Una tontería olímpica

El alcalde de Madrid, que ha fracasado doblemente en su faraónico intento de traer las Olimpiadas a su villa, habría obtenido éxitos más rápidos y baratos si se hubiese presentado a un concurso de tonterías políticas, desgraciadamente inexistente. Podría haberlo hecho en varias disciplinas, y con todo merecimiento, pero creo que acaba de pronunciar su tontería cumbre hace solo unos días. Alberto Ruiz Gallardón, que es el nombre del regidor para quien no lo sepa, ha pretendido justificar los más de 500 millones de euros (640 millones de dólares, 88.000.000 millones de las antiguas pesetas) que ha gastado en la nueva sede de la alcaldía de Madrid como inversión en un gran “contenedor cultural».
No es fácil entender el argumento, salvo que se tenga en cuenta que el circo puede considerarse como cultura, porque la frase de Gallardón es una auténtica payasada. Que este individuo pueda incrementar en un 6 por ciento la abultada deuda de los madrileños para vivir en un palacio reluciente indica hasta qué punto se ha perdido el respeto a los votantes, y cómo muchos políticos se han vuelto indiscernibles de los descuideros, de ese tipo de ladrones que te quitan todo lo que pueden en la vía pública mientras estás un poco distraído.
Yo me he borrado de las redes sociales, pero rogaría a alguno de mis selectos lectores que iniciase un grupo dedicado a “No volveré a votar a Gallardón, se presente con quién se presente”; estoy seguro de que crecería como la espuma y podría ayudar a que alguien en el PP se diese cuenta de que este “verso suelto” es un peligro público.

Lean a Martín Varsavsky

Martín Varsavsky es, entre otras cosas, uno de los pocos que pueden desmentir al Cánovas que dijo aquello de que son españoles los que no pueden ser otra cosa. Martín Varsavsky es español porque quiere, ha escogido serlo después de ser norteamericano, y eso, aparte de cierta extrañeza, le confiere una cierta autoridad.
Les recomiendo que lean su blog y concretamente la entrada que habla de las cortinas de humo que los españoles tendemos sobre nuestros verdaderos problemas y cómo eso pudiere llevarnos a retroceder todo lo que hemos avanzado en los últimos años.
Martín Varsavsky cree que ni el terrorismo, ni los nacionalismos, de los que tanto se habla, son realmente problemas serios, tampoco la inseguridad, por cierto. En cambio son muy preocupantes los problemas de los que apenas hablamos, la falta de oportunidades de sus ciudadanos, el espantoso desempleo, la pésima, y desconectada de la realidad, educación que nos administramos, la escasa creatividad científica y tecnológica, los sueldos de miseria, la escasez de empresas nuevas, la carísima vivienda, el exceso de funcionarios, el enchufismo, una política inmigratoria orientada a los empleos de baja calidad, la falta de una ética del trabajo, las diversas formas de drogadicción, y, por último, el hecho de que nuestros líderes estén hablando del humo y no de esta clase de problemas verdaderos. Los españoles veneramos al gobierno y despreciamos a las empresas, y ni el PP ni el PSOE quieren arreglar esto, de manera que tenemos un difícil remedio.
Hasta aquí el diagnóstico de Martín Varsavsky quien nos quiere y nos conoce bien, entre otras cosas porque tiene amplia experiencia de otros países y puede ver con más claridad lo específico de nuestra situación. No creo que nadie con buena cabeza y buenas intenciones pueda discrepar mucho de este análisis. Tendríamos que dejar de ser barrocos y ser algo más empiristas y prácticos, si no queremos que el torbellino de la historia nos vuelva a dejar en la inopia.

Sobre la propiedad intelectual

Mucha gente confunde interesadamente lo obvio, que toda creación intelectual o cultural pertenece en un sentido fuerte a su propietario, y que se le debe reconocimiento por ello, con lo que no es ni lejanamente tan evidente, a saber, que deba existir un mecanismo rígido de retribución económica al autor cada vez que alguien usa de cualquier manera su obra. Toda la literatura sobre que se trate de un derecho fundamental e inalienable, es irrebatible, si se refiere al primer aspecto, pero sumamente equívoca si se refiere al segundo.
El hecho decisivo es que desde que el mundo es mundo, todo derecho de propiedad ha estado ligado a la posesión de objetos, o al pago de una tarifa por la utilización pública y comercial de textos o partituras, que es lo que han conseguido controlar las sociedades de autores. La aparición del universo digital ha hecho que cualquier clase de documentos pierda su carácter objetivo, en el sentido material, de modo que el sistema tradicional de pago al autor por la adquisición de una copia material pierda cualquier posibilidad de control en el entorno digital, además de que afecte fuertemente al sistema de cobro establecido por las sociedades de autores.
Tenemos, pues, un problema, y no tenemos todavía una solución clara a la necesidad de retribuir a los autores de textos que puedan, y lo serán, ser indefinidamente reproducidos sin coste apreciable y sin posibilidad de control. Ahora bien, debiera ser evidente que la prohibición estricta del intercambio de ficheros, el control, policial o judicial, de las redes de acceso, y cualquier clase de política punitiva de prácticas que supuestamente violen esos principios, no tiene buen fundamento jurídico y puede ocasionar daños más graves que los que pretenda practicar, además de que será tecnológicamente inviable.
No se trata solamente de que exista una tecnología que permita el quebrantamiento de una norma legal, sino de que existe una tecnología que ha destruido la base material en la que se fundaba la existencia de ese tal derecho. Como he escrito en otras ocasiones, la situación no es completamente nueva. Por ejemplo, ningún pintor ha pretendido nunca que se le pagare por cada persona que contemplare su obra, o por cada copia, del tipo que fuere, que se hiciere de ella. Hay que dejar de confundir el derecho con la forma de retribución por la autoría, y la existencia de una forma de retribución que fijará el mercado con el derecho a cobrar conforme a una modalidad a punto de ser enteramente obsoleta.
Sería mejor no plantear estos asuntos en términos abstractos, como lo son los jurídicos, sino en términos económicos. Se trata de regular los mercados culturales de manera inteligente, no de respetar una especie de derecho platónico al cobro indefinido, que, por cierto, se ha constituido sobre la base de la existencia de un procedimiento bastante efectivo de controlar la producción de copias, que ahora ya no existe o es imposible.
Estoy convencido de que lo que ahora parece una aporía dejara de serlo más pronto que tarde, aunque, desde luego, se llevará por delante a toda una nube de intermediarios, de abogados, de representantes, de agentes, que van a perder, si no lo han perdido ya, el sentido de sus funciones en el universo digital, aunque los más despabilados encontraran otras, mientras algunos más lelos seguirán trinando a la Luna. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

El desbarajuste nuclear y el último gol de Zarra

En su carrera hacia la más delirante ceremonia de la confusión, el Gobierno acaba de dar una muestra más de su capacidad para organizar barullos haciendo como que anunciaba la decisión de que la localidad de Zarra, en la Comunidad Valenciana, hubiese sido seleccionada como el lugar que habría de acoger el Almacén Temporal Centralizado (ATC) de residuos nucleares. Este Gobierno se las arregla como nadie para convertir cualquier problema en un maldito embrollo, usando habitualmente un procedimiento, comprensible entre adolescentes en crisis, pero disparatado entre personas maduras, que consiste en decir una cosa y su contraria con el menor intervalo de tiempo posible, a ver si la confusión artificial le exime de cualquier clase de responsabilidades.
Pocos asuntos revelan como éste el absurdo entramado político y administrativo de la organización territorial española, un galimatías en el que tantas veces encalla cualquier iniciativa coherente y sensata. Una descripción de nuestro sistema podría admitir definiciones tan ilógicas como las siguientes: el todo es menos que las partes, es decir, que las partes son más que el todo; todos son acreedores, pero nadie es deudor; todos enarbolan la solidaridad, pero nadie quiere pagar ni una ronda. Desgraciadamente, lo que se ha llamado estado de las autonomías, aunque nos haya reportado algunas ventajas, ha traído consigo tal cantidad de disfunciones y duplicaciones de gasto que se ha convertido en un ejemplo de lo contrario que pretendía, en algo insostenible, insolidario e irracional. La irresponsabilidad de los políticos en estos desmanes es inmensa, y los ciudadanos deberíamos empezar a exigir que se inicie una cierta marcha atrás, la invención de un sistema razonable, sin confundirlo con el centralismo, en el que se puedan tomar de manera eficiente decisiones que afecten a todos. Con esta cuestión ocurre lo mismo que con la localización de las cárceles, que todo el mundo querría que hubiese más, pero siempre en otra parte.
Pero, además de por estos pruritos territoriales, nuestro problema energético está lastrado ideológicamente; tanto la izquierda como la derecha han contribuido a que se extiendan dos ideas absolutamente estúpidas, la de la maldad ingénita de lo nuclear, y la idea de que todo pueda conseguirse sin costes. Este planteamiento tan infantil ha sido elevado a la categoría de principio con la política de Zapatero, completamente carente de sentido nacional, hasta conseguir que se diese por buena la quimera de que todos, aunque un poco más los catalanes, tengamos derecho permanente a disfrutar de cualesquiera ventajas sin que jamás nos afecte inconveniente alguno.
Una decisión que debiera tomarse por motivos estrictamente técnicos, se ve sometida a toda clase de vaivenes políticos, de manera que resulta imposible saber si el gobierno se desdice de lo dicho por miedo a perjudicar a sus partidarios en Valencia, o por cualesquiera otra de las muy complejas razones que determinan los equilibrios de poder en la Moncloa y en Ferraz, ya que hay que descartar que se trate de una acuerdo unánime de un Gobierno prácticamente inexistente.
A nadie se le escapará que acoger un cementerio nuclear tenga ciertos inconvenientes, en especial, porque la demagogia reinante y la ignorancia supina sobre las debilidades de nuestro sistema energético, hacen invisibles las ventajas que también pueda tener.
Con su habitual falta de buen sentido, el Gobierno está politizando un asunto que habría que despolitizar al máximo. Aunque sea comprensible que lo haga porque está en su carácter, porque se trata de un gobierno que busca siempre las ventajas políticas de la confusión y del enfrentamiento, nunca debiera olvidarse del supremo interés de todos los españoles en un asunto tan delicado. Es obvio que necesitamos ese almacén para no seguir pagando abultadas cifras a Francia, y no es menos evidente que ha de estar en alguna parte. El Gobierno debería haber llevado este asunto con cierta discreción, en diálogo con las administraciones implicadas y con solidísimos argumentos para hacer que la solución adoptada fuese asumida pacíficamente por los responsables territoriales. Es obvio que no lo ha hecho así, y tal vez saque alguna ventaja del enredo, aunque no se pueda descartar la pura inepcia.
Por su parte, el Gobierno valenciano se ha apresurado a anunciar que recurrirá una decisión que ha calificado como unilateral y contraria a sus intereses. Puede que tenga sus razones, pero es triste que ciertos dirigentes del PP, que presumen de desear una España no desarticulada y razonable, se conviertan en émulos de los nacionalistas más desorejados en cuanto temen que pueda verse afectada una sola coma de sus supuestas competencias. Nada contribuye menos a fortalecer la maltrecha unidad de España que estas histéricas quejas de quienes debieran tener un mayor respeto a la solidaridad territorial que consagra el artículo 2 de nuestra Constitución.

El derecho de huelga

Por lo que parece, los sindicatos no entienden otro derecho de huelga que el que consista en poder obligar a todos a no hacer nada, es decir, en impedir por la fuerza que nada se mueva ese día de la gran putada, como dijo Toxo.
Nunca hay que esperar que los que crean estar en posesión de una verdad absoluta se esfuercen en permitir la libertad ajena, pero las maniobras que estos elementos están llevando a cabo para tratar de paralizar el país el día 29 son indignantes. No quieren, por ejemplo, que haya vuelos ese día, pero no consta que hayan preguntado a los pilotos, a los controladores, a las azafatas ni, por supuesto, a los viajeros. ¿Para qué iban a hacerlo si ellos son los amos del cotarro laboral, si ellos son nuestros defensores? Los sindicatos se creen en posesión de una legitimidad absoluta para imponer su voluntad, al menos ese día.
No servirá de mucho, pero quiero decir tan alto como pueda que esta manera de tolerar el matonismo sindical es uno de los mayores peligros que acechan a la libertad, a nuestra endeble democracia. Estos tipos se pasarán por salva sea la parte la voluntad popular, y los derechos de quien haga falta, para conseguir lo que se propongan, que, desde luego, no tiene nada que ver con lo que dicen, monsergas viejísimas que no engañan ya a nadie, aleluyas para vivir sin hacer nada.
Estoy convencido de que el día 29 fracasará de manera estrepitosa la huelga, y solo se verá con claridad lo absurdo que es seguir pensando que los sindicatos defiendan algo que vaya más allá de sus variopintos e inmerecidos privilegios. Desde luego no contarán ni ligeramente con la menor ayuda por mi parte, aunque se suponga que eso beneficie a Zapatero, al que, por lo menos, han votado muchos españoles.

Elogio de la política

La política se mueve en el ámbito de lo posible que es un ámbito un tanto especial, a mitad de lo real y lo irreal. Lo que une lo posible a lo real en política se llama imaginación, sentido crítico, pensamiento abstracto, algo que nos aleja siempre de la mera gestión de los intereses y realidades en juego. La política consiste en un saber, en un saber ir más allá, en cambiar el plano que dibuja las relaciones de lo real, lo inevitable y lo posible. La posibilidad define un espacio mucho más amplio que el real, pero menos poderoso; la realidad no tiene, en cierto sentido, tensiones ni contradicciones, se limita a ser lo que es, mientras que lo posible va siempre de la mano con muchos contrarios. Político es quien hace posible lo que no lo parecía, lo que acaso se deseaba pero nadie sabía cómo lograr. Precisamente por esa su peculiar relación con lo posible, el político tiene que ser prudente porque en cada intento de mejora se juega un posible retroceso, o una desgracia. Es obvio que la prudencia se ha de apoyar siempre en la mejor información, en el estudio, en el análisis de los datos, pero todo ese conjunto de indicadores no nos dice qué debemos hacer sino que sirve para determinar cómo debemos hacerlo. Quienes confunden la información con las decisiones serán tecnócratas o demagogos, pero no políticos. El político se la juega, no se limita simplemente a constatar, y, menos aún, a tener en cuenta lo que más le convenga para sus objetivos personales, para dejarlo todo tal como está si es que él se encuentra en una situación cómoda. El político, por el contrario, ha de estar permanentemente en combate con los datos y las encuestas para que unos y otras no le impidan la procura de lo que pretende.

La política no busca únicamente evitar el mal, combatir las injusticias, la pobreza o la ignorancia, aunque esos hayan de ser siempre objetivos esenciales de su acción. La política tiene que promover también una cierta idea del Bien sin confundirse con el ámbito de las creencias personales, impulsando valores que merezcan ser compartidos. Sabemos que, como recordaba Berlin, los hombres no viven sólo para luchar contra el mal, sino que viven de objetivos positivos, individuales y colectivos, de una gran variedad de ellos, que nunca son completamente compatibles y cuyas consecuencias no siempre se pueden predecir con la deseable antelación. El político se mueve en un terreno público, pero el ámbito de lo público es muy denso en valores morales, y el político que no sepa entenderlos y manejarse con ellos está condenado a la esterilidad.

El ejercicio de la política requiere dos condiciones fundamentales desde el punto de vista del actor: tener una idea precisa de lo que la comunidad necesita, esto es de lo que siendo posible y deseable resuelve algún problema y/o representa alguna especie de progreso o de ventaja, y tener, al tiempo una percepción clara de lo que la comunidad quiere. Es de sobra claro que esas dos condiciones no suelen coincidir plenamente, porque, no se puede olvidar la advertencia de Aristóteles sobre que no es posible una unidad sin quiebras en ninguna polis. El político debe comprender y asumir que sus propuestas crearán contradicción, pues siempre habrá quienes no compartan la idea de Bien que se propone y, aun compartiéndola, habrá quienes se opongan a ella por razones de procedimiento o, simplemente, porque pretendan socavar el poder que alcanza quien encarna una idea compartida.

Tal vez se deteste a los políticos precisamente porque no lo son, porque los que dicen serlo meramente usurpan una función; esa frustración es el mejor testimonio de la necesidad y de la conveniencia de la política, pero son tantos los riesgos del oficio que gran parte de los que podrían desempeñarlo se quedan en sus negocios, aunque frustrados. Hay que hacer que la política sea otra cosa de lo que es, aunque los Obama acaben, también, decepcionando.

El desastre del transporte ferroviario de mercancías

El pasado mes de junio, el Colegio de ingenieros de caminos ha hecho público un informe titulado “Una política de inversión en infraestructuras en tiempos de escasez”, lleno de buen sentido y de múltiples sugerencias sensatas. El informe dedica un capítulo al transporte de mercancías por ferrocarril y, como me imaginaba, las cifras que expresan la situación del sector son realmente alarmantes. Destacaré lo que me parece más significativo desde el punto de vista político.
1. 1. El porcentaje de mercancías que transporta el ferrocarril en la actualidad está en torno del 3%. Para valorar históricamente el dato hay que tener en cuenta que en 1953 ese porcentaje era del 53%, es decir que ha descendido casi un punto porcentual por año. La carretera soporta actualmente el 96% del tráfico total de mercancías.
2. 2. Este brutal descenso se ha producido a la vez que el tráfico interior de mercancías aumentaba de manera sostenida, creciendo un 450% entre 1970 y 2008.
3. 3. Los trenes mercantes españoles son lentos y ligeros cuando debieran ser más rápidos y pesados. La velocidad media de circulación real es de 15 km. por hora, y la longitud de los trenes es de unos 10 o 12 vagones.
4. La situación española es mucho peor que la de Francia o Alemania, países que conservan para el ferrocarril un porcentaje más alto de participación en el transporte de mercancías, aunque apliquen tasas de uso de infraestructura ferroviaria muy superiores a la española.
Detrás de todos estos datos se oculta el fracaso y el sinsentido de una política ferroviaria más propia de nuevos ricos que de países razonables. Mucha alta velocidad y total abandono de un servicio que es importantísimo desde el punto de vista económico, aunque mucho menos espectacular desde el punto de vista de la imagen.
La culpa de todo esto no es en exclusiva de Renfe, aunque sus directivos hayan consentido un deterioro que habría que haber evitado, sino de una deficiente política de transporte, de una política irresponsable, en suma.
¿Tiene remedio el asunto? Lo tiene y no ha de ser muy caro según los ingenieros, que algo deben saber de todo esto. Arreglar las infraestructuras con inversiones no excesivamente aparatosas, pero prácticas, para que se pueda operar con trenes más largos y más rápidos, habilitar los corredores que está dejando el AVE como prioritarios para mercancías, una gestión comercial más imaginativa y ambiciosa, pero, sobre todo, dejar que la iniciativa privada pueda encargarse de estas líneas de negocio, según las directivas europeas que la pereza político administrativa no acaba de aplicar.

Quod vitae sectabor iter?

Esta expresión de Ausonio, que traduce una vieja sentencia pitagórica, tiene una especial vigencia en el mundo de la edición, un universo en el que las tecnologías lo están poniendo todo patas arriba. Tanto los editores, como los autores y los lectores, nos preguntamos varias veces al día qué camino escoger de entre los miles de vías, senderos y trochas que se nos ofrecen de manera incesante. Mi impresión es que los únicos que saben con certeza qué es lo que deben hacer son los que tiene fuertes intereses establecidos; los demás, pero también ellos, nadan como pueden en medio de una confusión creciente alimentada por toda suerte de datos de confusa interpretación, de guerras de cifras, de iniciativas más o menos originales, de miedos y promesas.
Yo me confieso confusísimo, tal vez porque carezca casi completamente de intereses en este asunto, bien que a mi pesar. Siempre he creído que la meta a la que habría que llegar estaba clara, pero siempre he sabido también que ese Eldorado está detrás de sierras de difícil acceso, de selvas temibles, de ríos desbordados e incontrolables.
Ensayaré ahora una especie de brevísimo esbozo de lo que considero deseable desde el punto de vista de los tres actores ideales y decisivos de la presente comedia: el autor, el lector, los editores.
Los autores quieren algo que ahora se ha convertido casi en un imposible físico: ser conocidos. Ser conocido siempre ha sido algo reservado a unos pocos, aunque se supiese con certeza qué clase de cosas habría que hacer para intentarlo. Lo paradójico de la situación es que ahora cualquiera puede hacer el equivalente de aquellas cosas (tener un editor, o serlo uno mismo, hacerse propaganda, etc.) con el gravísimo inconveniente de que el número portentosamente engrandecido de autores y emisores hace que la posibilidad de sobresalir sea cada vez más remota y azarosa. Es lo que tiene la democracia, que trae mucha confusión. Además, el número, y la altísima tasa de reposición de las más variopintas especies de famosos, hace casi quimérico lograr siquiera un minuto de gloria, no digamos ser un Cervantes, un Lope o un Ortega.
La segunda cosa que siempre han querido los autores es vivir de su trabajo, y aquí ocurre otra vez lo mismo: el panorama no puede el más confuso. Nadie sabe cómo va a acabar siendo la economía de la cultura literaria en la era digital; lo único que se sabe es que será muy distinta, pero no ha aparecido de manera inequívoca una senda que pueda seguir la mayoría de los autores con la seguridad de no estar dilapidando su capital intelectual, pro llamarlo de algún modo.
Los lectores están divididos. Hay una amplísima fracción que se sigue aferrando al libro de siempre (y al periódico de siempre), es decir que todavía no se han dado cuenta de que ya están muertos. Los que no se oponen a leer en pantallas, los que, como yo, prefieren una pantallade tinta electrónica a cualquier otro soporte, están sometidos, sobre todo en España, a un régimen de auténtica escasez; los editores tradicionales se han propuesto el sitio de la Zaragoza digital, y nos tienen sometidos a un ayuno forzoso porque la oferta es inexistente, pero no ganarán los gabachos. Para los lectores en inglés la situación es muchísimo menos grave, pero dista bastante de ser normal, no digamos perfecta. Los libros siguen siendo carísimos, como si los editores tuviesen como único fin de su negocio el mantener los precios a toda costa, una política absurda que les llevará a la ruina, espero, en no mucho tiempo.
Parece como si los lectores fuésemos, en estos momentos, rehenes de una lucha titánica entre grandes compañías de electrónica y monstruos de la distribución que amenazan con destruir y comerse a cualquiera que asome la gaita, mucho más si es imaginativo, de manera que las posibles y buena soluciones están embargadas a la espera de que alguien pueda dar el golpe definitivo. El caso es que en los dispositivos lectores específicos, los e readers, lo único realmente bueno es la pantalla, mientras la navegación, el hojeo, y la toma de notas, todo lo que suele querer un buen lector, por exagerar un poco, sigue siendo una tarea de romanos.
Los editores, al fin. Creo que lo que ocurre es que, desde hace ya mucho tiempo, ya no hay editores, sino vendedores, y que no están haciendo ni el más ligero esfuerzo para comprender las oportunidades de negocio que les abre el nuevo sistema, al tiempo que siguen tratando de conservar, al precio que fuere, el momio antiguo, un momio relativo, porque muchos están quebrados, pero ahí siguen como el perro del hortelano.
Quod vitae sectabor iter? Lo tremendo es que no es fácil saber cuánto tiempo durará esta situación de espesa confusión, si es que alguna vez se acaba, que se acabará, sin duda. Me parece que la única contribución a la claridad que se puede hacer es la defensa de los valores básicos que están implicados en estos asuntos, aunque los que de verdad se defienden con denuedo, y con sofismas absurdos e indignos, son los puramente mercantiles, la lucha de los muleros contra el ferrocarril que, en España, en concreto, ayudó muy eficazmente a que nuestro ferrocarril fuese una caricatura de lo que podía haber sido. Los muleros, ¡qué carácter!

Esse quam videri

“Preferir ser a parecer”, tal era el lema del poeta G. M. Hopkins, un lema que hoy resultaría un tanto extraño porque tiende a hacerse avasallador el predominio de la conciencia bella, la sumisión de los hechos a los discursos, la imposición de las creencias a las razones. Este es, a mi modo de ver, el núcleo de la izquierda contemporánea, un verdadero desdén por la realidad efectiva, y una adoración absolutamente acrítica de sus convicciones. Es una mentalidad que también puede verse como la traducción de otro lema latino, Fiat iustitia, et ruat celum (del emperador Fernando I), que prefiere que se haga la justicia aunque se hundan los cielos, solo que esa izquierda occidental perfectamente instalada en sus derechos y comodidades sabe, o cree saber, que su mundo no está en peligro y el cielo no caerá precisamente sobre su cabeza.
Cuando esta clase de izquierda llega al poder espera que se cosechen toda especie de bienes y esa ilusa esperanza hace que promueva soluciones rápidas e imaginativas pero perfectamente inanes (y a menudo muy perjudiciales), por lo que el gobierno progresista de turno se ve lamentablemente desmentido por una realidad poco propicia al seguimiento de sus consignas. Lo que luego sucede es que la izquierda se encuentra prácticamente inerme frente a los problemas reales y tiende a encubrirlos con su discurso moralizador.
Veamos cómo. La izquierda tradicional había puesto especial énfasis en difuminar la responsabilidad individual para buscar la explicación de cualquier fenómeno negativo de la conducta humana en el papel que juegan las “estructuras sociales”, unas realidades represivas que serían la verdadera causa de la infelicidad humana. La desgracia es que la llegada al poder de la izquierda no acaba con esas lacras estructurales, aunque hace más inverosímil acudir a ellas para explicar nada. Entonces pasan dos cosas curiosas: la primera es que la culpabilidad cambia de bando. El gobierno ya no es culpable de nada, no puede serlo porque es el gobierno de la buena conciencia, de manera que cuando gobierna la izquierda, las responsabilidades ya no son imprecisas sino “muy concretas” (como gusta decir esa clase de sabios), es decir de otros.
Un ejemplo del funcionamiento de esa fe superior con la que se cubre la izquierda lo hemos visto estos días con las críticas a las expulsiones de ilegales ordenadas por el gobierno de Sarkozy, perfectamente conformes a la ley, por otra parte. Izquierdistas de todos los partidos y bienpensantes sociales se han dedicado a ponerle a caldo dando a entender (risum teneatis!) que ellos jamás harían algo parecido, aunque nadie, que yo sepa, ha ofrecido territorio para albergar a los perseguidos. Como se puede ver, son muchas las ventajas de la buena conciencia, en especial si se posee un cargo público bien remunerado.

Y ya, de paso…

Los españoles tenemos una fama, seguramente bien merecida, de creatividad, capacidad de respuesta rápida, informalidad, y un largo etcétera de temas similares; naturalmente, como todo en la vida, esa vivacidad tiene sus desventajas: improvisación, tendencia a la rutina, falta de cuidado, exceso de énfasis en lo verbal y lo aparente, etc.
La expresión «y ya, de paso…» refleja bien, me parece esta ambivalencia. Somos muy dados a aprovecharnos de que el Pisuerga pasa por Valladolid para tratar de arreglar cualquier cosa, que, en el fondo, nos parezca que no merece una atención directa. En la política española este vicio ha adquirido falta de naturaleza con lo que se llaman leyes escoba, sobre todo con la ley de presupuestos en la que se acaban colando cosas harto inverosímiles, de paso, para que nadie se entere.
Un poco más de orden y de atención no nos vendría mal en muchas cosas; por ejemplo: nuestras señalizaciones (carreteras, edifricios, calles) están hechas de paso, son caóticas, irregulares, confusas, porque nadie parece haberse tomado la molestia de pensar a fondo el asunto; hay ocasiones en que uno busca desesperadamente una indicación para acabar completamente perdido cuando la encuentra. Es una consecuencia más de nuestro gusto por la chapuza, por lo provisional, de nuestro afán de vaguear y dejarlo todo para mañana.
Los periodistas suelen ser maestros del «y ya, de paso..», un vicio que han contagiado a los políticos, a todos los que hablan de oídas, y somos legión.