Cataluña

Tengo la sensación de que las elecciones en Cataluña van a ser celebradas en un ambiente de gigantesco equívoco, de imposible razón. Como no soy catalán y no me gusta pasar por anticatalán, que tampoco lo soy, ni mucho menos, transcribo el último párrafo del artículo de Enric Juliana en La Vanguardia, que a mi parecer, me libera de cualquier sospecha. Dice de manera expresa lo que yo sentía de manera difusa: “Oyendo estos días a los políticos catalanes, prisioneros del lenguaje autorreferencial generado por más de quince años de denso y ferragoso empate (en 1999 dejó de estar claro quien [sin acento en el original] manda en Catalunya), no es difícil llegar a la conclusión de que esta campaña comienza con un gran desajuste narrativo. Las palabras ya no anticipan los hechos. Los eslóganes giran sobre sí mismos. La multiplicación de la oferta mediática empequeñece a los candidatos, que, en un ejercicio demencial, se prestan a ser actores del guiñol. Ganará con autoridad quien sepa romper el círculo de la banalidad, se eleve, ensaye un nuevo lenguaje y se atreva a explicar que todo pende del empréstito”.
Hay algo que Juliana no dice, porque se refiere solo a Cataluña, pero esa es también la situación de toda España, y es posible que empeore en los meses que quedan antes de las elecciones: no podemos vivir del préstamo indefinido y sin motivo, nuestros políticos se olvidan de nosotros y solo están a su timba, y esto no hay quien lo resista. En fin, no se trata de ser pesimista, sino de echar números, mirar el mapa del mundo y convencerse de que no está claro de que haya mucha gente dispuesta a seguir pagando para que vivamos como nos plazca.

El abuelo Cebolleta

Felipe González parece experimentar, de cuando en cuando, dificultades para mantenerse en su sitio; no se le puede criticar por ello porque ha vivido una vida muy peculiar y propensa a diversas deformaciones, lo cual no quiere decir que haya que aplaudir cuanto haga o diga, ni tomarlo todo a beneficio de inventario.
Unas declaraciones recientes de González, no hace falta decir a quien, porque todos los satrapillas tienen su medio de cabecera, han levantado un intenso revuelo, y no sé si hay o no motivo para el caso. Lo que ha dicho solo podían ignorarlo los más necios y sectarios, pero no deja de ser curioso que ahora admita estar al cabo de la calle de cosas que antes decía solo llegaban a sus castos oídos a través del periódico.
Algunos han querido ver en esta entrevista intempestiva una intención política precisa, sea cual fuere; no estoy seguro de que ese sea el caso, aunque parezca razonable sospecharlo, y tampoco es fácil acertar qué consecuencias pueda acabar teniendo, si bien me inclino por el “fuese y no hubo nada” del soneto cervantino, ya que es lo que suele pasar aquí con casi todo.
A mi me parece interesante subrayar la suficiencia y el menosprecio que destila la conversación, pero como nunca vote a Felipe, puedo decir que no me sorprende. Sí me llama la atención el que el público no se preocupe de que, con tan ligero equipaje, se haya podido mandar en esta España, y de manera casi absoluta, durante más de una década. Cuando el abuelo Cebolleta cuenta sus historias se percibe mucho mejor que nunca el oropel, la mentira, la pequeñez, la necedad, pero no solo la del abuelo.

Esto no es América

A raíz de la aparición del Tea Party en el panorama político de los EEUU, han abundado los comentarios sobre la posibilidad de que en España pudiese darse algo parecido. Independientemente del juicio político que se reserve al fenómeno, parece obvio que nuestra sociedad no está en condiciones de crear y potenciar grupos políticos fuera del control de los partidos existentes, lo que no creo deba considerarse ni virtud ni mérito.
España ha venido siendo, al menos desde el siglo XIX, el país de las revoluciones desde arriba, una sociedad en la que lo público goza de un enorme poder y de una autoridad incontestable. Más allá de los tópicos folclóricos que nos han dibujado como un país de Quijotes, de individualistas y anarquistas, la verdad es que nada se ha hecho en España sin voluntad del poder constituido. Basta pensar en la crueldad y la duración de las guerras carlistas para comprender que el pueblo ha servido en España como munición, nunca como vanguardia.
La democracia, al menos teóricamente, podría haber traído consigo un cambio en esta dinámica, pero, sin que pueda negarse que se instauró con el aplauso del público, todos los pasos que se han dado desde 1975 han sido en interés de las minorías políticas, de los partidos y los grupos que se han encargado de controlar la situación. En consecuencia, desde el momento en que los partidos y los nuevos poderes fácticos, la monarquía, el dinero, los poderes mediáticos, y poco más, se sintieron legitimados por un consenso ciudadano muy amplio e indiscutido, ninguno de ellos ha hecho nada para que la democracia pueda ampliar su campo de juego; por el contrario, se han opuesto con buenas o malas razones a cualquier reforma que pudiese amenazar el statu-quo, o poner en duda la legitimidad y eficacia del tinglado. Por su parte, los ciudadanos han llevado con paciencia esta situación, en parte por confundirla con la democracia misma, pero también en la medida en que el sistema había venido siendo razonablemente eficaz para resolver los problemas comunes.
Todo este peculiar consenso se ha puesto seriamente en duda, sobre todo, tras la victoria de Zapatero y el rumbo que ha conferido a la política que se caracteriza, a mi modo de ver, por tres novedades esenciales. En primer lugar, por mostrar una ineficiencia pasmosa frente a la crisis económica, al tiempo que se continuaba practicando una política de gasto realmente insostenible. En segundo lugar, por exacerbar las tensiones territoriales al promover un nuevo Estatuto para Cataluña que, a la postre, se ha mostrado como esencialmente insostenible e inconstitucional y ha traído, además, una deriva absurdamente imitativa en otras regiones, con el resultado final de que buena parte del público haya caído en la cuenta de que el sistema no es solo políticamente peligroso, sino económicamente insostenible. Por último, aunque tal vez lo más importante, el que los políticos se hayan extralimitado en sus responsabilidades adentrándose en terrenos que la mayor parte de los ciudadanos creían poder gozar de lo que Constant llamó la libertad de los modernos, su capacidad para hacer de su capa un sayo, cuando les plazca, la soberanía absoluta en su vida privada, que es la única que realmente interesa a la mayoría. Pero el gobierno zapateril, escaso de éxitos en otros sectores, ha decidido contentar a sus fanes más doctrinarios y antiliberales promulgando leyes sobre cómo se fuma, cómo se bebe, qué se cree, cómo se piensa, cómo se matrimonia o se fornica, es decir, se ha puesto a intervenir la conciencia moral de los ciudadanos, de modo que muchos han percibido por primera vez al poder político como un intruso sin verdadero derecho a hacer las cosas que hace.
En EEUU, los electores se encalabrinan por los impuestos, aunque no protestan si se les prohíbe fumar; en España es distinto, porque los impuestos suelen ser ignorados por quien los padece (gran habilidad de hacendistas y socialdemócratas), mientras que el personal se encocora si le reglamentan lo que aprecia como su real gana.
Todo ello ha atizado un sentimiento oscuro frente a los partidos, frente a los privilegios de la Banca y de los poderosos, frente al abuso de los nacionalistas, frente a las extralimitaciones del Gobierno, un rechazo que comenzó con la creación de nuevos grupos políticos, y que ahora está a la espera de cristalización. Se trata de un caldo de cultivo que, por primera vez, no se ha cocinado en Palacio, que expresa el descontento con un sistema demasiado ensimismado y suficiente.
No creo que la cosa se vaya a parar como de repente, y dudo de la capacidad de adaptación de las maquinarias de los partidos, de manera que, a medio y largo plazo, tal vez nos enfrentemos a una crisis seria del sistema, que no podrá continuar en píe con un desafecto creciente y con una economía que nos asfixia. Se trata de un reto, y no solo para la derecha, aunque sí, sobre todo, para ella.
[Publicado en El Confidencial]

Un Papa cargado de razón

Los sectarios anticatólicos, sea por un laicismo tan agresivo como indefendible, sea por un ateísmo beligerante y totalitario, pretenden que Benedicto XVI sea el único ser humano al que se arrebate el derecho a expresar libremente sus ideas. Esta clase de individuos ha debido de pasar un mal fin de semana porque el Papa, en sus visitas a Santiago y Barcelona, ha hablado con claridad paladina, ha puesto voz precisa a lo que piensan, creen y sienten muchos millones de católicos españoles que tienen motivos para sentirse injustamente perseguidos por un anticlericalismo radical que, como ha recordado el Santo Padre, es idéntico al que produjo enormes desastres en la década de 1930.
El Papa tiene no ya el derecho sino la obligación de recordar ciertas verdades que pueden no gozar del beneplácito de quienes quisieran ser los únicos con derecho a defender sus principios, sus ideas morales y sus dogmas políticos, y lo ha hecho con la claridad, la rotundidad y la sutileza que caracteriza el conjunto de sus intervenciones públicas. Es seguro que habrá quienes prefieran creer las mentiras del día que escuchar y aprender de las verdades eternas, pero, por fortuna, ni el Papa ni la Iglesia se dedican a la lisonja, sino a predicar de manera comprensible las verdades que han recibido de la Revelación, los tesoros de sabiduría que atesoran tras una historia ya dos veces milenaria, las enseñanzas de salvación que los hombre necesitamos para comprender con plenitud el sentido de nuestra vida, para sobrellevar las desdichas y los dolores que siempre nos reserva.
Si bien se mira, es incomprensible que este Papa suscite en algunos sectores un rechazo tan radical. Es llamativo que los enemigos de la Iglesia se pongan tan nerviosos cuando encuentran a su frente a un hombre tan templado, tan razonable, tan sabio y tan prudente como los es el Papa actual. Es precisamente la inatacabilidad intelectual de sus argumentos lo que les saca de sus casillas, porque no soportan que la Iglesia ofrezca una imagen que es irreductible a la caricatura que de ella hacen con sus conceptos, tan sectarios como necios. Tienen muy mala suerte, porque, en efecto, este Papa no es una figura que se preste con facilidad a sus tergiversaciones. El Papa Benedicto XVI no solo es el representante de Cristo en la tierra para los más de mil millones de católicos de todo el mundo, es también un pensador profundo y un hombre muy atento y perceptivo para comprender cuanto ocurre a su alrededor, las formas de ser y de pensar que se promueven en el mundo. Por eso oyen con respeto su palabra no solo los católicos o los cristianos, sino cuantos pretenden honradamente hacerse cargo de lo que está pasando en un mundo cada vez más complejo y desconcertado.
Las intervenciones del Papa, tanto en Santiago como en Barcelona, han sido mesuradas, respetuosas, pero, sobre todo, muy inteligentes, claras y sólidas. El Papa no ha dejado sin tocar ninguno de los aspectos esenciales para que nos hagamos una idea razonable de los medios que tenemos para entender el sentido de nuestras vidas, para exponer con coherencia y brillantez la visión cristiana del mundo, la forma de pensar y de sentir que ha permitido la existencia de nuestra civilización, la cosmovisión sin la que son incomprensibles la historia y las instituciones que han hecho de la cultura occidental un modelo de convivencia entre el conocimiento científico, el bienestar económico, el progreso social, la libertad política y el pluralismo, en suma, una convivencia correcta entre las exigencias de la razón y las verdades de la fe cristiana.
El Papa ha denunciado con claridad, como ha hecho en numerosas ocasiones, la existencia de corrientes que quieren acabar con nuestras raíces, que quieren eliminar aún el más recóndito vestigio de la fe, que, aunque lo disimulen, suponen una gravísima amenaza para la libertad de conciencia, para cualquier libertad, en suma. Como buen teólogo, el Papa afirma que la razón de esa vesania destructiva depende de la voluntad de hacer del hombre un dios, de convertir al verdadero Dios en un enemigo del hombre.
Frente a esa ideología totalitaria el Papa ha defendido que el hombre es la gloria de Dios, y Dios la mayor gloria del hombre, que en Dios encuentra el hombre su auténtica vocación, y el apoyo último a su libertad que, de otro modo, se vería indefectiblemente sometida al ciego impulso del determinismo o de un destino inevitable. La libertad y el cristianismo son inseparables, y por eso el Papa ha elogiado la grandeza de nuestra tradición, ante el bellísimo marco del Obradoiro, pero también la modernidad, la técnica, y la belleza de sus realizaciones, bajo la soberbia máquina del barcelonés templo de la Sagrada Familia, la más impresionante joya de la obra de un artista genial y de un cristiano piadoso como lo fue Antonio Gaudí.
El Papa ha defendido la vida, desde su concepción hasta su declive natural, y ha recordado que la familia es el lugar del amor, de la procreación, de la entrega, de la solidaridad, y que es obligación de los poderes públicos protegerla, porque la vida es el primero de los bienes y de los derechos. Es lógico que haya quienes no soporten oír verdades tan obvias dichas con tanta autoridad y entereza, aquellos que están imponiendo leyes que buscan exactamente lo contrario, como ese personaje al que se le ha ocurrido llegarse hasta Afganistán para evitarse el mal trago, pero los creyentes y los hombres de buena voluntad estamos de enhorabuena por la suerte de haber tenido entre nosotros a un Papa que habla con tanta claridad como sabiduría, que tiene razón.
[Editorial de La Gaceta]

El fútbol y la pasión de los comentaristas

Ayer el Real Madrid ganó al Atlético de Madrid con tan solo veinte minutos de juego intenso; luego le dejó al contrario el manejo del balón, pero a mi entender, sin que nunca estuviese realmente en riesgo el resultado del partido, pese a lo cual algunos comentaristas trataron de estirar de manera inaudita la responsabilidad del árbitro en el triunfo merengue.
Me parece lamentable que no se haga entre los comentaristas un mayor esfuerzo por la objetividad, que para una buena mayoría de ellos el comentario futbolístico se reduzca a tratar de ganar las batallas perdidas por otros medios. Creo que este proceder, además de ser cansadísimo, estimula lo peor que hay en el fútbol, a mi entender aquello que el fútbol mejor podría combatir, esto es, la pasión ciega, la rabia, el desatino. Está claro que muchos ven y van al fútbol por pasión interpuesta, y eso no es malo, lo malo es que las pasiones sean tan elementales, tan necias.
Lo peor que tiene ese tipo de comentarios es que se olvida de analizar lo que el fútbol es realmente, su técnica, sus azares, su dinámica para sustituirlo por una pelea tan imaginaria como inútil en la que el protagonista ya no es el fútbol real sino esa sombra pasional informe y lela con la que tantos lo confunden.

Ortega y la técnica

[Jesús Sánchez Lambás, Javier Zamora y José Luis González Quirós en la mesa inaugural del Simposio]



En este año de 2010 se cumple el septuagésimo quinto aniversario de la publicación, en las páginas de La Nación, el periódico de Buenos Aires, del texto orteguiano conocido como Meditación de la técnica. Con este motivo, durante el miércoles y el jueves de la semana pasada, se ha celebrado en la Fundación Ortega un Simposio internacional dedicado a estudiar esa obra que, a mi modesto entender, es de las más originales entre las orteguianas. Han estado presentes especialistas de Estados Unidos, los profesores Thomas Mermall y Langdom Winner, de Francia, Beatricé Fonck, de Portugal, Margarida Almeida, y de Suecia, Inger Enkvist, además de una nutrida nómina de filósofos y estudiosos españoles como Javier Echeverría, Fernando Broncano, Jesús Conill, Ramón Queraltó, Armando Menéndez, Jesús Vega, Ignacio Sánchez Cámara, Ignacio Quintanilla, Antonio Dieguez, José Lasaga, Alejandro Martínez y José Morillo Velázquez, y creo no dejarme a ninguno.
El Simposio ha cumplido sus objetivos y ha supuesto dos días de intensa reflexión y debates sno solo sobre un aspecto poco estudiado de la obra de Ortega, sino sobre un tema, cuya adecuada comprensión, como supo ver el filósofo madrileño, tiene cada día que pasa mayor importancia. Para mí, que tuve el honor de coordinarlo con la siempre eficaz ayuda de Igancio Quintanilla y de Karim Gherab, el Simposio ha sido uno de los actos académicos más provechosos e interesantes en los que haya podido participar. He aprendido nuevas cosas que creía conocer bien y me he visto estimulado a lecturas muy precisas y a cuestionar cosas que no había advertido. La Fundación nos acogió con la máxima elegancia posible, lo que no siempre suele ser el caso y se esforzó porque pudiéramos pensar y hablar con tranquilidad en el estupendo marco de su sede de la calle Fortuny; en fin, una semana inusualmente productiva y grata. Espero que pronto podamos ofrecer a los lectores interesados una versión escrita y bien editada de las lecciones a la que se ñadan, al menos, textos de Carl Mitcham y de Carlos Mellizo que no pudieron venir a Madrid pero que han escrito pensando en la ocasión.

El estado delmundo

No se trata de repetir, una vez más que el mundo ya no es lo que era, cosa que se viene diciendo, al menos desde hace dos siglos. Ahora es distinto: estamos ante un auténtico cambio en la estructura económica y política del mundo, un cambio muy radical que afecta de manera decisiva, y sobre todo, a Europa. Hemos dejado de ser el centro y apenas constituimos una periferia de cierto interés.

Para contemplar el panorama con datos y recibir una inyección de realismo, recomiendo encarecidamente la lectura de un artículo de Emilio Lamo de Espinosa («El nuevo mapa del mundo») aparecido en el último número de Cuadernos de pensamiento político, que edita la Fundación Faes. Puestos a todo, diré que hay también un artículo mí que creo no me ha quedado mal, pero les encarezco la lectura del de Lamo porque rezuma información de interés, hechos que nos pasan habitualmente inadvertidos y son de enorme importancia. Tras leer el artículo, preguntense sobre la crisis económica en España y verán como la ven con mayor claridad y, probablemente, con mayorr temor, pero nada se gana con ignorar lo que de verdad le pasa a este mundo.

Un partido con todo

El enfrentamiento entre el Milán y el Real Madrid proporcionó ayer a los aficionados, especialmente a los madridistas, un encuentro de esos que no se olvidan fácilmente. Hubo de todo, buen fútbol, especialmente por parte del equipo de Mourinho, jugadas preciosas, como el gol de Higuaín y el desmarque final de Pedro León, con gol entre las piernas del portero, fallos de Casillas, lo que es una rareza, desgracias como el resbalón y fallo de Pepe que dio lugar al gol legítimo del Milán, acciones típicas de Gattuso o de Inzaghi, el fútbol como picardía alevosa, en fin, hasta un cierto final feliz porque no hubiese sido justa la victoria de los milaneses.
El segundo de sus goles se produjo en uno de los más clamorosos fueras de juego de la historia, y el árbitro señor Webb cometió algunos deslices y errores de apreciación realmente graves, pese a ser un colegiado de gran fama y de apariencia irreprochable.
Ronaldo no tuvo ninguna razón en sus tarascadas con los defensas y se perdió en un partido que hubiera podido consagrarle. No es la primera vez que le pasa y esperemos se le corrija.
El fútbol, en suma en su máxima expresión, rivalidad, astucia, inteligencia, brillantez, picardía, azar, injusticia, consuelo. No se puede pedir más, o, mejor dicho, no se debiera.

Miedo al terror

Desde que Zapatero entró en la Moncloa, tras el espantoso rastro de la masacre de Madrid, nuestro gobierno ha basado toda su política de seguridad frente a las amenazas del terrorismo islámico en una patética negación del problema, como si la sumisión y el disimulo fuesen las mejores armas para garantizar la seguridad colectiva. Esta cobarde pretensión está también en la base de una de las propuestas más ridículas y altisonantes de nuestra historia diplomática, la iniciativa para promover una vagorosa alianza de civilizaciones que, afortunadamente, nadie, excepción hecha de los corifeos a sueldo, ha tomado nunca demasiado en serio. Coherentemente con esa renuncia cobarde a la defensa de nuestra civilización, el gobierno ha premiado con suculentos rescates la liberación de los rehenes españoles tomados en cautividad por cualquiera de las numerosas ramas de la hidra terrorista. Esta conducta vergonzosa ha sido censurada por el resto de países que padecen las mismas amenazas, pero que conservan la dignidad mínima para mantener frente a los criminales una conducta valerosa, responsable e inteligente.
El miedo a reconocer las amenazas, y a reaccionar congruentemente ante ellas, forma parte indisociable de la ideología que sostiene al gobierno, y está empapando de indignidad y sospecha de cobardía la conducta gallarda de nuestras fuerzas armadas y de seguridad, obligadas, como es obvio, a obedecer a un poder tan reacio a enfrentarse a sus responsabilidades, como amigo de cubrir con eufemismos su pasividad, su renuncia a plantar cara a quienes quieren dominarnos por la fuerza.
Estos días, el mundo se conmueve por la evidencia de que Al Quaeda trata de golpear de nuevo, con el tino salvaje y sangriento con que suele hacerlo, el corazón de un mundo que trata de vivir pacíficamente. El gobierno de los EEUU ha tomado una serie de medidas sin miedo a que se disparen las alarmas que puedan afectar al normal funcionamiento de los mercados, del transporte y de la vida ordinaria. De nada sirve mirar para otro lado. La amenaza del terrorismo es proteica y universal, y, en nombre de nuestra libertad común, debe ser combatida en todos los frentes, desde el campo militar, hasta el policial, desde la política de inmigración, hasta las ayudas al desarrollo. No podemos ponernos de perfil en este asunto porque los españoles, que hemos sufrido en nuestras carnes el zarpazo de esta fiera, tenemos que contribuir a la derrota de este enemigo tan artero y difícil sin sustraernos por comodidad a ninguna de las exigencias que ello comporte. No deberán repetirse, por ejemplo, las compras de rehenes que solo sirven para financiar a los criminales, y para que nuestro Príncipe de la Paz se haga una foto de circunstancias, ahora que está tan escaso de ellas.
Las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad tienen que estar en estado de alerta, como sucede en Francia, por ejemplo, no ya para evitar que nos afecte una amenaza directa, que también puede ocurrir, sino para ayudar a que el resto de los países puedan evitar atentados muy sofisticados en su ejecución y de preparación tan insidiosa.
Hay un trabajo que hacer en el territorio nacional para garantizar que ni uno solo de los inmigrantes de conducta normal y pacífica q ue viven y trabajan con nosotros sea, en realidad, una terminal de cualquiera de las derivaciones de la internacional terrorista. Por supuesto que habrá que establecer sistemas que nos permitan expulsar de nuestro suelo a quienes, desde mezquitas o desde asociaciones, inciten al odio y la destrucción de nuestra civilización o comprendan los crímenes con la piadosa disculpa de que los cruzados cometieron, antes o ahora, no se sabe qué suerte de barbaridades.
Los sucesos de las últimas horas, ponen de relieve, como ha dicho Obama, «la necesidad de permanecer vigilantes», lo que significa mantener e incrementar la coordinación con los aliados y no vacilar en el objetivo último de acabar con Al Quaeda. El Departamento de Seguridad Nacional ya ha extremado las medidas de vigilancia en los aeropuertos, y en los numerosos lugares de en que se opera con mercancías internacionales, como estaciones de ferrocarril y puertos marítimos. Las autoridades han incrementado las medidas de inspección a que se somete a los aviones de transporte en los aeropuertos de la costa atlántica. Se trata, en definitiva, de una amenaza creíble, y sería un auténtico desastre bajar la guardia frente a quienes no descansan para hallar medios de agresión que les dejen relativamente a cubierto de represalias inmediatas.
Los ciudadanos tendremos que soportar pacientemente este incremento de las medidas de seguridad con la convicción de que nada sería más peligroso que dar de lado a las precauciones en aras de una comodidad mal entendida, de una libertad capaz de ignorar los riesgos a los que, en verdad, estamos sometidos.
No hay lugar para un arreglo civilizado ni para el apaciguamiento entre quienes buscan destruir esta civilización y quienes creemos en ella, en las libertades, en la democracia, en la autonomía de las instituciones, en la competencia, y en la supremacía del poder civil. Cualquier intento de sustraerse a este combate permanente es un escapismo que puede resultar suicida, si es que no oculta, como se puede sospechar ante muchas de las manifestaciones de la izquierda zapateril, una voluntad de rendición, sencillamente porque no se cree en los fundamentos de la propia civilización, porque el relativismo cobarde y lelo ha corroído la capacidad de enfrentarse a riesgos por las causas capaces de hacer que pongamos en juego nuestras vidas.
No hay que tener miedo a las amenazas del terror, y, mucho menos, dejar que ese temor nos paralice y nos haga mirar para otro lado, como si alguna especie de magia psicológica hiciera desaparecer los peligros reales. Los españoles deberíamos estar a la altura de las circunstancias, aunque nuestro gobierno muestre una tendencia suicida a confundir este mundo con un estupefaciente paraíso multicultural.

El mundo al revés

Se dice de la política que hace extraños compañeros de cama, aunque no sea un dicho inventado entre nosotros. Lo nuestro son, más bien, las extravagantes situaciones por las que atraviesa la política. Gracias a la obra de Zapatero podemos presumir de una situación realmente estrafalaria. Vean, si no:
1. Un gobierno supuestamente de izquierda lleva a cabo el mayor recorte que se haya hecho nunca de los llamados derechos sociales.
2. La oposición desaprueba buena parte de esas medidas, más por el modo que por el fondo, pero se opone.
3. El nuevo gobierno ataca con fiereza a la oposición y empieza por revisar su dotación genética, descubriendo, tal vez sin mucha imparcialidad, que está compuesta de lo peor, que constituye una auténtica amenaza para las buenas costumbres.
4. La oposición se zafa del acecho defendiendo la libertad de expresión y otros principios antiautoritarios que la izquierda siempre había tenido como suyos e intocables.
5. En Cataluña, los aliados del gobierno que han promovido el mayor desquiciamiento del sistema común de leyes y derechos entran en campaña defendiendo aquello que han combatido desde las poltronas.
6. El PP reacciona y mantiene como indiscutibles los principios de los que se han derivado los desmanes de los que ahora trata de desmarcarse el tripartito.
7. El gobierno anuncia que no cederá a las tentaciones en sus relaciones con ETA, que han sido habitualmente intempestivas, pasionales, clandestinas y trágicas, y, para darse credibilidad, de la que anda escaso, acentúa el rigor de la ley de partidos con el beneplácito del PP.
8. El PP se teme lo peor, pero teme también que el PSOE le haga aparecer como enemigo del fin de ETA, y ensaya una estrategia de comunicación equidistante entre ambos temores.
9. Los indicios de corrupción que afectan al presidente del Congreso son como el rayo que no cesa, y el PP parece no verse afectado con tal de que no vuelvan a mencionarle, lo que no lograrán evitar, los trajes y zarandajas gürtelianos.
Es evidente que se podría continuar enumerando asuntos en los que nuestros partidos andan a leñazo limpio, y con la curiosa inversión de que es el gobierno quien ataca y la oposición quien responde. La situación se debe a que, en último término, los partidos españoles conciben la política como una gresca continuada en la que los efectos escénicos son más importantes que cualquier otra cosa. Para ellos la política es cosa de dos, y nunca encuentran nada más interesante que decir que aquello que estimen pueda molestar más al adversario. No les parece que hacer política sea convencer a los ciudadanos, sino enardecer a los partidarios, o, al menos mantenerlos exclusivamente pendientes del guión por el que ha de regirse el espectáculo. Por eso detestan de manera tan obvia a quien se atreva a interrumpir una representación tan interesante para las cúpulas de los partidos como previsible y aburrida para el común de los mortales. Por ejemplo, el pecado de Tomás Gómez, atreverse a imponer en la agenda del día un argumento que no seguía al píe de la letra la hoja de ruta de Moncloa.
Para la doctrina comúnmente imperante en los partidos, cualquiera que se atreva a interrumpir el hilo del discurso es un sedicioso. Si alguien del PP se atreviese a hablar libremente de lo que habría que hacer con las pensiones, con la legislación laboral, con la Justicia, con la Universidad, o con Marruecos, por poner solo unos ejemplos de cuestiones claramente políticas, sería inmediatamente llamado al orden y desautorizado: de esas cosas no se habla porque hay que contestar la última bobada de cualquiera de los bufones oficiales del adversario.
Es evidente que se trata de un mundo al revés, en la forma y en los contenidos. A veces parece como si el ideal fuese que nadie opinara nunca nada, que solo se hablase de lo último, que la política quedase reducida al y tu más, y los cambios electorales se produjesen siempre por cansancio, nunca por convicción. En el fondo, los líderes temen a hablar con claridad, y reservan su escasa elocuencia para insultar al contrario, sin caer en la cuenta de que a quien en verdad menosprecian es al elector que esperaría de ellos algo más que enfrentamientos rituales, una auténtica discusión de ideas, pero eso les parece muy peligroso y prefieren mantenernos a dieta de eslóganes.
Para terminar, me parece que se impone una conclusión bastante simple: la estrategia de enfrentamiento no produce idénticos beneficios en ambas mitades del espectro. Lo que beneficia al PSOE es, aunque no sepan verlo, un auténtico lastre para el PP. El mayor éxito estratégico del PSOE es ver cómo la derecha se entrega a su vicio favorito (del PSOE), como se encomienda a sus radicales dejando ayuno de noticias y de interés a cuantos electores comprenden que el mundo es ligeramente más complejo que lo que sugieren las bravatas de Zapatero, Blanco o Rubalcaba, esos temas que replican con voz aflautada tantos portavoces del PP.