Sobre la lectura horizontal, que no en la cama

En su blog sobre los futuros del libro,  Joaquín Rodríguez hace una afirmación realmente extraordinaria que reproduzco textualmente. «los bibliotecarios deberán ser temerosos y cautos conservadores de la cultura escrita impresa en papel, no por mero afán arqueológico, sino porque la lectura en ese soporte genera un tipo de significado enteramente distinto al que se engendra en un soporte digital que favorece una lectura horizontal y fragmentaria muy distinta. Es decir: deberán conservar todos los testimonios de la cultura escrita, allí donde se encuentren, sea cual sea la forma que hayan adoptado, sea cual fuere el soporte en el que se hayan encarnado, porque cada uno de ellos generará un tipo distinto de racionalidad». No creo que sea fácil sostener un número mucho más alto de afirmaciones sin fundamento en un número tan corto de líneas. He preguntado al autor sobre quiénes y cuándo han hecho semejante descubrimiento sobre la «lectura horizontal» o,  si se trata de un descubrimiento propio, en qué se funda. Si el autor me contesta, prometo contarlo. No es normal que descubrimientos de tan alto bordo, que diría Ortega (en escrito impreso en papel) permanezcan ignotos para el público, siempre tan ávido de novedades.

Zapatero y el franquismo

Si la política se define como el arte de gobernar la nave del Estado para conseguir llevarla a puerto y sortear las amenazas que se oponen al bienestar de los ciudadanos, hay que decir que los españoles llevamos una buena temporada sin política. Por el contrario, si la política se define, de manera maquiavélica, como el arte de conquistar y mantener el poder, nuestra situación es distinta.Zapatero alcanza una alta calificación como individuo capaz de mantenerse en equilibrio en una situación tormentosa. El beneficio de esas habilidades, no obstante, recae únicamente en su cuenta particular de resultados, porque de tales contorsiones y regates nada se obtiene para el bien común.

 

Gobernar mirando al corto plazo es receta que ha tenido éxito en España desde siempre, Franco incluido. La gran excepción a esa regla fue el Gobierno de la Transición, y ello porque el libreto era innegociable: o democracia o desastre. Luego, Felipe González intentó mantener una visión estratégica, aunque fue finalmente derrotado por el día a día. Aznar tuvo también ambición estratégica, pero le perdieron los malos cálculos, la ignorancia de los defectos de los españoles y el enorme equívoco de creer que su fiabilidad era tal que nunca los españoles iban a dudar de su palabra. De modo que Zapatero ha aprendido la lección de los fracasos ajenos -no en vano su gran escuela han sido los largos años de banquillo anónimo pasados en la Carrera de San Jerónimo-, y está dispuesto a no dar un solo mal paso, en especial tras el rotundo fracaso cosechado por su endeble plan de paz para acabar con el terrorismo.

 

Nuestro Presidente parece estar escuchando directamente a Franco: “haga lo que yo, no se meta en política”. Por inapropiada que pueda parecer la comparación a los puristas, la analogía no está fuera de lugar. Del mismo modo que Franco tenía un enemigo externo (el comunismo), Zapatero se ha fabricado el suyo con paciencia y habilidad desde que, muy astutamente, decidió no levantarse al paso de la bandera americana. Ese enemigo externo tiene un correlato interno, como también lo tenía para Franco el comunismo, y que resulta casi tan patéticamente impotente como aquel lo fue. De darle aire a ese enemigo interior se encarga el departamento de Agitación y Propaganda del PSOE, o sea Pepiño y Leire, acompañados, cuando la ocasión lo requiere, por esa especie de ministro de Información, Turismo y Moda que es la señora vicepresidenta.

 

Apuraré la analogía: Franco pensaba que los españoles le perdonarían todo con tal de que viviesen mejor y alejase de ellos el fantasma de la pobreza y la guerra. Eso es precisamente lo que promete Zapatero: que los españoles no tienen motivo para alarmarse, pese a las barrabasadas económicas de Bush, porque vivimos en la economía más sólida del mundo (un poco menos sólida que hace cinco años, pero eso es lo de menos) y nunca vamos a tener que coger el fusil para nada, puesto que hasta nuestros militares se han convertido ya en una especie de asesores de paz por donde quiera que van.

 

Instalado en estos presupuestos, Zapatero puede dedicarse a sestear (cosa que parece gustarle, como a Franco) hasta que el panorama sea menos sombrío y las pérfidas fuerzas económicas del capitalismo (otra bestia negra en el ideario de Franco) decidan que, pelillos a la mar, cuarenta millones de clientes dispuestos a gastar y consumir bien valen una Misa. Es evidente que la tramoya ideológica y las liturgias de ambos regímenes son distintas, que hemos pasado de celebrar el día de la Inmaculada a tirar la casa por la ventana el Día del Orgullo Gay, pero eso no afecta al tratamiento maquiavélico del caso.

 

Como se supone que ahora estamos en una democracia, cosa que no sucedía ni por asomo cuando Franco, la pregunta que hay que hacer es: ¿a qué debería dedicarse la oposición? Háganse esa pregunta y caerán en un estado de asombro inagotable. Resulta que la oposición a Zapatero parece haber renunciado a morder para obtener el certificado de buena conducta que otorga la Comisaría de Orden Público que dirige Pepiño. La oposición no se desanima fácilmente y, aunque el organismo correspondiente persiste en su negativa, está dispuesta a portarse cada vez mejor, confiando en el buen criterio del Comisario. Si a esto se añade el carácter pastueño de gran parte del empresariado hispano, siempre dispuesto a hacer favores al Gobierno, el orden público está garantizado en la España de Zapatero.

 

En lugar de jugar a fondo una baza ideológica nítidamente distinta, la muy leal oposición está dispuesta a heredar la finca por desahucio de Zapatero en cuanto la crisis se haga  insoportable para el personal. No caerá esa breva, y no caerá porque, dadas las premisas, el ganador siempre será el mismo. La única solución para derrotar a Zapatero es extender entre los españoles los hábitos morales y discursivos de una democracia liberal, algo que nada tiene que ver con el franquismo sociológico y el conformismo moral que usufructúa Zapatero. Otros lo están haciendo y obtendrán su premio.

 

Publicado en  elconfidencial.com  el 10 de octubre de 2008

Conducir por tí

Veo en el Washington Post que algunos padres en los EEEU están instalando cámaras en los coches de sus hijos para poder controlarlos en el caso del que el coche haga algo raro, acelerar bruscamente, girar más deprisa de lo debido etc. La aplicación puede ser sorprendente, pero el uso parece un poco espantoso. 
El amor filial, como todos los amores si se desmiden, puede producir sus monstruos. El afán de control de lo ajeno es siempre un poco patológico, aunque ese ajeno sea nada menos que carne de nuestra carne. Yo recuerdo con inmensa gratitud la libertad que supieron darme mis padres en un momento en el que la libertad estaba escasamente de moda. A mi manera, he procurado hacer lo mismo, pero podría resultar que eso fuese una irresponsabilidad. No lo creo. Me temo, más bien, que las posibilidades que nos brinda la tecnología se pervierten cuando en lugar de servir para hacer el mundo más interesante y nuestro conocimiento más ágil y sencillo se convierten en garlitos, en trampas. Desgraciadamente hay situaciones en que los controles parecen necesarios, pero nada hay más absurdo que el exceso en estas materias. Aunque sea con los mejores propósitos.

A favor de los jueces

Que este es un país disparatado es un juicio bien asentado en el imaginario colectivo, en el propio y en el de los que nos conocen bien. Eso puede tener algunas ventajas, pero, en general, resulta caro. La segunda legislatura de Zapatero es un puro delirio, de momento. Que se vea a los jueces y a los policías, cada uno por su lado, en plante general es realmente notable, una novedad histórica. Lo malo es que, en ambos casos, tienen razón.

El disparate que consentimos consiste en que un policía municipal de, por ejemplo, Taranque del Pardillo que, además, suele ser el tendero o el tabernero, cobre más que los guardias civiles y policías que se juegan el tipo. Disparate cómico es que los sistemas informáticos de las CCAA no se puedan interconectar porque tienen arquitecturas diferentes, de modo que si un juez le quiere decir a otro juez cualquier cosa le tendrá que poner un sms (pagando de su bolsillo) porque ya no quedan telegramas.  Archidisparate es que el señor presidente tenga que aprobar sus presupuestos disparatados soltando parte sustancial del programa nacional de ayudas a la investigación para que el PNV tenga más pasta con la que urdir sus alianzas y mantener al País Vasco bajo su mano protectora y paternal… y que no se mueva nadie, salvo los chicos que todos sabemos. Se puede decir que eso ya ha pasado otras veces. Pues bien, además de disparate es un disparate viejo, que es lo que, al parecer, más nos gusta.

Hay, además, un problema de fondo muy importante en esta protesta judicial; con todas sus limitaciones, los jueces representan un cierto resto de libertad y autonomía en un panorama atosigantemente dominado por los partidos, es decir por Zapatero. Ya les ha advertido el muy sutil ministro de justicia que no son intocables. Aquí los intocables están perfectamente tasados y todo lo demás es literatura gris y espesa. ¿Qué se han creído los jueces? ¿Se creen que se pueden tomar la justicia por su mano? ¡Pero hombre!

Jueces y policías, y tras ellos todos los demás, deberían aprender de banqueros y editores que son gente fina y educada que se reúne con Zapatero y lo dejan todo atado y bien atado y de manera discreta, para que la gente pueda dormir tranquila y ponerse ordenadamente a la cola de petición de favores. Estamos dando grandes pasos en la dirección de una nueva democracia orgánica, eso sí, muy avanzada. Zapatero en su lugar reservado con la batuta en la mano. María Teresa muy atenta, los ministros calladitos, los parlamentarios aplaudiendo y un elenco escogido de protagonistas ejecutando las composiciones del propio maestro, por ejemplo “América es el problema y la UE la solución” que se ejecutará primero con un ritmo lento y en tono solemne para ir luego in crescendo hasta la apoteosis final que da paso a los aplausos universales.

Y a los jueces, como María Antonieta: “que les den pasteles”.

Publicado en Gaceta de los necocios 

La lectura y los muleros

Hace un par de días vi en la tele a Alberto Mangel cuya Historia de la lectura se tiene comúnmente  por  un auténtico monumento cultural. Estaba para comentar una novela que acaba de publicar Todos los hombres son mentirosos, lo que certifica una vez más que ningún erudito argentino puede evitar la tentación literaria. Aparte del regusto paradójico del título y de la innegable sabiduría literaria de Mangel, el hábil entrevistador no pudo evitar preguntarle por el porvenir del libro, a lo que se ve, tan amenazado. A Mangel le parece que está asegurado, que el producto es tan bueno que es imposible que nada le sustituya. Esta es una opinión que resulta un signo de identidad de los hombres cultos, de esos que abominan del mundo trivial y plano de la tecnología. Pues bien, con todo lo que sabe Mangel, al que, muy sinceramente admiro, tengo que decir que me parece incurrir en un vicio hipócrita que oculta, entre otras cosas, el interés de cuantos viven, y no son pocos, de la industria editorial tal como está. Me parece bien que cada cual cuide de lo suyo, pero confundir el libro, tal como lo conocemos,  con la lectura, con la ciencia o con la cultura es un error y puede ser un crimen. Seguramente no he leído tanto como Mangel, pero  no le voy a ceder a nadie en amor a  la literatura, la filosofía o la erudición. Precisamentepor eso soy un fervoroso partidario de los libros electrónicos o e-book. Hace ya casi un año me compré un Papyre (producto foráneo, imagino que chino, con marca española) y creo que ahora ya se venden en el Carrefour. Luego he tenido la ocasión de comprar  alguno más, para mis hijos y para algunos amigos, y tengo que decir que me parece la compra más útil e inteligente que he hecho en mi vida. Estoy feliz, leo con enorme facilidad y sin ningún cansancio y, además, no he hecho ninguna descarga de esas que se tiene por ilegales. Son tantas las cosas legales y excelentes a las que se puede acceder de manera simple e inmediata que no hay ninguna necesidad de hacer cosas de esas que no les gustan a quienes todos sabemos. Naturalmente sigo comprando y leyendo libros de papel, pero sueño con el día en que pueda acceder a cualquier libro a través de mi lector. Eso va a llegar, más pronto que tarde, aunque algunos editores pongan el mismo tipo de pegas que los muleros pusieron al despliegue del ferrocarril. Otro día les cuento más.  

Esperanza para un partido a la deriva

La administración de los tiempos es esencial en política, especialmente cuando se sabe a dónde se quiere ir y cuando se tiene voluntad de hacerlo, cuando cada mañana se pone el pie en el camino con voluntad de avanzar. La administración de los tiempos es, por el contrario, una ciencia inútil cuando ni se sabe a dónde habría que ir, ni se conoce el camino, ni se está dispuesto a arrostrar los riesgos de la empresa. El PP, con la actual dirección, se está convirtiendo en un partido a la deriva, en una especie de estafermo que Zapatero y los suyos golpean a placer provocando las risas, cada vez más descaradas, del público.

 

Rajoy ha declarado recientemente que la política del agua del PP es la misma de siempre, lo que es casi lo mismo que decir que no es ninguna. También debe ser la de siempre la relación con UPN, la posición respecto a la ampliación del aborto y, por supuesto, la gran solución que guarda en el baúl de los recuerdos sobre la manera de promover el bienestar económico de los españoles. Con tantas soluciones en la recámara, es normal que el gallego se apreste a endosar las medidas de Zapatero, a reñir a sus diputados díscolos y a madrugar para ir al desfile. Rajoy está sentado a la espera de que pase el cadáver de su enemigo que, mientas tanto, se dedica, un día sí y otro también, a hacer política, algo que Rajoy considera también un poco coñazo aunque a Zapatero parece gustarle.

 

La oposición es un trabajo pesado, exige mucho más convicción, más entusiasmo y más energía que el Gobierno; es, también, un trabajo más solitario y mucho más arriesgado, que no puede ejercerse de una manera funcionarial. En un sistema como el español, el líder de la oposición debe estar siempre pendiente de cómo quebrar el paso de su antagonista, de manera que lo último que puede hacer es convertirse en parte de su séquito, en una especie de gran refrendo de la legitimidad del que manda. ¿Sabe hacer eso Rajoy?

 

Quién sí parece saber lo que tiene que hacer es Zapatero. Ha conseguido convencer a los españoles de que la culpa de sus males la tienen Bush y los liberales, y se atreve a decir que domina la escena internacional con sus ideas.  Pero, en el frente interior, no deja de matar moscas con el rabo. Hace falta ser muy torpe para no ver de qué manera está intentando arrinconar a Esperanza Aguirre para conseguir derrotarla en su terreno y evitar así que se le pueda enfrentar en unas elecciones no muy lejanas. Le retiene trasferencias para crearle problemas y obtiene de sus muchos adláteres las correspondientes críticas inventadas a la sanidad madrileña o a cualquier otro tema que pueda hacerle daño.

 

Los datos de inversión pública del Estado en Madrid son patéticos (las obras de la Nacional II llevan cuatro años paradas en las inmediaciones de Barajas, y las de Sol siguen el ritmo egipcíaco que les impone la siempre eficaz Magdalena) mientras los ágiles periodistas vuelven a contar por enésima vez el plan de cercanías que ZP nos reserva para cuando seamos buenos. Es una política maquiavélica porque, si Esperanza Aguirre protesta, se le imputará  madrileñismo agudo para  acentuar cuanto se pueda su perfil local en perjuicio de su imagen nacional; de esta manera, con Rajoy reducido a dulce comparsa, el astuto leonés se dedica a prepararse un futuro facilito.

 

Esperanza Aguirre puede ser lo que necesita el PP por más que, por sus convicciones, se dedique a prorrogar las oportunidades que Rajoy está malbaratando. La otra alternativa podría ser el astuto alcalde madrileño, pero si el partido tiene algo que decir al respecto, sus oportunidades son muy pequeñas. Otra cosa es que el PP se pliegue a más altos designios, y no sería la primera vez que eso ocurriera en beneficio de los socialistas.

 

La presidenta madrileña tiene casi todo lo que parece faltarle al presidente nacional del PP. En primer lugar, tiene convicciones y sabe pelear por ellas con buenas razones y sin apartar la cara. En segundo lugar, es una política incansable, capaz de sacarle a cada día bastantes más horas de las que el reloj deja al común de los mortales. Incluso sabe inglés, lo que sería toda una novedad en la Moncloa. No lo tiene nada fácil, sin embargo. La dinámica interna del partido trabaja en su contra, porque una extraña propensión al suicidio colectivo suele apoderarse de los dirigentes que no aciertan a hacer sus deberes con un mínimo decoro. Se les podría hablar de patriotismo, pero me temo que eso sonaría a coña a los más cínicos, que suelen ser los más despabilados. El PP ha sido, hasta ahora, un partido hereditario: los que tienen la sartén por el mango van a procurar que el reparto les favorezca, y muchos temen que con Esperanza no tendrían gran cosa que hacer.

 

El PP no debería seguir por más tiempo en manos de quienes confunden la realidad con los éxitos de imagen de la izquierda. El tiempo político vuela y lo menos que podemos pedir los españoles de a pie es que cada cual sepa cumplir con su deber.


(artículo publicado en www.elconfidencial.com)

Arthur Clarke, tecnología y optimismo

Sir Arthur Charles Clarke (1917-2008) perteneció a esa rara estirpe de escritores capaces de aunar una fuerte capacidad de fabulación con una importante vocación teórica.  Desde su juventud fue un lector apasionado de los pulp de ciencia ficción que le llegaban de Estados Unidos y frecuentó la lectura de autores como Julio Verne y su compatriota H. G. Wells con cuya obra guarda cierto paralelismo. Ambos han sido profetas tecnológicos de cierta solvencia. Si Wells anticipó las posibilidades de una red mundial de información basada en microfichas compartidas, también se afirma que un relato clarkiano de 1964,  Dial F for Frankenstein, le sirvió a Tim Berners-Lee de inspiración para poner en marcha la World Wide Web in 1989.

Aunque Clarke ha sido, sobre todo, un gran narrador, su fama más específica le llegó, tal vez, por su notable capacidad de predicción, es decir por su calidad como divulgador científico y por su atrevimiento para sugerir cambios en el futuro, alguno de los cuales se ha hecho realidad en forma más o menos similar a lo que él imaginó.  Me parece que lo mejor del espíritu de Clarke está en su apuesta decidida por la invención y su optimismo sobre los beneficios sociales de los diferentes inventos. Como Dyson, Clarke creía que la afición y el entusiasmo son los motores más eficaces del desarrollo tecnológico, de la invención y, también como Dyson, era partidario de que los investigadores pudieran embarcarse en pequeños planes susceptibles de fracaso porque solo esa libertad les podría garantizar, aunque no siempre, desde luego, el éxito. Clarke defendió los efectos positivos del despliegue universal de las tecnologías de la información denunciando el catastrofismo de quienes se oponen a su desarrollo con razones inspiradas en la desconfianza y el temor a la confusión. Tampoco simpatizaba con los malos augurios de los que pretendían parar el progreso tecnológico con el argumento del calentamiento global. 

Clarke era consciente de que vivimos en una época en la que a un experto que afirma cualquier cosa siempre se le puede oponer otro igualmente experto para afirmar la contraria, pero no tenía ningún miedo a los efectos de esa dificultad sobreañadida, porque la parecía que la polución informativa siempre sería preferible a la ausencia o a las restricciones y manipulaciones políticas de la información. Sabía que, aunque la tecnología pudiera confundirse con la magia,  su fundamento está en el conocimiento, no en la superchería y, frente a las críticas de tantos intelectuales exquisitos, siempre defendió los valores que, por ejemplo, se han podido generalizar gracias a la televisión, un invento que, en su opinión, ha hecho más que nadie por la unidad del mundo.  Clarke distinguía con toda nitidez la información, el conocimiento y la sabiduría y sabía que la información es el primer paso, pero siempre hace falta ir más allá. Creo que eso es lo que ha querido decirnos con el epitafio que encargó y que expresa su ideal de humanidad: “He never grew up; but he never stopped growing”.

 

Suficiente, demasiado y Garzón

Creo que es Dyson el que cita una frase de William Blake que me viene muy frecuentemente a la memoria: solo se puede saber lo que es suficiente cuando se sabe lo que es demasiado. Es lo malo de no poseer la ciencia del bien y del mal, que en muchas cosas hay que ir probando y a veces se produce el desastre. Me parece que esa sabiduría romántica es aplicable a la primera capa de crisis de las tres que estamos sufriendo en España y, tal vez, a las otras dos.  Nosotros estamos empezando a asustarnos de la crisis financiera, pero, para cuando escampe, si es que escampa, nos esperan dos crisis made in Spain, la del ladrillo y la de la baja productividad. En los dos primeros casos, el globo se ha ido hinchando y parecía que no iba a pinchar nunca, aunque un teorema muy conocido dice que los globos siempre acaban pinchando.

No es que me apetezca disculpar la voracidad de los agentes financieros, pero la verdad es que tiendo a ponerme de su parte, y mira que son canallas, cuando escucho las críticas hipócritas de los moralistas de oficio que se aprestan a zaherir los excesos ajenos sin preguntarse por los defectos propios. Porque, además de las responsabilidades de unos pocos, que las hay, sin duda, están también las de todos los demás, las de todos nosotros, los que vivimos en burbujas de distinto porte pero enteramente insoportables si se mira con detenimiento: el funcionario que no hace nada útil, el investigador que se limita a leer la prensa y el BOE, el hostelero que sube los precios antes que nadie porque parece que la cosa aguanta y un sinfín de pajarracos más. Esta sí que es una verdad incómoda y no las de Al Gore, que podría muy bien encabezar la lista anterior.

En España todos queremos estar por encima del bien y del mal. Sabemos siempre cómo habría que arreglar este mundo, es decir, cómo habría que hacer las cosas para que nosotros estuviésemos al frente y el resto a la orden. Como Garzón, por ejemplo, que, aunque aparentemente nos caiga muy mal, es, sin duda alguna, lo que tantos españoles querrían ser aunque no se atreven a intentarlo. Por eso es admirable que este chico de Jaén lo haya conseguido. Garzón es un personaje que no se anda con chiquitas, un tipo que,  como ha dicho brillantemente Gustavo Bueno, tiene complejo de Jesucristo, esto es, afición y poder para juzgar a los vivos y a los muertos. Es la situación ideal: Yo, El Supremo, y frente a mi todos los demás. Yo, Garzón, soy la ley y los profetas. Tengo todos los poderes en mi mano: el legislativo, el judicial, el ejecutivo, el mediático y el sobrenatural.

¿Cómo no vamos a envidiar a un tipo así? Nuestro Juez Campeador desconoce absolutamente  la diferencia entre suficiente y demasiado porque  nadie la hace a él la planilla y demasiado sabe que lo de las jurisdicciones es cosas de amigos y favores que a él, al parecer, le sobran.  A Garzón se le escapó Pinochet porque los ingleses son un poco hipócritas, pero a Franco lo tiene trincado y esto no es más que el comienzo. ¡Temblad malvados!

(artículo publicado en www.elestadodelderecho.com)


¿Obama?

Acabo de pasar unas  semanas en los Estados Unidos y me parece interesante anotar algunas impresiones  en relación con la  elección presidencial. Por allí,  todo el mundo da por hecho que Obama será el vencedor. Aunque carezca de cualquier autoridad para hablar de este tema, querría subrayar tres cosas. La primera  es que gran parte del electorado americano no se siente cautivo, al contrario de lo que sucede en España. La segunda es que, si se miran los últimos treinta años, salvo los ocho de Clinton, el predominio republicano ha sido muy alto y esto es algo que, en general, tiende a agotarse. Por último, pude ver en directo el segundo debate y aunque Obama no me parece Superman, creo que Mc Cain tiene aire de poca cosa, pese a que tal vez no lo sea.

Ahora, lo que se avienen a explicar los que viven allí. En primer lugar, Obama no es negro, sino que representa a las minorías distintas a la wasp, cada vez más importantes en los EEUU. Él, de hecho, juega a eso, a recordar el sueño americano, dando a entender a todos que el país tiene futuro, tiene misión, un componente de su autopercepción que algunos creen que se ha perdido de manera irremisible y que otros muchos querrían mantener de manera indefinida. Esto puede ser muy atractivo también para muchos   wasp desencantados, aunque difícilmente sirva para nada real en la compleja máquina que rige, por decir algo, los destinos del mundo y en la que los EEUU son una pieza importante, pero no más. Esa pérdida de poder y de influencia se les aparece a los menos conservadores como un capital que Obama podría recuperar y Mc Cain podría seguir esquilmando.  Por otro lado, el balance de Bush funciona como  una losa para el candidato republicano: la crisis económica (que se atribuye cada vez más a Greenspan, de modo que, aunque empezó con Clinton, las copas las pagan los republicanos), una guerra oscura y difícil de entender, una popularidad muy a la baja.

A Obama se le reprocha escasa experiencia y se le ve como un candidato de diseño. Fue a Illinois, un Estado con el que nada tenía que ver, porque allí podía hacer carrera con los demócratas gracias a la gran influencia del sector afroamericano en ese Estado, y se cree que obtuvo la investidura de los grandes poderes de las corporaciones más importantes, un poco hartos del predominio petro-tejano y de los supuestos intereses de ese lobby en la política exterior de los EEUU. De ser todo esto verdad, ganaría un candidato bien apoyado y que ha sabido revestir de un cierto aire ONG el crudo interés de gente bastante lista y poderosa. No es poco, desde luego.

Pese a todo, Si se diera valor a mi impresión personal (la gente a la que he podido preguntar y que van a votar),  no habría que descartar la sorpresa.

Garantiza que algo queda

Los gobiernos han descubierto que lo suyo es garantizar y se han puesto a ello en una curiosa carrera por ver quién garantiza más. Nuestro simpar líder no se ha quedado corto y ha puesto el listón en los 100.000 euritos que no están mal, para empezar. A mí, que ni soy economista ni, para mi desgracia, necesito que me garanticen esos depósitos, se me ocurre preguntar en porqué no garantizan más, a ver qué pasa. En realidad los gobiernos siempre se dedican a garantizar y lo que siempre garantizan es que les vamos a pagar en la medida en que nos lo pidan. No hay competencia que valga en cuanto se trata de Hacienda, cosa que se trata de disimular con aquel lema piadoso que dice que Hacienda somos todos. Pues menos mal, porque si solo llegan a ser unos pocos, vaya un negocio que tendrían montado.

Me temo, por tanto, que lo que están garantizando estos garantes es que nos van a sacar el dinero con la rara eficacia que suelen emplear en esta tarea. Es curioso que el mundo respire tranquilo con esta clase de promesas.  El paso siguiente podría ser poner una renta universal, que es una cosa que hace mucho tilín a los progres porque suena a muy justa y muy equitativa. Que nadie se quede sin renta, del mismo modo que nadie se va a quedar sin garantías y el que salga el último que apague la luz. 

Da gusto ver a los gobiernos entregados a cuidar de su grey, sin reparar en gastos. Queda mucha gente que sigue creyendo que esto de los poderes públicos consiste en darle a la manivela de la maquinita del dinero y no acaban de entender las razones para ser tan rácanos. Es gente beatífica que lo mismo te ayuda si te ve tumbado, sufriendo y solo a la vera de un camino, o sea que no hay que molestarse en criticar sus sentimientos, porque de ellos va a ser el reino de los cielos, mientras que los que andamos preocupados del dinero de bolsillo podemos tener problemas con San Pedro, al menos eso dicen los de la teología de la liberación. 

¡Qué fácil sería conseguir el Paraíso en la tierra a nada que los gobiernos dejaran de ser rácanos y garantizasen lo que es debido! Menos mal que el nuestro ha puesto manos a la tarea con la alianza de civilizaciones y las leyes progresistas que garantizan casi todo. El que se queje es un bicho raro y tiene un poquito de mala sangre. 

Esta situación de emergencia es ideal para la buena gente de izquierda: la culpa la tienen los malos, o sea Bush y los despiadados capitalistas, la solución está en las manos de los gobiernos amigos del gasto, que son los que más dejan a la parroquia, y el público tiene miedo y tiene que refugiarse en quién sea, en el mismísimo Pepiño si la cosa se sigue poniendo gris. ¡Ya era hora de que se les cayera el antifaz a los liberales! Esto está en el bote.