Rubalcaba detiene al malo de la película

Lo siento pero no puedo alegrarme de la forma en que ha sido detenido Teddy Bautista, exactamente por las mismas razones por las que sí me alegro de la forma en que se está desvaneciendo la acusación sobre Dominique Strauss Kahn. Yo, naturalmente no puedo estar cierto ni de la inocencia de uno ni de la culpabilidad del otro, pero sí estoy convencido de que la policía y los fiscales neoyorkinos actuaron y actuarán de manera admirablemente independiente y cuan objetiva puedan, mientras que me jugaría cualquier cosa a que la espectacular detención de Teddy es fruto de la fría deliberación de quien es capaz de actuar pensando, únicamente,  que Teddy les es mucho menos útil  vivo que muerto
Supongo que el listísimo Teddy estará ahora pensando lo mal que hizo fiándose de los políticos y despreciando a sus enemigos con el paraguas de los primeros. Su chulería le cegó, pudo más que su listura. Se ve que no lee los periódicos y que no ha sabido valorar lo que pueda significar para un PSOE moribundo romper el frente en el que los enemigos de la SGAE y los indignados estaban tan confundidos como unánimes. 
No tengo ni idea de lo que haya podido hacer Teddy, además de obras de caridad, imagino, pero es evidente que no ha sabido darse cuenta de que no estaba manejando un dinero indisputablemente suyo, y que los mismos, o sus amigos, que le aprobaban las cuentas sin mayores reparos, se podrían lanzar a su cuello si la dentellada les conviniese, como parece ser el caso. 

e readers y tabletas

¿Qué preferimos, médicos o pasteleros?

En el Gorgias, un diálogo platónico del que comúnmente se dice que trata de la retórica, Sócrates contrapone el lenguaje halagador de los cocineros con el lenguaje austero de los médicos para explicar que los niños, o los hombres que se comportan como niños, preferirían seguramente seguir el consejo de quien les procura placeres halagadores  que el de quienes, preocupados por su salud y por su mejor bienestar a largo plazo, les incitan a la contención y a la disciplina.
A este texto alude  un espléndido artículo de dos médicos, José Luis Puerta y Santiago Prieto, para mostrar cómo el sistema sanitario español no puede presentarse como una mera víctima de la crisis económica, sino como un sector al que se ha llevado, de manera bastante irresponsable, a un aumento desenfrenado e incontrolable del gasto, un problema que llevamos muchos años, al menos desde el informe Abril, sin querer afrontar. 
En opinión de Puerta y Prieto, la crisis sólo ha servido para aflorar el déficit de más de 15.000 millones de euros de la sanidad, de ningún modo para crearlo, pero los electores, y los partidos, de manera sumamente irresponsable, siguen prefiriendo la retórica suave y halagadora de los cocineros en lugar de atender a la realidad que nos recuerdan los médicos, los datos innegables de algo que no resulta sostenible por más tiempo. Puerta y Prieto advierten que, de seguir así, se puede llegar a una situación muy paradójica en que el gasto en sanidad se emplee en auténticos caprichos y disfunciones sin que haya dinero para atender a lo que de verdad sea esencial. Su artículo es una llamada a la contención, al destierro de la demagogia, pero es tal el barullo que arman los cocineros dispuestos a ganar clientela a cualquier precio,  que es fácil que nos sigan engañando a todos y tirando el dinero que no tenemos, mientras continúan afinando su retórica social y ciega. 


El valor del dinero

Violencia política


El pacifismo del que estamos tan imbuidos nos impide apreciar una cierta incongruencia en nuestras actitudes respecto a la violencia. Por ejemplo, admitimos con cierta facilidad que los pacifistas puedan atacar a los guardias, o que puedan ocasionar determinados destrozos, como hacen con alguna frecuencia. Es absurdo admitirlo como normal, pero pro bono pacis así sucede. Naturalmente esa tolerancia un tanto fuera de lugar se amplia cuando lo que ocurre es que algunos protestan contra el sistema, como ahora se dice, es decir, contra los regimenes occidentales más o menos democráticos y contra las economías capitalistas y de mercado. La pasividad e inacción de los responsables de Interior frente a los excesos de los llamados indignados ha sido, en último término, un reflejo de esa tolerancia general que, al menos en España, se ve acompañada por una actitud frecuente de asentimiento y comprensión hacia todo tipo de faltas de respeto a la ley, porque, como es sabido, aquí la ley raramente se cumple por sí misma, sólo si conviene, o no hay otro remedio.
Viene esto a cuento de la violencia política que se está desarrollando en Grecia a propósito de los gravísimos problemas de su economía. Supongo que la explicación estará en que los que organizan los motines y los desórdenes públicos piensan que ellos no son culpables de nada de cuanto ocurre, además de porque se admite, sin mayor discusión, que los débiles tienen derecho a echar los pies por alto cuando se sienten amenazados. En realidad ninguna de las dos cosas son ciertas. Con las escasas excepciones a que haya lugar, la mayoría de los que protestan en las calles se han beneficiado durante mucho tiempo de ayudas e instituciones insostenibles y, por mucho que se quejen, las van a perder. Lo más grave puede acabar siendo que cuanto más violentamente se quejen, más pierdan, porque no hay ninguna manera de organizar una sociedad ordenada con las calles ardiendo.
Los supuestamente débiles no tienen demasiado derecho a quejarse por serlo, especialmente si no han hecho nada por dejar de ser dependientes del despiste o el descuido ajeno. Aquí tenemos el ejemplo bien palpable de que las protestas las suelen organizar liberados sindicales, una denominación realmente freudiana, que hace mucho que han perdido cualquier relación normal con el trabajo. Es de suponer que esta clase de elementos vaya a intentar organizar mucho ruido si efectivamente triunfa el PP y trata de rectificar algunas de las políticas manirrotas y absurdas con las que hay que acabar. 


Me gustaría  que la mayoría de los ciudadanos, la gente que quiere vivir honradamente de su trabajo y pagar unos impuestos razonables, sepa tener el suficiente valor como para resistir tranquilamente estos ataques de violencia política que no serán, en realidad, otra cosa que ejercicios de tironeo e intimidación, y que, si no se detienen a tiempo, pueden acabar en la aparición de una izquierda a lo Bildu. No  les faltarán candidatos a líderes de entre esos tipos exquisitos, bien nutridos de subvenciones, de dineros públicos y de bufandas financieras, esas pocas y selectas gentes que se sitúan más allá del bien y del mal. 
La red social de Google

Bono y los nueve viajeros del tren


En su edición de ayer El Confidencial publicaba una noticia que puede parecer meramente técnica, pero que está dotada de un trasfondo político de primer rango. La noticia señalaba que Renfe suprimirá el servicio de trenes de alta velocidad entre Toledo y Albacete, pasando por Cuenca porque no pasaba de los nueve viajeros al día. No quiero entretener a los lectores calculando el precio al que ha salido cada uno de esos billetes, pero les aseguro que sería una cifra que nos produciría vértigo, un gasto que jamás debiéramos habernos permitido.
En el trasfondo de esta noticia está la política de un personaje secundario pero decisivo de la vida política española, don José Bono, Presidente de Castilla la Mancha durante varias legislaturas, ministro de Defensa en el primer gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y actual presidente del Congreso de los Diputados. Bono ejerció a tope su influencia para conseguir que todas las capitales de Castilla la Mancha tuviesen tren de alta velocidad, costara lo que costase. Así tanto Cuenca, como Toledo, Ciudad Real, Albacete y Guadalajara tienen un servicio de trenes del que carecen ciudades como Londres, Chicago,  Nueva York, Berlín o Los Ángeles.  Al tiempo que conseguía culminar esta proeza, Bono se ha presentado como un líder nacional, como alguien singularmente contrario  a las veleidades de los nacionalistas. Ahora bien, lo que Bono no estará en condiciones de contestar es si el esfuerzo presupuestario, financiero y económico que todos los españoles, también los catalanes, por cierto, han debido hacer para que en su autonomía se pudiese tomar el tren de alta velocidad ha merecido la pena.
No sé si los lectores recordarán otras dos escenas de caudillismo regional protagonizadas por Bono: su oposición a que los aviones del ejército del aire utilizasen un campo de tiro en la provincia de Toledo, en las inmediaciones de Cabañeros, y su oposición a que se cerrase la autovía entre Madrid y Valencia debido a la cercanía de las  hoces del Cabriel, un enclave ecológico de enorme importancia, según el político manchego. El empeño en que el AVE pasase por Cuenca, en particular, retrasó bastante la terminación de las obras, ha supuesto el alargamiento de la línea, un importantísimo incremento de gastos tanto en la construcción como el mantenimiento, y ha hecho que el tiempo de viaje entre Madrid y Valencia, que debiera haber sido el objetivo esencial de la nueva línea,  sea superior al que se hubiera logrado con una línea directa, por lo demás de trazado bastante obvio, y que habría permitido unir Madrid con Valencia en menos de  una hora.
En este punto, Bono tenía a quién imitar. También las capitales catalanas pueden presumir de idéntico nivel de dotaciones: Lérida, Tarragona, Barcelona, donde se convertirá la línea de AVE en una especie de ferrocarril metropolitano, en lugar de situar la estación en las afueras de la ciudad, como era la recomendación unánime de los técnicos, y Gerona disfrutarán de línea de alta distancia. Se entiende, pues, que Bono no quisiera ser menos, y a fe que lo ha conseguido, aunque los manchegos, unos desagradecidos que acaban de votar a María Dolores de Cospedal, no hayan estado a la altura de su responsabilidad, y no se dignen usar un servicio tan exquisito para atender el enorme tráfico profesional, comercial y turístico entre Toledo, Cuenca y Albacete.
Aunque ahora están un poco más atenuados los gritos contra el sistema, no vendría mal caer en la cuenta de que los supuestos vicios del sistema son, en realidad y con mínimas excepciones, vicios de quienes lo protagonizan. El sistema no funciona, se dice, los políticos no solo no resuelven nuestros problemas sino que constituyen un problema que preocupa a muchos. Ahora bien, ¿qué es exactamente lo que no funciona? Casos como el del particularismo disimulado de Bono ilustran perfectamente lo que ha estado pasando con demasiada frecuencia; no es que el sistema falle, sino que algunos se han especializado en explotar la bisoñez política de una gran mayoría de españoles barriendo para dentro, preocupándose de sus intereses particulares antes que nada, inflando las nóminas de las Autonomías mucho más allá de lo razonable, aunque se profese, como es el caso de Bono, un encendido españolismo retórico.
Que un político haya conseguido torcer la mano del interés general en beneficio de su región puede merecer ciertas simpatías, pero solo hasta cierto punto. La conducta de ese tipo de políticos suele considerarse como nacionalismo, pero pocos políticos habrán dado tantas muestras de apego a los símbolos comunes como el señor Bono, y sin embargo le ha hecho unos rotos muy considerables al interés general.
El caso del AVE manchego es una parábola sobre la supuesta modernización de España: obras de relumbrón, que han podido enriquecer a muchos contratistas, y seguramente a varios más, pero incapaces de generar esa dinámica virtuosa de las buenas inversiones, que solo se han traducido en trenes vacíos. Publicado en El Confidencial

La derecha y sus complejos

Estos días he participado en un debate epistolar con un grupo de amigos sobre un asunto que a algunos de ellos les parece capital y que a mi me parece relativamente secundario, a saber la relación de la derecha española con el franquismo. Se trata, entiendo, de no confundir la historia con la política, no sé si les suena, dos tareas distintas, con reglas diversas y ritmos muy dispares. En mi opinión, y tal como ellos lo plantean, ese debate es, en sí mismo, un error político que consiste en hacerle el juego a Zapatero que, a su vez, trata de que se haga tan patente como sea posible el fondo autoritario de muchos conservadores españoles, desde luego de muchos de los que  profesan un amor al franquismo con la disculpa, más o menos verosímil en según qué casos, de que está siendo atacado de una manera artera y tramposa. Bueno. 
Ese debate me ha servido para comprobar que en esas personas, que yo llamaría neo-franquistas, hay un notable resentimiento hacia la transición política y que ha calado en ellas la idea de la cobardía de la derecha, de la traición de los centristas a cosas, al parecer, esenciales. Hay un odio al «centrismo», un término que se presta a abundantes equívocos, en especial si se usa con intención polémica. 
En un intento de aclarar en qué consistía el problema de la derecha, les escribí lo siguiente, que reproduzco aquí porque puede tener algún interés más general que el del grupo de amigos y discutidores:
«En mi opinión, la derecha española es más compleja que la división entre centristas o no centristas, lo que responde, más bien, a un debate puramente político/historiográfico, como el que tenemos. La derecha se nutre de, al menos, tres grupos básicamente distintos: los católicos conservadores, los conservadores sin apellido religioso especial, entre los que tienden a destacar lo que podríamos llamar neo-franquistas, que nutren de uno u otro modo el fondo tecnocrático y estatista que todavía es muy fuerte en la derecha (lo que Hayek llamaría socialistas de todos los partidos), y los liberales, sean católicos o no, que eran pocos, pero que van creciendo con el tiempo y la internacionalización. Se trata, además, de grupos que están bastante hibridados y en los que no se excluye la afiliación equívoca, sobre todo en el grupo dominante, que es el central, y al que más gente acude para medrar. El problema, en efecto, es que el partido de la derecha ha estado dominado, sobre todo, por tipos del segundo grupo que , con frecuencia, recurren a musiquillas liberales para tratar de ponerse al día, pero sin contaminarse; Rajoy es un ejemplo de libro, y Aznar pertenecía también  a ese grupo, que es el de Fraga, pero se ha acabó pasando a los liberales por su empeño personal en sacar a España de una esquina de la historia y meterla en la arena política internacional, empeño realmente muy loable, aunque le salió muy mal, pero no quiero desviarme. Lo esencial es que el núcleo dirigente del PP ha sido, en la práctica, muy propicio a confundir la política de partido, que nadie ha hecho, con una cierta política de Estado, que han pretendido cumplir a base de seguir con la modernización de la economía y dando por inútil, lo que es un inmenso error, la batalla de las ideas, de manera que no han dejado que floreciese el mínimo debate interno que diera cohesión a esos tres grupos (el ejemplo de sus políticas, por llamarlas de algún modo, sobre el aborto es ejemplar: no se discute internamente y se encarga a los cristianos de que se ocupen del asunto, porque se trata, sobre todo, de salir del paso), lo que hace que la derecha sea más frágil políticamente y esté manejada por criterios puramente coyunturales y territoriales, un resultado desastroso. Esa es la raíz de la supuesta inferioridad de la derecha, y una debilidad efectiva de ella, su escasa propensión al debate de ideas,  lo que hace que la derecha viva más a la contra (se identifica por lo detesta) que a la pro, tiene «miedo» a decir lo que desea, porque sabe que sus deseos no son tan claros y homogéneos como al núcleo dirigente, con una fuerte tendencia al absurdo de no tener ideología, le gustaría que fuese. Esa actitud de vivir a la contra es lo que explica que en algunos sectores de la derecha tengan la influencia que tienen ciertos personajes muy propensos al extremismo y, en muchas ocasiones, de formación completamente antiliberal, antiguos comunistas, para entendernos. Hacer caso de estos sería un error de  tamaño monumental porque con ellos jamás se ganarían unas elecciones, porque aunque vendan muchos periódicos o libros en su sector, son completamente incapaces de convencer al españolito medio, cuya ignorancia es inmensa, por expreso diseño de la política educativa de la izquierda, cuya cultura política es nula, y que está cada vez más lejos de cualquier religión. Se trata de un problema difícil, pero no imposible, y cuanto más se tarde en abordarlo, más frágil y corto será el relativo predominio político de la derecha, es decir gana elecciones a nivel nacional, pero las ha perdido y las perderá muy rápidamente, pero nada de esto, a mi modo de ver, guarda una relación directa con la exclusiva cuestión del franquismo. Es un caso claro de que resulta muy difícil hacer una democracia sin ciudadanos conscientes de sus derechos políticos y amantes de sus libertades, lo que, de nuevo, nada tiene que ver con el franquismo, época en que no se reconocían, con carácter general, ni los unos ni las otras. Tienen razón las críticas que identifican al PP con una agencia de colocaciones, pero no creo que nada de eso se arreglara con el procedimiento de hacerse más neo-franquista para no ceder al adversario.»


¿panta rei?

Bildu se descara

Si este gobierno se dedicase al circo, sin duda le crecerían los enanos. Tras tanto debate inútil sobre las intenciones ocultas del disparate zapateresco al impulsar la legalización de Bildu, podemos asistir en directo al despliegue de los efectos de un empeño tan  necio y tan cobarde.
Si alguien ingenuamente pensaba que se trataba de normalizar la vida política en el País Vasco, ya tiene motivos para desengañarse. Bildu no piensa limitarse al bofetón simbólico que representa  descolgar el retrato del Rey, sino que ha empezado, con prisa y sin ninguna pausa a aplicar la alternativa Kas, la política de ETA expresada en toda su crudeza y por encima de cualesquiera obstáculos, haciendo caso omiso de los derechos de los ciudadnos y de las leyes que constituyen el marco que tan absurdamente se ha puesto a sus píes. A Bildu, como a toda fuerza totalitaria, las leyes le dan risa, lo único que van a tener en cuenta es su mitología nacionalista, secesionista y radical, su empeño liberticida. Una fuerza que ha sido capaz de asesinar y de ensalzar a los que han cometido centenares de crímenes particularmente horrorosos no va a andarse con chiquitas ahora que la inaudita sentencia del Constitucional los ha cubierto con el manto de la legalidad y les ha otorgado una aparente legitimidad democrática, aparente porque no tiene nada que ver con la democracia quien no respeta en absoluto los límites del poder y el respeto a las leyes vigentes. 
Bildu no ha llegado a las instituciones para administrar democráticamente los asuntos ordinarios que gestionan las instituciones. Bildu es una fuerza que está controlada íntimamente por una fuerza terrorista que conoce muy bien las debilidades y cobardías de la democracia española, y que está dispuestas a explotarlas sin el menor recato, sin temor alguno a las críticas que su actuación pueda suscitar, sin  tener en consideración ningún supuesto impedimento, porque no entiende otro lenguaje que el de la violencia y la imposición.
Bildu no va a tener ninguna cautela mientras tenga enfrente a un Gobierno pusilánime que no se va a atrever a hacer nada para defender el orden constitucional, para proteger a la mayoría de los vascos de la dictadura de este grupo totalitario y al conjunto de los españoles del secuestro de la democracia que Bildu ha podido llevar a cabo con la paradójica ayuda de unos votos que han crecido, como era de esperar a la vista de los antecedentes, con la insensata ayuda de quienes han querido presentar a Bildu como víctimas de una injusta restricción.
Lo que pudiera dar de sí un personaje como Garitano, redactor jefe de Egin que sacó una portada con el siguiente titular: «Ortega Lara vuelve a la cárcel», el día que Ortega Lara fue liberado,  era perfectamente previsible, de manera que la fingida indignación de quienes ahora parece que no se lo esperaban es realmente intolerable. Los que han urdido la legalización de Bildu son responsables de lo que están tramando, de lo que pueden llegar a perpetrar. Hay que esperar que un Gobierno fuerte y decidido a defender la libertad de todos sepa poner a estos aventureros totalitarios en su sitio, fuera de unas instituciones de las que nadie puede burlarse convirtiéndolas en parapeto para disparar mejor sobre los ciudadanos indefensos.
Ni la Guardia Civil ni el Ejército van a abandonar el País Vasco, pero todos vamos a sentirnos más incómodos y en peligro por culpa de la transgresión a la Constitución y la sumisión de unos jueces dispuestos a halagar hasta la nausea a un Gobierno irresponsable. 

Jaula de grillos

Que la política es un oficio duro es algo bien sabido, aunque resulte de una dureza ligeramente retórica cuando las derrotas pueden afrontarse desde una sólida posición en el aparato del partido, formando parte de ese núcleo que, pase lo que pase, nunca pierde ninguna batalla. Un grupito selecto de esta clase de privilegiados fue sorprendido hace unos días, según relataba la Gaceta, en un restaurante de lujo mientras se lamía las heridas. Como demuestra su conversación, los socialistas siguen sin hacer las cosas a las que estarían obligados por decencia y por sentido común y, a cambio, se entregan al denuesto de los compañeros que consideran más responsables. Ayer, Felipe González se ganó algún calificativo nada piadoso con su parentela, por admitir que tenía pocas simpatías con las posiciones que han llevado a su partido al desastre en el que se encuentra.
Una comida con tanto cerebro pensante no sirvió ni siquiera para introducir entre amigos el debate indispensable: las razones por las que el partido ha recibido un castigo tan abultado, y lo que hay que hacer si se quiere recuperar el papel protagonista que el PSOE ha venido manteniendo en la democracia española.
La charla  entre Chacón y Barreda muestra claramente que no están preocupados por lo que le ocurre al país, ni siquiera por lo que le pase a su partido. No han pensado nunca en dimitir porque creen que el partido son ellos,  pero tampoco se sienten obligados a introducir unos granos de cordura en una situación tan desquiciada como la que están atravesando. Su gran estrategia parece consistir en esperar, y se reduce a eso porque pueden hacerlo, porque piensan, y seguramente acierten, que nadie les va a decir nunca que son tan responsables como el que más en la debacle que han provocado.
El PSOE es ahora mismo una jaula de grillos, en la que no hay ni un adarme de reflexión, ni el más ligero espíritu de autocrítica. La batalla de las ideas parece proscrita, decididos como están a preocuparse, antes que nada, de que su estatus no se altere. La imperturbabilidad de los hábitos de estos dirigentes derrotados muestra hasta qué punto se han organizado bien para que nada cambie aunque nada siga igual. A veces parece como si se empeñaran en seguir el consejo de Franco, “haga lo que yo, no se meta en política”.
El PSOE se ha convertido prácticamente en un partido rural y aquí nadie parece inmutarse. La Chacón es de las que han apoyado el abrir las puertas del poder político a los que se disfrazan para no parecer ETA, pero no parece que su error de cálculo y su miseria moral le disminuya el apetito. Cada uno de estos personajes hace la guerra por su cuenta, porque la fingida unidad tras el dedazo para designar a Rubalcaba es ya una vieja monserga. Y sin embargo, el PSOE tendría que apresurarse a hacer autocrítica, a una redefinición, a tomarse en serio la vuelta al pacto constitucional, a la centralidad en la política española, para abandonar el nefasto y ridículo diseño del zapaterismo, esa maniobra para expulsar al PP del mapa, que, de momento, ha dejado al PSOE fuera de la casi totalidad  de los ayuntamientos importantes, y al margen del poder regional. Debe ser muy desagradable para los votantes socialistas comprobar la frivolidad, el descaro y el egoísmo de unos líderes tan irresponsables como miopes. En lugar de propiciar que el PSOE se replantee su estrategia, están en la mera supervivencia personal, en la lucha de todos contra todos, y así seguirán hasta que sus militantes se harten  de consentir tanta vaciedad, como si la cosa no fuera con ellos.

Un gobierno risible

Hace unos pocos días tuve la oportunidad de participar en un programa de televisión, en Madrid opina, de Telemadrid, que dirige Victor Arribas, quien es, por cierto, un competente cinéfilo que acaba de publicar un excelente libro sobre cine negro.
Hay algo que quiero comentar a propósito de los temas que salieron a relucir en ese espacio y que tienen mucho que ver con lo que me ocupa hoy, con la risibilidad de este Gobierno que nos causa tantas desdichas.  Estaba reciente, en ese momento, un notable exabrupto que un cantante de moda le había dirigido al vicepresidente del gobierno, señor Rubalcaba. Hubo diversos comentarios sobre el tema, y yo apunté que estas cosas pasaban cuando los gobiernos en retirada, como ocurrió con la UCD, pierden cualquier asomo de autoridad y todo empieza a salirles sale mal. A este propósito quiero subrayar la gallardía de Álvaro Nadal, del PP, que criticó la actitud del cantante porque entendía, con toda razón, que no había motivo para tratar con tal desconsideración a quien, al fin y al cabo, es el Vicepresidente del Gobierno y merece un respeto por serlo. Me llamó muy positivamente la atención el que Nadal no se apuntase, con el oportunismo típico de tantos políticos, a hacer leña del árbol caído, con motivo o sin él. Es la ausencia de esta clase de actitudes lo que más desprestigia, y con razón, a los políticos. 
Mucho más criticable que ese presunto abuso político de la frase de una canción, me parece que Rubalcaba se haya prestado a ese paripé de primarias que le han consagrado como candidato y que supone, se pongan como se pongan, un incumplimiento de los Estatutos del partido, y es grave que se le den ejemplos al personal de cómo no pasa nada si se incumple la ley, o si se miente, una melodía que suena a celestial a tantos españoles deseosos de imponer su realísima voluntad por las buenas, o por las malas. 
Ahora bien, una cosa es faltarle al respeto a alguien, y otra cosa es la crítica política. ¿Cómo no reír ante un Gobierno que limita la velocidad aduciendo razones casi apocalípticas, y anula esa limitación pocos meses después, sin dar ninguna clase de razones? Este Gobierno facilita que se le pierda el respeto en la medida en que da lugar a situaciones objetivamente absurdas. Piénsese en lo que estamos viendo en el País vasco merced al empeño del Gobierno en forzar la mano del Constitucional para que Bildu fuese perfectamente legal, dándoles medios para que puedan desafiar a la Constitución que les ha amparado tontamente y a la ley, a todos. El presidente es un hombre enfermo de literatura, como ha demostrado Arcadi Espada, pero desconoce el refranero y el sentido común: «Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro». Tanta literatura y tan escaso buen sentido es una fórmula clásica de la comedia, aunque produzca más dolor que risa.

El discurso de Esperanza Aguirre

Estos días, repletos de imágenes desdichadas que recuerdan la España más negra de los desastres goyescos, el presidente que ha de llegar en helicóptero al Parlamento catalán, mientras intentan arrebatarle el perro lazarillo al un diputado ciego, que de acuerdo con la férrea jerarquía de la partitocracia iba simplemente a píe, han relegado a segundo plano el discurso de investidura de Esperanza Aguirre. La presidenta madrileña tiene buen olfato y valor acreditado, y no ha dudado en aprovechar la oportunidad para hacer un discurso político notable y llamativo. Acostumbrados, como estamos, a que de las Autonomías no nos lleguen sino insolidaridad, particularismo y miserias, hay que celebrar que algún político se arriesgue a exhibir la parte más noble de su oficio, a arriesgar un debate de ideas. Para desgracia de todos, el antagonista principal, en lugar de fajarse con ese discurso, ha dado una vez más muestra de su condición diminuta proponiendo que “una comisión” dialogue con los indignados, esos que él toma por suyos, sin que se sepa muy bien debido a qué.
Esperanza Aguirre tras recordar que la mueven dos ideas a las que no piensa renunciar, el amor a España y a la libertad, ha dejado clara que su política liberal ha funcionado para beneficio común, de modo que pretende seguir adelante con mayor transparencia, más austeridad, y procurando una administración más eficaz. Esas palabras que, casi en cualquier otra boca, pueden resultar retórica de baratillo, resultan creíbles en labios de Aguirre porque ya ha mostrado que es capaz de aplicarlas, y, además, porque constituyen el elemento diferencial que permite explicar la mejor situación de las cuentas públicas de la Comunidad de Madrid, pese a las cargas disparatadas de ciertas políticas sociales que habría que redefinir para beneficio de todos.
Aguirre ha hecho algo más que afirmarse en una política de éxito cierto, ha tratado de imaginar de qué manera podría empezar a combatirse el divorcio creciente entre políticos y ciudadanos, cuyos síntomas no cesan manifestarse de mil modos, y no solo, por cierto, en el fenómeno de los acampados. La presidenta ha roto el marco habitual al proponer a la Cámara una modificación del régimen electoral que permitiría introducir distritos de menor tamaño, y haría razonable la posibilidad de desbloquear las listas electorales. Estoy seguro de que Esperanza Aguirre es muy consciente de que el talón de Aquiles de nuestra democracia está precisamente en que el sistema proporcional tiende a colocar las decisiones políticas exclusivamente  en manos de los partidos, haciendo que la elección de los representantes se limite a una especie de refrendo sin demasiada trascendencia.
Un sistema con distritos más pequeños posibilitaría  que esto empezare a corregirse, y que los españoles comenzásemos a ver las ventajas del sistema mayoritario con pequeños distritos, el sistema inglés, que favorece todo lo contrario, que los partidos tengan que estar mucho más atentos  a lo que desean y piensan sus electores e impide, sobre todo, que la carrera política pueda hacerse enteramente a espaldas de los ciudadanos, que es lo que ocurre hoy en día con la mayoría de los políticos profesionales, unas gentes que solo deben preocuparse de su posición en las diversas covachuelas, y de incrementar la predilección de los que mandan. Todo ello propicia la sumisión de la iniciativa política a una disciplina un tanto asnal que nada tiene que ver ni con la libertad ni con la democracia. Como es de esperar, el avispado Gómez ha sospechado inmediatamente de las muy perversas intenciones de la presidenta, a la que ha acusado de tener una ideología liberal como si la condenase por dar caramelos envenenados a los niños socialistas.

Es relativamente fácil despachar la iniciativa de Aguirre con un mohín despectivo, considerándola mero populismo, una muestra innecesaria de sensibilidad hacia lo que más se ha repetido en los corrillos de Sol, antes de que decidieran entregarse al acoso de los distintos Parlamentos. Sin embargo, la propuesta de la presidenta madrileña es valiente y oportuna porque significaría abrir una vía a la democratización de los partidos, ese mandato constitucional que produce tanta risa a los políticos que se jactan de conocer bien el sistema y de saber sacarle el  ciento por uno, aunque no, ciertamente, ni la gratitud ciudadana ni la fama imperecedera. Es muy notable que un político mantenga una conciencia clara de que su obligación es servir a la patria común y, en este caso, a los intereses de los madrileños, que sepa que está a su servicio y no por otra razón que porque ellos le otorgan su confianza y que, por saberlo, se apreste a sugerir sistemas que pueden incrementar de manera muy efectiva el control ciudadano, la libertad política de todos. Que Aguirre se atreva a proponer, como lo ha hecho, el debate sobre una cuestión tan decisiva  ha sido una noticia tan inesperada como excelente.


Abusos de las telefónicas

Garzón busca salidas



El señor Garzón, que no sabe estarse quieto y, mucho menos,  esperar pacientemente a que se le juzgue con calma e imparcialidad, da la sensación de estar pensando en ofrecerse como líder indiscutido de esa multitud de indignados que parece estar dispuesta a estar contra todo, menos contra lo que tenía que estar. Indignados & Garzón podría ser una marca con tirón electoral, aunque a la postre no vaya a servir para otra cosa que para buscar la inmunidad que pudiere proteger a este pintoresco aventurero con el manto de los electos. Garzón, que ha demostrado más allá de cualquier duda su enorme excelencia en los procesos en que se la ha consentido ser juez y parte, debe temer como a un nublado la mera posibilidad de que jueces de verdad le acaben poniendo en su sitio. Como mago que es del intrusismo oportunista trata de encabezar un movimiento que justifique sus yerros como un exceso más de los indignados.
Solo así se entiende el elogio de los indignadanos que acaba de perpetrar en la prensa más adicta. Su texto es un ejemplo estelar de prosa laudatoria, de halagos a gente que supone no ha leído ni a Esopo ni a Samaniego, y a la que no se le alcanza que el elogio al pico de oro del cuervo pueda ocultar la zorrísima intención de quedarse con su queso. “Señor bobo, / pues sin otro alimento, / quedáis con alabanzas / tan hinchado y repleto, /digerid las lisonjas / mientras yo como el queso. / Quien oye aduladores, / nunca espere otro premio”.
Sin vergüenza alguna, ha compuesto una pieza que no se sabe si produce mayor pena por su pésimo estilo, o por la endeblez de sus razones. Pero el propósito resulta tan obvio que no se recata en formularlo en clave  poética: “si bien es cierto que, como dice el aforismo africano, el desierto se puede cruzar solo, es más seguro y fiable hacerlo acompañado”. Garzón ofrece un camino de salvación a la alegre muchachada para que le acompañe en su búsqueda del Grial de la inmunidad, para llegar a esa posición en la que ni siquiera un juez de la horca, como los del viejo oeste, pudiera ponerle la mano encima.
Lo que más asombro produce es la confianza de Garzón en que los indignados le identifiquen sin apenas vacilación como uno de los suyos, tan enemigo del capital como del despilfarro, un incorruptible, a prueba de comisionistas, un tipo sencillo, discreto, sin afán alguno de protagonismo.
Tal vez recuerden los indignados como ha tratado de tu a tu al señor Botín, “Querido Emilio”, sin abajarse a tener en cuenta ni la grandeza ni el poder del banquero, instándole muy dignamente a pagar un curso en defensa de los afligidos, y sin reparar en que el banquero tuviese un asuntillo de su entidad en su juzgado. ¿Cabe mayor ejemplo de decencia?
Tampoco dejarán de notar los más avispados de los indignadanos la flexibilidad del señor juez para condenar o liberar de las mismas penas y por los mismos casos a las mismas personas, en horas veinticuatro, con solo una ligera variación de la dirección del viento político. Eso es un líder, deberán pensar, porque,  como decía  el verso quevediano, Garzón sabe muy bien que si quieres que las gentes te sigan, “ándate tú delante dellas”.
Garzón muestra ser un gran pensador, no un simple oportunista, y eso es algo que los chicos acampados necesitan de forma inmediata. Garzón advierte, que nadie se llame a engaños que “el siglo XXI ha revolucionado (sic) para siempre los viejos mecanismos de participación política”, y que, pase lo que pase, ahí estará él para dirigir lo que fuere.