Una crisis que amenaza pudrirse

La literatura política ha echado mano de manera muy frecuente de la metáfora de la nave para referirse a los asuntos del Estado, a la deriva de los problemas nacionales. La nave española parece encontrarse ante una serie de amenazas que si no llegan a constituir la tormenta perfecta, tampoco le andan muy lejos. Seguramente lo más peculiar que nos pasa es que se han juntado varias situaciones agónicas, a la vez que hemos debido soportar los efectos de un desgobierno realmente muy pernicioso porque ha jugado con nuestras vidas y haciendas tratando de ahuyentar los peligros con frases pomposas y con acciones ridículas y contraproducentes. Además del castigo que siempre inflige un mal gobierno, sobre todo si es persistente, como es el caso, padecemos, al tiempo y como mínimo, una crisis financiera, una crisis de modelo productivo, una crisis constitucional, y una fortísima crisis de credibilidad, además de un buen número de graves desajustes en asuntos nada menores como la Justicia o la Educación.

Ante un panorama tan sombrío y amenazante, a mucha gente le pasa que no sabe si viene o si va, si ponerse a servir o tomar criada. Les ocurre lo que a los indignados, que saben dónde duele, pero ignoran la causa, y discuten de forma confusa y bastante primitiva, contaminada del voluntarismo poético con el que Zapatero ha deteriorado el ambiente,  sobre lo que habría que hacer. En una situación política normal, es evidente que estaríamos a punto de adoptar medidas excepcionales con el apoyo de todos, pero con la política que padecemos eso es hablar de lo excusado.
La solución que debiera imponerse desde un punto de vista lógico, una vez descartado por inimaginable, lo que es tremendo, un pacto de estado en forma de gran coalición, es la convocatoria inmediata de elecciones generales. Es lo que acabará sucediendo, porque apenas queda tiempo útil para otra cosa, pero hay que subrayar que nunca podrán tener el mismo efecto político unas elecciones que se convocasen con gallardía y convicción para pedir al pueblo, incluso con dramatismo, que  se pronuncie con claridad sobre las políticas contrapuestas, que unas elecciones a redopelo, que se celebren porque no se pueden evitar.
Como estamos ante este escenario, resultaría  verdaderamente preocupante que los fenómenos en que se concreta el clima de rechazo hacia las instituciones se volcasen sobre las elecciones y sobre su vencedor, que se arriesgaría a ganarlas con una notable merma de legitimidad.  Es obvio que una manipulación de tal calibre es poco sensata, pero la subversión y la alteración del orden, el clima que precede a las revoluciones, suelen tener poco que ver con la sensatez. Además, a quienes interesa que se generalice el motín, no necesitan que ninguna revolución triunfe; en realidad son tan enemigos de ella como los conservadores más recalcitrantes,  porque les basta la serie de beneficios marginales que creen obtener con la crispación, la tensión y el desorden, y no sería la primera vez que usasen este tipo de estratagemas para acrecer una colecta de votos muy mermada.
Como era previsible ante la gravedad del caso,  se ha desatado un proceso con características inéditas. Quienes se obstinen en interpretarlo, y en torcerlo, de manera partidista, tratando de poner en aprietos a un PP que es claro favorito para ganar las generales con amplitud, no deberían desechar la verosimilitud del efecto contrario, que el PP aumente sus votos por el miedo que desencadena un proceso de apariencia, al menos, revolucionaria.
Es muy lamentable la devaluación de la democracia que se denuncia por todas partes, porque además es muy injusta, muy poco inteligente. Cualquier persona que no sea ciega e insensible tiene que sentirse dolida con el daño que, por culpa de políticos mediocres y cobardes, se está haciendo a los principios de la democracia liberal por la que siempre han luchado los mejores de entre nosotros y que muchos jóvenes apenas pueden valorar porque, muy equivocadamente, los dan por descontados, ignorando que la libertad siempre está en riesgo y que, como dijo Jiménez Lozano, es una capa muy fina la que siempre separa la civilización de la barbarie. A pesar de todos su feos e ingentes defectos del presente, la democracia ha significado para España una época de progreso y de bienestar, nada común en nuestra historia.
Pase lo que pase, la convocatoria de elecciones tendrá que servir para restaurar la confianza en la democracia y en los valores que la hacen preferible, ahora muy deteriorados, y eso dependerá, sobre todo, de la grandeza de miras y del patriotismo de nuestros líderes, pero también de la inteligencia y el valor de quienes no estamos dispuestos a consentir que esta crisis se pudra, y, con ella, nuestra esperanza, y la de toda una generación que ahora está asustada y desesperada porque no tiene horizonte, porque nadie le ofrece otra cosa que becas inútiles, aplazamientos, subsidios y mentiras.
Publicado en El Confidencial

A vueltas con el canon

El jardín griego


Según una noticia de El Mundo, este humilde macetero ante un hospital ateniense precisa de 45 jardineros para su mantenimiento. No hace falta que la noticia sea exacta, basta con que sea aproximada para comprender los errores y los horrores de la economía griega, de un modo de vida absolutamente insostenible, por más manifestaciones y protestas que se le eche al asunto. Al conocer el caso, he recordado lo que me contó un amigo directivo de Telefónica sobre el número de médicos que tenía en plantilla la compañía argentina que compró la española para instalarse en Buenos Aires: eran  miles, lo que es enteramente surrealista, pero además, y como es lógico, se tardaba meses en conseguir un teléfono en Argentina. Imagino que ahora las cosas estarán mejor por allá, y no solo para Telefónica.
Muchas de las políticas sociales y de empleo de la izquierda, sea griega o peronista, consisten en un sueño, una pesadilla, en realidad, imposible y voluntarista, en la imaginación irresponsable de una sociedad universalmente subvencionada, una posibilidad tan absurda como la quimérica hazaña del Barón de Münchhausen que afirmaba haberse  librado de perecer ahogado en un pantano tirando de sus pelos hacia arriba. La verdad, dura pero cierta, es que si nadie produce y vende cosas que gusten a los demás no habrá nada que repartir, y, además, el mundo entero es cada vez más competitivo, de manera que es irreal contar con que se vayan a poder mantener chollos como el de los jardineros griegos, que seguramente no iban nunca a trabajar.

La reforma electoral

La propuesta de Esperanza Aguirre para modificar el sistema de elección de los parlamentarios de la Comunidad de Madrid ha tenido la virtud de poner negro sobre blanco un debate que responde a una amplísima demanda social.
Son muchos los españoles que se quejan de la escasa representatividad de los políticos, mucho mayor, en cualquier caso, de la que pueden reclamar cualquier especie de movimientos. El sistema de partidos ha evitado el riesgo de fragmentación, muy visible en la transición, pero puede haber incurrido en una excesiva rigidez. El sistema proporcional tiene sus ventajas y sus inconvenientes,  y entre éstos está el hecho de que, obviamente, favorece que los partidos políticos puedan alejarse cuanto quieran de la voluntad explícita de sus electores. Tras casi cuarenta años de vigencia, es normal que se plantee revisar la ley electoral buscando una reforma que favorezca más a los electores.
En los orígenes de la transición, se planteó  la adopción del sistema mayoritario, que favorece más la gobernabilidad y que, en conjunción con distritos de pequeño tamaño conduce a un Parlamento que respete la distinción entre el ejecutivo y el legislativo, ahora enteramente inexistente. Los partidos de izquierda, se opusieron por el miedo a que los políticos que provenían del régimen, apoyados en su mayor notoriedad, pudieran  dejar fuera de juego a los jóvenes y desconocidos políticos de la izquierda, de manera que se optó por el sistema proporcional, posteriormente constitucionalizado en el artículo 68, al tiempo que fijaba la provincia como distrito electoral. Cualquier modificación de estas dos normas exigiría, por tanto, una reforma constitucional. Ahora bien, esto no quiere decir que no se pueda hacer nada sin tocar la Constitución: ésta es la línea en la que apunta la propuesta de Esperanza Aguirre y, según publicó La Gaceta, ésta es también una propuesta que contaría con el visto bueno del Consejo de Estado.
Según se desprende de los estudios que ha realizado el Consejo de Estado, sería perfectamente factible reforzar  el poder de los electores para designar los candidatos concretos a favor de los que depositan el voto. Este avance, que el Consejo advierte que podría crear dificultades a las direcciones de los partidos, obligaría a los partidos a democratizar de alguna manera su estructura y funcionamiento, según ordena la Constitución Española en su artículo 6, y podría llevarse a cabo mediante un cambio relativamente sencillo en el sistema de listas cerradas y bloqueadas, que se podría reforzar, como sugiere Aguirre, en el caso de las elecciones autonómicas, introduciendo distritos de menor tamaño para elegir menor número de diputados. 

El Consejo de Estado, estima que el sistema probablemente tendría efectos beneficiosos en la medida en la que fomenta la participación política de los ciudadanos, y, por tanto, hace posible una mayor implicación de los españoles  en el funcionamiento de las instituciones. No tiene mucho sentido empecinarse en mantener el statu quo cuando son evidentes los defectos a los que ha llevado el régimen actual, y es perfectamente lógico ir ensayando con pequeñas reformas que, en su día, pudieran conducir a la modificación de la Constitución, incluso a la adopción del sistema mayoritario, pues ahora no tendría ningún sentido invocar el argumento de que unos políticos no resultan ten reconocibles como otros. La reforma ideal sería, por tanto, la del régimen de las Comunidades Autónomas que prestarían así una experiencia muy valiosa al conjunto de la Nación.


Valle Inclán y los nombres de dominio

El sueldo de Galán

Siempre he creído que lo que la gente llama corrupción, y que no es sino indecencia y robo, se trasparenta más en los asuntos públicos que en las grandes empresas, sin que esto quiera decir que el comportamiento de quienes las gobiernan sea más transparente, o más decente: todo lo contrario, y espero que esto no se tome como una defensa de los políticos, con la que está cayendo. Las grandes empresas  suelen ser campos abonados para las más diversas corruptelas, para el enriquecimiento desorejado de sus jefes; esto ocurre con facilidad porque estas empresas son anónimas, parecen no tener otro dueño que sus gestores que, con gran frecuencia, se dedican a esquilmarlas sin que nadie caiga en la cuenta de la gigantesca estafa a los accionistas, y al público en general cuando viven protegidas por legislaciones muy favorables. Al   cotizar en Bolsa, pueden ser manejadas de manera alegre por un grupo bien organizado de ejecutivos que se conforman con que suba la acción, lo que no siempre depende de ellos cuando ocurre, y con dar el dividendo y los bombones. Con mucha frecuencia, los directivos de estas grandes empresas, y esta denominación se refiere a varias decenas, o centenares, de personas, se guían por procedimientos que están completamente al margen de cualquier sentido de la responsabilidad y de la congruencia, por normas que, en realidad, son el disfraz de prácticas de corrupción   perfectamente organizadas y que apenas impresionan al público, porque, aunque se saquen a la luz, la gente, incluyendo a los accionistas, no se fija en esos detalles sórdidos. Desde un punto de vista ético, ese tipo de prácticas merece considerarse  como corrupción, son cosas que no debieran hacerse, y que no se harían si los sistemas de control fuesen algo más exigentes, si el público estuviese algo mejor informado, y si Hacienda no fuese el desastre que es entre nosotros, un ente voraz cuando persigue a un pensionista, pero incapaz de aclararse con las declaraciones, generalmente líricas, por ejemplo, de un Botín o de un Galán.
Viene esto a cuento de la escandalera que se ha armado en Inglaterra porque uno de nuestros hombres del Presidente, uno de esos senadores del dinero que se reúnen frecuentemente con José Luis en la Moncloa para ayudar a los intereses generales de forma enteramente desinteresada, se ha subido escandalosamente el sueldo, por no hablar de las stock options y otros variados complementos, siempre muy merecidos, qué duda cabe. Se ve que a Inglaterra no llega la imagen desinteresada del señor Galán, siempre dispuesto a sacrificarse, y allí ha molestado mucho el que se haya subido el sueldo en un cien por ciento pocos meses antes de incrementar sustancialmente las tarifas de millones de hogares (accedan al enlace antes de que lo quiten, que lo quitarán para que el medio no pierda la cuenta de publicidad del señorito concernido). Estos ingleses son unos insolidarios, no cabe duda. Aquí, por el contrario, como la luz apenas ha subido, y como ese es un mercado transparente y desregulado, nadie se fija en lo que trincan los Iberdrolos. Es mentira que los españoles seamos envidiosos, eso es parte de la leyenda negra. Aquí estamos encantados de que los tipos listos se forren son control alguno, aunque sea a base de subirnos las tarifas, listos que son que saben hacerlo sin que nadie se entere y, además, de que el Presidente los tenga por amigos, con su dinero que hagan lo que quieran, que diría un liberal.


¡Querétaro!

El Parlamento miope


Hay veces que uno quisiera decir cosas que son difíciles de decir, y hay que armarse de valor. Así que allá voy. Desde luego que estoy en contra de que los acampados, indignados, antisistema, 15-M, o los que fueren, asalten el Parlamento catalán, pero también estoy en contra de que el presidente de Cataluña pueda usar y haya usado un helicóptero para evitarlos y cambiar de calle, de que no haya sido capaz de afrontar las cosas de otra manera, y haya consentido que un diputado ciego, con riesgo para él y para su perro lazarillo, haga a pie el camino que él ha hecho en aeronave.
Pues bien, dicho esto, no tengo más remedio que expresar mi convencimiento de que si hubiese algún Parlamento merecedor de un asedio, que no lo hay,  el Parlamento catalán sería de los más indicados. Me basta para justificar esta suposición dos declaraciones posteriores a los hechos, la de un tal López Tena (¡lástima de apellidos!) que se ha quejado, en el colmo de su miopía y estrechez de miras, de que le insultaran en español, y la delirante petición de Carod Rovira para que los indignados vayan a mear a España, que es su país (también el de CR, aunque finja lo contrario).
Cuando una de las cosas que está pasando, y se comprenden mal, es que el mundo es más ancho y ajeno que nunca, algunos catalanistas especialmente cejijuntos pretenden seguir cultivando en exclusiva un huertecillo que siempre ha vivido, como los demás, y más que los demás, del comercio, de la apertura, de un cierto melting pot, y son tan necios que no son capaces de tener otra idea en sus diminutas cabezas de que Cataluña es suya. Es lamentable tanta miopía y tanto egoísmo. Ahora otro torpe de la misma colla de memos y cegatos ha empezado a recomendar que no se tome Rioja porque así no se hace patria: este personajillo ha decidido preconizar el patriotismo alimentario ¡Vaya tropa!
¡Viva el correo electrónico!

Caput Hispaniae

Los sucesos de Barcelona tienen un inconfundible aire hispánico, mal que les pese a los muy catalanistas que se imaginan no españoles, y, con ello, dan, a su manera, una potente muestra de la españolía más rancia. Repasemos lo de Barcelona y díganme si no recuerda la España más negra, las escenas terribles de los desastres goyescos. Para empezar un President que no se atreve a entrar al Parlamento como debiera, y cruza la calle en helicóptero, sin que le importe que un diputado de a píe, y ciego por más señas, haga el mismo recorrido acompañado de su perro guía, exponiéndose a que los revolucionarios le arrebaten el can, cosa que no ocurrió de milagro. Siempre ha habido clases en Barcelona, el President por los aires, el ciego a calcetín y perro. La férrea jerarquía de la partitocracia distingue con nitidez entre la seguridad del baranda y la protección a un mero comparsa, a una figura de reparto. Cobardía y ostentación en un mismo acto, no se puede pedir mayor ridículo a una escena pretenciosa que explica por si sola el distanciamiento de la gente.
De los activistas, no digamos nada, forman parte de nuestras más recias tradiciones de ignorantes y atrevidos, de coléricos sin tasa, de arbitristas borrachos y consentidos. ¡Qué espectáculo!
El Chromebook ya está aquí

Panorama desde el puente

Tomo el título de Arthur Miller porque me parece que lo que nos pasa a los españoles no se entiende bien desde las alturas. La distancia física y moral en la que se sitúan los que mandan facilita la confusión: desde el puente, lo que pasa puede parecer relativamente previsible y ordenado, pero, como en el drama de Miller, no es así.
La historia política solo parece coherente cuando se contempla a toro pasado. Antes de que las cosas sucedan, la coherencia ocupa un lugar mediano, apartada por lo imprevisible, lo azaroso, y lo discontinuo. Si eso es así en general, la contingencia se acentúa cuando se viven tiempos excepcionales, y estos lo son, sin duda alguna. No hace falta esforzarse en demostrarlo cuando acaban de dimitir tres miembros del Tribunal  Constitucional, por lo demás, de filiaciones muy distintas. Nos está pasando algo que no cabe resumir en un “lo de siempre”, y eso hace que el panorama pueda ser especialmente sombrío, en especial si los políticos renuncian a coger el toro por los cuernos, como se dice de forma tan expresiva.
Hay un diagnóstico que se repite con mucha frecuencia, y que oculta un gigantesco equívoco. El sistema no funciona, se dice, los políticos no solo no resuelven nuestros problemas sino que constituyen un problema que preocupa a muchos. Ahora bien, ¿qué es exactamente lo que no funciona? Mi hipótesis no es que el sistema falle, sino que, entre unos y otros, el marco constitucional se ha ido deteriorando sin que se llegase nunca a aplicar más que en beneficio de parte. Pongamos un ejemplo: la reciente sentencia del Tribunal Constitucional permitiendo a Bildu la participación plena en las elecciones sin que ETA haya dejado de existir puede ser leída como una legitimación a posteriori del terrorismo, algo así como “No importa que asesines, violes y te saltes la ley, si tienes un número suficientemente alto de partidarios”. Esa deberá ser, por cierto, la lectura que los indignados más radicales, aunque no sean precisamente finos constitucionalistas, o quizás precisamente por eso, le estarán dando, es decir, “podremos hacer lo que nos de la gana con tal de que mantengamos la presencia y la lealtad de un grupo numeroso”.
Análisis parecidos podrían hacerse sobre el funcionamiento de los partidos; no hay ninguna ley que habilite sus prácticas más necias, su intolerable apropiación de todo, pero los sostiene el poder de los votos,  y, como no hay un Estado que se defienda, menos habrá un poder que defienda las libertades de los ciudadanos, sobre todo cuando muchos ciudadanos estén, como están, dispuestos a sacrificar su libertad por cualquier promesa, ventaja o bagatela. Que el sistema no funciona quiere decir, sobre todo, que nadie defiende el interés general, que nadie se detiene a pensar que lo que puede ser beneficioso para una Autonomía, es un ejemplo, puede ser letal para todos los demás, o que lo que convenga al sistema financiero puede resultar muy dañino para la economía de los ciudadanos que pagan pacíficamente sus impuestos.
El sistema es tan débil que nos invita a tomarlo a chacota, y por eso ni funciona, ni puede funcionar. Pero su debilidad no depende de su forma jurídica, sino de la falta de ambición y de valor de quienes lo gestionan, siempre dispuestos a ceder al empuje de los menos contra los derechos e intereses de los más. El artículo 155 de la Constitución autoriza al gobierno para impedir que, por ejemplo, una Autonomía atente al interés general, pero los jerifaltes han aprendido hace tiempo que los tigres de Madrid son de papel.
¿Hay que reformar el sistema? No hay ningún sistema que sea perfecto, ni falta que hace. Lo que necesitamos es políticos que de verdad hagan política, y no meros administradores de un bienestar que ya es cosa del pasado, nos pongamos como nos pongamos. Y en estas, se prevé la llegada del PP a Moncloa, con un programa de mínimos, como si aquí lo único que pasara es que el Gobierno no inspira confianza, que no la inspira, y todo se fuere a arreglar de manera milagrosa al minuto siguiente de la toma de posesión de Rajoy. No será así, desde luego, entre otras cosas porque habrá quien se encargue de que todo se ponga bastante peor en ese mismo momento, parafernalia de indignados incluida.
¿Es que Rajoy no va a poder hacer nada? Poco podrá hacer si no se da cuenta de que el problema que tenemos es bastante más grave que un déficit brutal, o que un paro insoportable. Tenemos una democracia que ha premiado abundantemente la irresponsabilidad, que ha tendido a tirar casi siempre por la línea del mínimo esfuerzo, y hace falta que alguien le diga a los españoles que así no se va a ninguna parte. Ya sé que aquí no abundan los ciudadanos capaces de soportar el discurso de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, pero no debiera haber mucha duda de que, si se quiere hacer algo más que el paripé durante un par de años, habrá que procurarlos, porque no parece probable que vayan a surgir de milagro.

La rendición de la bandera

Es verdad que, como ha dicho Regina Otaola, el éxito electoral de Bildu significa haber perdido una batalla, pero no supone haber perdido la guerra. Claro es que para ganar una guerra hay que empezar por reconocerla, y, además, hay que combatir. El gobierno de Rubalcaba, de quién si no, está muy lejos de cumplir con esas dos exigencias.  Lo malo para Rubalcaba es que la guerra a la que renuncia es la guerra de la ley frente a la barbarie, la defensa de la democracia y de la libertad política frente a los totalitarios que imponen su voluntad por la fuerza, sin renunciar a ninguna forma de violencia y, muy especialmente, a la violencia cotidiana, a la extorsión política, a la toma de la calle  pisoteando el derecho de los ciudadanos comunes y pacíficos a no vivir en un continuo estado de excepción y de inseguridad jurídica.
Pero las grandes batallas se empiezan perdiendo con los símbolos, y por eso han retirado la bandera de los Ayuntamientos que controlan. Los enemigos de la libertad conocen muy bien las debilidades de la democracia española, y las explotan de manera inmisericorde en su beneficio. Así, han conseguido colar para denominarse el término de izquierda abertzale, tratando de ocultar lo que realmente son, partidarios de un orden impuesto por el terror, por una banda de asesinos que trata de disfrazarse de fuerza militar.  El PSOE de Alfredo ha coqueteado miserablemente con esa terminología engañosa y, tratando de nadar y guardar la ropa, ha bendecido su presencia en las instituciones con la vana esperanza de que el poder político les quite las ganas de acabar con la libertad.
Hasta aquí se trata de un tremendo error político, un error muy caro desde el punto de vista electoral, pero hay algo más. El gobierno de Rubalcaba tiene la responsabilidad de velar por el cumplimiento de la ley, y no puede tolerar que sea violada de manera impune por unas instituciones que pretenden actuar en el marco de la legalidad, aun cuando estén dirigidas por los colaboradores de los criminales. El PSOE de Alfredo puede seguir hablando, si prefiere engañarse y tratar de engañar a sus votantes, de izquierda abertzale, pero el  gobierno de Rubalcaba no puede consentir sin mover una pestaña que se incumpla la ley, que la bandera española sea arriada de manera vergonzosa de numerosas instituciones vascas como si España hubiese dejado de existir en aquel territorio, y como si los numerosos vascos que se sienten españoles tuvieran que empezar a sentirse extranjeros por culpa de los nuevos munícipes. La Constitución, las leyes vigentes y la jurisprudencia constante del Supremo son unánimes al respecto. No se puede consentir que la bandera española deje de ondear en instituciones que se nutren del presupuesto común, y que se asientan en el territorio nacional. Es una vileza miserable que el gobierno mire para otra parte y que ni siquiera haga asomo de tomar alguna medida. El gobierno de Rubalcaba se refugia aquí, según sus reiteradas declaraciones, en la acomodaticia doctrina que se olvida de cumplir la ley con la disculpa de evitar un mal mayor. Eso no vale gran cosa con los acampados, pero es de una hipocresía superior con unos personajes que han adquirido la condición de autoridad pública, y que están especialmente obligados a cumplir la ley que les otorga sus poderes. El Gobierno debe dejar de disimular y reponer la bandera nacional en los ayuntamientos, porque somos una inmensa mayoría los que queremos verla allí, y eso es lo que ordena la ley.




Facebook deja de crecer

Bildu en el poder


Estos días se han podido contemplar con todo detalle las razones que debieron haber bastado para que Bildu no participase en las elecciones. Sus más de mil concejales, testaferros de ETA para el Supremo, se ciscaron en la Constitución, en la ley y en el dolor de las víctimas glorificando a los asesinos, amenazando a la prensa y a quien no se pliegan a sus designios, intimidando a los concejales que no son de su cuerda.
Este espectáculo ridículo y vergonzoso es fruto de la cobardía unos jueces del Tribunal Constitucional que prefirieron seguir las consignas de Zapatero y de Rubalcaba en lugar de defender valientemente, como era su obligación, la plena constitucionalidad de la sentencia del Supremo que excluía de la convocatoria a los secuaces de los terroristas. Bildu ha demostrado en el día de ayer que no quiere  participar en la democracia, que, como sus mentores de la capucha, la serpiente y el hacha, lo que quiere es imponer la dictadura del terror mediante medios aparentemente menos violentos que los de los pistoleros, pero igual de intolerantes, igual de anti-democráticos, igual de incompatibles con la libertad política de todos. Los gritos a favor de la secesión, la postergación de la bandera nacional, que la Constitución ordena que esté presente en todos los Ayuntamientos, y las pancartas a favor de quienes cumplen condenas por crímenes horrendos han supuesto una burla sangrienta para todos, pero, en especial, para esos miles de víctimas que han pagado con su sangre y su dolor, la vesania de estos canallas. Las víctimas han soportado con un civismo admirable la violencia que se ha ejercido contra ellas, con la esperanza de que la ley y la democracia supieran defenderles, pero ya se ve que ha habido quienes han preferido el entendimiento con los etarras.
La deslealtad del Gobierno y de los jueces del Tribunal Constitucional que han sido fieles a las consignas recibidas por Pascual Sala, un felipista en la corte de Zapatero, son los causantes directos de este espectáculo que debiéramos habernos evitado. Pero ha habido también partidos, como el PNV, que, con el hipócrita recurso de condenar la alianza entre el PP y el PSOE como un mal absoluto, han facilitado el acceso de Bildu a algunas alcaldías, como la de San Sebastián, en las que los filo-terroristas no habían alcanzado un número suficiente de votos.
Gracias a la estúpida astucia que se le supone a algunos, y a la cobardía general, los herederos de Batasuna han conseguido alcanzar la hegemonía municipal en el País Vasco. Es seguro que el PSOE y el PNV se han confundido en sus cálculos, pero lo más grave es que han vuelto a dar una prueba evidente de lo poco que les importa la democracia cuando sus exigencias se oponen a su ambición de poder, lo único que les importa. Ayer domingo ha sido un día triste en la hermosa tierra vasca. La cobardía, la traición y la mentira han vuelto a imponerse sobre el verdadero deseo de paz, de libertad y de convivencia. No tardaremos en ver las consecuencias de todo esto. Los de Bildu no van a conformarse con lo mucho que ya tienen, porque lo quieren todo. La democracia va a ser, de nuevo, puesta a prueba en el País Vasco. Confiaremos en que en la Moncloa haya un político más exigente y fiel a España, y que los tribunales no escriban a otro dictado que el de los mandatos que realmente les obligan, la defensa de la Constitución, de la libertad y la dignidad de todos y de la unidad de España, patria común de todos los españoles, diga Bildu lo que diga.

El insólito prestigio de una palabra

Me refiero a regeneración una palabra que, a la hora de hablar de los problemas políticos,  se repite como si  fuera un auténtico bálsamo de Fierabrás. A ella se refieren unas clarividentes declaraciones de José Varela Ortega en El Imparcial: “Quizá podríamos empezar evitando el término “regeneración”, una idea que arranca de 1898, positiva pero desmedida, que evoca ecos catastróficos y despierta expectativas poco razonables”. En efecto, quienes defienden la regeneración se dejan llevar por una analogía biológica mal fundada, muy típica del voluntarismo y del radicalismo hispano, poco propenso a hablar de los problemas como modo de buscar soluciones adecuadas y modestas. Los regeneracionistas pretenden que no hay nada salvable en el orden político vigente, aluden también a una brumosa crisis de valores, sin darse cuenta de que uno de nuestros males ha venido siempre el radicalismo mal administrado, el arbitrismo que, para mayor INRI, se suele aliar con esa mentalidad propia de la cruzada, de la idea de guerra santa con la que nos contaminamos de tanto pelear y convivir con los sarracenos.
Son muchas las cosas que no van bien en la política española, pero, como no me canso de repetir, todas ellas derivan, en último término, de defectos típicos de nuestra cultura política. No servirá de nada la apelación a una supuesta regeneración que nadie sabe de dónde podría venir, dado que el resto de las instituciones españolas, la universidad, la prensa, la justicia, etc. etc. no son precisamente ejemplares. No se trata pues de regenerar nada, sino de sean muchos los que empiecen a actuar con coherencia y valor, de  una manera libre y educada, defendiendo sus posiciones y tratando de entender sin demonizar las ideas de sus adversarios. Ya sé que todo esto puede parecer más utópico que la regeneración, pero, al menos, tendríamos la ventaja de no engañarnos con palabras simples que ocultan una gigantesca dosis de malentendidos.


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