La «devotio iberica»

La especial fidelidad a sus jefes de algunos soldados iberos llamó la atención de los cronistas romanos; se trataba de un sistema similar a la clientela romana, un pacto de mutua protección entre un poderoso y quienes le defendían, y se lucraban de sus favores.

Eso que producía admiración se ha convertido en un vicio muy hispano en la política, y es una de las trabas más serias que se puedan poner al desarrollo de una democracia, de los valores morales que debiera promover. El devoto de su líder está íntimamente corrompido porque no atiende a razones, ni tiene otro interés que el mantenimiento de su status y el de su jefe. Estrictamente hablando, no representa a nadie, aunque haya sido elegido por los ciudadanos. Solo se defiende a sí mismo y a sus intereses, a través de la prostitución de su lealtad al partido, y a sus ideas, en una lealtad ciega a lo que su jefe decida en cada caso. Para estos tales no existe otro bien que el propio y eso sirve para justificar cualquier mentira, cualquier inmoralidad, cualquier traición y, desde luego, el completo olvido de los intereses de la patria.

No hay expresión más significativa de ese fenómeno que el llamado patriotismo de partido, el hábito de anteponer los intereses, electorales y de cualquier otro tipo, a toda consideración del género que fuere. Quienes así se comportan corrompen desde la raíz los fundamentos de la democracia, secuestran la soberanía popular y traicionan a la libertad, a la democracia, a sus electores y al conjunto de la sociedad.

Mariano Rajoy ha recordado a los diputados del PSOE que sus obligaciones con los españoles están por encima de la lealtad al presidente que han elegido. Me temo que se tratará de un recordatorio inútil, además de que desconozco la autoridad moral de Rajoy para pedir algo como eso, cuando él ha fomentado entre los suyos exactamente lo contrario, por ejemplo cuando controló desde arriba y en su exclusivo beneficio el bochornoso Congreso de Valencia.

Los españoles tenemos un problema con la devotio iberica, con la forma en que la entienden los partidos políticos y nuestra democracia será estéril mientras no se pueda romper ese pacto contra natura y contra la democracia misma. Con el cuento de la disciplina de voto la política española se ha instalado en un inmovilismo estéril y muy peligroso cuando, como ahora, es imperativo que las cosas cambien.

La anomalía española

Una de las cargas más pesadas que ha debido soportar durante tiempo la autoconciencia de los españoles ha sido, precisamente, la de considerarnos un caso especial, y desgraciado, en la historia de las modernas naciones europeas. Un acierto de la transición, y del notable trabajo de los historiadores en ese período, fue que aprendiésemos a considerarnos como parte de un espacio de normalidad, a reconocer que las vacilaciones y errores de nuestra historia social y política también habían sido comunes en nuestro entorno. Vinieron después unos años de prosperidad en los que España pareció empezar una andadura ejemplar, pero fueron años breves tras los que se volvió al despeñadero de la memoria histórica e, inmediatamente, al fracaso económico.

Tal vez no sean rigurosamente indisolubles los empeños por desollar la conciencia del pasado y los errores de política económica, pero ahora forman un bloque berroqueño que supone que nuestro destino consista en soportar una conciencia inmaculada, y una pobreza secular. El caso es que, sea o no cierto el análisis precedente, hemos venido a dar en una situación en que, junto al ahondamiento de una división civil, política y territorial que bien podríamos haber abandonado para siempre, padecemos una crisis económica que se resiste inmisericorde a los exorcismos de un gobierno biempensante, sometido a un ataque agudo de verborrea e improvisación, y que trata los fenómenos económicos como si fueran maldiciones de un enemigo cruel y malévolo, envidioso de nuestra inocencia y rectitud moral.

De nuevo, pues, volvemos a añorar una cierta normalidad política que parece estarnos vedada. Querríamos ser como Alemania o Francia, países en que el gobierno (y la oposición) tienen claro que hay algo que está por encima de sus respectivas ensoñaciones ideológicas, a saber, el interés de la nación. Estas gentes de allende el Pirineo son capaces de olvidarse de sus diferencias cuando se insinúa un enemigo común, mientras que nosotros permanecemos fieles a nuestras esencias mientras el paro, la destrucción, la descomposición social y el hambre avanzan.

Ante una situación como ésta, caben básicamente dos actitudes. La primera de ellas, típicamente española, es la de hacer una objeción a la totalidad: condenar el sistema, lamentar nuestro sino, y echarse a llorar. No seré yo quien niegue que el sistema tenga defectos, los tiene, y no son pequeños; pero, para tratar de arreglarlos, hay que partir de la realidad, no de las ensoñaciones, de donde estamos, no de donde nos gustaría estar.

Hay otra actitud que me parece más inteligente. Hay que preguntarse, en primer lugar, quién es el primer responsable de lo que pasa, averiguar, como escribió Vargas Llosa, “cuándo comenzó a joderse el Perú”. No hay que saberlo por espíritu de venganza, sino por sentido común, porque allí dónde se tomó el mal camino hay que empezar a desandarlo, y si el que cogió el estandarte e indicó el rumbo no rectifica, ya sabemos lo que hay que hacer con él. Traduciendo todo esto a la peripecia política, lo que quiere decir es que hay que exigir de Zapatero una rectificación en toda regla, lo que debería traducirse, necesariamente, en una de estas opciones: la dimisión del jefe de gobierno, la convocatoria de elecciones, o la formación de un gobierno nuevo mediante el pacto político de los partidos o la moción de censura constructiva.

Muchos pensarán que nada de esto va a hacerse y que en eso consiste precisamente el defecto del sistema, en que no deja salidas frente a situaciones de excepción. Pero se equivocan: sí que hay salidas, lo que ocurre es que el interés miope del gobierno y de su presidente, trata de resistir como pueda a ver si, de manera milagrosa, las cosas se arreglan o se lleva las culpas cualquiera que pase por allí. La principal responsabilidad está en las filas del PSOE que son las que pueden impulsar a Zapatero a hacer aquello que no quiere hacer. Es posible que no lo consigan, pero deberán tener muy claro que el precio que pagarán será muy alto, un país que no les perdonará por mucho tiempo, ni su ceguera, ni su egoísmo.

Quienes traten de negar que la situación sea de excepción deberían tener por suficientes una serie objetiva de datos: el crecimiento imparable del desempleo, la parálisis económica, el déficit y el crecimiento de la deuda, la inquietud de nuestros socios europeos por nuestro caso, la actitud del Rey, tal vez inequívoca, pero chapuceramente ejecutada, la desesperanza de los ciudadanos y su rechazo de las razones y querellas de los políticos, etc.

Nuestra anomalía consiste, únicamente, en haber elegido políticos mediocres, en habernos dejado seducir por malas razones, en haber creído en que podríamos seguir atando los perros con longaniza. Ya sabemos que no es así. No incurramos en arbitrismos, en milagrerías. Hay que exigir a los políticos que cumplan con su deber hacia España, hacia nosotros. Sabemos cómo hacerlo, porque no podrán engañar a todos para siempre.

[Publicado en El Confidencial]

En el corazón de Europa

Valiéndose de sus innegables cualidades como simplificador, ZP prometió a los electores llevarnos al corazón de Europa. Esa promesa tenía un aspecto bifronte, porque en ella se podían leer dos posibles intenciones. Lo más obvio era interpretar que España volvería a jugar en el redil europeo en lugar de tratar de clasificarse en las ligas transatlánticas, esto es, olvidarse del amigo americano y volver a las cortes de París y Bonn, más a la primera, por supuesto, porque queda más cerca, y es como más de izquierdas que los alemanes. El segundo significado era el envés de esta promesa un poco absurda, a saber que dejaríamos de intentar nada que pudiera ser distinto a los designios de nuestros mayores, de franceses y alemanes.

La creencia en que los intereses de España se ven mejor protegidos cuando nos plegamos a los deseos de nuestros vecinos más poderosos es realmente curiosa, porque no puede fundarse en nada. ZP intentó explotar las últimas gotitas de europeísmo seráfico que quedaban por España y que les parecieron a algunos un auténtico manjar frente a los insensatos que pretendían asomarse al exterior. De todas maneras, aquello ya es agua pasada. Me parece que sería injusto negarle a ZP su éxito al colocarnos en el corazón de Europa, cuando es evidente que los jefes ya no se molestan ni en llamarnos cuando tienen algo resolver, tan seguros están de nuestra lealtad que no los hacemos falta para nada. Me temo que puedan proponer que ZP sea presidente vitalicio de Europa, dada su perfecta claridad de criterios y su escasa propensión a molestar a los que mandan, que ya tienen a Van Rompuy para que les haga los recados. La presidencia de Zapatero está siendo absolutamente ejemplar, discreta, virtual, funcional, serena y silenciosa. Nadie espera más de él. C’est magnifique!

Además, y como de propina, nunca la prensa europea se ha ocupado tanto de nuestros asuntos: no hay día en que el The Economist o el Le Monde o el Financial Times no nos pongan de ejemplo, e ¡ncluso el Wall Street Journal se hace eco de nuestras políticas! Estamos efectivamente, en el corazón de Europa, en el ojo del huracán, somos la salsa imprescindible de cualquier banquete: deberíamos sentirnos orgullosos y agradecidos a este líder que ha conseguido tanto con tan poco.

Confundir la velocidad con el tocino

En diversos foros se ha hecho referencia a un informe sobre los riesgos de la perdurabilidad de los archivos digitales. Se trata de un problema serio, sin duda, pero varias de las cosas que he leído se remiten a confusiones interesadas, incurren una vez más en la necia glorificación del papel y de la imprenta.

Me parece que es muy importante diferenciar claramente tres cuestiones. En primer lugar, se afirma que los documentos digitales son mucho más vulnerables al paso del tiempo que los documentos impresos, porque los medios de comunicación en la que se encuentran almacenadas son fácilmente afectados por fenómenos físicos, como campos magnéticos, la oxidación, el deterioro material, y por diversos factores ambientales que pueden borrar la información. Si los soportes en papel fuesen eternos e imborrables, entendería la crítica, pero, puesto que no lo son, lo único que parece claro es que hay que ser cuidadosos con los archivos digitales, pero nada más. Sabemos lo que dura el papel, pero todavía no sabemos lo que duran los soportes magnéticos, aunque, a cambio, tienen la increíble ventaja de que nos permiten copias continuas y extraordinariamente baratas que renuevan la duración de los soportes. Realmente hay que ser un poco raro para ver desventajas del archivo digital por este lado.

En segundo lugar, se comete una falacia realmente curiosa cuando se argumenta que la información digital puede no ser entendida por las generaciones futuras. Naturalmente, pero la información en papel también tiene el mismo problema. Bastará con recordar que, como escribió McIntyre a propósito de la objetividad en la lectura de los textos antiguos, “la noción de una traducción intemporal perfecta carece de sentido”. Lo que hará difícil la lectura de nuestros textos digitales a unos supuestos humanos de dentro de 3000 años es lo mismo que nos hace difícil hoy la lectura de textos griegos: nada que ver con el soporte, sí con la historia de la lengua.

Por último, es evidente que puede resultar conveniente no abandonar el archivo de soportes analógicos para garantizar mejor que la información seleccionada sobreviva, pero es una idiotez decir que eso supone hacerlo independientemente de la tecnología, como si la imprenta no fuera una de ellas. Está claro que algunos creen que la imprenta y el papel son dones de los dioses y la era digital un invento de los demonios americanos.

El problema del archivo futuro es muy complejo, entre otras cosas porque cada vez hay más cosas que guardar y cada vez será más difícil hacerlo, pero con solo papel sería ya imposible.

La política de los cielos

[Imagen de portada de la página web de la NASA]



Aunque el asunto sea sobradamente complejo como para que yo hable de él, me parece que Obama le ha metido un buen recorte al programa espacial americano. Como es lógico, siempre que se hace algo así, los políticos dicen que se aumenta el presupuesto, pero ya veremos. La noticia me ha recordado un comentario que dediqué ya hace años a Story Musgrave una especie de astronauta filósofo que hizo unas declaraciones sobre los de su oficio que me parecieron muy clarividentes.

Resulta que mientras, como cada día, nos movemos velozmente de acá para allá, un grupo de astronautas pasean sobre nuestras cabezas. Al parecer, investigan y hasta filosofan a su modo en los ratos libres que les deja el minucioso trato que requiere su casa volandera. Uno de estos superhombres, Story Musgrave, que ya no volará más, planteó a sus 63 años una serie de interrogantes sobre los designios celestiales. En su opinión el programa espacial necesita unos minutos de sosiego para dejar de conducirse por la inercia ciega de un gasto monumental y de unas fantasías seguramente agotadas. No sé si Obama ha tenido en cuanta el parecer de Musgrave, pero lo que ahora se está haciendo con la Nasa, sea acertado o no, responde a ese replanteamiento.

Cree Musgrave que la política y la aventura han dejado paso a la burocracia y el show-bussines, una combinación más frecuente de lo que se sospecha. Los cohetes siguen siendo los de Goddard y Von Braun y el transbordador una nave frágil que no es ni carne ni pescado. La meditación de Musgrave es tan interesante como insólita, porque hay proyectos a los que nunca se les toma la medida ni en gasto ni en sentido.

Se podría considerar casi como una ley general que cuando en una empresa del saber –y la tecnología siempre lo es- hay que recurrir a la propaganda, es que lo que se hace ha perdido en buena medida el interés que nos llevó a meternos en harina. La decepción que, en el plano personal, se puede transformar en sabiduría de la vida es letal, sin embargo, para las empresas colectivas. Sea para mejorar los remedios del cáncer, sea para acercarnos a las estrellas necesitamos una mística, una razón de fondo. Y necesitamos también una esperanza, que se alimente en la creencia de que, poco a poco, vamos avanzando. Cuando faltan ambas, cuando la burocracia se instala en el corazón del proyecto, llega la hora de la mentira, el momento de las añagazas, de hacer creer que se cree en lo que se está haciendo. Y es difícil creer en lo que se hace cuando, como dice Musgrave, se olvida uno de las cuestiones de fondo, aquello en que son especialistas las burocracias.

Ahora parece que se quiere reorientar el trabajo de la NASA, pero se hace difícil ahuyentar la sospecha de que las medidas tengan más que ver con la crisis económica que con la reflexión. De cualquier manera, no está mal que, al menos de vez en cuando, se pongan en cuarentena los planes que pudieran estar viviendo únicamente del dinero que gastan en convencernos de que nos hacen falta. Cuando Kennedy lanzó la carrera espacial, propuso una meta para la nación, porque había que superar a los rusos; ahora no se sabe bien qué es lo que se puede pretender y los políticos se fijan en que hay que adelgazar los programas porque pintan bastos, pero hará falta algo más que eficiencia para proponerse la conquista de los cielos.

Héroes anónimos, símbolos universales

Voy a hacer una comparación maniquea, pero el maniqueísmo puede ser ilustrativo. Repaso mis notas del libro de Javier Ordoñez, Ideas e inventos de un milenio, 900-1900, al tiempo que leo lo que dicen en los medios los defensores de Garzón. Por una parte me encuentro con tipos como John Harrison, Hans Lippershey, o Claude Chappe, a los que casi nadie conoce, y por otra con celebridades universales. Sin los primeros, prácticamente anónimos, y miles como ellos, los hombres seguiríamos en el neolítico o algo similar, pero los segundos pretenden ser embajadores del Paraíso, gentes que no se pueden acomodar al esquema común, a esa pretensión, seguramente fascista, de que nadie esté por encima de la ley.

Los primeros comprendieron que el trabajo gustoso y la invención merecían la pena, más allá de su fama y su fortuna. Los segundos pretenden que lo que ellos digan y/o hagan no sea objeto de controversia, porque pertenecen a una casta superior, a una nueva especie de intocables. Su fama no solo les precede, sino que, a su entender, debiera protegerlos de todo mal, de la investigación de los jueces, del cuestionamiento público de sus intereses, de cualquier presunción de control.

Las soflamas en defensa de Garzón son flamígeras, apocalípticas. Es evidente que esa izquierda divina jamás ha podido entender los fundamentos de la democracia liberal, siempre ven sus instituciones como máscaras que pretenden impedirles el dominio del mundo, la burla de su buena intención, la superioridad moral y estética de sus almas. ¿Puede haber algo más inicuo?

Me gusta verlo de otro modo, como una ironía de la historia. Los del partido de Dios, pues así se llamaban, defendían la suprema verdad de sus convicciones más allá de toda la hojarasca dialéctica de los liberales, de aquella peligrosa doctrina según la cual acabaría sucediendo que nadie fuese más que nadie. Ese horror, que parecía patrimonio de una derecha desaparecida, amenaza ahora a esta izquierda post-comunista e impecable, y comprendo que sea insufrible que el juez que veía amanecer pueda ser un delincuente, lo mismo que parecía insoportable a los carlistas que el Rey Nuestro Señor fuese un pretendiente cualquiera y pudiere acabar por ser, a la postre, un ciudadano extravagante.

Cierta manera de entender la izquierda es el último recurso para sustraerse a la marea de vulgaridad que todo lo inunda, para estar en el pináculo, pero el de Garzón se derriba con ruido, y sus coristas se temen lo peor: que están a punto de perder su condición de símbolos, su sala VIP, su patente de corso universal y tendrán que ponerse a la cola del supermercado, como todo el mundo.

Gramática y política

Una buena muestra de nuestra tradición autoritaria, de que los trabucaires del XIX se han convertido en la policía del pensamiento de nuestra época, es el hecho, realmente inaudito, de que a los que mandan les haya dado por emprenderla con la gramática, eso sí, sin entender ninguna de sus razones. Como consideran que los españoles somos como un hato de ganado, creen que nos pueden dar cuatro órdenes y nos ponemos en fila, aunque lo sorprendente es que el sistema funciona, no con todos, pero sí con muchos.

Un buen amigo, Andrés de la Poza, me manda un texto en el que se ponen al descubierto algunas de las memeces de la neo-lengua de las Pajines. Lo transcribo sin más, pues creo que es lo que desearía la, para mí, desconocida autora, una profesora de música en un instituto público.

CONTRA LA TONTUNA LINGÜÍSTICA, UN POCO DE GRAMÁTICA BIEN EXPLICADA

Yo no soy víctima de la LOGSE. Tengo 48 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política. En párvulos (así se llamaba entonces lo que hoy es «educación infantil», mire usted) empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente: la A de «araña», la E de «elefante», la I de «iglesia» la O de «ojo» y la U de «uña». Luego, cuando eras un poco más mayor, llegaba «El Parvulito», un librito con poco más de 100 páginas y un montón de lecturas, no como ahora, que pagas por tres tomos llenos de dibujos que apenas traen texto. Eso sí, en el Parvulito, no había que colorear ninguna página, que para eso teníamos cuadernos.

En EGB estudiábamos Lengua Española, Matemáticas (las llamábamos «tracas» o «matracas») Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Plástica (dibujo y trabajos manuales), Religión y Educación Física. En 8º de EGB, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de «b en vez de v» o cinco faltas de acentos, te suspendían.

En BUP, aunque yo era de Ciencias, estudié Historia de España (en 1º), Latín y Literatura (en 2º) y Filosofía (en 3º y en COU). Todavía me acuerdo de las declinaciones (la 1ª.: rosa, rosa, rosa, rosae, rosae, rosa en el singular; -ae, -ae, -as, -arum, -is, -is, en el plural; la segunda;-us, -e, -um, -i, -o, -o, en el singular; -i, -i -os, -orum, -is, -is, en el plural; no sigo que os aburro), de los verbos (poto, potas, potare, potabi, potatum, el verbo beber), de algunas traducciones («lupus et agni in fluvi ripa aqua potaban; superior erat lupus longeque agni»: el lobo y elcordero bebían agua en el río; el lobo estaba arriba, lejos del cordero; «mihi amiticia cum domino erat»: yo era amigo del señor).

Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las «Coplas a la Muerte de su Padre» de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega o a Espronceda… pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección. Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura. Aprendí que se dice «Presidente» y no Presidenta, aunque sea una mujer la que desempeñe el cargo.

Y… vamos con la Gramática. En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es «atacante»; el de salir es «saliente»; el de cantar es «cantante» y el de existir, «existente». ¿Cuál es el del verbo ser? Es «el ente», que significa «el que tiene entidad», en definitiva «el que es». Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación «-nte». Así, al que preside, se le llama «presidente» y nunca «presidenta», independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción. De manera análoga, se dice «capilla ardiente», no «ardienta»; se dice «estudiante», no «estudianta»; se dice «independiente» y no «independienta»; «paciente», no “pacienta»; «dirigente», no dirigenta»; «residente», o «residenta”.

Y ahora, la pregunta del millón: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son «periodistos»), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

No me gustan las cadenas de correos electrónicos (suelo eliminarlas) pero, por una vez, os propongo que paséis el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no «ignorantas semovientas», aunque ocupen carteras ministeriales).

Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el violinisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!

Finis coronat opus

No sé cómo lo hacen otros, pero yo vivo entre libros a medio acabar. Supongo que es cosa de la edad, pero también de la curiosidad; el hecho es que siempre empiezo unos cuantos libros antes de acabar los que se supone que estoy leyendo. Me parece que esto puede tener algo que ver con la manera de viajar; hay quienes se empeñan en llegar al fin previsto, y quienes se pierden por caminos adyacentes para encontrar lo nuevo. El día tiene veinticuatro horas, y se ve lo que se ve. De todas maneras, yo viajo más deprisa que leo y, al final, más o menos, libros desflorados y sin provecho no quedan tantos.

Acabo de leer Valquiria, un librito de Peter Steinbach en el que se inspiró la película de Bryan Singer protagonizada por Tom Cruise. Había visto previamente la película, que me pareció bastante buena, y me ha resultado curioso leer sobre Claus von Stauffenberg viéndole con la cara de Tom Cruise (por las fotos creo que Cruise, que hizo un papel muy bueno, se le parece bastante). La verdad es que cuesta bastante entender a un personaje tan distinto y complejo como el del militar alemán, pero, aunque no se compartan las brumas ideológicas en que vivía, no hay más remedio que admirar la nobleza de su carácter y, por supuesto, su valor, su desprecio a la muerte.

Lo que me mueve a escribir hoy sobre esto es una observación de Steinbach que explica muy bien el hundimiento, una característica del poder político, que siempre tiene algo de terror, que sigue plenamente vigorosa y explica muchos desastres: el miedo a admitir la verdad, incluso entre camaradas leales.

Según Steinbach había muchos generales en situación penosa desde el punto de vista militar que ni siquiera estaban dispuestos a informar al alto mando del Ejército de la verdadera situación en el frente. Extrapólese a la conducta ante el Führer, y se entenderá su locura extrema de los últimos días. La tenue línea que existe entre mantener la esperanza y sucumbir, es siempre traidora, pero cuando se vive del miedo y la adulación al líder, esa línea se sobrepasa mucho antes de lo que nadie imagina.

Los partidos y la democracia

Si en lugar de ser un partido político, Unión Mallorquina fuese cualquier otro tipo de entidad, nadie dudaría, hoy por hoy, de la conveniencia de disolverla, dado el volumen de los delitos y escándalos de corrupción en que se ha visto envuelta. Pero es un partido, y eso tiene, entre nosotros, la etiqueta de intocable. Apreciamos la democracia por sus ideales, pero padecemos sus defectos. El abismo entre unos y otros se debe a los partidos, unas organizaciones opacas, y ajenas a cualquier clase de control.

Las carencias de los partidos no tienen arreglo legal, se trata de algo más grave y más profundo, de una serie de lacras de la cultura política dominante, que se nutre de una tradición autoritaria.

Más allá de las definiciones constitucionales, los partidos españoles son organizaciones dedicadas al reparto de poder e influencias que parecen funcionar, únicamente, cuando todos los miembros de un cierto nivel consolidan sus posiciones e intereses procurando que nada se mueva sin su control. En su vida interna no hay nada específico de las democracias. Son formaciones que priman la mansedumbre, la disciplina, el dogmatismo, la fidelidad, la rutina… podríamos seguir hasta cansarnos, de modo que llegan a subvertir, casi por completo, su función legítima. Los partidos están anulando las instituciones.

La democracia española, como si se sintiese maldecida por la voluntad de Franco, quiso evitar a todo trance lo que se llamó la “sopa de letras”, la infinidad incontrolable de organizaciones, y la ingobernabilidad… y apostó por el orden y la estabilidad. Al hacerlo no tuvo presente que existen otra clase de defectos, no menos graves, frente a los que nuestro sistema parece impotente.

Los partidos se sienten por encima del bien y del mal y, en consecuencia, han acrecentado su poder más allá de cualquier lógica. Las instituciones son un mero escenario en el que se representa el argumento que han decidido las respectivas cúpulas partidarias, de manera que, salvo para dar cargos, están de sobra. No habrá en ellas, por tanto, control del Gobierno sino, si acaso, confrontación entre dos líderes, cuando existan.

El poder judicial, las universidades, las cajas de ahorro, los medios de comunicación, y un sinfín de cosas más, están controladas por los partidos, sin que su presencia tenga el menor fundamento legal. Lo que ocurre es que los partidos se han convertido en complejísimas empresas de fingimiento, en organizaciones dedicadas a la simulación y a la mentira.

En lugar de servir a una sociedad democrática, los partidos se han apropiado de ella y, en consecuencia, la democracia no funciona ni siquiera medianamente bien. ¿Es normal, por ejemplo, que con la situación económica que padecemos, el Parlamento sea una balsa de aceite en la que los diputados proceden a adjudicarse privilegios sin el menor pudor? ¿Es normal que tengamos un gobierno tan insustancial y pusilánime? ¿Es admisible que la oposición no tenga otra preocupación que su ritual de aspavientos a la espera de las previsiones sucesorias?

Como subrayó Robert Dahl, la democracia consiste en poliarquía, y nuestros partidos son monárquicos, algunos, incluso, monarquías hereditarias en las que el líder saliente invista al entrante con su gracia para que nadie se inmute, y todo siga como es debido.

No hay nada en el ordenamiento jurídico que impida que los partidos sean lo que debieran ser, pero ni la participación ni las opiniones ajenas les suelen interesar nada a los que en ellos mandan; les basta con sus sondeadores, y con el ritual y la carnaza con electores cuya fidelidad perruna se fomenta con un maniqueísmo vomitivo.

No hablamos de teorías, es la realidad inmediata y dolorosa. Que ZP no tenga alternativa creciente en el seno de su partido puede llegar a ser un auténtico drama nacional, visto lo que está haciendo en el gobierno, y nuestra aceleración hacia el despeñadero. Que el PP siga siendo un partido sin sustancia ni atributos, oportunista y ausente ante la profundidad y el alcance de la crisis es, además de intolerable, realmente insólito. En Génova se afanan en urdir disculpas para posponer el Congreso del partido, porque temen que, dado el atronador descontento, ahora no se podría celebrar con papeletas en la boca, una decisión tan aberrante como justificar que un gobierno aplazase las elecciones previstas por temor a perderlas. Mal, pues, en el Gobierno sometido a una especie de autócrata, y en la oposición controlada por un quietista.

¿Tiene arreglo todo esto? Sí, pero sin arbitrismos, imponiendo en los partidos la cultura competitiva y libre sin la que las democracias se convierten en una caricatura, en partitocracias autoritarias. Necesitamos más patriotismo, fomentar una ética política que sancione el abuso de poder y enseñe a preferir el interés común por encima de lo propio, algo que no abunda en los partidos y, menos aún, en los nacionalistas.

[Publicado en El Confidencial]

El enigma Zapatero



Un sabio y viejo amigo, que no creo que haya votado nunca lo mismo que yo, me manda testimonio de un antiguo Diccionario marítimo español en que se puede leer una definición de “zapatero” («dícese del que maniobra, o ha maniobrado mal o no entiende la maniobra») que le cuadra admirablemente al falso leonés que nos gobierna.

No quiero exagerar, porque mi amigo es uno de esos raros liberales de izquierdas, o eso creo, pero me parece que no me hubiera mandado esta definición hace un par de años, aunque a mi me habría parecido igualmente casual y precisa.

Sobre ZP circulan varias versiones extrañamente incompatibles. Para aclararnos, las reduciré a tres. Está la versión siniestra que lo considera como una especie de demonio decidido a causar el mal de los españoles; existe también una versión, digamos, benigno-cínica que lo imagina como un tipo iluso y con gran capacidad de camuflaje. El mejor retrato de esta segunda versión es el que le ha hecho en El líder patológico, un escritor de blogs enormemente mordaz, Benjamíngrullo, que he tenido el placer de conocer gracias a otro genio, a Santiago González.

La tercera versión sobre ZP, lo considera, simple y llanamente, como un incompetente, es decir, tal y como dice el Diccionario, como un tipo que no entiende lo que se supone que está haciendo.

Yo abogaría por una visión sintética, sin olvidar las contradicciones en que forzosamente se habría de incurrir. Cualquiera de esas versiones tiene un factor común realmente notable: hay que hace lo que sea para librarnos del personaje. Los que debieran tener más interés son los que todavía le sostienen. Por eso el envío de mi amigo me parece esperanzador.