Hacer algo por el Real Madrid

Aunque el Real Madrid acaba de clasificarse para jugar la final de la Copa del Rey, es evidente que el equipo no está a la altura que deseamos sus socios y sus seguidores, y que esa decepción hunde sus raíces en un modelo de gestión que ha fracasado, ese modelo que ha hecho que Mouriño, un tipo serio, sin duda, haya dicho que el Real Madrid es un circo, y que se está pensando su continuidad al final de esta temporada. Creo que los socios que no estamos conformes con la manera en que la directiva lleva las cosas debemos hacer algo. A mi se me ha ocurrido crear un grupo en faceboook «El Real Madrid merece lo mejor» para ir intercambiando opiniones y crear una fuerza que pueda actuar en favor de nuestro equipo en las próximas elecciones, evitando que sean un nuevo paseo triunfal para Florentino, como ocurrió, lamentablemente en la última convocatoria. Lo que sigue a continuación es el «manifiesto» con el que convoco a los socios del Real Madrid a organizarse y a defender el estilo, la historia y las esperanzas del club y de todos nosotros.

La historia del Real Madrid ha sido gravemente desvirtuada bajo el poder de Florentino Pérez y los socios del Real Madrid, que somos responsables del destino de nuestro club, al menos eso dice la teoría, debemos de tratar de que se pueda recuperar el rumbo perdido. La realidad, sin embargo, es que el Real Madrid se ha convertido en una finca de Florentino y sus amigos, en una institución que deportivamente está muy mal dirigida, que malgasta el dinero y, lo que es peor, que está viendo cómo su prestigio histórico está siendo humillado no sólo porque nuestro gran rival está ahora mejor que nosotros, sino, sobre todo, porque la dirección del club es caótica, caprichosa y personalista.

Creo que el hecho de que Florentino Pérez haya ganado las últimas elecciones sin ni siquiera una candidatura rival dice muy poco de nosotros, y pretendo que nos esforcemos para que eso no vuelva a suceder jamás.
Quienes amamos al Real Madrid, y pensamos que el mejor club del siglo XX debería seguir siéndolo en el siglo XXI, tenemos que movilizarnos y exigir de nuestros directivos una política distinta. Estoy seguro de que somos muchos, pero estamos muy dispersos, además de desconcertados y con sensación de impotencia frente a protagonistas muy poderosos; pero me parece evidente que si esta clase de medios, como Facebook o Twitter, han servido para hacer posibles revoluciones que eran impensables hasta ayer mismo en el norte de África, también podrían servir para que los socios del Real Madrid cobren conciencia de su poder y sepan que pueden impedir que su destino siga en manos de un pequeño grupo de gente que no ha sabido mantener el nivel deportivo y la categoría moral que siempre ha distinguido a nuestro equipo.
desgraciadamente, creo que la situación actual tiene ya muy poco remedio, y que hay que ir preparando el futuro con calma. No creo que haya que renunciar a nada, pero me parece que el club necesita políticas muy distintas y que tenemos que buscar entre todos un nuevo Bernabeu, sin rendirnos a la idea de que hayamos de ser rehenes de alguno de los multimillonarios caprichosos que quieren prestarse a hacernos el favor de presidir el club que tanto amamos.
Me gustaría que este sitio fuese un lugar de intercambio de opiniones educado y positivo, que no se insultase a nadie, ni se hiciese demagogia. Para eso, por desgracia, ya hay muchas oportunidades en otros lugares, pero nada sacamos con ello. Los madridistas sabemos muy bien que no se gana nada con echar la culpa a los árbitros o a conjuras de necios. Sabemos muy bien que cuando se es el mejor se gana casi todo: esa ha sido nuestra historia, pero desde que Florentino Pérez puso su mano en el timón, los resultados han sido muy escasos. Es verdad que le debemos momentos estelares, sobre todo que Zidane haya sido nuestro, pero, no nos engañemos, el balance es decepcionante y sería muy triste que entre todos nos consigamos aunar la fuerza necesaria para llevar a la dirección del Real Madrid a quien realmente lo merezca. 

El disparate como sistema

Los inicios de la democracia en España supusieron un gigantesco intento de normalización que fue seguido con cierto interés en todo el mundo. No solo se trataba de hacer que fuese normal en la política lo que era normal en la calle, según la fórmula que empleó en su momento Adolfo Suárez, sino de hacer que en España dejase de existir un régimen extravagante y comenzásemos a tener un sistema político suficientemente semejante al de las democracias. El objetivo se logró con éxito, y con sacrificio, hasta el punto de que España pasó a convertirse en un país admirado, incluso imitado, y comenzó a suceder que la marca España pudo surcar los mares de la economía internacional con alguna soltura.
Todo eso parece haber terminado de manera más o menos abrupta, y nos encontramos ahora con que el Gobierno tiene que aplicar políticas enteramente contrarias a sus objetivos políticos y a sus programas, con que el país está, en cierta manera, intervenido, porque resulta que nuestro peso económico es ya demasiado elevado como para que se nos pueda dejar caer sin que ocurra una catástrofe que conmueva hasta a los chinos. En cierto modo, hemos tenido suerte, pero no se puede evitar el sonrojo que produce haber llegado hasta esta situación. Es posible que una gran mayoría de ciudadanos no hayan percibido con toda nitidez lo que aquí ha ocurrido, pero es seguro que nuestros técnicos y hombres de empresa, los españoles que han aprendido a luchar en un mercado mundial, están perfectamente al cabo de la calle de esta merma general en la consideración que se nos tiene.
¿Sabremos sacar la lección correspondiente? La política española no ha conseguido una democratización plena, se ha quedado, en muchos aspectos, a medio camino, en una especie de engendro partitocrático, en un sistema en el que las responsabilidades políticas por los errores cometidos no se exigen jamás, basta con volver a ganar y aquí no ha pasado nada, y en el que las responsabilidades judiciales son completamente impensables. Nuestros líderes están más allá del bien y del mal, están a resguardo de cualquier implicación. Todo esto sucede porque los electores desean seguir creyendo a pies juntillas en que los políticos hacen lo que dicen, en lugar de admitir la evidencia de que son extraordinariamente hábiles para ocultarnos lo que hacen. Hay personajes que han obtenido un patrimonio del que no pueden dar cuenta razonable, pero el aparato del estado les protege de lo que supuestamente puede reducirse a meras insinuaciones malévolas mucho más allá de lo que resulta permisible. La Fiscalía ha dado unos ejemplos de parcialidad realmente sobrecogedores, y su pericia para no mirar a donde no conviene es realmente legendaria.
Deberíamos caer en la cuenta de que el altísimo nivel de la indecencia personal que resulta tolerable entre nosotros es consecuencia directa de la irresponsabilidad política, del hecho de que no exijamos cuentas directas a los líderes, de que el electorado acoja de manera indiferente los aciertos y las fechorías porque se limita a juzgar del asunto por razones de índole ideológica, en función de si el afectado es de los nuestros o de los contrarios; y no solo el electorado, sino la mayoría de la prensa que se mueve también con gran soltura e irresponsabilidad en este régimen satelital.
Esta es la causa última de que en España no se castigue el disparate, la administración ineficiente, ni, por supuesto, la corrupción; basta que se disfrace ideológicamente para que todo el mundo tolere o incluso aplauda las mayores tropelías. De repente, por ejemplo, el gobierno descubre que las Cajas son un problema y está dispuesto a proponer una solución distinta cada cuatro semanas sin que pase gran cosa. El problema bastante similar que existió con parte de la banca estadounidense se arregló en apenas seis meses y hay bancos que ya están devolviendo sus préstamos al fisco y dando de nuevo beneficios. Aquí llevamos tres años mareando la perdiz y, por si fuera poco, damos al respetable personal de las Cajas y a sus clientes unos cuantos meses, a ver si se produce un pánico o no pasa nada, que será, imagino, lo que el gobierno espera. Pongo este ejemplo porque es el más reciente, pero se podrían espigar decenas de ellos y, por supuesto, de todos los colores. Mi disparate preferido es el de la alta velocidad, un sistema que cubre capitales tan importantes como Cuenca o Guadalajara, cuando hay ciudades modestas como Berlín o New York que todavía no disponen de él, y que apenas da para pagar los gastos de explotación: ¿será por dinero? Es posible que gracias a Merkel se acaben estas alegrías, pero lo interesante sería que el electorado aprendiese a no premiar el disparate. El día que empecemos a poner en cuarentena las palabras infladas y los despistes intencionados de quienes no quieren que nos enteremos de lo que hacen, habremos empezado a construir realmente una democracia que pueda volver a ser respetable.

Salir de la rutina

La economía española tiene muchos problemas, pero todos ellos derivan de errores colectivos que, eso sí, se reflejan y potencian por los gobiernos. Los españoles debemos dejar de esperar que las cosas se arreglen, es decir, de que podamos volver a nadar en la abundancia por arte de birli-birloque, y tendremos que empezar a pensar y hacer cosas por nuestra cuenta. El mal español de ahora es la pasividad, la rutina perezosa y ritual, la complacencia con las buenas intenciones de las almas de quienes nos gobiernan o aspiran a hacerlo. El día que aprendamos a pedirles cuentas comprenderemos lo poco que hay que esperar de ellos.
La aparente prosperidad de estos años nos ha hecho olvidarnos de la necesidad de crear algo que interese a los mercados, de hacer algo que sea realmente útil, que se pueda medir, comprar y vender. Esto le puede parecer a las almas bellas un materialismo grosero, pero ya está bien de vender humo. Nuestro problema consiste en que valemos cada vez menos en un mercado cada vez más competitivo, abierto y creativo, y si queremos salir del proteccionismo memo en el que hemos vivido, gastando los ahorros de la hormiga alemana en fiestas de cigarra española, bien es verdad que comprando sobre todo productos alemanes, debiéramos ponernos a pensar qué podemos ofrecer a los demás, qué sabemos hacer, porqué deberían contratarnos o comprarnos lo que ofrecemos. Lo demás son historias muy viejas, muy aburridas, muy repetidas, estériles, idiotas, romances de ciegos burócratas, coplas de mendigo amargadas porque el señorito ha probado las mieles de la prosperidad y se le hace duro dormir de nuevo a la intemperie.

Un Príncipe a la espera

Felipe de Borbón, heredero de la Corona española, acaba de cumplir cuarenta y tres años. A esa edad, es ya un hombre felizmente casado y padre de dos hermosas niñas, y se encuentra, por tanto, en una situación que es común a muchos de sus coetáneos, en un momento de plena madurez vital. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con la gran mayoría de sus compañeros de generación, no podrá alcanzar el cenit de su carrera hasta que no se produzca un hecho que él habrá de lamentar como buen hijo, la muerte de su padre, o una abdicación del Rey que indicase incapacidad o desistimiento, una eventualidad que, afortunadamente, se antoja ahora mismo tan improbable como indeseable. Don Felipe lleva una larga y valiosa preparación a sus espaldas, pero no tiene a la vista la oportunidad de que los españoles podamos comprobar su valía como monarca. Se trata de una circunstancia que resultaría frustrante para cualquiera, y que él está llevando de una manera ejemplar. Esta larga espera habrá de servir para que se aquilate su prudencia, se acreciente su serenidad y su paciencia, y se intensifique su capacidad de comprender las peculiaridades de su misión y el ritmo de los tiempos históricos. Como heredero de la Corona, y adornado de todos los títulos históricos que lo requieren, el 30 de enero de 1986, a los dieciocho años de edad, juró ante las Cortes Generales fidelidad a la Constitución y al Rey, asumiendo la plenitud de su papel institucional.
Los españoles estamos muy convencidos de que el Príncipe atesora una formación excepcional, tanto desde el punto de vista puramente académico como desde el punto de vista militar, y de que está aprovechando de manera fructífera esta larga preparación para poder servir mejor a su patria en el momento en el que sea necesario. El Príncipe conoce muy bien todos los rincones de nuestra España. Ha ejercido en numerosas ocasiones como embajador extraordinario de nuestros intereses y está perfectamente al tanto de cuanto sucede y nos afecta. Ha hecho todo eso, además, de manera muy discreta y sin provocar otros sentimientos que admiración hacia su persona y cariño por su figura, por la Princesa Leticia y por las dos preciosas Infantas Leonor y Sofía.

Los españoles deberíamos de preguntarnos si se está haciendo lo suficiente para que el servicio del Príncipe a los altos intereses de la Nación y al bienestar de todos los españoles sea tan intenso como pudiera serlo. Tal vez no sea muy lógico que los herederos de las monarquías contemporáneas tengan que soportar una larga espera sin poder participar en otra cosa que actos protocolarios. Se trata de asuntos muy delicados, es cierto, sobre los que ni existen previsiones precisas por parte de la Constitución, ni hay una tradición que pueda invocarse con perfecto sentido, puesto que los Reyes de nuestra historia solían ser coronados a edades mucho más tempranas que la que, presumiblemente, alcanzará Don Felipe a la hora de su proclamación como Rey. Es responsabilidad conjunta del Gobierno, del Parlamento y de la Casa del Rey, preguntarse por la manera más eficaz de aprovechar la experiencia y habilidad del Príncipe en beneficio de España y de lograr, al tiempo, que los años de espera que aún le quedan hasta su proclamación como Rey de todos los españoles supongan una mejora efectiva en su conocimiento de la realidad de la Nación sobre la que ha de reinar, de su historia, de sus problemas y de sus esperanzas, que han de ser también las suyas para siempre.

El futuro de España

La capacidad de los políticos para la simulación no debiera sorprendernos, pero es tanta que no deja de asombrarme. Ahora resulta que Zapatero dice que a los socialistas no debe preocuparles el futuro de su partido, sino el futuro de España. La verdad es que podemos considerar muy necesaria su declaración, visto lo que han hecho con ese futuro en los últimos años. Siempre me ha admirado el sexto sentido que tiene Zapatero para envolverse en la bandera cuando le conviene, cuando las cosas se ponen feas, se ve que no ha oído nunca lo que esa conducta le sugería a Samuel Johnson
Cuando éramos pequeñitos y nos querían sacar una foto en la que no pusiésemos cara de idem, el hábil retratista decía aquello de «mira al pajarito» y, si tenía suerte, se nos ponía cara de estar pensando en el trasmundo, que es lo que siempre buscan los fotógrafos artísticos. Zapatero es de ese gremio y nos invita a mirar al pajarito para que no se le note la cara que tiene. Lo malo es que, a veces, se le va el santo a los cielos, y vuelve a decir aquello de que lo caro no son las autonomías, sino el centralism: entonces los niños españoles nos ponemos a llorar de nuevo sin que ningún pajarito acierte a sacarnos de nuestra infinita pena. 


Una sociología optimista

Daniel Bell, uno de los sociólogos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, falleció el pasado 25 de enero de 2011, a los 91 años de edad, en su casa de Cambridge, Massachusetts. Bell, aunque comenzó su carrera como periodista, era el tipo de académico brillante y solvente que casi sólo puede abundar, a día de hoy, en las universidades de EEUU, gracias a un sistema muy competitivo que reconoce y premia la excelencia de modo inequívoco. Bell, como Thomas K. Merton, perteneció a esa estirpe de sociólogos que, dotados de una formación general muy amplia, pueden realizar su vocación estudiosa sin ninguna clase de limitaciones y con una gran variedad de medios de apoyo. Catedrático de sociología en Harvard, su obra forma parte de esa tradición política y sociológica anglosajona que se caracteriza por su capacidad de prestar atención, a un tiempo, a los fenómenos más menudos de la vida cotidiana, y al núcleo de ideas esenciales de cualquier filosofía relevante para la práctica del gobierno y para el análisis de los grandes conflictos culturales y morales con los que se enfrentan las sociedades occidentales. Daniel Bell ha sido autor de una obra muy abundante, muy variada y enormemente influyente en la que ha construido una interpretación rica, plural y coherente de nuestro pasado cultural, de las diversas crisis de las democracias contemporáneas, y en la que se ha atrevido a imaginar con fino olfato algunas de las grandes modificaciones que determinarán el futuro de la sociedad occidental. Fue el primero, seguramente, en darse cuenta de que nuestra sociedad se adentraba en una era post-industrial, en la que los conceptos económicos, políticos y laborales tendrían que cambiar de manera profunda como consecuencia del enorme impacto de las tecnologías, una modificación realmente decisiva que él supo diagnosticar ya en los años sesenta. Su influencia intelectual ha sido inmensa, hasta el punto de que el Times Literary Supplement recogiese dos de sus obras, «El fin de la ideología» (1960) y «Las contradicciones culturales del capitalismo» (1978), entre los 100 libros más influyentes desde la Segunda Guerra Mundial. Los términos que introdujo en sus análisis se han hecho comunes, y sus ideas se han extendido hasta tal punto, que algún lector desavisado podría tomar como una vulgaridad envilecida por su abundante circulación lo que hace unas décadas había constituido una de sus aportaciones plenamente originales.
Aunque sus orígenes políticos estén en la izquierda neoyorquina, sus ideas pueden ser compartidas por cualquier conservador inteligente, como el mismo se consideraba desde el punto de vista cultural. Sus críticos más feroces han procedido precisamente de la izquierda y le han reprochado que su obra oculte la realidad bajo un manto de idealismo, de teoría seductora pero, en sus esquemas dialécticos, escasamente fiel a la historia. Es normal que los pensadores de izquierda sospechen de alguien que afirmó con absoluta rotundidad que la muerte del socialismo estaba siendo el hecho político incomprendido del siglo XX. Lo esencial en su análisis del fin de la ideología, compartido con sociólogos como Lipset, Shils o Aron, era que las viejas ideas políticas del movimiento radical se habían agotado y ya no tenían el poder de despertar adhesión o pasión entre los intelectuales.
Para Bell, el factor decisivo en el desarrollo de la sociedad contemporánea es, además de la influencia tecnológica, el componente cultural, y estaba de acuerdo con Weber en que en los momentos cruciales de la historia la religión, muy lejos del opio del pueblo, puede ser la más revolucionaria de las fuerzas. Encontrar una teoría positiva del hogar público le parecía una tarea a la que nunca se puede renunciar, de modo que las relaciones entre el Estado y la sociedad, entre el interés público y el apetito privado seguirán siendo, obviamente, el problema principal del orden político para las décadas futuras
Su visión de los problemas sociales es, pues, optimista, no incurre en ninguna melancolía, ni se deja llevar por las melodías de ningún decadentismo. Es lógico que así sea en alguien al que conocemos con un apellido que fue el resultado de una americanización forzada de su nombre de cuna, Daniel Bolotsky, pues, aunque nació en el Lower East Side de Manhattan, sus padres eran judíos inmigrantes de la Europa del Este, y su familia pensó que sería conveniente liberar al niño de una carga tan notable cambiándole el apellido cuando Daniel tenía 13 años. Su biografía es pues, la de un triunfador, la de alguien que llega a la cumbre de la vida académica desde el suburbio. Esa experiencia personal de la dureza de la vida le hizo especialmente sensible a la comprensión de los complejos conflictos de que ha estado trufado el siglo XX, guerras, debates, crisis sin cuento, unos acontecimientos que supo colocar en una perspectiva positiva, optimista, como ocurre siempre que se estudian las cosas humanas sin prejuicios y con esperanza. 
[Publicado en La Gaceta]

Un debate equívoco

El debate sobre las modificaciones del sistema de pensiones es un ejemplo casi perfecto de cómo suelen ser las discusiones en esta democracia tan demediada. Datos incompletos, actitudes que pretenden ser tomadas por lo que no son, disimulo, equívoco, miles de ficciones sin base alguna… Todo menos decir la verdad desnuda del asunto, a saber, que el sistema de pensiones está fundado en un sistema Ponzzi que es fundamentalmente insostenible, que nuestro problema no son las pensiones de dentro de treinta años, sino la falta de empleo ahora, que no hay empleo porque no tenemos casi nada que ofrecer a un mercado cada vez más competitivo, que mientras sigamos siendo un país disparatado y chapucero vamos a ir cada vez peor, que de nada sirve la hipocresía de los principios bellos, que los números no salen, que nos encaminamos velozmente a un descalabro sin precedentes, que este gobierno ha sido extremadamente perjudicial en todos los aspectos económicos, además de simplemente deletéreo en los aspectos políticos y de moral pública, etc. etc. Los responsables políticos, y los comparsas sindicales, hacen como que están tomando medidas técnicas, pero lo único que pasa es que son cobardes y mendaces y no se atreven a decir lo que habría que decir para que esta sociedad se despabile un poco, porque esperan poder seguir en sus poltronas tanto como puedan. Triste destino el nuestro, a la espera de que gente con alguna energía y con dos dedos de frente se disponga a decir lo que nadie dice y a hacer lo que nadie quiere que se haga.

La democracia, treinta años después

Las democracias modernas se caracterizan por la enorme importancia que llega a adquirir la mediación de los distintos sistemas de representación, de manera que el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo es el nombre de un ideal que no puede considerarse sin cierto grado de eufemismo. Precisamente para paliar en cierto modo ese carácter deformador de los sistemas de representación, los teóricos de la política han insistido en la gran importancia que hay que otorgar a la poliarquía si queremos que sigan existiendo formas de gobierno como las de las democracias liberales. Cuando en una democracia hay pugna entre un buen número de instituciones y de personas, podemos estar seguros de que la libertad política está garantizada y que su ejercicio producirá efectos beneficiosos en el sistema. Cuando, por el contrario, con la excusa de la eficacia, con la disculpa de las urgencias, o con el amparo que fuere, se impide la poliarquía, podemos estar ciertos de que esa democracia camina hacia su propia disolución, se hará, tarde o temprano el hara-kiri, tal vez no en forma espectacular pero sí de manera efectiva. La poliarquía es el único recurso al que podemos acudir para asegurar la continuidad de las democracias liberales, de los sistemas que son realmente sensibles a la opinión, y cuyos gobiernos aceptan su destituibilidad por medios enteramente pacíficos. Pues bien, el nivel de poliarquía en España no ha sido nunca alto, pero se encuentra en un proceso acelerado de descenso, próximo a la mera extinción.
Los estados son muy poderosos, y los gobiernos manejan con soltura una enorme cantidad de recursos capaces de manipular de manera certera las opiniones y los sentimientos de la mayoría, lo que da lugar a que la democracia se subvierta, pues no es ya la voluntad de los ciudadanos quien legitima al poder, sino el poder quien construye una voluntad ciudadana a su imagen y semejanza. Ello pone muy en riesgo al poder político de dejarse seducir por los encantos y la eficacia del absolutismo, tanto más cuando se puede pretender que se trata de un absolutismo de la propia voluntad popular, un ejercicio de la soberanía ultima que reside en los ciudadanos.
El correlato más visible de todos estos movimientos en el subsuelo de la política es la tendencia a entronizar al líder político, a convertirlo en algo más que un representante de la voluntad pasajera de una mayoría, a tratarlo como a un Cesar, a una personificación de la divinidad. Lógicamente, la dinámica de los medios de comunicación no hace sino intensificar esa tendencia a la divinización del líder convertido en ícono carismático capaz de resolver, por su mera aparición, toda suerte de contradicciones, de allanar cualquier clase de dificultades. La política entra así en un reino en el que las imágenes sustituyen a los argumentos y los sueños a los proyectos, con un resultado de entontecimiento colectivo.
Me parece que la tendencia de los partidos a simular lo que realmente deberían hacer, a sustituir los congresos por convenciones, a amañar los mítines populares para que parezcan actos de una campaña puramente publicitaria, es una consecuencia de su renuncia a ejercer la política democrática, a enriquecer el debate de ideas, un instrumento más para alcanzar el objetivo de minimizar la conflictividad social que pudieran generar una discusión más abierta de sus proyectos, en el caso de que pudieran hacerse más explícitos. Pero lo más grave ocurre cuando se da un paso más, y no solo sucede que los partidos disimulen sus intenciones, sino que, a base de especializarse en tácticas de simulación, acaban realmente por no tenerlas. La conquista del poder se convierte entonces en el único móvil de sus acciones, el programa no importa en absoluto, hasta el punto de que se consienta que determinados líderes locales o regionales ejecuten programas de hecho contrarios a los principios que se dice defender; en esta situación, lo único que importa a los partidos es lograr el grado más alto posible de desprestigio del adversario, sin importar para nada la zafiedad intelectual y moral con la que se emprenden determinadas campañas de acoso al rival.
Treinta años después de iniciar con ilusión una democracia, los españoles contemplamos con cierto asco el desmoronamiento de nuestras esperanzas. Los partidos lo ocupan todo, el legislativo es un mero apéndice del ejecutivo, y el poder judicial se prostituye acudiendo raudo en auxilio del vencedor, digan lo que digan las leyes. La sociedad civil apenas existe. Es una situación terrible porque afecta también, de manera que sería escandaloso negar, a los medios de comunicación en la medida en que, renunciando a su independencia, se olvidan de dar información y se dedican a edulcorar las noticias que convienen a sus dueños, legales o reales. A quienes creemos en la libertad, nos queda todo un mundo por conquistar, pero será una tarea larga y trabajosa. 
[Publicado en El Confidencial]

El plan de Zapatero

Al poco de comenzar este año, como para apostar por la novedad que siempre trae consigo la nueva fecha, el presidente concedió una entrevista a Onda Cero de la que no se pudo sacar nada que no fuese una obviedad. A pesar de la indudable calidad del entrevistador, la noticia fue que no había noticia, lo que, desde luego, ya no debería sorprender a nadie, conociendo mínimamente al inquilino de la Moncloa. Zapatero actúa de manera habitual siendo muy consciente de que le conviene que él sea la noticia, la única noticia, más aún cuando ha conseguido provocar innumerables especulaciones sobre su retirada.
La condición política de esta estrategia presidencial no se podría comprender bien si no se tuviese en cuenta los hábitos audiovisuales de grandes sectores de la población española, una manera de comportarse del público que implica importantes consecuencias intelectuales y morales. El hecho de que la figura pública de una tal Belén Esteban, alguien que no es conocida ni reconocible por cosa distinta a sus apariciones en la tele, y en la muchedumbre de colorines que giran en su entorno, generando lecturas complementarias y poses significativas, haya alcanzado tanta presencia, no es en absoluto ajeno al comportamiento presidencial. Esta afirmación, que pudiera parecer más arriesgada de lo razonable, no pretende ser sino una forma de advertir al observador curioso no sobre la inanidad intelectual de la actividad mediática del presidente, sino, sobre todo, sobre su capacidad de seducción en esos mismos sectores de público que sacian sus ansias de interés con el belenestebanismo. El derroche de vulgaridad que secreta la televisión de Berlusconi, a través de un número increíblemente alto de programas supuestamente distintos, reconcilia a grandes sectores del público con su auténtica condición, los convierte en parroquia de una cohorte de pequeñas esperanzas que tienen el efecto de inhibir cualquier espíritu crítico, cualquier confrontación, y los habitúa a un grado altísimo de credulidad, de indiferencia. Es este público el que objetivamente cultiva Zapatero en su reencarnación más reciente, en su pose de héroe normal dispuesto a cargar con cualquier clase de sacrificios personales que puedan ser necesarios para el bienestar de los españoles. Zapatero-Esteban se coloca así en una posición a mitad de camino entre la víctima propiciatoria y el héroe incomprendido, y pretende suscitar la solidaridad moral de cuantos creen en ese universo de barata sensiblería y de supuesta honestidad que encandila a un público capaz de conformarse con menos que nada.
Si se pone este panorama en conexión con una de las escasas doctrinas públicamente defendidas por ZP, me refiero a su afirmación, en el prólogo a un nada inolvidable libro de Jordi Sevilla, según la cual no hay ideología ni lógica en política porque solo, “hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica», se puede comprender que, sustituyendo el debate en el ágora por los índices de audiencia, las apariciones sean el mensaje. Belén Esteban se ha convertido en un paradigma para innúmeros españoles, hasta haber llegado a ser portada del sedicente periódico global, y Zapatero ha aprendido ya que no hay nada que decir salvo mantener el tipo, al precio que sea.
Si el PSOE alcanzase a ser todavía algo distinto a lo que Zapatero ha hecho de él, podríamos apostar con seguridad que Zapatero no repetiría en ningún caso, pero eso está por ver. Mientras tanto Zapatero continúa atizando al monigote maniqueo que tiene más a mano, y juega a que la noticia, sus apariciones y sus mutis, sigan impidiendo la desesperación de los más incautos, el desasimiento de los más humildes, esos que, en su retórica, lo merecen todo aunque jamás se haya ocupado efectivamente de sus intereses, ni piense hacerlo en el futuro. Es obvio que esa estrategia puramente política puede servir también a su indudable sangre fría en la táctica, a su forma de ir haciendo lo que se le manda, aunque sea del modo más lento y embarullado posible, para evitar que nadie, ni de las muchedumbres de descamisados sindicales, ni de las cohortes de espectadores de las cadenas amigas, repare más de la cuenta en la absoluta incongruencia de su política. Si en un plazo no muy largo se produce una inflexión, no digamos ya un milagro, los ditirambos que se aplicarán al acontecimiento serán dignos de una celebración milenaria, vistas las loas hechas a los inexistentes brotes verdes, y las esperanzas puestas en esos 10.000 nuevos empleos que, espigando entre las estadísticas, acertó a encontrar a finales de 2010 el ministro de Trabajo.
Es posible que un Zapatero personalmente roto piense en su retirada, pero el Zapatero al que entrevistó Carlos Herrera está jugando al tran tran, como en el Mus, porque su inteligencia mágica le hace creer en lo inesperado, y está dispuesto a que la inspiración, como decía Picasso, le sorprenda trabajando.