La política tras la crisis

Enfilamos el final de un verano que comenzó con signos de catástrofe financiera, y, por tanto, política, pero tras el que, mal que bien, parece haberse alejado el riesgo de la tormenta perfecta, lo que, ciertamente, no significa que se haya acabado el temporal. Creo que todos debemos alegrarnos de que no se hayan concretado las peores posibilidades, de que no hayamos llegado a una situación como la griega, lo que está permitiendo que se pueda financiar nuestra deuda en condiciones que, sin ser baratas, resultan asumibles, y que los bonos españoles puedan a volver a circular entre los Bancos.
Solamente los muy necios llegarán a imaginar que esto signifique un éxito del Gobierno. ZP se ha librado de una buena, pero no ha sido por su política, sino muy a su pesar. Los buenos patriotas debemos alegrarnos de que España haya superado unas circunstancias tan desfavorables, pese a que el Gobierno nos había estado conduciendo, de manera completamente insensata, hacia el abismo. Solo unas advertencias exteriores, muy expresivas y conminatorias, Sarkozy, Merkel y Obama, con seguridad, el presidente chino muy probablemente, han sido capaces de conseguir que el falso leonés haga lo que cualquier político sensato habría hecho con seguridad desde hace, al menos, dos años. Esa obligada rectificación del Gobierno, con desgana y a última hora, unida a la fortaleza de las instituciones financieras y la solidez de la economía española, pese a la intensidad de la crisis, han ayudado a sortear un desastre de proporciones dantescas.
El panorama que se adivina, en el que no va a escasear los momentos difíciles, ni las oportunidades para que la demagogia del Gobierno atice las tensiones sociales y territoriales, obliga, a mi entender, a que la oposición cambie su manera de enfrentarse al Gobierno. No creo que el electorado vaya a premiar a un PP que pretenda pasar por la izquierda a Zapatero a base de criticarle por haber tomado medidas poco sociales. Está claro que lo que el PP pretende decir cuando hace algo como eso es que, si se hubiese llevado una política económica más sensata, no habrían sido necesarios los recortes que ahora son imprescindibles, pero ese es un mensaje que, independientemente de que se crea correcto, no tiene ningún atractivo, y ello por dos razones: en primer lugar porque habla de un pasado que ya no tiene remedio; en segundo lugar, porque puede dar la sensación de que el único programa que el PP sabe defender en público es el que consiste en llevar la contraria a lo que hace el Gobierno, una idea que el PSOE no se cansa de utilizar para mostrarnos un PP insolidario, incoherente y oportunista.
La historia de nuestra reciente democracia puede abonar la impresión, en muchos aspectos correcta, de que nadie gana nunca las elecciones sin estar en el Gobierno, de que, lo que ocurre, es que, de cuando en cuando, los Gobiernos son derrotados por sus excesos y errores, y son despedidos por lo que hacen, más que por lo que dicen. Así ha ocurrido, en efecto, en más de una ocasión, y no resulta demasiado difícil reconocer que, desde 1977, no ha habido ningún Gobierno que haya hecho más méritos que el actual para perder las próximas elecciones. Sin embargo, seguramente no baste con que ZP se haya empeñado concienzudamente en descalabrarse, habrá que contar también con una acción positiva del PP para obtener la victoria.
El presidente cuenta con casi dos años por delante, y con una poderosa fuerza de propaganda. Tendrá que sortear algunos escollos para aprobar los presupuestos, y lo pasará muy mal con las elecciones catalanas, pero superará, seguramente, ambos obstáculos con su método tradicional, es decir, haciendo pagar a los españoles los beneficios contantes y sonantes que las diversas minorías de la Cámara le exigen como peaje. Si todo le saliese como se propone, se enfrentaría con las municipales y autonómicas en medio de una cierta recuperación económica y, tal vez, del empleo, que presentará como un éxito inenarrable. En esas condiciones, la ventaja que actualmente ostenta el PP pudiera verse mermada hasta límites peligrosos.
Es posible que el futuro no sea tan halagüeño para el Gobierno como lo pinta esta hipótesis, pero no hay duda de que el PSOE venderá cara su piel porque, el peculiar socialismo del que disfrutamos se queda en nada sin el poder.
¿Sabrá encontrar el PP la melodía política adecuada para contrarrestar un intento de resurrección del Ave Fenix de la Moncloa? El PP haría bien en dejar de pensar que la crisis le está haciendo el trabajo, digamos, sucio, de desgaste y debería mirar con ojo crítico la realidad de las encuestas, aunque solo sea por el evidente error que cometió en 2008 al no saber ver el descalabro que se le venía encima en Cataluña, la única razón de la segunda victoria de Zapatero. Le queda al PP mucho trabajo para convencer de la bondad de sus razones, sin fiarlo todo al desastre del contrario, por obvio que resulte.
[Publicado en La Gaceta]

Perlas catalanas

Tengo la costumbre de seguir, con alguna frecuencia, los comentarios de los lectores en catalán cuando le echo un vistazo a la prensa de por allí, casi todos los días. Hay columnistas que no perdono nunca, el más destacado, a mi gusto, Enric Juliana, pero también leo con fruición a otros, en La Vanguardia o fuera, además del Sostres y el Espada, un género especial de catalanes que escriben para el exterior.
Me atrevo a decir que, entre los lectores que ponen la mano en el arado para decir lo que les pete, predomina un cierto energumenismo antiespañol, que, piénsese lo que se piense del asunto, no es leve, ni gracioso, pero ahora me interesan más otros aspectos de esa cosecha. De vez en cuando, se asoman a la pantalla comentarios y noticias que testimonian esa vieja costumbre catalana de tomarse las cosas a chacota, un humor como enjaulado y terrible que me alegra las mañanas. Sostres, en El Mundo, es un representante genuino y magnífico de ese tremendismo tan elegante.
A mi me divierte mucho, por ejemplo, que muchos barço-separatistas sigan despotricando contra el Real Madrid como equipo representativo de lo que creen España, sin caer en la cuenta, de cerca que lo tienen, de que el Barça es la columna vertebral y el cerebro, como mínimo, de la selección española, bicampeona de Europa y del Mundo. ¡Que mal han debido pasarlo este verano!
Hoy, aunque no sean textos anónimos, quiero dejar testimonio de dos catalanadas realmente notables. Curiosamente, ambas están unidas al Barça; una es la declaración de Joan Laporta sobre sus relaciones con Joan Carretero, otro que aspira a ser la personificación de la Cataluña independiente; Laporta ha asegurado que sus formaciones, que como decía Joaquín Garrigues de la suya, seguro que caben en un taxi, exploran formas de colaboración para encontrar «estrategias paralelas confluyentes«: debe ser consecuencia de la geometría variable que ha hecho genial el fútbol del Barça, pero ¡pobre Euclides!

Otra genialidad, esta vez admirable, ha sido la de uno de los ex vicepresidentes del Barça, el economista Sala i Martí, el de las chaquetas de colores insólitos, que, como todo el mundo debiera saber, es una auténtica eminencia, y que se ha negado a someterse al examen de catalán que ha establecido el tripartito de Montilla, pretendiendo ser más papista que el Papa. Un ¡olé!, por Sala, aunque probablemente no sea taurino, yo tampoco. Es insólito, y euforizante, que en una sociedad tan aborregada como la nuestra, tan mansurrona y poseída por una buena conciencia de consumo, esclava de verdades muy memas, un tipo como Sala, que es un millón de veces más catalán y catalanista que Montilla, se niegue a hacer ese estúpido y pueblerino examen, y amenace con quedarse en Columbia, donde hablará catalán siempre que pueda, pues es su lengua materna. Se agradecen, a finales de un verano largo y de espera tensa, estas muestras de genio, de culta barbarie, y de insumisión al designio universal y tiránico del zapaterismo, montillil en Cataluña, que nos ordena, manda y arruina.

Las tradiciones de la democracia

Gracias al buen consejo de un amigo he tenido la oportunidad de ver John Adams una de esas series americanas cuya mera existencia dignifica la TV, y que aquí nadie produce, entregados al comadreo, político o, preferiblemente, de cloaca.
John Adams fue uno de los founding fathers de los Estados Unidos y el segundo presidente de la nación. No había gozado de un reconocimiento tan unánime como el de Washington, Franklin o Jefferson, su amigo y su mayor rival. Ahora, un libro de David McCullough ha resaltado la importancia del legado de Adams. Además de la lección de historia que supone, los españoles podríamos aprender muchas cosas repasando las peripecias de Adams y el cariz de sus enfrentamientos con Jefferson, el gran líder radical al que Adams logró contener y moderar.
Adams y Jefferson eran, por encima de todo, dos defensores de la independencia de la nueva nación y dos demócratas convencidos, pero discreparon profundamente sobre el ritmo que había de imprimirse al Gobierno de los Estados Unidos: Adams era un federalista al que se acusaba de monárquico y anglófilo, y Jefferson un republicano muy cercano a las ideas radicales de los revolucionarios franceses. Aunque haya que tener en cuenta que términos como republicano o federalista han cambiado profundamente de significado en estos doscientos largos años, lo esencial es que tanto Adams como Jefferson estuvieron siempre dispuestos a poner sordina a sus ideas y objetivos para anteponer los intereses de su patria. Se sabían padres de una criatura que podía malograrse y, aunque jamás renunciaron a sus ideas, supieron no olvidar que la libertad del pueblo y la unidad de la nación eran los bienes superiores a los que nunca se podría renunciar en aras de otro fin político, o de su éxito electoral. Adams resistió bravamente las presiones para entrar en guerra, para caer en las garras de la disputa franco-británica, y Jefferson mantuvo esa política cuando consiguió ser el tercer presidente de los Estados Unidos evitando la reelección de Adams.
Nuestra democracia es también joven todavía y no puede presumir de antecedentes demasiado gloriosos, porque, desde muchos puntos de vista, ha supuesto una cierta refundación de la nación, un comienzo que, como siempre ocurre, tiene que armonizar lo nuevo y lo viejo, porque España, mucho más vieja que los Estados Unidos, no es ningún invento reciente. No creo que los líderes políticos actuales hayan sabido estar siempre a la altura de la responsabilidad que esta situación les confiere.
Nuestro presidente muestra una tendencia al mesianismo que es completamente irresponsable, y su intento de reinvención de España a la luz de su exclusivo catecismo está, inevitablemente abocado al fracaso, aunque desgraciadamente, a un fracaso algo más grave y calamitoso que el mero desastre de una política equivocada. Entregado a un absurdo revisionismo del pasado, tarea que, en cualquier caso, no le corresponde y le supera, se muestra, además, extraordinariamente débil y condescendiente con quienes no hay otro remedio que considerar como enemigos de la nación española, con los terroristas, con los separatistas, o con quienes pretenden arrebatarnos parte de nuestros viejos territorios históricos, estén en la orilla que estén. No creo que sea exagerado decir que Zapatero nunca se ha propuesto ser el presidente de todos los españoles, el líder de una nación que tiene, como todas, que defenderse, y ello aunque profese una sana ambición a promover una paz justa y duradera en el mundo, propósito irreprochable donde los haya.
Por su parte, el líder de la oposición parece moverse la mayoría de las veces por resortes de escaso alcance, como si fuera un mero funcionario, como si la política fuese un engorroso negocio del que hubiere de abstenerse. Muchos detestamos la política nacional de Zapatero, pero, más allá de los tópicos para alimentar a los incondicionales, desconocemos en buena medida el alcance de los proyectos de Rajoy. Si uno obra con disimulo a la búsqueda de una deconstrucción que no se atreve a hacer enteramente explícita, el otro parece pensar que a los electores no nos interesa que se hable a fondo de los problemas políticos, y que basta con prometernos que acabará la crisis y subirá el empleo.
No se debiera pretender liderar un país tan complejo como el nuestro a base de ocultar a los electores lo que se piensa, temiendo que las ideas enajenen los votos. Adams y Jefferson enseñaron a los norteamericanos que la política consiste en un enfrentamiento a cara de perro, especialmente con los enemigos de la nación, que siempre existen. En nuestra democracia parece extenderse una tradición de disimulo que testimonia un desprecio despótico a los electores enteramente incompatible con la democracia. Tenemos mucho que aprender de los Adams y los Jefferson, si realmente pensamos que la democracia es algo más que un expediente para evitar que nos señalen con el dedo.
[Publicado en El Confidencial]

El incierto futuro del Real Madrid

Los aficionados al fútbol somos personas que habitualmente estamos en un estado de excitación general, bastante próximos a una histeria no del todo maligna. Por no generalizar indebidamente, afirmaré con suficiente conocimiento de causa que ese es, al menos, el estado mas común entre los madridistas.

El comienzo de la Liga ha puesto en ascuas a los forofos del Real Madrid: un empate en Mallorca, mientras el Barça sigue jugando como los propios dioses no es un dato tranquilizador, especialmente para quienes hayan podido pensar que Mourinho hace milagros al instante. Bien, dejando lo que pueda haber de exceso en estos temores, y confiando en que Mourinho pueda encauzar la situación, es muy probable que el club se encuentre ante uno de los momentos más comprometidos de su historia. Desgraciadamente la larga mano de Florentino ha mecido la cuna madridista desde hace ya diez años, unas veces haciendo, otras no dejando hacer, y el balance es muy poco satisfactorio, en especial si se compara con el de su gran rival. Florentino se ha jugado con Mou su último cartucho: es evidente que una nueva temporada en barbecho pondría a su presidente a los pies de los caballos.

Por descontentos que estemos con la gestión de FP, los verdaderos madridistas deseamos el éxito de Mou y no debiéramos desesperar tan pronto. Me parece que Mou puede enderezar el rumbo errático de la era florentiniana. De no ser así, el futuro del Real Madrid pudiera estar en el aire, así que mejor será que las cosas salgan bien.



Woody Allen se recupera

La vuelta a Londres le ha devuelto a Woody Allen algo de su antigua inspiración, lejos de Match Point y de sus mejores películas, pero lejos también de su espantoso bodrio catalano-ovetense. La presencia española en la película hacía temer lo peor, pero el neoyorquino, que hace una aparición inicial a lo Hitchcock, ha rodado una historia de interés, Conocerás al hombre de tus sueños, muy bien apoyada en los grandes actores, en Naomi Watts, en Anthony Hopkins, Gemma Jones o Freida Pinto, sobre todo, pero también bien servida por un guión ágil y bien construído que entrega alguna escena hilarante, y algunas situaciones ingeniosas.
Los personajes son un punto exagerados, pero se les perdona por la buena historia, por los giros del destino y la fortuna que han de afrontar, generalmente a su pesar. Allen vuelve a sus temas morales, a su burla de lo que simplifica excesivamente las cosas, pero también a su indulgencia con los que se equivocan porque, normalmente, no son capaces de prever el curso de los acontecimientos y tratan, atropellada e ilusamente, de conseguir una felicidad que suele estar en otra parte, si es que está en parte alguna. El éxito es un objetivo equívoco, y la verdadera bondad escasea, así que sus personajes siguen estando de los nervios desde las primeras horas, con cierta ventaja para los que no se hacen grandes ilusiones. La mirada de Allen es ya, si no lo ha sido simpre, la de un viejo.

El candidato de la derecha

Nadie pretenderá, seguramente, que Pedro Castro, alcalde de Getafe, pueda pasar a la historia por la profundidad de sus análisis políticos, por su sutileza argumental, o por sus refinadas maneras. Puestos a escogerle para algo habría que mirar, sin duda, hacia lo contrario del ingenio o la originalidad. Me parece que se trata de un verdadero héroe del tópico, de uno de los que mejor expone esa forma de ser de la izquierda que consiste en repetir catecismos inverosímiles como si el buen sentido fuese un imposible metafísico.
Este mediodía se me ha aparecido en un telediario haciendo méritos junto a Vacuna Jiménez, la candidata de ZP para derrotar a la señora Aguirre. Pese a que probablemente no vote a Vacuna Jiménez, al menos en esta ocasión, abrigo los mejores sentimientos hacia ella, y me gustaría recomendarle que no se deje arrastrar por los argumentarios del getafense, aunque supongo que ella misma se dará cuenta, quién sabe.
El caso es que Pedro Castro, sorprendido por las cámaras siempre atentas de una de las numerosas televisiones que veneran a ZP, se ha entregado a la meditación en voz alta, como el hombre sencillo y sentimental que sin duda es. Se ha visto pronto que estaba preocupado por su amigo Tomás Gómez y que ardía en deseos de librarle del mal paso en el que está a punto de caer, de hacer algo que pudiere evitar que se hunda en el fango de manera irremisible. ¿Qué ha dicho la luminaria getafina? Ha puesto al descubierto con plena claridad, y con la agudeza dialéctica típica de nuestros socialistas, que, en realidad, y sin quererlo, Tomás Gómez se estaba convirtiendo, de hecho, y nótese el énfasis, en el candidato de la derecha.
No sé si Pedro Castro será consciente de que esa advertencia es enteramente horripilante para todo el mundo, para la izquierda, por motivos obvios, pero para la derecha también. ¡Y luego los hay que se quejan de que en las campañas no se dice la verdad! ¡Qué profundidad de pensamiento de izquierdas!, ¡qué clarividencia!, ¡qué trasparencia inocente!
Supongo que Gómez se habrá quedado estupefacto al verse tan paladinamente descubierto, al haber sido expuestas sus vergüenzas tan al aire de la calle. Menos mal que en el PSOE abundan los Castro, las gentes capaces de evitar esta clase de suplantaciones tan típicas de la democracia que defienden los chupasangres liberales, tan hipócritas ellos. Es reconfortante comprobar que sigue habiendo gente que llama al orden ante la liquidación del zapaterismo que intentan, de consuno, Tomás Gómez y la derecha.
No creo que Gómez esté a tiempo de aprender la lección, pero podría leer algo sobre las depuraciones soviéticas para comenzar cuanto antes su reeducación, aunque, como dedica mucho tiempo a las pesas, no ha debido leer a Petit, aunque me temo que Castro seguramente tampoco. Si bien se piensa, esto de la política española es más sencillo de lo que parece, y por eso los fenómenos como Castro llegan tan arriba.

La lectura y el color

ristóteles afirmó que la vista es el sentido preferido por los humanos debido al saber que proporciona. Pese a esa vieja y fundada opinión, me temo que amemos la vista más por el placer que por el saber, aunque no sé cómo se podría decidir una cuestión de este estilo. La vista nos entrega formas y colores. Las formas han sido decisivas en el saber y en la comunicación: la escritura, la religión, la metafísica y, por supuesto, la geometría y la ciencia se basan, sobre todo en formas, en ideas. Los colores han sido menos decisivos para el saber, pero resultan irremplazables para el gusto, para la emoción y el hedonismo.
Casi desde los comienzos de la escritura se ha procurado ilustrar los libros con colores, complementar la información con emociones. Desde los Beatos a los colorines hay una línea continua que ensalza la belleza del color, la pobreza del gris, del blanco y el negro.
Esta oposición, entre la sobriedad del contraste bicolor y la sensualidad de una paleta cromática cada vez más completa, está teniendo ahora una cierta importancia, a la hora de decidir la forma más eficaz de instrumentar soportes digitales de lectura.
Hasta hace muy pocos años, los periódicos de papel eran completamente bicolores, pero los técnicos y los especialistas de marketing pensaron que el papel gris no podría competir con la televisión en color, y los diarios empezaron a rendirse a las imágenes, a poner los textos a sus píes. Ahora ya son muchos los que se sienten incapaces de leer algo que no venga ilustrado con colorines, los mismos que se sienten incapaces de ver cualquiera de las joyas del cine negro. En homenaje a esa clase de ciegos para el claroscuro, las portadas de las novelas, un género clásico del blanco y negro, se ilustran actualmente no con tipografías sino con imágenes propias del cine en tecnicolor.
Los dispositivos lectores han logrado perfeccionar mucho la técnica del papel electrónico o tinta electrónica (e-paper o e-ink), pero no acaban de triunfar plenamente porque muchos posibles lectores, fieles a esa devoción del colorín, exigen pantallas sensualmente cromáticas que, al menos hasta ahora, no se han podido fabricar con la tecnología de la tinta electrónica, tan amigable con el descanso y el bienestar de nuestros ojos. En cambio el i-pad de Apple, además de otras ventajas que pueda tener, funda su atractivo en su capacidad para actuar como dispositivo lector de libros, y periódicos, precisamente porque soporta el color, algo completamente inútil, cuando no perjudicial, para el verdadero lector.
Tras todo esto se oculta, me parece, un engaño, un equívoco muy poderoso. Las grandes ventajas de los aparatos que poseen una pantalla de tinta electrónica son dos, fundamentalmente: la primera que no cansan la vista, cosa que puede ser extenuante si se lee de manera continua, durante horas, un texto en una pantalla de PC o de una tabletcomo el iPad; la segunda es que es que se trata de dispositivos exclusivamente dedicados a la lectura, aunque los fabricantes incluyan en ellos, de forma bastante absurda, música u otra clase de cosas, en lugar de mejorar exclusivamente su eficiencia en la finalidad principal. Lo que hay detrás de todo esto, me parece, es que la sola lectura, solitaria, pasiva, maniática, está un tanto en decadencia, lo cual puede parecer un argumento tomado de los delirantes defensores de los libros impresos, pero, vamos a ver, ¿cómo se puede comparar un solo libro con miles o millones disponibles con un solo gesto soberano?

La verdad sospechosa

El título de la obra de Juan Ruíz de Alarcón, un dramaturgo barroco que antes conocían todos nuestros colegiales, pude servirnos para analizar la conducta del Gobierno ante el prolongado secuestro de dos cooperantes españoles en manos de la rama magrebí de Al Quaeda.
Como es lógico, nuestro primer sentimiento es el de alegría, porque siempre es grata la noticia de que unas vidas cruelmente alteradas puedan volver a la normalidad. Pero, aunque los Gobiernos puedan preferir lo contrario, nuestra misión no se puede reducir al aplauso y a los parabienes, porque, querámoslo o no, en esta clase de sucesos se ponen en juego actuaciones que, aunque se procure que permanezcan ocultas, no pueden ser aprobadas de una manera incondicional. El Gobierno ha hablado de que se ha trabajado duramente, pero eso es solo un eufemismo para ocultar que se ha obrado suciamente, de que con la excusa de la liberación de dos españoles inocentes se ha orillado el ordenamiento jurídico del estado de derecho, y se han pisoteado los más elementales principios éticos y de prudencia. Que tal haya sido la conducta del Gobierno en otros casos no le quita gravedad alguna, como tampoco es disculpa que una parte de la opinión pública aplauda hipócritamente este tipo de éxitos tan equívocos y gravosos. ¿Conoce alguien alguna razón que justifique el pago a Al Quaeda y que no pudiera aplicarse a cualquier otro secuestro, por ejemplo de ETA? ¿Estaríamos dispuestos a pagar a ETA cada vez que iniciase un secuestro como lo ha hecho el Gobierno siempre que ha estado por medio el terrorismo islamista?
Las circunstancias sentimentales del caso pueden hacernos olvidar que lo que el Gobierno español ha hecho es financiar a una organización de secuestradores que seguramente repita la suerte en cuanto se le presente la oportunidad, puesto que han alcanzado sus objetivos propagandísticos y económicos con relativa facilidad; pero, además de pagar al secuestrador, como viene siendo la norma de este Gobierno en los casos de ataques islamistas, puesto que tal se hizo con el Playa de Baquio y en el Alakrana, hemos presionado a Mauritania para que libere a uno de los secuestradores, lo que añade un cinismo notable a una acción tan escandalosamente oportunista. Este Gobierno se deja llevar siempre por el éxito fácil, sin reparar en el precio, es decir, que aplica en estos conflictos la misma moral con la que rige el gasto público, hasta que se le ha tenido que recordar que no se le consentirían más despilfarros. Si, desgraciadamente, se repitiesen los secuestros a españoles, que son más fáciles que los de franceses o americanos por citar casos cercanos, es posible que alguien acabase advirtiendo a nuestro Gobierno que no se le iban a consentir nuevas liberaciones a base de financiar y fortalecer a bandas internacionales de malhechores que no nos amenazan solo a nosotros, aunque pagando con tanta liberalidad seguramente mantengamos la exclusiva en el ramo. No se puede aplaudir esta clase de logros gubernamentales, salvo que sintamos una irrefrenable tendencia al masoquismo.

Por último, es necesario hacer una llamada de atención a la actividad de estas organizaciones que se dedican a hacer el bien en lugares tan exóticos como peligrosos, con la cantidad de menesterosos que uno encuentra sin salir de la provincia. Cabe esperar que atenúen sus afanes viajeros, y que el Gobierno establezca sanciones para quienes no observen unas normas mínimas de prudencia cuyo incumplimiento resulta muy costoso para todos.

[Editorial de La Gaceta 250810]

De libros y números

Google ha llevado a cabo una de esas acciones imposibles para el universo mundo, y muy difíciles para la propia Google: ha establecido el número de libros distintos, u obras singulares, que existían en un momento determinado. Su cuenta afirma que hay (o había en ese momento del 5 de agosto) un total de 129.864.880 libros distintos. Tengo que reprimirme para no comentar aquello del que vio por primera vez el mar y dijo: “pues no me parece tan grande”. Se trata de una cifra inmensa, que sigue creciendo día adía a buen ritmo, pero no hay que ser muy avisado para suponer que todos esos libros, casi sin excepción, van a estar, más pronto que tarde, en formato digital y a disposición de cualquiera que pueda necesitar o desear consultarlos. En comparación con las posibilidades que se abren ante esta eventualidad, las dificultades, nada pequeñas, que traerá consigo el acceso a esa biblioteca universal, de la que ya hace años que hablamos Karim Gherab Martín y yo, van a ser cosa menor, sin duda.
No hace mucho tampoco que Nicolas Negroponte, un profeta que se ha equivocado lo justo, que ha atinado siempre en los sustancial, estimó que la vida que le queda al libro de papel no pasará de cinco años. Me gustaría que Negroponte no se equivocase, lo digo totalmente en serio, pero temo que está siendo ligeramente optimista, que está subestimando las fuerzas del oscurantismo papelista y literario. De cualquier manera, es cada vez más claro que la lectura digital se irá imponiendo a través de dispositivos cada vez más amigables y eficientes, aunque siempre quedarán los obsesos del papel de los que conozco, y soporto pacientemente, a unos pocos. Como español puedo predecir y predigo que seremos los últimos en hacer cierta la profecía negropontina, cosa de la raza.