente. ¿Qué nos pasa pues? Nos pasan dos cosas básicas que, a falta de mejor nombre, hay que considerar como problemas culturales. Uno, el más obvio, es el que se refiere a ciertas deficiencias de maduración de la unidad política española. Algo de lo que habló días atrás Henry Kamen para decir que los españoles no hemos acabado de construir una unidad nacional plena y satisfactoria. Bien, eso, aparte de Kamen, lo sabe casi todo el mundo, aunque se pueda discutir mucho sobre los detalles, pero no me parece que sea el problema básico, con ser importante. Más grave es otro desacuerdo, y más que desacuerdo, creo que habría que llamarlo algo así como disonancia, que nos hace preferir el enfrentamiento a la colaboración, aunque más en la teoría, y en la lucha política, que en la práctica, aunque también en ella. El cainismo, la bipolarización, se pueden considerar fenómenos muy generales, pero el nivel de gravedad y de absurdo que alcanzan entre nosotros a nada que la cosa se complicque es casi insoportable. Kamen decía que no tenemos héroes nacionales, pero, ¿cómo habríamos de tenerlos si quiien para un español es un genio es siempre un canalla y/o un criminal para otro? Esto es lo que hay que tratar de entender, si se puede.

España en crisis

El Colegio libre de eméritos ha tenido el acierto de editar un libro España en crisis que recoge unos excelentes análisis de Álvaro Delgado Gal, que ha actuado además como editor de los textos, sobre la sociedad española, Víctor Pérez Díaz, sobre la educación, Luis María Linde, sobre nuestra economía, y Alfredo Pérez de Armiñán sobre las instituciones. El libro se lee con facilidad porque, entre otros muchos, tiene el mérito de la brevedad, es decir no se excede en detalles superfluos o en retórica innecesaria.
Ayer tuve la oportunidad de participar en un seminario sobre estos textos que dio lugar a un intercambio de opiniones muy interesante. Varios de los presentes pusieron de manifiesto que la lectura del libro había acrecentado su pesimismo; a mí, por el contrario, me ha movido al optimismo, porque aunque la situación que se retrata, es muy mala, el hecho de que se pueda diagnosticar con tanta claridad mueve a ver con cierta calma el futuro. Es decir que ya no estamos en aquello de Ortega de que “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”.
Aunque hubo una mayoría de intervenciones sobre el aspecto económico de nuestra situación, que no es grave sino muy grave, a mí me interesa más el aspecto, digamos, cultural del asunto. Me explicaré: resulta que hay que entender las razones por las que habiendo, como creo que hay, una unanimidad en el diagnóstico económico, y un acuerdo sobre las fórmulas del proceder político, estamos, sin embargo, en un estado próximo a la parálisis. Sobre esto me parece que hay bastante más que discutir, y a ello emplazo a mis amables lectores en los próximos días.

Manu militari

El gobierno parece haberle tomado el gusto a su proclamación del estado de alarma y acaricia la idea de prolongarlo, si las circunstancias lo hiciesen oportuno, es decir, si, como hasta ahora, no se le ocurre algo mejor. Que unos centenares de controladores persuadidos de su fuerza y literalmente enloquecidos, hayan sido capaces de forzar al gobierno a proclamar el estado de alarma, algo que nunca había sucedido en los anales de la democracia española, indica muy claramente las graves limitaciones en cuanto a capacidad e iniciativa que aquejan a este gobierno falsamente renovado, porque su presidente sigue al frente de la mesa del consejo de ministros. Nadie razonable puede exculpar a los controladores, y hay que esperar que recaigan sobre ellos las sanciones ejemplares que prevea la legislación. Los controladores, sin embargo, no están sometidos al escrutinio político, y es el conjunto de las acciones del gobierno en relación con la situación de base y en relación con el conflicto presente el que merece ser sometido a disección sin que debamos dejarnos impresionar por las solemnes proclamas que el gobierno ha ido realizando para envolver en una nube de buenas intenciones una actuación, cuando menos, notoriamente imprudente, burda e improvisada. Son muy numerosas las voces autorizadas que advierten que el decreto de estado de alarma puede ser radicalmente inconstitucional, pero, aún sin pronunciarnos sobre ese extremo, parece evidente que el gobierno ha querido tapar con gruesos brochazos su incapacidad para evitar que se produjese una situación de caos como la del último fin de semana. No se elige un gobierno para que se dedique a ganarle pulsos a colectivos mesiánicos, o para que haga exhibición de la panoplia de recursos legales que tiene a su alcance ante cualquier conflicto. Lo que cabe esperar de un gobierno es que sepa afrontar las dificultades antes de que se haga inevitable el conflicto, antes que la cerrazón de algunos pueda causa daños irreparables al conjunto de los ciudadanos, y eso, este gobierno no ha sabido hacerlo. Conforme a su oportunismo habitual, el gobierno se ha dejado deslizar por el camino fácil; en lugar de enfrentarse al desafío de los controladores con firmeza y paciencia, parece haber preferido un escenario en el que pueda producirse un escarmiento, si es que finalmente no acaba escaldado en los tribunales.
No se trata solo de que las medidas de gobierno bordeen la constitucionalidad, sino de que este gobierno no sabe actuar más que a trompicones, es incapaz de trazar una estrategia minuciosa y seguirla paso a paso sin trastabillarse. Nos parece muy peligroso y altamente significativo que este gobierno haya decidido dar un golpe sobre la mesa y refugiarse en la legislación militar. Mucho antes de llegar ahí, tendría que haber acometido una serie de reformas legales, la ley de huelga, por ejemplo, en la que estuviesen perfectamente previstos escenarios como el que hemos vivido, pero seguramente sus prejuicios ideológicos y sus alianzas sindicales le impedirán hacer tal cosa, con grave quebranto del interés y los derechos de todos los españoles.
El gobierno ha procedido con notoria imprudencia, con la precipitación propia de quien no conoce bien sus recursos, y ha puesto en peligro la integridad del ordenamiento legal con la excusa fácil de la eficacia; se trata de un precedente muy peligroso que crea, efectivamente, alarma, conscientes como somos de los abundantes tics totalitarios del gobierno.

Lo que el escándalo esconde

Tal vez por estar leyendo El peso del pesimismo de Rafael Núñez Florencio , caigo con más facilidad en la cuenta de que, en realidad, desconozco con precisión los perfiles del conflicto que enfrenta a los controladores con José Blanco, y, por ende, con el gobierno. He leído para tratar de informarme alguno de los blogs de controladores que existen y las opiniones de expertos sobre la legalidad de las medidas del gobierno. He de reconocer, de entrada, que mi prejuicio frente a los controladores es muy grande y que esas lecturas apenas han hecho que disminuya. Pero me parece que deberíamos empezar a considerar con cierta calma los perfiles más precisos del problema y, entre otros, el margen de pura maniobra política que el gobierno ha introducido en este conflicto tan resonante, con gran falta de sentido de la responsabilidad, por cierto.
Aunque no me atreva a decir cosas más contundentes, si me atrevo a insistir en que una parte importante de la responsabilidad de todo este desdichado asunto está en el conjunto de la clase política, y, muy especialmente, en la izquierda, que se ha negado hasta ahora a hacer una ley de huelga como es debido. La consecuencia es que los sindicalistas son señores de la horca, sin regla alguna que contravenga sus designios cuando consiguen poner a personal en guerra. Y eso no puede ser, no debería pasar ni un minuto antes de que se iniciase una ley que serviría para medirle las costillas a esta democracia demediada e hipócrita en que vivimos.

El descontrol del Gobierno

La situación de cierre súbito y total del espacio aéreo sería realmente insólita si no estuviésemos desdichadamente acostumbrados a los continuos disparates, consecuencia de la imprevisión y el desbarajuste de un gobierno a la deriva, superado en todos los frentes por su impericia, su dejadez y su estúpida insolencia.
En esta ocasión, sin embargo, el gobierno no es el responsable único ni del mal de fondo, a saber, la escandalosa situación de privilegio de los controladores y su chulería sindical, ni del desencadenamiento de una situación intolerable. No se nos escapará ni un solo gesto de complacencia con la actitud hipócrita, bravucona, insolidaria y enteramente execrable de los controladores, dispuestos a explotar de manera inmisericorde los privilegios de que gozan. La actitud de los controladores puede considerarse como un fiel reflejo del exacerbado particularismo insolidario que cunde por doquier en esta España a punto de la bancarrota, y que obstaculiza gravemente la salida de la crisis. Su actitud irrita más que la de otros colectivos en huelga, pero no porque los fundamentos de sus quejas sean distintos, se trata de defender lo que entienden como sus derechos, por absurdos e insolidarios que sean, sino porque su nivel salarial está decenas de veces por encima de los del resto de trabajadores.
El gobierno reacciona ahora con furia e indignación, pero apenas hace unos meses tuvo palabras comprensivas y de aliento para los sindicalistas del Metro madrileño, al entender que se trataba de un conflicto que le podía beneficiar, y, en general, trata con algo más que delicadeza las pretensiones, cuyo fondo suele ser tan insolidario y ridículo como las de los controladores, de los dirigentes sindicales de su cuerda.
Solo una ley de huelga podría poner algo de orden en esta pelea sin reglas en que los distintos sindicatos vienen convirtiendo las huelgas que convocan. No deberíamos pasar por alto que el cáncer que permite los despropósitos de los controladores es de naturaleza específicamente sindical: un grupo cohesionado de trabajadores que abusan de su poder de intimidación y su capacidad de hacer daño para obtener un status laboral y profesional que, aunque en el caso de los controladores resulte sangrante, no es de distinta naturaleza que el perseguido por la dialéctica sindical. Si hubiera un mínimo de mercado para poder satisfacer la necesidad de controlar los vuelos, los controladores no pasarían de tener un salario de tipo medio, pero han sabido organizarse para mantener bajo control el numerus clausus que les ha permitido chantajear de manera persistente, al menos hasta ahora. Algún representante de los controladores ha asimilado la responsabilidad de su función con la de un cirujano, nada menos. Además de que la comparación no se tiene en píe, no estaría de más que cotejásemos las respectivas éticas profesionales, y que se nos dijera dónde es posible encontrar a un grupo de cirujanos que dejen a los pacientes en la mesa de operación con la excusa de que haber rebasado el horario legal.
Es necesario acabar de una buena vez con el chantajismo de los controladores y, ya de paso, con las actitudes paralelas de otros colectivos con capacidades similares. Mucho nos tememos que el gobierno, debido a su costumbre de meterse en charcos en que nadie medianamente sensato se dedicaría a chapotear, no acierte a hacerlo, y que en este asunto, en el que convenía un máximo de cabeza fría y de previsión, haya podido sembrar las bases para que futuras sentencias judiciales otorguen a los controladores opíparas recompensas e indemnizaciones a costa de nuestras sufridas espaldas.
El gobierno ha optado por enseñar los dientes calculando que el gesto sería bienvenido por una opinión pública absolutamente harta de los controladores, y convencida de que sus privilegios carecen de cualquier justificación razonable. Pero este gobierno está tan acostumbrado a recular que no es razonable suponer que vaya a acertar cuando decide ponerse valentón. Al margen de que el asunto sea disparatadamente inadecuado para hacer una demostración de fuerza, la verdadera cuestión está en si este gobierno sabe defender nuestros intereses frente a la agresión de un grupo insolidario pero razonablemente bien asesorado sobre cuáles son los derechos que, por insólitos que nos parezcan, les conceden las leyes vigentes.
En realidad, que el gobierno haya declarado el estado de alarma no hace sino confirmar el estado de ánimo en el que vivimos la mayoría de españoles. El hecho de que el responsable último de tantas trapisondas y despropósitos se esconda tras las bambalinas para gloria de Rubalcaba no deja de caracterizar todo este esperpento como una de las grandes hazañas del zapaterismo.
El Gobierno debía haber resuelto hace tiempo este conflicto y no le hubiese faltado apoyo social para hacerlo, por dura que hubiese sido la solución, pero esperar a que se consumen las amenazas y responder con gran aparato orquestal no es lo que se espera de un gobierno prudente. Este asunto se le ha ido lastimosamente de las manos a Rubalcaba, y todavía no sabemos hasta dónde llegarán los lodos.

Yoko Ono y el perdón

Parece que Yoko Ono, que, en su juventud, cuando aún no había conocido a John Lennon, se empeñó en varias campañas contra la forma de administrar las penas en EEUU, porque consideraba erróneo el principio de que las víctimas tuviesen alguna clase de control en la administración de los castigos, al estimar, con buenas razones, que eso era algo demasiado cercano a la venganza, se niega ahora a conceder permiso para que el asesino de Lennon pueda salir a la calle, tras superar diversos controles que avalan su rehabilitación y que harían posible su salida, de no mediar el ceño de la viuda.
¡Qué se le va a hacer! Nadie espera que las celebrities sean más consecuentes que la media, pero no deja de ser ejemplar esta noticia, caso de ser enteramente cierta, que no me consta, porque pone de manifiesto lo endebles que resultan algunos argumentos de los progresistas, de los que arreglarían el mundo en un instante, si les dejasen, claro es que siempre que esa solución no les afectase lo más mínimo en sus intereses.