¿Quién manda en Caja Madrid?

Llegado el momento de la finalización del mandato de Miguel Blesa al frente de Caja Madrid, se discute mucho sobre la persona del próximo presidente. Al parecer quien tiene más posibilidades de hacerse con el cargo es Ignacio González, actual vicepresidente de la Comunidad, quien cuenta con un apoyo mayoritario de la asamblea que, de acuerdo con la legislación vigente, tiene la facultad de nombrar presidente. Parece lógico suponer que González cuente con el apoyo de Esperanza Aguirre, puesto que, además de ser su vicepresidente, son los partidos políticos quienes mayor fuerza tienen en la asamblea de la Caja, y el PP parece haber obtenido un pacto para apoyar esa sucesión con el apoyo del PSOE y de los sindicatos.

Así las cosas, cabría desear un mayor grado de independencia y de despolitización de la gestión de las Cajas, de manera que se pudiese escoger con facilidad a gestores idóneos, pero lo que no cabe, porque es de traca, es reclamar esa supuesta despolitización única y exclusivamente para este caso. Es absolutamente evidente que, mientras no se cambien las cosas, son las fuerzas políticas quienes, de una u otra manera, gobiernan las Cajas. Quizás fuere mejor privatizarlas, yo así lo creo, pero mientras sigan siendo el tipo de entidades que de hecho son, lo lógico es que sean las fuerzas políticas quién las gobiernen.

En el caso de la candidatura del señor González, que tiene tanta o más experiencia que la que en su día tuvo el señor Blesa, por ejemplo, para llegar al cargo, lo que se ha emprendido es una batalla para lograr que Caja Madrid se convierta en un poder absolutamente al margen del control de doña Esperanza Aguirre, lo que, sic rebus stantibus, carece de cualquier justificación.

Lo que ocurre es que el puesto de Blesa es muy goloso, y hay muchos que aspiran a hacerle un lío a doña Esperanza, a ver si no se entera y, puesto que es persona educada, se deja manejar al antojo de cuatro listillos, sin levantar mucho la voz. Me temo que no lo vayan a conseguir.

¿Quién tiene mayor legitimidad que la presidenta del PP para influir o decidir en esta cuestión, en la medida en que los políticos tengan que hacerlo? ¿Nos imaginamos al señor Rajoy pretendiendo pactar con ZP la presidencia de las cajas andaluzas o de las catalanas? ¿Nos imaginamos al alcalde de Barcelona diciendo que el presidente de la Caixa tiene que decidirse entre Zapatero y Rajoy? Pues cosas tan absurdas como esas se están diciendo estos días, aparentando una neutralidad encomiable y un desinterés más allá de cualquier duda. ¡Qué cara dura tienen algunos!

Yo creo que, efectivamente, habría que cambiar el sistema de control de las Cajas y, a ser posible, privatizarlas en todo o en parte para que entren seriamente en el mercado de servicios bancarios y financieros sin favoritismos y sin trapacerías. Pero pretender que eso haya que hacerlo con Caja Madrid y ahora, sin tocar a fondo el sistema, es de una hipocresía admirable, y supone despreciar olímpicamente la inteligencia y la voluntad de los madrileños y de nuestras instituciones; hay personajes que se han acostumbrado a eso, van de progres (¡pobrecitos!) por la vida, y parecen creer que el mundo se haya hecho para satisfacer sus caprichos. Hora es ya de que despierten y se dediquen a otra cosa.

Entre el descontento y la descortesía

Según muy diversos testimonios, la presencia del Presidente del Gobierno en el desfile de la Fiesta Nacional se ha recibido con muestras de descontento por un público que mostró su repulsa con silbidos, abucheos y gritos de «fuera, fuera» o «Zapatero dimisión«. Al parecer, el alcalde de Madrid se apresuró a consolar a Zapatero, con el argumento de que era cosa de gente poco educada y falta de respeto; se ve que Gallardón está acostumbrado a que nadie le pite, pero que espere y verá cómo el entusiasmo de los madrileños por las subidas de impuestos y las módicas cantidades gastadas en olímpicas necedades le acaban haciendo pasar algún mal rato. Tal vez tenga la suerte de que Rajoy, siempre tan acertado, se lo lleve a la lista de Madrid para acompañarle en su segura victoria.

Pero bueno, volvamos a la pitada del día, al entusiasmo que provocó Zapatero nada más aparecer, algo mayor que el que ya había cosechado la siempre peripuesta Vicepresidente primera, que suele llegar antes para poder abroncar al Presidenta del Tribunal Constitucional o a quien toque, que hay mucho tibio par ahí suelto. Muchos comentaristas han subrayado el hecho curioso de que la Ministra de Defensa, señora doña Carmen Chacón, haya reducido al mínimo las tribunas del público, seguramente para evitar que se desborde el entusiasmo, pero, pese a esa talentosa medida, no ha podido evitar la clara presencia de signos de rechazo hacia la política del ejecutivo, y hacia la persona que la encarna.

¿Qué motivos pueden haber tenido los presentes para protestar ante la presencia del Presidente? Es razonable pensar que la circunstancia no haya sido indiferente al desagrado que se ha puesto de manifiesto, de modo que no basta con pensar en motivos de carácter general, tales como la crisis económica o la inefectividad del Gobierno, por no mencionar su sectarismo. Es razonable suponer que quienes asisten a los desfiles sean personas cercanas al personal militar que gozan de una facilidad para expresar sus emociones y opiniones de la que se ven privados los militares en activo. Si así fuera, nos encontraríamos con que la política militar de este Gobierno irrita a quienes han de ejecutarla. No faltan motivos para pensar así. Este Gobierno muestra una evidente incomodidad cuando ha de enfrentarse a temas militares y ha tratado, por todos los medios a su alcance, de convertir al ejército en una especie de ONG absurdamente armada. Y muchos militares tal vez pudieran desear servir a la Patria de un modo más gallardo que dando continuamente la espalda al enemigo para no incrementar ni los riesgos ni el duelo. Yo creo que estaría avergonzado, si fuese militar, porque ya lo estoy siendo un civil, de que, por ejemplo, los compañeros del cabo recientemente muerto en combate no hayan podido ni participar en la expedición para castigar al responsable del ataque al vehículo de nuestro ejército. ¡Vaya papelón el que se encomienda a nuestros militares! Admiro extraordinariamente la dignidad y la disciplina con la que cumplen órdenes tan escasamente atractivas como las que reciben de nuestro Gobierno.

Los ejércitos del mundo entero, también en las democracias, sirven para mantener la paz, pero, sobre todo, para defender con las armas a la Nación y para protegerla de sus enemigos, y de los enemigos de la democracia, que no son pocos a día de hoy. Pues bien, en este orden de cosas, el Gobierno se ha comportado siempre de manera reticente, adoptando medidas que, aunque se inspiren en otras razones, en la práctica han seguido siempre la máxima pusilánime de que hay que evitar, a todo trance, el enfrentamiento, una conducta que tendrá las virtudes y ventajas que tuviere, pero que difícilmente podrá gozar de admiración entre militares que han de formarse, y hay que esperar que esto no se cambie, en principios de inteligencia y democracia, pero también de sacrificio, de gallardía, de valor y de honor, además de, por supuesto, en virtudes patrióticas. Estos temas le enervan al Gobierno y, como los militares no pueden hacerlo, sus allegados le silban. Y yo también, aunque Gallardón piense que estoy mal educado, entre otras cosas porque, antes que ser cobarde, prefiero ser grosero.

La casa por la ventana

Ayer publicaba José Luis Rodríguez Zapatero en El País, una “Carta abierta a los maestros”, pésimamente escrita, como ha señalado Arcadi Espada, y creo que ha sido muy benevolente, en la que se muestra con absoluta claridad que el presidente no piensa dejar que las noticias le estropeen la propaganda. Es un artículo que le ha debido parecer, a la vez, emotivo y sesudo, a nuestro líder, un improvisador nato que no está dispuesto a consentir que Aguirre enarbole la bandera de que la educación importa. ¡Hasta ahí podíamos llegar… que se pueda creer que el aprecio y la defensa de los maestros es una cosa liberal y de derechas!

Como nuestro presidente, además de hablar, es muy capaz de hacer varias cosas al tiempo, ha debido pensar que el articulito le vendría bien para disimular un poco el recorte desproporcionado e irresponsable de las ayudas a la investigación; este tiernísimo arrebato pedagógico, le permitirá seguir perorando sobre que el desarrollo científico y tecnológico es la clave para la nueva economía sostenible que propugna; seguramente piensa que si la gente se da cuenta de lo mucho que aprecia a los maestros, llevarán con mayor resignación los recortes que les afectan. También puede ser que el presidente crea que la educación y la investigación no tienen nada que ver, porque, en realidad, para él nada tiene que ver con nada, a no ser que convenga lo contrario.

Si los españoles tuviesen la costumbre de analizar lo que se les dice, habrían podido ver en La Razón, un análisis del dinero que el Gobierno se va a gastar en su boato, una modesta partida que no ha sufrido ningún recorte. No habrá dinero para investigar, ni para defender a los barcos españoles de unos piratas de tres al cuarto, pero sí lo habrá, y en abundancia, para que la Vice pueda presumir de fondo de armario, y para cubrir otras necesidades igual de perentorias e inaplazables. Aquí no importa tirar la casa por la ventana, seguramente porque ZP pensará que esos gastos suntuarios se hacen en beneficio de los más humildes, para que los pobres no tengan que pasar vergüenza a causa del mal aspecto de los ministros y las ministras, que ya se sabe que es un corte que puedan tener mala presencia y desanimar a los suyos.

La incoherencia de ZP en seis Ronaldos

El que nunca miente, según declaró enfáticamente José Blanco, ministro de alta velocidad, tiene, sin embargo, muy bien aprendida la hipócrita conducta de los teros del Martín Fierro, el gran poema gaucho, esos pájaros astutos que en un lado pegan los gritos y en otro ponen los huevos”. Toda la retórica política del presidente está inspirada en un lema que le atribuyen algunos que le conocen bien: “ni una mala palabra, ni una buena acción”. Algunos lectores poco propicios a descreer de las buenas acciones del presidente tenderán a pensar que todo esto se dice como parte del ritual político, como un verso más de ese gran poema de descalificaciones en que suele hacerse consistir a la oposición. Para disipar un poco es impresión bien pensante, voy a hablar de un caso de apariencia relativamente poco importante, pero extremadamente significativo en el fondo, de un enorme error que ZP está a punto de cometer por su incapacidad de valorar los detalles y porque, por supuesto, ni él mismo parece creer buena parte de las cosas que dice.

Todos hemos oído a Rodríguez Zapatero llenarse la boca con altisonantes declaraciones al respecto del necesario impulso a la investigación, al I+D, a la modernización de la economía, y un largo etcétera que, últimamente, incluye una larga teoría de descalificaciones a los empresarios por su egoísmo y su miopía al no saber invertir en los sectores con futuro, en las nuevas tecnologías, en todo ese mundo de maravillosos futuros que ZP conoce mejor que nadie. Pues bien, resulta que del examen del proyecto de presupuestos para 2010, se deduce que, precisamente en los capítulos destinados a la financiación de la investigación, un capítulo en el que en todo el mundo, empezando por los EEUU, las administraciones públicas aportan una parte muy significativa del conjunto de las inversiones, nuestro futurista gobierno ha decidido aplicar un recorte cercano al 40%. ¿Cabe esperar que ZP deje de hablar de esas cuestiones y emprenda una nueva campaña de elogios del ladrillo y de la singularidad de nuestro modelo edificativo y financiero? Se han visto tales cosas que no podría atreverme a negarlo, pero no lo creo.

La utilidad de la estrategia de los maquiavélicos pájaros pamperos consiste esencialmente en el error que provoca su conducta en los posibles rivales que se dedican a cuidar los huevos ajenos confundidos por los trinos del astuto pajarraco. Zapatero, en la misma línea, seguirá probablemente predicando su doctrina de progreso para ocultar, precisamente, una conducta que solo en apariencia es astuta porque, en realidad, es profundamente necia.

Como ha escrito Joan J. Guinovart, presidente de la Confederación de sociedades científicas de España, en un sugestivo artículo titulado “¿Hundir la ciencia por el precio de seis “Ronaldos, es absolutamente ilógico que en el momento en que España necesita renovar su modelo de crecimiento, se les niegue a los investigadores el chocolate del loro. El dinero que un ZP disimulón pretende ahorrarse a costa del Plan Nacional que nutre de fondos al conjunto de los investigadores españoles, supondría unos 580 millones de euros, una cantidad del todo ridícula en las abultadas cuentas públicas y que, como dice Guinovart, equivale a lo que habría que pagar por el fichaje de seis Ronaldos. Visto desde otra perspectiva, y para que se hagan una idea del absurdo de disparate tan austero, bastará anotar que Zapatero está a punto de gastarse 100 millones de euros en el montaje de su presidencia europea, acontecimiento planetario que podría quedar deslucido sin esos dinerillos.

En unas declaraciones anteriores de Guinovart, este hizo una valoración muy aquilatada del temible recorte: «Si creen que la investigación y la educación son caras, prueben con la ignorancia y la mediocridad». Ignorancia y mediocridad es lo que exhiben esos políticos gastones que se compran Audis blindados, despachos de diseño y van rodeados de horteras de buen sueldo e indiscernible función. Las vacaciones del presidente cuestan más que el presupuesto anual de un equipo importante de investigación, y eso que Zapatero no deja de hablar de la modestia personal y de la importancia del saber. Hay un desdén por la investigación y la ciencia que no es exclusivo de Zapatero. Es muy probable que el émulo Gallardón se haya gastado más en el delirante proyecto olímpico para 2016 que lo que los científicos madrileños pueden disponer para instrumentación, documentación o viajes. Pero ya se sabe que las Olimpiadas son un proyecto colectivo y que la ciencia y la invención pueden seguir estando bien en manos de otros.

Nadie duda de la necesidad de hacer recortes, pero seguramente son millones los españoles que podrían susurrarle al oído a nuestro muy sensible presidente algunos capítulos más costosos y menos útiles del desbocado gasto, sin tocar las partidas, un tanto limosneras, del I+D. Así, al menos, podría hacer propaganda de algo cierto.


[publicado en El Confidencial]

¿Gripe o campaña?

Una de las cualidades más curiosas de la situación en que vivimos es la ausencia de información, un bien que no es precisamente escaso. El truco está en que la abundancia tiene varios efectos paradójicos, con los que no estábamos acostumbrados a lidiar. Dicho de otra manera, tenemos información pero nos cuesta trabajo saber si lo que tenemos por cierto corresponde mínimamente con la verdad.

En el caso de la medicina es irritante que, sabiendo tanto, no tengamos ni idea de lo que pueda pasar, por ejemplo, con el virus de la gripe. Esta ambigüedad de buen número de cosas relacionadas con la vida y la muerte, es difícil de manejar, en especial cuando se plantea en el nivel político. Cualquiera diría, por ejemplo, que la decisión de vacunar debiera ser un asunto meramente técnico, pero basta leer los periódicos para darse cuenta de que la cosa no es tan simple, que lo que es verdad allende los Pirineos resulta no serlo en la piel de toro y cosas así. No encuentro ningún medio internacional que esté dale que dale con las vacunas y con las previsiones, aunque tampoco hay muchos lugares en que el Ministro de Sanidad tenga que coordinar a diecisiete elementos que se creen tan importantes como él y que, además, tienen las competencias.

Durante el gobierno de Aznar, ZP se las arregló para combatirle por tierra, mar y aire con las disculpas más extravagantes. En particular, el asunto del Prestige, en que el gobierno hizo exactamente lo que haría cualquier persona sensata, como finalmente se ha acabado por reconocer en todas partes, la oposición incendió las calles con acusaciones gravísimas y con manifestaciones virulentas. Desde entonces, la política no conoce ningún sosiego, y los posibles efectos del famoso virus tienen un potencial político mucho más mortífero que, al menos hasta ahora, tienen como amenaza a la vida humana. Todo esto hace que no se pueda hablar con la mínima serenidad y que el virus se convierta en un efecto parlamentario. No se diga que no es emocionante el caso.
[Publicado en Gaceta de los negocios]

El ogro narcisista

Octavio Paz comenzaba su análisis del, papel del Estado en un famoso artículo de 1978 con una cita de Ovidio (Metamorfosis XII, 843: Aspice sim quantus!, es decir,¡Mira cuán grande soy!”); el título del artículo, “El ogro filantrópico”, se refería al problema del Estado en México, pero recordaba una serie de cualidades primordiales del Estado mismo que continúan escandalosamente vigentes. Me acordaba del texto del maestro mejicano al leer estos días diversas informaciones sobre el perverso circuito que se ha establecido entre la Banca y el Gobierno, que tan pronto parecen primos como enemigos, para lucrarse del crédito sin que el común de los mortales pueda intervenir en ese círculo, para ellos, tan virtuoso. El Gobierno avala a la Banca, y la Banca compra deuda pública, un do ut des que podría ser casi perfecto si algunos chivatos, bien de la misma Banca, bien de la benemérita guerrilla de los periodistas económicos, no hubiesen dado el oportuno queo.

No sé si esta filtración producirá alguna clase de efectos en la opinión pública, pero me parece que, al menos, debiera de servir para que reflexionemos sobre la dinámica política en la que este Gobierno se envuelve y nos envuelve.

Octavio Paz empezaba su texto recordando las promesas que siempre ha suscitado el Estado moderno, tanto para los liberales, como, aún más, para los marxistas, quienes llegaron a suponer que el Estado acabaría simple y llanamente por desaparecer. Lejos de cumplir mínimamente con esas expectativas, el Estado no ha dejado de crecer y se ha convertido en un ogro, en “una fuerza más poderosa que la de los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas”. Paz creía que el Estado se comportaba, más que como un demonio, como una máquina, como un amo sin rostro y desalmado. El análisis de Paz, treinta años después, tiene que parecernos optimista, sobre todo porque su imagen de la máquina está troquelada en un momento en que las máquinas eran todavía bastante tontas. Hoy, la máquina del Estado es infernal, es decir, es inteligente y despiadada, pero además está dirigida intencionalmente, de manera que carece de cualquier neutralidad, ha aprendido a obrar casi en exclusiva en beneficio de quienes la gobiernan.

Volvamos al episodio del contubernio crediticio entre los Bancos y el Estado. ¿A quién beneficia? No desde luego a la gente que necesita dinero para sobrevivir o para iniciar nuevas empresas, no a la gente corriente. Tan solo a quienes gobiernan e, indirectamente, a sus coyunturales socios financieros. Mediante sistemas como éste, el Gobierno puede estirar casi indefinidamente su capacidad de endeudamiento, aunque llegará un momento, no muy lejano, en que se asustará hasta Elena Salgado, aunque intentase seguir dando muestras altivas de impavidez. Merced al crédito casi indefinido el gobierno ya no gobierna, se limita a sobrevivir. Paz ya se dio cuenta de que el Estado moderno es una máquina que se reproduce sin cesar. No hay reproducción sin alimento, y solo los necios pueden ignorar que el gobierno ni quita el pan a sus funcionarios, ni lo fabrica.

Hay una viejísima imagen de la tarea de gobierno que la relaciona con la función de llevar el timón en alguna de aquellas naves primitivas que se atrevieron a surcar los mares. Las palabras gobernante y timonel tienen el mismo origen griego. El gobernante es el timonel que se echaba sus espaldas el destino de los suyos para llevarlos a buen puerto. De ahí surgió una moral heroica que perdura en la ética de los capitanes de barco, “¡las mujeres y los niños primero!”, pero que ha desaparecido por completo del código ético de los Gobiernos, muy en especial del de Rodríguez Zapatero. Me refiero a sus acciones, no a sus proclamas, porque los Gobiernos pueden ser malvados, pero raramente son del todo necios. Por eso creo que la metáfora de Paz se podría modificar un tanto: el Estado se ha convertido en un ogro narcisista, en una máquina ciega para todo lo que no quiere ver pero muy atenta a sus intereses. Nuestro ogro tiene una parentela muy numerosa: muchos familiares, multitud de beneficiados, una infinitud de biempensantes adeptos que no están dispuestos a que nadie les retire de la corte en la que tan bien les va, o eso creen; ya no es, pues, un ogro aislado y terrible, aunque bien intencionado, sino un ogro de partido, incapaz de respetar y ponerse límites y, por ello, enteramente incivil, siempre atento a beneficiar a quienes necesita para seguir en el machito, un solipsista inevitablemente malévolo para cualquiera que se le resista, con cualquiera que le ponga pegas o le recuerde las verdades del barquero.

Muchos pensaran que esta imagen es excesiva para un hombre tan sonriente como Zapatero; pero él mismo es consciente de que su imagen pudiera inducir a algunos equívocos excesivamente ingenuos, y le ha recordado, por ejemplo, al señor Díaz Ferrán, que él es el presidente del Gobierno: ¿qué habrá querido decir?

[Publicado en El Confidencial]

La insostenible sostenibilidad

A poco se haya reflexionado sobre el lenguaje, se cae en la cuenta de que, cuando el uso de un término se hace extremadamente frecuente, resulta inevitable que comporte una dosis intolerable de equivocidad. Sin embargo, como las palabras no sirven solo para ayudarnos a pensar, sino que poseen otras muchas y maravillosas propiedades, se podría decir que lo que un término pierda en el nivel semántico (es decir, que ya no se sepa bien qué significa), lo acabará ganando en el nivel pragmático (es decir, que nos permita saber mejor quién es el que lo está usando y porqué lo hace).

Los que hayan resistido este pedante primer párrafo, se asombrarán ahora de que todo ello sirva para hablar de ZP, un personaje público al que no se le cae de la boca el término sostenibilidad. Ante la insoportable facundia zetapera, me parece que apenas solo caben dos actitudes básicas: el arrobo de los que profesan una imperecedera identificación con el verbo presidencial, y el estupor de los que se preguntan hasta dónde podrá llegar semejante fenómeno. Pero, en fin, pelillos a la mar: vamos a preguntarnos qué demonio podría querer decir ZP con lo de, por ejemplo, turismo sostenible o economía sostenible, aunque se advierta por adelantado que no quiere decir nada, que se limita a congregar a sus fieles como cuando el pastor silba, o el ama de casa rural convocaba a sus gallinas a la pitanza con cualquier especie de mantra.

No es que sostenibilidad sea un término que no diga nada, es que no puede decir nada. Yo ya sé que esto de que un término no pueda decir lo que se supone que dice, molesta a los infinitos seguidores de Humpty Dumpty, a los que anhelan vivir en algo como el Ingsoc orwelliano e, incluso, a muchísimas gentes cándidas y de buenísima voluntad que piensan que el reino de las palabras no puede tener ni reglas ni secretos, que no necesitamos ingenieros, porque nos sobra con los poetas.

Si sostenible pudiese decir algo referido al futuro eso querría decir que somos capaces de saber ahora lo que sucederá en cualquier luego posible, cosa que solo los muy tontos se atreverían a dar por cierto. Si, por tanto, no resulta posible saber con certeza lo que será y lo que no será, no podremos saber lo que resultará sostenible y lo que no. Como decía William Blake, el poeta inglés, solo podemos saber lo que resulta suficiente cuando aprendemos por propia experiencia lo que es demasiado. No hay duda de que hemos aprendido que hay que ser prudentes con el medio ambiente, pero eso no quiere decir que tengamos ninguna especie de método para averiguar lo que resultará sostenible y lo que no lo será, como no tenemos ningún sistema para predecir con absoluta certeza si un negocio será un éxito o un fracaso, lo que es una verdadera lástima porque, si lo tuviésemos, podríamos ser todos millonarios, lo que no estaría nada mal, si no fuese casi una contradicción en los términos.

El caso es que la palabra sostenibilidad, que es lógicamente insostenible, que realmente no quiere decir nada, ha tenido el éxito que siempre tienen todas las palabras que producen miedo, esas palabras que usan los políticos que temen a la libertad para amedrentar a las graciosas y juguetonas gacelas con la amenaza de una jauría de leones, de los que, aunque casi nadie los haya visto nunca, solo ellos podrán defendernos. No nos extrañemos, por lo tanto, cuando el mismo gobierno que quiere poner inspectores de igualdad, pretenda crear los inspectores de sostenibilidad: entonces sí nos enteraremos de lo que es la insostenibilidad, pero a lo mejor es algo tarde.

Si a ERC le va bien, a los españoles nos irá muy mal

Deben ser muy pocos, si es que hubiera alguno, los países que puedan presumir de tener un enemigo interior de la categoría de ERC instalado en el quicio del sistema político. Nosotros somos tan peculiares que no solo tenemos uno, sino varios, es decir, que en caso de desmayo de ERC, tendríamos dónde escoger.

Resulta que el mayor enemigo del reino, el que abomina de nuestra Constitución, el que se mofa de sus símbolos e instituciones, el que niega las evidencias de una historia común, el que más se empeña, creo que vanamente, en combatir nuestra poderosa lengua, el que más obscenamente nos desprecia, el que no pierde ocasión de zaherirnos y manifiesta de manera continuada su deseo y su determinación de apartarse definitivamente de nosotros en cuanto se vea con fuerza para hacerlo, es quien determina en última instancia las decisiones del Gobierno y, para mayor recochineo, se lleva la parte del león cuando se trata de repartir fondos comunes. Los 300.000 votos de ERC han valido más que todos los demás juntos, y ERC no solo no se ha avergonzado de sus chapucerías, sino que ha presumido a voz en cuello de su mando en plaza.

¿Tiene esto remedio? Difícil mientras ZP siga siendo líder del PSOE, consiguiendo algo que pareciera imposible: gobernar contra los más con el auxilio de sus enemigos.

¿Hasta cuándo consentirán los españoles semejante burla? Como nunca he sido “progre”, me puedo permitir un comentario que pudiera parecerlo: no hay que olvidar que, con ligeros cambios demográficos, estos españoles que consienten tal cosa aguantaron impertérritos cuarenta años de Franco y, en su inmensa mayoría, no movieron un dedo contra las instituciones que le heredaron. Entre nosotros, se teme al que manda, aunque se cisque en nuestros intereses.

La izquierda ha sabido utilizar mejor que la derecha este carácter mansueto de los españoles, y se está permitiendo el lujo de someter a contraste la parábola del rey desnudo, sin que uno solo de los suyos alce la voz para reconocer que el personaje está en pelota picada. Disciplina, ignorancia o interés, o una hábil mezcla de las tres cosas. La situación es digna de Valle Inclán porque todo un pueblo puede ir a la ruina, estamos yendo a marchas forzadas, para que los señoritos de ERC puedan catalanear por el mundo y gastar suntuosidades sin cuento, a costa, sobre todo, del esfuerzo agónico de su burguesía, que está haciendo en esta historia un papel especialmente indigno del que no tardarán en arrepentirse. Pero a costa, también, de quienes se sientan plenamente españoles, catalanes o no, pero no se atreven a despedir por incompetente y desleal a ZP. Los síntomas evidentes de que vamos a un desastre de difícil arreglo empiezan a estar ya absolutamente claros. Los sindicalistas temen perder sus gabelas, pero, a este paso, perderán mucho más.

Confusio

Uno de los personajes que da continuidad a la cuarta serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, es Juan Santiuste, al que su protector, el Marqués de Beramendi, envía a una misión secreta y le adjudica Confusio como nom de guerre. Confusio es hombre al que el apodo le cuadra magníficamente, por su tendencia al caos, de manera que, tras cumplir malamente la misión encomendada, se enreda en una serie de episodios que le hacen pasar de la nada a la absoluta miseria, como pudiera haber dicho Marx (Groucho, por supuesto). Su protector acude en su ayuda y decide mantenerle a cambio de que Confusio se dedique al magno propósito que ha concebido que no es otro que escribir una Historia lógico-natural de España, es decir, una narración de cómo hubiese debido ser nuestro pasado que, a su entender, debiera haber sido profundamente distinto a cómo fue. Confusio no se anda con chiquitas, y para evitarse toda la carlistada, serie inacabable de episodios escasamente gloriosos que aún hoy nos amargan la vida a los españoles, decide, sabiamente, que las Cortes condenen a muerte al rey felón nada más asomar sus pretensiones absolutistas.

La narrativa de Galdós es lo suficientemente inteligente y cervantina como para permitirse esta ironía sobre su tarea como historiador popular, pero lo que hoy me lleva a recordar al bueno de Confusio no es la calidad del texto galdosiano, sino la actualidad de esa figura revisionista.

Con la victoria de Zapatero, ha llegado a la presidencia una especie de Confusio. Sé que las diferencias son abundantes porque el Confusio galdosiano era humilde, extremadamente bondadoso, profundamente liberal y, sobre todo, escribía su Historia con un total desinterés, pero las semejanzas son también innegables. El gobierno de la nación, que así se llama, se ha puesto entero al servicio de nuestro actual Confusio, quien ha decidido que puesto que el pasado se interpreta desde el futuro, la mejor reescritura es un cambio de rumbo, aunque sin olvidarse de pequeños detalles como la ley de memoria histórica para que su voluntad se imponga a cualquier recuerdo libre y plural de las cosas.

Zapatero-Confusio ha hecho mangas y capirotes con la Constitución y, por supuesto, le ha pegado un par de patadas en el trasero a cualquiera que le reclamase nada en nombre de la lógica, asunto sobre el que se ha permitido no solo una práctica muy suelta sino una cierta pretensión teórica. Para no agotar antes de tiempo el papel disponible vayamos a lo más reciente. Zapatero ha cerrado un pacto bilateral entre sus intereses personales (que se supone que son los de su partido, aunque habrá que verlo) y Cataluña, y luego se ha dispuesto a revestir esa coyunda con toda clase de estratagemas para hacer ver que a todos se nos trata mejor. Todavía no se ha atrevido a decir que a todos se nos trata igual, pero todo se andará.

Que ese arreglo suponga hipotecar más el futuro de todos, parece importarle un pito. Se trata de salir adelante, con dinero o cómo sea. Se da a todo el mundo un dinero que no se tiene en la confianza de que llegará la recuperación económica a modo de maná, aunque Zapatero, que es muy laico, no se deja arrebatar por esa clase de metáforas de aire bíblico.

Su confianza está no en la Biblia, sino en su descubrimiento de que la lógica y la economía pueden ser tan flexibles como se quiera. Se trata de una estrategia que le ha dado buenos resultados porque tiene mucho que ver con el pensamiento mágico, con ese resto de sentimiento hippy que todavía es dominante en la mente de muchos votantes. Además Zapatero es, en el fondo, muy liberal y ya se ha dado cuenta de que los españoles no esperan la salvación de su gobierno, que es de chiste, sino que se empeñarán por sí mismos en salir de esta y, cuando lo consigan, puede que decidan que a Zapatero-Confusio no le faltaba algo de razón.

Su presentación del nuevo marco de financiación ha sido gloriosamente confusionaria. Para empezar, ha tratado de ocultar los números, esas magnitudes que todo el mundo sabe que son irrelevantes, detrás de una amplísima cortina de pensamientos felices, un surtido del que nunca está escaso. Se ha sabido la cifra de los miles de millones de Cataluña solo gracias a la bravuconería de los independistas catalanes, que saben muy bien que a los españoles de a pie les gusta que les meen en la pechera. Montilla, en cambio, más avisado, ha recurrido a discursos melifluos, mientras los de ERC no podían disimular el ataque de risa que les da la debilidad de su vasallo, el débil gobierno de la opresora España.

Zapatero-Confusio se tiene que dedicar a lo que sabe, a reescribir lo que hace, al disimulo, a no perder píe frente a los suyos, cada día más cabreados, pero generosamente pagados con el dinero que distrae a los que no son de su cuerda.

¿Habrá alguien que sepa estar a la altura del desafío que representa esta broma macabra? ¿Se conformará el PP con la propina esperando a que escampe por Valencia?

[Publicado en El Confidencial]

Verano y humo

Para relajo de gobernantes llegó el verano, y los españoles reducen todavía más su tensión intelectual, en especial a la hora de la siesta. Tiempo de esperanza para los gobiernos que se exponen, a lo sumo, a alguna crítica de circunstancias. El fútbol, gracias a Florentino, ha recuperado las pantallas, y entre los galácticos y el sol, aquí no va a haber nada que hacer hasta octubre. El PP se ha retirado a meditar y no parece que vaya a volver de La Granja dando una nota inadecuada a la estación feliz y soporífera.

Así va nuestro país, a ritmo lento, porque nunca pasa nada. Es tan corriente el espectáculo del dolce far niente y de la eterna repetición de lo mismo, que hemos perdido la capacidad para asombrarnos de que otros hagan las cosas con cierta celeridad. No es por molestar, pero resulta que la Justicia americana ha resuelto el caso Madoff en menos de 200 días, bastante más rápido de lo que seríamos capaces de imaginar.

Me asombra que, en muchas ocasiones, se elogie la manera de hacer política de ZP, cuando es evidente que su fuerte es no hacer nada, mientras repite, a hora y a deshora, sus supuestos éxitos: la retirada de Irak, la retirada de Irak y la retirada de Irak, que sí se hizo deprisa. Lo demás es propaganda, arquitectura efímera, poner a la Iglesia en su sitio, hacer ministra de Defensa a una embarazada, y repartir en el Congreso pullitas de monja progresista ante la mirada arrebolada de la cuota.

Comparar la labor de los gobiernos de UCD, o de Aznar, con los años de Zapatero, produce sonrojo. Mucho gasto, pero poca inversión, mucha palabrería, pero ninguna medida concreta. Es apoteósica la facilidad que tantos españoles le conceden a ZP para contar trolas y para vivir del cuento: la devolución de los 400 euros, la creación de millones de empleos, los brotes verdes, el proceso de paz, la alianza de civilizaciones, el ingreso en el G 20, la financiación para todas y todos pero dando más a todos que a los demás, el plan E, y así sucesivamente.

El verano puede ser muy grato al Presidente. Pero luego tendrá que empezar de nuevo a vender fantasías, y buena parte del personal acaso se le encalabrie. No será eso lo más grave, aunque sea lo que seguramente más tema. Lo terrible será comprobar que nos hemos quedado sin margen, que no hay dinero en la caja, que se han superado todos los techos y todos los límites, y que no se puede continuar así. La prensa amiga tratará de disimular, pero llegará un momento en que todas las estrategias de relaciones públicas se toparan con que aquí se ha acabado la fiesta y que lo mejor que se podrá hacer es poner a este buen señor camino de su casa. La pregunta es: ¿estará la clase política preparada para tomar una decisión grave y necesaria como la moción de censura?

[Publicado en Gaceta de los negocios]