Raúl se va y se ha ido Guti

Creo que la marcha de estos dos jugadores es el último favor que le prestan a su antiguo equipo, porque ellos, supongo que a su pesar, han personificado las dificultades de renovación del Madrid de los últimos años. Son dos jugadores distintos, muy distintos, pero su función en el Madrid de los últimos cinco años ha sido muy similar.
Raúl es un gran jugador, pero hace tiempo que perdió la calidad necesaria para jugar en el Real Madrid y, aunque tarde, hay que celebrar que se vaya de buenas maneras. Guti dejó de ser útil de verdad, al menos, desde que se fue, es un decir, Del Bosque. Su calidad es indudable y si hubiese tenido la moral de Raúl pudiera haber sido el mejor jugador de todos los tiempos; por supuesto que lo mismo podría decirse de Raúl, si hubiese tenido la calidad de Guti, pero estas cosas no suelen pasar.
El mundo del fútbol es un mundo muy especial en el que conviven, eso sí, malamente, los valores más sentimentales, y el mercantilismo más atroz. No sé lo que se habrá llevado cada uno por marcharse de buena manera, aunque sospecho que no se hayan ido gratis, como se dijo que se fue Zidane. No estoy para juzgar a nadie, ni siquiera de madridismo, una asignatura en la que me siento tan doctor como el que más, pero no me gustará oír en el futuro protestas de amor al Club si la liquidación se ha hecho como imagino, aunque se arguya que el Club ha ahorrado dinero, faltaría más. Que ambos tuvieran contratos como los que tienen es un síntoma inequívoco de la demagogia con que se gobiernan los clubes que se supone son de los socios, una de las mentiras más graciosas de las muchas que circulan en este deporte.

¿Libros electrónicos o lectores?

Según parece, las Academias de la Lengua Española han acordado incluir en su próxima versión del Diccionario el término libro electrónico con dos acepciones, la primera se referirá a los dispositivos que permiten almacenar, reproducir y leer libros, y la segunda a los libros digitalizados que puedan leerse en esos dispositivos.
Me parece un desacierto, que quieren que les diga. Es posible que pueda considerarse admirable el esfuerzo de las Academias para mantener unida la lengua, pero no es tan seguro que sus trabajos rindan los frutos que se supone, ni que sus ideas sean siempre las más afortunadas. Creo que en este caso han tratado de ir más deprisa que el uso común, para eso se tienen por más sabios, imagino, y tengo la impresión de que su soluciónno ha sido demasiado brillante. No es que yo me oponga a que se llame libro a dos cosas que son muy distintas, a un contenido y a un soporte; si tal cosa fuese un error, que lo dudo, es ya demasiado viejo y común, es lo que hacemos al llamar libro al tiempo al Quijote y al volumen en que está impreso.
Lo que creo es que los académicos han tratado de que permanezca una analogía entre el mundo impreso y el digital, y esa analogía estalla por todas partes. El libro-aparato es, en realidad, un lector, mientras que los libros, en el sentido no material del término, son ideas objetivas que se pueden representar de infinitas maneras, en libros-volúmenes impresos, o en sistemas digitales que permitan su lectura. La diferencia entre el libro-volumen y el dispositivo digital que sirve para soportar miles de textos, no es demasiado relevante si se mira desde el punto de vista cuantitativo, un libro por volumen en el caso impreso, miles por lector digital en el caso del dispositivo, pero puede ser interesante desde otros puntos de vista. El dispositivo digital le devuelve al libro, a la obra que alguien ha pensado o imaginado y luego escrito, su singularidad más interesante, aquello que le hace ser él y no otra cosa. No me parece, por tanto, feliz la solución de llamar libro, como en el mundo de la imprenta, tanto al texto como al dispositivo que usamos para leerlo. Creo que portalibros o lector son mejores denominaciones que libro, pero eso ya se verá, será cosa de que pase el tiempo, el que se tome el progreso en dejar a las ediciones en papel tan fuera de juego como hoy lo están las carrozas.
Mi segunda discrepancia es con el calificativo electrónico, que huele, como mínimo, a naftalina, y que unido a libro compone una denominación, acaso correcta desde el punto de vista, digamos, científico, pero imposible de mantener en el uso popular. Lo lógico, por economía del lenguaje, es que le acabemos llamando al texto como siempre, libro, y al aparato con alguna única palabra que aún no tenemos, pero que surgirá. A mí, lector,a secas, me gusta mucho más, entre otras cosas, porque no hay ningún otro objeto al que nos refiramos con ese nombre. Contra portalibros, una buena sugerencia de Darío Villanueva, tengo que, aunque pueda parecer término más correcto, sea palabra que se aplique también a otros objetos, y que no ayude a sugerir la función de aquello que designa, lo que en un nombre nuevo puede ser de interés. Este objetivo utilitario se logra holgadamente con lector, tal es la razón de mi preferencia. De cualquier manera, todavía hay demasiado pocos lectores como para que ese uso, o cualquier otro, se imponga.

Una década ominosa

Hace ya diez años que ZP decide la política de los socialistas españoles y a él le ha parecido que es algo que se habría de celebrar. Es un caso claro de que, como decía Espinosa y me gusta repetir, la política es la simpatía que el poder siente por sí mismo. Visto desde fuera, el fasto no lo es tanto, o no lo es en absoluto.
En la historiografía del siglo XIX es corriente contraponer el trienio liberal a la década ominosa, los buenos y escasos años en que rigió la Constitución de Cádiz, a los años oscuros y penosos en que quien había sido “El deseado” ejecutó a su antojo una política extremadamente funesta. Al cumplirse esta aniversario zapateril es inevitable comparar estos diez años de su liderazgo, con ese período tan nefasto de nuestra historia.
ZP ha llevado a España a una situación tan negativa que es difícil encontrar precedentes para el caso, lo que es especialmente grave si se piensa que heredó una economía en crecimiento y un país en plena confianza en sus posibilidades. Desde 1996, bajo los gobiernos del PP, España había alcanzado tales cotas de bienestar y crecimiento que a muchos parecía que hubiésemos entrado para siempre en una nueva etapa de nuestra historia. Todo eso comenzó a truncarse en 2004: tras unos días de terror y de espanto, en los que el PSOE dio buena muestra de lo que entiende por solidarizarse con la política antiterrorista del gobierno cuando él está en la oposición, los españoles se encontraron, por sorpresa, con un político bisoño y sonriente al que, como había sucedido con Fernando VII, prestaron una acogida benevolente y esperanzada.
El recién llegado dio pronto muestras de lo que iba a ser una de las constantes de su gestión: la política de gestos. Como para confirmar la buena impresión que de él se tenía tras no haberse levantado a saludar la bandera americana en el desfile de las Fuerzas Armadas, retiró a toda prisa nuestras tropas de apoyo a la pacificación del Irak sin importarle ni poco ni mucho los costes del desaire a nuestros aliados. Es necesario reconocer que en esto no ha cambiado: nuestro presiente se muere por una imagen, por una cita, por un retruécano. Como dicen quienes le conocen bien, no hará nunca un mal gesto ni una buena acción.
Durante su primera legislatura, Zapatero ha podido creerse, como la mosca posada en la cabeza de un elefante, que controlaba la situación. Una economía lanzada, pero gravemente necesitada de ajustes y medidas de prevención, le permitió iniciar una alocada carrera de gasto para comprar adhesiones y sugerir a los electores que todas las carencias y los problemas eran, únicamente, consecuencia de la tacañería y la avaricia de la derecha. Se dedicó a vaciar la despensa, convencido de que alguien volvería a llenarla a tiempo, lo que, como es obvio, no ha sido el caso, y, al tiempo, puso todos sus esfuerzos en inventar una España en la que la derecha ya no pudiese gobernar jamás. El Pacto del Tinell fue el anuncio de esa política sectaria y diametralmente opuesta a las bases de nuestro sistema constitucional. Sus dos grandes realizaciones fueron el mal llamado proceso de paz con ETA, que ahora pudiera estar conociendo una segunda oportunidad, y el Estatuto de Cataluña. El intento con ETA acabó con la voladura de la T4, crimen que ZP consideró como un mero accidente. La farsa del Estatuto está dando estos días sus últimos coletazos, pero no hay que descartar que un presidente tan obstinado como obtuso trate de convertir el fuerte palmetazo que le ha propinado el Tribunal Constitucional en una nueva fuente de dádivas para sus bienamados nacionalistas.
Convencido de que los gestos, y las palabras hueras, lo son todo, negó persistentemente la existencia de una crisis económica, trató de evadir cualquier responsabilidad, e intentó, incluso, pasar por ser el autor de las medidas que los mandatarios internacionales decidieron poner en práctica, mientras nuestro poeta seguía gastando el dinero que no tiene en reparar los bordillos en inútiles esquinas. En sus manos, hubiéramos ido a la ruina total, y solo la insólita intervención de Obama y de Merkel han conseguido que sea capaz de enfrentarse mínimamente a la espantosa situación de crisis y de deuda que ha generado su frivolidad y su ignorancia.
Zapatero no solo ha conseguido destruir una situación económica muy sólida, sino que ha vaciado por completo de contenido político al PSOE, y ha condenado al PSC a ser una caricatura nacionalista de lo que siempre ha sido. Aunque sus acciones parezcan apuntar diversos objetivos, la permanencia en el poder es y será su única estrella. Ahora trata de oficiar de patriota dispuesto al sacrificio, de líder que se inmola por la salud de todos: es únicamente la penúltima careta de un líder astuto, inmisericorde, cínico, vacío y peligroso.

En Orio ganó Holanda

Tras las revelaciones de que la Generalidad catalana prohibió a los chavales que estaban de campamento ver el partido de la final del Campeonato mundial de fútbol en el que participaba España, llega ahora la versión orwelliana de esta censura en el territorio vasco. En un albergue de Orio, los chavales de entre seis y once años que allí se encontraban, no solo no pudieron ver el partido, sino que fueron informados de que lo había ganado Holanda (y que el gol lo había marcado Robben, tras un fallo del españolista Casillas, un tipo enrollado con una reportera feísima). Decididamente, hay muchos separatistas que son auténticos enfermos.
No es fácil entender que haya padres que entreguen a sus hijos, aunque sea solo una semana, a semejantes personajes, que los pongan en manos de organizaciones tan sectarias, tan brutalmente antiliberales. Si fuésemos una democracia normal, alguien debería hacer algo, pero ya queda dicho que entre nosotros se homologa sin ningún reparo la libertad con las cadenas.

Bono se separa

El presidente del Congreso de los Diputados, José Bono Martínez, anunció recientemente la separación de su esposa Ana Rodríguez, amistosa y mediante acuerdo de las partes. Más allá del interés humano, la noticia tiene un notable interés político por su relación con la singular trayectoria de Bono como personaje público. Bono siempre ha dado que hablar y, recientemente, es seguro que más de lo que él quisiera. Su condición de socialista y su proclamación como cristiano, su supuesto españolismo y su rechazo al entreguismo de Zapatero a la causa del nacionalismo catalán, han dado lugar a numerosas polémicas. Sin embargo, lo que más revuelo ha ocasionado en los últimos meses es la revelación de la inaudita riqueza de un político cuya imagen había pretendido ser, hasta la fecha, popular y austera.
El copioso patrimonio inmobiliario y mercantil de Bono excede en mucho el alcance de sus elusivas explicaciones y su pretensión de que las noticias sobre su patrimonio formaban parte de una inexistente campaña de acoso es bastante cómica. En realidad, este argumento especioso ha hecho que los ciudadanos sospechen fuertemente de la riqueza de un personaje que lleva en el servicio público desde su primera juventud, cuando es pública y notoria la imposibilidad de edificar un capital tan pingüe con los emolumentos habituales. Las sospechosas relaciones que mantiene con magnates generosos con Bono y su familia, las transacciones muy ventajosas totalmente impensables para los ciudadanos normales, y una serie de irregularidades y tratos de favor son un síntoma evidente de corrupción. Pese a tanta abundancia de indicios, la Fiscalía, siempre atenta a determinar el valor de un bolso o de unos pantalones si han ido a parar a un político del PP, ha decidido atenerse a las proclamaciones de inocencia de Bono, y mirar para otra parte cuando se evidenciaban posesiones harto inverosímiles, como las colecciones de áticos en distintas costas españolas, o la hípica toledana edificada sobre una cañada protegida por normal medioambientales que, al parecer, son de aplicación al resto de los mortales, pero no rigen para los caballos, las cuadras y los aperos que el paternal Bono ha destinado para satisfacer la vocación ecuestre de uno de sus vástagos.
Las actividades mercantiles en el ramo de la bisutería fina de la exseñora de Bono han sido utilizadas para legitimar los recursos destinados a financiar un parque inmobiliario escasamente común en las familias españolas. Como una buena mayoría de españoles post-Logse tiene dificultades con la aritmética, no se ha caído en lo prodigioso que resulta que unos negocios de minucias, y situados en poblaciones escasamente fashion, hayan podido reportar tan altos rendimientos. En este contexto hay que preguntarse, por fuerza, si la separación juega algún papel en la estrategia de disimulo que viene practicando el matrimonio Bono para no dar cuenta del origen de su sorprendente y variopinta fortuna.

La farsa del Estatuto

La democracia se inició en España cuando Adolfo Suárez se propuso, con el apoyo de todos, hacer políticamente normal lo que en la calle era normal. Pronto comenzaron los políticos a olvidarse de un propósito tan sensato y, en consecuencia, hay de nuevo dos Españas, la de la calle y la de los políticos. El caso más obvio es el de la política territorial. Las autonomías no han evolucionado como la gente deseaba, para acercar el poder a los ciudadanos, para evitar el centralismo y la burocracia; su desarrollo ha supuesto exactamente lo contrario, más burocracia, nuevos centralismos y mayores dificultades para la vida común, para gestiones y negocios.
La actualidad política debería estar centrada en los esfuerzos de todos para superar una gravísima crisis que afecta a nuestro modo de vivir, a nuestras expectativas, pero, gracias al estupefaciente caso del Estatuto catalán, estamos todos en otra cosa. Son muchas las razones del desencuentro entre los intereses de los políticos y las inquietudes de la gente, pero la raíz de todas ellas está en que los políticos se olviden de quienes representan, y se dediquen exclusivamente a manejar en su propio beneficio los resortes del poder que les conferimos.
El caso del Estatuto es ejemplar. El Estatuto no ha nacido, como se empeñan en repetir, de un mayor deseo de autonomía de los catalanes. Los catalanes de verdad no habían manifestado nunca el más ligero descontento con el Estatuto vigente desde 1979. Su modificación fue una ocurrencia de ZP para desmarcarse del PP y romper las reglas del juego que habían permitido las dos victorias electorales de Aznar en 1996 y 2000. Para algunos socialistas, si la democracia permite el triunfo de la derecha es que algo está mal, y Zapatero se propuso arreglar ese algo, “cueste lo que cueste”, como dice ahora. Naturalmente, los políticos catalanistas vieron el cielo abierto y no acababan de creer el regalo que llovía del cielo: un presidente, español y socialista, dispuesto a pasarles por la derecha en su nacionalismo, y pensaron, naturalmente, que quien ríe el último ríe mejor.
Una vez instalados en este escenario surrealista, las anomalías no han dejado de multiplicarse. Muchos barones regionales de ambos partidos decidieron sumarse al festín y se lanzaron a promover absurdos estatutos de segunda generación, justamente cuando la mayoría de los españoles ya estaban pensando que, de ser necesaria una reforma, habría de ser en el sentido de dotar al Estado de mayores medios de control y de coordinación en infinidad de materias en las que el ámbito territorial adecuado era el nacional, y no el de los nuevos territorios regidos por señoritos deseosos de blindaje, boato y embajada.
La farsa del Estatuto bien puede terminar en tragedia porque nunca acaban bien los intentos de los políticos por ir más allá de lo que razonable. Una vez que el Tribunal Constitucional declarase inconstitucionales varios aspectos esenciales de un Estatuto antiliberal, megalómano e innecesario, los disparates han alcanzado el delirio. Montilla, que pretende engañar a no se sabe quién tratando de ser más catalán que la butifarra, se pone al frente de una manifestación contra la sentencia, es decir contra la ley. Zapatero que, al parecer ama a Cataluña sobre todas las cosas, promete corregir la sentencia, que ya es suficientemente chapucera debido a las impúdicas presiones de su gobierno, por la vía de hecho y se une al preámbulo inconstitucional del estatuto al proclamar que Cataluña es una nación política, un nuevo concepto surgido de su inagotable verborrea. Hay que reconocerle que está a punto de lograr un milagro: ahora que no tiene dinero para comprar a los insaciables, ha conseguido ofrecerles leyes de nueva planta a medida de sus intereses.
Todo esto es absurdo, y también desastroso. Es normal que muchos políticos parezcan no inmutarse mientras haya garantías de que puedan seguir en su puesto; lo que no es normal es que les sigan votando los que son preteridos a mayor honra, por ejemplo, de los políticos catalanes y vascos. Lo realmente anómalo, lo verdaderamente misterioso, es que los votantes no tomen nota de lo que están haciendo en su nombre, que siga habiendo andaluces, extremeños y cántabros, por no agotar la enumeración, que vuelvan a depositar su voto en un personaje entregado a los intereses de los nacionalistas, de quienes están haciendo de la democracia una caricatura, a quienes han instaurado una nueva religión civil que incluye mandatos tales como impedir que los niños de un albergue puedan ver la final del campeonato del mundo ¡porque juega la selección española! Pues bien, quienes votan a Zapatero votan también a quienes más odian a los españoles, a quienes nos desprecian, a quienes cobran el sueldo a nuestra costa para levantar murallas de incomprensión y desigualdad, algo que no interesa lo más mínimo a los ciudadanos de Cataluña, ni, desde luego, al resto de los españoles.
[Publicado en El Confidencial]

Esto sí que es una noticia

Hoy me he desayunado con una noticia realmente esperadaSegún Amazon.com, las ventas de los libros electrónicos han superado por primera vez las de los de papel. Parece que, además del crecimiento normal cuando las cosas se hacen bien, el crecimiento se ha podido deber a la bajada de precios de su lector Kindle, que ahora vale solo 189 dólares, lo que ha hecho que  en la primera mitad de 2010 se hayan vendido tres veces más Kindle que en la primera mitad de 2009. En el mes de junio Amazon ha vendido 180 libros digitales por cada cien libros impresos en papel, y eso que el precio de los digitales todavía no ha llegado a ser lo barato que podrá ser en el futuro.
Amazon tiene a la venta 630.000 libros digitales de pago y 1,8 millones de títulos gratuitos. Los libros de Amazon pueden leerse, además, en muchos otros dispositivos, además de en el PC con una aplicación que Amazon proporciona de manera gratuita. El futuro, por fin, se acerca. 

Señoritos en huelga

La huelga del Metro de Madrid y el paro disimulado de los controladores de Barcelona tienen en común el ser dos acciones que muestran un profundo menosprecio de esos individuos hacia los intereses de los ciudadanos, hacia quienes les pagan por su trabajo. Se trata de colectivos bien atendidos desde el punto de vista salarial, los controladores, mejor que bien, como se sabe, pero que no parecen dispuestos a renunciar al poder del chantaje, a enfrentarse sin trucos y sin chulería a la negociación de un status razonable para ellos.
En el fondo de sus acciones subyace el mito obrerista y organicista que es una de las grandes rémoras que la democracia ha heredado del régimen anterior, un mito que, por más que se trasvista, no deja de ser el disfraz de una inmunidad intolerable. La responsabilidad de los políticos que no se han atrevido a poner en su sitio al poder sindical haciendo una ley de huelga es enorme. Así no se puede vivir, secuestrados par la voluntad de cuatro señoritos de rompe y rasga cuyo único poder es su capacidad de intimidación que se funda únicamente, en el fondo, en el complejo obrerista y paternalista de la izquierda española, y de la derecha, que, aunque pretendan modernizarse, siguen atrapadas en la creencia hipócrita de que determinados derechos sociales no son formas indefendibles de privilegio.

A una semana de la fiesta española

A una semana de la hazaña española parecen haberse desvanecido los ecos de esa admirable victoria, de una extraordinaria prueba de unión y de eficacia de los sentimientos y las energías comunes a todos los españoles. Los políticos se han encargado de volvernos al estado de anomalía, al enfrentamiento y la división que solo a ellos interesa. Yo sé de sobra que fútbol es fútbol, y que hay un riesgo enorme de meterse en un charco si se trata de sacar conclusiones políticas apresuradas, pero tampoco se puede ignorar que, como decía Lenín, la política empieza inevitablemente cuando aparecen las multitudes, y apenas es posible recordar algún suceso más multitudinario que el que vivieron el domingo nuestras calles y plazas.
Los españoles no teníamos, en realidad, ningún problema con el fútbol: muchos de nuestros equipos han ganado torneos de primerísimo nivel y están a la cabeza mundial en casi todos los aspectos de este deporte. La cosa parecía distinta, sin embargo, cuando jugaba el equipo de España, y un tono de mediocre desfallecimiento, de lamento vergonzante es casi lo único que se nos venía a la cabeza al recordar las pifias y fracasos de nuestra selección en contraste con los éxitos de nuestros rutilantes clubs. La gracia del fútbol de nuestros equipos se convertía en la desgracia nacional de la selección, a veces con los mismos protagonistas, con idénticos ídolos, y un dolor sordo y lacerante se apoderaba de los que eran, a la vez, aficionados y patriotas, porque algo raro parecía pasar con España. Ese panorama comenzó a cambiar hace dos años con el cetro europeo y la evidencia de que Luis había conseguido dotar al equipo nacional de una identidad y ambición inéditas, porque la calidad era evidente en todos y cada uno de sus miembros. El cambio del vitriólico Luis al sosegado Del Bosque pudo parecer que amenazaba al nervio de un equipo en el que el técnico salmantino había introducido algunas ligeras variantes, y el mundo del fútbol, que es pasto de polémicas inagotables, se entregó con pasión a discutir sobre abstrusas doctrinas estratégicas.
El triunfo del pasado domingo se llevó esas metafísicas al limbo, donde debieran permanecer, y nos entregó la maravillosa sorpresa de un equipo que ha sabido sobreponerse a todas las triquiñuelas del fútbol, que ha sabido imponer su indiscutible calidad, su sabia manera de defender y su portentoso domino del balón, para mandar a casa a unos holandeses crecidos, muy buenos y dispuestos a emplear toda clase de recursos, futbolísticos y de cualquier otro tipo.
Su sacrificio ha permitido que, como de repente, muchos hayan recordado su condición de españoles asociada con algo de que sentirse orgullosos, con una victoria más allá de cualquier duda, nítida, limpia, honrada. España ha estallado en gente que lloraba y se abrazaba, que se ponía su bandera con orgullo, es decir que había ocurrido algo realmente extraordinario, una manifestación sensible de la unidad y el brío de una nación que ni es discutible ni está muerta o descompuesta. El maravilloso juego de los nuestros ha hecho que brote con naturalidad, y hasta en los parajes más hostiles, un españolismo limpio, sin vergüenzas, que no excluye a nadie y que cuenta con todos, una realidad que tratan de reprimir, muy en vano, políticos de campanario, personajes mediocres, almas mezquinas y necias incapaces de gozar del placer de compartir, de amar la diversidad, mastuerzos empeñados en uniformar a un paisanaje que se resiste al paso de la oca, pero que vibra con el talento, con los equipos que saben maridar el genio individual y los intereses comunes de todos ellos.
En medio de las celebraciones, de los infinitos abrazos y lágrimas de estos genios del balón, dos de ellos, un catalán de la Pobla de Segur, y un charnego de Tarrasa, se abrazaron y corrieron por el campo con una senyera, con la bandera catalana. Pronto escuche comentarios reticentes en algún medio, pero a mí me pareció un ejemplo hermoso de amor a lo propio, de homenaje a esa Cataluña que ha aportado a un importantísimo número de jugadores al equipo de todos: ¿es que acaso Cataluña no es España? Me pareció admirable que hayan hecho ese gesto con libertad y alegría, reivindicando su doble condición de catalanes y de españoles. No hay nadie que sea sólo español. España es un piélago de diversidad, como suelen serlo, por otra parte, países de extensión similar. El equipo nacional tiene, como no puede ser de otro modo, jugadores asturianos, madrileños, catalanes, navarros, canarios, andaluces… ¿A quién puede extrañarle?
Unos artistas del balón han venido a liberarnos, al tiempo, de nuestros complejos nacional-futbolísticos y nacional-políticos. Tanto el domingo como el lunes se pudo asomar a la calle una España sin complejos, sin rencor, sin masoquismo histórico, una España que no quiere disminuir sino crecer, una España de todos. Se trata de una espectáculo que la mezquindad política habitual no puede consentir, que pugnará por reducir a una ilusión, a una mentira. Las emociones en vena requieren una digestión lenta y sus efectos son más visibles a largo que a corto plazo: evidentemente no van a cesar con esto los absurdos enfrentamientos que promueven los políticos, puesto que de ellos se lucran y muchos quedarían en nada sin ellos, pero, como dijo Iniesta al acabar el partido, todavía no se sabe bien la que han armado.

Erase una vez en América

Hace unos días vi por enésima vez en la TV la película de Leone cuyo título es el de este post. Creo que desde que la vi por primera vez, siempre he tenido con esa película una doble sensación, de admiración y decepción. En esta última ocasión, aunque no la viese completa, me sentí especialmente defraudado. El desencanto al ver una película en numerosas ocasiones no tiene nada de particular, me ha pasado numerosas veces, con Huston, con Hitchcock, con Kazan, con Scorsese o con Berlanga, incluso con Kubrik, pero poco, apenas con Lang, Capra, Buñuel o Ford. La televisión es mal sitio para ver películas clásicas, no cabe duda, de manera que también habrá que descontar ese factor, supongo.
La película de Leone es magnífica en lo que no es original: su ambientación, su música, sus personajes son dignos herederos de la tradición de El Padrino, cuyas dos primeras entregas son diez años anteriores a la película de Leone, pero del mismo modo que uno aguanta sin pestañear las dos de Coppola, la tercera es otra cosa, el velo del misterio ha abandonado a Leone y nos deja ver la carpintería, el artefacto en el peor sentido de la palabra. Hay, sin embargo, escenas realmente memorables: el joven Patsy que se come el pastel que ha comprado para seducir a Peggy mientras espera su salida, algunas apariciones de la bellísima Rebeca, la escena del cambio de los recién nacidos en la maternidad para apretar al sargento de policía (Danni Aiello), una escena plenamente kubrikiana, incluso por la música, pero predomina la sensación de que un guión engañoso juega con el espectador más de la cuenta porque tenemos un haz de interpretaciones con posibilidades que no es fácil conformar:
1. 1. por una parte, vemos como Nodless-Robert de Niro confirma que Max Bercovitz-James Woods ha muerto, pero luego la historia nos sugiere que fue un engaño,
2. 2. parece que el fantasmagórico personaje que fue Max y es el senador Bailey se suicida arrojándose a un ominoso camión de basura
3. 3. puede ser que toda la historia con Noodless ya viejo sea una imaginación del Noodles joven mientras se droga en un fumadero chino.
Se trata, pues, de una opera aperta, si se quiere, pero ese es un recurso que en cine hay que manejar con calma y mimo, porque si te pasas es peor. Además, el juego entre la historia y la narración es, tal vez, más barroco de lo aconsejable para que el espectador pueda dialogar de tu a tu con el autor. En consecuencia, hasta que vuelva a verla la próxima vez, si se da el caso, me quedaré con la impresión de que es una película de espléndida factura a la que falta algo más que algo para ser una obra maestra.