Japón

Los muertos y desaparecidos en Japón son decenas de miles, y en Occidente especulamos sobre el humo negro que sale de un reactor. Ha habido un tonto que ha hablado de Apocalipsis y varios memos más que han acusado al gobierno japonés de mentir. Me recuerda el dicho de un amigo: «a Noé le vas a hablar tu de diluvios»: quién les habrá hecho creer que  podríamos considerar más fiables sus neuras y bellaquerías que a la ejemplar serenidad de unos japoneses arrasados pero decididos a hacer lo que hay que hacer, a aguantar, a sobreponerse a una naturaleza cruel, y a una opinión internacional absolutamente venal, y tan acostumbrada a la estupidez que ya no es ni siquiera capaz de distinguir lo que importa, lo que es admirable. No servirá de nada, pero quiero dejar un testimonio humilde, admirado, sincero y envidioso por la calma y el vigor de los japoneses, con su gobierno a la cabeza, por la solidaridad y la dignidad con la que han afrontado una desgracia a la que algunos quieren añadir un morbo necio y completamente innecesario.  

Sobre los límites del copyright

El círculo vicioso


Hace ya muchos años, nada menos que en 1915, Ortega y Gasset se lamentaba, en un artículo en la revista España, recogido luego en sus Escritos políticos, de la creación de la Universidad de Murcia: “Que en esta hora, tan adecuada para una reforma hondísima de nuestra vida nacional, lo único que se haya creado sea una Universidad más, equivale a un golpe fatal que recibimos los ortodoxos del optimismo”. Ortega no tenía nada contra Murcia, pero no estaba conforme con que las fuerzas vivas de la región se hubiesen salido con la suya y creasen una universidad, básicamente, para mostrar su poderío. Pensaba entonces Ortega que mejor harían los españoles en arreglar las seis universidades existentes, alguna al menos, que en intentar crear una más que seguramente heredaría los defectos de las otras. Desde entonces ha llovido mucho y es posible que en la misma Murcia haya más de las seis universidades que en 1915 había en toda España. Seguramente la metástasis universitaria ha tenido algunos efectos positivos, pero lo esencial es comprender el motivo del disgusto del filósofo.
Desde entonces, las cosas no han hecho sino empeorar. Tenemos unas administraciones que gastan sin ton ni son, que no se paran en pequeñeces y desconocen, por completo, cualquier especie de austeridad. Unos y otros han llenado el paisaje español de autopistas con tráfico escaso, de polideportivos casi vacíos, de bibliotecas sin libros, o de parlamentos y un sinfín de instituciones del más variado tipo con funciones casi completamente inexplicables. Los únicos beneficiarios netos de todo ese proceso han sido los líderes del potente sector de la construcción y la obra civil, gente meritoria y valiosa, sin duda, aunque diste de estar claro por qué razones todo un país tiene que tirar la casa por la ventana para construir lo que no está claro que necesitemos. Presumimos de tener la red de alta velocidad más extensa del mundo, pero nadie nos dice que es la menos rentable, la más deficitaria, la más inverosímil.
Cuando vienen a España, son muchos los que se extrañan de que nos quejemos de la crisis, de tan relucientes que están una buena parte de nuestros signos externos; a cambio, como se sabe, nuestra deuda es sideral, nuestra competitividad da risa, nuestro democracia renquea asfixiada por las cúpulas de los partidos, los habitantes de las ciudades se hacinan como si dispusiésemos de menos espacio que los japoneses,  y el terreno escasea, y tiene unos precios de escándalo, aunque España esté medio vacía. Las autoridades hacen recaer sobre él su virtus prohibitiva, lo que produce una escasez artificial que ha sido, a fin de cuentas, una razón primordial de la espantosa indigestión económica que nos tiene al borde del desastre. Es asombroso que, a día de hoy, millones de españoles sigan sin comprender que la única razón por la que han de comprar su vivienda a precios absurdos, y pasar largos años de su vida pagando hipotecas muy onerosas, es el prohibicionismo del suelo, que multiplica por varios enteros su valor en el mercado y beneficia, sobre todo, al poder municipal al otorgarle un sistema de financiación irregular.
La creación de escasez en el suelo es una de las causas básicas del sobreprecio del terreno, de la especulación urbanística, del boom inmobiliario, de la corrupción política, y del escaso aprecio de los españoles por obtener dinero de manera más razonable y productiva. Recuerdo lo que me decía un amigo hace ya muchos años: no merece la pena trabajar si, al final, voy a ganar más dinero con la venta de un solar que con el esfuerzo de mi empresa durante treinta años.
El problema con el que ahora nos enfrentamos colectivamente es que hemos creado un sistema público de tamaño monstruoso, que se ha multiplicado por cinco desde los inicios de la democracia, y que nuestra economía real no produce lo suficiente como para alimentar a este monstruo, al ogro filantrópico del que habló Octavio Paz. Necesitamos una cura de austeridad, un régimen de descreimiento en los beneficios que podamos recibir de los gobiernos, que salen a un precio que, al final, es inasumible, y proceder a recortar en cuanto se pueda los poderes discrecionales de los políticos, su abundancia barroca. Necesitamos, en cierto modo, volver a empezar, pensar que la democracia no es el maná sino un procedimiento muy razonable para resolver nuestros conflictos, pero que jamás podrá funcionar correctamente si no hay una poliarquía, si los jueces no son capaces de juzgar conforme a una ley igual para todos, si las universidades no dejan de crecer para dedicarse a competir y mejorar, si los periódicos no dejan de cantar las excelencias de sus padrinos políticos y se dedican a informar honrada y valientemente. ¡Cuánto nos queda por hacer para salir de este infernal círculo vicioso! Quiero creer que si alguien nos hablase con valor y claridad,  podríamos romper ese dogal que nos impide crecer y respirar.
[Publicado en El Confidencial]

Un síntoma inequívoco

Que los sectores más radicales y más demagógicos de la izquierda, por ejemplo los intelectuales y artistas de la ceja, empiecen a estar contra Zapatero es un síntoma inequívoco de que le saben perdedor. Estas gentes tienen un instinto infalible y nunca muerden la mano que les da de comer, son perros viejos, heredan el instinto pedigüeño y zalamero, cuando conviene, de pícaros y cómicos de la legua, de viejos vividores. Si ahora salen de nuevo a la calle es porque saben que han de preparar el terreno para los que vienen, que no se crean éstos que lo suyo les va a salir de rositas. La derecha, que a veces parece tonta sin remedio, se dedica a afearles su conducta censurando que no salgan a la calle con el «no a la guerra» ante esta  hazaña bélica tan humanista, en opinión de los ministros que parecen haberse vuelto del PP, a ver si cae algo de tipo institucional en lo que venga. Pues ya lo ven, empiezan a salir los de la ceja, los artistas revolucionarios, los incondicionales. Olfatean el fin de un ciclo, y siguen mansamente las consignas memas de los de enfrente para que éstos no se olviden de que existen, y de que son capaces de enfrentarse hasta a un gobierno moribundo. 


Otra idea equivocada sobre la edición digital

Azores y los azares

Los aviones españoles se han paseado por el cielo de Libia y, como es propio de caballeros, no han hecho otra cosa que mostrar su estilizada estampa. Ahora una fragata y un submarino harán lo propio, en los mares, claro.
La guerra de Zapatero está dejando como un sainete realista a la guerra de Gila, lástima que los más jóvenes no la recuerden. Es lógico que pase con una guerra que, según nos dicen, no lo es, o lo es por casualidad, de manera azarosa, sin propósito de hacer daño ni de causar mal. Por eso hablo de azares en lugar de Azores. Tal vez en Azores no estuvimos bien, pero al menos se sabía para qué se estaba; ahora lo único cierto es que vamos detrás de Sarkozy que, además, es más bajito que ZP. Pues yo, que quieren que les diga, para ir de jesusera (dícese de quienes acompañan a alguien para decir aquello de Amén, Jesús, prefiero correr tras los EEUU que suelen saber lo que quieren, y además lo dicen. No creo que Sarkozy sepa lo que quiere, aunque seguro que sabe lo que no quiere, pero no imagino que le haya dicho a ZP ni una ni otra cosa, porque desde el episodio de la silla, Sarkozy sabe que, tratándose de ZP, puede contar con aquello de que ”si tú me dices ven, lo dejo todo” que es tan poético y tan sacrificado.

Decimos guerra

Los españoles nos hemos anunciado mundo adelante como un país pasional, y ha debido haber quienes lo crean. Otro mito favorable que exportamos es el de la improvisación, una especie de hermana tonta de la creatividad. No creo que hubiésemos podido llegar muy lejos postulando nuestra capacidad crítica o nuestro espíritu lógico: la cosa es tan grave que se trata de dos actitudes que suscitan el denuesto casi universal entre hispanos; tanto a la derecha como a la izquierda, entre tradicionalistas o revolucionarios, con conservadores o progresistas, hay una especie de acuerdo no escrito que lo de pensar es muestra de debilidad mental, de falta de carácter. Fíjense las hermosas  campañas que nos perderíamos si fuésemos un poco más analíticos: ¡cómo íbamos a defender al juez Garzón!, o ¡cómo podríamos dejar de comparar el asalto a la capilla de la UCM con los sucesos previos a la guerra civil!, por ejemplo; hay que reconocer que solo de pensarlo se le erizan a uno los cabellos.
Bueno, a lo que iba. Decimos “guerra” y se nos nublan las escasas entendederas; los de derecha se dedican a comparar esta guerra, que para los de cierta izquierda no lo es, con la que según ellos no fue, es decir con la de Aznar en Irak, y los de izquierda, entiéndase que es por decir algo, se dedican a explicar que esta guerra no lo es porque la ordena la ONU y la dirige Sarkozy que, aunque sea de derechas, es francés, que siempre se computa como progresista.
En medio, una absoluta incapacidad para hablar de lo que sería lógico ocuparse, desde si hay algo como el interés nacional que se esté jugando en Libia, hasta para qué queremos un presupuesto militar si todo lo que han de hacer los soldados sea poner tiritas y dar palmadas en la espalda. ¡Lejos de nosotros la funesta manía de pensar!, como le dijeron los de la universidad de Cervera al deseado Fernando. ¡Y luego dicen que abandonamos la tradición en manos de la peligrosa vaciedad moderna! Nosotros decimos guerra, o decimos Chernobyl y ya está todo resuelto.

El entierro de León



El ministro de Fomento ha clausurado un paso a nivel en León. Se ve que la necesidad aprieta porque la supresión de un paso a nivel no solía dar derecho a la presencia de un jerarca de tanto copete, pero todos sabemos que León es lugar de reconquista. Por si el paso a nivel fuese poco, el ministro ha anunciado la construcción de la nueva estación leonesa, subterránea, por supuesto. Dejando aparte la triquiñuela política, me gustaría subrayar el odio que los españoles seguimos profesando al ferrocarril: siempre que podemos lo soterramos, lo quitamos de la vista. Podría pensarse que es para ganar espacio que, como todos sabemos, es algo muy escaso en España, pero me temo que hay algo más. Me parece que con el tren nos pasa algo parecido a lo que les ocurre a los progres con la energía nuclear, que se nos nubla la vista. Hay que echarle imaginación para considerar que una vía ferroviaria, incluso la más transitada, sea más peligrosa que una carretera cualquiera, pero, como decíamos ayer, también el gas es más mortífero que la energía nuclear y nadie se echa a correr en presencia de una bombona. Nosotros somos así, muy nuestros y los trenes a los túneles que estropean el paisaje, y no dejan cruzar al otro lado.

¡El dinero que nos hemos gastado en soterrar vías!, claro que es parte del chollo tradicional que los constructores tienen con los gobernantes, ese sí que es un gobierno de coalición. España es un país disparatado y gasta el dinero de la manera más inútil y tonta que pueda concebirse; el tren es solo un motivo para ejercitar ese salero incontenible de los gobiernos, pero los ciudadanos nos prestamos pacientemente a esa clase de moderneces sin reparar que a países tan atrasados como EEUU, Inglaterra o Alemania no se les ha ocurrido nunca esa genialidad del soterramiento. ¡Trenes no, bases fuera!



La bula nuclear

La oposición a la energía nuclear suele incluir una dispensa general de razonamientos, lo que es doblemente lamentable, porque resulta que haberlos, haylos.
A propósito de Japón, y bajo el liderazgo de desinteresados franceses y alemanes, siempre concienzudos y sutiles, hemos alcanzado un grado de histeria realmente digno de mejor causa: lo nuclear, ahí es nada. En medio del paroxismo se menciona habitualmente Chernobyl, y entonces se produce algo así como un fenómeno de conversión súbita de los dubitativos. Yo creía recordar que lo de Chernobyl no fue tampoco para tanto, pero, por si acaso, me fui a verlo en la Britannica, que me dejo frío y con síndrome de carencia de cifras, y también en Wikipedia, que pensé sería más impresionista, pero quiá: en ambos casos vi confirmadas mis sospechas de que el caso era de una exageración más que notable. Resulta que muertos, lo que se dice muertos, ha habido 32 en la gran catástrofe ucraniana. Esto me recuerda al chiste del centinela que avisa al capitán del fuerte en el Far West de que se acercan los indios, y, al ser preguntado por su número, respondió que 2004; ante tan extraña cifra, el comandante  quiso estar al tanto del método de conteo, y el centinela le explicó que había visto claramente a 4, y luego como a unos 2000. En el caso de Chernobyl, los conteos posteriores no son ni menos imprecisos, ni tienen menos voluntad de alarma, la causa lo merece, pero padecen del mismo síndrome de imprecisión que el centinela a la hora del computo. Mucho hablar de decenas, centenares o millares de afectados, pero ni una sola cifra precisa que llevarse al coleto, ni el más ligero dato mortuorio, nada que supere en precisión a la información de que algunos resultaron muertos, destino que nos espera a todos, me parece.
Yo no puedo evitar quedarme estupefacto ante este extraño estreñimiento contable, y ante una situación tan desagradablemente comparativa para lo nuclear, porque resulta que, por citar solo el caso de España, el gas, que es una energía que no parece amenazante, ha causado miles de muertos en los últimos años. Es decir que ha muerto más gente en el camping de los Alfaques en una sola jornada que todas las víctimas de la energía nuclear a lo largo del mundo en una década. No quiero seguir porque no soy un experto en esta clase de datos, pero me gustaría continuar teniendo una cierta capacidad de asombrarme cuando no me salen las cuentas y, me parece evidente que el pánico nuclear está reñido con las prácticas contables generalmente aceptadas. 
¡Menos lobos con las redes sociales!

Dogmatismo y mercado político

Si se pregunta a los españoles cómo valoran a los políticos, su respuesta no es nada halagüeña; algunos pensarán que este es un fenómeno reciente, pero bastará echar un vistazo a lo que ocurría en los primeros años de la democracia para certificar que ese desapego tiene  raíces más hondas de lo que parece. Lo que ocurre es que, quien más y quien menos, se acuerda de la resonante victoria electoral del PSOE en 1982, una mayoría absoluta con 202 diputados sobre un total de 350, e interpreta ese dato como una muestra de entusiasmo con los políticos de entonces, lo que no sería cierto. Los socialistas se beneficiaron entonces del suicido de la UCD, y de que muchos pensaran que esa era la mejor manera de ahuyentar para siempre los fantasmas del tejerazo, pero poco más.
En general, pues, los políticos españoles son juzgados conforme a unos criterios muy exigentes, y, sin que yo pretenda ninguna apología especial de su trabajo, si querría advertir que, en el caso de que decidieran pasar de las musas al teatro, seguramente ninguno de esos severos críticos obtendría mejores resultados que los que habitualmente se adjudican a los que, de hecho, ocupan actualmente el escenario político.
Hay varias razones para que esto sea así. La primera de ellas es que cada español tiene una ideología muy peculiar, y es por comparación con esa su plantilla como juzga el rendimiento de los que supone suyos, lo que, como es previsible, le conduce prontamente al desencanto. Ni que decir tiene que los adversarios están condenados de antemano. Una segunda razón está, a mi modo de ver, en que el voto de los españoles y sus tendencias políticas está mayoritariamente determinado por creencias y fidelidades, es decir, es muy poco flexible. Si los españoles pudiesen desprenderse de su voto, y votar algo distinto a lo que votaron, no tendrían tanta tendencia a desesperar de los políticos. Lo malo es que, como se sabe, las posibilidades de voto son habas contadas, y eso tampoco favorece la movilidad, consolida el cainismo y las formas muy extremas de polarización, lo que, en consecuencia, hace que los templados de cualquier partido sean vistos, por lo general, como gente sin convicciones ni valor. 
Hay dos fenómenos que me parece conviene examinar para entender el comportamiento electoral de los españoles. El primero es el de las discusiones sobre fútbol, en las que la mayor parte de la gente es incapaz de renunciar a la premisa mayor de que es verdad lo que favorece a su equipo, y falso lo que le perjudica, planteamiento que, entre otras cosas, impide el placer del deleite con el fútbol ajeno y el gustazo, aún mayor, de no estar sometido a servidumbres atávicas. Un segundo asunto es la popularización del tipo de debates que constituyen eso que llamamos la televisión basura, allí donde toda inmundicia tiene su asiento, un espacio público en el que todo queda reducido al insulto, al vocerío, a la sal gruesa y sin el mínimo gusto, y en el que ni siquiera es concebible que alguien escuche, y menos que trate de comprender, lo que diga la víctima, el adversario. Lo malo es que esta clase de criterios de debate y de identificación no están reducidos exclusivamente a temas menores, sino que han adquirido carta de naturaleza en muchos espacios en los que cabría esperar otras conductas, en la vida universitaria, por ejemplo, o en las elecciones internas de los partidos, cuando se celebran, en las que la etiqueta imperante exige acudir a las urnas con la papeleta que a cada cual le entregue el mando.
En resumidas cuentas, lo que seguramente ocurre es que estamos haciendo una democracia en una sociedad en la que abundan más el autoritarismo y las mafias que el debate abierto, características que no son del todo incompatibles con el individualismo que tanto se nos atribuye, y que encajan a la perfección con la tendencia a imponer nuestros criterios por las buenas o por las malas, siempre que se pueda, o, por el contrario, cuando no se pueda, comportarse mansamente, y mirar para otro lado aparentando un desinterés olímpico.
La solución más simple para esta clase de carencias sería alguna especie de milagro, pero no es frecuente que acontezcan. La única alternativa, por tanto, es la de tratar de cambiar las cosas desde abajo, pacientemente, aunque sin pausa. Los partidos políticos no podrán seguir siendo el coto cerrado que son, si los españoles se empeñan en participar activamente en la vida pública, en dar sus opiniones, en debatir, en exigir que las cosas colectivas se discutan públicamente, y con argumentos cada vez mejores, si cada cual, en sus respectivos ámbitos, se dispone a ejercer sin cortapisas su derecho a opinar y a respetar sin dobleces los argumentos que expongan los adversarios, Esa es la única manera en que resultará posible mejorar algo la calidad del mercado político, pero, aunque sea  por primera vez, la revolución tendrá que empezar desde abajo, como todo lo que ha merecido la pena.
[Publicado en El Confidencial

Democracia e impuestos


Los que pensamos que hay ocasiones en que la derecha no pone demasiado empeño en ganar las elecciones tenemos razones para hacerlo, fundamentalmente, en la medida en que no se combaten las causas que facilitan un predominio cultural de esa mezcla pringosa de socialdemocracia y populismo con la que suelen conseguir sus éxitos   tanto la izquierda como los nacionalismos.
En cierta ocasión explicaba a mis alumnos las indudables ventajas del modelo universitario americano sobre el europeo, y, por supuesto, sobre el español. Un alumno se atrevió a llevarme la contraria, en un gesto de atrevimiento inaudito, porque, al margen de cualquier retórica, solemos educar a los alumnos en la sumisión repetitiva de lo que diga el profesor, y me dijo que el modelo universitario americano era claramente inaplicable en España; le pregunte por qué y me contestó que por ser carísimo. Aproveche la oportunidad para hacer un cálculo, junto con ellos, de lo que realmente costaba que estuviésemos mantenido esa clase, y de cómo ellos apenas pagaban un pequeño porcentaje de esos costos, es decir que pagan las clases universitarias, sobre todo los que no disfrutan de ellas. Me parece que comprendió el argumento: una enseñanza falsamente gratuita puede ser realmente mediocre, casi enteramente inútil, como desgraciadamente tiende a serlo. Si los alumnos pagasen las clases en lo que valen, la Universidad sería muy de otro modo. Así se explica, por ejemplo, que tengamos las mejores, no es exageración, escuelas privadas de negocios, y unas universidades públicas, en general, de muy baja calidad.
Generalizaré el diagnóstico: los ciudadanos no son conscientes de que ellos pagan cuanto los gobernantes parecen darles, que les sale bastante caro el mecanismo redistribuidor de rentas en que se han convertido los estados del bienestar, sobre todo cuando se dedican a quitar rentas a los modestos y a aumentarlas a los plutócratas, es decir, cuando, por ejemplo, sube sin control la factura de la luz, del gas, del teléfono o de los carburantes, mientras los consejos de administración de esas beneméritas empresas se suben los bonus, de apenas unas decenas de millones de euros, con una alegría contagiosa. No creo que nadie medianamente decente se atreva a negar que algo, más bien mucho, de esto está pasando aquí y ahora.
La derecha podría pensar en algo muy simple, en imitar el modelo americano y obligar a que se separen los precios de los impuestos, de manera que al pagar cien euros por la compra de algo sepamos  con claridad que el objeto cuesta sesenta y que los otros cuarenta se los llevan, los gobiernos, los ayuntamientos, la SGAE y cualesquiera otros beneficiarios de nuestra anónima, involuntaria e ilimitada generosidad. La gente aprendería, por ejemplo, que tiene que ser forzosamente mucho más caro vivir en Madrid, donde el alcalde ha conseguido acumular una deuda sideral, que tendrá que pasarnos al cobro a los sufridos madrileños, que en Valladolid, una ciudad que apenas tiene déficit por lo bien administrada que está. También habría que modificar el IRPF, porque sería esencial que la gente supiese lo que gana de verdad, lo que le cuesta su trabajo al empleador, y no lo que de hecho se lleva a casa, tras ser debidamente sableado por la hacienda y la seguridad social, esas beneméritas instituciones que nos tratan a palos a la que nos descuidemos. Es posible que con medidas de ese tipo subsistieran los masoquistas que prefieren que su dinero lo administren gentes de probada moralidad y eficiencia, como los políticos, y no miro a nadie, pero es seguro que muchos otros empezarían a mirar los servicios públicos con otra cara, y no simplemente a admirarse de lo bueno que es el Estado cuando concede a sus funcionarios tantas ventajas sociales y un régimen laboral que concita las envidias del que tiene que ganarse los euros en un ambiente ligeramente menos estable y más competitivo.
Es una genialidad del estado paternalista que los impuestos sean opacos, que los ciudadanos no caigan en la cuenta de lo que le cuestan las dádivas de los políticos, la cúpula de Barceló en Ginebra,  la aventura olímpica de Gallardón, el teatro del Liceo en Barcelona que pagamos también los de aquí abajo, los puñeteros carteles del plan E de Zapatero, el fiestorro de los  cineastas, a punto de dejar de ser ceja-adictos de avispados que son, o los aviones para que se desplace la Pajín, que siempre tiene prisa porque es muy galáctica.
Muchos siguen pensando que eso son gastos que ellos nos pagan, que el gobierno tiene una máquina de hacer dinero que nos sale gratis, y si que tiene máquina, y la maneja con soltura, pero nos sale carísima, casi cinco millones de parados y  una deuda pública que es alucinante. El cambio de la cultura política imperante, lo que permitirá que haya una democracia real y algo más competida, llegará cuando muchos comprendan que esos excesos no tienen otra finalidad que seguir comprando su credulidad, su inocencia, su voto.
[Publicado en La Gaceta]

Ingeniería de la corrupción

Durante un tiempo pudo parecer que el PSOE de Zapatero era mucho menos proclive a la corrupción que el de González, pero ahora sabemos que tal análisis es engañoso, y que la aparente inactividad de los primeros años ocultaba una intensa dedicación al I+D de la corrupción para poder ir mucho más allá que con el procedimiento que se podría llamar tipo Interior, simplemente, meter la mano en la caja,  del cual Roldán fue, acaso, el practicante más excelso. Los ERE perpetrados en Andalucía dan muestra de una cultura de la corrupción mucho más sofisticada, del surgimiento de una auténtica ingeniería del trinque. No se le puede negar creatividad, imaginación y audacia a un fraude tan extendido y tan capilarizado como el de los ERE de los socialistas andaluces. La noticia que hoy publicamos muestra a las claras que, ya puestos, tampoco desecharon procedimientos más tradicionales como los de pagar suculentas comisiones por gestiones y trabajos rigurosamente inexistentes, y también da fe de cómo un exceso de confianza puede acabar con los mejores planes, porque se necesita bemoles para dar por escrito una orden tan inaudita como la que firmó Francisco Javier Guerrero Benítez indicando a la compañía de seguros depositaria de los fondos, que mostró su asombro exigiendo orden por escrito, el pago de “lo que les indique el citado mediador”.
Lo que esta conducta pone de manifiesto es que un fraude como el de los ERE ha debido ser conocido por miles de personas que no se sintieron en la obligación de denunciar el fraude y, muy probablemente, dedicaron sus energías a asegurarse lo suyo. Es literalmente asombroso que los responsables políticos de toda esta vergonzosa cadena delictiva pretendan ahora que son ellos los que se están dedicando a descubrir la trama creada por unos supuestos e innominados desaprensivos que, a nada que nos descuidemos, habrán muerto para cuando la Justicia estime que es el momento de actuar. Se trata de un cinismo de la misma especie que el que llevó a un consejero de la Junta a afirmar recientemente que esa clase de irregularidades sólo había afectado, según él, al 2,77% de los casos. Ya es asombroso que los presentes en la sala en la que emitió esa cínica explicación no le hayan afeado su cara dura, o no le hayan arrojado algún objeto contundente: ¿se imaginan a un general del aire, por ejemplo, explicando que le han robado aviones, pero que solo han  desaparecido, de momento, el 2,77% de los aparatos?
Todo indica que estamos asistiendo a una cínica y obscena operación de imagen para convertir a la Junta en una supuesta víctima de esas vergonzosas actuaciones, enteramente inimaginables en un país medianamente decente. Lo peor de todo esto, es que buena parte de socialistas andaluces toma a sus electores por idiotas incurables, salvo que piensen que puede acabar comprándolos a todos; tal vez los vergonzosos ERE que estamos conociendo, y sus numerosas corruptelas anejas, hayan sido solo un ensayo general para ir amarrando la voluntad de cada vez más andaluces, porque son tantos los implicados y los beneficiados que se hace  inevitable analizar las cosas por este lado.
El embrollo y el disimulo serán posibles sólo si la Justicia permite que se juegue con ella para hacer opaco un caso que muestra un hiriente evidencia de fraude políticamente dirigido. Poco cabe esperar de los Fiscales, entretenidos en otras cosas por las diligentes instrucciones del Gobierno: ¿Cabe esperar que todavía queden jueces en Andalucía?