Vuelve la burra al trigo, o sobre la nación política

El debate sobre el estado de la Nación (al parecer, jurídica y española) ha girado, sobre todo, en torno a la creatividad verbal del presidente que siempre está dispuesto a encontrarle una salida personal y partidista al principio de contradicción, una norma que le debe parecer una cosa machista o algo así. Zapatero admitió que la nación jurídico-constitucional que reconoce la Constitución es solo la Nación española, y da la impresión de que considera que es algo con lo que debiéramos conformarnos los mentecatos que tomamos medianamente en serio las ideas y las palabras que las expresan.

A partir de esas migajas de triunfo (¿jurídico? ¿político?) ZP se lanzó a explicar que el Tribunal Constitucional admite otros conceptos de nación. Queda claro que ZP piensa que el TC debiera ser en realidad una especie de Tribunal Conversacional que vaya dando entrada a términos no necesariamente inequívocos con tal de que él, o el propio ZP, les sepan encontrar un acomodo en el discurso político. Lo malo es que la presidente del TC también parece pensar lo mismo. Piénsese en lo que diríamos si al esperar una sentencia sobre una supuesta estafa, el Tribunal decidiese enrollarse sobre la relación entre el mundo de las estafas y el de los negocios, para concluir que lo que se le somete pudiera parecer una estafa, pero que no se debería perder de vista el hecho de que el acusado no lo entiende así, lo que resulta bastante relevante dado el hecho de que el mundo de los negocios es muy cambiante y que el supuesto estafador ha declinado su derecho a presentarse ante el Tribunal.

Dado que el TC ha decidido cambiar de oficio, atendiendo a las sutiles recomendaciones que la vicepresidenta de la moda le hizo a doña Emilia en el lugar tan escasamente visible que todos recordamos, ZP ha decidido volver a la sofística chapucera, que es lo suyo. A su juicio, el TC permite suponer que en «términos políticos, sociológicos o históricos» sea posible hablar de nación como expresión de un sentimiento, de una visión de su historia. Este argumento ha debido parecerle débil al propio ZP, pues se lanzó a complementarlo de la siguiente guisa: «Por otra parte, lo dijera o no el Tribunal Constitucional son hechos, suceden y hay ciudadanos que consideran que su comunidad responde a esas características». «Les podemos tapar la boca, pero como en democracia eso no se puede hacer, tenemos que respetar y limitar jurídicamente el alcance de esa realidad».
Este hombre no tiene remedio. Los argumentos le importan una higa. Ya lo dijo hace tiempo, la lógica y la política no tiene nada que ver. Lo tremendo es que esa es la vía por la que ZP se comunica con una parte importante del electorado que ve, de tan brillante manera, convalidada su torpeza y su ignorancia, porque ya nadie necesita otra cosa que, por ejemplo, desear ser un ornitorrinco para que Zapatero recuerde que él no ha ganado las elecciones para negárselo.
Solo un ignorante sin fronteras, un demagogo irresponsable, o un traidor, podrían admitir sin pestañear que lo importante es el concepto jurídico de nación, porque el uso político del término está en el mercado, es optativo. La verdad es estrictamente lo contrario: el concepto de nación es únicamente político porque a efectos jurídicos no existe la Nación sino el Estado. Así pues, reconocer que Cataluña es una nación (política, por supuesto) es admitir, para la lógica común, que tiene derecho a ser un estado independiente, es decir, dar por bueno que haya una superestructura política que pueda decidir, al margen de la soberanía nacional, y del deseo de los ciudadanos catalanes que efectivamente existen, que hay dos naciones (de momento) en el territorio del estado español: la propia España, que conserva una suerte de extraño poder jurídico sobre la nación catalana, y Cataluña misma a la que, de momento, no se le apetece ser un Estado independiente, pero todo se andará.
No he leído la sentencia del TC, pero me extrañaría que hubiese llegado tan lejos en desvergüenza intelectual como lo ha hecho este presidente, modelo de indignidad, epítome de indecencia sofística, y escarnio de españoles.

El despilfarro de las publicaciones oficiales

Ayer y hoy he recibido sendas publicaciones oficiales lujosamente editadas en papel. Como casi todas las de ese género son regalos del editor, el organismo público correspondiente. No creo que exista ningún comprador de esa clase de libros, normalmente muy difíciles de encontrar, pese a lo que, en su caso, puedan valer.
El paquete que ayer me llegó contiene una decena de textos de un gran valor cultural, pero la forma de edición de estas obras las condena a la inexistencia intelectual, es decir se ha gastado un buen dineral para nada. El que me han dado hoy tras una reunión, es igualmente valioso, pero de, como los de ayer, ha nacido muerto de las prensas, como dijo Hume de su Tratado, aunque es obvio que se equivocaba.
¿Cuánto tardarán nuestros organismo oficiales en comprender que ya no tiene sentido ninguno esa clase de publicaciones? De manera mucho más barata y eficiente se podrían poner a la venta, o a la descarga gratuita, en la red, de forma que el esfuerzo que hay detrás de cada uno de esos trabajos no quede estéril.
La pereza intelectual de nuestros poderes públicos consiente este despilfarro escandaloso. Supongo que también habrá quienes lo vean como una forma de protección del libro y tal y cual, pero yo he visto sótanos atiborrados de publicaciones que nadie abrirá jamás, cruelmente condenadas al limbo. Yo creo que se trata, pura y simplemente, de uno de tantos disparates que se cometen al buen tun-tun con la pólvora del Rey, es decir con nuestros impuestos.

La nobleza de la política

Siempre he estado de acuerdo con Edmund Burke al pensar que la política es el más noble de los oficios humanos. Es obvio de que, como siempre que se habla de virtudes, hablamos de una posibilidad, de un óptimo que puede darse o no. De hecho, la imagen que tenemos habitualmente de la política se aparta bastante de la idealización y nos recuerda, con frecuencia, a un lodazal, pero la democracia se defiende, entre otras cosas, proclamando la nobleza esencial e ideal de las funciones políticas.
He pensado mucho en este tema mientras veía, y me sumaba, las muestras de alborozo de tantísima gente por un triunfo deportivo tan resonante como el del Mundial de fútbol en Sudáfrica. ¿Cómo es posible que tantas personas capaces de llorar de emoción ante un ejemplo de abnegación, de calidad, de compañerismo, de alegría, de unidad, y de mil cosas más, como el que ha dado el equipo de España, no sepan premiar con su elección a los políticos mejores y más nobles? Creo que la respuesta hay que buscarla en los reglamentos, en la letra pequeña, en la parcialidad de los árbitros.
Nuestra democracia es aún muy joven y ha desarrollado un sistema de representación y de partidos que constituye una caricatura de la democracia; nuestros políticos, en lugar de jugar un fútbol alegre, con clase y camaradería, se dedican a echar balones fuera y a buscar la tibia del contrario. Esto tendría que cambiar, pero requerirá probablemente tanta paciencia como la que hemos tenido los aficionados con la selección a lo largo de años escasamente brillantes, apenas épicos. La fuerza que ha de cambiarlo es el pueblo, empujando con sus críticas, participando más en los partidos, siendo más exigente con las cosas que los políticos nos dicen y con las que nos ocultan. Es una batalla larga, pero, al final, venceremos. No hay que olvidar nunca que los problemas de la democracia se curan con más democracia: en eso se parece también al fútbol.
Como decía Burke, “El pueblo no renuncia nunca a sus libertades sino bajo el engaño de una ilusión”, de manera que los ideales de la democracia se fundan mejor tras el desengaño, y eso lleva su tiempo, igual que conseguir la preciada Copa que muchos creyeron fuese imposible.

Más que fútbol: anatomía de un entusiasmo

Una cosa que parece indiscutible es que las hazañas de la selección española han tenido a muchísimos españoles en vilo. El fútbol tiene esa rara habilidad de concitar multitudes sin que hagan ascos los exquisitos, aunque siempre haya un margen para el desentendimiento de los muy raros. Por su fuerza descomunal, el fútbol logra que la mayoría de la gente goce de lo lindo cuando se imagina con el 7 de Villa, el 9 de Torres, el 6 de Iniesta, el 3 de Piqué, o con los guantes de Casillas.
En Sudáfrica, el equipo español no solo ha logrado un éxito inédito en lo deportivo, sino que ha reavivado un fenómeno que ya vivimos hace dos años cuando ganaron el campeonato de Europa. Hay que reconocer que es raro ver a los españoles unánimes en algo, y si me apuran, es más raro aún que esa unanimidad se forje en torno al fútbol. El fútbol es indiscernible de la polémica, del odio teológico, de manera que ver a un madridista, por ejemplo un servidor, aplaudiendo con rabia el gol de Puyol a Alemania tiene algo de extraordinario, sobre todo si el madridista recuerda, como es mi caso, que ese gol es un calco milimétrico de uno de los de la media docena, y no digo más.
Resulta que el fútbol nos ha venido a recordar lo que tenemos de común, que somos españoles. Sucede que la gente, sobre todo los jóvenes, más ajenos a tantas absurdas enfermedades que algunos se empeñan en cultivar, gritan con fuerza su condición y se abrazan emocionados. Ocurre que las banderas aparecen como setas en las ventanas, en los coches, casi como si estuviésemos en Estados Unidos o en Méjico. Se trata de un fenómeno que está lleno de interés, sin duda. Muchos lo interpretan como un españolismo coyuntural, como lluvia de verano, pero seguramente es más exacto decir que el fútbol permite que se asome sin vergüenza un sentimiento hoscamente reprimido, un amor atávico y condenado a prisión por una nube de políticos mezquinos y mentecatos.
España es infinitamente amable, pero está sometida a una propaganda, primitiva y necia pero eficaz. Que si España no existe, que si España es el franquismo, que si España es la Inquisición, que si España exterminó a los indios, que si España es Castilla, que si España es lo peor, que si España es una vergüenza, que si España es un invento… qué sé yo. Hay legiones de burócratas, no son otra cosa, que viven de sacar brillo a uno de los mitos más masoquistas y estúpidos que quepa imaginar, a un mantra que, sin embargo, lo decía el corrosivo Azaña, ha cundido, porque, para nuestra desgracia, en España se propagan con enorme eficacia las tonterías más solemnes.
En estas estábamos cuando unos chavales bien viajados, habilísimos profesionales, se ponen a hacer un fútbol que encandila incluso a los que no entienden del asunto, que son más de los que parece, un fútbol que entra por los ojos, que hace gritar de entusiasmo, que enamora. Y resulta que ese equipo es España, mira por dónde. Y aunque algunos aviesos tuercebotas hayan intentado rebajar el entusiasmo con la paletada esa de la roja, la gente sale a la calle, habla sin tapujos de lo que siente, se olvida de las consignas políticas de vía estrecha y se emociona con nuestro equipo, con nuestro himno, con la bandera, con España. Los jefecillos de las tribus separatistas, los que se ganan algo más que el jornal a base de humillarnos a todos, se ven en un apuro. Tratan de excogitar soluciones ingeniosas, dicen que ellos van con Honduras o que tienen una prima brasileña, pero se les acabaron las excusas. Donde pueden se niegan a instalar pantallas para que la gente se extasíe viendo a los nuestros hacer maravillas, pero se tienen que esconder hasta que la marejada amaine. La cosa va para largo, sin embargo, porque en estos asuntos, como decía Don Quijote, más obran los ejemplos que las buenas razones, y, no va a ser fácil olvidar que juntos podemos hacer cosas que ni nos atrevíamos a imaginar.
Lo que va a quedar en el corazón de millones de españoles les hará sentir un infinito hartazgo de las triquiñuelas de quienes quieren vivir a nuestra costa, a base de avergonzarnos, a base de enfrentarnos a lo más ruin de nuestra historia, a lo que tenemos derecho a olvidar para afrontar batallas reales y que realmente merezcan la pena. Son ya muchos los españoles que han demostrado por el mundo adelante que no tienen ninguna razón para ceder ante los mejores en ninguna profesión, en ningún negocio, en ninguna aventura. Ahora ha sido el fútbol, una de las pasiones que más nos solivianta, lo que nos ha mostrado lo que valemos, y habrá que poner en su sitio a los que viven de dividirnos, porque los españoles juntos somos más, somos mejores, somos distintos. Como quería Machado, a España la defiende el pueblo frente a la traición vergonzosa de muchos de sus políticos, y el éxito de nuestros futbolistas, de Albacete, de Tolosa, de Asturias o de La Pobla de Segur es un signo que ilumina nuestro futuro.
[Publicado en La Gaceta]

Entre unos miles y más del millón

En la manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional hubo mucha gente, desde luego, pero temo que la óptica catalana, en este punto tan española como cualquiera, sea levemente tendente a la hipérbole. Al fin y al cabo una manifestación es siempre algo en sí mismo exagerado: para precisiones ya están las urnas.
Dicen los nacionalistas que en el futuro ya nada será lo mismo, que es, de nuevo, un “entre 50.000 y más del millón”, algo levemente inconcreto. Los demócratas españoles tenemos que impulsar una contabilidad sensiblemente más precisa, y eso se debería llamar, me parece, algo así como ley de claridad. Hay que establecer condiciones claras para que la independencia de los catalanes, y de los vascos, sea posible sin ser una permanente amenaza que nunca se concreta. Creo que sería la manera más efectiva de acabar con el matonismo nacionalista. Naturalmente, al tiempo, hay que establecer un marco estable para los temas conflictivos, la lengua y el dinero, por resumir. Pero ahí no puede ser que unos se impongan y otros aguantemos: de nuevo hay que aplicar terapias de claridad y de enfriamiento. Y, por último, cesar en las campañas puramente reactivas que sólo sirven para alimentar aquello que rechazamos. Como en el matrimonio: números claros y buenas maneras.

El caos somos también nosotros

Tras la manifestación de Barcelona nadie podrá negar ya el éxito de ZP, la fecundidad de su ocurrencia de regalar a Cataluña lo que ningún nacionalista había soñado, su intento de ser más nacionalista que nadie. ZP ha confirmado el sino al que se condenan los que piensen tener que elegir entre el nacional-socialismo o el caos: ZP es el caos en proporciones nunca soñadas.

Nuestro único consuelo es que mañana seguramente ganemos el Mundial y que a ZP le queda poca vida. Tras él, alguien tendrá que restablecer un diálogo sensato con las fuerzas catalanistas para recordarles que no solo ellos deciden, que también cuentan los demás, que contamos todos.

El nacionalismo tiende a travestirse de populismo, y a olvidarse de la democracia: lo lleva en los genes; prefieren las manifestaciones a las urnas y las leyes, y por eso les irrita la sentencia del TC. Deberían saber que también nos irrita a quienes no son como ellos, y no se tome a mérito, porque en ella resuenan las broncas de la Vicepresidenta, las presiones de Moncloa, la indecencia de unos políticos a los que lo único que importa es su destino. Lo asombroso es que haya electores que los prefieran, pero así es. Tal vez sea porque quienes no saben griego piensen que el caos es un estado ideal, de lisonja, de derechos para todos, el estado de Jauja.

La izquierda se ha propuesto desvencijar España con la esperanza de que así haya más a repartir (prebendas, carguillos, boato y mamandurria); lo viene haciendo desde 1981, cuando se empeñaron en que Andalucía tuviese un Estatuto que carecía de cualquier lógica: luego ha venido lo demás, y así nos va, con los Camps y compañía, multiplicando por siete el número de funcionarios. Los catalanes tienen, en el fondo, abundantes razones para estar descontentos, para negarse a pagar la vida muelle de muchos votantes socialistas en Andalucía y Extremadura, por ejemplo; nada de lo que nos afecta tendrá mediana solución mientras sigan existiendo millones de electores que voten al PSOE creyendo hacer algo inteligente. Hay muchos profesionales que le sacan un rédito a su voto, no cabe duda, porque la izquierda es una máquina de generar empleos para los suyos, pero el resto haría bien mirárselo, como dicen por Barcelona.

Un curso sobre Fontán

Por iniciativa de Carlos Aragonés y de Rafa Llano, sobre todo, se está celebrando en El Escorial un curso de verano sobre la figura del recientemente fallecido Antonio Fontán. Se trata de un curso un tanto peculiar, porque tanto los profesores como los asistentes, en su mayoría, han sido amigos y/o discípulos de don Antonio, como le llamábamos casi todos. Hoy me ha tocado moderar una mesa redonda sobre su trabajo como filólogo y humanista, uno de sus tres grandes oficios. Ha habido testimonios muy vividos y hermosos de quienes le conocían bien y saben valorar sus aportaciones académicas como merecen. Es increíble que alguien que ha publicado cientos de trabajos científicos haya podido ser, a la vez, un gran político, y uno de los periodistas más importantes del país.
Yo he dejado un brevísimo testimonio de mi relación personal con él, con un hombre brillante y sabio. Su saber, me parece, se puede describir con tres notas principales: en primer lugar, en su capacidad para no asombrase ni descomponerse ante nada, y, por consiguiente, en su paciencia con todos; en segundo lugar, por su insaciable curiosidad, una cualidad que le hacía un conversador muy ameno y le dotó de una perspicacia poco común, no exenta, en ocasiones, de cierta ingenuidad; su sabiduría, por último, le llevaba a ser valiente, a no tener miedo al fracaso, lo que le permitía cultivar un optimismo muy rejuvenecedor y ese humor irónico y elegante con el que sabía poner distancia entre él mismo y cualquier clase de acontecimiento.
A lo largo de una vida se conoce, tal vez, a media docena de personas excepcionales: para mi Fontán ha sido una de ellas, un auténtico caballero, y un hombre generoso y bueno, en un mundo en el que la villanía y la mezquindad suelen ser la moneda corriente.

El fútbol y la justicia

La justicia y el fútbol no son compañeros habituales, porque el fútbol es inseguro y volátil como la vida misma. Pero hoy se ha hecho justicia con el fútbol español, con nuestro equipo nacional, siempre tan sufrido como inconstante y desventurado. Nuestra victoria frente a Alemania ha sido un acto de desagravio a una historia injustamente desigual, desafortunada y derrotista. Verdad es que la generación de futbolistas que nutren la selección es casi inmejorable: tenemos de todo y muy, muy bueno. Casillas es un gran portero; nos defiende gente supersolvente como Piqué, Puyol (¡¡¡tres hurras por él y por su gol rotundamente bello, pura fuerza y pundonor!!!), Capdevila, o Ramos. Eso que algunos pedantes llaman el doble pivote es fantástico, con un Busquets memorable y exacto y un Xabi Alonso ambicioso y pugnaz. La media es de ensueño, porque es difícil imaginar jugadores de más calidad que Iniesta o Xavi Hernández. Y en la delantera tenemos también ejemplares admirables, únicos, como el niño Torres, o el increible guaje Villa. No quiero dejar de mencionar a Silva, a Cesc o a Pedrito, ni tampoco a Fernando Llorente, a Arbeloa a Javi Gutierrez, y a todos los que faltan, en especial a ese Reina que no ha jugado todavía ni un minuto, y es el que más parece alegrarse del éxito de sus compañeros: se ve que vive en Liverpool y ha aprendido a amar más y mejor lo que, viviendo en la piel de toro, raramente valoramos como merece. La sombra benéfica de Vicente del Bosque ha cubierto a este grupo con un manto de buen hacer, de amabilidad, de cariño y de entrega, una conducta que es ejemplar y reconfortante para todos los que seguimos con ilusión la andadura de un equipo que tan bien nos está representando. Bueno, esta es, nada más, una nota de alegría y de esperanza cierta en que el domingo que viene las cosas sean aún más felices para todos, y bien que lo siento por los holandeses.

Entre el fallo y la sentencia

Una de las razones por las que la propaganda socialista suele ser eficaz es su impenitente fijeza, su perfecta machaconería. Convencidos de que entre su clientela escasea el sentido crítico, bombardean una y otra las mismas posiciones. Para ser justos, hay que reconocer que, en ocasiones, no carecen de inventiva: ahora han descubierto lo que Santiago González ha llamado justicia cuantitativa, el memorable éxito de que el Tribunal Constitucional sólo invalide un porcentaje relativamente bajo de artículos del Estatuto catalán. Con ello pretenden ocultar el rotundo fracaso de la estrategia de Rodríguez Zapatero que se equivocó gravemente en tres ocasiones: al plantear un nuevo Estatuto, que nadie reclamaba, al obligar a su partido a tragar un bodrio semejante, y al tenerlo por constitucional tras el cepillado al que fue sometido por su ministro de Justicia, un tipo que, de tener algún adarme de dignidad, ya debería haber dimitido hace tiempo por su notable incompetencia jurídica.

Ni los catalanes querían un nuevo Estatuto, ni los españoles querían reformar la Constitución; se trataba sólo de que ZP soñaba no ya con un mandato sino con un nuevo sistema, con un arreglo permanente con los nacionalistas en el País Vasco y en Cataluña, un esquema que dejaría a la derecha en un permanente fuera de juego. El proceso de paz con ETA y el Estatuto fueron los cauces para alcanzar el paraíso, y ya se ve en qué han parado: un acuerdo de gobierno con el PP en el País Vasco, y un inmenso carajal jurídico y político en Cataluña, dónde el pobre Montilla no sabe ya si es un catalán emprenyat, que es lo que simula ser, o un ridículo amontillado haciéndose pasar por cava.

Para lograr sus propósitos, Zapatero no ha dudado en poner en grave riesgo a Cataluña y a España. Cataluña tenía sus propios demonios, y siempre se supuso que los socialistas catalanes deberían oficiar de atenuadores, pero Zapatero ha querido ser más papista que el Papa y, obligó, primero a Maragall y luego a Montilla, a superar el nacionalismo de Pujol a convertirse en una especie imposible de cuasi-secesionistas disciplinados y victoriosos.

La sentencia del Tribunal Constitucional ha pulverizado la estrategia de Zapatero, pero lo ha hecho obligándonos a todos a pagar un precio muy alto, a volver a empezar cuando ya se había hecho un largo camino, con desaciertos y tensiones, pero sin destapar la caja de los truenos que ahora corre peligro de reabrirse insensatamente, tanto en el Oasis como en el Madrid tibetá con el que algunos siguen soñando.

Para volver a empezar habrá que proceder a una especie de armisticio, a reconocer que tenemos problemas y posiciones enfrentadas, pero que no estamos obligados al desastre. Si Rodríguez Zapatero fuese un traidor empeñado en forzar la independencia de Cataluña, lo que seguramente no es el caso, habría fracasado nominalmente, pero ha exacerbado suficiente número de temas sensibles como para que el independentismo tenga nuevos motivos de resentimiento, aunque sea vano que Montilla, una figura patética interpretando un papel equivocado, intente capitalizar esos agravios.

La desestimación de todo este disparate solo será posible tras unas nuevas elecciones, tanto en Cataluña como en el resto de España; entonces, puestas algunas cosas en su sitio, unos y otros tendremos que renunciar a las quimeras, por ejemplo a la idea de que estemos ante una negociación entre naciones iguales, y a los maximalismos, y es posible que los nacionalistas catalanes tengan mucho que revisar, pero tampoco será mínima la tarea que les quede a los demás, por ejemplo, la desactivación definitiva de esa fórmula estúpida de emulación que se conoce como clausula Camps, un error político que debería pesar más que muchos regalos equívocos, y que también ha sido víctima de la lenta pero no ineficaz sentencia del Tribunal Constitucional.

España necesita de Cataluña, no podría ni seguirse llamado España sin ella, pero Cataluña también necesita de España, y los catalanes tienen, como todos los españoles, derecho a sentirse cómodos en el esquema político de la Constitución. Hasta el despropósito zapateril así había sido, con los vaivenes que son la salsa de la política, y así deberá volver a ser. Todos nos jugamos más de lo que se pueda ver a simple vista. La ruptura de la unidad de España traería la ruina general, y el uniformismo con el que a veces soñamos los madrileños tampoco es una solución ni inteligente ni plausible. Lo que se ha mostrado como un disparate es el intento de engañar a todos con juegos de artificio, con semánticas irregulares, con cintura. Cataluña se merece un traje a la medida, sin duda alguna, pero no que ese traje se haga rompiendo la camisa con la que se cubre toda la Nación. Zapatero ha intentado una falsa victoria reformando la Constitución por una puerta falsa. Afortunadamente el Tribunal Constitucional, pese a sus muchas dolencias, ha sabido decir en voz alta que se trata de un empeño imposible.

[Publicado en El Confidencial]

Del azar y la pasión

Tal es el hermoso marbete tras el que la portada del número de julio y agosto de Revista de Occidente ofrece una suculenta mercancía literaria que se dedica a analizar el fútbol, tan de actualidad no solo estos días sino ya siempre. He leído todos los artículos con placer y de un tirón en esta calurosa mañana de julio. Hay textos de Vicente Verdú, que le dedicó al tema un conocido libro ya hace treinta años, de Juan José de Armas Marcelo, de Enrique Murillo, de Manuel Arias Maldonado, y de un servidor de ustedes. Se trata de discursos muy diversos como corresponde a algo tan ubicuo y duradero, pero todos ellos comparten el asombro frente a un deporte tan complejo, y frente a un fenómeno social tan abigarrado. Los novelistas, Armas y Murillo, se dejan mecer por el recuerdo y la autobiografía y los más ensayistas, Verdú, González Quirós y Arias Maldonado, se las ven con aspectos más conceptuales, tratan de explicar lo que hay tras el entusiasmo y el desbordamiento mundial de la afición al fútbol, conscientes de la derrota que esta deporte tan popular ha infligido a sus críticos más severos.
Mi artículo («De la vida un traslado: el fútbol en la cultura global») ha sido, en parte, anticipado en este blog, y fue discutido con pasión y ampliamente en una larga sobremesa con colegas de la Escuela Contemporánea de Humanidades, con Alejandro Gándara, Jorge Lago, Antonio Nieto, José Antonio Millán, Pilar Martín Gila, Juan Manuel Rodríguez Parrondo, Emmanuel Lizcano y Ramón Rodríguez, creo recordar a todos. También podrán encontrar en él ecos de sus ideas, e incluso expresiones literales, mis corresponsales en este blog, Karim Gherab Martín, David Pardo, y mis hijos Manuel y Juan. Los cito a todos porque todos me ayudaron a afilar un trabajo del que estoy particularmente contento, ya dirán los lectores si con motivo. De cualquier manera, me doy cuenta de que he tratado de devolverle al fútbol una parte siquiera sea pequeña de los abundantísimos ratos de gozo y de dolor que me ha dado y que, espero, me siga dando. Por supuesto, tiraría todo el texto y sus recuerdos por la borda si ello supusiera que España fuere a ganar el Mundial, faltaría más. Mi esperanza es que lo gane en cualquier caso, sin necesidad de que yo haga sacrificio, ni de mi memoria, ni de mi entusiasmo.