Esperanzas españolas

Ayer sufrí de lo lindo viendo el partido frente a Paraguay, supongo que les pasó a muchos de ustedes. Pero, al final, se impuso la ley del buen fútbol y ese genio que es Iniesta preparó una que no podía fallar y no falló, pese al empeño de los postes, porque Villa estaba allí una vez más. Ahora nos toca una Alemania dolida y crecida, dolida por la Eurocopa, y crecida por el 4 a 0 que le endosó a Maradona, y de paso a Messi, a Higuaín y a De María.
Nos espera un partido memorable, y hay que confiar en el fútbol de los nuestros, que es el mejor del mundo, hoy por hoy. Al fútbol juegan siempre dos equipos, y a nosotros todos han intentado impedirnos jugar, sin conseguirlo. Ha sido extraordinario ver a unos finos artistas trabajar como estibadores o como mineros, que también saben hacerlo, pero en cuanto han conseguido un poco de espacio para desplegar sus artes se han comido a la serie de monstruos que nos han tratado de maniatar.
Lo de Alemania será probablemente distinto y seguramente mejor, ya lo verán. Esta España nuestra se merece una alegría, una demostración de que si se hicieran las cosas bien no tendríamos nada que temer ni nada que envidiar. Alguno tratará de apuntar el tanto al ministro de deportes, un tal ZP, pero el tanto es el de nuestra paciencia, el de una vieja nación que se resiste a morir, pese al estúpido empeño de ponernos palos en las ruedas, de volver al siglo XIX con los sindicatos, o al XII con los reinos de taifas y la morería. De momento, hacemos el mejor fútbol del siglo XXI con chicos de Asturias, de algún lugar de Albacete, de Hospitalet o de Fuenlabrada. Quisiera compartir con todos los buenos españoles esta alegría genuina y apartidista ahora que, como ha recordado inteligentemente Aznar, “Por fortuna, el Tribunal Constitucional ha rechazado la idea de que la Constitución expresa (debería decir exprese, pero estas son menudencias de la edad) el deseo de la nación española de poner fin a su propia existencia”.

¿Abolimos la rumbita?

Supongo que los lectores recordarán el chiste de hace ya muchos años, es decir, políticamente incorrecto, como casi cualquier buen chiste, que contaba cómo un presidente, supongo que socialdemócrata, de una república bananera proponía a su parlamento la tesis de que los males de la patria se debían a la excesiva afición a la rumbita del conjunto de la población; en consecuencia para proponer su abolición, se dirigió a la cámara preguntando con un tono musical indisimulable: “¿Abolimos la rumbita?”, a lo que los diputados, siempre bien dispuestos al baile, le respondieron de manera coral: ¡”Que sí señor!”: se acabó el debate y, con el debido jolgorio, se entregaron todos a la rumba.
He recordado el chiste, de manera inevitable, al conocer la solución del Tribunal Constitucional al asunto de la nación catalana. Se trata de una solución, por llamarla de alguna manera, literalmente de chiste. Creo que ese es el punto en el que más se percibe el sometimiento de algunos de los jueces del Tribunal a los más recónditos deseos de nuestro presidente, cuyo pensamiento político está repleto de intuiciones surrealistas. Lo terrible no es que tengamos un presidente que bien pudiera haber hecho un papel extraordinario en una velada dadá, sino que haya jueces que crean prestarle un servicio riendo sus gracias, peor aún, que crean que servir a su país, a su patria, a la nación, supone, indefectiblemente bailarle el agua a un presidente tan delicuescente. Estos jueces pertenecen, sin duda, a ese grupo tan numerosos de españoles que, encabezados por ZP, creen que la política y la lógica no tienen nada que ver, y que donde este un buen amigo que se quiten todos los razonamientos, los teoremas y las evidencias. Ya saben de aquellos que, si llegare el caso, aplicarían la legislación vigente sólo al indiferente.
La política española tiende al esperpento, lo que es muy normal en un medio cultural en el que la lógica produce sarpullidos, o parece de mala educación. La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán ha necesitado cuatro largos años de gestación y, pese a parto tan tardío, reúne únicamente las condiciones necesarias para salir del paso, para hacer lo que algunos piensan que es la esencia de la política, desaparecer frente a los problemas en lugar de afrontarlos con un mínimo de gallardía. Políticamente es el último de los legados de la pesada herencia de Zapatero, un muerto todavía cuasi-viviente, pero ya con un balance muy oneroso. Sin su sombra inconcreta y absurda hubiera sido imposible el Estatuto y, desde luego, nos habríamos ahorrado el espectáculo de una sentencia tan inútil, tan equívoca y tan necia.
A la hora de escribir estas líneas no se conoce todavía el texto, y tampoco tengo autoridad profesional para juzgar sobre los detalles técnicos de la sentencia. Sin embargo creo que es de auténtica vergüenza intelectual la chapuza perpetrada con el preámbulo del texto, un discurso en el que los redactores catalanes quisieron, seguramente, dejar muestras de sutileza, pero que tan solo muestra una impotencia condescendiente y farisea. Pues bien, frente a tamaña muestra de pobreza de espíritu, los magistrados constitucionales han decidido llevar a cabo un apaño memorable. Sin el menor atisbo de autocrítica, se han decidido a elevar a doctrina constitucional una chapuza digna de los diálogos para besugos que traía el TBO, que por cierto se editaba en Barcelona. Que se hayan atrevido a tolerar el uso político, pues de lo jurídico no merece la pena ni hablar, de un término tan claramente inconstitucional como el de nación, muestra hasta qué punto carecen de autoestima intelectual. Se trata de un texto que producirá carcajadas a cualquiera que lo lea sin conocer sus claves, que no son otras que el servilismo al poder de ZP, a la necesidad de mantener, al menos de aquella manera, su palabra. Siempre he pensado que fue un error diseñar un TC en el que solo hubiese juristas y careciese de lógicos y de lingüistas, gentes que, en alguna ocasión, al menos, tienen la elegancia de rendirse a la evidencia, lo que no es el caso de los abogados, con perdón si el término pareciere despectivo. Pero no quisiera contradecirme, porque dada la contextura moral de algunos, seguramente ZP hubiera podido encontrar algún lógico dispuesto a reconocer que la razón la tiene siempre quien manda, aunque mande tan poco y tan mal.
No dejar contento a nadie viene siendo la marca de fábrica de este gobierno obligado a hacer cosas razonables pero estrictamente contrarias a su dogma y a su moral. El TC ha querido sumarse a ese panorama de general descontento, aunque haya sido al precio de renunciar a su misión, a defender la Constitución y la nación en que se funda. Para disimular, han inundado su texto de jaculatorias hipócritas, han repetido lo de la indisolubilidad de la nación española a ver si alguien se lo cree. ¿Se imaginan ustedes lo que estos sujetos podrán hacer con el término indisolubilidad visto lo que han perpetrado con nación?
[Publicado en La Gaceta]

Los privilegios de la aristocracia sindical

La huelga del Metro de Madrid tiene la ventaja, desde el punto de vista pedagógico, de dejar al desnudo algunos de los mecanismos del poder real, no del poder reglado que ejercen las administraciones, que, a su modo, encarnan un poder democrático, sino del poder que no representa a nada distinto de sí mismo. Ese poder, desde luego, no se reduce únicamente a los Sindicatos, porque existe en muy otras diversas esferas, en la economía, en la universidad, en la prensa, en los partidos políticos. Pero en cualquiera de esos casos, el poder tiene una característica común que no hay más remedio que llamar mafiosa. Mafia es toda asociación sin legitimidad, todo poder colectivo fundado única y exclusivamente en el interés mutuo de quienes lo conforman. Se trata de poderes sin justificación alguna, aunque a veces la pretendan, y, como tales, deberían ser combatidos en una democracia, aunque es de sobra conocido que ese no es el caso, al menos entre nosotros.
Los sindicatos fundan la legitimidad de sus acciones, por arbitrarias y perjudiciales que sean, en el derecho de huelga, un derecho que han impedido que se regule desde que la Constitución española ordenó que así se hiciese, hace más de treinta años. Ello nos da una pista de cómo el poder de la mafia sindical, que carece de cualquier legitimidad general, se ha incrustado en el poder político, de la izquierda, por supuesto y, en su caso, de los nacionalismos con proclividades hacia las bandas de la porra. En virtud de esa carencia y de la cobardía política de nuestras instituciones, los sindicatos constituyen una aristocracia orgánica con privilegios totalmente desmesurados: el de no trabajar, el de controlar multitud de otros poderes, el de poner en funcionamiento reglas del juego completamente inadmisibles en cualquier otro caso, el de seguir ejerciendo a su albedrío una violencia privada, etc.
La huelga de Madrid es un caso de desvergüenza y de abuso evidente. Los huelguistas reclaman, simplemente, un privilegio más, no ser afectados por las leyes generales, mantener un fuero económico más allá de los intereses generales y poder amenazar y actuar violentamente cuando les salga de los cojones, como han manifestado con su característica buena educación. Hay que reconocer que han escogido bien la diana, porque están haciendo daño. Pero hay que esperar que ganemos los buenos, que se imponga la ley, el bien común, el orden democrático. El gobierno de la Comunidad de Madrid tiene la obligación de actuar con firmeza y de sancionar a quienes se burlan de la ley y de la democracia. Es terrible constatar que estará solo frente al cinismo de ZP y sus secuaces e incluso, frente al revanchismo de algunos jueces de la horca, pero esperemos que a doña Esperanza no le tiemble el pulso al defender la ley, la razón, el derecho de los más, a la democracia, en suma.

Lo que el burka oculta

Estamos tan atentos a las peripecias de la economía, que se nos escapa la importancia de cuestiones de menor apariencia, pero de gran trasfondo. Una de ellas es la que gira en torno a la discusión sobre si hay que prohibir el burka, o no. El caso del burka resulta, como veremos, una metáfora de nuestra escasa vitalidad para afrontar cuestiones decisivas. No debiéramos extrañarnos porque la política en España consiste con gran frecuencia en una especie de jibarización de los problemas, en reducirlos al tamaño que resulta adecuado para que no se lesionen, ni levemente, los intereses de los partidos.
El burka es un instrumento de ocultación, una prenda que evita la mirada, la evidencia. Pues bien, del mismo modo que el burka esconde la figura femenina, muchas opiniones que se vierten sobre el caso sirven para ocultar asuntos que asustan, de los que huimos como de la peste. Muchas de las opiniones que se vierten sobre su uso nos apartan de contemplar la complejidad y el calado del problema que nos plantea, un problema que, siendo grave en cualquier parte, es especialmente espinoso en España debido a nuestra situación geográfica y a nuestra herencia histórica.
Hay, al menos, tres puntos de vista sobre la cuestión que sirven más para confundir que para aclarar, que crean una confusión que habría que soslayar. El primero de ellos es el de la libertad de vestimenta, un principio que nadie discutiría entre nosotros; el segundo es el de la libertad de ostentar símbolos; el tercero es el de la libertad religiosa. Desde ninguno de esos puntos de vista habría nada que objetar al burka, porque los tres principios son de aplicación en un espacio en el que rija el respeto a la libertad, a eso que tan brillantemente definía Hayek al afirmar que la libertad consiste en que siempre pueda haber personas que hagan lo que no nos guste.
No nos atrevemos a reconocer con claridad los problemas que el burka nos plantea, porque nos enfrentan con argumentos distintos a cualquiera de los otros tres. El problema más obvio es el de si podemos consentir que en nuestro ámbito civil se dé marcha atrás al estatus de igualdad entre hombres y mujeres, cosa que, indefectiblemente haríamos si estuviésemos dispuestos a tolerar la exhibición pública de desigualdad y sometimiento que implica el burka. Parece evidente que no debiéramos tolerar esa discriminación, del mismo modo que no deberíamos oficializar la poligamia, consentir la ablación del clítoris, o mirar para otro lado si se castigara físicamente a una adúltera, o a un homosexual.
El segundo problema es más insidioso, porque, de manera escasamente gallarda, miramos para otro lado y tendemos a no ver lo que nos asusta. Sencilla y llanamente, el burka es un instrumento de conquista de nuestro espacio cultural, un comando moral en tierra extraña, un emblema de lo que acabaríamos siendo si no supiésemos reaccionar adecuadamente ante un riesgo mortal para el porvenir de la democracia liberal. La tolerancia con el burka significa la admisión en el seno de nuestra sociedad de comportamientos colectivos que atentan a nuestros principios culturales y políticos, y que, si llegasen a ser mayoritarios, cosa que demográficamente es perfectamente factible, acabarían, sin duda alguna, con nuestras libertades, tal como hoy día las conocemos y gozamos. La candidez y cobardía con la que damos por buena la admisión del burka profetiza nuestro sometimiento a una invasión, primero demográfica y cultural, pero que, inmediatamente se convertiría en dominación legal y política, una amenaza frente a la que debiéramos reaccionar cuando aún podemos hacerlo. La incapacidad para reconocer los problemas es uno de los síntomas principales de cualquier decadencia.
Es literalmente ridículo pretender que el problema del burka pueda abordarse a base de recetas vagas, de consideraciones inspiradas en principios delirantes. Eso es, justamente, lo que ha hecho el Gobierno ante una propuesta del Senado. Fíjense lo que ha dicho la ministra Aido, y cito literalmente: “La pregunta que nos tenemos que hacer es si también queremos condenar a las mujeres que tienen que llevarlo puesto. Yo considero que las mujeres que tienen que llevar el burka son víctimas del burka y creo que una prohibición general podría añadir más penalización, precisamente, a las víctimas del mismo”.
Son palabras que expresan una mezcla deletérea de ignorancia, sospecho que consciente, y de impotencia. Suponen un descalabro de cualquier lógica decente, y expresan con claridad la renuncia del Estado a imponer el orden legal. Son un canto a la rendición, con la esperanza de que los nuevos dueños respeten en un futuro no tan lejano los servicios del nuevo Conde Don Julián. Soy consciente de que el lector pudiera pensar que estoy exagerando, pero no más que quienes tratan de reducir este asunto a la condición de pelea de patio de vecinas, a un asunto en el que la señora Aído pueda tener algo que decir.

La asimetría sindical

Hoy es uno de esos días en que se puede comprobar en Madrid cuál es la forma de comportamiento de los sindicatos. Una huelga de origen político, no pueden con Esperanza Aguirre, hace que sufran millones de trabajadores, muchos de ellos con una situación personal y laboral infinitamente peor que la de los huelguistas. A los capos de los sindicatos les importa un carajo el sufrimiento de los que llaman sus hermanos, sus compañeros, lo único que intentan es que el Gobierno de Madrid se rinda ante sus métodos. Espero sinceramente que no lo consigan. De cualquier manera, debería estar claro que no están ejerciendo un derecho, sin abusando de ellos, bordeando el delito, sino es que delinquiendo a pleno sol por saberse, o creerse, intocables.
Los motivos que esgrimen no pueden ser más atrabiliarios. Resulta que un convenio firmado por ellos no puede ser alterado por un Decreto de Cortes tomado como medida ante la gravedad de la crisis, una crisis de la que los dirigentes sindicales son más culpables que víctimas. Lo de la soberanía siempre les ha importado un pito a los poderes fácticos sindicales, a los que tienen su propio ejército piquetero. Creo que la cosa está clara, dolidos por el fracaso en la huelga de funcionarios, y temerosos del fiasco que será la huelga general, han decidido, con esa lógica marxista cañí en que son maestros, abofetear a Esperanza Aguirre que no es de los suyos, y demostrar a su costa que tienen mucho poder, que ellos mandan cuando quieran y lo que quieran. Así seguirá siendo, mientras se lo consintamos.

El parto de los montes

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán ha necesitado cuatro largos años de gestación y, pese a parto tan tardío, parece haber decepcionado a todo el mundo. Políticamente es el último de los legados de la pesada herencia de Zapatero, un muerto todavía cuasi-viviente, pero ya con un balance muy oneroso. Sin su sombra inconcreta y absurda hubiera sido imposible el Estatuto y, desde luego, nos habríamos ahorrado el espectáculo de una sentencia, que seguramente resultará tan inútil como equívoca.

No conozco el texto ni tengo autoridad constitucional para juzgar sobre los detalles técnicos de la sentencia. Sí me parece memorable el que haya que interpretar un término tan claramente inconstitucional como el de nación, pero eso se debe a que el TC está poblado de juristas y carece de lógicos y de lingüistas, gentes que, en alguna ocasión, al menos, tienen la elegancia de rendirse a la evidencia, lo que no es el caso de los abogados, con perdón si el término pareciere despectivo.

Por lo demás asistiremos a un genuino espectáculo español: el de oír largamente cosas absolutamente contrarias sobre un texto supuestamente preciso: imagino que esa ha podido ser la intención de alguno de nuestros imaginativos y dóciles jueces.

La última cima

El “boca a boca” de los amigos me ha llevado a ver una película inusual, tanto por el tema, la vida y el testimonio cristiano de un cura madrileño fallecido recientemente, como por el tratamiento documental. La sala estaba casi llena, y el público aplaudió al final, cosa cada vez más infrecuente, sobre todo en una peli española. La película es un acierto. Muestra una vida desde su intimidad, no desde fuera, y esa vida resulta ser un caso admirable de vocación religiosa. No es fácil retratar la religiosidad, tan habitualmente confundida con una serie de tópicos y de prejuicios, tan ajena a las vidas de la mayoría, incluso de las de los creyentes. La personalidad del cura retratado, Pablo Domínguez, ayuda mucho a huir de buena parte de esos tópicos porque era un hombre de una personalidad arrolladora, activo, simpático, encantador y excepcional en casi todo.
Que la gente hable, como lo hacen muchos de los testigos de su vida, con naturalidad de sus sentimientos, de sus problemas, de su esperanza, y que lo haga con palabras corrientes, sin “tologías”, como diría Sancho, ayuda mucho a entender lo que movía a Pablo. El sentimiento religioso es un elemento esencial de una vida humana cuando se vive de manera inteligente y reflexiva, cuando se supera el cuadro ideológico y cultural en el que la religión se confunde necesariamente con una superchería.
Lo que nos muestra La última cima es que ser cristiano debiera ser un modo de vivir en el que nada humano pueda resultar ajeno, una esperanza que nada pueda defraudar, y menos que nada el mal ejemplo que podamos dar los que nos tenemos por cristianos. Pablo Domínguez era un sacerdote con una excepcional formación intelectual cuyo ejemplo luminoso debió ser fácil de seguir porque no hablaba desde ninguna cátedra, desde ninguna tribuna, desde ningún poder, sino que daba testimonio de una verdad simple, sencilla y admirable, de cómo es posible amar a Dios y seguir el ejemplo y la doctrina de Jesús sin rarezas, sin dramatismos barrocos, sin confundir la vida con ninguna liturgia incomprensible.
Me temo que esta película la verán más, quienes no necesitarían verla, y menos los que más podrían aprender de ella, tan severa es la censura intelectual y moral con la que muchos se distancian de la religión, del cristianismo; el director se dirige, sobre todo a estos últimos, a quienes creen a píes juntillas las leyendas antirreligiosas y los mitos que presentan a los sacerdotes como gentes amargadas y cobardes, ávidos de prohibir y de mandar, a quienes han dejado de ser cristianos, o eso creen; muchos no la verán, y se perderán con ello una estupenda oportunidad para poner en cuestión sus propias vidas, pero tampoco es magro el beneficio que obtendrán los que estén cansados del camino y sepan ver en Pablo un ejemplo convincente y atractivo sobre qué es lo único importante.

Una esperanza razonable

Me parece que gran parte de los comentarios ante los tres partidos disputados por la selección española en el Mundial de fútbol de Sudáfrica han estado mucho más inspirados por la histeria que por el buen sentido. El fútbol es pasto propicio para las pesadillas de los chiflados. Hay manías pasionales y las hay técnicas: supongo que todos tenemos la experiencia de lo que puede dar de sí un loco experto, perito en cualquier quimera compleja. En el fútbol se potencian ambas especies de manías, de modo que lo que resulta insólito es un comentario sereno de lo que se ha visto. Este parece ser, por cierto, uno de los puntos fuertes de Del Bosque, un tipo que muchas veces da la sensación de no haber inventado nada.
Las discusiones sobre el doble pivote, la ocupación, o no, de las bandas, el llamado tiqui-taca, y las posiciones de unos y de otros han sido tan agotadoras como irrelevantes. La convicción pesimista sobre nuestros destinos, que siempre es una forma astuta de ganar a la baja, mezclada con el avieso deseo de fracaso que apenas se oculta en tantos, ha añadido la suficiente dosis de oscuridad y ha exagerado hasta la paranoia la sensación de angustia que, en dosis terapéutica, nunca está de más ante un partido.
¿Qué tenemos ahora? La evidencia de un equipo con jugadores excepcionales (Villa, Iniesta, Piqué, Casillas, Xavi, Xabi Alonso, Cesc, y hasta casi veinte más), la certeza de que desean ganar, y confían en poder hacerlo, la constatación de que han hecho el fútbol más brillante y bello que se ha hecho en Sudáfrica, y a un entrenador que no se cree protagonista y no pierde con facilidad los nervios. Eso es, desde luego, mucho, pero en el fútbol nunca es nada cierto hasta que los jugadores se quitan la camiseta.
Podemos ganar, no cabe duda, pero si no lo hacemos tampoco debiera pasar nada. Tenemos la mejor selección que nunca haya tenido España, y que además es, con holgura, el mejor de los equipos presentes en Sudáfrica. Eso ya da para que muchos nos sintamos compensados, aunque esperemos lo mejor. De cualquier modo, dos de los goles de Villa (contra Honduras y contra Chile) y el que fabricó Iniesta han sido jugadas gloriosas, uno de esos momentos de belleza perfecta que un buen aficionado jamás olvida.

Busco un abogado

Esta noche, en pleno suelo reparador, exactamente a las 4 horas y 40 minutos, me desperté sobresaltado. Mi teléfono móvil sonaba de manera insistente, lo que, lógicamente me alarmó sobremanera. Reconozco que soy un tipo raro que duerme a horas en las que tanta juventud todavía retoza, pero ya paso de los sesenta, así que mis disculpas.
Medio en sueños y con el corazón en vilo cogí el teléfono: era un mensaje, pero no era exactamente urgente, sino intemporal. Por la importancia del mismo lo repito ante ustedes: “Movistar info: recuerde que a partir del 24 de junio puede llamar gratis a todos los móviles y fijos Movistar (no incluye establecimiento de llamada) LE DAMOS LAS GRACIAS”. En cuanto leí el texto pude pasar con facilidad del cabreo monumental a la indignación más absoluta. No sé si habrán dado cuenta, pero dada la fecha en que estábamos ¡Movistar me avisaba con veintiocho horas, al menos, de retraso!
Bueno, en serio: ¿Con qué derecho se cree Movistar para molestarme con sus ridículas campañas? ¿Cómo se atreve a hacerlo a esas horas tan inadecuadas? Lo dicho, busco abogado, porque no hay derecho a interrumpir el escaso sueño del público, al menos eso creo. Si lográsemos reunir unos cuantos testimonios coincidentes (en que haya pruebas físicas, como me sucede a mí, de un desaguisado similar), tal vez pudiéramos enseñarle a ´los de Telefónica algo de civismo, y de respeto al cliente.

Un trámite vergonzante

El Gobierno pasó ayer por el Congreso su reformita laboral. No contento con evitar encararse con los problemas del empleo, se nos sometió a una de esas sesiones parlamentarias que producen hastío y algo más que un poco de vergüenza. Los grupos parlamentarios fueron a lo suyo, y evitaron, como de costumbre, ir a lo nuestro, a discutir en serio los problemas de la economía, de la productividad y del empleo en España.
Los grupos parlamentarios han hecho suya una actitud un poco ridícula en función de la cual votan lo que les conviene a ellos, y no lo que puedan creer que nos convenga a nosotros, en el caso de que se preocupen de ello. Han confundido tanto sus intereses con los nuestros, que no caen en la cuenta de que a la mayoría de los españoles les resulta hiriente e incomprensible este permanente tacticismo, que nos aburre dejar siempre para luego los auténticos debates, la confrontación de ideas, el intento de convencer a los españoles de que hay soluciones mejores a nuestros problemas.
El Gobierno, lo decíamos ayer, ha presentado un parche a todas luces insuficiente, una prueba más de que este gabinete no da más de sí. Los grupos debieran haber dicho que no a ese remiendo, porque no resuelve nada, y nos va a traer, como advirtió claramente Rajoy, un nuevo impulso judicializador en las relaciones laborales, es decir más inseguridad, menos garantías de efectividad, ningún aliciente para invertir. ¿Por qué se atreve el Gobierno a presentar tamañas reformitas, consciente, de que no van a llevar a ninguna parte? La razón es muy simple: el gobierno juega sus bazas sabiendo que sus propuestas no van a ser tumbadas por miedo a las consecuencias, y eso le autoriza para presentar medidas de medio pelo, le evita tener que reconocer que está de más, que no le queda nada que aportar en esta legislatura largamente agonizante.
Es verdad que podría haberse producido alguna confusión si el voto negativo hubiese aunado al PP y a ERC, a Convergencia y a IU, pero también es muy negativo que la abstención facilite las dilaciones y jugarretas del gobierno. La manera menos negativa de presentar este asunto es suponer que los grupos que se han abstenido lo han hecho por una especie de responsabilidad hacia la inestable situación de la economía española, pero eso es solo media verdad. El PNV ha aprovechado, como suele, para mercadear su no rechazo y tratar de condicionar los presupuestos venideros; Convergencia y Unión sigue en su propio calendario y haciendo caso omiso, en el fondo, a las necesidades de sus electores, que desean, sin duda alguna, un cambio completo del marco laboral para conseguir abreviar el tiempo que nos queda para que la economía se recupere.
El PP ha vuelto a ponerse ligeramente de perfil y a explicar que tiene soluciones mejores y más consistentes, pero sin atreverse del todo a hacerlas nítidamente explícitas. El PP debería perder los temores a mantener en este punto una posición clara, comprensible, y comprometida, como la que mantiene en otros asuntos, por ejemplo, en su negativa a las negociaciones con ETA. El PP gusta de compararse con las virtudes de los años de Aznar, pues bien, habría de preguntarse lo siguiente: ¿Sacó algo en limpio el PP del paso atrás a consecuencia de la huelga? ¿Se benefició nuestra economía de plegarse a las amenazas sindicales? Nosotros creemos que la respuesta es que no, en ambos casos, y nos tememos que el PP no acabe de sacar las lecciones oportunas de ese error del pasado.
[Editorial de La Gaceta]