La corrupción y la política

Basta con mirar lo que sucedido con las primeras designaciones de Obama para comprender que el propósito de enriquecerse al margen de la ley, suele saltarse sistemas mucho más exigentes que el nuestro. No deberíamos consolarnos, sino tratar de evitar que la política española se desarrolle en unas condiciones que permiten un altísimo grado de ineficiencia y de corrupción. Veamos: 

1.      Los políticos gozan de un nivel de opacidad realmente sorprendente. Es una tarea de titanes comprobar cómo se ha gestionado efectivamente el gasto público: el Parlamento no lo hace más que en una medida mínima. Los sistemas de control de las cuentas públicas no tienen tampoco energía ni medios suficientes. Es difícil que cualquier delito al respecto pueda ser descubierto y probado.   

2.    La forma de financiación de los ayuntamientos es un auténtico vivero de arbitrariedades, cohechos, fraudes y conspiraciones contra el interés público, siempre bajo el manto retórico de una doctrina interventora.  Ni aunque fuesen honrados a carta cabal el cien por cien de los políticos, lo que superaría cualquier previsión sensata, se conseguiría evitar que la posibilidad de cambiar de modo enteramente arbitrario el valor del suelo, dejase de ser un enfangadero en el que se han pringado miles de personas. ¿Cuántas condenas ha habido?  Cuando se conoce el tren de vida de algunos ex responsables de urbanismo es imposible no pensar en el latrocinio practicado, a veces con la cínica disculpa de estar ayudando al partido de sus amores. Si se piensa en el origen municipal de muchas grandes fortunas del ámbito de la construcción se experimenta idéntico asco. 

3.    La Justicia es notoriamente vaga a este respecto. En cualquier país políticamente decente, la acusación hecha por Pascual Maragall a Artur Mas, en pleno debate parlamentario, acusándole de corruptelas sistemáticas en los procedimientos de adjudicación de contratos públicos habría supuesto una auténtica movilización de los poderes judiciales. Aquí no se pasó del “tú más” porque es una evidencia que las supuestas corrupciones solo se persiguen cuando se cumplen dos condiciones, en primer lugar, que deriven de una pelea interna entre los beneficiarios y, por último, sólo cuando el adversario político le convenga airearlo, lo que es como decir que la mayor parte de las veces se prefiere echar tierra sobre los asuntos para que no se escandalice el vecindario.  La Justicia no suele investigar esta clase de asuntos porque hay un espeso manto de intereses con terminales en todas las fuerzas políticas. La nula separación de poderes no ayuda nada. 

4.    La ausencia de una prensa no partidista completa la clausura del sistema. La mayoría de los periodistas investigan poco y mal, se limitan a trasmitir lo que se les entrega y se tragan cualquier historia estúpida con tal de que favorezca los intereses de sus amigos políticos. Muchos medios juegan a lo que juegan, sin ética y sin independencia, olvidando que deberían servir únicamente al público. Así les va. La prensa ataca y defiende, pero raramente muestra o demuestra nada. Las informaciones que se nos ofrecen como grandes exclusivas no pasan, en tantas ocasiones, de ser torpes montajes que avergonzarían a cualquiera con un poco de exigencia crítica, pero así son las cosas. 

5.     Por último, la moral pública no condena la mentira y, con frecuencia, venera de forma idiota al que muestra éxito y poca vergüenza. Una de las pocas noticias que vi en la televisión americana sobre España se refería, para pasmo del redactor y de los espectadores, al hecho de que a un personaje que había atracado meses antes un furgón bancario, y que, por supuesto, estaba tranquilamente en la calle, la televisión pública le había ofrecido la oportunidad de actuar en un programa musical para aprovechar su fama. 

¿Tiene todo esto remedio? Difícil, pero lo tiene. Sería necesario, para empezar, que cobrásemos conciencia de la necesidad de robustecer los controles, tal vez introduciendo la sana costumbre de las audiencias para el nombramiento de ciertos cargos, y dando una publicidad mucho más fuerte, a toda la información disponible sobre el destino del dinero público.  Lo decisivo será, sin embargo, que el electorado pueda comprobar que los partidos se toman en serio estas cosas, que no se limitan a tapar sus vergüenzas. 

El PP, en particular, está ahora mismo en candelero y corre el peligro de equivocarse gravísimamente si permite que se tenga la idea de que está más preocupado por su decencia corporativa que por aclarar absolutamente a fondo las vergüenzas de los que han traicionado a sus electores olvidándose de la ley y de los intereses  y el bien común de los ciudadanos a los que representan. No es precisa mucha imaginación para poner en marcha un programa serio capaz de introducir mayores controles y decencia en las cosas públicas, pero hace falta un liderazgo fuerte y más allá de cualquier sospecha para atreverse a ponerlo en marcha.  

[Publicado en El confidencial]

¿Qué está pasando?

Me parece que esta es la pregunta que se hacen muchos ciudadanos ante la plaga de escándalos que ensucian la imagen del PP, con mayor o menor motivo. Seguramente serán ciertos los toros, al menos algunos toros, pero no menos ciertas ni instructivas son las circunstancias de esta espectacular corrida fuera de temporada.

Como estamos en una democracia consolidada y en la que todo el mundo se atiene escrupulosamente al principio de separación de poderes, no cabe pensar sino en la casualidad para explicar el celo conjunto de Rubalcaba, de la fiscalía y del juez Garzón en depurar esa clase de supuestos y viejos delitos. Pero, en fin, como nuestro país ha hecho suyo el dicho de “piensa mal y acertarás”, dejaremos a nuestros lectores que ensayen en conciencia explicaciones alternativas a la mera fortuna.

Porque es coincidencia muy notable que cuando el país esté hecho un desastre, ZP no convence ya ni a los que le prepara TVE para su lucimiento, y el porvenir es acusadamente oscuro, debido a la inacción y al disparate que cada día nos procura el gobierno, justamente en ese día, se ponga misteriosamente en marcha el perezoso ventilador de la justicia y toda la mierda provisional que avente contribuya a intensificar el tufo de corrupción en las inmediaciones del PP y solo del PP.

Primero parecía que la cosa iba contra la presidenta de Madrid, una persona que ha tenido el atrevimiento de ganar por goleada al partido del gobierno. Cierta prensa, independiente, por supuesto, ha ayudado lo que ha podido mostrando los frutos sazonados de un riguroso trabajo de investigación periodística en que se ve cómo parece que este hizo algo que al otro le parecía que podía ser perjudicial para alguien y que todo eso fue vigilado por no se sabe quién aunque nos dicen que es evidente que no podía sino seguir órdenes directas de la Presidenta quien, en su increíble torpeza, estaba procurando espiarse al tiempo que espiaba a los que espiaron a quienes ella pretendía espiar, o algo así.

En estas estábamos cuando, de repente, la cosa tomó un cariz distinto, lo que da que pensar sobre las prisas del estado mayor que dirige el asunto.  De manera inesperada, los espías se vieron alejados del primer plano por una auténtica falange de corruptos que, ¡oh casualidad! parecían haberse sentado todos juntos en la mesa de una boda ya lejana pero, al parecer, decisiva en la historia política del PP.

¿No será que está fallando la coordinación de funciones, siempre tan necesaria, entre los servicios de policía y la judicatura con cuya garantía de independencia nos sentimos cada día más libres y más seguros? Por algo puso Felipe González, en su momento, a Belloch como ministro de ambos asuntos, para que no pasaran estas cosas tan inoportunas, pero no ha habido valor para mantener con el debido vigor esa innovación en defensa de la democracia y así nos va.

En la boda del Escorial estaban todos juntos. ¡Tate, tate! El español, siempre capaz de atar a las moscas por el rabo, saca las consecuencias del caso inmediatamente, y comprende que el tiro va por elevación, que ya se pasa de Esperanza, que se supone es caso cerrado, y se apunta más arriba. Con esto va a pasar como con la transición: que nos hicieron creer que fue una cosa maravillosa y ahora se ha descubierto que fue una época de vileza, silencio cómplice y traición. Ahora, tras la paciente investigación de Rubalcabas y Garzones se va a descubrir que el progreso aznarí no fue sino un improvisado manto con el que cubrir las miserias de una corrupción generalizada, y muchos parecen pensar que ya va siendo hora de que se diga la verdad. Esta preocupación por el pasado siempre acucia cuando el futuro se adivina de color hormiga.

Tratan de implicar a  Aznar porque le temen y aunque se profesan pacifistas, han aprendido la utilidad que pueda tener la guerra preventiva, siempre que se haga con los apoyos necesarios de la opinión, que no les han de faltar. Se malician que Aznar pueda decidirse a intervenir, a poner su autoridad al servicio de los votantes y los militantes del PP para que el partido se enderece como conviene, y saben que con un PP medianamente en forma el batacazo podría ser de espanto.

Yo no sé lo que Aznar pueda estar pensando, pero creo que cada vez son más los españoles que aplaudirían alguna forma de intervención para evitar que colapse un partido que es bastante importante para que en España siga habiendo algo mínimamente parecido a una democracia. Aznar ha dicho ya en público que la situación política actual está más allá de una mera crisis de alternancia, y es seguro que será consecuente, más allá de consideraciones  acerca del grado de responsabilidad que le pueda caber, dado el hecho indiscutible de que conserva una autoridad moral y una capacidad de liderazgo que ahora no abundan. El futuro del PSOE es efectivamente oscuro, aunque haya que reconocer que, sin duda, tienen un buen departamento de efectos especiales.

[Publicado en El Confidencial]

La tormenta perfecta

En 1986, con motivo del desastre del Challenger, Richard P. Feynman, seguramente el físico más eminente de la segunda mitad del siglo XX, que era, además un prodigioso ingeniero, hizo un informe sobre las causas de la catástrofe. El dictamen fue inmisericorde con los errores cometidos y terminaba con una reflexión que ha sido citada con frecuencia: “si se quiere tener éxito hay que atender a la realidad por encima de las relaciones públicas, porque la naturaleza no puede ser burlada”. El asunto, un fallo que conmovió al mundo, no era meramente tecnológico, porque los errores derivaban, de una u otra manera, de los politiqueos y las operaciones de imagen. Sé de sobra que la política es una materia menos exacta que la tecnología, pero lo que nos recuerda el pensamiento de Feynman es los peligros del autoengaño. Me viene mucho a la cabeza el consejo de Feynman cuando considero la situación histórica en la que se encuentra la sociedad española y la clase de cataplasmas que se nos propone aplicar. Creo que nuestro riesgo es adentrarnos en la tormenta perfecta si seguimos insensatamente el consejo de los que dicen que lo pasaremos mal por un tiempo pero no hay ningún peligro de naufragio y que debemos comportarnos como si no pasase nada.Estamos ante la conjunción de una triple crisis, una coincidencia terriblemente desdichada pero que de nada sirve negar. En primer lugar una crisis constitucional que se pone de manifiesto por la implosión del Estado de las Autonomías, un monstruo inestable e insaciable que hace inviable cualquier política sensata y que ha puesto sobradamente de manifiesto el fracaso de los repetidos intentos, de la derecha y de la izquierda, para conseguir una mínima lealtad de los nacionalismos. Además de ese fracaso el sistema ha impulsado la propia desarticulación de los partidos nacionales que es bastante evidente, en especial en el PP. Estamos, en segundo lugar, ante una gravísima crisis de los partidos centrales del sistema, tanto del PP como del PSOE, seguramente más evidente en el PP, pero no menos grave en la izquierda. Una buena parte de los dirigentes de los partidos se comporta como si fueran los propietarios del poder y se dedican a disputárselo a dentelladas, olvidándose de cualquier consideración moral, de cualquier patriotismo y del respeto a los electores, de cuya voluntad se consideran dueños. Ellos lo saben todo, lo hablan todo y lo deciden todo, mientras el público se dedica a pagar impuestos y a salir adelante como puede. El Parlamento está casi muerto y el presidente pretende sustituirlo por un debate ante unos ciudadanos anónimos que, de cualquier modo, le han dejado muy en evidencia. Las administraciones públicas aumentan su personal (en Extremadura más del 30% trabaja para la Junta, por ejemplo) para mayor lucimiento de los gerifaltes y se dedican a mejorar el mobiliario, a inaugurar embajadas o a crearse sus propios servicios de seguridad, supongo que para protegerse de la ira popular cuando la cuerda se rompa de tanto tensarse.Por último una crisis económica y de empleo espectacular que el gobierno trata sin éxito de ocultar detrás de una realidad internacional también bastante acongojante. Los españoles podrían pensar que nuestro actual nivel de vida está garantizado por alguna especie de milagro, pero se equivocarían. El hecho es que hemos abandonado de manera aparentemente brusca el camino de la prosperidad y que todo se nos aparece negro y espantoso, sobre todo cuando consideramos en qué manos estamos. Nuestra economía está rota, nuestras instituciones no funcionan ni a medio gas, la Justicia no sirve para nada (sirve de tan poco que los políticos tienden a refugiarse en ella para disimular sus calaveradas y sus líos), nuestras grandes empresas se desinflan y los grandes periódicos se convierten en boletines de facción pretendiendo que se dedican al periodismo de investigación. Me parece evidente que buena parte de la clase política se dedica a disimular la gravedad de la situación, en buena medida fruto de su incompetencia y de su falta de interés en los problemas reales, y que cuando algunos políticos ponen el dedo en la llaga, como ha hecho, por ejemplo, Manuel Pizarro, desaparecen extrañamente del primer plano. El sistema necesita un retoque muy a fondo, una especie de refundación, que solo podrá hacerse previo acuerdo de los dos grandes partidos, pero, de momento, parecen más interesados en la trifulca que en nuestro porvenir. En mi opinión ese acuerdo es casi impensable con Zapatero en el poder y debería ser posible tras una victoria del PP que ahora no parece ni siquiera imaginable. El PP parece entretenido en debilitar sus bastiones, aunque la responsabilidad de unos sea mayor que la de otros,y está completamente ausente de las esperanzas de salvación de los atribulados españoles que el lunes mostraron no creer ni una palabra al inquilino de la Moncloa.En esta situación hay que preguntarse con cierta angustia: ¿hay alguien ahí?
[Publicado en El Confidencial]

¿Un nuevo Aznar?

En plena cumbre de la Obamanía, ha podido pasar inadvertido el discurso de Aznar como doctor honoris causa en la Universidad Cardenal Herrera. Es un texto lleno de interés por la circunstancia y por el personaje.  Aznar nos invita a asumir el pasado y a afrontar la gravedad del presente huyendo de la resignación y apostando por la esperanza. Aznar recuerda que vivimos en una triple crisis, económica, política y moral, y nos exhorta a volver al camino del éxito seguido durante cerca de treinta años, incluyendo el largo período de González a quien Aznar cita en un contexto muy positivo. 

Bien, todo esto podría pasar, sin más, por retórica de ocasión, pero parece algo más. Aznar constata que la situación actual va más allá de una simple crisis de alternancia y que es necesario reemprender una ambiciosa agenda reformista que abandone la dinámica en la que España acabaría siendo únicamente una rara especie de Estado residual. 

¿Quiere esto presagiar una cierta vuelta a la política? Yo no lo veo así, pero creo que Aznar está advirtiendo a todos, pero en especial a los suyos, que deben abandonar la miopía y tomar medidas extraordinarias para  hacer que España pueda reemprender el camino del éxito. Como dice Aznar, la historia de las naciones libres la hacen los ciudadanos, con sus decisiones y asumiendo sus responsabilidades: es el único camino para hacer de  España una de las mejores democracias del mundo. 

Creo que Aznar es muy consciente de que los años transcurridos desde que dejó el poder no han sido lo que él pensó  que podrían haber sido. Las responsabilidades de cada cual son ya objeto de la historia, pero la política nunca se detiene y Aznar hace muy bien en recordar en clave mayor cuáles son los fundamentos morales de la tarea política. El éxito de Obama se ha basado, precisamente, en esa clase de recursos, en la convicción de que hay ocasiones en que es necesaria una ruptura con la inercia del pasado, en las que es gravemente necia la pretensión de seguir, sin más,  en el día a día, cuando el escenario ha cambiado de manera tan dramática.

 ¿Qué significa todo esto? En mi opinión, una clara advertencia al PP, no solo a sus dirigentes, a todos los militantes, de que se precisa una catarsis, de que es necesario tomarse la democracia en serio y que no se puede seguir tratando de administrar una supuesta herencia que ha sido desbaratada por muy diversos desastres.

No creo que el mensaje de Aznar sea únicamente para el PP porque su fondo es, inequívocamente, el patriotismo, una invocación que de ninguna manera debería dejar indiferente a la izquierda española, pero los primariamente concernidos son los militantes del PP a los que se recuerda que su deber es estar a la altura de unas circunstancias, que ahora no son cualquier cosa. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Madrid 10 Barcelona 1

Los madridistas, que son mayoría entre los madrileños, aunque Teruel también existe, desearían que un titular como este pudiera referirse al fútbol, pero eso resulta pero que muy improbable, al menos hoy por hoy. No se trata de fútbol, sino de deuda, y ahí las cosas son así de claras. Gallardón ha llevado la deuda madrileña a las cotas más altas que imaginarse pueda, hasta el punto de que ha dejado cortos a sus rivales socialistas, siempre tan competentes en esta clase de desaguisados.  Ha superado con creces, incluso, la barrera que le había propuesto el muy flexible Solbes, de manera que, con un caso tan nítido,  el PSOE estará en condiciones de echar la culpa a Rajoy, que suele llevarse esta clase de bofetadas propiciadas por el entusiasmo de sus más fieles, del crecimiento del déficit público.  Según informa Carlos Sánchez en elconfidencial.com, de acuerdo con las cifras del Banco de España, el ayuntamiento de Madrid debía al finalizar el tercer trimestre del año pasado, 6.496 millones de euros, lo que supone un 400% de la cifra existente al comienzo del mandato de Gallardón y que está a punto de alcanzar la supercifre de 8.000 millones, casi tres mil euros por madrileño.  Quizá no sea mucho si se tiene en cuenta que Gallardón aún no ha estropeado del todo la calle Serrano, aunque está en ello, ni ha puesto patas arriba el Paseo del Prado, que es uno de sus próximos proyectos.

Creo que una de las ventajas que Barcelona ha tenido siempre sobre Madrid ha sido la mayor categoría de sus alcaldes, seguramente porque para un barcelonés llegar a la plaza de Sant Jaume era una de sus mayores aspiraciones, mientras que los políticos madrileños han actuado siempre como si ser alcalde de la capital fuese un destino de segunda. Lo malo es que Gallardón quiere ser el líder del PP y está decidido a romper esa tradición poco brillante a base de gastar pasta y que lo pague el que venga. Visto que oponerse a ZP no funciona, piensa dejar en ridículo las cifras de déficit del PSOE. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Jugar con Internet o tomarse la democracia en serio

Ahora resulta que El PSOE golea al PP también en Internet. Leo en la Gaceta de los negocios un estudio sobre el uso de las páginas web, los buscadores,  las redes sociales y un cierto etcétera, en relación con los dos partidos que concluye con ese dictamen. También leo, en varios lugares, que Rajoy piensa convertirse en el Obama español y que para eso se ha agenciado la colaboración de un grupo de expertos (alguno de los cuales da mucha risa) con el fin de ponerse a la tarea.

No quiero engañar a nadie: ¡ojalá lo consiga!, pero me temo que, en esto, como en tantas cosas, suele ser inútil por completo querer arreglar la fachada del edificio sin ocuparse de los desequilibrios y problemas estructurales que la llenan de grietas. 

Los votantes del PP se preguntan muchas veces, sin duda, por las razones que hacen que su partido, salvo las escasas excepciones que están en la mente de todos, tienda a perder las elecciones más allá de la frecuencia que sería razonable vista la composición de la sociedad española. El diagnóstico está hecho y es rara la unanimidad de los analistas al respecto, de manera que lo que empieza a resultar intrigante es la inusual habilidad de los cabecillas del PP (de muchos, aunque no de todos ni siempre) para comportarse de manera inadecuada. En mi opinión personal, el error de análisis que precedió a la derrota de las últimas generales fue de los que hacen época, porque el sesgo que hizo ganar a ZP es más simple que el mecanismo de un chupete. Nunca he logrado adivinar a qué se dedican exactamente los que asesoraron a Rajoy en esa ocasión en que, al parecer y por una vez, sí se estaba jugando algo. Pero bueno, eso es ya historia, es decir aquello que desprecian los que se obstinan en ser más listos que la realidad.

Volvamos a Internet y a preguntarnos por las razones de esa diferencia. En primer lugar, habrá que considerar que la edad es un factor importante: los más jóvenes son más navegantes y, grosso modo, es un hecho que están prefiriendo a Zapatero. No entraré en este asunto que merece, por lo sorprendente, análisis aparte. Tiendo a pensar, sin embargo, que la sola variable de la edad no sea suficiente.

Otra variable creo que podría ser el grado de pericia tecnológica de los dirigentes y los asesores, pero me parece que ese es un factor que debiéramos desconsiderar porque por malo que sea el nivel de Rajoy  y los suyos no parece fácil superar el nivel de impericia del que ha dado muestras ZP en una entrevista reciente. Por lo demás, González Pons, que me parece que algo tiene que ver con esto, sí es persona competente y capaz de orientarse en estos asuntos, o, al menos, lo era.

A mi entender, la verdadera causa del desaguisado es que los militantes y simpatizantes del PSOE se sienten más motivados que sus pares  del PP porque su partido es relativamente más permeable, primera razón, y, en segundo término,  porque cada uno de ellos se juega más en el triunfo de su partido. Lo primero me parece evidente. El PP presume de tener cientos de miles de afiliados pero o bien no sabe aprovecharlos, para lo que bastaría con no querer que la competencia interna sea fuerte, lo que es un deseo muy razonable en los bien colocados, o bien los militantes y los simpatizantes saben que no cuentan realmente para nada y tratan de no sufrir más de la cuenta intentándolo en vano.

Internet representa un tipo de apertura que el PP está muy lejos de poder representar, de manera que los intentos de la maquinaria por simular mayores cuotas de participación conducirán inevitablemente a lo contrario.  Internet no es ya una imagen, sino una realidad bien granada en la que se mueve a su gusto la parte más dinámica y responsable de la sociedad española. De nada sirve tratar de engañar a este tipo de gente a la que su experiencia navegando le ha hecho capaz de buscar eficazmente lo que merece la pena y le ha enseñado a pasar ampliamente de las meras fachadas, de los simulacros. 

Un partido que evita el debate interno, que simula los congresos, que privilegia insensatamente los mecanismos hereditarios y que hace todo lo posible para designar desde arriba a los que habrían  de elegir desde abajo, está condenándose a ser un partido con muy escasa movilidad, con menos reflejos que la Cibeles, como diría un castizo.  El PP necesita tomarse en serio la democracia no solo hacia fuera sino, muy sobre todo, hacia dentro y, mientras no sea capaz de hacerlo en serio, seguirá fortaleciendo la impresión de que es un partido que ni se fía de los ciudadanos ni se gobierna democráticamente, de modo que seguirá sin ser capaz de merecer directamente el voto de la mayoría. 

Las últimas orientaciones estratégicas del PP, seguramente tomadas con la mejor intención, dan la impresión de que los dirigentes ya no se fían tampoco de las ideas que les dieron el poder hace casi quince años y que andan a la espera de que se produzca el abandono de los votantes socialistas, por otra parte extremadamente lógico. Pero se equivocan de medio a medio si piensan que esos desencantados van a votar una versión oportunista y acomplejada de la derecha porque siempre verán en ella no a un manso cordero, sino a un lobo cobarde, pero peligroso. La batalla hay que darla muy de otra manera, no disimulando sino convenciendo y para eso hay que ser, para empezar, ejemplar. 

El PP tiene que empezar a creer en serio en la democracia y eso significa apostar de manera efectiva por el debate de ideas y por la nitidez ideológica, de cara al exterior, y, hacia dentro, por un partido abierto en el que la gente de valía pueda  progresar sin necesidad de inclinar a todas horas el espinazo ante el que se encuentra momentáneamente arriba. El Obama que dicen andar buscando no saldrá de simular el empleo de Internet, sino de tomarse en serio la libertad, el debate de ideas y  la democracia.   

[Publicado en El estado del derecho]

Montserrat Nebrera

El Partido Popular empieza a tener de nuevo la iniciativa. Ya era hora. Montserrat Nebrera, una militante catalana, que tuvo la osadía de presentarse a unas elecciones internas sin el visto bueno del aparato, va a ser emplumada por haber hecho unos comentarios desafortunados en una tertulia. La secretaria general se ha adelantado a Pepiño al denunciar el crimen nebreril y ha comunicado que se le abrirá expediente disciplinario.

Hay que preguntarse si esta mentalidad disciplinaria va a ser la tónica general a partir de ahora en el PP o si se cree que es la que siempre ha existido. A mí me parece, modestamente, que se trata de una novedad porque, en caso contrario, no entiendo la laxitud mostrada con algunas declaraciones de Fraga o del propio Rajoy, por no citar sino a los más significados y a  pifias que están en la mente de todos, que dejan en pañales las meteduras de pata de la asilvestrada Nebrera. Yo también creo que las declaraciones de Nebrera han sido inoportunas y que pueden haber perjudicado al PP en Andalucía, aunque esto sea difícil de comprobar. Pero estoy seguro de que perjudica bastante más al PP esa actitud autoritaria que nace, muy probablemente, de que la dirección se muestra incapaz de encauzar el cabreo de los suyos ante la falta de éxito de las iniciativas del PP, un dato que no será necesario argumentar, me imagino.

No hay manera alguna de crear y consolidar una democracia mínimamente respetable con la mentalidad inquisitorial que delata la iniciativa disciplinaria del PP. Un partido político no puede ser un clan de marselleses ni la Compañía de Jesús ni un regimiento de infantería ni la dirección general de la función pública. Las tareas políticas que tendría que cumplir con eficacia la dirección del PP son tantas y tan arduas que asombra que tengan tiempo para reparar en menudencias como el desliz de Nebrera. Por lo demás, si un partido no está a la altura de lo que piensan y sienten los militantes, aunque a veces se articule y se exprese de manera incorrecta, está bastante fuera de lugar.

El PP debería tomarse en serio su inspiración liberal en asuntos como este y echar por la borda su pasado ordenancista, que viene de donde viene, para tratar de abrirse a la sociedad y cumplir fielmente con su función constitucional que no es otra que dar cauce  al  pluralismo político, a la voluntad popular y a la participación política.  El PP debe estar más atento a preparar efectivamente una alternativa política que a corregir los exabruptos de los suyos, mucho más cuando no ostentan cargo público alguno. Lo contrario muestra una mentalidad de dueño de finca que debe ser muy placentera para quien la posee pero que no le sirve para nada a los millones de electores que esperan que el PP cumpla con eficacia su misión y deje de marear la perdiz a la espera del santo advenimiento.

[publicado en Gaceta de los negocios]

Hay una España que espera

[Benito Pérez Galdós y su perro en Las Palmas ca. 1908]

La política española atraviesa uno de esos abundantes momentos grises de nuestra historia en los que parece que carecemos tanto de  futuro como de pasado. No sabemos hacia dónde vamos ni hacia dónde deberíamos ir, y hemos abandonado nuestro pasado a la ciencia ficción.

Nos hemos quedado sin proyecto alguno entre las manos y nos dirige un personaje cuya capacidad de entender la situación está seriamente en entredicho. La alternativa política tampoco está clara y los gritos ensordecedores y torpes de quienes sacan ventaja continua de este desconcierto no cesan de oírse por todas partes; hasta en Asturias y en Murcia, por citar dos regiones en los que el fenómeno habría sido enteramente inconcebible hace solo una década, han surgido ya grupos nacionalistas.  

Nuestra situación económica es desastrosa, pero el gobierno juega al disimulo haciendo ver que la cosa es grave en el mundo entero y nadie parece prestar mayor atención al estado de extrema debilidad económica e institucional en el que se está hundiendo la sociedad española. El divorcio entre la España real y el mundo oficial es cada vez más grave, y los políticos andan como locos, es su estado natural, preocupándose del mañana inmediato sin caer en la cuenta de que, como decía aquel antiguo experto, estamos tan mal que parece que ya estamos en el año que viene.

A nuestro favor está que, como los italianos, tenemos una amplia experiencia de esta clase de crisis y nuestra vieja historia nos enseña a sobrevivir pese a los horizontes extremadamente oscuros. En España trágica, una novela centrada en la agónica crisis de régimen que se vivía en 1870, Galdós hace dos afirmaciones que muestran qué poco hemos cambiado: uno de sus personajes dice “¡Oh España mía, único país del mundo que sabe ser al tiempo desgraciado y alegre!”, y, algo más adelante, apostilla el autor: “En España tenemos un singular rocío de olvido, que desciende benéficamente del cielo sobre las inconsecuencias políticas”. Por esta doble inconsciencia de tapar las penas públicas con alegrías privadas y de perdonar al político que habitualmente nos engaña porque, en realidad, no creemos a ninguno, la sociedad española ha soportado mucho sufrimiento innecesario y mucho retraso evitable. 

¿Será posible que el impulso que nos trajo la libertad y la democracia esté ya enteramente agotado? ¿Es que no va a haber ninguna voz política que sepa ofrecer a los españoles una salida atractiva a esta crisis política y económica? Son muchas las cosas que hay que cambiar y hay que hacerlo con esperanza y sin miedo. Los ciudadanos deben exigir a los políticos que sepan estar a la altura de nuestras necesidades y que dejen de actuar, únicamente, en función de la miope perspectiva de sus pugnas internas y de sus votos cautivos. Nos sobran políticos de quita y pon, y nos faltan auténticos líderes, gente valiente que crea en las posibilidades de los españoles y que nos invite a riesgos y aventuras que merezcan la pena.    La derecha, muy en especial, debería reflexionar sobre si está ofreciendo a los españoles lo que España necesita o si se limita a celebrar una especie de burocrático ritual que recuerda a la democracia pero que carece de cualquier grandeza.

La izquierda española, al menos, parece saber lo que quiere: seguir en el poder, aumentar el número de los dependientes del Estado en cualquiera de sus formas, hostigar los sentimientos de los  conservadores y el jolgorio de progresistas a la violeta sacando a relucir espantajos legislativos, además de disimular cuanto pueda su deseo vehemente de lograr un acuerdo de fondo con los elementos cercanos a ETA para que se incorporen al festín del presupuesto. La derecha no se atreve a ser original, se limita a reaccionar, a mostrar sus heridas de guerra, a oponerse sin ton ni son, sin que pueda comprenderse ni dónde va ni qué prefiere. Tiene miedo a argumentar porque se sabe frágil y plural y se deja acomplejar con toda facilidad mientras la izquierda carga en su cuenta el conjunto de todas las desgracias concebibles, desde el 11-M hasta la crisis económica universal.

La democracia consiste, esencialmente, en la alternancia pacífica en el poder. Hace poco hemos podido ver cómo Mc Cain, en una intervención  memorable, pedía, acallando con autoridad los gritos y protestas de sus incondicionales, el apoyo al nuevo presidente reconociendo en esa elección un paso adelante del pueblo americano. Aquí estamos muy lejos de eso. Quien más,  quien menos, piensa que sus rivales son tontos del culo y los más groseros lo gritan en público, entre aplausos de quienes viven a su costa.

El PP tiene que ser capaz de romper la camisa de fuerza del sistema electoral a base de coraje, de talento, de audacia y de imaginación y tiene que pedir a los españoles que le ayuden a ello. No sería la primera vez. Hay una España que lo espera, pero nadie debería abusar de su paciencia. 

[publicado en elconfidencial]

La reforma de los partidos

Los españoles tenemos un problema que nos cuesta reconocer por temor a que se pueda poner en duda el valor de la libertad: los partidos están secuestrando la democracia y su ejemplo cunde.

Nuestros partidos se han hecho, sin excepción, cesaristas, algo que nunca hubieran aprobado los constituyentes, pero nuestra tradición de despotismo ha resultado ser demasiado fuerte. Somos una Monarquía y los líderes quieren ser inviolables, como el de la Zarzuela, y controlar la llave de la sucesión para que todo siga tan “atado y bien atado”.

Convertir los partidos en máquinas de poder y de adulación, nada tiene que ver con la democracia, más bien la reduce a una oligarquía disimulada por las elecciones y tutelada por unos poderes, los magnates financieros y de prensa, que consideran que este sistema es el mejor para la defensa de sus intereses. Así se entiende, por ejemplo, que el señor Botín, pese a que quiere ser el banquero de todos los españoles, le haya dicho recientemente al Rey que Zapatero siempre acierta y que es una bendición de Dios.

Tiene gracia que algunos se rasguen las vestiduras por la llegada de Putin a Repsol, como si aquí estuviésemos tan lejos de su modelo.

La historia de la destrucción de UCD se invoca en ocasiones para justificar el repliegue de los partidos hacia la falange,  con exclusión de cualquier debate, de cualquier discrepancia, pisoteando la función encomendada por la Constitución, que no es otra que expresar el pluralismo político y concretar la participación política y la voluntad popular. La Constitución establece que el funcionamiento de los partidos deberá ser democrático, algo que ha conseguido subvertirse de modo que los elegidos designan a sus electores con los efectos que son de imaginar. En el interior de los partidos se aplican prácticas chavistas, castristas y putinianas, nada que tenga que ver con una democracia liberal mínimamente seria. Entre nosotros, Obama no habría llegado ni a concejal.

Hace unos días la prensa se ha lanzado a criticar a los diputados por estar ausentes en las votaciones, pero la verdad es que los diputados tampoco pintan nada en nuestro sistema y que, de vez en cuando, se dan cuenta, se deprimen y se quedan en casa. Vivimos en una democracia muy restringida en la que la mayoría de las instituciones carecen de valor y de vida autónoma y en la que cuatro o cinco personas toman todas las decisiones, dejándonos a los demás una cierta libertad de comentario a la que pondrán un coto más estrecho en cuanto les parezca oportuno, como ya se hace en Cataluña.

El bipartidismo que aquí tratamos de divinizar es una deformación grotesca y disfuncional  de la democracia liberal, una maquinaria infernal que nos conduce, inexorablemente, a lo peor de nosotros mismos, a esa imagen tenebrista de las dos Españas, eso sí, multiplicada ahora por los 17 califatos que padecemos, con infinita paciencia y con no poco dolor, y que son hijos de la misma obsesión antiliberal  y ordenancista a la que debemos tantas glorias en el pasado. Por ejemplo, el malestar existente en torno a Rajoy se trata de convertir en una conspiración del clan de los diez, al parecer un grupo de diputados que “se reúne, comenta cosas y habla con los periodistas”, es decir, unos traidores.

De esta manera, nuestra democracia se está quedando sin posibilidad alguna de interesar a nadie, se está convirtiendo en su caricatura, en una fantasmagoría, en esa España oficial de la que dijo Ortega, en su día, que era como un “inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie  los elefantes”.

No soy de los que creen que esto no tiene remedio, pero creo también que, en palabras de Pericles, el precio de la libertad es el valor, que hay que ser valientes para superar el pasado, para liberarnos de la supuesta condena de un destino estéril e inalterable. Me parece que cada momento tiene sus oportunidades y sus riesgos y este de ahora es un instante especialmente grave. Nos jugamos mucho. Podemos empezar a parecernos más a lo que nos gustaría o dejarnos arrastrar por la implacable tendencia a decaer que siempre acecha a las instituciones humanas.

Como diría el almirante inglés, España tiene derecho a esperar que cada cual cumpla con su deber. No es una obligación que afecte únicamente a la oposición, pero en ella es más acuciante. El PSOE ha dado muestras suficientes de querer convertirse en un aparato al que ni le importan las ideas ni le afectan intereses distintos a los de su sustento; además, es una máquina más eficaz y está en el poder. No sé si los que en el PP juegan a esta misma dinámica saben bien lo que están haciendo, pero sí sé que a muchos de sus electores  no les interesa nada esa clase de acomodos, que preferirán permanecer libres ganándose cada día la libertad con sus acciones. 

Economía y política

Nadie duda de las relaciones entre la economía y la política, pero son realmente muy pocos los creen  que la cosa vaya a funcionar de tal manera que, al final, dé la victoria a Rajoy. El PP parece poseído por esa extraña esperanza sustentada en una doble actitud: apoyar al Gobierno en las grandes cuestiones y esperar que la que está por caer derribe a Zapatero. Este sacrificio en el altar de la lealtad a los intereses de España, exigiría, como mínimo, dos cosas, a saber: una certeza sobre lo que el Gobierno realmente intenta y una cierta convicción de que el Gobierno no se va a mover de donde dice que está. Dos presunciones sobre este Gobierno que implican una confianza desmedida en la condición humana, en general, y suponen  un auténtico disparate referidas al señor Rodríguez Zapatero, en particular, puesto que sus ideas sobre la lógica y la coherencia son de sobra conocidas por todo el mundo (menos, al parecer, por los analistas del PP).

La discreción de la oposición parece apoyarse en el miedo al qué dirán, en el para que no digan,  como si estuviese perfectamente claro que el Gobierno y sus aliados (ni escasos ni mudos) fuesen a decir siempre aquello que más se ajuste a la realidad, aunque estuviese lamentablemente reñido con sus intereses. Nos encontramos, entonces, con que la oposición parece preferir que se la califique por sus silencios y sus aquiescencias a que se la califique por su capacidad de pensar algo distinto. En este punto, los analistas del PP dirían, supongo, que la economía no está para bromas y que el sentido de la responsabilidad les impulsa a apoyar a los españoles aunque de ese apoyo se beneficie ZP.

Lo curioso del caso es que si de algo podría presumir el PP es de haber enderezado la economía que Aznar heredó en estado lastimoso de las inanes manos de Solbes, hasta el punto de que hubo que pedir dinero a los Bancos para afrontar las primeras obligaciones del Gobierno. La diferencia está en que Aznar, en muy pocos días, tuvo un plan, se atrevió a presentarlo, con pelos y señales, no vaciló en ejecutarlo (aunque implicase una congelación del sueldo de los funcionarios, cosa que no puede hacerse sin tocar madera) y, además, le salió bien.

El PP no está haciendo nada al respecto, entretenido como está  en aprobar en el Congreso estatutos que molestan a los que le votan, en perfeccionar (como en Navarra) sus alianzas regionales, o en artimañas financieras que permitan traspasar ordenadamente una  herencia política tan brillante para dejarla en manos de algún personaje que, como Gallardón, sea bien visto por el sistema, y evitar de raíz que alguien con ideas propias y energía suficiente tenga la tentación de hacer política en serio, lo que podría poner en peligro la estabilidad de esta Kakania mansurrona, crédula e ignorante a la que los encargados de imagen le han hecho creer que es culta, libre y posmoderna.

Lo curioso de esta ausencia de alternativa a la errática y mistérica política económica de ZP (siempre a golpe de indefinición, decreto y secreto) es que no le faltan al PP mimbres para ofrecer ese programa y para hacerlo de manera brillante y consistente. Le faltan otras cosas, una de ellas muy principal, pero no gentes capaces de formular una alternativa económica sólida y creíble, y algunas de esas ideas se atisban a través de las comparecencias de Cristóbal Montoro o las esporádicas y brillantes apariciones de Manuel Pizarro, otro insensato que piensa por su cuenta y hasta lo dice.

Se cuenta que Bill Clinton, en campaña,  tenía siempre delante un cartel que decía: “es la economía, estúpido”. Ahora, ese consejo estaría fuera de lugar, tanto en los Estados Unidos como en nuestra patria. El consejo debería ser el complementario: “la política, estúpido”, aunque esa política tenga mucho de economía, de convencer a la gente de que serán ellos trabajando duro, los que puedan arreglar estas cosas, en lugar de alimentar la necia esperanza de pensar que Zapatero esté haciendo otra cosa que repartir subvenciones entre quienes le apoyan, que consolidar la base de su victoria. Es legítimo, por supuesto, que haga eso y es muy inteligente, desde su punto de vista, hacerlo con habilidad  y fomentando esos buenos sentimientos que tanto gustan al respetable. Pero es absolutamente desastroso que la oposición no tenga capacidad para explicar que a ella no le va nada en eso y que, al conjunto de los españoles tampoco les conviene que Andalucía o Cataluña multipliquen sus inversiones públicas mientras otras regiones, señaladamente Madrid, sufren un tratamiento de “provincias traidoras”.

El desastre del PP es verlo entregado a convertirse en su caricatura, en una federación de pequeños partidos que imiten a los nacionalistas, mientras el proyecto común desfallece y se reduce a una pura nostalgia, a un pasado sin futuro y condenado a la inexistencia, porque la historia del ayer se ha escrito siempre desde las páginas del mañana.

[Publicado en elconfidencial.com]