Cómo se distinguen las supercherías

Esta es una pregunta que, aunque se pueda hacer en general, no se puede responder del mismo modo. En realidad, lo único que deberíamos aprender es a distinguir a quienes quieren engañarnos, siempre a cambio de algo, frecuentemente innoble, de quienes no lo intentan. Tampoco eso es fácil, y seguramente uno de los trucos más eficaces del diablo, como suele decirse, es convencernos de su inexistencia (lo lleva bastante bien, por cierto), esto es, de que no intenta engañarnos.

A los diablos de andar por casa los descubrimos con cierta facilidad a nada que comprobemos los efectos de haberles hecho caso. Es razonable que el tiempo nos pueda librar de muchos de ellos, por tanto, pero de diablos más sutiles es difícil protegerse, y nunca se sabe por dónde pueden acabar apareciendo. Todo esto lo digo a propósito de las dificultades que experimentan muchos de mis alumnos, chicos y chicas listos y de buen nivel, para distinguir entre que algo sea una falsedad, y que algo sea una mentira. El uso poco cuidadoso de la lengua lleva a carencias tan curiosas como esta. Lo que debiera preocuparnos no son los que dicen cosas falsas, en tal caso no podríamos vivir, sino aprender a evitar a quienes tratan de engañarnos. Entre los que dicen falsedades (sin saberlo) puede haber, y frecuentemente hay, gentes excelentes, personas de vida feliz y admirable. Está claro, pues, que hay falsedades que pudieran resultar muy nutritivas y rentables para la gente común. Los que se dedican a saber y a investigar, por el contrario, tienen que estar muy atentos para escoger bien sus buenas compañías, ya que pudieran no ser las que lo parecen; ya sé que es difícil, pero, si no lo hacen, que no se pongan las medallas, ni siquiera las que otorgan los bobos.

Estar considerado como el mejor del mundo

Febril como estoy, me he asomado algo más de lo corriente a la tele, y he reparado en tres ejemplos de una costumbre muy nuestra, y muy paleta, consistente en elogiar cualquier cosa diciendo que está considerada como lo mejor del mundo, se entiende que en su género. En este caso, y en un único día, lo he oído decir de los bomberos de Madrid, de una unidad de rescate de alta montaña de la Guardia Civil, y de un taller de restauraciones de automóviles clásicos.

Es curioso que sepamos compatibilizar tan bien nuestro patrioterismo de campanario con la costumbre de denostar, tal vez con algo mayor fundamento, las cosas más variadas por el hecho de ser españolas. Se ve que no nos gustan los matices ni las precisiones, o los mejores, o una auténtica porquería.

Somos amigos de la hipérbole y enemigos de la comprobación; queremos que nuestra palabra sea ley, y lo mismo que, en ocasiones, no reparamos en elogios, otras veces pensamos que los demás atan los perros con longaniza.

Los controladores, Blanco y la gripe

Como estoy febril, dice el médico que es gripe, aunque estoy vacunado, no respondo del todo de mis opiniones. El caso es que me está empezando a caer bien el Ministro de Fomento, y mis amigos del PP dicen que eso puede ser grave. El ex-Pepiño está empezando a coger madera de estadista, aunque no lo tenía difícil sustituyendo a Maleni.

Blanco empezó por desbloquear los planes de inversión que afectaban a Madrid y, de momento, les está ganando la partida a los controladores que son algo así como el Tío Gilito de la empresa pública. Que unos sujetos que trabajan bastante menos de la mitad de las horas que el común, y eso los días que trabajan, se puedan calzar salarios cercanos al millón de euros es algo que produce estupor, aunque, en realidad, sea una muestra más del descontrol absoluto en el que se mueven infinidad de cosas en España.

Los controladores no son una excepción, son, si acaso, el caso más escandaloso del tejemaneje público, del abuso general al que se somete al contribuyente, aprovechando que mira para otro lado. Mis felicitaciones a Blanco, y mi censura más hosca a los listos de turno que quieren hacernos ver intenciones torcidas tras su enfrentamiento con los señores controladores. Seguramente las tiene, está en su derecho, pero no son peores que las del enorme número de políticos que nunca hacen nada, y que si fueran ministros de Fomento les subiría el sueldo para ahorrarse conflictos. Que el PP hay hecho esta clase de comentarios marisabidillos indica lo bajo que está su nivel, y vuelve a dar la impresión, una vez más, de que todo vale con tal de que Rajoy se apoltrone en Moncloa… y les suba el sueldo a los pobres controladores.

Lost in translation

Tomo el título de la estupenda película de Sofía Coppola que pintaba a dos neoyorquinos perdidos en Tokyo, en medio de toda clase de neones y reclamos, profundamente desconcertados, y a pocos pasos de hacer una locura. Así está nuestro gobierno, casi completamente incapaz de hacerse una idea medianamente correcta de lo que está pasando, de lo que puede pasar, de lo que ocurrirá seguramente si no se acierta a evitarlo.

Los políticos son esclavos del día a día, un lapso en el que apenas parece que ocurra nada, mientras la sociedad española está desorientada, temerosa, al borde del pánico. Cada vez es más compartido el diagnóstico de que nos encontramos ante una de las crisis más profundas de la historia reciente, al tiempo que nuestros líderes actúan como si nos hallásemos ante una rutina ya conocida. Nuestra crisis es, a la vez, institucional, territorial, política, económica y social, y es grave en cualquiera de sus aspectos, pero los políticos parecen empeñados en que la realidad no les amargue su dolce far niente.

Sin haber llegado al ecuador de la legislatura, las preocupaciones de los ciudadanos parecen extrañamente ajenas a la fórmula política elegida en 2008. Lo que pasó entonces, lo estamos empezando a pagar ahora, y se extiende una honda preocupación por lo abultado de la factura. Con una crisis ya claramente iniciada, el objetivo de Zapatero en 2008 consistió en convencer a los lectores de que, en lugar de dirigirnos al desastre, avanzábamos de manera decidida hacia ‘El Dorado’. Según aquel delirante relato, Italia ya había sido superada por nuestra creatividad, y Francia nos miraba por el retrovisor, asustada e incrédula. Zapatero, como los padrinos rumbosos, regalaba cheques. Su estrategia triunfó y consiguió convencer a muchos de que, ¡por fin! podríamos empezar a ser ricos y de izquierdas.

Quienes le creyeron, siguieron impávidos celebrando sus guateques y gastando lo que no tenían, pero la música se fue haciendo cada vez más tenue y equívoca. Entonces Zapatero recurrió a medicinas más radicales, y llamó antipatriotas a los que sugerían que la fiesta se estaba terminando, pero el patriotismo de los españoles, cansino a la postre, no fue suficiente, y Zapatero empezó a ingeniar nuevas maniobras de distracción, a la espera de la conjunción planetaria con Obama, o a la de cualquier otro milagro, mientras seguía tirando de las reservas. Ahora, la cartera se ha agotado y comienza a pedir préstamos hasta al servicio de cocina de La Moncloa, que es amplio y tiene capacidad de ahorro.

Lo peor que le puede pasar a una democracia es que las elecciones no sirvan para resolver los problemas planteados. Eso es exactamente lo que nos ha pasado a los españoles, y la discreta dimisión de Manuel Pizarro ha venido a recordarlo de forma dolorosa. En lugar de enfrentarnos prudentemente con una crisis que ya se adivinaba virulenta y con múltiples brazos, pusimos a prueba el método del disimulo a ver si la crisis pasaba de largo, pero no lo hizo. Zapatero nos conoce bien, sabe que abundan los que, ante la situación actual, afirmarán que es ridículo que la derecha les acuse de dilapidar sus ahorros cuando la crisis es culpa de sus socios capitalistas y americanos y que, además, y bien visto, la herencia no era para tanto, de manera que, quod erat demonstrandum, Zapatero y su izquierda no serán responsables de nada de lo que nos pase.

Pese a ese cómodo colchón protector en la opinión de la peculiar izquierda hispana, de esos genios que creen que la prosperidad es algo natural y la crisis fruto de una conspiración de los ricos, Zapatero comienza a estar inquieto. ¿Qué le pasa a Zapatero? ¿No cree ya en sus recetas tradicionales, en el optimismo, en la confianza?, ¿Ya no piensa que los augures y los expertos se equivocan y los poetas leoneses aciertan? Alguien con mucho poder, algún amigo de Bruselas, si le queda alguno, ha debido de llamarle al orden, algún asesor de extrema confianza ha debido de decirle que las críticas y las alarmas de la prensa internacional no son del todo absurdas, y al pobre casi le da un aire.

Que le hayan dicho que los euros hay que cuidarlos, y, que si no se hace, tendrá que atenerse a las consecuencias, que no serán ni pocas ni agradables, le ha impresionado fuertemente. Se ha visto obligado a aguzar su capacidad de improvisación. Lo primero que se le ha ocurrido, que los candidatos a la jubilación se esperen un par de años, es una buena muestra de por dónde piensa moverse, de lo que nos espera. Zapatero, el arbitrista con dinero, parece pensar que su arbitrismo funcionará también con la bolsa vacía, y ahí pueden empezar a crecerle los enanos, a aparecer estadistas en el PSOE, a descubrirse que la unanimidad sin prórroga a la vista se puede venir abajo. Los nuestros pueden empezar a ser muy suyos, porque si de algo están ciertos sus conmilitones es que, por encima de todo, habrá que salvar los muebles.

[Publicado en El Confidencial]

El veneno del populismo

En uno de los discursos de su Teatro crítico universal, titulado Voz del pueblo, argumenta Feijóo contra el error, y la malicia, de tomar la opinión de los más como regla de verdad. Se trata de un argumento que sirve tanto en el aspecto teórico como en el moral. A este respecto no se anda Feijóo con chiquitas respecto a sus compatriotas y escribe con rotundidad: “Toda provincia es Iberia para producir venenos”.

He recordado este pasaje a propósito del escándalo que se está organizando en España con las propuestas, si es que lo fueren, del Gobierno para retrasar la edad de jubilación y medidas similares. El macizo de la raza y la cultura barroca de una inmensa mayoría de españoles reacciona con indignación, cuando lo oportuno sería el cálculo. La mayoría se resiste a reconocer el costo de los errores cometidos en su nombre, pero va a dar igual, porque la verdad es la verdad, la diga Agamenon o su porquero, aunque ya sabemos que éste, tantas veces vapuleado, es un poco suspicaz y aparenta ser incrédulo.

La democracia inmadura con la que nos decimos libres, está sometida a censuras absolutamente inadecuadas, a pruebas de limpieza de sangre, a legitimismos de lo más variopinto. Por eso el Gobierno no se atreve a ser consecuente con los desastres que no ha sabido evitar, y la oposición tiene miedo a decir que, cuando rectifica, el gobierno se acerca a lo correcto. El PP tiene pavor a que se le identifique con políticas antisociales, si es que eso significa algo.

Pero sin liderazgo, sin valor, sin poner el destino común por encima de las conveniencias, sin olvidar que pueda ser peor ganar con trampas que perder con argumentos y con convicciones, no se acabará con el predominio de la demagogia populista, un terreno en el que el PSOE siempre irá por delante, aunque sea hacia el abismo.

Mientras el PP no consiga evitar la sensación de que tienen a su victoria personal (Mariano&Cospedal) como el bien supremo, y que, por tanto, sacrificarán a ella lo que pudiere hacer falta, no saldremos de esta, salvo milagro.

Factual devuelve el dinero

Factual es el nombre de un nuevo periódico, si se puede llamar así, de un informativo digital. Se lanzó a la red mediante una campaña muy llamativa. Su principal novedad fue que iba a ser un periódico de pago, un curioso experimento. Su mayor atractivo, el que estuviese dirigido por Arcadi Espada, un periodista y escritor (aunque la conjunción me parezca innecesaria, es muy usual) cuyos textos sigo con asiduidad, provecho y gusto. Fui de los que pagaron sin vacilar lo que se pedía para acceder a un invento tan atrevido y original.

Hace tan solo unos día Arcadi ha dimitido, y ha explicado a sus lectores que no estaba en condiciones de garantizar la continuidad del proyecto en el que se había y nos había embarcado; luego vinieron más cambios, y pronto se anunció que el medio iba a dejar de ser de pago, es decir, un experimento abortado con gran prontitud.

No puedo decir que Factual me gustase, en realidad me parecía, sobre todo, un intento inmaduro y muy alejado de lo que se suele entender por un diario, pero el aprecio de Arcadi por una objetividad esforzada, y su calidad literaria, me compensaron del gasto y fueron capaces de mantener la motivación para el ojeo diario. Aunque el nuevo director, Juan Carlos Girauta, es también un escritor estimable y al que he seguido, con menos asiduidad que a Arcadi, pero con alguna frecuencia, no pensaba seguir leyendo Factual, porque había perdido uno de sus mayores atractivos.

Ha habido una noticia sorprendente que, sin embargo, me ha hecho cambiar de actitud. Factual va a devolver el dinero a los que pagamos por una suscripción a algo que ahora va a ser gratuito. El hecho me parece tan asombroso, en especial si se lleva efectivamente a cabo, que volveré a dar al digital una oportunidad. Les deseo suerte y que acierten a hacer algo que me guste más de lo que me gustaba.

Los políticos, a lo suyo

Hay políticos que ni siquiera se ocupan de disimular que, por encima de todo, les mueve su interés. Otros, son más cuidadosos, pero, para nuestra desgracia, no estamos sabiendo penalizar como es debido esa fea malversación que es tan frecuente.

La secretaria general del PP ha recibido muchas y merecidas críticas por su absurda posición en la cuestión de los almacenes de residuos nucleares; no se ha dicho, sin embargo, que resulta muy verosímil imaginar que esa posición esté determinada, sobre todo, por su interés en ganar las elecciones, no en la victoria del PP, sino en su propia victoria. Al PP le pueden convenir otras posiciones, pero ella está a lo que está, como ya ha sucedido en otras ocasiones con las cuestiones del agua y de los trasvases.

El PP incurre con frecuencia en ese feo vicio del particularismo que creíamos reservado a los nacionalistas, pero, a lo que se ve, no hay que denominarse nacionalista para actuar como ellos lo hacen. Es tremendo cómo el posibilismo más descarnado, y más necio, puede tirar por tierra el legado de Aznar, la política que llevó al poder al PP en 1996 y en el año 2000. Ahora muchos del PP parecen haber perdido cualquier identidad y estar reducidos a la mera condición de cazadores de votos. Es inmoral, pero, sobre todo, es un error fatal. Sobre la conciencia de quienes así actúen caerá, más pronto que tarde, el peso de la responsabilidad histórica de prorrogar la vida política del peor gobierno de la democracia.

La película que Zapatero debiera ver

Como decíamos ayer, se ha reprochado a Invictus el dar una imagen excesivamente hagiográfica de Mandela. Ya dije que la objeción no tiene sentido, porque Clint Eastwood se centra en una historia muy particular y se atiene a ese hilo conductor, lo que siempre es una opción perfectamente legítima. Ocurre, no obstante, que hace falta ser un tipo muy retorcido para no admitir que la historia escogida es realmente ejemplar.

La cosa consiste, nada menos, en lo siguiente: Mandela que se ha pasado 27 años de cárcel bajo el dominio del apartheid, se opone a que sus compañeros de partido ajusten cuentas con ciertas formas de maltrato simbólico que pudieran ser vividas por los blancos como una humillación. Cualquiera pensaría que hubiera sido lógico que los blancos, que habían perdido la batalla política, tuviesen que tragar alguna deshonra simbólica, pero Mandela se opone con una razón ejemplar: la construcción de la nueva Sudáfrica necesita de todos. Mandela pone en juego su liderazgo y su prestigio para mostrar lo que hay que hacer: que los símbolos de exclusión se conviertan en emblemas de la nueva nación, sin perder su atractivo para quienes los veneraban, como, por ejemplo, el equipo de rugby.

Mandela fue tan generoso como inteligente, pero, sobre todo, supo ser generoso y por eso merece la admiración y la gratitud universal; supo poner bálsamo en las heridas y predicar una reconciliación sin la que sería imposible evitar situaciones terriblemente complicadas e inciertas. Pensó, correctamente, que el pasado se reinventa y, de algún modo, se salva, construyendo un futuro mejor para todos, perdonando y mirando a lo que hay que hacer, no a lo que sufrieron.

Los españoles tuvimos un Mandela colectivo en la transición, pero ahora hay quienes se empeñan en enfrentarnos de nuevo con las guerras de nuestros abuelos. Son escasamente inteligentes, son perniciosos, y aunque luego proclamen su admiración por Mandela, es evidente que no han sabido apreciar el potencial de la reconciliación y de la unidad, que sólo saben vivir de la desunión, de la perpetuación de los agravios, tantas veces inventados. Fueron otros quienes padecieron la injusticia, la violencia y la guerra; además, muchos de estos valientes a deshora descienden más directamente de viejos verdugos, que de las víctimas con las que, hipócritamente, pretenden identificarse para escarnio de sus adversarios políticos.

El genio y la mala uva

A propósito de la muerte de Salinger, pero también con motivo de la película de Clint Eastwood sobre Mandela, se ha podido leer estos días comentarios que dan por hecho, entre otras necedades, que el genio es incompatible con la bondad, más o menos. Así a Clint se le reprocha que el retrato mandeliano sea demasiado edulcorado, como si la biografía del líder africano no diese para elogios, o la película se viniese abajo por no ver a Mandela en cualquier postura indigna. En el caso del escritor se repite que su creatividad solo puede entenderse a partir de una infancia atormentada. En fin, supongo que todos los que escribimos más de una carta al trimestre producimos bobadas de tamaño similar, pero siempre me recuerdan al conferenciante que al decir a su público aquello de que “los hombre geniales crean las frases brillantes y los mediocres las repiten”, vio como un asistente decía en voz alta: “La Rochefoucauld”.

La película de Clint Eastwood, Invictus, es tan perfecta como pueda serlo cualquiera que lo sea. Claro que para verlo claro, conviene tener algunas nociones sobre qué es el cine, y bien pudiera ocurrir que gente estragada de ver arte y ensayo, como se decía antes, no sea capaz de distinguir una buena película de, por ejemplo, una esquela, y tome el santo por la peana. Además hay mucha gente que se cree que lo de emocionar es fácil, y así nos va.

Sobre Salinger se insiste en que El guardián en el centeno es algo así como literatura juvenil, lo que es un error equivalente a tomar a Velázquez por enano. La novela de Salinger es un portento de humor y de misericordia hacia el tipo de bobadas que casi todo el mundo ha hecho en la adolescencia, pero no tiene nada de juvenil. Yo la leí ya lejos de los años mozos, y quizá eso me permita distinguir el retrato de la intención. Salinger era un tipo raro, pero ¡anda que no hay tipos raros que no han escrito una línea que merezca la pena!

La marcha de Pizarro

Voy a hacer una cosa que no debiera hacerse: recordar lo que publiqué en la Gaceta de Juan Pablo de Villanueva (q.e.p.d.), antes de las últimas elecciones generales, a propósito der la incorporación de Manuel Pizarro a las listas del PP.

“La política profesional no está precisamente sobrada de gente que haya demostrado su talla personal en el mercado libre. Abundan los CV hechos a base de militancia temprana y culo paciente. Yo creo que esa clase de funcionarios del partido es muy necesaria, pero un exceso en la dosis puede acabar siendo letal y nadie te garantiza que no te florezca un Zapatero. Manuel Pizarro es una figura muy conocida, un tipo que ha demostrado que sabe defender en lo que cree y que no se asusta ni ante los gigantes ni ante los molinos de viento. Además, ha hecho ganar unos cuantos millones a mucha gente modesta a la que demostró que no estaba en Endesa para forrarse y pactar contra los que le pagaban el sueldo, sino para defender los intereses de sus accionistas, del primero al último. Yo creo que si esto que ha hecho Pizarro en España lo hubiese hecho en Estados Unidos, la revista Time le habría proclamado hombre del año”.

Pues bien, Manuel Pizarro ha tenido que volver a sus labores porque en el PP no le encuentran acomodo; se ve que Rajoy tiene de sobra con los culi-obedientes. Es un desperdicio para la vida pública que espero que sea reversible, pero lo mismo que me llenó de alegría y optimismo su llegada, su marcha ensombrece un panorama escasamente luminoso.