Esto no es América

A raíz de la aparición del Tea Party en el panorama político de los EEUU, han abundado los comentarios sobre la posibilidad de que en España pudiese darse algo parecido. Independientemente del juicio político que se reserve al fenómeno, parece obvio que nuestra sociedad no está en condiciones de crear y potenciar grupos políticos fuera del control de los partidos existentes, lo que no creo deba considerarse ni virtud ni mérito.
España ha venido siendo, al menos desde el siglo XIX, el país de las revoluciones desde arriba, una sociedad en la que lo público goza de un enorme poder y de una autoridad incontestable. Más allá de los tópicos folclóricos que nos han dibujado como un país de Quijotes, de individualistas y anarquistas, la verdad es que nada se ha hecho en España sin voluntad del poder constituido. Basta pensar en la crueldad y la duración de las guerras carlistas para comprender que el pueblo ha servido en España como munición, nunca como vanguardia.
La democracia, al menos teóricamente, podría haber traído consigo un cambio en esta dinámica, pero, sin que pueda negarse que se instauró con el aplauso del público, todos los pasos que se han dado desde 1975 han sido en interés de las minorías políticas, de los partidos y los grupos que se han encargado de controlar la situación. En consecuencia, desde el momento en que los partidos y los nuevos poderes fácticos, la monarquía, el dinero, los poderes mediáticos, y poco más, se sintieron legitimados por un consenso ciudadano muy amplio e indiscutido, ninguno de ellos ha hecho nada para que la democracia pueda ampliar su campo de juego; por el contrario, se han opuesto con buenas o malas razones a cualquier reforma que pudiese amenazar el statu-quo, o poner en duda la legitimidad y eficacia del tinglado. Por su parte, los ciudadanos han llevado con paciencia esta situación, en parte por confundirla con la democracia misma, pero también en la medida en que el sistema había venido siendo razonablemente eficaz para resolver los problemas comunes.
Todo este peculiar consenso se ha puesto seriamente en duda, sobre todo, tras la victoria de Zapatero y el rumbo que ha conferido a la política que se caracteriza, a mi modo de ver, por tres novedades esenciales. En primer lugar, por mostrar una ineficiencia pasmosa frente a la crisis económica, al tiempo que se continuaba practicando una política de gasto realmente insostenible. En segundo lugar, por exacerbar las tensiones territoriales al promover un nuevo Estatuto para Cataluña que, a la postre, se ha mostrado como esencialmente insostenible e inconstitucional y ha traído, además, una deriva absurdamente imitativa en otras regiones, con el resultado final de que buena parte del público haya caído en la cuenta de que el sistema no es solo políticamente peligroso, sino económicamente insostenible. Por último, aunque tal vez lo más importante, el que los políticos se hayan extralimitado en sus responsabilidades adentrándose en terrenos que la mayor parte de los ciudadanos creían poder gozar de lo que Constant llamó la libertad de los modernos, su capacidad para hacer de su capa un sayo, cuando les plazca, la soberanía absoluta en su vida privada, que es la única que realmente interesa a la mayoría. Pero el gobierno zapateril, escaso de éxitos en otros sectores, ha decidido contentar a sus fanes más doctrinarios y antiliberales promulgando leyes sobre cómo se fuma, cómo se bebe, qué se cree, cómo se piensa, cómo se matrimonia o se fornica, es decir, se ha puesto a intervenir la conciencia moral de los ciudadanos, de modo que muchos han percibido por primera vez al poder político como un intruso sin verdadero derecho a hacer las cosas que hace.
En EEUU, los electores se encalabrinan por los impuestos, aunque no protestan si se les prohíbe fumar; en España es distinto, porque los impuestos suelen ser ignorados por quien los padece (gran habilidad de hacendistas y socialdemócratas), mientras que el personal se encocora si le reglamentan lo que aprecia como su real gana.
Todo ello ha atizado un sentimiento oscuro frente a los partidos, frente a los privilegios de la Banca y de los poderosos, frente al abuso de los nacionalistas, frente a las extralimitaciones del Gobierno, un rechazo que comenzó con la creación de nuevos grupos políticos, y que ahora está a la espera de cristalización. Se trata de un caldo de cultivo que, por primera vez, no se ha cocinado en Palacio, que expresa el descontento con un sistema demasiado ensimismado y suficiente.
No creo que la cosa se vaya a parar como de repente, y dudo de la capacidad de adaptación de las maquinarias de los partidos, de manera que, a medio y largo plazo, tal vez nos enfrentemos a una crisis seria del sistema, que no podrá continuar en píe con un desafecto creciente y con una economía que nos asfixia. Se trata de un reto, y no solo para la derecha, aunque sí, sobre todo, para ella.
[Publicado en El Confidencial]

Dogmas, mentiras y ejemplaridad

Nadie está en condiciones de saber en qué pueda parar la dinámica desatada entre los socialistas madrileños para desplazar a Tomás Gómez de la cabeza de la candidatura que se haya de enfrentar a Esperanza Aguirre. Lo que en el PSOE quede de democracia, unido al descontento de los socialistas madrileños por su tradicional insignificancia en la organización federal, puede componer un plato que le ocasione un serio disgusto a Zapatero, aunque también quepa que la férrea disciplina, fiel aliada del oportunismo, imponga una solución, digamos, salomónica con la disculpa de que todo se ha hecho para favorecer el conocimiento del candidato, además de para olvidar los malos momentos que atraviesa el de la lucecita de la Moncloa, y el país que desgobierna.
Si se hicieran en serio, esta clase de procesos serían muy peligrosos para los partidos, especialmente si acabasen bien. Los partidos prefieren el atado y bien atado, son escasamente anti-franquistas a este respecto, y admiran los liderazgos indiscutidos, los principios inmutables, la fijeza del adversario (la conjuración judeo-masónica que decían en el Arriba), la discrepancia de pareceres subordinada a la ordenada concurrencia de criterios en el del líder, que para eso está.
Nadie nos dijo en 1977 que una democracia no era solo cosa de leyes, sino de tradiciones y, aprovechando el despiste, en los partidos se ha impuesto una cultura dogmática, cainita y disciplinaria, aunque, naturalmente atemperada por cierta inobservancia, porque, al fin, todos somos españoles (y, en especial, a estos efectos, quienes dicen no querer serlo). En este clima, las primarias socialistas tienen necesariamente un aire de tongo, se pueden convertir en un ejercicio de disimulo. Para empezar, Gómez y Jiménez no se atacan, dicen amarse fraternalmente. Solo algún perturbado ha recurrido al arma nuclear contra el levantisco Gómez atribuyéndole, nada menos, que ser el candidato de la derecha, el epítome de la maldad; por fortuna, no todos los lidercillos del PSOE son tan perspicaces y entusiastas como el polígrafo alcalde de Getafe, de manera que, una vez lanzada la consigna, el asunto ha podido seguir por los cauces de un enfrentamiento cariñoso.
Esta conducta forzadamente cordial priva a la democracia interna de todo sentido, y deja a la luz el vacío político del partido que la promueve. Ni Gómez ni Jiménez tienen una política para Madrid, ni les interesaría tenerla porque eso puede resultar muy peligroso en un partido tan obediente.
¿De qué viven los partidos que no debaten nada, en los que nada se piensa ni se discute, salvo en los aparatos superiores que cuidan, amorosamente, de que las bases no sospechen jamás de lo que allí se cuece? Viven del dogma, de lo contrario de una democracia madura, de la suposición de que ellos tienen la fórmula perfecta para resolver todos los problemas y de que el adversario es torpe, malvado, traidor y peligroso, la suma de todos los males sin mezcla de bien alguno. Como es lógico, este dogmatismo favorece de manera muy clara, la mentira, porque todo encuentra justificación si se hace con el fin de parar los píes al adversario. El cainismo político es necesariamente fulero y fullero, aunque se disfrace de virtud retórica, de dialéctica fina.
Esta división maniquea entre los nuestros y los otros no se circunscribe solo a cierta izquierda, sino que está muy extendida y es causa de numerosas conductas tribales y nada inteligentes. Véase, por ejemplo, como defienden los partidos a sus cargos cuando son acusados de algún acto especialmente vergonzoso, de cualquier forma de corrupción de las que procuran el desafecto popular, porque otras, desgraciadamente, pueden llegar a ser, incluso, objeto de aplauso para los militantes más fervorosos. Tal conducta es más llamativa y necia en el del PP, porque este partido está menos dotado dogmáticamente que su adversario, y, además, no acierta habitualmente a convertir este carácter en una ventaja.
El PP experimenta una especie de horror al vacío cuando se trata de alejar de la vida pública a aquellos de los suyos que han sido sorprendidos en actividades, cuando menos, equívocas, y suele preferir la defensa del principio de presunción de inocencia, ateniéndose a un precepto esencial en derecho, aunque muy discutible en política, antes de separar a un sospechoso de sus cargos públicos. Al actuar de este modo, el PP se perjudica gravemente, renuncia al ejercicio de una ejemplaridad que le sería muy exigible y provechosa.
El PSOE puede vivir del dogma de que es quien nos conduce a alguna especie de paraíso socialista, o de ser el garante de lo social, pero, a falta de señuelos similares, el PP necesita que los electores se convenzan de que consiste en una agrupación de ciudadanos decentes, y, cuando no se ocupa de serlo y gasta tiempo en parecerlo, se enajena indefectiblemente lo que debiera ser uno de sus más atractivos valores políticos.
[Publicado en El Confidencial]

El candidato de la derecha

Nadie pretenderá, seguramente, que Pedro Castro, alcalde de Getafe, pueda pasar a la historia por la profundidad de sus análisis políticos, por su sutileza argumental, o por sus refinadas maneras. Puestos a escogerle para algo habría que mirar, sin duda, hacia lo contrario del ingenio o la originalidad. Me parece que se trata de un verdadero héroe del tópico, de uno de los que mejor expone esa forma de ser de la izquierda que consiste en repetir catecismos inverosímiles como si el buen sentido fuese un imposible metafísico.
Este mediodía se me ha aparecido en un telediario haciendo méritos junto a Vacuna Jiménez, la candidata de ZP para derrotar a la señora Aguirre. Pese a que probablemente no vote a Vacuna Jiménez, al menos en esta ocasión, abrigo los mejores sentimientos hacia ella, y me gustaría recomendarle que no se deje arrastrar por los argumentarios del getafense, aunque supongo que ella misma se dará cuenta, quién sabe.
El caso es que Pedro Castro, sorprendido por las cámaras siempre atentas de una de las numerosas televisiones que veneran a ZP, se ha entregado a la meditación en voz alta, como el hombre sencillo y sentimental que sin duda es. Se ha visto pronto que estaba preocupado por su amigo Tomás Gómez y que ardía en deseos de librarle del mal paso en el que está a punto de caer, de hacer algo que pudiere evitar que se hunda en el fango de manera irremisible. ¿Qué ha dicho la luminaria getafina? Ha puesto al descubierto con plena claridad, y con la agudeza dialéctica típica de nuestros socialistas, que, en realidad, y sin quererlo, Tomás Gómez se estaba convirtiendo, de hecho, y nótese el énfasis, en el candidato de la derecha.
No sé si Pedro Castro será consciente de que esa advertencia es enteramente horripilante para todo el mundo, para la izquierda, por motivos obvios, pero para la derecha también. ¡Y luego los hay que se quejan de que en las campañas no se dice la verdad! ¡Qué profundidad de pensamiento de izquierdas!, ¡qué clarividencia!, ¡qué trasparencia inocente!
Supongo que Gómez se habrá quedado estupefacto al verse tan paladinamente descubierto, al haber sido expuestas sus vergüenzas tan al aire de la calle. Menos mal que en el PSOE abundan los Castro, las gentes capaces de evitar esta clase de suplantaciones tan típicas de la democracia que defienden los chupasangres liberales, tan hipócritas ellos. Es reconfortante comprobar que sigue habiendo gente que llama al orden ante la liquidación del zapaterismo que intentan, de consuno, Tomás Gómez y la derecha.
No creo que Gómez esté a tiempo de aprender la lección, pero podría leer algo sobre las depuraciones soviéticas para comenzar cuanto antes su reeducación, aunque, como dedica mucho tiempo a las pesas, no ha debido leer a Petit, aunque me temo que Castro seguramente tampoco. Si bien se piensa, esto de la política española es más sencillo de lo que parece, y por eso los fenómenos como Castro llegan tan arriba.

Los socialistas y Madrid

Estos días, la prensa se llena de ecos que recogen la intención que tiene Rodríguez Zapatero de renovar la cabeza de los socialistas madrileños, de modo que el aparente titular, Tomás Gómez, debería ir pensando en hacer las maletas, porque es muy poco probable que el expeditivo método que sirvió para hacerle llegar a la cabeza del PSOE en Madrid no vaya a ser capaz de desplazarle en un santiamén.
Se mire como se mire, este tipo de noticias nos recuerdan inevitablemente algunas de las muchas fallas de nuestro sistema de partidos. Es una gran paradoja que Madrid, que vio nacer el PSOE, no tenga fuerza alguna en el conjunto del partido, y que sus líderes puedan ser de quita y pon. Por detrás de este hecho hay varias realidades sociológicas en las que no siempre se repara.
La primera de ellas tiene que ver con el hecho de que Madrid se ha provincializado, ha dejado de ser la capital de un estado muy centralizado para convertirse en uno más en la mesa de los repartos. Pese a que los políticos de la periferia protesten en contra, la realidad es que Madrid ha perdido peso político en el conjunto de España; además, los madrileños con vocación política tienden a dedicarse a tareas nacionales o de aparato, porque en Madrid no hay una conciencia diferencial específica, y salvo los que bajean en exceso , siempre atentos a las comisiones y corrupciones, los políticos de Madrid han tendido a ser políticos nacionales, aunque eso tampoco se lleve mucho ahora.
El segundo hecho decisivo para entender la situación de los socialistas madrileños es de carácter electoral. Uno de los cambios electorales más importantes de la democracia se dio tan tarde como a mediados de los noventa, la primera vez que se modificaba el mapa electoral vigente desde la segunda república, gracias al triunfo conservador en dos regiones que habían sido feudo de la izquierda, Madrid y Valencia. Desde ese mismo momento, los socialistas madrileños, y los valencianos, empezaron a verse no como locomotoras, sino como lastres.
La tercera consideración que hay que tener en cuenta es que, si cualquier partido tiene más dificultades para ganar las elecciones allí donde no gobierna, las dificultades del PSOE son mucho mayores porque, privados de la máquina de repartir, sus promesas suelen resultar menos creíbles y atractivas.
¿Por qué el PSOE sigue siendo tan fuerte a nivel nacional, pese a la debilidad de Madrid? Creo que la mejor manera de entender esta cuestión es la inversa: ¿por qué el PSOE no puede conseguir en Madrid lo que logra con tanta facilidad en el conjunto de España? Para entenderlo, hagamos lo que llaman los alemanes un experimento mental, imaginemos a un ZP que no pudiese manejar políticas de estado, que no pudiese mover estatutos, agitar sentimientos de desestima o de emulación, alterar reglas básicas del juego político, etc. Ese ZP se convertiría en un Tomás Gómez o en una Trinidad Jiménez sin apenas nada que ofrecer porque, además, el jefe de filas nacional, le habría dejado sin espacio programático alguno. No tienen ni tendrán la amplitud presupuestaria para gastar que ha tenido el falso leonés, ni pueden hacer ninguna promesa sustantiva a los madrileños que no les suene a chufla.
En cambio, el PP ha sabido sacar ventajas de su situación de relativa debilidad nacional; en primer lugar ha hecho transformaciones espectaculares de Madrid en infraestructuras, en transportes, en sanidad y en educación. Además se ha dotado de liderazgos reconocibles y perfectamente nítidos que, para más morbo, dan siempre una cierta tentación de contar mucho a nivel nacional. Dicho de otro modo, el precio que tendría que pagar un líder del PP para sustituir a Esperanza Aguirre sería seguramente inasumible.
Las actitudes políticas de Esperanza Aguirre resultan abrasivas para esa izquierda, que todavía tiende a pensar en Madrid como finca propia, pero muy atractivas para los conservadores, para los liberales y para muchos electores no adscritos, de manera que resulta quimérico que ZP pretenda hacerle frente meramente a base de un supuesto glamour político de alguna de sus ministras más vistosas.
El PSOE de Madrid ha llegado al final de su ciclo político, y no resurgirá de sus cenizas mientras no se refunde políticamente, mientras no limpie completamente una imagen muy dañada por temas urbanísticos, mientras no se atreva a formular políticas adecuadas a la situación real de los madrileños, dejándose de manejar malas quimeras y datos falsos e insignificantes, mientras se limite a medirse con el adversario sin empezar a pensar en términos de lo que debiera ser. Ya sé que eso es muy difícil, pero en tal consiste, justamente, la política. Lo que quiere hacer Zapatero se llama cesarismo, una asignatura en la que se le pudiera poner un notable alto, si nos olvidásemos de los resultados de sus maniobras, pero no es nada que tenga que ver con la democracia ni, seguramente, con el éxito electoral en una sociedad que ya no se chupa el dedo.

El César Zapatero

Como todos los Césares; Zapatero es veleidoso. Su dedo poderoso no se cansa de cambiar vidas, de elegir futuros, y a veces se divierte haciendo travesuras sin mayor trascendencia, aunque sus cercanos digan que es vengativo, y que no soporta a los que se creen algo. Su condición de máximo pontífice del socialismo, por decirlo así, le hace tener que tomar decisiones que determinan el futuro, cosa que, como se sabe, está al alcance de muy pocos. Ahora que ya no puede decidir grandes cosas en el Gobierno, debido a las persistentes llamadas internacionales, va a concentrarse un poco más en el partido, y ha decidido empezar por Madrid.

Como es un tío elegante, antes de defenestrar al bueno de Tomás, y no digo más, le ha hecho un elogio enorme, y hay que esperar que el ex alcalde de Parla, sepa agradecer debidamente la magnanimidad de un gesto tan gratuito. Lo malo, es que, a continuación, ha elogiado más todavía a Trinidad Jiménez, de manera que ya sabemos que Tomás no va a perder las elecciones frente a Esperanza Aguirre, cosa de la que siempre estuvo muy seguro. Ya se sabe que los dioses escriben derecho con renglones torcidos, aunque no sé muy bien qué clase de renglón es este Tomás.

Con Trini, belleza madura y ceceante, vamos a disfrutar de lo lindo; yo que doña Espe me echaría a temblar. ¡Qué rival! La ministra que evitó la gripe A, hay que decirlo, y que piensa en retirar el tabaco de las calles va a ser una pesadilla para el PP de Madrid. Y además, Lizawetsky en el ayuntamiento; en verdad que ZP se ha sacado de la manga un par de ases, ahorrándonos, además, todas esas penosas tareas de los partidos, esa pérdida de tiempo de andar con elecciones internas y todo ese ceremonial. Eficacia, es el mot de ZP, ya se sabe.

Para terminar, un consejo al PSOE de Madrid: si alguna vez quiere pintar algo en política, debería pensar en hacerse separatista: puede ser un poco traumático, pero no creo que perdiese muchos de los votos que tiene, y se ganaría, además, el respeto de Ferraz. A mí me da que ese era el plan de Tomás, y no digo más: es evidente que ZP la ha ganado por la mano; sin duda, es el más rápido.

Un hombre que se lleva los millones

Hay un poema de Cesar Vallejo, “Un hombre pasa con un pan al hombro”, que retrata cruel e irónicamente el absurdo de fingir la normalidad ante cierta especie de sucesos. Lo recordaré entero, porque es bellísimo:
Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su
[axila, mátalo
¿Con qué valor voy a hablar del psicoanálisis?
Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la
[mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después, del infinito?
Un albañil cae del techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso de
[un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va a un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar en la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no‑yo sin dar un grito?
Hay algo que, leyéndolo ahora, llama poderosamente la atención, a saber, que no se refiera a la corrupción política, que no haya un verso que aluda al que abusa de la confianza que depositamos en él para enriquecerse de manera vergonzosa. Yo he recordado del poema al pensar en las noticias relativas a Jaime Matas porque me duele la aparente indiferencia con que los partidos, y en este caso el PP, tratan la corrupción cuando les afecta. Los casos son tan abundantes y tan escandalosos que no se debiera consentir que los partidos no tomasen medidas efectivas para combatir una plaga que es indigna, bochornosa, y letal para la democracia.
Los partidos abusan de la presunción de inocencia, pero sobre todo, no hacen nada para evitar que pase lo que pasa; su condescendencia con la corrupción es, en realidad, la consecuencia de una subversión de fondo del sistema, de la absoluta ausencia de democracia interna, del cesarismo y el autoritarismo de los partidos que se hayan enteramente sometidos al puro capricho de sus cúpulas. En el interior de los partidos no hay competencia política, solo rivalidades personales entre los que están arriba y sus secuaces; así no es posible evitar que muchos metan la mano donde no debieran, y mientras no se cambien los hábitos de funcionamiento de los partidos es ridículo pensar en que la honradez se vaya a imponer por su propios méritos, tan ridículo como sería dejar la casa abierta o con las llaves puestas mientras nos vamos de veraneo.

La continuidad de Zapatero

Hace unas semanas, un inteligente artículo de José Luis Álvarez, profesor de Esade, realizaba un llamativo análisis de la posibilidad de que el actual presidente del gobierno decidiese no presentarse a las próximas elecciones generales. El argumento del profesor Álvarez suponía que Zapatero podría renunciar a un tercer mandato, o a una derrota, para abrir un proceso que evitase a la izquierda una larga e incierta travesía del desierto.

El artículo ha abierto un debate poco corriente sobre esta cuestión, una duda que los dirigentes socialistas tratan de cerrar de manera indisimulada. Pero no es fácil que lo consigan del todo, porque el profesor madrileño ha acertado a plantear un asunto inesquivable. Según él, si todo siguiera como parece que lo va a hacer, las próximas elecciones generales serían muy diferentes a cualquiera de las anteriores por la enorme debilidad de los liderazgos en juego. Las elecciones funcionan con un sistema de agregación entre ideología, programa y liderazgo, en el que este último ha jugado siempre un papel decisivo, un papel que, en 2012, no podría ser sostenido por Zapatero, ni, según su análisis, por Rajoy. Si cualquiera de los dos grandes partidos decidiese buscar un candidato mejor el juego de fuerzas se vería alterado y, según Álvarez, el PSOE está, ahora, y no por mucho tiempo, en las mejores condiciones para lograrlo.

La consecuencia más importante de su planteamiento no es, como pudiera parecer, que evitar la alternancia en el 2012 sea completamente imposible, aunque Álvarez no lo diga con toda crudeza, sino que perder las elecciones en el 2012, con Zapatero frente a Rajoy o como fuere, no es lo peor que le pudiera pasar al PSOE. Lo que realmente está en juego es que la reconquista del PSOE al poder podría requerir un proceso muy penoso e inusitadamente largo.

Quizá el profesor Álvarez peque de optimismo por una de estas dos razones: en primer lugar, considerar que los partidos españoles puedan hacer algo contra los intereses de sus líderes, o, en segundo término, por creer que los líderes tengan la capacidad de ver más allá de sus propias vanidades.

Es posible, sin embargo, que acierte en lo que se refiere al PSOE, un partido que, como tal, tiene más cuerpo que el PP, una fuerza política lastrada por su naturaleza absurdamente monárquica y por su empeño en mantener un liderazgo hereditario.

El PSOE ha sido siempre algo más que Zapatero, y, antes del peculiar ascenso del falso leonés, ha sido algo muy distinto de lo que ahora es. La cuestión es la siguiente: ¿Hay en el PSOE energía política suficiente como para hacer cálculos a largo plazo y más allá de los inconsistentes devaneos de Zapatero? Como soy optimista, creo que es así, y me parece que hay algunos dirigentes que, digan ahora lo que dijeren, tienen que jugar a un post-zapaterismo inmediato, tal vez con el visto bueno del propio presidente.

Hay dos variables independientes que, más allá de cualquier clase de argumentos formales, van a influir poderosamente en el destino de esta cuestión: la marcha de la crisis, puesto que sería de broma que Zapatero pretendiera presentarse para arreglarla, aunque ese sea el argumento de la señorita Pajín, y las consecuencias de la sentencia del tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán, sean las que fueren. No cabe negar, sin embargo, la posibilidad de que se esté gestando un cierto reflujo del PSOE hacia su versión más nacional, un papel que muchos pudieran atribuir a Bono, pero en el que un político como José Blanco podría jugar con argumentos mucho más sólidos.

Visto lo visto, para cualquier hombre de izquierda con la cabeza bien amueblada, el principal reto político es ya la salida del zapaterismo. Tal vez Álvarez sobrevalore la tendencia a la alternancia en la democracia española, aunque, evidentemente, esa tendencia sea mayor en unas elecciones nacionales que en las territoriales, pero es un factor que no cabe despreciar y en el que se apoya inequívocamente la estrategia del líder del PP.

Para los socialistas, las próximas elecciones generales representan, evidentemente, un riesgo enorme; en primer lugar, porque pueden perderlas y tratarán a cualquier precio de que no sea así, pero, en segundo lugar, porque esa derrota podría convertirse en una auténtica debacle si el partido no hubiese sido capaz de ofrecer una alternativa a la derecha, pero también a sus propios errores. Comenzar a rectificar puede ser la medida más atrevida, pero también la más acertada, porque Zapatero podría prolongar su influencia más allá de la presidencia del gobierno dando paso a una voladura controlada de los efectos de su programa, y presentándose como el líder capaz de hacer lo que no supo hacer Aznar, preparar una sucesión ordenada con un partido en forma y sin hipotecas. Algo de eso intentó hacer el partido republicano en los EEUU, pero enfrente estaba Obama, lo que no es el caso aquí.


[Publicado en El Confidencial]