¡Vivan las caenas!

El grito antiliberal de 1812 resume mejor que ningún otro el estado espiritual de esta España perdida en los albores del siglo XXI. El cerverino “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar” podría ser otro de los marbetes que mejor nos describiera. España padece ahora mismo una epidemia de dogmatismo, de ortodoxia, de lealtades irracionales, y fidelidad a razones ignotas. Viendo cómo se sustancian entre nosotros una buena parte de las cuestiones que debieran someterse a debate público no hay otro remedio que llegar a la conclusión de que la democracia, entendida como un régimen en que se argumenta, se discute, y después se vota, no ha prendido entre nosotros.

Si bien se mira, no es raro que estemos como estamos, porque la democracia no ha llegado a cuajar una tradición liberal mínimamente sólida. Aquí seguimos considerando modélico el régimen de la Inquisición. Nuestros partidos siguen imitando el modelo de la Falange franquista con ligerísimas variantes de decorado; los órganos de los partidos sirven para recibir discursos de los jerarcas y, naturalmente, para aplaudir. Eso es lo que se reserva a los individuos con mando en plaza, aquellos que pueden repetir el modelo en sus respectivas parcelas territoriales, porque para los demás queda, únicamente, el hacer de bulto en los distintos actos que se organizan parta que los recojan los medios adictos.

No hay nada que discutir y nada se cuestiona, se ejecutan las órdenes del líder y se atiende amorosamente a sus más mínimas obsesiones, esas manías que los pelotas de turno convierten en grandes principios.

Zapatero, por ejemplo, es antinuclear por las mismas razones que Franco era antimasónico, por una mezcla interesada de prejuicios juveniles y cálculo. Y como Zapatero es antinuclear, más de media España se hinca de rodillas ante el pendón ecologista, sin haberse molestado en examinar con alguna atención los perfiles reales del asunto. Aquí no nos andamos con chiquitas, y vamos por derecho a la esencia íntima de las cosas, a la batalla permanente entre el Bien y el Mal. El alma aldeana de una buena mayoría de españoles se conmueve recordando los rincones de ensueño de su pobre infancia rural, y condena sin pestañear los excesos de la tecnología, del capitalismo y de todo libertinaje.

El régimen de terror ideológico es tan espeso, que hasta la pobre secretaria general del PP se rinde ante su abrumadora presión, y corre presurosa a abroncar a un alcalde rural que aún no se ha enterado que estamos en cuaresma, y que no se puede vestir de colorines.

Hace falta ser muy necio para no comprender que, se piense lo que se piense sobre el fondo del asunto, la decisión sobre dónde y cómo ubicar cualquier instalación nuclear debiera someterse a toda clase de escrutinios menos al del miedo ignorante, pero los miedosos se han convertido en sectas poderosas y van amedrentando al personal con sus obsesiones y consignas, con su aire profético y su fingida inocencia. Esta Santa Compaña ecologista es la más rentable y productiva de Europa porque se dirige a una parroquia que cree haber dejado de creer en Dios, presume orgullosa de sus descreencias y, como vio perfectamente Chesterton, se presta con toda facilidad a creer en cualquier timo. Cree que sabe y no cree, pero sigue creyendo que todo es cosa de creencias, que la razón no vale nada, que la técnica es un engaño de mercaderes, que solo en sus deseos y sentimientos hay pureza, decencia y desinterés. Es gente de este talante la que idolatra a Zapatero, a ese gigante nobilísimo que no se arredra ante los poderosos, que no pierde la calma ante la crisis y que siempre tiene una palabra oportuna para no decir nada.

Los que gritaban “¡Vivan las caenas!” hicieron escuela. Ces Noteboom, un escritor que nos conoce bien, se refiere a nosotros como gente capaz de ahorcarse por un disparate. España está llena de antinucleares que admiran a la progresista Francia porque ignoran que está llena de centrales (tiene veinte plantas en funcionamiento frente a nuestras cinco y produce el 70% de su energía frente al 25% español), además de que nos cobra un modesto estipendio por almacenar los residuos que nuestros puritanos rechazan.

Los argumentos antinucleares de los activistas hispanos son de opereta; no se molestan en perfeccionarlos, podrían hacerlo, porque, o bien los ignoran, o bien desprecian la capacidad de descernimiento del español medio; han conseguido que hablemos de la energía nuclear como si nos sobrase el petróleo, como si no estuviésemos pagando nuestra dependencia a precio de oro y perpetuando un riesgo estratégico gravísimo, como si nada de eso tuviese que ver con el paro que soportamos o con el atraso tecnológico que nos es característico. Pero estos argumentos no les dicen nada a nuestros místicos, a nuestros profetas a esos quijotes iletrados que van pegando voces por las calles. Lo terrible es que los políticos hayan aceptado esa minusvalía intelectual y la utilicen como cebo.

Obama no se rinde

Como todos los políticos dotados para la promesa, Obama ha sufrido su primer revés de una manera escasamente poética. Ha bastado que dijese unas obviedades sobre la perversidad de la Banca, para que el rayo sobre el que cabalgaba se haya convertido en una mula, trotona y con malas pulgas. Por si fuera poco, los demócratas han perdido en casa un escaño senatorial muy simbólico. Ahora dice que no se rinde. Es admirable la perseverancia en el motivo, la fe idealista, pero suele ser incompatible con una democracia avisada y reservona, como lo son todas las que funcionan bien.

En una república imperial, el presidente puede aspirar a ser un buen gestor, a que se le recuerde como una persona en la que se podía confiar y que no estropeó nada innecesariamente, pero para hacer cambios históricos, para ser un Lincoln, no basta con quererlo, hay que tener, además, mucha suerte. Resulta que los americanos estaban preocupados con la economía y llamaron a un mago de la palabra a ver si la cosa cambiaba de color, pero, un año después, la situación sigue oscura y extrañamente inmune al verbo presidencial.

Todos deseamos lo mejor para Obama, porque algo nos tocara, supongo, pero el contraste entre su halo promisorio y su balance empieza a ser hiriente, y hay gente que no aguanta estos contrastes. Ahora comienza un segundo año de mandato con un Obama que ya sabe que el mundo le hace un caso regular, pero que ha debido aprender a manejar los mandos del portaviones americano con cierta soltura. Si sus nuevas recetas vuelven a ser poéticas, mejor nos recogemos y esperamos al siguiente, pero si, con suerte, acierta a tomar algunas decisiones sensatas, y empieza a hacer poesía cotidiana, podría haber Obama para rato.

Un tablet para un milagro

Llevamos unos días en un sinvivir a la espera del nuevo artilugio, del archifamoso tablet de Apple. Si no fuera que los avispados genios de esa empresa, empezando por el superlistísimo Jobs, han hecho antes diversos milagros, diríamos que peor será la resaca, que nunca un aparato resolvió nada. Apple apuesta siempre por algo distinto a un mero aparato, por una forma de relacionarse con la información que nos interesa, con las diversiones, incluso con lo que necesitamos. Parece una actitud correcta por oposición a otros que, como Nokia, marean al consumidor con cosechas enteras e incesantes de dispositivos perfectamente indistinguibles, salvo para los ingenieros.

Yo creo que, pese a la imaginación de Apple, la única novedad que ahora sería realmente asesina es un dispositivo capaz de servir como lector y con un nivel alto de interactividad, pero con tinta electrónica en color. Mientras no exista esa posibilidad de lectura, todo lo que tendremos es un nuevo portátil, de una u otra forma, pero un portátil. Y es que lo que se necesita verdaderamente es dispositivos lectores de mayor calidad e interactividad y, sobre todo, de servicios más eficaces y accesibles, de buenas ediciones, de algo que merezca la pena leer, que mejore realmente la mayoría de las cualidades del libro tradicional y sea, además, barato.

La limpieza de sangre

Así se denominaba en la España de inicios de la modernidad al supuesto honor de no tener antecedentes familiares de otras religiones, de no guardar parentesco ni con judío ni con musulmán. Esa clase de honores ya no se llevan entre nosotros, o no se llevan tanto, pero no podemos decir que se haya abandonado la costumbre de disputar por la pureza. Ahora los blasones son de otro tipo, pero sigue vigente el procedimiento declamativo, y el juicio de honor, en lugar de debatir tranquilamente las cuestiones. Muchos españoles se cuidan de que nadie ose poner en duda ni sus convicciones, ni sus lealtades, y exhiben con orgullo el cerrilismo de no entrar siquiera a examinarlas. Se tratan como si fueran cosa de honor, eso en lo que, al parecer, nadie nos gana.

Aquí hay una permanente carrera por bien quién es más ecologista, más antinuclear, o más nacionalista, y en todos los casos se pierde la estupenda oportunidad de poner en duda los prejuicios, las creencias que, a nuestro parecer, nos hacen ser lo que somos. En consecuencia, son infinitos los que actúan como si una convicción cualquiera fuese el argumento máximo. Es la herencia indeseada de la supuesta supremacía moral de la izquierda, que se sirve, lo que es paradójico solo en apariencia, con los modos autoritarios de la derecha de siempre, con desprecio al discrepante, y con la amenaza de Inquisición y del tormento. Debatir es cosa de cobardes, de traidores, de indignos. Dudar es una vileza.

Así se entiende, por ejemplo, que la señora Cospedal haya entrado en trance al saber que un alcalde de su partido ha cometido la felonía de ser consentir que su municipio sirva de sede a un cementerio nuclear. Cospedal debió de pensar que a ella a antinuclear no le gana nadie, faltaría más, y arremetió contra el hereje con las mismas armas de cualquier inquisidor, con la fe ciega de quien sirve a ideales inmarcesibles, a principios que solo un infame desalmado puede poner en duda. Por si nos faltaba poco, ahora tenemos también una derecha antinuclear que, para no perder la costumbre, en lugar de analizar, lanza anatemas.

Cara de ángel

Jean Simmons, londinense de nacimiento, ha muerto en Santa Mónica, a causa de un cáncer de pulmón. La actriz había nacido en 1929, y estaba prácticamente desaparecida de la gran pantalla. Yo creo que Jean Simmons era en blanco y negro, y siempre la recordaré en ese color, pese a sus excelentes interpretaciones como Julie Maragon en Horizontes de grandeza (1958) o como Varinia en Espartaco (1960).

Para mi, Simmons será siempre Diane Tremayne, la femme fatale en Angel Face, Cara de ángel (1952), la película de Otto Preminger en la que Diane causó la desgracia del fornido Frank Jessup, un enfermero ambicioso y simple (Robert Mitchum), arrastrado al desastre y a la muerte por la maldad/locura de una bella mujer de mirada inquietante. He visto esa película muchas veces, y siempre he descubierto nuevos matices en esa encarnación de la belleza, la inocencia, la maldad y la muerte.

Ya no se hacen películas como esas, se suele decir, y hay algo de muy cierto en ello. El cine se ha hecho más complicado y en lugar de Premingers, Langs y Kubriks tenemos Camerons y decenas de expertos en las más variopintas especialidades espectaculares que casi nunca aciertan a narrar bien una historia, menos aún una historia profunda, conmovedora o inquietante.

La peripecia de Cara de ángel es simple hasta la exageración, pero narra perfectamente bien una historia que afecta a la mayoría de los hombres. No le hicieron falta a Preminger grandes artilugios, le bastó con dejar a la Simmons que mirase de forma tan turbadora como miraba. Los personajes son arquetipos, la acción es esquemática, los secundarios son totalmente previsibles, nada se aparta de un relato esencial y fuertemente mitológico. Bastaron los ojos de Jean y la simplicidad un poco necia de Mitchum para rodar una historia eterna, una historia de perdición que hoy se tomaría como moralina por los críticos posmodernos que todo lo saben. Que Dios perdone a las Dianas y Franks de este mundo, cuya película habría sido insostenible sin la mirada que se cerró para siempre en California el 22 de enero de 2010.

La irresponsabilidad política

Las últimas encuestas del CIS revelan una gran insatisfacción de los ciudadanos con los políticos, con la clase política, una expresión reveladora que está empezando a ser predominante; es obvio que esas quejas tienen fundamento, y que lo único que cabría pedir a quienes las emiten, es que fuesen más consecuentes con los valores que dicen apreciar, porque lo que nadie puede negar es que los políticos españoles reflejan bastante bien nuestros defectos, aunque no tanto las virtudes de quienes las tengan.

Con frecuencia se alude a las distorsiones del sistema electoral, pero quienes hacen esto hablan para no decir nada, porque no padecemos un sistema perverso, todos tienen ventajas e inconvenientes, sino unos hábitos detestables; no estamos pues ante un problema que reclame reformas legales, sino ante una cuestión de carácter moral, ante la necesidad de que la sociedad civil y los electores se hagan más exigentes, lo que debiera empezar, por cierto, con el ejemplo.

Lo peor que se puede decir de los políticos españoles es que actúan con una enorme irresponsabilidad, sin que esa conducta política reciba, habitualmente, la sanción que merece. Este es justamente el problema, que los políticos dicen y hacen auténticas memeces sin que sus electores se lo tomen en cuenta. Los electores priman la identificación y eluden el juicio crítico, de manera que la política española ha entrado en una especie de mar de la tranquilidad bipartidista en que lo único que parece pasar es que, de vez en cuando, más lentamente para la derecha que para la izquierda, se produce una alternancia… y vale ya.

Pensemos en los problemas que padecemos y en la habilidad con que los políticos hurtan el bulto. Ante lo de Vic, por ejemplo, todos se aplican a entonar diversas palinodias para mostrar cuan justos, benéficos y humanitarios son, pero eluden responder sobre la forma en que se pudieran resolver las obvias incongruencias de la política migratoria, las contradicciones entre leyes, o sobre cómo van a poner fin a las prácticas hipócritas de las diversas administraciones para quitarse el problema de encima.

Hace poco, por poner un segundo ejemplo, el ministro de Fomento reveló los ingresos absolutamente inapropiados y escandalosos de los controladores aéreos, unos sueldos que él, y sus antecesores, han venido pagando puntualmente a una minoría bien organizada contra nuestros bolsillos. ¿Ha dimitido el presidente de Aena? ¿Se ha pedido cuentas a sus antecesores? No, lo que se discute es la intención de Blanco al revelar el caso, hasta que nos olvidemos del asunto y el propio Blanco, o su sucesor, les suba otra vez el sueldo, contra cualquier lógica.

Parece como si, tanto en uno como en otro caso, lo que importase a los españoles es la declamación, las declaraciones de limpieza de sangre, como si los problemas sirviesen, únicamente, para hacer retórica. Así están un buen número de cosas en esta España abobada que presta atención a los gorgoritos de un presidente absolutamente vacuo, y de un líder de la oposición que parece confiar, casi únicamente, en que se cumplan las previsiones sucesorias.

Los problemas a los que se ha aplicado ese tratamiento absolutamente hipócrita son pavorosos e inmunes al parloteo. Desde hace muchísimos años, concretamente desde el informe Abril, que es nada menos que de 1991, sabemos, por ejemplo, que el funcionamiento de nuestra sanidad es insostenible, y sabemos también, dos décadas después, que la cosa sigue yendo a peor, pero nadie se atreve a decir nada con un mínimo de realismo porque saltarían sobre él los ayatolas de lo que no se puede discutir en la democracia española, un consenso vicioso y absurdo en el que unos dicen lo que no hacen, y otros suelen hacer lo contrario de lo que dicen.

La enseñanza está por los suelos, nuestras universidades producen vergüenza ajena, la investigación se penaliza. Nada serio se hace por evitarlo, pero hay que ver cómo se gasta saliva hablando de la libertad en educación, de que la investigación es el futuro, o de que nuestro capital humano es lo más importante.

La razón por la que los políticos no nos gustan es porque les premiamos por repetir las tonterías de taberna que la mayoría de la gente excogita entre humos, cañas y tapitas, mientras el país se nos hunde, ajeno a las grandilocuencias barrocas, absurdas y necias con las que pretendemos que tendría arreglo.

El principal creador de este bodrio retórico, que sustenta este consenso necio, es la socialdemocracia española, por llamarla de algún modo, pero la responsabilidad mayor del clamoroso desdén por los problemas que de verdad padecemos, quizá resida en esa derecha permanentemente a la defensiva, que cultiva una actitud de heredero despojado, que no se atreve a decir lo que piensa, frecuentemente porque acaso no piense nada. Hace falta romper este hechizo si queremos evitar la vuelta a un rincón oscuro y triste de la historia.

Líderes morales

La praxis aprobada por la Universidad de Sevilla, en relación con la manera de tratar a los alumnos que sean sorprendidos copiando en un examen, ha dado lugar, a Dios gracias, a muestras de estupor y a un cierto rechazo general, que alcanzó incluso a la Junta de Andalucía, ente sobre cuyo rigorismo moral cabe alguna que otra duda. La recepción de esta picardía disfrazada de ecuanimidad ha podido, por tanto, ser peor. No cantemos victoria, sin embargo.

Ayer tarde mientras trataba de abrirme paso por entre los escombros de este Madrid gallardonil endeudado hasta la vergüenza, escuché por la radio a un líder empresarial comentando el asunto. Para mi sorpresa, el preboste declaró, en tono semi-jocoso, que si la norma sevillí hubiese existido durante su época de estudiante, y se hubiera aplicado a las ocasiones en que copió, habría terminado su carrera mucho antes.

No sé si se atreverá a ser tan sincero cuando le pregunten por las veces que robó en sus empresas, corrompió a algún político, engañó a su mujer, o se apropió de lo que no debía, porque no tengo ninguna duda de que lo haya hecho, con una sonrisa y con precauciones, pero a fondo.

Se habla mucho de la crisis de valores, una expresión que me parece tópica e inane, pero no hay duda de que con el ejemplo de moralidad de líderes empresariales como el de ayer tarde no llegaremos muy lejos. Esta actitud de disimular la importancia de las faltas, del todo vale, resulta deletérea para una sociedad que quiera seguir siendo moderna y sólida. Si se impone la moral del mínimo esfuerzo y la tolerancia de la mentira, del engaño, del fraude, no tendremos ningún motivo para extrañarnos de una marcha atrás en toda regla, algo que tal vez se está iniciando con estos políticos incapaces de preferir que nos gobiernan y/o nos piden el voto.

Los insolventes al poder

Hay dos noticias que, aunque no tengan nada que ver, me parece que pueden tomarse como signos de una ventolera de estupidez bien instalada en determinadas alturas. La verdad es que la estupidez nunca ha estado mal situada, porque la inmensa muchedumbre de los memos funciona como una mafia, y no perdona.

Me refiero, por este orden, a la chapuza del FBI utilizando el pelo de Llamazares, que estará encantado de contribuir a la inacabable campaña antiamericana de afrancesados e izquierdistas, y al acuerdo de la Universidad de Sevilla para tutelar los derechos de quienes hayan sido sorprendidos copiando en un examen.

Como todos los organismos monstruosos, el FBI debe de estar enteramente infectado de tontos del más diverso género. Los tontos, como se sabe, forman un sistema muy estratificado al que, prácticamente, nadie es por completo ajeno, especialmente si consideramos que además de ser tonto, se puede hacer el tonto y cometer alguna tontería eventual. Pues bien, uno de los estratos más espesos de tan abigarrada multitud es el que ocupan los tontos adoradores de la fama. No me cabe duda de que el agente del FBI que se fijo en la pelambre de Llamazares pertenece a este grupo de tontos esclavos del deseo de notoriedad. Estoy dispuesto a asegurar que habrá hecho más pifias del mismo estilo para garantizar su paso a la posteridad, pero no siempre se tiene la suerte de escoger a un personaje mundial, como es Llamazares. Ahora, la burocracia le relegará a tareas de menos riesgo, como la de dar sombra al botijo y cosas así, por lo que disminuirán nuestras expectativas de regocijo respecto a las performances de la agencia americana. Una pena.

La cosa podría arreglarse si le aplican al agente la tontada universitaria sevillana, si se estudia a fondo y por una comisión tripartita y paritaria, el supuesto resbalón del agente especialista en ciencias capilares, pero no creo que en el FBI sean tan progresistas como en la Universidad de Sevilla.

La tontada sevillana nos una hazaña solitaria como la del inquieto agente especializado en calvas y macetas; pertenece, por el contrario, al género de las idioteces burocráticas y de comité, un terreno en el que los tontos pueden asociarse, y en el que suelen obtener grandes sinergias. Resulta que si un profesor pilla a un alumno copiando en un examen (habría que ponerlo con cursiva, pilla, para que entendamos que solo pilla de manera presunta), ya no podrá interrumpir la fecunda tarea de obtener información que el alumno llevaba a cabo, y que, en buena lógica, haya de ser una comisión paritaria (de profesores y alumnos) y democrática (seguro que lo es, aunque no lo han dicho) la que decida si, finalmente, el alumno estaba teniendo una conducta socialmente inaceptable, o se limitaba a buscar alguna apoyatura mnemotécnica al despliegue (memorístico) de sus saberes. Es un gran paso, no cabe duda. No sé si se habrán dado cuenta de que la despenalización de esta conducta sigue los mismos pasos lógicos que la despenalización bibiánica del aborto: acabar con el delito por el procedimiento de declararlo inexistente. Cabe imaginar el indisimulado orgullo con que la universidad hispalense podrá dar cuenta, donde quiera, de que el porcentaje de sus exámenes copiados es nulo. ¡Qué avances, Dios mío! Y luego dicen que Andalucía está harta de treinta años de gobierno socialista… ¡Ahora que empieza a descubrir los frutos más granados de una doctrina tan fértil y creativa!

Sin embargo, hay una cosa que no me cuadra en este bosquejo, y es que Llamazares se cabree; si yo no me equivoco, Llamazares habrá saludado con alborozo el avance pedagógico sevillano, pero se muestra molesto, sin embargo, porque le hayan copiado su pelambrera. Esto debe ser lo que se llama las contradicciones del capitalismo en su fase terminal, un tema que Llamazares conoce al dedillo.

Una entrevista sorprendente

El presidente del gobierno ha concedido una entrevista a Javier Moreno, director del El País. A la vista de sus respuestas, se impone una pregunta: ¿qué esperaba Zapatero al conceder la entrevista? Porque la pieza deja al presidente en una posición escasamente confortable, dado el tenor de la conversación y la naturaleza realmente esperpéntica de algunas respuestas. Por escoger algo representativo, me fijaré en una par de cuestiones que aparecen enlazadas.

Le interroga el periodista: «La peor cifra de paro del PSOE será mejor que la mejor del PP». ¿Lamenta ahora esa profecía?” Y nuestro presidente responde:Vamos a esperar. Vamos a esperar. Hombre, es difícil, ¿no?” El periodista, un tanto perplejo, le comenta: “Difícil, no. Es imposible. La mejor cifra del PP fue diez y pico…” y entonces, el presidente, que no se calla ni debajo del agua, le dice: “El once y algo. Todo es según la óptica con la que se adopte. Es verdad que hemos tenido ahora dos años muy malos para el empleo, pero no es menos cierto que veníamos de cuatro años muy positivos para el empleo, y debemos tener ahora la…” Un reproche a la exageración supuestamente pro-aznarista del director de El País seguida de una divagación zapaterina, una maniobra de distracción a la que Javier Moreno responde adecuadamente: “De cuatro, no, de 12”, para contrarrestar la pretensión del falso leonés que pretendía apropiarse del crecimiento, y entonces se produce el milagro verbal, el resplandor surrealista, porque ZP dice, nada menos, lo siguiente: “Bien, hablo de manera singular, porque éstas son las paradojas que uno vive, ¿no?”

Un tipo que habla de manera singular y que vive tales paradojas, no es de este mundo. Tal vez sea eso lo que sigue atrayendo a sus electores, su condición etérea, paradójica, sentimental, su sutileza sin matices, su angelical hipocresía. Los más escépticos pensamos en otras causas, como la mala calidad de la alternativa, pero ZP parece que piensa seguir cultivando sus encantos, aunque hasta el director de El País se quede patidifuso ante algunas de sus respuestas.

Zapatero, a Dios rogando y con el mazo dando

Un curioso desliz del nuevo embajador norteamericano nos ha permitido enterarnos de que nuestro beatífico presidente acompañará a Obama en el desayuno del Día Nacional de Oración, un acto al que nunca habría ido por iniciativa propia. Soraya Saénz de Santamaría ha estado diligente recordando lo de “París bien vale una Misa”, solo que aquí no está en juego nada que no sea la gaseosa vanidad de ZP. El oportunismo de ZP es obvio, pero el incidente pudiera merecer alguna reflexión menos apresurada.

La democracia americana es muy distinta de esto de aquí, que no se sabe muy bien si es carne o pescado, aunque sea mejor que cualquiera de los sistemas que hemos tenido y también que cualquiera de los que hubiéramos podido tener, pero el aspecto en el que más se distancia de nosotros tal vez sea, precisamente, en la relación entre las instituciones políticas y la religión. Tocqueville notó que, a diferencia de Europa, en donde las iglesias han estado de uno u otro modo en relaciones con el poder, la religión es en Estados Unidos una garantía de la libertad de pensamiento y de la libertad de conciencia, es decir del fundamento mismo de la democracia.

La diferencia no es nada pequeña y explica bien que algunos Zapateros se quieran pasar de listos con la religión, ahora que apenas conserva ya poder político, por aquello de “a moro muerto gran lanzada”, pero también me parece justo subrayar que la Jerarquía debería evitar dar la sensación de que añora los poderes perdidos, dicho sea con el máximo respeto. De cualquier manera, tanto la izquierda como la derecha deberían repasar este aspecto tan importante en la vida de las democracias, pero para eso hace falta pensar y los políticos, ¡qué se le va a hacer! siempre están haciendo o asistiendo a actos y tratando, a su modo, de ganar elecciones, y ya se ve que, aunque nos aburran, no hay forma de apearlos del sistema.