La TV en color y en blanco y negro

Entre los que peinamos canas es corriente el comentario de que la televisión que ahora podemos ver es mucho peor que la de la época del blanco y negro. Supongo que no será así, pero reconozco que es difícil imaginar una televisión de peor calidad que la frecuentemente exhibida, en dura competencia de zafiedad, por la mayoría de las cadenas, lo que se llama, con todo motivo, telebasura. Este fin de semana lo pasé en un hotel rural cuya única y lamentable posibilidad de ver televisión por la noche era uno de esos programas de cotilleos de cuyo nombre evito acordarme por pura salud mental. No creo que se pueda concebir un producto de peor calidad moral, estética, intelectual y dramática; se trata, evidentemente de bazofia, de auténtica mierda. Es asombroso y tristísimo que abunde el público que disfruta con esta clase de debates, con esta burda manipulación de supuestos escándalos, de comentarios rijosos, de afición a los pedos y a las grescas de vecindonas y mariquitas, que son, invariablemente, los maestros de ceremonia de esta clase de detritus.
Yo confieso que pretendía ver una serie inglesa sobre Miss Marple, el personaje de Agatha Christie, que llevaba varios días viendo en Intereconomía TV. La serie es una auténtica joya, no tanto por la calidad, en cualquier caso excelsa, de los guiones, como por el preciosismo con el que se recrea un ambiente social de completa exquisitez, el mundo de la alta clase inglesa de los cincuenta, tal vez una de las maneras más elegantes y sofisticadas de vivir que hayan existido nunca. La España de 2010 está, desgraciadamente, tan lejos de la excelencia como nuestra telebasura lo está de las series y los documentales de la BBC.
A mi me parece que lo de la crisis económica es relativamente sencillo en comparación con el lastre que supone convivir con quienes se interesan realmente por los personajes, las pasiones y las aventuras de los famosos de las teles. Es un caso de corrupción moral e intelectual sistemática de una sociedad en la que, sin necesidad de esa especie de estímulos, ya no abundan los prodigios intelectuales. No estoy sugiriendo que haya que prohibir ese tipo de TV, porque creo que no sería lícito ni útil, pero creo que realmente tenemos un problema, y que habría que tratar de resolverlo.
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¿Nos gusta que nos mientan?

Una de las características que hacen interesantes, y peligrosas, a las personas es nuestra capacidad de disimulo, de mentir. Se trata de una amenaza que pende siempre sobre las relaciones humanas que, a medida que se hacen íntimas, tienden a consagrar un ambiente de confianza, de sinceridad, una atmósfera que, como todos sabemos, resulta arduo mantener. Curiosamente, lo que es válido en la vida común, no se puede aplicar inmediatamente a la política, por la sencilla razón de que el poder, por muy democrático que sea, tiende siempre a ocultarse y, con frecuencia, a mentir descaradamente. Revel decía, acaso con un punto de exageración, que la mentira es la primera de las fuerzas que rigen el mundo.
Una vieja canción infantil, ensartaba con humor unos embustes increíbles: “Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará”. Al evocarla, pienso con frecuencia que podía verse como una poetización de la vida política en la que las mentiras se dicen con idéntico desparpajo. La mentira en política es un hecho tan cotidiano que nos obliga a preguntarnos si nos gusta que nos engañen.
Los amantes del cine recordarán el título de una excelente película de Steven Soderbergh, Sex, lies and videotapes; en ella, una memorable Andy McDowell descubría un chantaje emocional y el negocio que sus próximos hacían a costa de su engaño y, pese a estar enamorada, castigaba con el abandono a su pareja. Pues bien, lo notable es que esta conducta tan normal en la vida común no rige en la vida pública, seguramente porque es muy difícil ser independiente y comportarse de manera racional cuando se tiene interés por la política. Algo más fácil es ser indiferente y abstenerse, como lo prueba el alto número de ciudadanos que prescinden de su voto por unas u otras razones.
Este verano está siendo un vivero inagotable de mentiras de primer orden, de aquellas que casi no evitan el parecerlo. Por ejemplo, todo el proceso desencadenado en Madrid para desmontar a un tal Tomás, y no digo más, puede considerarse como un legítimo intento de presentar un rival de fuste a la presidenta Aguirre, pero se ha ofrecido como prueba de vitalidad del socialismo madrileño, como garantía de democracia interna, hasta el punto de que Trinidad Jiménez haya dicho, sin inmutarse, que Zapatero no había tenido nada que ver con todo esto, que su candidatura responde a un largo proceso de maduración y debate en el seno del partido, y nosotros sin enterarnos.
¿Es que de repente la bella Trini se ha vuelto mentirosa? En ningún caso: lleva un largo proceso de aprendizaje, como corresponde a una política que, pese a su juventud, ya ha gastado largos años al servicio de la propaganda. Basta con echar un vistazo a sus servicios en Sanidad. Vacuna Jiménez no ha tenido la más mínima duda en exagerar la importancia de la gripe A con el discutible propósito de hacer más relevante el cargo que desempeña, una cartera prácticamente virtual porque la sanidad está completamente transferida. Un político de su talla no puede conformarse con un marbete sin contenido, de manera que la gigantesca empresa de vacunación que concibió ha sido seguramente la más cara y más necia de las campañas de imagen.
Si lo pensásemos bien, deberíamos estar profundamente irritados ante tanta evidencia de que los políticos nos toman por tontos, de manera que debe haber una explicación para tanta complacencia boba con mentiras tan de bulto como las de Vacuna Jiménez. Los políticos no mentirían si no les resultase conveniente, si no supiesen que sigue existiendo un número suficiente de personas dispuestas a creerlos. Se trata, pues, de nuestra credulidad, de una candidez interesada y fingida, que funciona aunque esos creyentes sepan, y lo saben con frecuencia, que la verdad es que el rey está desnudo.
La mentira política es una manera de colocarse más allá del bien y del mal, de sustraerse a cualquier control. Son muchos los que piensan que ellos también se benefician de ese privilegio del poder absoluto, aunque solo unos pocos saquen alguna ventaja tangible del embuste. La mentira es un instrumento de discriminación, una manera de reconocer a los fieles, a los incondicionales. La tolerancia de los ciudadanos hace que los políticos tiendan a pensar que todo consiste en salir del paso, y que en política no se cumple aquello de que se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo. Mentir, por si acaso, se convierte en norma de prudencia elemental: no vaya a ser que la gente se entere y lo pasemos mal.
Rubalcaba aumentó su bien merecida fama el día que, en plena jornada de reflexión, aseguró que merecíamos un Gobierno que no mintiese. Rubalcaba no estaba dando una lección de ética, sino que le convenía llamar mentiroso al PP para derrotarle con mayor facilidad, y no hubo más. Como Rubalcaba, los políticos mentirán mientras calculen que la mentira es rentable y que todavía les queda algún crédito para emplearla a fondo. Eso es todo.
[Publicado en El Confidencial]

La Alianza de civilizaciones explicada a los militares

Nuestro ZP ha tenido muchos desencuentros con el exterior (por supuesto, según de qué exterior se trate), y, como sabemos, hace tiempo que decidió fabricarse uno a su medida, la Alianza de Civilizaciones, que no iba a ser cosa de poco o algo más o menos hispanoamericano que recordase al franquismo-felipismo. Como la cosa está siendo, de todos modos, algo delicuescente, la niña de Felipe y de el ex Bambi se ha propuesto explicársela a los militares, que son muy obedientes.
Habrá que ver el profesorado, pero seguro que se emplea a eminencias, porque no es fácil entender algunas de las sutilezas que se esconden detrás del magistral propósito de ZP. La cosa se le ocurrió, seguramente, cuando oyó que un americano había escrito sobre el conflicto de las susodichas, o cuando leyó un papel de algunos de sus mil asesores sobre situación del mundo para que no se pierda más de la cuenta. ZP ha demostrado que es un hacha en captar dónde se esconde los equívocos, esos errores que hacen que la vida deje de ser una maravilla según se mira desde la izquierda. Si hay quien habla de conflicto de civilizaciones, pues a defender lo contrario, porque todo el mundo sabe que la paz es el valor supremo. Hay un problema con el término elegido, sin embargo. Toda alianza es frente a algo y ZP ha propuesto algo así como un partido entre la selección mundial y el resto del mundo. Claro que esta clase de objeciones son calderilla en comparación con la grandeza del propósito y los militares sabrán escuchar con altura de miras.
Aunque ZP ya les ha explicado el caso a los islámicos (y a las tribus africanas de Moratinos) que, según ha dicho, son gente pacífica y de buen rollo, aunque tengan algunos problemillas con el feminismo y alguna otra cosita, es decir, que todavía no están maduros para lo de Aido, el gran momento es ahora con las explicaciones a los militares que se van a convertir en los centinelas de lo progre por donde quiera que vayan sin necesidad de llevar el clavel en el fusil. De este modo, los que no quieran ser bomberos, en la unidad de acción zapateril inmediata, podrán ser apóstoles del pacifismo, que falta nos hace. En adelante no solo serán ejemplo de dedicación, entrega y profesionalidad, según dice siempre la tele, sino que serán embajadores de la buena nueva zapaterina, que, a su vez, se convertirá en un detente-bala frente a los riesgos de las guerras que sigan haciendo los que no se enteren de lo de ZP.

Aceras humanas

A la salida de mi alojamiento veraniego una numerosa cohorte de obreros se empeña en achicar una esquina de acera que, pese a pasar de cincuentona, tiene al parecer unos graves e invisibles defectos que hacen inaplazable su sustitución por una esquina más humana, como decía la propaganda del concejal de turno al comunicar a los pacientes ciudadanos el inaplazable comienzo del desaguisado.
El ayuntamiento ha sido tomado no ha mucho por una cohorte de supuestos infieles del PSOE con la inestimable ayuda de un concejal tránsfuga que se ocupa precisamente de esta clase de pendejadas con el pomposo nombre de urbanismo y planificación. No digo que haya una relación causa efecto, pero reconocerán ustedes que es mucha casualidad el súbito descubrimiento de los defectos de la acera esquinada.
El caso es que en pleno ferragosto, uno de los lugares más plácidos de esta costa maltratada se ha convertido en un simulacro de Sarajevo en tiempo de guerra, por los ruidos, los humos y las dificultades de tráfico al borde mismo de una playa cuyos accesos no son inmejorables, pero funcionaban habitualmente sin agobios. Puestos a pensar bien, es maravilloso el celo de los munícipes renovados, y puestos a pensar mal no hay otro remedio que reconocer que son unos hijos de mala madre. Ustedes perdonen, pero es un desahogo. ¡Qué bien reconducen estos chicos a sus bolsillos y los de sus amigos el dinero de nadie!

La Virgen de agosto

El verano es esa estación que parece interminable y que, paradójicamente, tiene un punto medio, este 15 de agosto en que se celebra la festividad de la Asunción de Santa María.
El verano es una estación más corporal que el invierno que tiene más vocación de retiro, de interior; es la epifanía de los cuerpos y se hace fácil el olvido del alma, eso que trata de recordarnos la fiesta de la Virgen, de la mujer que le prestó sus entrañas a nada menos que todo un Dios.
Estaba dándole vueltas a esto del cuerpo y el alma, que es una de mis manías, digamos, intelectuales, cuando me he encontrado a un viejo conocido con aspecto de estar realmente perdido en medio de tanto sol, de tanta luz y tanta algarabía. Apenas un minuto y me estaba contando lo que le pasaba, que se había quedado viudo, que, aunque no lo dijese así, estaba demediado, sin cuerpo y sin alma, haciendo por vivir, porque a vida le parecía una obligación, no precisamente un placer.
La vida, un buen tema, sin duda, siempre repetido y siempre nuevo. Mi conocido me habló de sus seis hijos y de sus trece nietos, y yo le mostré mi envidia, le dije que no tenía derecho a quejarse. Me respondió que no se quejaba, y se fue por la calle abajo con esa sensación de desamparo que solo se advierte en quienes han querido mucho.
Ese quedarse solo es, sin duda, una antesala de la máxima soledad, de la muerte, una estación desconocida a la que este hombre se enfrenta seguramente sin prisa, pero sin temor. Me lo encontré en la iglesia, imagino que buscando consuelo, alimentando alguna esperanza en el reencuentro. No creo que la fe sea algo muy distinto de esa esperanza que trata de sobreponerse a la muerte y a la soledad.

El riesgo Zapatero

Los políticos en decadencia se parecen a esas divas que, pasados los cincuenta, pretenden que su palmito siga teniendo efectos devastadores. Aunque hayan perdido todos sus atractivos y virtudes suele ocurrir que, como en las comedias de enredo, sean los últimos en saberlo. José Luis Rodríguez Zapatero es el líder indiscutible de este tipo de políticos tronados, pero todavía peligrosos.
El presidente ha perdido todas y cada una de las peculiares cualidades que le hicieron ganar las elecciones en el ya lejano año 2004, pero conserva una facundia incoercible y una portentosa facilidad para la fabulación, para imaginar que el mundo vaya a seguir siendo según a él convenga.
Es posible que sus asesores no hayan sido suficientemente explícitos con él sobre el hecho de que cada vez que abre la boca empeora el panorama, pero debería darse cuenta de que su última ocurrencia sobre el recorte de los recortes en infraestructuras ha hecho subir un 9 por ciento el diferencial de los bonos españoles, un incremento que nos devuelve a la situación de la pasada crisis de mayo, que, al menos, tuvo la benéfica consecuencia, Obama mediante, de conseguir un Zapatero silente y contrito, aunque, a lo que se ve, por poco tiempo.
Ha bastado que Michelle Obama nos haya regalado una semanita marbellí para que el inquilino de la Moncloa se suelte el pelo y vuelva a hacer de las suyas con esa lengua tan rebelde a las convenciones habituales. No hay que extrañarse de la violenta reacción de los mercados financieros, porque aunque los españoles sepan cuál es exactamente el valor que hay que dar a las promesas y divagaciones de Rodríguez Zapatero, los operadores siguen creyendo que se trata del presidente del gobierno español.
Todo hace pensar que el líder socialista conserva intacto ese caudal de optimismo insensato que le ha hecho legendario, esa capacidad para imaginarse viviendo en el país de las maravillas con sus conejos parlantes y sus sombreros voladores instalados en ministerios que tradicionalmente habían requerido alguna cualidad menos extraordinaria. ¡Qué gran presidente se ha perdido el reino de Jauja! Desgraciadamente, en el mundo ordinario los delirios de grandeza de nuestro presidente no se consideran actos de mérito, sino síntomas graves de riesgo inmediato.
Una reflexión cuidadosa sobre la vida y las obras de nuestro presidente nos hace ver, sin embargo, que por detrás de esa máscara de hombre un tanto delirante, se oculta un astuto calculista al que, en más de una ocasión, le han salido los números. Sin duda piensa en recuperarse, en alguna especie de milagro, laico, por supuesto.
Su contabilidad se reduce a la electoral y esa es la clave de tanto desatino aparente. Cree que el número de crédulos es todavía suficiente como para seguir dándole al manubrio, y no se va a detener por una coma, o por una diferencia entre miles o millones, si está en juego lo esencial, el poder.
A este presidente contorsionista le ha salido un duro adversario con la contabilidad y los mercados, y, si no se contiene, pronto recibirá una nueva llamada, o algo peor, especialmente para nosotros. Pero también le crecen los enanos en el circo de su partido, porque empieza a no ser evidente que seguirle a ciegas sea sinónimo de triunfo.
A partir de ahora, habrá que interpretar todos sus actos en esta doble clave, sin perder de vista que su mera continuidad implica un alto riesgo para todos. El verano se presentía relativamente tranquilo, hasta que nuestro líder decidió suspender sus vacaciones. Aunque lo mejor para todos sería que se las tomase de manera indefinida, hay que prepararse lo peor.
[Editorial de La Gaceta 120810]

Suficiente y demasiado

Me gusta mucho recordar una afirmación del gran William Blake, hoy 12 de agosto es el aniversario de su muerte en 1827 con solo cincuenta años, sobre que no hay manera de distinguir lo suficiente de lo demasiado, sin experimentar el exceso. No creo que se trate de una incitación al desmadre, sino a la prudencia, a aprender de lo que nos ocurre. Lo que nos pasa con frecuencia es que, efectivamente, no aprendemos de lo que nos pasa.
Bien, este exordio veraniego viene a anunciar que me he dado de baja en todas las redes sociales, en todas las que he utilizado, mejor: que me han utilizado a mí. Estaba harto de tener que contestar, por educación, a una decena de avisos del más variado tipo sin otra necesidad que la de responder como pudiera a la capacidad de una máquina para mandar mensajes repetidos a una parroquia dispersa y diversa.
No dudo de la utilidad de las redes como instrumento de las más aviesas intenciones de cualquiera, pero yo casi no tengo ya intenciones y, la verdad, no las hecho demasiado en falta. Veo que algunos se lo pasan muy bien en las redes y se lo envidio, pero para mí era una tarea tediosa, incluso cuando se trataba de contestar a personas de cuya amistad se sospecha.
Una amiga muy lista y al día trató de convencerme de twiter era lo más y estuve unos días tratando de entenderlo, pero desconecté pronto. Me dijo que no lo entendía y le di la razón de inmediato.
Supongo que esta conducta mía denuncia lo generoso que ha sido conmigo el calendario, pero qué se le va a hacer. Mis disculpas a quienes disfruten con ellas: les cedo gustoso mi parte del pastel.

El malestar político y el mito de la reforma de la ley electoral

Son muchos, y muchos más de los que debieran, los que piensan, y lo repiten con frecuencia, que una reforma de la ley electoral podría terminar con buena parte de nuestros problemas políticos. Dicha tesis se sostiene con los más variados motivos, aunque el más frecuente es la queja del excesivo papel que tienen los partidos nacionalistas, y en especial el PNV y CiU, en la política española. Se trata de un mal argumento, como espero mostrar, pero, peor aún, es una solución meramente aparente a un problema mal formulado.
La explicación del papel excesivamente influyente de los escaños nacionalistas y/o regionalistas en las Cortes hay que buscarla en otra parte, a saber, en la negativa del PSOE, sobre todo, pero también del PP, a ponerse de acuerdo en una serie de asuntos de fondo. Esta discrepancia de las dos grandes fuerzas les lleva a buscar el apoyo de grupos que, de otro modo, tendrían un peso notablemente menor en la política española. Es, pues, la pugna de los dos grandes partidos, y no la ley electoral, lo que eleva el valor de esos votos y lo que tantas veces nos obliga a tragar como medicina general lo que solo a ellos conviene.
La Constitución establece el sistema proporcional y eso hace que sea literalmente imposible prescindir de grupos que alcancen un cierto nivel, no demasiado alto, de representación, salvo en los distritos de muy pocos escaños. Es cierto que cabría una modificación de la ley actual, sin tocar su fundamento constitucional, ampliando el número de diputados, pero por esa vía no se conseguiría otro efecto que el mejorar la posición de los demás a costa del PP y del PSOE que son los más beneficiados con el sistema actual. Es obvio que los grandes partidos no se van a poner de acuerdo en perjuicio mutuo, de manera que poco más que hablar por este lado.
Cuadro 10. Distribución de votos y escaños en el Congreso





Candidaturas
votos
(%)*
escaños
(%)
PP
10.144.951
39,86
152
43,42
PSOE
9.599.424
37,72
144
41,14
PSC-PSOE
1.689.911
6,64
25
7,14
CIU
779.425
3,06
10
2,85
EAJ-PNV
306.128
1,20
6
1.71
ERC
291.532
1,14
3
0,85
IU
969.946
3,81
2
0,57
BNG
212.543
0,83
2
0,57
CC-PNC
174.629
0,68
2
0,57
UPN-PP
133.059
0,52
2
0,57
UPyD
306.079
1,20
1
0,28
NA-BAI
62.398
0,24
1
0,28
Total
24.670.025
96,94
350
100,00
Otros
778.659
3,05


Total votos a candidaturas
25.448.684
100,00







Indice de participacio: 73,84%



A poco que se observe en el cuadro adjunto, que refleja los resultados de las elecciones generales de 2008, se verá que el PSOE, al que hay que sumar los votos de PSC-PSOE, es el gran beneficiario del sistema, puesto que transforma un 44,36% de votos en un 48,28% de escaños, seguido de cerca por el PP. El reparto perjudica ligeramente a CiU, beneficia al PNV y a UPN-PP, perjudica a ERC, NA-BAI, BNG, CC-PNC, y a UPyD, pero, sobre todo a IU que obtiene un 0,57% de los diputados con un 3,87% de los votos. Cualquiera mínimamente versado en estas cosas sabe que no existe sistema perfecto, y que, aunque discutibles, las razones a favor del sistema proporcional frente al mayoritario, no son tampoco pequeñas.
¿Queremos expulsar a los nacionalistas del juego político? No, seguramente no; concentrémonos, pues, en analizar los problemas que realmente existen, y no los que nos imaginemos. Es evidente que hay un divorcio entre los intereses de los políticos y los de los ciudadanos, pero lo que se ha de hacer es tratar de atenuar esa situación sin apadrinar fórmulas milagrosas, sin caer en ese arbitrismo al que los españoles somos tradicionalmente propensos. Este divorcio político tampoco es cosa de ayer y no debiera llevarnos a disparatar. Nada menos que en pleno período electoral para las Cortes constituyentes de la II República, el siempre agudo Josep Plá escribía lo siguiente: “se ha producido en España un profundo divorcio entre las necesidades profundamente oligárquicas de la clase política triunfante y las necesidades sociales del propio país”. Ya se ve que no se trata de ninguna tara específica del momento presente de nuestra democracia, aunque es necesario insistir en que ahora ha adquirido un carácter especialmente grave.
Para verificarlo, bastará con echar un vistazo a este cuadro del CIS, que me ha facilitado mi amigo el politólogo Miguel Ángel Quintanilla. En él, se refleja la actitud que los españoles mantienen ante su gobierno y ante la oposición. Como se ve, lo que se trata de subrayar con una línea amarilla, la situación no ha dejado de deteriorarse desde el ya lejano año 2000.
Es muy fácil quejarse y decir que no nos merecemos unos políticos como los que tenemos, y en algunos casos, será verdad. Pero no seríamos dignos de queja si no nos preguntásemos cada uno de nosotros qué hemos tratado de hacer para mejorar esta situación, hasta qué punto somos mejores que nuestros políticos en nuestra actividad profesional, en nuestros negocios. Estamos ante una España que cada vez nos gusta menos, pero no debiéramos conformarnos con echar la culpa al empedrado, aunque sea el de la Carrera de San Jerónimo.
[Publicado en El Confidencial]

Los socialistas y Madrid

Estos días, la prensa se llena de ecos que recogen la intención que tiene Rodríguez Zapatero de renovar la cabeza de los socialistas madrileños, de modo que el aparente titular, Tomás Gómez, debería ir pensando en hacer las maletas, porque es muy poco probable que el expeditivo método que sirvió para hacerle llegar a la cabeza del PSOE en Madrid no vaya a ser capaz de desplazarle en un santiamén.
Se mire como se mire, este tipo de noticias nos recuerdan inevitablemente algunas de las muchas fallas de nuestro sistema de partidos. Es una gran paradoja que Madrid, que vio nacer el PSOE, no tenga fuerza alguna en el conjunto del partido, y que sus líderes puedan ser de quita y pon. Por detrás de este hecho hay varias realidades sociológicas en las que no siempre se repara.
La primera de ellas tiene que ver con el hecho de que Madrid se ha provincializado, ha dejado de ser la capital de un estado muy centralizado para convertirse en uno más en la mesa de los repartos. Pese a que los políticos de la periferia protesten en contra, la realidad es que Madrid ha perdido peso político en el conjunto de España; además, los madrileños con vocación política tienden a dedicarse a tareas nacionales o de aparato, porque en Madrid no hay una conciencia diferencial específica, y salvo los que bajean en exceso , siempre atentos a las comisiones y corrupciones, los políticos de Madrid han tendido a ser políticos nacionales, aunque eso tampoco se lleve mucho ahora.
El segundo hecho decisivo para entender la situación de los socialistas madrileños es de carácter electoral. Uno de los cambios electorales más importantes de la democracia se dio tan tarde como a mediados de los noventa, la primera vez que se modificaba el mapa electoral vigente desde la segunda república, gracias al triunfo conservador en dos regiones que habían sido feudo de la izquierda, Madrid y Valencia. Desde ese mismo momento, los socialistas madrileños, y los valencianos, empezaron a verse no como locomotoras, sino como lastres.
La tercera consideración que hay que tener en cuenta es que, si cualquier partido tiene más dificultades para ganar las elecciones allí donde no gobierna, las dificultades del PSOE son mucho mayores porque, privados de la máquina de repartir, sus promesas suelen resultar menos creíbles y atractivas.
¿Por qué el PSOE sigue siendo tan fuerte a nivel nacional, pese a la debilidad de Madrid? Creo que la mejor manera de entender esta cuestión es la inversa: ¿por qué el PSOE no puede conseguir en Madrid lo que logra con tanta facilidad en el conjunto de España? Para entenderlo, hagamos lo que llaman los alemanes un experimento mental, imaginemos a un ZP que no pudiese manejar políticas de estado, que no pudiese mover estatutos, agitar sentimientos de desestima o de emulación, alterar reglas básicas del juego político, etc. Ese ZP se convertiría en un Tomás Gómez o en una Trinidad Jiménez sin apenas nada que ofrecer porque, además, el jefe de filas nacional, le habría dejado sin espacio programático alguno. No tienen ni tendrán la amplitud presupuestaria para gastar que ha tenido el falso leonés, ni pueden hacer ninguna promesa sustantiva a los madrileños que no les suene a chufla.
En cambio, el PP ha sabido sacar ventajas de su situación de relativa debilidad nacional; en primer lugar ha hecho transformaciones espectaculares de Madrid en infraestructuras, en transportes, en sanidad y en educación. Además se ha dotado de liderazgos reconocibles y perfectamente nítidos que, para más morbo, dan siempre una cierta tentación de contar mucho a nivel nacional. Dicho de otro modo, el precio que tendría que pagar un líder del PP para sustituir a Esperanza Aguirre sería seguramente inasumible.
Las actitudes políticas de Esperanza Aguirre resultan abrasivas para esa izquierda, que todavía tiende a pensar en Madrid como finca propia, pero muy atractivas para los conservadores, para los liberales y para muchos electores no adscritos, de manera que resulta quimérico que ZP pretenda hacerle frente meramente a base de un supuesto glamour político de alguna de sus ministras más vistosas.
El PSOE de Madrid ha llegado al final de su ciclo político, y no resurgirá de sus cenizas mientras no se refunde políticamente, mientras no limpie completamente una imagen muy dañada por temas urbanísticos, mientras no se atreva a formular políticas adecuadas a la situación real de los madrileños, dejándose de manejar malas quimeras y datos falsos e insignificantes, mientras se limite a medirse con el adversario sin empezar a pensar en términos de lo que debiera ser. Ya sé que eso es muy difícil, pero en tal consiste, justamente, la política. Lo que quiere hacer Zapatero se llama cesarismo, una asignatura en la que se le pudiera poner un notable alto, si nos olvidásemos de los resultados de sus maniobras, pero no es nada que tenga que ver con la democracia ni, seguramente, con el éxito electoral en una sociedad que ya no se chupa el dedo.

Asturias

He pasado este fin de semana en mi amada tierra asturiana. Supongo que le pasa a todo el mundo, pero a mí, volver a mi cuna, al rincón de mi niñez, me rejuvenece, ne descansa, me compensa de casi todo, pese a las molestias de la edad y los viajes. Asturias, además, me obliga a pensar, quiero decir, me plantea problemas que normalmente tiendo a olvidar por completo en el madrileñeo. Creo que se debe a los contrastes, a la destrucción casi completa del entorno de mi infancia, a la sensación de abandono y de orfandad que dan buena parte de sus tierras y sus gentes. Es impresionante que, en el entorno rural, que supongo podría ser próspero de muchas maneras, casi todo sea restos y pasado, ruinas y abandono. Al menos dos de cada tres casas están abandonadas o destruidas, y, aunque esto varíe por zonas, uno se lleva la sensación de que un mundo que fue real, y por tanto posible, ya no lo será más. La soledad, la oscuridad y el abandono se han apoderado de las caleyas, apenas se ven vacas, ni huertos, ni madreñas, y tómese como símbolo, no como estéril añoranza de lo que pasó para dejar hueco a algo mejor: lo malo es que aquí no parece haber nada, salvo un turismo más ocasional que otra cosa. No es de ahora el problema, desde luego, pero cada crisis económica se agudiza más la sensación de que no se ha hecho nada de lo que se podía hacer.

Las minorías asturianas, que tienen tantos antecedentes gloriosos, los Jovellanos, los Toreno, los Argüelles, no parecen haber estado a la altura de las circunstancias. Asturias ha sido una especie de paraíso socializado, un mundo de subvenciones, y hace ya mucho que cayó también este muro, de manera que Asturias debería encontrar su propia receta de resurrección. Hoy he leído en el editorial de uno de sus periódicos que los asturianos se muestran muy contrarios al seguimiento del proceso autonómico, por llamarlo de algún modo, y me parece que la moda del n’asturianu se ha pasado bastante, pero no basta con ese rechazo, que podría ser visto como una llamada de socorro a la Junta Central. Hace falta que los asturianos se enfrenten a sus problemas con imaginación, con energía, con confianza en sus posibilidades, y eso exige poner fin a una larguísima etapa de sumisión y dádivas.

Va habiendo algunas voces críticas, pero el conformismo es todavía mayoritario y los asturianos deberían de comprender de una buena vez que eso es letal para el futuro de sus hijos.