Siempre he creído que los españoles tenemos un problema con los trenes. No nos gustan, nos parecen antiguos, peligrosos y molestos. En cuanto podemos los quitamos de en medio y, si no se nos ocurre nada mejor, los enterramos para que nadie pueda verlos. ¡Lástima que no seamos norteamericanos en esto! Anteayer estaba pasando por Fort Collins, una hermosa ciudad de Colorado, cuando, en medio de la carretera estatal que une a Denver con Cheyenne, la capital de Wyoming, un paso a nivel estuvo un buen rato detenido mientras atravesaba la carretera un majestuoso mercante con seis locomotoras y cientodoce vagones. Luego se abrió el paso y los coches pudimos seguir hacia el Sur, pero el tren nos acompañó durante un buen rato en paralelo por medio de una ciudad hermosa y llena de lagos y bosquecillos. Nadie se molesta por los trenes que son infinitamente menos agresivos que las autopistas y mucho más útiles y hermosos que sus equivalentes de ruedas de caucho. Un espectáculo así sería inaudíto en España. Los españoles pondríamos el grito en el cielo y pediríamos a voz en cuello que se eliminase el trazado, que se hiciesen túneles, puentes, lo que sea, con tal de quitar al tren de en medio. Los americanos no se molestan porque los trenes se crucen con las calles de las ciudades o con determinadas carreteras. Saben muy bien que están cumpliendo un servicio y que lo hacen con eficacia y escasos costos. Pero es que, además, los trenes son privados. No quiero ni imaginar lo que diría el españolito medio, progre, como se sabe, si viera la vía pública invadida por un ferrocarril privado. Los americanos respetan el trabajo de los demás porque saben que, aunque sea privadamente, están contribuyendo al bienestar público y son muy conscientes, además, de que le deben al tren todo lo que son. América se hizo con los trenes, mientras que España ya estaba allí. La carretera llegó después que el tren y tendría que respetarlo. En España no se ven así las cosas: somos partidarios del progreso a todo trance, sin pensar bien si el dinero que nos gastamos en costosas infraestructuras de disimulo del ferrocarril no estaría mejor empleado en otras cosas. Aquí reina el coche, el individualismo y, sin embargo, en EEUU, un país mucho menos colectivista que el nuestro, se respeta perfectamente el transporte colectivo de mercancias más antiguo y eficaz, el ferrocarril
Autor: JLGQ
Conexión gratuita
Llevo unos días por los EEUUU, por sus entrañas vaqueras más tópicas para esos europeos, listos cultos y progresistas que tanto saben y tan bien organizarían el mundo (si el mundo les dejara) y que suelen llevar la voz cantante en España. Supongo que aquí debe haber cosas muy malas, para no hablar de las personas, pero, para empezar, con lo que me encuentro es con bastantes sorpresas agradables o muy agradables. Los precios, por ejemplo, casi de cualquier cosa y no es solo una consecuencia de la relación dolar euro; en un gran almacen, y no estaba de rebajas, he podido comprar unos estupendos nikis de algodón a 6 dólares la unidad; un amigo mío profesor en la Universidad de Boulder, Colorado, me invita a cenar en su casa en medio de la pradera y al pie de las Rocosas: pues resulta que es como yo me imaginaba la granja de Bush y que se la ha podido comprar con lo que le pagan: aseguro que es la casa más hermosa que he visto en muchos años. Pero bueno no quería hablar de eso, sino de las conexiones a Internet. En todos los hoteles en que he estado hay un cable muy raro que te lo conectas a tu PC y la cosa funciona muy bien, solo a 100 Mbps, pero muy bien. Lo raro es que no tienes que pagar nada, ni hablar con recepción, ni comprar una tarjetita y rasparla ni ninguna de esas mamonadas que se estilan en nuestros lares. Lo dicho, estos americanos son muy tontos. no saben ganar el dinero que se ganaTelefónica con estas cositas. No me extraña que tengan la crisis que tienen. ¡Ah!, por cierto, el hotel me cuesta 65 dólares. Encima, la gente es amable y si los miras te sonríen. ¡Qué país tan raro!
Fronteras
De viaje por los EEUU he tenido que soportar, como todo el mundo, los tramites de seguridad en las fronteras. A mi me han parecido mas suaves que la ultima vez que anduve por estas tierras, pero se ve que todo el mundo no opina igual. Ayer almorcé con un matrimonio de españoles que acababan de llegar y que echaban pestes del sistema. Era un poco, eso me parecía a mí, lo de Juan de Mairena: un discurso contra los banquetes que, en realidad, era un discurso contra la humanidad a propósito de los banquetes. Tuve que recordar cómo se las gastan en otros lugares, pero el antiamericanismo es una ceguera selectiva muy precisa. Lo curioso del caso es que salió a relucir también otro argumento notable, a saber, la idea de que estas medidas tampoco evitan los atentados que se suponen deberían evitar. Al parecer, poner trabas para que no pasen por la frontera ni ciertas cosas ni ciertas personas no sirve para nada. Me pareció que sería inoportuno preguntar, por ejemplo, si piensan realmente que una política de apertura sin control alguno no traería mayores riesgos para ls americanos, pero ahora más en frío creo que es la pregunta que hay que hacer. Temo cuál sería su respuesta: «ellos empezaron primero», de manera que no acabo de saber si les molestaban los controles o la escasez de atentados. El café no me animó a seguir haciendo apología de los USA, qué se le va a hacer.
Propiedad intelectual
En una columna editorial del martes 25 de septiembre la Gaceta de los negocios habla con inusual claridad de lo que denomina «el invento de la propiedad intelectual». Me ha llamado la atención en esta pieza, además de la sana falta de precauciones para decir de una vez lo que se piensa, la manera de presentar un argumento contra la forma en que habitualmente se entiende el citado derecho que me parece especialmente gráfica. Dice así: «¿de qué deja de ser propietario el que vende esas cosas?». En el sentido ordinario del término propiedad, el que vende una propiedad deja de ser su dueño, de manera que, desde este punto de vista, la llamada propiedad intelectual no es sino una propiedad imaginaria. El autor es dueño de su obra en un sentido moral y lógico, pero no puede comerciar con esa propiedad porque no puede enajenarla que es lo que hace todo el mundo cuando vende algo. Entonces hay una pregunta insoslayable: ¿qué es lo que se nos vende cuando pagamos por la obra de un autor?; ¿si se vende solo un objeto físico, cuyo valor es muy bajo, por qué ha de resultar tan caro? Los autores no pueden vender lo único que realmente tienen, de manera que, lo que puedan cobrar, no podrá justificarse por una venta (que no hacen, porque no se desprenden de nada) sino por un servicio, y la idea de pagar un servicio, que es muy lógica y razonable, deberá ser puesta en práctica en un contexto tecnológico muy distinto al de la imprenta, un contexto en el que le pretendido derecho de propiedad intelectual no puede sino jugar papeles equívocos y contradictorios. A pesar de eso, se ha montado una auténtica industria recaudadora y prohibicionista sobre este asunto. Es hora ya de que se deje, concluye Gaceta de los negocios, de sacar los cuartos del bolsillo de la gente con el cuento de la propiedad intelectual. La técnica lo ha desenmascarado.
¿Tienen edición los textos digitales?
A la palabra editar le han salido muchos usos. Tal vez lo único que tengan en común todos ellos es que se refieren siempre, de uno u otro modo, a un texto, y se ha llamado siempre texto a una serie de signos visuales sobre una superficie. La pregunta que a veces me hago es si existe algún sentido importante en el que se pueda afirmar que se ha editado un texto digital. Si nos tomamos en serio lo que es un texto digital, rápidamente caeremos en la cuenta de que no admite ediciones, admite cambios (que lo transforman en algo distinto), pero no ediciones. Es decir, un texto digital, en tanto que precisamente digital, no tiene ninguna edición posible y cualquier edición de hecho lo transforma en un texto distinto. La edición existe porque podemos mover los signos sobre una superficie, pero, si hablamos en serio, no hay ninguna superficie ni ningún signo en el mundo digital.
Desde luego las paginaciones, los formatos, las portadas y los títulos son elementos de la edición de un texto que se puede digitalizar, pero no forman parte del texto mismo, del mismo modo que tampoco son parte del texto los metadatos con los que los bibliotecarios identifican, por ejemplo, los libros.
En realidad, no hay libros digitales, eso es solo una metáfora. Un texto digital es, en último término, un número (no es un conjunto de dibujos sobre una superficie, o sea, que, de algún modo no es ni siquiera un texto) y ya se sabe que los números son muy suyos, que cada uno es el que es y no quiere que le confundan con otro.
¿Puede ser alguien propietario de un número? Ya sé que el planteamiento es un poco extremista, pero me parece que algo de esto hay que tener en cuenta cuando se habla de los derechos, digamos, mercantiles sobre un texto digital o cuando, como algunos hacen se plantea la necesidad de que los libros digitales tengan también, ¡oh maravillosa previsión de quienes se cuidan de que no decaiga la cultura a manos de la barbarie tecnológica!, un precio único.
El arte de la búsqueda
Manuel González Villa me avisa de que Google está celebrando durante este mes de septiembre su décimo cumpleaños y de que hay cosas de interés en su blog oficial; resulta que se pueden consultar las previsiones que hacen algunos de sus ingenieros sobre lo que está por descubrir, por hacer y por llegar. Una de ellas se refiere a la búsqueda como una actividad que apenas estáen sus inicios. A la mayoría de nosotros nos parece asombroso lo que ya se puede hacer, pero Marissa Mayer (VP, Search Products & User Experience de Google) apunta, con toda razón, que esta tecnología está en sus comienzos, que puede ser comparada con la física o la biología del XVII. Yo creo que este punto de vista es el adecuado, incluso para los que no somos vicepresidentes de Google y nos limitamos a usar con mayor o menor provecho sus fantásticos productos.
El cambio que los desarrollos en la búsqueda van a producir en la enseñanza y en la investigación será portentoso. La información será abundante y bien organizada, muy accesible: exactamente lo contrario de esa imagen que propagan los que creen que en la era de Internet la mentira y la desinformación tienen oportunidades inéditas y mejores que en la era de la imprenta.
No dejen de visitar el lugar en el que los de Google nos cuentan algo de lo que piensan. Es un sitio en el que no abundan los tópicos y en el que los prejuicios tienen muy poco predicamento. Está lleno de interés.
El papel lo aguanta todo
Veo en el blog de Madr+d sobre futuro del libro que, a propósito de la impresión alemana de una cierta versión de la Wikipedia, se vuelve a argumentar sobre el prestigio del papel. A mi me parece que esto empieza a ser digno de psicoanálisis y que pudiera estar ligado a que el sentido del tacto tal vez proporcione una impresión de realidad más fiable que los otros sentidos, en especial que la vista. No sé lo que dirán los que sepan de esto, pero a mi me parece que no hay alucinaciones táctiles. Además, la mano, proporciona poder, también intelectual, como lo acredita el origen latino del término concepto (que si no me equivoco viene de capio-capere, coger). Tener en la mano algo es dominarlo. Seguro que también influye el hecho de que un texto impreso, por voluminoso que sea, es siempre finito y sugiere, en consecuencia, la posibilidad de dominarlo (olvidando que toda lectura es inacabada), mientras que el texto digital es, de algún modo, casi infinito, es más, puede alterarse, puede no decir hoy lo que decía ayer. Este es un temor que, de algún modo, está justificado y que hay que esperar no se produzca, porque a todos conviene que los textos tengan fecha. Un texto digital que mediante la conexión a un proveedor o autor fuese cambiando su contenido sin advertirlo al posible lector sería algo más que un engorro, sería un artilugio orwelliano, el medio ideal para el Miniver, el ministerio de la verdad al que tanto se acercan las televisiones españolas.
El valor del último
Hoy he visto en Telemadrid una entrevista al último español en la clasificación de la Vuelta Ciclista a España. A parte de la extraordinaria simpatía de ese ciclista escoba, un granadino de Churriana, la entrevista me ha hecho caer en una obviedad, en lo importante que son los últimos para todos los que no lo son. Si el último no existiera, lo sería el penúltimo, y así sucesivamente. El caso es que la excelencia se apoya en la vulgaridad y el ser excepcional necesita de un buen número de gentes sin brillo para resaltar. Todos somos necesarios para que pueda existir algo admirable. Pero el último es, entre todos los que no son el primero, el que resulta más consolador para todos los demás. Si cualquier postrero sabe llevar su condición con el garbo y la esperanza que emplea el ciclista granadino se puede comprender muy bien aquello de que los últimos serán los primeros, la enorme arbitrariedad del éxito, la exageración con que cultivamos las pequeñas diferencias. Ese ciclista modesto esta infinitamente cerca del líder y todos ellos están muy lejos de los que no somos capaces de subir puertos ni de estar horas sobre la bicicleta un día y otro. Son muy iguales, casi indistinguibles. A veces, incluso, los propios medios que viven de exagerar esas diferencias nos los muestran tal como son y entonces comprendemos que lo importante es ser y no ser contado.
Redes sociales
Me pregunta un amigo de Nueva Revista sobre una determinada red y sobre lo que pienso de ellas. Le he contestado como sigue. Me encanta la tecnología y soy casi un adicto, pero no me he enganchado en ninguna de las redes sociales, aunque estoy apuntado a todas, o a casi todas. Me malicio que la culpa es de la edad y de que este invento es poco amigable con los hábitos de los españoles. La red pretende crear, bueno, facilitar, un tipo de diálogo que es muy poco frecuente entre nosotros que hablamos lo justo con los amigos y a los demás solemos aplicarles la legislación vigente del ninguneo. Los españoles al uso somos muy nuestros y formamos parte de pocos regimientos y aquellos a los que pertenecemos no funcionan casi para nada. La red no puede dar lo que no tiene natura. Por eso me parece que es muy significativo el enorme éxito de tuenti, una red social española para gente joven o muy joven que tiene ya otros hábitos y que se ha metido en una red en que la privacidad de cada grupo es casi indestructible. Las otras redes te dan la lata y como se pone muy poco en ellas, casi nada a cambio. A ver si en Nueva Revista se logra un diálogo del que sería el primero en alegrarme, pero si con facebook no funciona, te sugiero que pruebes con tuenti. Un abrazo,
Las columnas del prestigio
Escribe Manuel Rodríguez Rivero su habitual sub rosa en el último número de la Revista de libros sobre los blogs y el cuarto poder, en realidad sobre la crisis de la prensa impresa y sobre la remoción del viejo prestigio de las columnas en la prensa de pago. A su favor hay que decir que no se pone ni estupendo ni apocalíptico, que trata de ver lo que pasa tal y como pasa. Se deslizan en su comentario un par de apreciaciones indirectamente erróneas: una a propósito de la gratuidad de la red como factor diferencial sobre las publicaciones que hay que comprar. La radio y la TV han sido siempre básicamente gratuitas y hace ya mucho que funcionan: no van por ahí los tiros, me parece. La segunda a propósito de que siempre quedarán lugares de prestigio (como la revista en que se publica el comentario, que por cierto, en la práctica es como si fuera gratuita y no deja de ser, por ello, bastante buena).
La verdadera cuestión no está en la gratuidad, sino en la abundancia: la radio y la TV son gratuitas pero tanto o más selectivas que la prensa de pago. Internet es selectiva sólo por el mercado, no por el mediador. Lo que realmente cambia es la forma en que se administran los prestigios, cómo se crean, cómo se gestionan, cómo se destruyen. Es la democracia llevada a unos extremos que fueron inconcebibles para sus fundadores, pero frente a los que nada tendrían que decir; qué le vamos a hacer: se abre un mercado incierto en el que millones de mediadores sustituyen a los mandarines, no siempre con desventaja. Seguro que alguna vez se domeñarán estos excesos, pero por el momento es agradable ver que no todas las facetas del diamante se pueden controlar desde el panóptico de turno.