Vergüenza

Vistas con calma las imágenes polémicas del partido de ayer, tengo que decir que lo de Mou y el dedo en el ojo de Vilanova me parece escandalosamente intolerable, como para expulsarle del equipo. Partiendo de que podían tener algo de razón en las anteriores grescas arbitrales con el Barça, la han perdido del todo en la triste jornada de ayer. Florentino Pérez debería tomar cartas en el asunto y advertir públicamente a Mou de que no va a consentir ni una más, ni a él ni a los que no saben perder sin dar patadas. El Real Madrid ha sido un equipo caballeroso porque, además, era muy fuerte, y no puede perder las maneras ahora que un equipo español le pega repaso tras repaso. No quiero avergonzarme de mi equipo y ahora lo estoy, así de simple. La victoria no lo justifica todo, pero la derrota menos.

Lo de Italia, y algo más

Por curioso que pueda parecer, ha habido un pronóstico de Zapatero que casi ha estado a punto de cumplirse, aunque al revés. En el cenit de su gloria, Zapatero anunció que habíamos sobrepasado a Italia y que estábamos a punto de hacerlo con Francia. A poco de soltar tales bravatas, como una especie de milagro infausto, empezó a ser evidente que Zapatero deliraba, y que el desastre se aproximaba a grandes pasos, esos que han estado a punto de llevarnos a la intervención formal de nuestra economía, más allá del estado de intervención real en el que permanecemos desde hace más de un año. Ahora, finalmente, ha estado a punto de ser cierta la profecía inversa de Zapatero, con una Italia que alcanzó un diferencial de riesgo mayor que el español, y con una Francia conmovida hasta los cimientos por las sospechas generadas en torno al estado real de su economía y sus deudas.
Ambos países han reaccionado y han puesto en marcha medidas que nuestro pudoroso gobierno no ha sido capaz de tomar, seguramente llevado por la generosidad hacia su alternativa política. Pero Zapatero ha hecho algo más que no tomar las graves medidas que debiera haber tomado, se ha dado a sí mismo una extraña y amplia prórroga una vez que hubo de ceder a adelantar las elecciones generales. Nos ha hecho, pues, el regalo de casi medio año de dolce far niente, mientras que Berlusconi, como para que se entienda que la cosa va en serio, ha decidido, ente otras cosas, suprimir los puentes laborales, una recia tradición latina. Se ve que Zapatero pretende pasar a la historia como un gobernante comedido, como alguien que siempre supo elegir la medida menos traumática, lo que le ha llevado a que, en la práctica, haya optado frecuentemente por no hacer nada, aunque sin renunciar a esa poesía que, según cree, es la que mueve el sol, la luna y las estrellas.
Mariano Rajoy ha tomado nota del ejemplo italiano, que ha sido el más llamativo, y ha comentado, para que luego digan que no se le entiende, que tenemos un problema parecido al italiano aunque matizado por el sensacional volumen del paro español, modesta pejiguera que no atribula de igual modo a los trasalpinos.
Berlusconi ha resuelto de un plumazo uno de los nudos gordianos de la economía y la deuda italiana para ahorrarse unos cincuenta mil millones de euros, lo que no está nada mal. Lo interesante es que lo haya hecho como de sorpresa, sin previo debate, con dolor, según ha reconocido, pero sin andarse con paños calientes. Ha cortado por lo sano la insensata exuberancia de la burocracia italiana, reduciendo de manera drástica el número de ayuntamientos y de provincias y, con ello, el de empleos públicos remunerados que no tenían suficiente justificación en un contexto de crisis, y resultaban insostenibles ante el rápido deterioro de la situación financiera de Italia.
¿Se puede y se debe hacer algo parecido en España? ¿Tiene justificación que sigamos teniendo casi diez mil municipios, algunos de los cuales no pasan del millar de habitantes? ¿Es sostenible que ciudades que están unidas de hecho sigan teniendo ayuntamientos distintos cuando algunas calles tiene aceras que pertenecen a dos municipios? ¿Es normal que la administración española se haya multiplicado por cinco cuando la población apenas ha crecido en un treinta por ciento? Esta clase de preguntas solo tiene un sentido relativo, y depende de la riqueza de cada cual, porque hay quien puede tener un amplio servicio doméstico a su disposición, mientras que la mayoría hemos de fregarnos la taza del té si queremos que se guarde limpia. La verdadera cuestión, por tanto, es la siguiente: ¿podemos seguir gozando de servicios de rico cuando tenemos rentas de pobre, y ya nadie nos fía? ¿Tiene sentido hipotecar absolutamente el futuro de nuestros descendientes para mantener en píe unos servicios de utilidad más que discutible? Claro es que responder a estas preguntas exige tomar decisiones que son traumáticas, que, como diría Berlusconi, causan profundo dolor, pero el problema no es el dolor que causen, sino escoger entre ese trauma y el desastre general, saber decir que no a ciertas cosas, del  mismo modo que el médico nos aconseja que prescindamos del alcohol, del tabaco, de las comilonas, y otros excesos, placeres a los que un individuo perfectamente sano tiene alguna clase de derecho. 
La única alternativa seria a los recortes en el gasto público es, desgraciadamente, inexistente. Algunos pensaran que siempre cabe seguir vendiendo la misma monserga, y seguir echándole la culpa a los especuladores, esos que tan bien nos caían cuando las cosas iban de perlas, o a los alemanes, unos tipos tan patentemente insolidarios que no nos dejan meter de matute nuestra deuda entre sus bonos, el bono europeo, de manera que ellos paguen más por lo que hemos gastado nosotros, y nosotros paguemos menos por lo que han ahorrado ellos. ¡Estos alemanes!, con razón le caía tan mal la señora Merkel a nuestro poético y maltrecho líder.

Trabajar mejor es el secreto

En esta crisis económica es difícil advertir lo que cada cual necesita hacer para minimizar sus efectos. La economía es algo tan complejo e imprevisible que puede parecer que nada tiene que ver con lo que hagamos, y no es así, de ningún modo. Se ha repetido que vivíamos por encima de nuestras posibilidades, como si todo dependiera del exceso en las alegrías del consumo. Ha habido excesos, sin duda, pero no tan generales ni tan uniformes como ese dictamen da en suponer. Sin duda, el exceso mayor ha sido el del gasto público, el derroche sin sentido de tantas administraciones. Hay quien defiende ese gasto como si alimentase la rueda de la fortuna, quien da vida a la economía, y es claro que lo hace, pero a un precio inasumible, que, al final, se convierte en un cáncer rápido y letal.
Contra lo que se pueda creer no hay, en esencia, dos leyes económicas, una para los asuntos públicos y otra para las economías de los particulares. Ese engaño ha sido fácil de sostener sobre el supuesto de que las economías nacionales no podían quebrar, pero ya hemos visto demasiados casos que incumplen un diagnóstico tan optimista. El hecho de que se haya dado un descenso en fiabilidad de las economías nacionales, que ha afectado nada menos que a la solvencia de la economía de los Estados Unidos, indica que esa época se ha acabado, y que hay que poner orden en ese renglón de la economía que ha propiciado tantos disparates y disfunciones. Es obvio que no podemos sostener, hablo ahora de los españoles, una situación en que los intereses de la deuda se comen dos terceras partes de los ingresos públicos. Parece mentira que una sociedad tan generosa con sus hijos, como la española, se haya dejado embaucar por políticas que cargan sobre las espaldas de nuestros herederos el pago de los disparates cometidos bajo cualquier pretexto de apariencia solidaria. Es algo que se ha de acabar si no queremos perecer en el intento.
Estamos en una situación en la que, por tanto, es suicida esperar que los estímulos públicos nos ayuden a salir de una pésima situación económica, la peor que hayamos vivido nunca, sin género de dudas. Hay que fijarse, por tanto, en las posibilidades de la economía privada y, además, no perder de vista que hay muchas  cosas que cambiar en la administración pública.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que estamos en un mercado cada vez más competitivo y amplio y que si no tenemos nada que ofrecer a ese mercado entraremos en una espiral de pobreza. ¿Qué hacer pues? Hay que saber que entramos en una situación en que ni los precios ni los salarios van a poder fijarse como si el crecimiento económico fuere a ser incesante. Desde la entrada en el euro, en particular, los españoles nos hemos acostumbrado a soportar un nivel de precios que no podremos seguir pagando, como saben perfectamente quienes se dedican a la hostelería, y también quienes padecen esos precios con desigual paciencia. Es necesario que nos hagamos la idea de que no tenemos otro remedio que entrar en una especie de espiral decreciente de costos, y que eso solo podremos hacerlo si nuestra capacidad de producir mejora, si nos especializamos e incorporamos tecnología, además de obtener un buen conocimiento de la competencia. Hay desajustes internos que han de cesar; es absurdo, por ejemplo, que un electricista pretenda cobrar cuarenta euros por cambiar un enchufe mientras a los médicos se les pagan a los médicos alrededor de cinco euros por consulta. La idea de que haya alguna ley que pueda garantizarnos el actual nivel de salarios y de consumo es quimérica, y actuar como si esa pretensión fuera razonable puede acelerar la llegada de un auténtico desastre.
Algunos pueden pensar que el panorama es terrible, pero si nos atrevemos a mirarlo con claridad y sin miedos, resulta enormemente estimulante. Siempre he pensado que si los españoles nos decidiésemos a hacer las cosas bien, el país iría mucho mejor de lo que ha ido, a pesar de la enorme cantidad de despropósitos que hemos cometido por todas partes. Basta un ejemplo, que es casi cegador, para mostrar que es posible cambiar la errónea dinámica que nos conduce al desastre: nuestras escuelas de negocios, privadas, son excelentes y se miden con las mejores del mundo sin complejo alguno; nuestras universidades, públicas, son, sin apenas excepción, muy mediocres, y contribuyen a extender y legitimar esa mediocridad que no nos deja salir del hoyo económico en el que hemos caído. El día en el que los españoles empecemos a darnos cuenta de que los políticos no pueden resolvernos la vida, empezaremos a impedir que nos la arruinen y a competir con alegría en un mercado en el que podemos hacer un papel nada desdeñable.
En realidad la economía no depende de ningún arcano, de entidades misteriosas e incontrolables, sino de lo que cada uno de nosotros sepa hacer y haga con calidad, eficiencia y a buen precio, porque en condiciones ideales es un sistema que retribuye el esfuerzo mucho mejor que cualquier poder arbitrario.

Indignados con la Religión

Produce melancolía ver en qué ha ido a parar, de momento, el movimiento de los indignados, algo a lo que muchos concedimos razón y motivos, por más que nos produjese algún sonrojo la bisoñez estúpida de algunas propuestas coreadas por el público. Ahora, los indignados han decidido boicotear la visita del Papa y, ¡toma coherencia! han llamado a colarse en el Metro de Madrid para protestar porque el Metro haya establecido unas tarifas especiales en esos días. 
Por más que me lo expliquen, no consigo entender la inquina contra la religión en 2011. Estaría, con toda probabilidad, de acuerdo con muchas de esas críticas hace más de cien años, por decir algo, pero ahora me cuesta mucho ver el poder oculto e insolente de la Iglesia. Curioso estrabismo el de estos anarquistas de pacotilla. Se ve que muchos anticristianos tienen el mismo tipo de actitud que la de los forofos del fútbol, que gritan con furia para que el arbitro castigue al contrario cuando uno de los suyos comete una falta alevosa. Esa cultura política da pocas esperanzas de nada, la verdad.

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Huelgas en el césped

A muchos españoles se les hace difícil comprender la huelga de futbolistas. La razón de ese rechazo no debiera depender de que los futbolistas, al menos los más conocidos, ganen mucho dinero, pues lo obtienen merecidamente y en un mercado muy reñido, sino de que parece absurdo que el mundo del fútbol tenga que recurrir a un procedimiento tan radical para arreglar sus problemas. Para desgracia general, los sindicatos, pero no solo ellos, ahí está la asombrosa y extemporánea huelga de las farmacias de Castilla la Mancha para recordarlo, nos han acostumbrado a que el recurso a la huelga se haya convertido con demasiada frecuencia en un instrumento al servicio de ciertos privilegios.

Las huelgas las suele pagar, con sospechosa frecuencia,  quienes no tienen culpa alguna, terceros completamente ajenos al conflicto. Es lamentable que los aficionados, de cuyo interés viven tanto los jugadores como la Liga Profesional, tengan que ver frustrada su expectativa de entretenimiento por las malas artes y las escasas capacidades de negociación de todos. No es que no se pueda vivir sin fútbol, que naturalmente se puede, sino que resulta particularmente indefendible el desprecio a los espectadores que se oculta tras las amenazas de no saltar al campo, para empezar, durante las dos primeras jornadas de Liga. El fútbol es un negocio que, aunque pudiera parecerlo, no es de la exclusiva propiedad de quienes lo administran y más se lucran con él.  No es de recibo, por lo tanto, la demagogia de las partes que hablan del fútbol como algo de su exclusiva propiedad, ni tampoco la presentación de este conflicto ante la opinión pública como un asunto en el que se ponen en juego intereses vitales de trabajadores o empresarios. Es inadmisible que ni la Liga ni la AFE sean capaces de comprender que, más allá de sus derechos, que nadie niega, tienen la obligación de servir al público, y que es bastante difícil asumir que puedan existir unos problemas que no son capaces de resolver sin recurrir a medidas tan extremas. Que no les quepa duda de que están dando una imagen de irresponsabilidad e incapacidad de gestión que resulta muy penosa en unos momentos en que son millones los españoles que sí padecen unas circunstancias especialmente difíciles, y que no está en sus manos poder cambiar. Debiera bastar esta somera consideración de respeto al público para que unos y otros comprendieran que es de su interés, y del de todos, resolver de manera razonable los problemas que les afectan, sin echar sobre las espaldas del público un conflicto al que es enteramente ajeno. No estaría de más, tampoco, que los deportistas de mayor nivel económico arbitrasen fórmulas que permitieran proteger, al menos temporalmente,  a sus compañeros más débiles de la incompetencia e irresponsabilidad de algunos directivos: al fin y al cabo, sus éxitos se asientan en la existencia de una pirámide de muy amplia base, y debieran sentir una cierta obligación de ser ejemplares, también en la solidaridad con sus compañeros más modestos.

Las causas del conflicto derivan en último término del lamentable confusionismo y vacío legal en el que se mueven muchas oscuras actividades de algunos oportunistas e irresponsables que se han hecho con los derechos de ciertos equipos. Ya sabemos que este Gobierno es bastante inútil y ha resultado completamente incapaz de resolver razonablemente los problemas de nuestra economía, pero ese Ministro del Deporte que ha recogido tantas Copas debería ser capaz, al menos, de evitarnos este espectáculo.

Es la hora de la política

El ideal inconfesable de una buena mayoría de políticos consiste en acceder al poder, sin mayor esfuerzo y en administrarlo de manera perdurable, sin apenas dificultad. El PSOE ha gozado por dos veces en España de algo muy parecido a ese paraíso: tanto en la época de Felipe González, que llegó a parecer inextinguible, como en la primera etapa de Zapatero hasta finales de 2007. El PP, por el contrario, ha pagado bastante más caro su acceso al poder, y se ha mantenido menos tiempo, hasta la fecha. Ahora puede parecer que ocurre lo contrario, porque casi todo el mundo da por descontada la victoria de Rajoy, pero hay que matizar doblemente ese diagnóstico, en primer lugar con el debido respeto a la incertidumbre política, pero, sobre todo, con la evidencia de que, en el caso de triunfar, Rajoy no se encontrará, precisamente, en las vísperas de un gozo, sino, más bien, en puertas de una especie de suplicio. Si Rajoy gana las elecciones, incluso con mayoría absoluta, heredará una situación bastante peor que la de 1996, y con las fuerzas adversas, los sindicatos y la izquierda, bastante enteras como consecuencia de un largo período de sesteo, adormecidas por un combinado de subvenciones y halagos que suele tener efectos paralizantes en los afanes movilizadores.
Hay un sector bastante importante del electorado, aquel que tiene una mayor capacidad para cambiar su voto y que, por ello mismo, tiene una influencia decisiva en los tramos finales del proceso electoral, que tal vez no esté demasiado convencido de que merezca la pena apostar decididamente por el cambio político. Para este tipo de votantes, puede parecer bastante  obvio que una prórroga al PSOE sea casi impensable, pero muchos de ellos pueden sentir la tentación de abstenerse en la contienda, considerando que ni Rajoy ni el PP han dado garantías suficientes de que vayan a abordar los problemas con decisión y vigor. Con verdad, o con mala intención, que es tema muy discutible, se ha acusado repetidamente al PP de no enseñar sus bazas, y eso, aunque pueda tener algún efecto positivo, conlleva consecuencias letales para el PP. Si el PP no enseña sus cartas porque carece de ellas, malo, y si no las enseña porque teme hacerlo, peor. Hay argumentos de todo tipo para elegir entre una conducta política ambigua y otra clara, pero el PP tiene que afirmarse cuanto antes en una línea coherente,  porque si le va a resultar difícil hacer reformas de fondo, las que ha evitado Zapatero poniéndonos al borde de la bancarrota, será  imposible que haga nada sin un mandato explícito.
La coherencia del PP tiene, además, que ser doble, en sus propuestas y en sus políticas. Rajoy ha impuesto una serie de políticas de austeridad en las CCAA del PP, pero debe permanecer atento porque la tentación, como en la película de Billy Wilder, vive arriba, y es muy atractiva. No tendría ningún  sentido que cuando se hace necesario un ajuste severo de las políticas de gasto de las CCAA y de los ayuntamientos, siga habiendo notables del PP que crean que la cosa no va con ellos.
Hay un factor muy relevante en esta crisis casi universal del que hay que saber sacar el fruto político, y eso no puede hacerse con una actitud reservona, hay que mojarse, me parece a mí. La izquierda no cesa de echar la culpa de cuanto pasa a los banqueros y al capital, es su papel y seguramente sería peligroso que no lo hiciera. Pero la derecha no puede jugar con las cartas marcadas por la izquierda, no puede hacer como si no hubiese que pagar las deudas, como si el llamado gasto social no debiera limitarse, como si le pareciese extraordinariamente bien vivir a costa de los esfuerzos que habrán de hacer los que nos hereden. Hay que repetir por activa y por pasiva que engrosar los gastos públicos a costa de la deuda es dejar a nuestros hijos una herencia insoportable, es ser tremendamente injustos con las generaciones futuras. Esa actitud, se da, por cierto, de bruces con la conducta común de la gente, de derechas o de izquierdas, tanto da, que no duda en sacrificarse por hacer que sus hijos puedan tener una vida mejor que la que ellos han tenido, pero el éxito de la izquierda en hacer creer que incrementar la deuda es siempre defendible ha obnubilado al público, seguramente porque las grandes cifras son difíciles de entender. No es sostenible, sin embargo, que cerca de las dos terceras partes de los ingresos del IRPF se nos vayan a pagar los intereses, una deuda que sale cada vez más cara a medida que los que nos prestan ven el cobro más en riesgo.
Un político valiente tiene que decir a los españoles que solo saldremos de esta situación envenenada con más trabajo, con menos gasto inútil, con mucho más sacrificio, y que eso es incompatible con más subsidios, más puentes o más jeribeques. El coro de los indignados lleva meses ensayando, pero son muchos más los que quieren oír una melodía de esperanza, la promesa de una política seria, decente, y sin engaños.
[Publicado en El Confidencial]

Política ficción y guerra real

El gobierno del PSOE hace como que lo de las guerras no va con él, a no ser para retirarse de manera apresurada; cuando no puede hacerlo se las arregla para intentar que los españoles sigan creyendo en lo que les conviene, que no hay guerra, sólo misiones de paz. Sin embargo, son continuas las noticias como la de ayer mismo que atribuían a los ataques de la OTAN, en cuya misión participan las fuerzas españolas, la muerte del hijo del líder libio, y han sido y son muy numerosos los datos que indican que en el ataque de la OTAN al régimen libio se han producido numerosas víctimas colaterales, niños entre ellas. Pasa en todas las guerras y raro sería que no pasase también en ésta. Nuestra política internacional ha sido tan delirante, que es lógico que el Gobierno trate de disimular que estamos metidos de hoz y coz en una guerra que se prevé larga y que resulta difícil de diagnosticar, relatar y comprender. Aquí, pase lo que pase, el Gobierno adopta una posición de aparente impasibilidad para tratar de mantener la ficción política sin la que no sabe moverse, la falsedad de que no estamos en una guerra y de que las tropas españolas se dedican, tan sólo, a extraordinarias operaciones benéficas de ayuda a los civiles indefensos. La guerra, según quieren hacernos creer estos pacifistas de pacotilla, la hacen otros, de manera que nosotros podemos pretender ocupar en el conflicto ese envidiable lugar del que está por encima del bien y del mal, sea lo que sea lo que haya ocurrido. Es patente el contraste entre esta hipocresía grotesca y el escándalo que armaron los socialistas en la oposición cuando España decidió enviar tropas de pacificación a Irak, tras la llamada de la ONU a hacerlo. Se trataba entonces de atacar al PP y, como siempre que eso sucede, la verdad importó mucho menos que los intereses, de modo que el “No a la guerra” se extendió con la velocidad de las consignas entre los militantes y simpatizantes de la izquierda.
Ahora que estamos en una guerra considerablemente más cercana y en la que nuestra responsabilidad relativa es mucho mayor, pues es una intervención de la OTAN y no directamente de los EEUU, el Gobierno ni sabe ni contesta, mira para otro lado aparentando ignorar la gravedad de cuanto está sucediendo en la orilla sur del Mediterráneo a muy pocos kilómetros de las costas españolas. Nuestras tropas cumplen dignamente su papel, pero se trata siempre de misiones poco airosas, ya que el estúpido pacifismo socialista trata de aparentar que las tropas españolas no participan en esa campaña, pero el Gobierno no está en condiciones de garantizar que no haya sido un misil español el que haya causado tales o cuales daños porque, digan lo que digan, nuestros soldados están participando en una guerra muy conflictiva y, además, menos clara desde el punto de vista del derecho internacional que la de Irak. El Gobierno ha hecho suya la increíble explicación de que, como pasó en Afganistán, a los helicópteros españoles los derriba el viento, nunca las armas enemigas, aunque sólo si el Gobierno es socialista, porque, en cambio, cuando hubo un accidente de aviación les parecía evidente la responsabilidad directísima de trillo. Fue precisamente José Bono, habituado a toda clase de ficciones, quien sostuvo con desparpajo dos interpretaciones tan asimétricas y malintencionadas. Resulta claro que los socialistas empezarán a poner el grito en el cielo al minuto siguiente de dejar Zapatero y Chacón sus responsabilidades en el Gobierno.  
La portabilidad de las tabletas

La JMJ, los indignados y Rubalcaba

Parece como si hubiera pasado un siglo desde que Zapatero, vapuleado por las agencias de calificación y la subida de nuestra prima de riesgo, decidió adelantar las elecciones. Una vez más, se le ha visto el plumero, su afición a hacer como que hace, ya que el supuesto adelantamiento era una dilación en toda regla, de manera que parece bastante probable que tenga que volver sobre su propósito si no quiere acabar todavía peor. La decisión de Zapatero se produjo en un determinado clima político que es interesante analizar, y fue coherente con dos noticias muy significativas, y que anunciaban jaleo. Las agresiones a la policía y el anuncio de que los chicos del 15 M van a contraprogramar la próxima visita de Benedicto XVI a nuestra tierra con una gran manifestación y con toda suerte de supuestos argumentos civiles y fiscales, ellos que para todo piden subvenciones y no suelen estar muy puestos, claro es que no enteramente por su culpa, en lo que significa ganarse el pan con esfuerzo, trabajar, una cosa un poquito más aburrida que despelotarse en el paseo del Prado.
No había que ser un futurólogo eximio para adivinar que, tras el fracaso del PSOE en las elecciones municipales y autonómicas,  a alguien se le ocurrirían iniciativas de este estilo, y no deja de ser sorprendente la cercanía de esa declaración de intenciones a la esperada convocatoria de generales. ¿Será posible que a Rubalcaba o a alguno de sus colaboradores se le haya escapado una confidencia hacia la mano que mece la cuna de estos indignados residuales, resistentes y radicales?
El anuncio de movilizarse contra la visita papal muestra muy claramente el oportunismo de lo que queda como resto de lo que pudo haber sido, y no lo fue, un intenso movimiento de renovación cívica: queda el sectarismo, el fanatismo, el odio a la libertad, es decir, la misma extrema izquierda que estuvo en sus orígenes y que, por las bravas y como suele, se ha erigido en administrador único de una herencia bastante más plural. Es absolutamente inaudito que se decidan a combatir la visita del Papa y eso muestra muy claramente su faz más intransigente y brutal.
Las autoridades no debieran tolerarlo, pero lo harán porque les viene bien una pizca de crispación, como confesó Zapatero a Gabilondo, cuando creía que no les oía nadie. Se dice que Zapatero solía repetir a los suyos, a la hora de tomar una medida supuestamente  impopular, una frase que podría resumirse así: “no os preocupéis, que ya nos lo arreglará la derecha”. Es obvio que lo que desearían quienes vayan a hostigar la visita del Papa es que hubiese algo así como una yihad católica, pero, a Dios gracias, no hay tal. Tendrán que conformarse con los aspavientos de algunos que no entienden que lo que busca la izquierda radical es una reacción especular a sus agresiones para identificrla con la derecha y con el PP, la vieja magia del “que viene el Dobermann”.
Naturalmente las autoridades, con plena conciencia de ser cesantes, no van a manchar lo que consideran ser su limpia ejecutoria reprimiendo algo que, en el fondo, les viene muy bien. Ya se las apañarán para encontrar disculpas, pero es seguro que la policía no va a impedir que haya incidentes con la cínica excusa rubalcabiana de que se trata de evitar males mayores. Soy plenamente consciente de que la comparación no es del todo adecuada, pero ¿se imagina alguien que se autorizase una manifestación de ultraspara contraprogramar los fastos del orgullo gay? Está claro que cuando se tiene una idea sesgada de la democracia, cuando se cree que si mando yo vale todo, no hay límites a lo que se puede llegar a hacer para evitar la perdida del poder, o para aminorar sus daños. Los socialistas, Zapatero y Rubalcaba, coinciden decisivamente en este punto, les conviene que haya jaleo, que los ánimos se encrespen y que se deje de hablar, en último término, del concienzudo desastre al que nos han llevado. Ojala se equivoquen, porque ya es hora de que todos los españoles podamos darnos el gusto de discutir sobre los asuntos comunes sin que los trileros de la política nos obliguen a discutir sobre fantasmas, sobre rencores, sobre memorias afeitadas y leyendas tan falsas como supuestamente vivas.
Los españoles que deseamos un triunfo amplio y nítido del Partido Popular, que es lo único que, a día de hoy, puede evitar nuestro deslizamiento al desastre financiero y a una larguísimo jornada de empobrecimiento y decadencia, haríamos bien en no entrar a ninguna de estas provocaciones. Es lamentable que las autoridades sean tan sectarias que no sepan preservar para la buena imagen de nuestro país un acto como el de la Jornada Mundial de la Juventud, pero ya se sabe lo poco que a estos señores les importa nuestro destino común en relación con lo mucho que aprecian sus poltronas. Desearía vivir en un país en que la policía cumpliese civilizadamente con sus obligaciones, y mantuviese el orden público sin sectarismo, pero eso va a ser muy difícil con un gobierno que se retira cabizbajo y que no duda en echarle a quién sea la culpa de sus disparates, aunque sea al Papa, que viene a España a rezar con jóvenes de todo el mundo. 


Vuelva usted mañana

La convocatoria fallida

Zapatero ha cometido tantos errores de apreciación y de pronóstico a lo largo de su mandato que no tiene nada de particular que a la hora de convocar las elecciones de manera anticipada se hay quedado corto, se haya equivocado una vez más. Solamente un superdotado para las pifias podría conseguir lo que ha hecho Zapatero, tratar de cerrar su ciclo presidencial con una anticipación tardía. Muchos españoles, notablemente hartos de su Gobierno, respiraron al conocer el adelantamiento, pero ni siquiera esa alegría podría ocultar el disparate partidista que supone dejar al país cuatro largos meses al pairo para que el compañero Rubalcaba componga una faena de aliño.
Como era de esperar, la reacción del mercado ha sido pésima. Es normal que se inquieten unos señores que saben que está en riesgo el cobro de sus intereses ante la pachorra de quien no hace nada por demostrar que vaya a poder pagarlos, y además se toma con toda la calma del mundo la tarea de poner el poder en manos más expertas y decididas. No es verdad que los especuladores estén atacando la solidez económica de España, lo que ocurre es que los tenedores de deuda se asustan al ver la increíble irresponsabilidad de quien no se conforma con haber sido incapaz de enderezar la economía española  sino que da muestras de su absoluta incompetencia pretendiendo dejar al país sin una dirección política definida durante casi medio año, y mientras resulta evidente que la capacidad de compra de los mercados está reducida por saturación. El Gobierno ha puesto cara de que iba a hacer grandes cosas, pero los mercados ya se han dado cuenta de que este Gobierno miente más de lo que habla, ha dicho que iba a hacer, pero no ha hecho nada que le supusiera realmente un desgaste, a parte de castigar a pensionistas y funcionarios, y ahora pretende seguir sesteando durante cuatro meses al abrigo de una calma inexistente. Los mercados saben que todavía no se ha hecho nada medianamente serio que indique que podamos empezar a crecer y a disminuir el coeficiente de los ingresos del Estado que ahora hemos de dedicar a pagar los intereses de la enorme deuda que ha generado el presidente más incompetente de la historia de la democracia. Está claro, por tanto, que la amenaza económica es tan fuerte que es incompatible con este falso adelanto, con una de esas simulaciones que no sirven para nada. Las circunstancias económicas son tan graves que la única solución que nos queda es ir a elecciones el primer día que se pueda, a primeros de octubre y no a finales de noviembre.
Desde el punto de vista político, este moroso adelantamiento es también un disparate, parece hecho a la medida para que los indignados puedan preparar con calma sus nuevas representaciones, esta vez claramente urdidas en comandita con el candidato Rubalcaba,  lo que supondrá generalizar una imagen de la situación española que no favorece en nada la estabilidad de nuestra economía, la estampa de un país con una dirección política irresponsable y demagógica, en la que unos señores desarrapados y sucios se adueñan de la calle por las bravas para quejarse porque los ahorradores pretenden que se les devuelva lo prestado.   
Zapatero sabe que su salida del poder no será especialmente brillante, pero está a punto de evitar, todavía, que resulte completamente deshonrosa si, por una vez, tiene reflejos y convoca las elecciones de manera inmediata, sin ninguna demora, como haría cualquier político decente si comprendiera que su continuidad supone un riesgo inasumible para la patria.
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Cuestiones simbólicas

Un alcalde de CiU se ha sentido molesto porque el Delegado del Gobierno le ha exigido que ponga la bandera nacional en el Ayuntamiento de su localidad. Además de alegar que la había quitado por razones no políticas, el alcalde listillo ha dicho que lamenta que el Gobierno se preocupe de cosas simbólicas en lugar de preocuparse de la crisis económica. El argumento es de coña, y más viniendo de quien viene. Buena parte de nuestra crisis económica se debe al exceso de simbolismos nacionalistas, y a que unos y otros se dediquen a vaciar las ubres del Estado, el bolsillo de todos, con argumentos identitarios, casi siempre bastante peregrinos. Esta vez el Gobierno ha hecho lo que debía, y si lo hubiese hecho más veces tendríamos menos problemas simbólicos, y menos problemas económicos, porque nunca es barato pasarse la ley por salva sea la parte con el bello motivo de que uno es de no se dónde o se siente no sé cómo. No es simbolismo, es la ley, que es también un símbolo. 
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