El revés de la trama

Este era el título de una de las novelas de Graham Greene (The Heart of the Matter) que más me impactaron en mi juventud. Apenas recuerdo sus detalles, pero sí la honda impresión que me causó, a mis dieciséis años. Luego, fui educado en una cierta trivialización del tipo de equívocos morales que novelaba el quijotesco inglés. Aprendí a meditar sobre la realidad y la apariencia, estudie a los filósofos de la sospecha, aunque yo siempre sospeche de Nietzsche, sobre todo.
Por si faltara poco, he seguido siempre con interés la política, y creo haber aprendido a distinguir sus distintas retóricas. El caso es que ando preocupado estos días con el riesgo que corremos por el desvelamiento de un Zapatero capaz de cambiar de política, por el engaño perezoso de no ver más allá del humillante humo de la circunstancia. Cuando se baja el telón, es cuando mejor se perpetra el engaño, cuando el público se muestra más propicio a creer en la magia, y por eso es imposible hacer negocio revelando la carpintería del espectáculo. Vale, de momento.

El estado gaseoso

Una de las más desconsoladoras evidencias que atosigan a quienes observamos la política, y la vida, para qué engañarnos, es el desparpajo con lo que la gente va a lo suyo, y arrolla, siempre que le dejen, lo de los demás. Lo que ocurre es que la teoría no ha previsto suficientemente el caso de que quienes se ofrecen a trabajar por los demás lo hagan de forma tan excluyente para sí mismos. La corrupción es la consecuencia de eso… sí, pero es algo más, es su nombre verdadero.
Es una verdadera desvergüenza esta utilización de la política para hacerse el asiento a la medida. Pero no podemos quejarnos, en realidad. Para nuestra desgracia esos son los representantes que hemos elegido, aunque nos quede el muy relativo consuelo de que todavía podamos despedirlos. La gran pregunta es hasta dónde va a llevarnos esta orgía de gastos a la medida de políticos que solo buscan su perpetuación, y que regalarán becas y caramelos mientras no estalle nada.
ZP ha fabricando una España gaseosa, en la que los más listos se van a quedar con la caja, mientras unos dormitan con el opio identitario, y otros se dedican a inventar culpables, a llamar criminales a los especuladores, por si su nombre fuera poca cosa, como ha hecho el muy servicial Fiscal del Estado de ZP. Me parece que les odian tanto porque les conocen bien: son como ellos mismos. En un estado se puede flotar, pero los gases también puede envenenarnos, o estallar: es lo peor que tienen, que son más inestables que la mentira.

Las lecciones de la crisis y la crisis de las lecciones

El Gobernador del Banco de España, persona más acostumbrada a decir lo que piensa que a pensar lo que dice, ha afirmado que «España debe extraer lecciones del caso griego», combatir el déficit público, y reformar el mercado laboral para sanear la economía.
No creo que al Presidente del Gobierno, atado al timón de la nave y dispuesto a no sucumbir frente a la tempestad, le hayan sonado bien estas reflexiones del deslenguado Fernández Ordóñez. Supongo que habrá pensado en que estas cosas pasan cuando se nombra para un alto cargo a quien no te lo deba todo. Es un problema del talante, que a veces designas a personas lenguaraces, y poco propicias al trabajo en equipo. El presidente seguramente pensará que la desafección intelectual del listillo de turno, se debe a la soberbia típica de quienes se creen más que los demás, ese tipo de gente que no entiende la utilidad de pensar de manera conjunta con los que mandan, en armonía con el gran timonel; un claro ejemplo de infortunio, especialmente molesto en horas complicadas, ahora que estamos a punto de abandonar la crisis: ¡Con la cantidad de personas dispuestas a obedecer sin rechistar que hay en las federaciones socialistas!
Lo del gobernador ya no tiene remedio, dicho está. Pero el Presidente, que es hombre de natural reflexivo, se habrá acordado seguramente de ese dicho, más profundo de lo que parece, que afirma la extraña y súbita propensión de las abuelas a la fecundidad en los momentos de abundancia de bocas y escasez de munición.
¿Sacará ZP las lecciones de la crisis? Al oír la expresión alusiva a las lecciones, el Presidente se ha acordado con gran nitidez de las lecciones que prometió darle, en unas tardes, uno de esos ministros que ya no lo son. Otro caso fatal de mala suerte, porque el ministro metido a pedagogo presidencial no pudo acabar su tarea.
La hipótesis más probable sobre lo que sucedió con esas lecciones tan publicitadas, me parece la siguiente. El señor Sevilla pensó que sería razonable dividir el mini-curso en dos partes, y que la primera se debiera dedicar al gasto público: cómo hacerlo, cómo incrementarlo, cómo distribuirlo. A fe que el alumno monclovita se aprendió bien esta parte del programa, porque no hay color entre su capacidad de gasto y la de nadie que le haya precedido. Sus dotes innatas para el expendio son dignas del mayor encomio, y las lecciones del profesor Sevilla le han permitido gastar con elegancia, y sin estruendo, de manera que nadie, ni siquiera el señor Rajoy en uno de sus ataques de insultos, ha podido llamarle tacaño. Lo malo del caso es que, debido a las infinitas ocupaciones del presidente en el ámbito galáctico de sus competencias, el curso se hubo de interrumpir de manera indefinida, cuando estaba a punto de entrar en la parte de la financiación, de los ingresos, incluso de la sostenibilidad, palabra que le suena de miedo al presidente, pero que no hubo manera de abordar con un mínimo de calma. Esta situación académica del señor Zapatero debería darnos que pensar, pero no siempre se cae en este tipo de cosas. Acuérdese el amable lector de un caso similar, me refiero en cuanto a la estructura demediada de la docencia: me refiero a la extraña actitud ante las lecciones de vuelo que exhibieron los pilotos del 11-S, una gente que no parecía tener la mínima preocupación por el aterrizaje, cosa realmente poco común, y que, sin embargo, no despertó la sospecha de los instructores.
Tampoco es enteramente evidente, ya puestos a ello, que siempre se haya de encargar a las mismas personas hacer al tiempo dos cosas contrarias: la especialización seguramente resultaría mejor. El caso del 11-S bien pudiera sugerirnos la conveniencia de especializar a unos pilotos en despegues y a otros en aterrizajes, evitando así que puedan confundirse de maniobra. Me parece que ese es el caso de nuestro presidente, un gastador ejemplar al que puede resultar enteramente inútil pedirle que haga economías, dadas sus dotes para los gastos rumbosos. Digo esto, porque mucho me temo que el gobernador del Banco de España sea un malandrín que esté dando a entender que para sacar lecciones de la crisis debiéramos prescindir de los servicios de un especialista tan consumado en el dispendio. Algo parecido dijo el señor Solchaga hace unos días, se ve que crece el número de los que se creen con derecho a opinión en el partido monolítico.
Se podría reservar al señor Zapatero para emplearlo en la próxima ocasión en que vuelva a haber superávit, no sería ninguna mala idea. Tranquilo con la idea de que podría volver en cuanto quedase algo en la caja, cedería amablemente el paso a alguien que se la llenase. Lo que me parece ilógico es que pretendamos encargar a un tipo tan dotado para las iniciativas ambiciosas, inconcretas y caras, el inicio de una época de austeridad, de restricciones injustas y antisociales. Es inútil, y además es cruel. Se trata de una idea insana.

ZP y la política vudú

Que la política supone un alto número de factores irracionales es algo que nadie que haya pensado seriamente en estos asuntos ha puesto nunca en duda; casi por las mismas razones, hay unanimidad en la recomendación de que en las sociedades democráticas se ha de propiciar un debate racional sobre las distintas opciones, más allá de dogmatismos y de cualquier clase de exclusiones. Esta forma de debate público requiere un conjunto de instituciones entre las que no pueden faltar ni una prensa independiente y crítica, ni una praxis política que castigue de manera rigurosa la demagogia y el populismo. Se trata, desde luego, de un ideal, cuya realización determina fuertemente el grado de eficiencia de las distintas instituciones democráticas para enfrentarse a los problemas de la realidad política.

Cuando las cosas son así, un alto número de electores está siempre dispuesto a modificar su voto en virtud de razones puramente pragmáticas, lo que supone un sistema de vigilancia rigurosa del comportamiento político de líderes y partidos. Como se sabe, y para nuestra desgracia, el electorado español no se comporta generalmente de esta manera, sino que, por el contrario, permanece fiel a sus opciones ideológicas más allá de lo razonable. Esta forma de actuación no favorece precisamente la flexibilidad política y consolida un bipartidismo ideológico que, aunque sea común en la mayoría de las democracias, alcanza entre nosotros unos perfiles excesivamente dramáticos.

En virtud de ese atavismo, los debates parlamentarios sobre política general son perfectamente previsibles. En el último de los celebrados sobre la naturaleza y los remedios de la crisis económica que nos afecta, y en sus secuelas de toda la semana, se han podido observar dos conductas diametralmente opuestas cuyo análisis puede apuntar alguna novedad de interés.

El presidente ha intentado, seguramente sin mucho éxito, cargar sobre las espaldas del PP los costos de una demora en superar una situación claramente insoportable. La música de fondo ha sido que no se le pide al PP una ayuda al gobierno sino una ayuda a España. Se trata de una música inhabitual en la izquierda clásica, aunque ZP ha recurrido a ella ya en otras ocasiones, una cantinela cuya intención sería legitimar la pretensión de que haya que ayudar al Gobierno por patriotismo, y que, en consecuencia, quienes no lo hicieren se convertirían en responsables de cualquier desastre.

La pretensión es tan absurda que solo puede compararse apropiadamente con el vudú. En lugar de analizar los problemas en sus propios términos se busca un monigote al que se le clavan los alfileres a la espera de que la magia opere sus milagros. Ahora bien, lo que efectivamente sucede no tiene nada que ver con esa superchería política. Es el Gobierno el que dirige la política del país y no puede descargar en nadie la responsabilidad de sus actos. Cualquier oposición sería responsable si impidiese que el Gobierno sacase adelante proyectos legislativos y políticas que beneficien al país, pero es evidente que el PP no puede hacer eso porque no tiene la mayoría en el Parlamento. Si el Gobierno ha podido aprobar leyes como la de la memoria histórica o la del aborto sin ningún apoyo del PP, también podría sacar adelante las medidas de política económica, fiscal y presupuestaria que considerase oportunas. El PP no podría hacer nada para impedirlo y, por su propio interés, no haría absolutamente nada cuando estimase que las medidas eran razonables y positivas para el conjunto de los españoles. ¿Qué pretende el vudú de ZP? Reforzar en el imaginario de sus fieles la imagen básica de su política, la idea de que el PP es el mal, el peligro, la irresponsabilidad y el egoísmo llevado hasta el punto de no querer apoyar a un Gobierno que pretende sacarnos de esta crisis que, conforme a las ideas de ZP, se debe precisamente a errores gravísimos de los gobiernos del PP.

¿Conseguirá esta magia repetida aumentar la clientela del PSOE? No parece razonable y es alarmante que al presidente no se le ocurran soluciones algo más creativas.

Pues bien, frente a este recurso al vudú, el señor Rajoy sorprendió al respetable con una afirmación tan inhabitual como plena de buen sentido, que, aunque seguramente esté destinada a la esterilidad de un modo inmediato, será recordada en el futuro porque apunta a uno de los defectos radicales de nuestro sistema político. ¿Qué dijo Rajoy? Algo que debiera ser obvio, aunque muchos han considerado una inconveniencia. Mirando a los bancos del PSOE, recordó a esos diputados que la responsabilidad de la política de Zapatero es suya, y que, visto lo visto, la única posibilidad de cambio de política y de protagonista, o de ambos, está únicamente en sus manos. Rajoy pretendió agitar unas aguas, estancadas pero íntimamente inquietas, la conciencia crítica de aquellos socialistas que no creen en el vudú, y que saben que estamos a escasos metros de un abismo peligroso.


[Publicado en El Confidencial]

Lost in translation

Tomo el título de la estupenda película de Sofía Coppola que pintaba a dos neoyorquinos perdidos en Tokyo, en medio de toda clase de neones y reclamos, profundamente desconcertados, y a pocos pasos de hacer una locura. Así está nuestro gobierno, casi completamente incapaz de hacerse una idea medianamente correcta de lo que está pasando, de lo que puede pasar, de lo que ocurrirá seguramente si no se acierta a evitarlo.

Los políticos son esclavos del día a día, un lapso en el que apenas parece que ocurra nada, mientras la sociedad española está desorientada, temerosa, al borde del pánico. Cada vez es más compartido el diagnóstico de que nos encontramos ante una de las crisis más profundas de la historia reciente, al tiempo que nuestros líderes actúan como si nos hallásemos ante una rutina ya conocida. Nuestra crisis es, a la vez, institucional, territorial, política, económica y social, y es grave en cualquiera de sus aspectos, pero los políticos parecen empeñados en que la realidad no les amargue su dolce far niente.

Sin haber llegado al ecuador de la legislatura, las preocupaciones de los ciudadanos parecen extrañamente ajenas a la fórmula política elegida en 2008. Lo que pasó entonces, lo estamos empezando a pagar ahora, y se extiende una honda preocupación por lo abultado de la factura. Con una crisis ya claramente iniciada, el objetivo de Zapatero en 2008 consistió en convencer a los lectores de que, en lugar de dirigirnos al desastre, avanzábamos de manera decidida hacia ‘El Dorado’. Según aquel delirante relato, Italia ya había sido superada por nuestra creatividad, y Francia nos miraba por el retrovisor, asustada e incrédula. Zapatero, como los padrinos rumbosos, regalaba cheques. Su estrategia triunfó y consiguió convencer a muchos de que, ¡por fin! podríamos empezar a ser ricos y de izquierdas.

Quienes le creyeron, siguieron impávidos celebrando sus guateques y gastando lo que no tenían, pero la música se fue haciendo cada vez más tenue y equívoca. Entonces Zapatero recurrió a medicinas más radicales, y llamó antipatriotas a los que sugerían que la fiesta se estaba terminando, pero el patriotismo de los españoles, cansino a la postre, no fue suficiente, y Zapatero empezó a ingeniar nuevas maniobras de distracción, a la espera de la conjunción planetaria con Obama, o a la de cualquier otro milagro, mientras seguía tirando de las reservas. Ahora, la cartera se ha agotado y comienza a pedir préstamos hasta al servicio de cocina de La Moncloa, que es amplio y tiene capacidad de ahorro.

Lo peor que le puede pasar a una democracia es que las elecciones no sirvan para resolver los problemas planteados. Eso es exactamente lo que nos ha pasado a los españoles, y la discreta dimisión de Manuel Pizarro ha venido a recordarlo de forma dolorosa. En lugar de enfrentarnos prudentemente con una crisis que ya se adivinaba virulenta y con múltiples brazos, pusimos a prueba el método del disimulo a ver si la crisis pasaba de largo, pero no lo hizo. Zapatero nos conoce bien, sabe que abundan los que, ante la situación actual, afirmarán que es ridículo que la derecha les acuse de dilapidar sus ahorros cuando la crisis es culpa de sus socios capitalistas y americanos y que, además, y bien visto, la herencia no era para tanto, de manera que, quod erat demonstrandum, Zapatero y su izquierda no serán responsables de nada de lo que nos pase.

Pese a ese cómodo colchón protector en la opinión de la peculiar izquierda hispana, de esos genios que creen que la prosperidad es algo natural y la crisis fruto de una conspiración de los ricos, Zapatero comienza a estar inquieto. ¿Qué le pasa a Zapatero? ¿No cree ya en sus recetas tradicionales, en el optimismo, en la confianza?, ¿Ya no piensa que los augures y los expertos se equivocan y los poetas leoneses aciertan? Alguien con mucho poder, algún amigo de Bruselas, si le queda alguno, ha debido de llamarle al orden, algún asesor de extrema confianza ha debido de decirle que las críticas y las alarmas de la prensa internacional no son del todo absurdas, y al pobre casi le da un aire.

Que le hayan dicho que los euros hay que cuidarlos, y, que si no se hace, tendrá que atenerse a las consecuencias, que no serán ni pocas ni agradables, le ha impresionado fuertemente. Se ha visto obligado a aguzar su capacidad de improvisación. Lo primero que se le ha ocurrido, que los candidatos a la jubilación se esperen un par de años, es una buena muestra de por dónde piensa moverse, de lo que nos espera. Zapatero, el arbitrista con dinero, parece pensar que su arbitrismo funcionará también con la bolsa vacía, y ahí pueden empezar a crecerle los enanos, a aparecer estadistas en el PSOE, a descubrirse que la unanimidad sin prórroga a la vista se puede venir abajo. Los nuestros pueden empezar a ser muy suyos, porque si de algo están ciertos sus conmilitones es que, por encima de todo, habrá que salvar los muebles.

[Publicado en El Confidencial]

El veneno del populismo

En uno de los discursos de su Teatro crítico universal, titulado Voz del pueblo, argumenta Feijóo contra el error, y la malicia, de tomar la opinión de los más como regla de verdad. Se trata de un argumento que sirve tanto en el aspecto teórico como en el moral. A este respecto no se anda Feijóo con chiquitas respecto a sus compatriotas y escribe con rotundidad: “Toda provincia es Iberia para producir venenos”.

He recordado este pasaje a propósito del escándalo que se está organizando en España con las propuestas, si es que lo fueren, del Gobierno para retrasar la edad de jubilación y medidas similares. El macizo de la raza y la cultura barroca de una inmensa mayoría de españoles reacciona con indignación, cuando lo oportuno sería el cálculo. La mayoría se resiste a reconocer el costo de los errores cometidos en su nombre, pero va a dar igual, porque la verdad es la verdad, la diga Agamenon o su porquero, aunque ya sabemos que éste, tantas veces vapuleado, es un poco suspicaz y aparenta ser incrédulo.

La democracia inmadura con la que nos decimos libres, está sometida a censuras absolutamente inadecuadas, a pruebas de limpieza de sangre, a legitimismos de lo más variopinto. Por eso el Gobierno no se atreve a ser consecuente con los desastres que no ha sabido evitar, y la oposición tiene miedo a decir que, cuando rectifica, el gobierno se acerca a lo correcto. El PP tiene pavor a que se le identifique con políticas antisociales, si es que eso significa algo.

Pero sin liderazgo, sin valor, sin poner el destino común por encima de las conveniencias, sin olvidar que pueda ser peor ganar con trampas que perder con argumentos y con convicciones, no se acabará con el predominio de la demagogia populista, un terreno en el que el PSOE siempre irá por delante, aunque sea hacia el abismo.

Mientras el PP no consiga evitar la sensación de que tienen a su victoria personal (Mariano&Cospedal) como el bien supremo, y que, por tanto, sacrificarán a ella lo que pudiere hacer falta, no saldremos de esta, salvo milagro.

Una mala noticia, para UPyD y para todos

Una de las pocas cosas claramente interesantes de la política española desde el triunfo de Zapatero ha sido la aparición de UPyD con una imagen de frescura y ganas de romper el cerco político dignas de todo encomio. Sin embargo, todo lo que ha ocurrido en torno al abandono o la expulsión de Mikel Buesa, nunca se sabe del todo la verdad de estos casos cuando se es mero espectador, me pareció realmente penoso y me recordó las peores imágenes del estúpido partidismo que se ha instalado en España, una partitocracia desvergonzada que nos coloca en una especie de caudillismo compartido, cuyas ventajas son muy discutibles, y que guarda una relación muy escasa con lo que debiera ser una democracia abierta y madura.

Ahora mismo, una pre-noticia, uno de esos rumores que saltan a la prensa, imagino que para ver qué pasa, me ha dejado todavía más preocupado. Parece ser que UPyD (¿quién será el remitente?) piensa proponer como candidato a la alcaldía de Huelva a un famoso padre de niña víctima. No tengo nada contra ese señor cuya labia admiro como el que más, y cuyo inmenso dolor respeto y trato de compartir, pero me parece un signo de oportunismo y demagogia que cualquier partido trate de apuntarse sus innegables éxitos mediáticos. Creo que es un desastre que los partidos no estén siendo lo que la teoría dice que debieran ser: cauces de participación que permitan que afloren líderes valiosos, políticos de verdad y no esa especie de cromos repetidos de la geta del jefe que se acostumbra a promocionar en hábil connivencia con famosos de paso; me parece penoso que los partidos se puedan convertir en filiales de los canales de audiencia abundante entre gentes que solo se interesan por el morbo y el cotilleo. El PP ha recurrido varias veces a este estúpido expediente de la notoriedad, por ejemplo, cuando tuvo la genial idea de presentar al hijo de Adolfo Suárez, un personaje cuyos méritos se reducían estentóreamente a ser hijo-de, como candidato a la presidencia de Castilla la Mancha; naturalmente, Bono se lo merendó sin pestañear.

La política española debe mucho a esos militantes modestos y anónimos que de verdad creen en lo que creen y cuyo único error es aguantar con excesiva paciencia las estúpidas genialidades y caprichos de sus jefes. Si alguna vez pudiese mejorar esta atmósfera corrupta y neciamente partisana que preside la política española, será gracias a esos soldados cansados que soportan estoicamente el peso muerto que llevan encima. En fin, que eso pueda pasar ya en UPyD es realmente descorazonador.

Alberto Ruiz Gallardón, el derroche del pavo real

En su artículo del domingo en El Confidencial, Jesús Cacho, ha hecho un retrato demoledor de Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, de momento; tras el retrato de Cacho, se adivinan algunos rasgos, digamos, berlusconianos, en la conducta del atildado personaje, pero puede que haya quien considere que se trata de un mérito. De cualquier modo, que con un balance como este, su partido le pueda seguir considerando un gran líder, es realmente llamativo, un testimonio más de la astucia y acuidad visual de la cúpula genovesa.

Nadie puede negar que ARG ha elevado el nivel político de la alcaldía de Madrid, pero cabe dudar que haya sido para bien, porque el precio ha sido realmente insoportable, desde muchos puntos de vista. ARG se comporta como un señor absoluto en lo que a Madrid se refiere, y se muestra visiblemente molesto cuando se le hace ver que la política que practica no es muy distinta a la que pudiera preconizar cualquier socialista: gasto innecesario, burocracia creciente, esquilme del contribuyente, boato, despotismo, impuestos desbocados y amiguismo, tanto hacia dentro, gobierna rodeado de una espesa e impenetrable capa de adictos, como hacia afuera.

Dígase lo que se diga de la democracia, el hecho es que los españoles estamos, como quien dice, descubriéndola y, por tanto, expuestos con gran frecuencia a que nos vendan como democracia algo que no pasa de su caricatura. Este es, el caso, por ejemplo, del sistema que padecemos a la hora de elegir líderes políticos. Los que el pueblo elige con su voto a unas siglas, llegan a lo que llegan a través de una serie de procesos perfectamente opacos; los electores pueden elegir entre partidos, pero no pueden decir nada respecto a las personas. Se trata de una trampa, porque, como en este caso, sucede muchas veces que por no querer tomar el caldo ideológico, te acaban endilgando las dos tazas del electo sin principios y con pocos escrúpulos.

En una democracia de verdad, ARG no duraría ni un minuto, es más, no sería posible un caso similar. Un tipo tan distante respecto a los que no son sus aduladores, difícilmente ganaría una elección auténtica, como se vio con entera claridad en el intento de colocar a un empleado suyo al frente del PP madrileño, lo que da una idea bastante aproximada de lo que le importa a este socialista reprimido la democracia liberal.

El nivel de endeudamiento al que ha llevado a Madrid, alrededor de 8.000 millones de euros, es una barbaridad insostenible. Ha gastado como los dictadores, ha dilapidado un dinero que no le hubiésemos dado por las buenas en muchísimas obras inútiles y perjudiciales para los madrileños. Ha remodelado miles de calles y de aceras que podrían haber seguido como estaban sin problema alguno; ha llenado las calles de Madrid de unos horribles y carísimos aparatos azules destinados a un propósito absurdo; se ha gastado la intemerata (más de 400 millones de euros) en colocar sus oficinas en la Cibeles, y casi 600 millones en la aventura de la Olimpiada, un proyecto personal y claramente quimérico, en el que, además, se han hecho mal las tareas, y que dejará gravemente mermadas las posibilidades olímpicas de la ciudad.

ARG es de los que parecen creer que la democracia se haya inventado para que él pueda hacer lo que se le antoje, y tiene la suerte de contar con unos electores que votan a ciegas a su partido, porque la alternativa es, en teoría, mucho peor. Me parece, sin embargo, que esta vez el alcalde se ha quedado con las vergüenzas un poco más al aire de lo que es corriente, y pudiera ser que estemos asistiendo a los inicios de un declive definitivo.

Si la política consistiese en gastar sin tino, en invertir en la propia imagen, o en hacerse pasar por un tipo original y progre, perseguido por políticos conservadores y malvados, ARG sería un buen político. Como me parece que se trata de otra cosa, creo que es un político ridículo, y no veo motivo alguno para darle mi voto, ni siquiera aunque se volviese a presentar Sebastián, o alguien aún peor, que será lo más probable. Así que le pediré a los Reyes Magos de los dos próximos años un nuevo candidato del PP para Madrid, y si alguien me dijese que eso pudiera hacer que el PP perdiese las elecciones, le contestaría lo siguiente: no lo creo, pero, en todo caso, ¿de qué sirve ganarlas para hacer una política despótica, antiliberal y populista? Para esta clase de disparates, prefiero al adversario.

La tentación argentina

Los optimistas que queden en España seguirán pensando que el remedio a los problemas de la democracia consiste en más democracia; sin duda, aciertan, pero en teoría, porque lo que en verdad sucede en la práctica, es que las democracias pueden ir a más, o a menos, y no es muy seguro que la actual democracia española vaya a más. Para empezar, es digno de toda preocupación el empeño del gobierno, de la izquierda en general, por evitar que sea posible una alternativa electoral con garantías de éxito. Desde los pactos del Tinell, nunca un salón tan noble se empleó para fines tan bellacos, ha sido sobradamente evidente que las gentes de Zapatero no tenían ninguna simpatía por la alternancia, que consideraban que los ocho años de Aznar fueron un error que no debiera repetirse. El juego sucio, que siempre parece defendible cuando se emplea en una finalidad sagrada, es un corolario de esa convicción.

Lo siento por los optimistas, pero me, si me permiten el juego de palabras, me parece que la posibilidad de una alternativa electoral, empieza a no ser la única alternativa, lo que, dicho sea de paso, obliga a quienes realmente creemos en la democracia liberal a esforzarnos para que el poder actual pueda ser legítimamente derrocado por procedimientos constitucionales, en las urnas o en el Congreso.

Son muchos los que creen que el triunfo de Rajoy será inevitable, con la que está cayendo. Pecan, a mi entender, de un optimismo excesivo, cegador. Para comprenderlo, bastará con mirar hacia la República Argentina. El vasto país sudamericano era una nación extraordinariamente próspera en todos los terrenos, desde la agricultura a la ciencia, pasando por la literatura, hasta que se infectó de un virus para el que no parece existir vacuna fiable, el populismo peronista. Con ligeros altibajos e interrupciones, el peronismo ha conducido a ese país a un nivel de pobreza que escandaliza, pero lo grave es que los argentinos siguen votando a Kirchner, al esposo y a la esposa, como si nada de lo que les ha ocurrido en los últimos sesenta años tuviese que ver con las políticas, absolutamente corruptas, mentirosas y demagógicas del peronismo.

Nosotros no hemos llegado a ser tan prósperos como lo era la Argentina de entreguerras, pero, a nuestra manera, también salimos de la pobreza. Se diría que nos ha atacado una especie de mal de altura, y que estamos dispuestos a volver a toda prisa hacia el régimen de escasez y subsidio que los mayores todavía conservamos nítidamente en la memoria. No me cabe duda de que es a eso hacia lo que nos lleva la demagogia política de nuestro dicharachero presidente que, por lo demás, no se recata a la hora de admirar a los líderes que están arruinando en Hispanoamérica los escasos brotes de democracia que habían aparecido en los últimos años.

No se puede ignorar la posibilidad de que se produzca un empobrecimiento general de la sociedad española, una vuelta al auxilio social y a los comedores públicos, esta vez no de la Falange, sino sindicales, sin que ello acarree la ruina política de los responsables del descalabro colectivo. Y no se puede negar porque resulta evidente que, tras negar la crisis económica y mostrar una evidente falta de interés en atajarla, tras llevar al paro a millones de personas, los votos socialistas siguen prácticamente como en 2004. Buena parte de los electores españoles siguen creyendo a píes juntillas las enormes mentiras que les dice su presidente, y estarán dispuestos a seguirle creyendo aunque nuestra situación, cosa que puede pasar, llegue a ser crónica y desesperada, como lo ha sido y lo sigue siendo en Argentina.

Si algo como esto ocurriese, la responsabilidad política de Rajoy y de los suyos no sería mucho menor que la de los causantes del desastre. No se dice esto por repartir de manera salomónica las responsabilidades, sino porque cabe sospechar que las gentes de Génova siguen siendo optimistas y creyendo que la mera crisis les llevará el cadáver de Zapatero a sus puertas.

Creo que son muchos los españoles que piensan que las armas que el PP emplea en su oposición, son armas trucadas por el enemigo, y fallan de manera lastimosa. Debieran aprender de sus triunfos, sin seguir funcionando con estilos que, en el pasado, le llevaron abundantemente a la derrota. Reconozco que se me revuelven las tripas cuando sus responsables se han quejado de que no haya habido manifestaciones por los muertos en el incendio de Guadalajara, o en el vertido de fuel en Algeciras; cuando subrayan la obviedad de que en Afganistán hay una guerra, cuando se quejan de que la Fiscalía les persigue más a ellos que a la izquierda, cuando pretenden ser más ecologistas o más sociales. La izquierda está consiguiendo que la cúpula del PP baile a su son, y que se olvide de lo único importante: no necesitamos un PP que imite la oposición del PSOE, sino una fuerza persuasiva que sepa convencer a los españoles de que, salvo que quieran argentinizarse, con los planes del PP, nos iría mejor.

[Publicado en El Confidencial]

Las verdades de Rodiezmo

Aunque la izquierda siempre ha presumido de rupturista y poco tradicional, la verdad es que, llegada a su vejez inevitable, también ha sabido crear sus tradiciones. Como tantas otras, esta peculiar romería sindicalista, se ha convertido ya en un negocio, sin ningún motivo que pueda considerarse vivo, que es lo que caracteriza a una verdadera tradición.

El lugar conocido como Rodiezmo padece cada año la invasión de una serie de funcionarios sindicales disfrazados de mineros que se dedican a aplaudir a su jefe, que es lo que mejor saben hacer todos los funcionarios. A cambio, el jefe les suelta un discurso que al jefe le interesa para que los compañeros periodistas lo recojan y lo expandan por el mundo entero, así que a los mineros que iniciaron hace ya muchos años el tinglado que les den. A cambio, gran trabajo para los corresponsales internacionales que se apresuran a enviar a sus medios las palabras zapateriles, para que puedan ser inmediatamente analizadas por los principales gabinetes del mundo, y por todos los líderes de la galaxia, con Obama a la cabeza.

Zapatero no suele ser un mal actor de repertorio: hace lo suyo con credibilidad y le pone pasión a un verbo que, si no se puede considerar brillante, hay que reconocer que sabe ser oportuno: siempre habla de lo que más le interesa. Ahora nos ha tratado de explicar lo bien que nos va a venir a todos que nos suban un poquito los impuestos y, sobre todo, ha hecho ver lo terriblemente insolidarios que resultaríamos ser, si nos negásemos a ese mínimo sacrificio, prácticamente indoloro, para remediar el sufrimiento de los más débiles, esa gente que le quita el sueño a nuestro bondadoso líder. Como no conviene separar lo útil de lo deleitable, Zapatero se dedicó a contestar y a lanzar pullitas a un compañero leve y circunstancialmente descarriado, al periódico El País que, llevado de un repentino ataque de independencia, siendo al fin fiel a su viejo lema, no acaba de ver la debida coherencia en los espasmódicos, pero bien intencionados, planes de nuestro Zapatero.