Una crisis nacional

El atosigante agosto que acabamos de comenzar puede que nos haga olvidar un tanto la crisis política, territorial y económica que padecemos, por no hablar más que de lo obvio. Pero la realidad suele vengarse de los veranos, de manera que bien haríamos con dedicar algún esfuerzo a comprender qué es lo que nos ocurre, de modo que cada cual saque su tanto de responsabilidad
Lo que nos ha pasado es que se ha roto estrepitosamente una doble tendencia sostenida al crecimiento económico y la normalización política. Las legislaturas de Zapatero han mostrado las debilidades de dos modelos básicos implicados, de uno u otro modo, en el pacto de la Constitución, en el programa largo de la transición. No conviene confundir este hecho, que puede ser considerado como una coincidencia, con los errores específicos de Zapatero, que son otra cosa.
Aunque no sea lo primero que se ha roto, empezaremos por constatar que, como era perfectamente previsible, aunque no se supiera exactamente el cuándo, se quebró el espectacular ritmo de crecimiento de la economía que se había consolidado en España tras los años de gobierno de Aznar. El gravísimo error de Zapatero ha sido ignorar la norma de prudencia elemental que dice que se ha de parar el coche antes del precipicio, tratando de convencernos de que precipitarnos por él iba a ser imposible, y, por supuesto, sin atreverse a hacer nada que evitase el castañazo. En consecuencia, nos encontramos en una situación desastrosa, aunque con el alivio relativo de que, al no tener moneda propia, nos obligan a desistir de la carrera de absurdos en que se había convertido la política económica de Zapatero; pero el daño ha sido gravísimo, y la recuperación va a ser, probablemente, muy lenta y problemática.
Este desastre económico se ha dibujado sobre un panorama político no menos catastrófico. Aunque duela hablar de ello, la política española ha dejado de ser mínimamente normal, al menos, desde el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004. Ese crimen siniestro y brutal ha tenido consecuencias mucho más hondas de lo que se ve a primera vista. Al igual que los errores de Zapatero sobre la crisis económica, el atentado ha sido un hecho externo que vino a agravar decisivamente la crisis política previamente existente, la escisión radical de la derecha y la izquierda, incapaces de pensar conjuntamente un programa, y de respetar unas reglas del juego que consolidasen una democracia liberal, madura y eficiente. Esta impotencia es fruto, sobre todo, de la consternación de la izquierda ante una doble victoria de la derecha, y su ineptitud para imaginar una fórmula de victoria sobre el PP que no pusiese en riesgo el equilibrio territorial. El giro de Zapatero hacia los nacionalismos fue, pues, una consecuencia indeseada de la mayoría absoluta del PP en el año 2000, uno de sus ingeniosos gambitos electorales, que se ha mostrado desastroso a largo plazo.
El cerrado bipartidismo de que es víctima la política española tiene raíces hondas y complejas, pero se convierte con facilidad, como ahora sucede, en una trampa; en consecuencia, los ciudadanos se sienten cada vez más lejos de los políticos, y las heridas que estos han envenenado, como el Estatuto de Cataluña, amenazan con convertirse en un cáncer mortal, mientras los españoles asisten estupefactos a la torpísima representación de un drama absurdo e innecesariamente exagerado.
Los ciudadanos tienen la sensación, que esperemos pueda ser desmentida, de que en uno de los peores momentos de su historia están en la peores manos posibles. No es sólo que se haya de repetir el manca finessa de Andreotti; falta algo más que finura porque es evidente que crujen las cuadernas del barco en momentos de tormenta perfecta y que, por tanto, habría que pararse a pensar sin limitarse a repetir las viejas consignas. Por poner un par de ejemplos, las tediosas y estériles negociaciones de patronal y sindicatos han sido muestra de un agotamiento irremediable del modelo de concertación que hemos heredado del franquismo, un modelo en que es perfectamente posible que nadie represente a nadie, porque todos están ajenos a lo que realmente ha pasado en la economía de las empresas, sobre todo pequeñas, y de lo que continúa ocurriendo en la calle. Un segundo ejemplo: que este año se hayan incorporado, como sin querer, más de 200.000 personas a la función pública es otra prueba de que los políticos se resisten a hablar de los problemas reales, de que han quedado presos de una retórica vacía y envejecida.
Es evidente que hacen falta políticos que de verdad piensen algo y quieran algo, y que sean capaces de arriesgarse por ello. El modelo de turnismo, que además arroja una ventaja de casi 2 a 1 para las victorias de la izquierda, ya no es suficiente; hace falta que los partidos se transformen en lo que debieran ser, y solo la presión ciudadana podrá lograrlo: puede parecer difícil, pero no es imposible, y resulta necesario.
[Publicado en El Confidencial]

El César Zapatero

Como todos los Césares; Zapatero es veleidoso. Su dedo poderoso no se cansa de cambiar vidas, de elegir futuros, y a veces se divierte haciendo travesuras sin mayor trascendencia, aunque sus cercanos digan que es vengativo, y que no soporta a los que se creen algo. Su condición de máximo pontífice del socialismo, por decirlo así, le hace tener que tomar decisiones que determinan el futuro, cosa que, como se sabe, está al alcance de muy pocos. Ahora que ya no puede decidir grandes cosas en el Gobierno, debido a las persistentes llamadas internacionales, va a concentrarse un poco más en el partido, y ha decidido empezar por Madrid.

Como es un tío elegante, antes de defenestrar al bueno de Tomás, y no digo más, le ha hecho un elogio enorme, y hay que esperar que el ex alcalde de Parla, sepa agradecer debidamente la magnanimidad de un gesto tan gratuito. Lo malo, es que, a continuación, ha elogiado más todavía a Trinidad Jiménez, de manera que ya sabemos que Tomás no va a perder las elecciones frente a Esperanza Aguirre, cosa de la que siempre estuvo muy seguro. Ya se sabe que los dioses escriben derecho con renglones torcidos, aunque no sé muy bien qué clase de renglón es este Tomás.

Con Trini, belleza madura y ceceante, vamos a disfrutar de lo lindo; yo que doña Espe me echaría a temblar. ¡Qué rival! La ministra que evitó la gripe A, hay que decirlo, y que piensa en retirar el tabaco de las calles va a ser una pesadilla para el PP de Madrid. Y además, Lizawetsky en el ayuntamiento; en verdad que ZP se ha sacado de la manga un par de ases, ahorrándonos, además, todas esas penosas tareas de los partidos, esa pérdida de tiempo de andar con elecciones internas y todo ese ceremonial. Eficacia, es el mot de ZP, ya se sabe.

Para terminar, un consejo al PSOE de Madrid: si alguna vez quiere pintar algo en política, debería pensar en hacerse separatista: puede ser un poco traumático, pero no creo que perdiese muchos de los votos que tiene, y se ganaría, además, el respeto de Ferraz. A mí me da que ese era el plan de Tomás, y no digo más: es evidente que ZP la ha ganado por la mano; sin duda, es el más rápido.

Los males de la vieja España

Siempre he creído que en España es casi imposible corregir nada, aunque la verdad nos muestra a los que ya somos viejos que sí hay cosas que cambian, a veces para bien. Cuando comento con los amigos alguno de los innumerables disparates que atesoramos como si fueran instituciones respetables, siempre acabo diciendo que España funciona únicamente, y mal, desde luego, porque es un viejo país que se fía de su larga experiencia, prefiere no cambiar casi nada, y cree que, más o menos, da un poco lo mismo. Esto, desde luego, exaspera a los reformistas, a los competitivos, a los razonadores, a los liberales, gentes, por lo común mal vistas, Quijotes de esa inmensa muchedumbre de Sanchos que pueblan estas tierras, esos Panza a los que Cervantes dio, al fin y a la postre, la razón, porque, en efecto, el hidalgo atrevido es digno de toda clase de burlas y de afrentas sangrientas, al entender de nuestros desinhibidos Sanchos que, como digo, son multitud, y están sindicados.
Traigo esto a colación porque agosto es el mes en que el sanchismo nacional alcanza sus mayores cotas de eficiencia y obviedad. En agosto, España entera se para, todo lo que es meramente burocrático y/o tradicional (o sea, todo) deja, sencillamente, de existir. Se salvan, únicamente, y por los pelos, aquellas funciones que requieren continuidad inexcusable o que se intensifican a la vista del nohacer de los demás, la aviación o los chiringuitos, por ejemplo, pero no miremos el asunto a fondo no sea que nos llevemos un susto morrocotudo. Lo demás entra en un estado coloidal que es el que realmente nos define, pero que el resto del año se disimula como se puede. Hay que reconocer que los calores son de justicia, pero no bastan para explicar el colapso, como puede comprender cualquiera que haya pasado un verano en California, por ejemplo, pero California es una cosa reciente y que pretende ser razonable, nada que ver con lo nuestro.
Este país es normalmente un Sin Dios, pero en verano da la sensación de recuperarse, de que todo rueda sin agobios ni pausas. Es el momento en el que el sanchopancismo vive en pleno regodeo, sin cansancio ni ansiedad, acopiando fuerzas para que en septiembre todo vuelva a la normalidad, a estar manga por hombro, como le gusta al fondo arriero y montaraz que llevamos siglos cultivando con esmero.

Una canción que da que pensar

Gracias a esa cadena de amigos que manda cosas, unas interesantes, otras jocosas, he podido escuchar a un grupo canadiense que pone música a unas ideas que no se quieren oír, una letra que debiera hacer pensar a los más jóvenes, y a nosotros, a los que les hemos traído hasta aquí.
Afrontar directamente la evidencia de que podemos estar en una degeneración irreversible, tanto desde el punto de vista demográfico, que es el más obvio, como desde el punto de vista moral, que es seguramente el básico, no es agradable, pero pudiera llegar, y no muy tarde, el momento en el que no hablar de estos problemas fuere una deslealtad, una traición para quienes nos van a heredar.
Hay una letra brillante de John Lennon que dice algo así como que la vida es lo que pasa mientras estás haciendo otra cosa (Life is what happens to you when you’re busy making other plans, Beautiful Boy), y creo que puede decirse que la historia también pasa de ese modo. Nuestra generación se ha preocupado tanto del futuro, de su futuro, que se ha olvidado de advertir los fenómenos decisivos que seguían un ritmo aparentemente lento, pero inexorable. Ahora el mañana es oscuro, pasaron los tiempos de las vacas gordas y no está mal que, en medio del jolgorio de una noche, unos chicos canadienses digan algunas verdades tan dolorosas como inquietantes.

Militancia pura y dura

Felipe González ha dado un ejemplo de lo que es capaz, de que su sectarismo está intacto. Hace unos días ha publicado un lamentable artículo junto con otra pensadora de fuste, la ministra de Defensa y catalana vocacional, señora Chacón. El maridaje anunciaba novedades sustanciales, una síntesis generacional, qué sé yo, pero se ha quedado en mala escritura al servicio de las peores intenciones.
Aunque el texto era breve, admite resumen: la culpa de todo es del PP, aunque también son malos los nacionalistas que no siguen a Montilla y a la señora firmante. Un ejercicio de autocrítica, como se ve, un estadista este Felipe, capaz de sacar unos minutos de su ajetreada vida de nuevo rico para poner un poco de cordura en las querellas de los españoles.

El Príncipe de la Paz ataca de nuevo

La legendaria capacidad de Zapatero para no dejar que la realidad le arruine una de sus ocurrencias es, como se sabe, perfectamente compatible con su impavidez para decir digo donde había dicho Diego. Hay asuntos en que, sin embargo, Zapatero nunca dará marcha atrás, porque forman parte de su más íntima vocación, de sus deseos más hondos. Uno de ellos es el anhelo de pacificar, a su manera, las relaciones con ETA. No se trata de una rareza, porque se encuentra en perfecta sintonía con la idea de que la España constitucional está mal hecha, y que esa mala hechura debe ser modificada y rota para que españoles, catalanes y vascos, como él lo diría, puedan vivir en paz. La fórmula política que ha de garantizarlo será la nueva izquierda que él está creando: una coalición que impida definitivamente el triunfo de la derecha, de quienes son los responsables de las tensiones que rompen este país, según la sectaria e interesada historia con que se nutre.
En su virtud, Zapatero tendrá que pasar por encima de la sentencia del Constitucional y, sobre todo, tendrá que lograr la paz con ETA. En una entrevista reciente se ha apresurado a declarar que el fracaso del proceso de paz sembró la “solución definitiva”, o sea, que él sigue en ello. A un tiempo, y de manera harto sospechosa, el órgano oficial de la banda se las promete muy felices: algo sabrán. Este Gobierno es un desbarajuste, salvo en la coordinación de sus feos negocios con ETA, como lo demuestra la férrea armonía con que se coordinan sus acciones y sus despistes: ¿Cuánto tiempo se va a tomar el señor Fiscal, por ejemplo, para actuar contra los tres encapuchados que leyeron el mensaje de ETA durante el homenaje a Jon Anza? Es imposible atribuir a la casualidad las delicadezas del señor Rubalcaba con los inquilinos de Nanclares, los acercamientos de presos, la desaparición de De Juana Chaos, o la liberación de Usandizaga, para que se ocupe de su mami.
Los gestos del Gobierno hacia los asesinos, que se nos presentan como dóciles corderos deseosos de ser concejales de la unión de izquierdas, se multiplican y se aceleran, es decir, que el Gobierno tiene un plan porque Zapatero tiene una obsesión, y necesita exhibir algún triunfo, por más que sea aparente y vaya manchado de sangre, ante el período electoral en el que estamos entrando.
Todo indica que estamos ante una repetición del escenario de 2005. Lo que entonces podía ser visto como síntoma de la fortaleza política del Gobierno que se atrevía, insensatamente, con todo, es hoy consecuencia de su debilidad, de la necesidad de ofrecer algo que justifique de algún modo una política cobarde, miope, indistinguible de la alta traición.
España no es tan débil como Zapatero y no tiene que pagar con gestos y con prebendas el uso de las bombas y el asesinato indiscriminado de inocentes. La banda está débil, pero nuestro Gobierno lo está todavía más, y pretende sacar pecho a costa de un nuevo paso en falso que dará nueva vida a ETA para que nos amargue un poco más la nuestra. Hasta el más lerdo de los analistas reconocerá que cuando una banda de asesinos obtenga premio por sus crímenes, lo que se garantiza es que cometa tropelías mayores, porque cualquiera de sus asesinos entenderá que las mercedes han sido logradas a golpe de pistola, y que sería una necedad dejar las armas, aunque, como es obvio, haya que disimular que así se ha hecho. Hoy mismo publica este periódico que la banda ha robado materiales necesarios para montar coches-bomba. Como se ve, todos a lo suyo, la banda a matar, y Zapatero a engañarnos de nuevo, a ver si su sueño le convierte en Príncipe de la Paz, a ser posible, a título vitalicio.

[Editorial de La Gaceta ]

Los silencios de Rajoy

Es un secreto a voces que una parte significativa de los militantes y votantes del PP están descontentos del perfil deliberadamente bajo que adopta Mariano Rajoy, lo que, naturalmente, no quiere decir que vayan a dejar de preferirlo a cualquier posible candidato del PSOE. Dando este dato por cierto, hay que preguntarse por las razones de tal actitud. La teoría dominante es que esa elipsis del líder del PP es deliberada, y se funda en análisis de sus asesores y, en último término, en dos convicciones de carácter estratégico. En primer lugar la suposición de que las elecciones “no se ganan, sino que se pierden”, ayudada por el convencimiento de que ZP las está perdiendo, tal como hoy indican las encuestas. Una segunda suposición, también muy importante, es la de que al PP no le conviene una gran movilización electoral de la izquierda, lo que resulta inevitable con un PP más beligerante, porque, simplificando mucho, a mayor participación electoral mayor probabilidad de victoria de la izquierda.
Creo que ambas suposiciones son, al menos, parcialmente correctas. No me parece, sin embargo, que sean enteramente ciertas, sino que, a la vista del comportamiento electoral de los españoles, se debieran matizar de modo muy significativo, pero, en cualquier caso, creo que para que puedan integrar cualquier programa político necesitan algunas hipótesis adicionales, que normalmente no se discuten, y que, si se dan por ciertas, pudieran conducir a eso que Thomas R. Merton llamó una profecía que se autocumple, una self-fulfilling prophecy, en particular, a una nueva derrota de Rajoy y del PP, ante Zapatero, o ante otro.
La hipótesis adicional que puede conducir al fracaso, se expresa, a mi entender, en otra doble la creencia: en primer lugar, la suposición de que la cultura política de los españoles es casi completamente inmutable y mayoritariamente de izquierdas, y, en segundo lugar, la convicción de que los partidos políticos, y en este caso el PP, no deben trabajar en ese terreno, puesto que son meras máquinas cosechadoras que deben dejar a otros la tarea de la siembra y el resto de faenas del campo. Ambas convicciones son, a la vez, excesivamente acomodaticias y, la segunda, al menos, rotundamente falsa, y lo sería tanto más cuanto la primera fuese más correcta. En la medida en que la dirección del PP tuviese ambas creencias, por el contrario, como ciertas, debiera actuar de la manera más disimulada posible, para hacerse con el poder en un descuido y tratar de mantenerlo mientras sea posible; creo que muchos suponen que eso es precisamente lo que se está haciendo, pero, si así fuere, se trata de un error de libro. Incidentalmente, una de las razones que puede abonar el equívoco de algunos estrategas del PP es un análisis deficiente de las razones de la sorprendente derrota del PP tras una legislatura en que había obtenido la mayoría absoluta, pero esta es otra cuestión.
Que la cultura política de los españoles sea de izquierdas es solo una media verdad, tan cierta como su contraria; lo que, sin embargo, es un hecho, es que la izquierda se toma más en serio la defensa de sus valores y promueve con eficacia una sociedad muy conformista y acrítica, subvencionada y dependiente; así tenemos, por ejemplo, que apenas el 4% de los españoles aspira a ser empresario y un 72% desearía ser funcionario, mientras que la derecha da muchas veces la impresión de que lo único que puede alegar en su defensa es que gestiona mejor los recursos públicos, un alegato muy débil e ineficiente en términos electorales. ¿Qué ha hecho el PP desde 2004 para combatir este estado de cosas? Me temo que apenas nada, y eso cuando no lo fortalece pretendiendo, de manera absolutamente absurda, resultar más protector de los llamados derechos sociales que la izquierda.
EL PP presume muchas veces de sus 700.000 militantes, pero, salvo en algunos lugares, no tiene una maquinaria política medianamente en forma, como se demuestra cuando se queja, a mi modo de ver absurdamente, de que las sonoras pifias de ZP no obtengan en las calles el rechazo que cosecharon sucesos mucho menos imputables a errores del PP, como se pudo ver en el ejemplar caso del Prestige.
Si el PP temiese la respuesta negativa de una izquierda siempre dispuesta al “no pasarán”, se equivocaría con un imposible disimulo, mientras que trabajará en contra de sus intereses, y de los de la democracia, si renuncia a desarrollar políticas nítidamente distintas de las del PSOE, y a justificarlas sin ninguna clase de temores. Ese trabajo ha de suponer un día a día sin desmayo y sin miedo, un análisis continuo de los problemas de los españoles y un contacto constante con la sociedad civil. El problema es que eso suele ser incompatible con una organización cerrada, sin ninguna democracia interna, y cuya acción política tienda a limitarse al aplauso del líder cuando desplaza sus escenarios de opereta por los espacios afines.
[Publicado en El Confidencial]

Cataluña y los toros

No sé con certeza cuál de las dos razones sea la dominante en la voluntad de los diputados catalanes y catalanistas que han votado la prohibición de la tauromaquia en Cataluña. No sé el porcentaje de animalismo y el de antiespañolismo qué corresponde a la medida, pero cualquiera de las dos razones me produce repulsión.
Jamás he ido a una corrida, bueno, una vez, y medio obligado, he visto un par de toros, me parece; no me gustan los toros, pero me gustan mucho menos las prohibiciones, me molestan los que nos desprecian, y no me gusta nada, pero nada, la religión animalista que se está imponiendo por ahí. Es decir, aunque no considero que lo que a veces se llama la Fiesta Nacional sea el colmo de los colmos, me molesta que tiren piedras contra ella a ver si me dan a mí, aunque no sea de esa guerra.
El animalismo me parece una auténtica regresión, además de que sea, con gran frecuencia, una hipocresía. Sólo me puedo tomar en serio a los vegans, a los vegetarianos radicales, y, los que yo he conocido, son personajes un poco peculiares, por decirlo de manera breve, aunque no todos, pero, al menos, sus razones, aunque un tanto inasibles, no son contradictorias.
Creo que el movimiento de derechos de los animales es positivo en la medida en que promueva un respeto a nuestros hermanos, como los llamaba San Francisco, y una cierta veneración de la naturaleza, pero pasarse de ahí es puro antihumanismo, y, como digo, una peligrosa creencia sin demasiado fundamento.
No escribiré ni una línea de elogio de los toros, que no lo necesitan, y han tenido estupendos defensores; por nacimiento prefiero a las vacas, tan dulces y mansas, y que eran, cuando niño, como de la familia. Ni siquiera entonaré una elegía cultural que me parece fuera de lugar, aunque otros usen y abusen del género.
Creo que los catalanes deberían dedicarse a no tocar las narices al resto de los españoles, pero se ve que les va, y hay que reconocer que lo hacen bien; al fin y al cabo, no me molesta que prefieran al burro como símbolo y desdeñen el toro de Osborne, pero lo que no acabo de entender es que se quejen de que caen mal y, al tiempo, se dediquen a perseguir a los taxistas que sacan la bandera de España el día de la victoria sobre Holanda, o a mostrar su supuesta superioridad moral prohibiendo las corridas. Me parece que están haciendo grandes esfuerzos para que no haya otro remedio que tenerles por antipáticos, y bien que lo siento.

Más sobre Guti y Raúl

Algunas personas cercanas me han reprochado cierta frialdad, e incluso injusticia, en mi comentario de ayer sobre el mismo tema; puede que tengan razón, pero creo que, sobre todo, por contraste con la excesiva tendencia al ditirambo y la exageración que es corriente entre quienes más hablan de estos temas.
Seguramente me equivoque al afirmar que Guti apenas había hecho nada tras la salida de Del Bosque, porque la verdad es que hizo algunos partidos magníficos, y algunas jugadas realmente memorables, en varios de los dramáticos partidos con los que se ganó la liga de Capello, la primera temporada de Ramón Calderón como presidente. No cabe duda que es un jugador dotado de una técnica portentosa, pero, para su desgracia, y la del madridismo, su peculiar manera de entender la vida y el fútbol no le han permitido cuajar en lo que hubiera podido ser.
El caso de Raúl es muy distinto, como dije, y nadie puede dudar de que sus primeros años en el Real Madrid fueron portentosos. Para que no queden dudas, suscribiré lo que dijo de él alguien que sabe de esto, nada menos que Alex Ferguson: “Real buys these big players like Figo, Zidane and Ronaldo, […] But the best player in the world has been there all along. He is Raúl.” Uno de los grandes, sin duda, pero el hecho es que llevaba ya unas cuantas temporadas rindiendo muy por debajo del nivel que le hizo ser el mejor. No ha tenido suerte con algunos premios, pero, pese a eso, su palmarés es envidiable. Para mí, su último gran gol fue un cabezazo contra en el Barcelona en el Bernabeu, otra vez el año de Capello, que fue especialmente emotivo, pero ya entonces era una sombra de sí mismo, y aunque comprenda sus motivos, prefiero no verle jugar de manera disminuida. Hay oficios que no aguantan 16 años a un gran nivel, y el fútbol es, sin duda, uno de ellos.
Como el fútbol está hecho de la materia con la que se tejen los sueños y las leyendas, ambos vivirán mucho más que nosotros, y su recuerdo será más glorioso a medida que pasen los años.