De niños y ordenadores

El llamado debate del estado de la nación nos permitió gozar de la fecunda y audaz imaginación zapateresca cuando se comprometió, con pasmo general,  a poner un ordenador a cada niño, insinuando que por ahí comenzará la reforma del modelo productivo, una medida que contará con el apoyo de los de siempre y, en este caso, además, con el de Microsoft y los fabricantes de ordenadores. El gobierno de ZP es pródigo en medidas que nadie reclama: no hay ningún análisis serio de los problemas de la educación en España que señale como madre de todas las causas una supuesta escasez de ordenadores.

La debilidad de la democracia española es una consecuencia de la fortaleza del despotismo cañí de que padecemos. Cualquiera que recuerde su educación sabrá hasta qué punto las deficiencias de lo que aprendió se debían a la escasez de aparatos adecuados al caso, eso que ahora se va a remediar de una vez por todas, según se nos promete. Decía Ortega que en ninguna parte están tan extendidas las falsedades como en la educación, pero, muy probablemente, Zapatero tampoco haya tenido un par de tardes para enterarse, de modo que ha decidido arreglarla por las bravas.

El genial dibujante Schulz ofreció en una de las viñetas de sus Peanuts el modo de discurrir de Lucy,  la hermana pequeña de Linus van Pelt, en una redacción escolar. Su texto discurría de manera rutinaria, hasta que, de repente, una duda le sobresaltó: “los griegos no tenían televisiones, pero tenían filósofos… aunque la verdad es que no entiendo cómo no se aburrían los griegos mirando a sus filósofos”. Los ordenadores de Zapatero son como los filósofos de Lucy van Pelt, una idea fuera de lugar, un malentendido. Ni los filósofos están para que se les mire, ni los ordenadores, tan valiosos por otro lado, están para resolver problemas educativos en la España de 2009. No estoy insinuando que Zapatero piense como los Peanuts, al fin y al cabo Lucy muestra ser muy reflexiva, sino que cree, y lo malo es que con frecuencia también lo creen muchos más, que la educación también se puede arreglar con ocurrencias.    

Sexo, mentiras y cintas de video

El título de la estupenda película de Soderbergh me ha venido a la cabeza con motivo del último discurso del presidente del Gobierno ante el Congreso. El tema principal es la mentira, mucho empeño en crear una realidad paralela para seguir tirando, lo demás fuegos de artificio, otra maniobra de distracción en la que picarán coroneles torpes. El Gobierno ha superado hace ya tiempo la normalidad para convertirse en un auténtico caso: la explicación tendrá que ver con tuertos y ciegos, pero no voy a entrar en eso. 

 

Los españoles no parecen ser  plenamente conscientes de que la política del PSOE nos lleva, por emplear otra expresión cinéfila, a la tormenta perfecta, al desastre total. Una de las pocas virtudes del presidente es la audacia, pero la audacia sin prudencia se llama temeridad, y puede llamarse crimen. En una situación tan mala como la española, Zapatero persiste en errores que le son advertidos con alarma hasta por los suyos que conservan un adarme de buen sentido.

 

El uso orwelliano del lenguaje está quedando convertido en un juego de niños en comparación con el cuajo del Gobierno para cambiar el nombre de las cosas: Aznar es el causante de la crisis, la economía reverdece, los niños catalanes aventajan al resto de niños españoles en el conocimiento de la lengua común, vamos a superar la crisis con más gasto, y un sinfín de etcéteras que podrían argüirse y que harían patente que Humpty Dumpty era un mero aficionado en comparación con Zapatero a la hora de hacer que las palabras signifiquen lo que a él le pueda convenir.

 

Pero no solo las palabras se retuercen. Deberíamos ser muy conscientes de que el retorcimiento de las leyes es, ahora mismo, la técnica de gobierno más efectiva de la izquierda de que gozamos de manera aparentemente tan inmerecida. Bastará con recordar las ideas, por llamarlo de algún modo,  de Zapatero sobre el significado del término nación o los trabalenguas con los trasvases y las reconducciones. Tal vez el caso más notable y reciente sea el de la reforma de la financiación de la televisión pública, y el apoyo consiguiente para la fusión de las cadenas amigas, al tiempo que se tapa la boca de los tibios. Se modifica lo que haga falta de la legislación y las condiciones de los concursos de adjudicación, de manera que el resultado sea el que convenga al Presidente y a su partido. De esta manera se obtiene dinero de todos para el disfrute del clan gobernante, sin que los suyos se le escandalicen porque se lo impide el estado de feliz inconsciencia en que les ha hecho caer el arrobo. Si Zapatero no tuviese que ganar elecciones, podría hacer suyo lo que dijo el presidente de la SGAE, que no estaban aquí “para ser simpáticos”.

 

Es muy evidente que esta izquierda que nos gobierna no cree en nada, pero, a cambio, es audaz, es decir, cree en sí misma, lucha denodadamente por su intereses sin que nada se interponga en su camino, ni leyes, ni diccionarios, ni lógicas. Tiene un método de explotación política que funciona bien, y lo aplica sin rebozo porque posee reservas de buena conciencia y de hipocresía literalmente inagotables. El apoyo incondicional de los suyos, a los que, además de halagar el oído, riega con abundantes regalías, no parece flojear, por el momento, de modo que no hay motivos para cambiar de catecismo. La izquierda es, además, previsora y ya se ha dado cuenta de la cobardía y sumisión de la derecha, de que el pacto con los happy few, siempre al servicio del que manda a ver qué se saca, le resulta suficiente para tener a la derecha en una suerte de impotencia crónica.  Pero, por si acaso, la izquierda está empezando a practicar también la acción directa, como lo pone de manifiesto el reciente asedio a la Asamblea de Madrid. Si le salió a pedir de boca el cerco de Génova en plena jornada de reflexión (¡aquí no hay nada que pensar!), es lógico que ensayen diversas medidas de intimidación, si ven que algo se mueve: tienen para ello suficiente ejército de reserva en esa nueva clerigalla que vive de la sopa boba sindical.

 

¿Cuánto puede durar este sainete? Si de ellos dependiese, la temporada sería eterna. ¿Puede acabar con esta clase de espectáculos la oposición? Parece que Zapatero no tiene mucho miedo por esa parte, pero tal vez se equivoque. Lo que debiera ser  evidente es que, en buena lógica, el electorado tendría que movilizarse en una gran operación de rechazo hacia esta superchería continua e irresponsable, pero, hasta ahora, no lo ha hecho. No hay que descartar que la cosa acabe haciendo realidad las teorías acerca de la cólera del español sentado, aunque para eso puede faltar todavía más tiempo del disponible. En medio de estas incógnitas, una democracia demediada y sin vitalidad se desangra. Como los conejos de la fábula, agonizamos discutiendo sobre galgos y podencos, en lugar de movernos en todas direcciones para que los cuentistas de este chapucero retablo de las maravillas tengan que salir por piernas del escenario.


[Publicado en El Confidencial]

Panem et circenses

Con ojo certero, el presidente del gobierno ha querido hacerse cargo de la cartera de Deporte para estar lo más cerca posible de los que pueden darle alguna alegría en el futuro inmediato. No se trata de una estrategia de ocasión; el presidente nos conoce bien, es uno de los nuestros; no es un alto funcionario, ni un capitán de empresa, ni un científico, ni tampoco un erudito, especies raras en nuestros lares, sino que es un hombre corriente a más no poder, y sabe que esa vulgaridad bien llevada, juega un papel importante en nuestra democracia. No es, por ejemplo, un gran orador, pero gesticula como el que más, y ha sabido convertir en mercancía de estado esa frivolidad tertuliana que es tan característica de nuestras tierras; no sabe una palabra de economía, pero eso en España es un título muy preciado; no tiene una gran cultura, ni ha demostrado otra cosa que habilidad para vadear el río, algo que, en una España capaz de dedicar cátedras al toreo, tiene un mérito extraordinario, el de parecerse más que nadie a casi todo el mundo. 

Zapatero va a jugar a fondo con las ganas de vivir bien que tenemos y con nuestra manera, entre senequista y mema, de poner al mal tiempo buena cara, y de tener alguna ocurrencia a punto cuando las cosas se ponen feas. Como aquellos césares romanos que conectaban directamente con el pueblo y dejaban al Senado entregado a sus intrigas, ZP pretende tener hilo directo con la gente a base de populismo, emoción y promesas sin cuento. Para él, y para quienes le secundan, el panorama siempre está a punto de aliviarse porque está seguro de nuestra capacidad de encaje, de que los parados tienen familia, de que siempre habrá alguna chapuza que hacer para que la sangre no llegue al río, porque la gente no tiene ganas de llorar. Mientras tanto, se dedica a llamar cenizos, aguafiestas y antiguos a los que creen que abundan más las hormigas que las cigarras, siempre encantadas de conocerse. 

Esta contraposición entre bonhomía cazurra y sabiduría sombría puede dar todavía más de un disgusto a los estrategas del PP. Aquí son muchos los que admiran al que sabe vivir del cuento: una inmensa mayoría entre los que consideramos personajes populares, algunos de ellos auténticos virtuosos que se asoman día tras día a las televisiones procurando el pasmo continuo, y cierta envidia, del respetable. A los teóricos de la democracia les podrá extrañar que una dialéctica de vendedor de crecepelo pueda tener un éxito tan continuado, pero la política es así, y algunos ya deberían haber aprendido la lección.  Pero mientras a ese tipo de discurso, por llamarlo de alguna manera, se le oponga solamente un tono de reprensión, la gente puede preferir el salero a la filípica, entre otras cosas porque ya le ha dicho un amigo que esto no hay quien lo arregle y es preferible tomárselo con calma. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Un Zapatero reflexivo

Tres periodistas de Der Spiegel, que pudieron ser testigos de los debates, supuestamente  a puerta cerrada, de los líderes mundiales en la última reunión del G-20, acaban de revelar que ZP no abrió la boca ni siquiera para apoyar a Sarkzy en su denuesto de los paraísos fiscales. Es realmente sorprendente que se haya dado una batalla para estar presente en tan selecto debate y, luego, no decir nada.

Como ZP no puede ser tildado de incoherente, al menos en alguno de los sentidos de la expresión, habrá que pensar en las razones que expliquen su espectacular silencio en la ocasión más importante que vieron los siglos. Se me ocurren varios motivos que acaso puedan ayudarnos a entender una conducta, en apariencia, extraña.

Una primera razón podría ser que la silla se le hubiese concedido a cambio del silencio. No cabe olvidar que los líderes del G 20 son más bien conservadores y acaso  han querido evitar el mal rato que hubieran pasado sometiéndose a la hiriente dialéctica del clarividente líder español. Habría que investigarlo, aunque no creo, personalmente, que ZP hubiese aceptado unas condiciones tan humillantes para él, y para la izquierda que tan dignamente representó en esa ocasión tan solemne como crítica.

Otra posible razón, es que ZP no haya querido hacer partícipes al resto de líderes mundiales de las soluciones que iba a poner inmediatamente en marcha con el nombramiento de la señora Salgado como vicepresidenta segunda de economía. Zapatero sabe bien que operamos en un marco muy competitivo, y no va a ser cosa de que nuestros rivales conozcan antes de tiempo los secretos  de nuestra eficacísima alquimia económica.

En tercer lugar, cabe suponer que ZP haya preferido reservarse en esta ocasión para sentar plaza de prudente. No es de buena educación convertirse en protagonista la primera vez que se te invita a un círculo tan distinguido, y es evidente que cualquier intervención de ZP se habría hecho, inmediatamente, con la marcha del debate, lo que habría podido molestar a líderes un tanto susceptibles como Obama, Merkel o Sarkozy. En esta misma línea, ZP tal vez haya querido evitar que Berlusconi se sintiese obligado a robarle el balón, lo que habría dado a la reunión un aire bufonesco que ZP detesta, como todo el mundo sabe.

Yo me inclino, por tanto, a considerar que el prudente silencio de nuestro presidente no ha sido consecuencia ni de la timidez ni de la vacilación, sino de la más exigente contención como líder de un país que, bajo su mandato, piensa dejar boquiabierto al concierto de las naciones por la forma tan original y rápida con la que vamos a poner remedio a la crisis que nos han provocado estos charlatanes del G 20. Es lo que tiene la política, que, en ocasiones, tienes que renunciar a éxitos de imagen para trabajar silenciosamente por el bien de los tuyos. 

La huelga de Telemadrid

Los sindicatos de Telemadrid han condenado al silencio total a Telemadrid sin apenas molestarse en dar explicaciones. Siempre es triste ver una televisión condenada a negro, pero es más triste todavía considerar la irresponsabilidad de los trabajadores que, al amparo de una legislación caótica y desequilibrada, se permiten causar tal daño a una empresa pública y a sus millones de usuarios.  

Se ha señalado repetidamente que las consecuencias laborales de la situación económica podrían soliviantar a los Sindicatos. Sin embargo, los sindicatos han mantenido, en general, una actitud de calma y responsabilidad que, aunque algunos puedan tildarla como  hipocresía, constituye un ejercicio de responsabilidad y de buen sentido. En realidad, si la economía y el empleo pudiesen arreglarse con huelgas, los sindicatos deberían estar permanentemente en la calle, pero ellos ya saben que eso no es así, ni siquiera cuando gobierna la derecha. Es razonable, por tanto, que mantengan la calma y procuren su ayuda a una situación que es muy complicada para todos. 

En Telemadrid se ha roto esa conducta sensata, y es, por tanto, muy interesante que preguntarse por las causas de esa actitud sindical. Una primera respuesta sería la simple y pura politización. Ignoro hasta qué punto sea eso cierto, pero no habría que descartar que ZP y Tomás Gómez estuviesen jugando con fuego para tratar de dañar a un rival que, en Madrid y de momento, se les presenta como invencible. Me parece, sin embargo, que el caso requeriría algunos matices adicionales. Como la información dada por la Empresa no puede ser puesta en duda, puesto que serían miles los medios para desmentirla, hay que preguntarse por las razones que puedan tener un grupo de profesionales con una situación privilegiada y un nivel bastante alto de ingresos para adoptar una estrategia de tierra quemada. 

El mercado de la televisión está que arde por los cuatro costados, cosa que deberían saber hasta los sindicalistas, y en Telemadrid deciden alegremente herir de gravedad a la empresa que les da de comer, puesto que se trata de una empresa, aunque de propiedad pública. Nadie pone en duda su derecho a soñar: sueldos más altos, seguridad funcionarial, complementos estelares, y todo aquello que quiera imaginar el más  fantasioso de los arbitristas sindicales. Pueden soñar y exigir, pero deberían plantearse con claridad quién les va a pagar esas gabelas y cómo lo van a conseguir. Cuando la abundancia de canales de todo tipo está enteramente fuera de duda, no está claro que los contribuyentes tengan que esforzarse para que los sindicalistas de Telemadrid realicen sus sueños. Las televisiones públicas constituyen un agujero demasiado grueso en el bolsillo de los contribuyentes y es evidente que entre las prioridades de los electores, en especial de los más modestos, no está la mejora de unos trabajadores que tienen más motivos para ser envidiados que envidiosos.  

Telemadrid es una empresa que sus trabajadores deberían cuidar. Es la más barata de las televisiones autonómicas porque cuesta tres veces menos que la televisión catalana, por comparar con un caso similar. Sus espacios de interés público alcanzan una estima razonable, y no desdicen de los de empresas de presupuestos mucho más poderosos. Con sus altibajos, ha sabido encontrar un nicho en la audiencia y realizar un servicio estimable. Si yo estuviese a sueldo de Telemadrid, no pondría empeño en recordar a los electores que se trata de algo de lo que se puede prescindir sin que se conmuevan los sillares de la tierra. 

Me parece, por tanto, que lo que da a entender la huelga de la cadena madrileña es que sus sindicatos han decidido explotar a fondo su poder y olvidarse completamente de las variables del entorno. Se trata, en el fondo, de una actitud muy castiza: yo me ocupo de lo mío y a los demás que les zurzan. Supongo que a esto no le llamarán solidaridad, ni siquiera cuando no les oiga nadie.  Da igual que TVE haya tenido que hacer un ERE, por cierto bastante lujoso, que hemos pagado entre todos sin caer mucho en la cuenta; da igual que las televisiones privadas, con un gasto de personal mucho más ajustado, estén pensando en fusionarse; da igual que los ingresos  publicitarios del sector  hayan  disminuido de manera radical; da exactamente igual que se hayan cumplido las exigentes normas legales en los despidos debido a reajustes técnicos y por causas objetivas; da igual, por último, que cada día se pierdan en España 7.500 empleos y que la crisis nos tenga a todos con el corazón encogido. Todo da igual.

A los sindicalistas de Telemadrid les parece que peligran sus puestos de trabajo y han decidido pasar a la acción haciendo que Telemadrid desaparezca de las pantallas cuatro días de esta primavera, para ir abriendo boca.  Hay que reconocer que es todo un ejemplo y un método nuevo de afrontar las crisis del que debieran tomar nota los líderes que quieran ser cariñosos con Zapatero.

[Publicado en El Confidencial]

Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satánas

Encabeza esta columna el título de la segunda edición de una obra de Quevedo que pretendía ilustrar al Rey Felipe IV sobre la mejor forma de llevar el Gobierno, inspirándose, naturalmente, en las Sagradas Escrituras.  Aunque no es seguro que nuestro presidente conozca este texto, y pese a que sea probable que pueda pensar que sus consejas no le hubieren de interesar gran cosa, contiene algunas reflexiones que le vendrían al dedillo. Está claro que entre la todavía poderosa España de Felipe IV y la España internacionalmente esquiva y huidiza de Rodríguez Zapatero hay algunas diferencias, pero los consejos para el buen Gobierno siempre encuentran aplicación en las cavilaciones de los responsables. Escribe, por ejemplo, Quevedo: “Nada ha de recelar tanto un rey como ocasionar desprecio en los suyos; y éste sólo por un camino le ocasionan los reyes, que es dejándose gobernar”.  

¿Se deja gobernar Rodríguez Zapatero? Todos los presidentes, incluido el magnífico y admiradísimo Obama, que hubo de inclinar la cerviz ante el rey de los petrodólares, están sometidos a condicionamientos que merman de manera sustantiva su espontaneidad, que restan energías a sus propósitos y que les pueden amargar la fiesta. Me temo, sin embargo, que el caso del presidente español empieza a ser realmente excepcional. El problema de Rodríguez Zapatero no consiste en las limitaciones que efectivamente le afectan, como a todo el mundo, sino en su absoluta falta de propósito, en su abandono del Gobierno entendido como la continua corrección del rumbo de la nave –la palabra gobierno deriva del nombre griego de timón– para hacerla llegar a buen puerto. El problema es que nuestro presidente no quiere ir a ninguna parte, que aspira, únicamente, a quedarse donde está. 

No resulta particularmente absurdo que un político aspire a permanecer. Se ha observado que quienes se sienten cesantes, se dijo mucho a propósito de Aznar, suelen asumir riesgos y compromisos inconvenientes. El problema no es, por tanto, aspirar a permanecer, sino aspirar, únicamente a permanecer.  Podría pensarse que una acusación como esta se reduce a ser mera retórica de oposición: trataré de mostrar que no es el caso. 

Cuando no se gobierna, se está al pairo. Esta es, precisamente,  la única estrategia de nuestro presidente. Esperar a que se calme la bravía, y no cometer errores innecesarios que le espanten a su clientela. Al actuar de este modo, el presidente se ve obligado a actuar conforme a dos estrategias a las que se atiene de manera indefectible. En primer lugar, a echar la culpa de cualquier desgracia a alguien distinto a su Gobierno; hasta hace poco Bush estaba de guardia para recibir las lanzadas, pero no hay que preocuparse, porque lo que nuestro líder llama neoliberalismo seguirá cargando con los destrozos. Así lo advirtió recientemente Leire Pajín, otra de las luminarias socialistas: “¿cómo nos va a sacar de la crisis quién nos ha metido en ella?”. 

El segundo objetivo estratégico es mantener, a todo trance, el bienestar de los que considera más suyos, aun a riesgo de hundir el barco de todos. Rodríguez Zapatero actúa como si todavía fuese Felipe IV y pudiera seguir tirando de un fondo de riqueza inagotable porque piensa que el margen es infinito y que hay otros que, de momento, están peor. Hinchemos la deuda, pues. Recurrir al endeudamiento es una estrategia absolutamente injusta con las nuevas generaciones, es, literalmente, pan para hoy a precio de hambruna para mañana. Es prodigioso que una política que dice inspirarse en la solidaridad sea tan espantosamente egoísta con el futuro, claro que, para entonces, el Gobierno ya estará en otras manos, y de sobra es sabido  que la izquierda siempre ha sido hábil para echar la culpa a sus rivales y para prometer lo contrario de lo que hace. 

Si a todo esto se añade una superficial sensación de estar dejándose la piel en el empeño, a base de fotos y reuniones, se obtiene la ecuación del desgobierno.  Pues bien, si Quevedo estuviese en lo cierto, que, en pura lógica, sin duda lo está, la pregunta que hay que hacer es hasta qué punto puede aguantar un Gobierno que se dedica, al tiempo, al disimulo y al disparate. 

Los españoles hemos sido educados en décadas de aguante y punto en boca, admirablemente apoyados en nuestra mansurrona sumisión por unos medios de comunicación muy conscientes de que siempre se puede esperar más del Gobierno que del público. Sin sentir entusiasmo por el Gobierno, mucha gente se siente satisfecha con un tipo simpático, porque, ni entiende la factura de la luz, ni cae en la cuenta los impuestos que paga, de manera que la munificencia del líder carga plácidamente sobre sus riñones. En algunos lugares se podría decir aquello que se atribuye a Abraham Lincoln: es posible engañar a todos algún tiempo y a algunos siempre, pero no se puede engañar a todos siempre. En España, y con un Gobierno trufado de gallegos, nunca se sabe. 

[Publicado en El Confidencial]

La foto

[La fotografía está tomada de la portada de El Confidencial]

Muchos medios han llevado a su portada de este lunes de Pascua una foto del presidente del Gobierno reuniéndose con sus tres vicepresidentes. Zapatero domina la situación pero no parece tener nada que decir. Los Vicepresidentes 1º y 3º atienden también a lo que dice la Vicepresidente 2ª que, al parecer, es quien se encarga de la economía. 

No sé si la foto le produce a alguien tranquilidad. A mí, me produce un cierto asombro. No se sabe cuál es la noticia que ilustra. Que los cuatro se reúnan, no parece gran cosa; que se reúnan en vacaciones puede tener cierto mérito, visto lo visto, pero tampoco creo que sea un acontecimiento ejemplarizante. Podría ser que quisieran dar la impresión de que van a coordinarse, y eso tampoco sé muy bien cómo habría que valorarlo porque, tanto si se supone que normalmente se han coordinado,  como si se  presume que lo van a hacer a partir de ahora, la impresión es de absoluta liviandad. 

Se ve claramente que es una reunión de ideas, que los papeles están de más. Si el nuevo ministro de Fomento tiene España en la cabeza, no van a ser menos estos cuatro magníficos. Se trata, pues, de imaginar, de ser creativos. El Presidente muestra un gesto vigilante, como si quisiese que la ausencia del dulce y plomizo Solbes no se convirtiese en un happening excesivo. Ha tomado sus medidas: no están en la cumbre ni Sebastián, ni Moratinos, ni Chacón, aunque es posible que cualquier de los tres le haya pasado al presidente un papel con alguna sugerencia brillante, aunque ZP no haya tenido a bien usarlo todavía para mejor sorprender a tanta materia gris como ha puesto a su mesa. 

Es seguro de que una de las conclusiones de la cumbre es que hay que administrar mejor el potencial benéfico de las iniciativas del Gobierno. La nueva Vicepresidenta está allí para eso; es un ejemplo vivo de prudencia, sin que eso signifique poquedad; suya fue la iniciativa contra el vino que dejó en su sitio el carácter bronquista y la afición al morapio del anterior presidente del Gobierno, como se le llama en estas reuniones formales. Lo de menos es que haya que haber dado marcha atrás, y que se lesionasen los intereses de una industria importante: los símbolos cuentan más que las cuentas y aquello fue, sin duda, un éxito. 

No ha habido comunicado final, lo que da a entender que la máquina de imaginar está plenamente en marcha. No hay que ponerse nerviosos. El Gobierno vela por nosotros y lo hace en petit comité. A su tiempo, se nos entregarán los frutos maduros de la tenida. Zapatero nos muestra su faceta de hombre de despacho, trabajador sin vacaciones, organizador magistral, de verbo discreto, de imaginación fértil, pero embridada por la disciplina mental más exigente.

Se sabe que la reunión empezó con un análisis de la situación internacional a cargo del líder. Las cosas han ido bien hasta ahora, les dijo, pese a que Bush no dejaba de intrigar, algo que ha cambiado por completo con Obama. El panorama está despejado y vamos a entrar en la segunda década del siglo XXI. No hay nada que temer. Decidme chicos, ¿cómo lo veis? 

[Publicado en El estado del derecho]

Un Gobierno de partido

El nuevo gobierno de ZP es fruto de varias circunstancias. En primer lugar, es consecuencia del absoluto fracaso del Gobierno saliente, un grupo desconcertado de ministros en el que, los que tenían un mínimo de sensatez y de independencia, estaban deseando dejar de serlo. En segundo lugar, es digna muestra de la improvisación sistemática que caracteriza el estilo político de su presidente, amigo de hacer y deshacer gobiernos en los que nunca quedan claras ni las competencias, ni los programas. Hoy, por ejemplo, se le quita a Ciencia e Investigación lo que inteligentemente se le había dado ayer, o se le resta el deporte a Educación para hacer que dependa directamente de Presidencia, como en Cuba: Zapatero no se resigna a no apuntarse las medallas y los campeonatos que se adivinan porque teme que, a la postre, serán sus únicos trofeos. El nuevo Gobierno tiene tantos parches que apenas queda nada nuevo en él. 

Lo peor del Gobierno es, sin embargo, su partidismo. No me refiero, como es lógico, al PSOE, que también tendrá sus quejas, puesto que al fin y a la postre, el partido gana las elecciones, sino al hecho de que ministros como la de Cultura representen de una manera tan sesgada el conjunto de problemas que se supone tienen que afrontar. Cultura es el caso más espectacular, pero no es el único. Enrocarse en una tanqueta de la SGAE para disparar contra todo del mundo partidario de la libertad de intercambio en Internet es una jugada escasamente inteligente, aunque típica de alguien  poco amigo de la libertad ajena. Apostar por el cine, como si toda la cultura se redujese a él, es apostar por la soledad y el desprestigio. Si hay algo que en el mundo está cambiando de forma radical es este sector, pero ZP prefiere el aliento cariñoso de los amigos, aunque sea un aliento del pleistoceno.

Zapatero ha comenzado a instalarse en el bunker. Se rodea de los más fieles, de los menos propicios al libre juicio de las cosas. Se prepara para una defensa a ultranza de lo que le queda a la espera de que el enemigo se agote contra gente tan correosa y pueda haber ocasión de nuevas descubiertas. Sus victorias electorales han sido tan peculiares que no me atrevería a asegurar que vaya a equivocarse, pero hay que constatar que está pensando más en los errores del adversario que en los aciertos propios. No hay en el gesto fundador del nuevo Gobierno ninguna apuesta por una política renovada; es, tan solo, un pacto de intereses mínimos pero bien cohesionados que trata de fortalecerse mostrando solidez y exhibiendo su fuerza sin rebozos, a la espera de que el respetable se achique y decida refugiarse en el santo temor de lo nuevo, ponerse al abrigo de esa incierta libertad de la que Zapatero y los suyos no nos consideran capaces.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

El arbitrismo

La historia del poder político en España, tal vez con más sombras que claros, ha sido el caldo de cultivo de un tipo de crítica que ha recibido el nombre de arbitrismo. Una de las primeras referencias al arbitrismo se encuentra en la literatura política de Quevedo que se burla de los «locos repúblicos y razonadores» que, ante un panorama desastroso pergeñaban remedios supuestamente sencillos e infalibles, pero perfectamente inanes. La incongruencia entre el análisis de los males, y los efectos de los remedios, es el rasgo principal del arbitrismo que, en el fondo, supone la pura y simple negación de la política y del gobierno.

El arbitrismo es el lamento de las gentes que ven las cosas mal, y creen que nadie hace nada: recurren entonces a su magín para tratar de resolver los asuntos por las bravas. Esta forma de arbitrismo es inevitable y, al tiempo, perfectamente inofensiva. Lo peculiar es que ahora el arbitrismo se ha instalado en el Gobierno lo que, considerado con el buen sentido residual del público, no hace sino potenciar el más negro de los pesimismos. La gente sabe bien que los ciudadanos se pueden permitir las salidas de pata de banco, porque todo queda en un desfogue sin consecuencias, pero siente la tenaza del terror en torno a su cuello cuando ve que un ministro propone cambiar las bombillas, o que el gobierno recurre a resolver el problema del aborto convirtiéndolo en un derecho inalienable.

El gobierno de Zapatero ha vivido políticamente, desde sus comienzos, de los efectos de imagen de un insólito arbitrismo gubernamental. Un gobierno arbitrista es una contradicción en los términos, pero si el panorama es soleado puede confundirse con un gobierno milagroso. Así, mientras duro la cara amable de la economía, el arbitrismo de ZP era visto como un ejercicio poético relativamente tolerable. Daba lo mismo que el gobierno perdiera el culo gallardamente saliendo de Irak (se trató de dar medallas al jefe de la operación) o que se propusiera una célebre alianza de confusiones. Todo iría bien mientras la fiesta continuase. Y así cayeron sobre nosotros las leyes de dependencia, el bachillerato sin exámenes, los 400 euros o las subvenciones hasta para pedirlas.

Pero ha llegado la plaga de las vacas flacas, y ZP sigue en sus trece. La gente tiene miedo, sencillamente, y su comportamiento puede ser imprevisible: tal vez reaccione con valor y coraje, y arrase todo ese absurdo retablo de las maravillas, pero nadie sabe a ciencia cierta por dónde tirará. El PP debería de tomar nota de este estado líquido de la opinión y apresurarse a poner toneladas de buen sentido y precisión en sus actos y propuestas, porque, de lo contrario, el hartazgo se puede llevar por delante todos los diques.

El bunker de ZP

El presidente de refugia con los más íntimos, con gentes proclives a la adulación. Deglute, con dolor,  el enorme desengaño de las últimas batallas, una derrota sin paliativos y una victoria pírrica. Se ha encerrado en su bunker y el mundo exterior se le antoja cada vez más ingrato e incomprensible. José Luis Rodríguez Zapatero se ve en el inicio de un declive irrefrenable, como siempre corresponde a un designio desmesurado. 

Sobre el verdadero carácter del presidente, discrepan las fuentes. No teniendo la suerte de conocerle, tiendo a considerarlo como una variante moderadamente peligrosa del iluso, como a hombre de escasas lecturas y audacia sobrada, que acaba por confundir el mundo con sus fantasías. Nada que ver con el Quijote, con el que guarda, únicamente, la analogía ridícula y del que no parece tener ni la generosidad ni la grandeza. Creo que es un espécimen de político sin apenas mundo que abunda también en el partido rival y que, cuando, como ha sucedido, se abre paso hasta la cumbre, gracias a sus habilidades en el regate de patio, puede llegar a ser realmente peligroso. 

Hasta hace muy poco le cubrían los laureles de victorias insólitas. Pero, de manera para él impensada, empezaron a fallarle rápidamente las ocasiones. Su empeño en negar la crisis feroz que se nos venía encima le ha supuesto un coste de credibilidad francamente irrecuperable. El fracaso de sus divisiones en dos batallas en las que el enemigo parecía dividido y al borde de la extinción le han dejado perplejo. Seguramente no puede dormir, no por el recuerdo de los parados, sino porque no ve salida  fácil a la situación en la que ha caído. Solo el bunker parece seguro, y tampoco las tiene todas consigo respecto a la fidelidad de los oficiales de mayor rango que pudieran estar pensando en soluciones distintas a la fidelidad ciega. No le convendría leer Walkiria, ni siquiera ver la película. 

Es muy dramático que, quien fue capaz de imaginar un panorama de regeneración democrática de la izquierda abertzale y se veía con los laureles de pacificador, se vea ahora en la necesidad de pactar con su enemigo de fondo, con esa derecha que, más allá de las formas, desprecia. Como Peces Barba, que ha sido muchas veces su mentor, piensa que cualquier victoria de la derecha es una derrota de la democracia con la que sueña, de todo cuanto cree. Con el mismo esquema de cualquier fundamentalista, cree que fuera de su izquierda no hay salvación, ni dignidad, ni derecho. 

Y eso le está pasando a él;  cuando creía que el PP se merendaría a Rajoy y entraría en una imparable dinámica destructiva, resulta que le gana en Galicia  y que convierte los resultados del País Vasco en una encrucijada infernal que le aparta fatalmente de los planes originales, fruto dilecto de su inspiración, pero primorosamente dibujados por su Estado  Mayor. 

No puede contar con nadie. En su gobierno se siente rodeado de dimisionarios y de una coya de voluntaristas que, en el fondo,  le dan un poco de grima. Los más valientes le advierten de que tiene que cesar en el maquillaje de los datos y de que la opinión empieza a tomarse a broma sus pronósticos.  Se siente rodeado. Tiene que afrontar un sinfín de desastres. El fallo de sus planes de fondo es clamoroso y ya no puede ocultarlo a nadie. Siente que no le quedan fintas y que una legión de burlados esperan el momento de pasar factura. Las previsiones bienintencionadas de los estrategas a su servicio fallan de manera estrepitosa y el público, hasta ahora fiel y entregado, se le pone de frente o de perfil, no le escucha.  El ambiente externo es extremadamente hostil, descontando incluso las iras de sus enemigos irreductibles.  Solo es seguro el refugio y habrá que extremar las cautelas. 

Parece que nuestro presidente se ve a sí mismo de manera muy positiva y se considera un hombre de suerte, pero los giros de la fortuna le están dando la espalda: la dichosa cacería de un ministro de pesadilla, y las insólitas revelaciones sobre la ligereza del justiciero universal, han puesto acíbar en sus heridas. 

A quienes le recuerdan las cuestiones pendientes los fulmina, mientras reclama calma en un ambiente de franco pesimismo, de derrotismo incluso. El ejército de Cataluña va descaradamente a lo suyo olvidando el patriotismo de partido y el mariscal vasco no quiere oír de otra cosa que del sillón vitoriano, al precio que sea. Los comandos especiales se han detenido en posiciones neutralizadas  y no representan más que gastos y desdichas. 

El panorama que se adivina desde la guarida del zorro es muy poco estimulante. Son muchos los que esperan que sepa dar la vuelta a esta situación, los que confían en su legendaria cintura. Algo tendrá que hacer, pero en su intimidad se ha producido una ruptura sumamente dolorosa: la que marca el fin del espíritu de conquista y anuncia el inicio de la resistencia vulgar, la búsqueda de una salida no completamente indigna que, tal vez, ya no esté en su mano.

[publicado en El Confidencial]