El negocio socialista

Como tantas otras cosas, tras estos años de gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, el negocio socialista amenaza bancarrota, y a muy corto plazo. Me refiero a la habilidad de los socialistas para vender una cierta imagen de unidad política cuando, en realidad, sus programas de gobierno son profundamente distintos en cada comunidad.
Para entenderlo hay que considerar unos datos muy elementales. El PSOE puede gobernar en España gracias a los diputados que obtiene en Cataluña. La habilidad de ZP ha consistido, sobre todo, en convencer a muchos votantes catalanes de que catalanismo y socialismo eran ideas no ya coherentes sino prácticamente idénticas. En las elecciones de 2008, la diferencia entre el PSOE y el PP, en el conjunto de España, fue, como se sabe, de tan solo 15 diputados, y esa diferencia se nutrió, sobre todo, del hecho de que, solo en Cataluña, el PSOE obtuviese 17 diputados más que el PP.
Lo más notable es que, con toda probabilidad, la causa de esa diferencia tan enorme en el voto catalán esté en el hecho de que el PSOE sabe vender, y el PP no sabe evitarlo, la idea de que el PP no entiende a Cataluña, lo que una buena mayoría de catalanes interpreta en el sentido de que Cataluña está siendo esquilmada económicamente y que la culpa de ese desastre debe ser atribuida al españolismo del PP. Esta idea es tan importante que el agonizante Montilla, y sus capitanes, no dejan de repetirla, estarían dispuestos a gobernar con CiU o con ERC, como hasta ahora, pero nunca con los populares: todo menos el PP, porque Cataluña es lo primero.
Ahora bien, ¿qué hay de real en el despojo fiscal de los catalanes y quién lo causa y lo explota? Aunque el asunto de las llamadas balanzas fiscales sea muy complejo desde el punto de vista técnico, apenas puede dudarse de que, efectivamente, Cataluña es una comunidad que aporta al presupuesto del Estado más de lo que el Estado invierte en ella. Esta es una situación que no afecta solo a Cataluña, y que es relativamente normal en cualquier Estado con una geografía económica muy diversa, como sucede en España. La cuestión está no tanto en esa diferencia sino en si el montante de esta diferencia es razonable, y en si existen políticas, como la que sostuvo la UE en relación con España, sin ir más lejos, que procuren atenuarla o evitarla en el futuro.
Según el Informe del Consejo Económico y Social de la Comunidad de Madrid, que acaba de publicarse, Madrid es la Comunidad que más dinero aporta, pero, en realidad, el tinglado del gasto público se sostiene, sobre todo, gracias a las aportaciones fiscales de Madrid, Catalunya y, en menor medida, de Baleares y Valencia. Pues bien ese dinero de más, por decirlo así que se obtiene de las regiones prósperas lo administra el PSOE, gracias a su mayoría política generada en Cataluña, pero no en beneficio de los catalanes o de los madrileños, sino de otras comunidades en que, casualmente, gobierna el PSOE sin haber hecho nada en más de treinta años para que la situación de desequilibrio regional deje de producirse.
El cabreo del catalán medio deriva de que, mientras se dedica a esforzarse y a trabajar, contempla como hay regiones en las que la gente vive de manera bastante grata sin un gran nivel de esfuerzo laboral, a base de subsidios públicos que el catalán interpreta, y no le falta razón, que le roban de su cartera, aunque, como ya queda dicho, no sea el único que se ve despojado para financiar gandulerías varias.
Pues bien, contra lo que pueda imaginarse el catalán emprenyat, esos dineros no vienen a Madrid, sino que van a regiones como Extremadura, Castilla la Mancha, Asturias y Andalucía que han sido, tradicionalmente, feudos socialistas. Dicho con la mayor simplicidad posible: los socialistas gobiernan España sacándole dinero a los catalanes, y haciéndoles creer que están contra esa extorsión porque le prestan una gran atención a sus símbolos, mientras se olvidan de que son sus correligionarios extremeños y andaluces los que compran los votos de muchos ciudadanos con subsidios insostenibles que se obtienen sangrando a catalanes, aunque también a madrileños.
Este negocio político es, sin duda, muy ingenioso, pero es injusto e insostenible. Los catalanes protestan más que los madrileños, pero el Gobierno madrileño de Esperanza Aguirre no cesa de proclamar que el Estado le adeuda más de 16.000 millones de euros, entre cantidades directamente no ingresadas y trucos del más variado tipo para negar el hecho de que en Madrid vivan más de 1.000.000 de personas que hace nueve años. No es extraño que los madrileños, en su conjunto, se lo piensen dos veces antes de votar a los socialistas, y no es fácil averiguar qué vacuna podrían inventarse Trinidad Jiménez, o el corajudo Gómez, en su caso, para curarnos de este mal, pero lo que es asombroso es que sea tan abundante el voto socialista de los catalanes, una situación que seguramente vaya a cambiar a partir del 28 de noviembre.
[Publicado en El Confidencial]

Sorprendente Zapatero

Si tuviese que decir lo que realmente pienso de Zapatero me vería en un aprieto. No me refiero a que pudiera cometer un delito o algo así, sino a que realmente este hombre me deja más de una vez en suspenso, turulato. El juicio que tengo de él es muy volátil, porque tan pronto me parece un estratega brillante, y un tipo especialmente taimado, como se me antoja un auténtico insensato, o lo veo como un simple y un pretencioso, como una broma del dios de los azares políticos. Su última actuación a propósito de lo que son y no son parados y del servicio que prestan al país, es como para pensar que nuestro presidente es un deficiente mental, cosa que no puedo acabar de creer, aunque no se muy bien cuáles puedan ser las razones por las que se me hace imposible creerlo. Me escama, además, que ZP reserve buena parte de sus hallazgos para comparecencias en el extranjero y entiendo que tal coincidencia no puede ser fruto de la mera casualidad. Zapatero se crece frente a las barreras idiomáticas, y no deja de sorprender en la única lengua que, aparentemente, domina.
Tendría que preguntarle a Baroja que seguramente podría dar de él una descripción definitiva e imborrable, pero don Pío, como se sabe, no tuvo la fortuna de llegar a conocerle. En su ausencia, me conformaré con verle, a ZP, claro, como un personaje de escaso peso los lunes, miércoles y viernes, y como un diablillo ignorante el resto de los días de la semana, pero les confieso que no consigo quitarme de la cabeza la sospecha de si mi juicio sobre el personaje no mostrará fehacientemente que no entiendo nada del mundo en el que vivimos.

Una Diada a la expectativa

La celebración de la Diada catalana es siempre uno de los acontecimientos que condicionan el inicio del curso político en España. Este año, la fiesta ha trascurrido con una cierta calma, lejos de los espectáculos agresivos de otros momentos. Todas las fuerzas políticas catalanas están velando las armas para unas elecciones próximas y, como si quisieran una larga jornada de reflexión, han alejado a los espectadores del centro de la celebración, seguramente para evitar que los aplausos y vítores a los políticos que mandan en Cataluña impidieran la necesaria serenidad y reflexión en una fecha tan memorable. La ausencia de PP y de Ciudadanos ha ayudado a conservar la calma de los exaltados, pero también pudiera ser que Montilla hubiese calculado que resultaba esencial evitar que el riesgo de ser vapuleado por los abucheos de los descontentos le pusiera en un brete.

En resumen, una Diada tranquila, con las espadas en alto, y sin esos sobresaltos que desgraciadamente son más corrientes de lo que debieran en las tierras catalanas, y muy especialmente en Barcelona. La crisis económica ha estado menos presente que en la celebración del 2009, aunque los líderes sindicales han aprovechado la ocasión para hacer propaganda de la extravagante huelga general del 29 de septiembre. Cada uno ha ido a lo suyo: el tripartito ha pensado que habría que conformarse con no salir en los periódicos a causa de algún desbordamiento. Y, sin embargo, el carácter especial de esta Diada de 2010, una celebración que siempre tiene una trascendencia que sobrepasa a lo puramente catalán, viene a poner de manifiesto que la situación política está en plena descomposición, no solo en Cataluña.

La convocatoria de elecciones ha abierto la carrera hacia el poder de los aspirantes, y el intento desesperado e incoherente de los del tripartito por encontrar alguna fórmula mágica que les permitiese mantenerse en el gobierno. El tripartito ha sido todo un ejemplo de desgobierno, y ha conseguido trasmitir su desunión y su desconcierto al elemento más sólido de esa coalición oportunista y de circunstancias: el PSC, antes una roca, está sufriendo las consecuencias de su ambigüedad y se debate entre corrientes que no está claro puedan subsistir unidas. Las ausencias de Castells y Maragall, dos conspicuos representantes del socialismo más catalanista, permiten preguntarse si van a intentar alguna clase de aventura por su cuenta, lo que no habría que descartar, porque si algo abunda en el panorama catalán es una variopinta diversidad de iniciativas, especialmente en el sector más proclive al independentismo.

Montilla parece querer seguir con las dos velas encendidas, al dios catalán y al diablo españolista, pero en un tono menos catalanista que el empleado en estos últimos meses. La vuelta de Corbacho parece un signo dirigido a los electores menos entusiasmados con el catalanismo impostado de los socialistas, pero los hábitos acaban creando una segunda naturaleza, y al propio Corbacho se le ha escapado alguna que otra expresión más apropiada en un independista que en un socialista catalán que es miembro del gobierno español. La mezcla equívoca y oportunista de un políticos españolistas los lunes miércoles y viernes, y más catalanistas que nadie el resto de la semana, parece haber agotado todas sus oportunidades tras el aquelarre posterior a la aprobación del Estatuto y, más aún, tras la sentencia del Tribunal Constitucional. Nadie prevé una victoria del PSC, pero los gladiadores del partido están empeñados en disminuir cuanto se pueda el descalabro. Para complicarle más las cosas a los atribulados socialistas catalanes no está clara la disposición de Zapatero a echarles una mano en condiciones. Zapatero está ahora intentando seducir al PNV, pero a partir del 28 de octubre tal vez tenga que entenderse con Mas, y no va a estar jeringándole, de manera que, del mismo modo que ha dicho de las primarias de Madrid, estará tentado a pensar que no se juega nada en Cataluña.

Tampoco Mas está en condiciones de hacer grandes alharacas, ni de continuar con las bravatas que ha ido prodigando en estos años de oposición al tripartito. Su mayoría absoluta no está garantizada, y pueden empezar a agobiarle los recuerdos de su desprecio al PP, un partido con el que tendrá seguramente que contar si no quiere practicar un peligroso funambulismo que pudiere acabar con su carrera política en un plazo relativamente corto. CiU se nutre con votos conservadores, muy hartos de Montilla y de ERC, que no le perdonarían una pinza con la izquierda, pero también recibe votos que van al PP en las generales, y que podrían no asistirle si se descuida. Mas trata de parecer más cercano al PP, un acercamiento por interés, que son los más efectivos, pero esa estrategia es de una dificultad supina para él, aunque también para el PP.

Los líderes socialistas tienden a presentarse como garantes de la cohesión, la solidaridad y la unidad de España, aunque lo hacen, preferentemente, cuando sus electores no cuestionan esas ideas. Es claro que en Cataluña han destrozado todas las cautelas que debiera guardar un partido de gobierno; al aliarse con independentistas, y al impulsar un Estatuto que el Tribunal Constitucional, incluso sometido a presiones tan insoportables como vergonzosas, no ha podido declarar conforme a la Constitución, se han puesto a sí mismos en una situación insostenible, en una posición política inexplicable, salvo si se piensa en que lo único que les importa es el mantenimiento en el poder. Puede que muchos electores sean más dogmáticos que sensibles a esas contradicciones, pero no hay duda de que otros les harán pagar un precio muy alto, en Cataluña y en toda España. Esto es lo que preocupa a Zapatero, que Cataluña que fue su pértiga para ascender alcanzar La Moncloa sea ahora la losa que lo entregue al olvido. Las elecciones catalanas marcarán el final de una etapa tan singular como inconsistente para Cataluña y para España y a Diada ha sido un anuncio de que ya nada volverá a ser como antes.

[Editorial de La Gaceta]

Un apunte catalán para hablar de Del Bosque y de Mourinho

Pese a ser el día de la cosa catalana, el Hércules, en plan facha, le ha metido un 0-2 al todopoderoso Barça. Es lo que tiene el fútbol, que es casi tan imprevisible como la política catalana. Fíjense si es imprevisible que hoy he leído en La Vanguardia la carta de un lector que afirma que es un hecho histórico extraordinario que tras más de 300 años de exterminio, son sus palabras, subsista la cultura catalano-valenciano-ísleña.
Volvamos al fútbol, que es un tema serio. Ya se han disipado los ecos del escándalo por la derrota de la selección española frente a Argentina, en un partido amistoso. Me alegro por los argentinos, porque seguro que hay alguno que piensa que los españoles estuvieron casi tres siglos tratando de exterminarlos. Creo que Del Bosque hizo bien en alinear frente a Argentina a gente que tiene menos oportunidades de jugar; la mala suerte y el exceso de relajación, con noche de juerga o sin ella, dieron lugar a un abultado resultado del que podemos olvidarnos sin problema. Los argentinos encantados, y nosotros a ganar los partidos de competición, siempre que el contrario nos deje.
Hoy he estado en el Bernabeu y me ha gustado lo que se ha visto, lo que creo sea la mano de Mourinho. El Osasuna, que tampoco es el Barça, no vayamos a engañarnos, no ha tirado ni una sola vez a puerta, porque no ha podido. La defensa comienza a existir y el equipo tiene unidad, todavía no brilla, pero patina menos que de costumbre los últimos años. Ozil es un gran fichaje, sin duda. Benzema ha luchado, pero parece que todavía no consigue despertarse a la hora. Ronaldo ha dado algún pase lógico y brillante, toda una novedad, lo que permite esperar que se acabe convirtiendo en un jugador de equipo y no en esa especie de tornado cabreado y fallón que ha sido tantas veces. Es pronto para echar las campanas al vuelo, pero puede que la temporada no resulte tan decepcionante como la del pasado año, ese quiero y no puedo entristecido de Pellegrini que acabó decepcionando a todos.

Un futuro muy incierto

El editor del New York Times ha dicho con claridad algo que todo el mundo debería saber, que su periódico dejará en algún momento de editarse en papel, y que no sabe exactamente cuándo sucederá la cosa. Me parece que son dos verdades que es doloroso, pero inevitable, que admitan los editores, y no solo los de periódicos.
La tecnología digital ha arruinado completamente las bases materiales en las que se ha venido sustentando la reproducción de los textos, los datos y las imágenes. Una vez creada la información, los costos de reproducción y de distribución son irrelevantes, lo que, como es lógico, arruina por completo las posibilidades lucrativas de las empresas que vivían de explotar esos productos.
No es nada fácil imaginar cómo serán las industrias de la información y de la edición, es decir cómo se financiarán, en los próximos diez, veinte, o cien años, pero lo que es seguro es que la fórmula del pago por parte del cliente directo va a ser muy difícil, porque todo el sistema está contra eso. Creo que en el caso de los libros podrán subsistir ciertas formas de pago, a cifras muy bajas, de ediciones de textos que se vayan renovando de manera continua, y que el acceso a las versiones originales de la inmensa mayoría de las obras será completamente gratuito en un plazo muy breve.
En el caso de los periódicos, me temo, es una forma de hablar, que no tendrán éxito, a la larga, los intentos de cobrar los contenidos de mayor valor, por ejemplo los análisis y los artículos de firmas muy valoradas, dejando libre el acceso al resto de los contenidos. Supongo que Google y las grandes cadenas están negociando formas de hacerlo, pero no creo que ni siquiera Google pueda poner puertas al campo.

No cabe duda de que esta situación plantea problemas graves, y que la definición esencial de lo que pudieren ser en el futuro la prensa, la televisión, o las empresas editoras, está completamente en el aire. Hace falta mucha imaginación para encontrar respuestas creativas que no se limiten a cerrar el acceso, a matar la gallina de los huevos de oro del progreso económico de estos últimos años. Hay que pensar en la financiació n de las empresas editoras, pero es aún más importante defender la libertad de circulación de la información y de toda clase de documentos del saber. Me parece que en la música se está consiguiendo con una cierta variedad de modelos; el reto que se plantea a la prensa, la información, la cultura y la ciencia es aún mayor, pero hay que afrontarlo sin miedo, porque seguramente se encontrarán sistemas que permitan que siga siendo interesante, para empresas y para autores, informar, escribir, estudiar, pensar y hacer ciencia sin que haya que seguir pagando los peajes excesivos que ahora se imponen.

Dogmas, mentiras y ejemplaridad

Nadie está en condiciones de saber en qué pueda parar la dinámica desatada entre los socialistas madrileños para desplazar a Tomás Gómez de la cabeza de la candidatura que se haya de enfrentar a Esperanza Aguirre. Lo que en el PSOE quede de democracia, unido al descontento de los socialistas madrileños por su tradicional insignificancia en la organización federal, puede componer un plato que le ocasione un serio disgusto a Zapatero, aunque también quepa que la férrea disciplina, fiel aliada del oportunismo, imponga una solución, digamos, salomónica con la disculpa de que todo se ha hecho para favorecer el conocimiento del candidato, además de para olvidar los malos momentos que atraviesa el de la lucecita de la Moncloa, y el país que desgobierna.
Si se hicieran en serio, esta clase de procesos serían muy peligrosos para los partidos, especialmente si acabasen bien. Los partidos prefieren el atado y bien atado, son escasamente anti-franquistas a este respecto, y admiran los liderazgos indiscutidos, los principios inmutables, la fijeza del adversario (la conjuración judeo-masónica que decían en el Arriba), la discrepancia de pareceres subordinada a la ordenada concurrencia de criterios en el del líder, que para eso está.
Nadie nos dijo en 1977 que una democracia no era solo cosa de leyes, sino de tradiciones y, aprovechando el despiste, en los partidos se ha impuesto una cultura dogmática, cainita y disciplinaria, aunque, naturalmente atemperada por cierta inobservancia, porque, al fin, todos somos españoles (y, en especial, a estos efectos, quienes dicen no querer serlo). En este clima, las primarias socialistas tienen necesariamente un aire de tongo, se pueden convertir en un ejercicio de disimulo. Para empezar, Gómez y Jiménez no se atacan, dicen amarse fraternalmente. Solo algún perturbado ha recurrido al arma nuclear contra el levantisco Gómez atribuyéndole, nada menos, que ser el candidato de la derecha, el epítome de la maldad; por fortuna, no todos los lidercillos del PSOE son tan perspicaces y entusiastas como el polígrafo alcalde de Getafe, de manera que, una vez lanzada la consigna, el asunto ha podido seguir por los cauces de un enfrentamiento cariñoso.
Esta conducta forzadamente cordial priva a la democracia interna de todo sentido, y deja a la luz el vacío político del partido que la promueve. Ni Gómez ni Jiménez tienen una política para Madrid, ni les interesaría tenerla porque eso puede resultar muy peligroso en un partido tan obediente.
¿De qué viven los partidos que no debaten nada, en los que nada se piensa ni se discute, salvo en los aparatos superiores que cuidan, amorosamente, de que las bases no sospechen jamás de lo que allí se cuece? Viven del dogma, de lo contrario de una democracia madura, de la suposición de que ellos tienen la fórmula perfecta para resolver todos los problemas y de que el adversario es torpe, malvado, traidor y peligroso, la suma de todos los males sin mezcla de bien alguno. Como es lógico, este dogmatismo favorece de manera muy clara, la mentira, porque todo encuentra justificación si se hace con el fin de parar los píes al adversario. El cainismo político es necesariamente fulero y fullero, aunque se disfrace de virtud retórica, de dialéctica fina.
Esta división maniquea entre los nuestros y los otros no se circunscribe solo a cierta izquierda, sino que está muy extendida y es causa de numerosas conductas tribales y nada inteligentes. Véase, por ejemplo, como defienden los partidos a sus cargos cuando son acusados de algún acto especialmente vergonzoso, de cualquier forma de corrupción de las que procuran el desafecto popular, porque otras, desgraciadamente, pueden llegar a ser, incluso, objeto de aplauso para los militantes más fervorosos. Tal conducta es más llamativa y necia en el del PP, porque este partido está menos dotado dogmáticamente que su adversario, y, además, no acierta habitualmente a convertir este carácter en una ventaja.
El PP experimenta una especie de horror al vacío cuando se trata de alejar de la vida pública a aquellos de los suyos que han sido sorprendidos en actividades, cuando menos, equívocas, y suele preferir la defensa del principio de presunción de inocencia, ateniéndose a un precepto esencial en derecho, aunque muy discutible en política, antes de separar a un sospechoso de sus cargos públicos. Al actuar de este modo, el PP se perjudica gravemente, renuncia al ejercicio de una ejemplaridad que le sería muy exigible y provechosa.
El PSOE puede vivir del dogma de que es quien nos conduce a alguna especie de paraíso socialista, o de ser el garante de lo social, pero, a falta de señuelos similares, el PP necesita que los electores se convenzan de que consiste en una agrupación de ciudadanos decentes, y, cuando no se ocupa de serlo y gasta tiempo en parecerlo, se enajena indefectiblemente lo que debiera ser uno de sus más atractivos valores políticos.
[Publicado en El Confidencial]

Maneras de mentir

Por décima vez en más de cincuenta años ETA ha anunciado una especie de tregua. La experiencia y el sentido común indican que, como en otras ocasiones, tras el anuncio se ocultará alguna especie de trampa para osos, o para gobiernos mentirosos.
ETA es criminal, pero no tonta, y ha sabido colocar este ambiguo anuncio de manera estratégica. Para un observador imparcial no dejará de ser sorprendente la manera en la que ETA se hace cargo de la conveniencia del Gobierno de Zapatero, que es el gobierno de Rubalcaba en estas cuestiones. Resulta que Rubalcaba, con un Zapatero silente, dada la monumentalidad de sus errores en este enredo, ha venido haciendo unas tareas de aliño para facilitar la tregüita de ETA, y ETA no ha querido dejarle en mal lugar, ni causarle más cuitas a un ministro tan cuidadoso.
Incluso una organización tan autista como ETA ha entendido que no le convenía rechazar indefinidamente las muestras de consideración que le ha prodigado nuestro gobierno. Que si unos traslados por aquí, que si unos arrepentimientos por allá, que si unos milloncetes para Egunkaria…, los gestos han sido tan abundantes y delicados que hasta un ciego acabaría por ver en ellos un manifiesto deseo de agradar al que no sería cortés dejar en evidencia. De este modo, las equívocas medidas del gobierno acaban siendo engañosamente justificadas por una ETA más comprensiva que la del pasado, y lo que debiera ser considerado una traición a la democracia se convierte mágicamente en una especie de acierto preventivo.
El enredo se advierte muy bien cuando se analiza el tono del Gobierno en torno a la tregüita. Ahora resulta que se sienten escépticos ante el comunicado de ETA. Se ve que quieren dejar claro que ellos no tienen nada que ver, puesto que cuando admitieron, solemnemente, que sí tenían que ver, la ETA los puso a los píes de los caballos con el atentado/accidente de Barajas. Los que sigan creyendo que este gobierno es incapaz de aprender, harán bien en meditar sobre la política de prudentes y escaldados comentarios que ahora nos administran.
Este gobierno es constitutivamente incapaz de atenerse a cualquier régimen de principios, y, además, no sabe estarse quieto, de manera que se ha especializado en actividades escasamente confesables; no deberíamos extrañarnos, es un heredero posmoderno y retórico de la sabiduría chino-felipista sobre la indiferencia del color del gato cuando caza ratones. Su problema es que está por ver que las mentiras, muy gordas, barrocas y disfrazadas de entereza, de este gobierno sirvan para algo, es decir, para algo más que para salir del paso, que es la especialidad indiscutible de los alevines de Zapatero.

Catalanes todos

La Vanguardia informa hoy de que en Cataluña disminuye el número de independentistas, que sigue siendo muy alto, respecto a la cifra de hace unos meses, con lo del Estatuto. Se ve que las encuestas no son muy fiables, porque no es fácil comprender que algunos independentistas catalanes dejen de serlo con un verano por medio, aunque nunca se sabe. Según la encuesta hay más de un diez por ciento de independentistas entre los votantes del PP, lo que también es chocante. Tal vez si se dijera que la encuesta refleja los que dicen que quieren ser independientes, la cosa se aclarase, pero con algunas cosas de los de la Font del Gat nunca es fácil saber a qué carta quedarse, cosas de la rauxa, supongo.
A mí me parece que esto del catalanismo es algo muy serio y que debe de pensarse en ello con cierto rigor, y partiendo del conllevar orteguiano. Se trata de un problema, como mínimo, centenario, de la expresión de unos sentimientos que nunca se pueden desoír, si se quiere ser mínimamente sensato y, por supuesto, si se pretende ser un buen patriota español. Los que son nacionalistas de una parte de España nos llaman, muy inadecuadamente, nacionalistas españoles por tratar de ser buenos patriotas, pero esta carga es bastante liviana por más que algunos creamos que la distinción entre patriotismo y nacionalismo es cristalina, asunto al que dediqué un libro ya hace unos años. Es un error, de todos modos, creer que estamos ante una discusión conceptual, o ante un malentendido. Hay dos cosas muy claras y muy distintas: un problema de poder, y un sentimiento de identidad no exactamente compartido, eso es lo que hay, y lo que hay que tratar con finura.
Hace unos días, Juan José López Burniol, escribió un artículo en la misma Vanguardia con cuyas conclusiones estoy enteramente de acuerdo. Su último párrafo reza del siguiente modo: “ Hoy existe una ruptura sentimental entre Catalunya y el resto de España, manifiesta en la falta de un proyecto compartido y en la ausencia de aquella affectio societatis sin la que toda comunidad resulta imposible. En la actualidad, muchos catalanes se consideran agraviados y muchos españoles se sienten hastiados. Agravio y hastío son malos cimientos sobre los que asentar nada. Hará falta enfriar los ánimos de unos y otros, si se quiere buscar una salida que, sin excluir nada, reconduzca los deseos a las realidades. Y será preciso hacerlo sin una mala palabra sin un mal gesto y sin una mala actitud”.
Comparto completamente este deseo de entendimiento, como el español de bien que siempre he procurado ser. Creo, además, que a los españoles nos es exigible un grado superior de paciencia, compatible con la ironía y el cariño, porque en el imaginario catalanista somos los agresores, aunque muchos pensemos que no es este exactamente el caso. Creo que hace falta un alto grado de entereza, valor, comprensión, magnanimidad y paciencia y que todo lo que se haga por una Cataluña española merecerá la pena. Por eso confío en que David Villa, un asturiano hasta las cachas, no se quite la bandera española de sus botas cuando juegue con el Barça, pero si se la quitare, tampoco pondría el grito en el cielo, y pensaría que la cosa, efectivamente, está llegando más lejos de lo que nunca hubiera pensado.

Un hombre empapelado

Apenas conozco a Jesús Neira, pero, por lo que he leído sobre él, y de él, me parece una figura un tanto trágica. No concuerdo con casi ninguna de sus opiniones, me refiero a las que ha expresado públicamente, pero hay una cosa que ha dicho con la que tengo que estar enteramente de acuerdo. Me refiero a su observación sobre la absurda forma en que funciona la justicia en España: los casos graves mueren de viejos en los tribunales, pero apenas ha bastado una semana para juzgarle por un delito menor, cuya gravedad él discute con argumentos que seguramente servirían para no condenarlo, de no ser Jesús Neira.
Su ascenso al estrellato no presagiaba nada bueno, y fue una muestra fehaciente de la frivolidad general en la que se mueve tanto la vida pública como el conjunto de los medios de comunicación. Se hizo de él un héroe por razones equívocas, y enseguida empezó a sufrir ataques por lo intemperante de sus opiniones sobre cualquier cosa. Se trató de un caso más de la increíble costumbre española de preguntar a los nuevos famosos sobre los asuntos más inverosímiles. Neira, que es profesor de Teoría del estado, o algo así, empezó a pronunciarse sobre lo divino y lo humano, y dijo algunas cosas sobre nuestro sistema político que molestaron los delicados oídos de algunos gerifaltes que, inmediatamente, ordenaron la caza y captura de un personaje tan poco convencional. Los perros guardianes de lo establecido comenzaron a morder, y él no supo guardar las distancias. Ahora se le ha condenado con celeridad por romper uno de los nuevos mitos morales, por una conducta supuestamente temeraria en la carretera.
No sé si será el final de una figura pública tan endeblemente construida, pero siento piedad por una persona real tan maltratada en el éxito y en la adversidad.
El caso Neira es un retrato de nuestra endeblez moral, de nuestra hipocresía, de nuestra infinita frivolidad política y, como no, de la ignorancia reinante.

Lope en el cine

Lamento sinceramente no poder hacer un gran elogio de una iniciativa ambiciosa de nuestro cine, de una película que mejora la nota media de nuestras producciones y que pretende ser un ejemplo moderno y atractivo de cine histórico. Sin embargo, lo mejor de Lope, la película de Andrucha Waddington está, sin duda, en los versos del poeta; no están mal un par de escenas con cierta gracia, tres a los sumo, dentro de un guión previsible y poco trabajado. Lo peor la ambientación, el paisaje y el paisanaje. Yo estoy harto de que los especialistas de nuestra industria, por llamarles algo, confundan el aire de gran producción, si es que eso es lo que pretenden, con muchedumbres de andrajosos que abarrotan las escenas, y no dejan ver ni los decorados ni las plazas; es irritante que piensen que todos los españoles del siglo XVII eran sucios y desharrapados, o que crean que cualquier estancia habría de estar repleta de los objetos más incomprensibles y feos, al parecer porque, a su juicio histórico, no existían entonces ni la escoba ni las mudas.

Entre Madrid y Lisboa hay, ahora mismo, parajes de gran belleza, de enorme verdor que, seguramente, fueran todavía más lujuriosos en época del Rey Felipe. Para ilustrar las andanzas y los viajes del joven Lope, a los expertos de la película no se les ha ocurrido otra cosa que enseñarnos parajes polvorientos y pedregales inhóspitos, como si estuviésemos viendo un espagueti western. Se ve que nuestros artistas e intelectuales del cine son gente culta y avisada, muy al tanto de que todo el pasado de este país ha sido un desastre miserable.

La película tiene algunos otros defectos, pero se deja ver y creo que gustará a parte del gran público, aunque haya que lamentar que no se usara algo más de imaginación y de cuidado para hacer un producto que estuviere a la altura del poeta. Claro que, si se comparase con otras joyas españolas del género, por ejemplo con la malhadada Sangre de mayo de Garci, podría merecer grandes elogios. Tiene tan buenas intenciones que incluso llega a salir un sacerdote que no sodomiza a nadie, lo que, visto lo visto, supone una agradable contención del sectarismo habitual. Lo dicho, lo mejor los versos de Lope: aunque para gozarlos no sea necesario ir al cine, se dejan ver y oír, y se agradecen.