Las tribulaciones de un Obama español

Sea cual fuere la idea que tengamos de Obama, y sin ninguna intención de incurrir en hagiografías, es interesante preguntarse si sería posible que en España se diese un caso similar. Para los que quieran ahorrarse los argumentos, la respuesta es muy simple: no. ¿Cuáles son las razones que lo hacen impensable?

En primer lugar, Obama ha vencido al aparato de su partido comenzando desde abajo. Aquí, no se olvide que somos una monarquía, todo está atado y bien atado; Felipe apoyaba a Zapatero y Aznar impuso a Rajoy con los felices resultados que están a la vista de todos. Lo último que quiere perder un monarca es la capacidad de designar heredero, de manera que los out-siders ya pueden ir pensando en cultivar sus vocaciones alternativas porque aquí no pasarán. No es una maldición eterna, pero es un vicio difícil de erradicar y que sería muy conveniente superar, pero no interesa a los happy few que dirigen el cotarro que, a este respecto, son franquistas sin excepción: dejarlo todo bien atado es una de sus dedicaciones favoritas.

Obama es un personaje enormemente brillante, tiene un excelente curriculum académico (fue director de la Harvard Law Review, un puesto que no se regala), es un gran orador y, en principio, no esconde sus valores. Sería muy raro que un personaje con esas características pasase aquí de concejal, en el extraño caso de que hubiese decidido dedicarse a la política y no estuviese ocupado en menesteres privados de más interés, fiabilidad y prestigio. La política lleva unos años haciendo una selección endogámica y cutre de sus protagonistas, premiando al mediocre que siempre aplaude, y eso, al final, lo acabamos pagando todos. Tampoco es un mal sin remedio, pero con nuestra estructura de partidos tiene poco arreglo.

Obama cree en las posibilidades de los Estados Unidos. Aquí a los políticos se les enseña a abstenerse de esa clase de creencias patrióticas, tan mal vistas por nacionalistas e intelectuales exquisitos, para limitarse a su círculo inmediato de intereses. La carrera política se hace a empujones y sin reglamento y lo único seguro es colocarse cerca del jefe a ver lo que cae. O sea, que ni Obama ni Mc Cain.

Son muchos los españoles que desearían tener una democracia como la americana. Es un deseo piadoso pero estéril si no viene acompañado de acciones que le pongan patas. Son muchas las cosas que nos separan de ellos, pero hay una sin la cual es imposible siquiera aproximarse a sus virtudes cívicas, a la excelencia de su modelo: la política no puede ser pasiva, reducirse a ver la televisión o a oír la radio que prefiramos: la política es acción. Obama lo sabía y el uso inteligente de  Internet ha sido una de las claves de su éxito.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Sin multas no hay Paraíso

En Barcelona, como en casi todas partes, el tráfico disminuye pero las multas crecen. Esta relación anti-simétrica debería hacernos pensar. Los ayuntamientos son ingeniosos y desafían de continuo al buen sentido que, como ha demostrado la historia de la ciencia, conduce a muchos errores, es decir que los ayuntamientos parecen proceder conforme al método científico. Me temo, no obstante, que no sea el caso. Los ayuntamientos crecen cuando la ciudad crece, pero cuando las cosas decrecen, los ayuntamientos, que son un gran invento, tienen que seguir creciendo.  Así, por ejemplo, a menos tráfico, más multas, a menos actividad, más impuestos, a menos empleo, más funcionarios, a menos productividad, más controles. Se trata de la misma lógica perversa que explica la insensibilidad de los políticos hacia el gasto suntuario: cuando los ciudadanos se tienen que apretar el cinturón, los políticos contratan un decorador más caro o mejoran el blindaje de sus autos. Así, dan ejemplo de optimismo que ya se sabe que es la mejor manera de salir de la crisis.

Los ayuntamientos no pueden cejar en su lógica porque se acabarían derrumbando. Su misión es hacernos más felices y no van a vacilar por una dificultad pasajera en su incesante aumento del gasto. La limitación de los impuestos es que son proporcionales a lo que gravan (un fallo imperdonable en su diseño), mientras que las multas, a Dios gracias, presentan un amplísimo margen para la creatividad de los diligentes funcionarios municipales.

No conozco los datos de Madrid al respecto, pero me temo que no sean muy distintos. Sí puedo apuntar un detalle interesante: los tipos de interés que se pagan por los retrasos en las multas son realmente espectaculares, si se comparan con otros municipios menos imaginativos. Me parece lógico: no se puede cobrar a lo chico cuando se es una ciudad grande. Además, ahora que Obama nos acaba de birlar la Olimpiada para dársela a Chicago, algo habrá que inventar para no renunciar al Paraíso. 

[Publicado en Gaceta de los Negocios]

No es un atentado

He oído al presidente del PP solidarizarse con los familiares de los soldados españoles que han resultado víctimas, dos muertos y varios heridos más, durante un ataque de los talibanes en Afganistán. Mariano Rajoy ha empleado para referirse al suceso el término «atentado», que por lo demás es el que emplea casi toda la prensa española (para el resto la noticia no existe). Siento discrepar, pero no me parece razonable que se llame atentado a lo que es una acción de guerra. Podemos engañarnos cuanto queramos, pero en Afganistán hay guerra y los soldados están allí en misión de paz únicamente en el sentido en el que se supone que cualquier guerra se hace (cuando se hace con justificación) para conseguir luego una paz mejor, más estable y más justa. No hay nada, salvo nuestra resistencia a mirar a las cosas de frente, que nos permita considerar el hecho como un «atentado terrorista». Ha sido un ataque guerrillero a tropas que operan en un país que no es el suyo, por mucho que queramos olvidarlo e independientemente de que nos parezca, como a mí me parece, por ejemplo, que hay razones sobradas que justifiquen esa presencia.  

El intento de moldear la realidad cambiando las palabras es tan viejo como la política y no debería escandalizar a nadie. Es un arma de primera calidad en manos de los gobiernos y nuestro presidente ha dado varias muestras de maestría al respecto. Lo que me asombra es que quienes se supone que debieran aspirar a derrotar pacíficamente al gobierno de turno empleen de manera tan liviana los términos que convienen  a sus contrarios. Ya hace mucho que dijo Martín Fierro aquello de los teros que en una parte pegan los gritos y en otra ponen los huevos. Lo asombroso es que haya avecillas despistadas que peguen gritos por imitación sin saber dónde tienen realmente los huevos, si es que los tienen. 

[Publicado en El estado del derecho]

Economía y política

Nadie duda de las relaciones entre la economía y la política, pero son realmente muy pocos los creen  que la cosa vaya a funcionar de tal manera que, al final, dé la victoria a Rajoy. El PP parece poseído por esa extraña esperanza sustentada en una doble actitud: apoyar al Gobierno en las grandes cuestiones y esperar que la que está por caer derribe a Zapatero. Este sacrificio en el altar de la lealtad a los intereses de España, exigiría, como mínimo, dos cosas, a saber: una certeza sobre lo que el Gobierno realmente intenta y una cierta convicción de que el Gobierno no se va a mover de donde dice que está. Dos presunciones sobre este Gobierno que implican una confianza desmedida en la condición humana, en general, y suponen  un auténtico disparate referidas al señor Rodríguez Zapatero, en particular, puesto que sus ideas sobre la lógica y la coherencia son de sobra conocidas por todo el mundo (menos, al parecer, por los analistas del PP).

La discreción de la oposición parece apoyarse en el miedo al qué dirán, en el para que no digan,  como si estuviese perfectamente claro que el Gobierno y sus aliados (ni escasos ni mudos) fuesen a decir siempre aquello que más se ajuste a la realidad, aunque estuviese lamentablemente reñido con sus intereses. Nos encontramos, entonces, con que la oposición parece preferir que se la califique por sus silencios y sus aquiescencias a que se la califique por su capacidad de pensar algo distinto. En este punto, los analistas del PP dirían, supongo, que la economía no está para bromas y que el sentido de la responsabilidad les impulsa a apoyar a los españoles aunque de ese apoyo se beneficie ZP.

Lo curioso del caso es que si de algo podría presumir el PP es de haber enderezado la economía que Aznar heredó en estado lastimoso de las inanes manos de Solbes, hasta el punto de que hubo que pedir dinero a los Bancos para afrontar las primeras obligaciones del Gobierno. La diferencia está en que Aznar, en muy pocos días, tuvo un plan, se atrevió a presentarlo, con pelos y señales, no vaciló en ejecutarlo (aunque implicase una congelación del sueldo de los funcionarios, cosa que no puede hacerse sin tocar madera) y, además, le salió bien.

El PP no está haciendo nada al respecto, entretenido como está  en aprobar en el Congreso estatutos que molestan a los que le votan, en perfeccionar (como en Navarra) sus alianzas regionales, o en artimañas financieras que permitan traspasar ordenadamente una  herencia política tan brillante para dejarla en manos de algún personaje que, como Gallardón, sea bien visto por el sistema, y evitar de raíz que alguien con ideas propias y energía suficiente tenga la tentación de hacer política en serio, lo que podría poner en peligro la estabilidad de esta Kakania mansurrona, crédula e ignorante a la que los encargados de imagen le han hecho creer que es culta, libre y posmoderna.

Lo curioso de esta ausencia de alternativa a la errática y mistérica política económica de ZP (siempre a golpe de indefinición, decreto y secreto) es que no le faltan al PP mimbres para ofrecer ese programa y para hacerlo de manera brillante y consistente. Le faltan otras cosas, una de ellas muy principal, pero no gentes capaces de formular una alternativa económica sólida y creíble, y algunas de esas ideas se atisban a través de las comparecencias de Cristóbal Montoro o las esporádicas y brillantes apariciones de Manuel Pizarro, otro insensato que piensa por su cuenta y hasta lo dice.

Se cuenta que Bill Clinton, en campaña,  tenía siempre delante un cartel que decía: “es la economía, estúpido”. Ahora, ese consejo estaría fuera de lugar, tanto en los Estados Unidos como en nuestra patria. El consejo debería ser el complementario: “la política, estúpido”, aunque esa política tenga mucho de economía, de convencer a la gente de que serán ellos trabajando duro, los que puedan arreglar estas cosas, en lugar de alimentar la necia esperanza de pensar que Zapatero esté haciendo otra cosa que repartir subvenciones entre quienes le apoyan, que consolidar la base de su victoria. Es legítimo, por supuesto, que haga eso y es muy inteligente, desde su punto de vista, hacerlo con habilidad  y fomentando esos buenos sentimientos que tanto gustan al respetable. Pero es absolutamente desastroso que la oposición no tenga capacidad para explicar que a ella no le va nada en eso y que, al conjunto de los españoles tampoco les conviene que Andalucía o Cataluña multipliquen sus inversiones públicas mientras otras regiones, señaladamente Madrid, sufren un tratamiento de “provincias traidoras”.

El desastre del PP es verlo entregado a convertirse en su caricatura, en una federación de pequeños partidos que imiten a los nacionalistas, mientras el proyecto común desfallece y se reduce a una pura nostalgia, a un pasado sin futuro y condenado a la inexistencia, porque la historia del ayer se ha escrito siempre desde las páginas del mañana.

[Publicado en elconfidencial.com]

La perrera de l’Oreneta

El ayuntamiento de Barcelona se va a gastar 9 millones de euros, es decir 1500 millones de pesetas, en una nueva perrera.  Cuando vi la noticia, pensé que se iba a armar un buen escándalo, pero no ha sido así, aunque algún concejal ha dicho que a 20.000 euros por animal la cosa no parece muy barata. Yo, que quieren que les diga, creo que esto es un disparate, una de tantas locuras que perpetran los que se gastan el presupuesto sin ninguna clase de miramientos. Eso sí, estoy seguro de que se trata de un disparate perfectamente democrático y que ha contado con todas las bendiciones, bueno ya me entienden.

Esta clase de fenómenos son, a mi modo de ver, indisociables de un estado de conciencia colectiva en el que, por así decir, se ha perdido cualquier sentido de la proporción y del que, con no menor certeza, se puede afirmar que los ciudadanos ya no esperan nada razonable de los poderes públicos, ni siquiera que les sorprendan, que se contentan con tal de que les dejen en paz.  No es que yo crea que no se deban hacer perreras, pero estoy seguro de que las hay más económicas.

Bueno, como no pago impuestos en Barcelona, no debiera inquietarme, pero me preocupa el efecto emulación y el efecto contagio. ¿Acaso se puede consentir que los barceloneses tengan una perrera high-tech mientras nosotros seguimos con lo puesto? Yo era de los que pensaba que la crisis iba a obligar a los ayuntamientos a pensarse por dos veces los destinos de sus caudales, pero, por lo que se ve, la cosa no acaba de arrancar.

Ya sé que los perros de Barcelona  no tiene la culpa de que tengamos 200.000 parados más que el mes pasado, ni de que en lo que va de año cerca de 800.000 personas hayan pedido el empleo. Tampoco les veo muy culpables de que la Seguridad social tenga 450.000 afiliados menos  que en 2007. Pero los responsables de hacer perreras y sus jefes deberían de considerar el conjunto de la situación y pensar, tal vez, que, al menos de momento, podríamos tirar con otra perrera ligeramente más modesta.

[publicado el 051108 en Gaceta de los negocios]

Un ejemplo de relaciones entre regulación y burbuja

Muchas personas piensan que es posible corregir los llamados fallos del mercado, es decir los errores que se cometen entre muchos que actúan desorganizadamente, mediante medidas políticas inteligentes y oportunas, con decisiones que toman unos pocos que actúan de manera concertada. Sería excesivo negar que eso pudiera pasar en alguna ocasión, pero ahora quisiera poner de manifiesto un ejemplo, que a me parece clamoroso, de todo lo contrario. Me refiero al precio del suelo, a lo que con el suelo pasa en España. Un propietario de suelo, por llamarlo de algún modo porque su propiedad está muy disminuida, no puede hacer con su suelo lo que le pete, sino que ha de atenerse a un complejo sistema de normas y controles que, en último término, depende de la decisión arbitraria del poder político.   

El suelo rural, que es lo que casi todo el suelo es en principio, no puede ser edificado, que es lo que le da al suelo mayor rentabilidad, hasta que las autoridades políticas así lo decidan.

Al amparo de la casualidad, algunos han hecho grandes fortunas con este sistema. La suerte les ha provisto de un instinto maravilloso y les ha permitido comprar suelo rural que nadie quería a cuatro pesetas para luego venderlo a cuatro mil euros, por decir algo. Su extraordinaria perspicacia les ha permitido anticipar que en ese suelo, finalmente, los intereses comunes, harían  muy aconsejable, cuando no urgente, la construcción. Si no faltasen viviendas siempre se podría acertar con ese otro tipo de edificaciones que urbanistas y munícipes llaman dotacionales, un hermoso eufemismo para construir algo no del todo necesario pero de cuyo gasto se derivan infinitos bienes para el común de los mortales, esas gentes por los que los munícipes siempre están en vela.

En justo premio a su sagacidad, los emprendedores valientes y riesgosos, capaces de adivinar que lo que nada vale va a valer mucho, han obtenido grandes fortunas. Se podrían hacer interesantes trabajos de genética humana para descubrir de qué gen están dotados estos linces que jamás se equivocan con la compra de suelo en barbecho: he ahí un proyecto sugestivo.

Pero esta historia ejemplar de perspicacia, audacia y sentido de la oportunidad puede ser vista desde un ángulo no tan optimista. Lo que ocurre con la intervención del suelo es que se crea escasez, una escasez artificial y agobiante, que es lo que hace subir el precio del suelo y obliga a que vivíamos apiñados y agobiados en un país en el que hay suelo para dar y tomar.

En este punto, el mecanismo de la escasez forzada del suelo, funciona de la misma manera que el de la droga. Lo que hace que la droga sea cara, es que esté prohibida, perseguida y vilipendiada.  Esa interdicción explica con toda claridad el astronómico aumento del precio de la coca, desde la planta que no vale un real al milígramo de raya que se paga a precio de oro. Lo mismo que sucede con el suelo español, supuestamente protegido de la especulación y de los desastres ecológicos por los que se dedican a tasarlo y a controlar su entrada en el mercado. En ambos casos hay explicaciones  piadosas tras las prohibiciones respectivas, explicaciones que la buena gente compra de barato y sin pensar en que pueda haber gato encerrado.

En España, mucha gente ha sacado tajada del rallye alcista del precio de la vivienda, un rallye que empezó gracias a una ley del general Franco que fue la que estableció, allá por los años 50, en un contexto económico muy distinto, que el ius edificandi estaba sujeto al poder político de turno. Los Banuses fueron el antecedente de esta explosión absurda que nos ha llevado a construir más de un millón de casas que, en caso de un mercado no intervenido, hubieran podido evitarse.  Ahora pagaremos la cuenta, las copas y lo que haga falta, pero los que tienen la mano en la caja no van a soltar el control del suelo: eso sería liberalizar y ya estamos viendo las locuras y los excesos que comete el mercado. 

[publicado en elestadodelderecho.com, el 041108]

Google gana, esto va bien

Me parece que hay, al menos, tres aportaciones esenciales de Google a la historia de Internet tal como hoy la entendemos. La primera es la importancia de la innovación que supuso su manera de acercarse a la relevancia real de la información a través de la fórmula de su buscador que, tal como Karim Gherab y yo mostramos en   nuestro libro, se apoyaba en los trabajos de Garfield que, a su vez,  se inspiró para montar el índice de impacto en las prácticas de la jurisprudencia americana (al no haber textos canónicos, es importantísimo indexar las sentencias y ver cuáles son usadas y se convierten en autoridad), así que los leguleyos inspiraron a los cientometristas y, a su vez, estos fueron los que sirvieron de inspiración a Larry Page & co para formular el algoritmo matemático que es la clave del éxito inicial de Google. 

La segunda idea que atribuyo a Google, aunque seguramente no sea exclusiva de ellos, es la de que los PC debieran descansar en la red más que en programas residentes. Reconozco que esto me pareció quimérico la primera vez que lo oí, seguramente porque estaba encantado de conocerme ya que había aprendido a manejar el MS-DOS bastante bien. Hoy me parece que es evidente que esa es la idea correcta y cada vez usamos más aplicaciones que se apoyan en la red y menos en la memoria física del PC, lo que, telefónicas aparte, es más simple y mucho  más lógico.

Sin embargo quizá la aportación más importante de Google haya sido su forma de ganar dinero con estas cosas. Esto ha supuesto una auténtica revolución y va a permitir que se desarrollen servicios que, de otro modo, seguramente serían imposibles por no ser financiables, aparte de la influencia que todo esto está teniendo en el mundo de los medios convencionales, en el ocaso de Gutenberg.

Por eso creo que el acuerdo de Google con editores y sindicatos de autores es una noticia importantísima, algo que anuncia que el futuro, la biblioteca digital universal, está cada vez más cerca, para el beneficio de todos.

 [Publicado originalmente en otro blog]

Síntomas de descomposición

Es muy difícil no ser pesimista en la España de finales de 2008. La situación es endemoniadamente mala, se mire como se mire. España, en su conjunto, cae en picado mientras buena parte de sus dirigentes siguen yendo a los toros, por decir algo, como si aquí no pasase nada. Hay gobernantes que siguen tirando del presupuesto con una irresponsabilidad digna de las peores camarillas de nuestra historia. El país real se está empobreciendo por minutos, pero determinados sujetos que siguen gastando alegremente el dinero que ya no tenemos. El presidente del Gobierno acaba de pactar los presupuestos más irresponsables de la historia de la democracia, mientras se dedica en cuerpo y alma a procurarse un lugar en una cumbre en la que no van a faltar, precisamente, los irresponsables. 

El partido que se supone habría de ser alternativa a este estado de cosas está sumido en una especie de marasmo, y sus socios, los pocos que le quedan, aprovechan la ocasión para chulearle sin el menor respeto. Un juez famoso anda desafiando al universo mundo para arreglar, cueste lo que cueste y va a costar un pico, un pleito de hace más de cincuenta años, cuyos protagonistas principales están debida e inexorablemente muertos. Un alcalde del Sur anda en los juzgados por decir cosas del Rey que al parecer no debería decir, pero que mucha gente cree a pies juntillas. 

No creo que haya habido una situación tan complicada como esta en lo que va de democracia. Los apoyos del partido en el Gobierno son absolutamente coyunturales y se perderán, sin la menor duda, en cualquier momento, pese a la reconocida habilidad de los dirigentes del PSOE para caminar sobre el filo de una navaja. La economía está en una situación de auténtico disparate, con el PIB en caída libre. Si los pronósticos más pesimistas se cumplen, la Unión Europea puede sufrir un auténtico calvario debido a su exposición a la crisis de las monedas de países emergentes, y tendrá que pensarse muy mucho qué puede y debe hacer. Con una deuda como la española, ya hay quienes no se recatan de pronosticar un futuro no muy lejano sin el paraguas del euro. No sigo, porque no conviene fatigar con exceso de consideraciones lo que todos padecemos y sabemos, pues, como decía Don Quijote, “le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones”. 

¿Qué se nos ofrece para oponer a toda esa caterva de males? El Gobierno nos dice que la cosa no es para tanto y que, más o menos, se arreglará sola y estaremos de nuevo, más pronto que tarde, en el mejor y más feliz de los mundos, dando lecciones a diestro y siniestro y sorprendiendo con nuestros esplendores, premios y argumentos. La mayoría de los españoles sabe que eso no es verdad, que nunca lo ha sido, pero está empezando a sobrellevar con paciencia cubana las tonterías irresponsables de unos dirigentes que nadie parece capaz de remover. Se pierde así, muy poco a poco, pero de modo incesante, la fe y la esperanza en la democracia. Si la democracia no es capaz de animar a que sepamos enfrentarnos valientemente con las verdades tan penosas que nos van a atosigar en los próximos años, si no hay nadie que nos anuncie esperanza después de pasar por sangre, por sudor y por lágrimas, entonces la democracia no está sabiendo cumplir con sus obligaciones. No podemos echar la culpa de esto a nadie, solo a nosotros mismos. 

La sociedad española no está acostumbrada a poner manos a la obra y los gobiernos irresponsables la alientan al quietismo y a la esperanza boba. Son muchos años de decepciones los que llevan a los mejores a huir de la política y a refugiarse en los negocios, en la vida privada. Sin embargo, hemos llegado a un momento en el que, al contrario de lo que se nos dice a todas horas, la irresponsabilidad de los políticos puede terminar por arruinar del todo la posibilidad misma de trabajar, de crear, de hacer negocios y de vivir, más o menos descansadamente, en la vida privada. 

Los españoles ni deben pedir responsabilidades a Bush ni, por lo demás, podrían hacerlo; pero sí pueden pedir responsabilidades a quienes, con el cuento de que nos representan, no saben hacer otra cosa que vivir de manera irresponsable y echar la culpa al maestro armero. Hace falta toda una nueva leva de gente dispuesta a hacer bien lo que estamos haciendo mal, dispuesta a forzar a los partidos a tomarse en serio su misión, dispuesta a acabar con las ceremonias de la confusión en las que es tan experto el líder indiscutido de la alianza de las civilizaciones, el hombre que nos gobierna en los ratos libres que le dejan sus altísimas ocupaciones universales.

 Sé que muchos pensarán que es utópico esperar que se arregle nada al margen de los que tienen la sartén por el mango, pero la verdad es que la tienen únicamente porque les dejamos, porque consentimos sus abusos y sus desplantes con paciencia franciscana. Algo habrá que hacer, porque esta descomposición no va a pararse de milagro.

[Publicado en elconfidencial 301008]

Esse quam videri

“Ser más que parecer”, tal era el lema de un extraordinario poeta llamado Gerard Manley Hopkins. Un hombre de otro tiempo, sin duda. Me viene a la cabeza el lema cuando veo que el ayuntamiento de Barcelona está empeñado, junto con otras ciudades del mundo, en conseguir que el ICANN, que se dedica a estas cosas, admita como dominio las siglas de la ciudad, bcn en el caso de la capital catalana, tal vez porque algunos catalanes están incómodos con las connotaciones gatunas que tiene el dominio cat que fue el gran objetivo de cierto catalanismo digital.

Yo creo que, en ambos casos, se trata de un error de principio. No se logra mayor visibilidad en Internet por tener un dominio u otro, sino por acertar a hacer y a ofrecer cosas originales, innovadoras y usaderas para los navegantes. Con el domino pasa como con las direcciones de correo, se hacen  transparentes en plazo muy breve, porque los instrumentos de gestión del correo nos ahorran la tarea de escribirlas una y otra vez.

Lo que  de verdad importa dominar es el uso, y el uso nace de la utilidad, de la adecuación de la oferta a lo que los navegantes quieren encontrar. Por eso es realmente estéril que las entidades oficiales se empeñen en batallas de parecer cuando sus páginas web no proporcionan información válida y actualizada a los posibles usuarios. Internet constituye un mercado particularmente transparente a la medición cuantitativa, pero más allá de los trucos, que en un tiempo estuvieron tan de moda para “posicionarse” en los buscadores, al final, lo que cuenta es que lo que se cuente tenga interés. Esa debía ser la batalla de los barceloneses, como lo es la de cualquiera que intenta abrirse paso en esa selva peculiar de la red.

Los españoles, en conjunto, somos usuarios frecuentes de los servicios de Internet, pero lo realmente lamentable es que bajamos mucho más de lo que subimos, que somos regulares lectores pero bastante malos escritores y eso, me parece a mí, no se arregla cambiando de dominio sino siendo cada vez más competentes, activos y útiles en la oferta de servicios. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

La crisis y los políticos

Son pocas, o tal vez no tan pocas, las ocasiones en las que los escribidores de ocasión, como el que suscribe, sienten con fuerza el deseo de haber escrito algo que acaban de leer. Es lo que me ha ocurrido con este excelente artículo de S. Mc Coy, un señor al que no tengo el gusto de conocer, es decir, no sé ni quién se oculta tras esa firma que parece un seudónimo, pero al que leo siempre que escribe en elconfidencial.com. Su artículo de hoy me parece perfecto de la cruz a la raya y se lo recomiendo vivamente para contribuir a ajustar su objetivo en la foto que están haciendo de la situación. Me atreveré  a añadir únicamente una consideración adicional: el hecho de que los políticos sean tan hábiles al escurrir sus responsabilidades en los desaguisados y que puedan presentarse como los salvadores de algo que se ha estropeado pese a su voluntad, cuando no es, obviamente, el caso, es solo un reflejo de lo que pasa con nosotros mismos. Al fin y al cabo, los políticos nos representan, son como nosotros, se nos parecen cada vez más, y no van a dejar que pase en vano la ocasión de brillar en el bello y salutífero deporte de buscar un chivo expiatorio (el mejor amigo del hombre, como dice Carlos Rodríguez Braun),  para quedar limpios de polvo y paja y presentarse a la siguiente elección con un expediente brillante, impoluto. Y nosotros les premiaremos por haber sido tan hábiles como para arruinarnos y pasar factura con nuevos impuestos. Por eso, lo que decía Mark Twain de los banqueros, el tipo que te deja un paraguas cuando hace sol y te lo retira cuando amenaza lluvia, vale también para los políticos que, al sabernos más pobres, van a subirnos los impuestos para ayudarnos a salir de la crisis. ¿Cómo podríamos vivir sin unos tipos tan creativos, como Sarkozy o Zapatero, capaces de defender hoy lo que negarán solemnemente mañana? Menos mal que se ocupan de nosotros.