La pobreza del debate español

En España, el debate público, es extremadamente simple y débil, demasiado coyuntural, muy maniqueo y rutinario, enormemente pueblerino, ajeno por completo a lo que ocurre en el exterior, como si eso no nos afectase.

Entre nosotros, la retórica amenaza con verse reducida al famoso “¡Y tú más!”, que es un argumento perfectamente inútil. Muchos periodistas y tertulianos parecen conformarse con el papel de repetidores de consignas, de implacables defensores de la verdad del partido al que se sirve, generalmente mediante retribución.

Es verdad que, en el mundo entero, el pensamiento de cierto nivel parece estar en desbandada, pero aquí la cosa es inusitadamente grave. El debate cultural y político amenaza con verse reducido a una parodia del debate futbolístico, por llamarlo de algún modo, con la desventaja de que, al menos en la política, andamos escasos de tipos como Messi, y lo dice un madridista.

Seguramente la causa resida en que el nivel educativo de una mayoría de españoles es cada vez menor, aunque nominalmente sea el más alto de la historia, pero algo habrá que hacer, porque que la cosa se reduzca a glosar los argumentos de Pajín o de Cospedal, los balbuceos de Rajoy o las baladronadas de ZP es insoportable. Y que el debate cultural se confunda con comentar las ocurrencias de Willy o de Ramoncín debiera producir un llanto inconsolable.

El jueves declarará Garzón

Menudean los actos de apoyo al juez Garzón, entre sus incondicionales, que los tiene. Seguramente sentirán un grave quebranto al contemplar cómo un juez, que juzga conforme a prejuicios y sentimientos nobilísimos que debiera compartir cualquier ser humano decente, es decir de izquierdas a su modo, pueda ser sometido a la humillación de comprobar si sus criterios de actuación son compatibles con la lógica normal y/o con la letra de la ley.
En el caso de Garzón todo son presunciones a su favor. ¿Cómo iba a estar seguro Garzón de que Franco estuviese muerto? ¿Cómo iba a saber Garzón que mentes sucias irían a relacionar su tratamiento del caso de un banquero, del régimen por más señas, con el hecho de que le hubiese solicitado unos modestos estipendios para impartir lecciones de justicia universal en tierra de infieles? Yo me atrevo a sugerir que la carta de Garzón a Botín no fue redactada por él, sino, si acaso, por alguno de los funcionarios que merodean en su entorno, totalmente incapaces de suponer que nadie pudiera leer ese texto con malicia, dada su inocencia indeleble. Garzón la firmó como firma tantas providencias a lo largo del día. Visto de otro modo ¿quién puede pretender que un juez como Garzón viva en Nueva York con solo el sueldo de Madrid? ¿Acaso no resulta razonable y normalísimo que la Universidad le ayudase? ¿Acaso resulta inusual que las universidades de Nueva York busquen ayuda en financieros españoles? ¿Qué son 320.000 dólares, que se sepa, para un profesor tan extraordinario? ¿Quién puede sospechar de un mecenas tan desinteresado como Botín que destina gran parte de su presupuesto a ayudar a toda clase de conferenciantes?
Esperamos que cosas tan evidentes resplandezcan con el debido fulgor el jueves, y en los siguientes días, pero, por si acaso, que los compañeros no flojeen en la campaña de concienciación de la justicia, garzoniana, por supuesto.

Garzón recurre

Es difícil hacerse una idea mejor de lo que piensa Garzón sobre la justicia que la que nos proporciona el contenido del auto que ha interpuesto contra su procesamiento primero, que hay otros en espera, y no son todos los que cabrían. El juez Baltasar Garzón cree que organizaciones y «grupúsculos marginales», es decir, incontrolados, como se llamaban en otros tiempos, han ido contra él, y esperaba que el Supremo valorase sus “espurias motivaciones a la hora de no prestar crédito a tal persecución ideológica».
Envalentonado con el apoyo del New York Times, el juez se atreve a explicar cómo debe ser la Justicia universal, más allá de códigos y formalidades. Los que piensan de manera correcta están exentos de cualquier control, y los que piensan de manera extravagante, no merecen acceder a ninguna justicia ni tener acceso a ningún Tribunal. Lo de la Ley debiera ser, por lo que se ve, anecdótico, cuando se tenga prestigio internacional, aunque se haya logrado a base de chapuzas y arbitrariedades… y mínimos cohechos.
Si el Supremo le diera la razón, salir corriendo de este país sería un recurso inaplazable. Veremos.

¿Quedan jueces en España?

El procesamiento de Garzón podría indicar que, como ha notado hasta el sutilísimo Chaves, algo está cambiando en la Justicia española.
¿Pudiera ser que un determinado grupo de jueces haya decidido que ya no va a dejarse ningunear más por los políticos? Si así fuera, estaríamos ante una de las mejores noticias en la historia de la democracia española. No solo por lo que significaría en sí misma, sino también por el efecto de emulación que habría de tener en el conjunto de la sociedad española.
La corrupción y la partitocracia son abusos a los que hay que plantar cara, y sería una maravilla que los jueces empezasen a ser valientes y a mostrar que les importa más la justicia que el temor a los que mandan. Veremos.

Para comprender lo del coche eléctrico o la historia de una ambición

Contra quienes sostienen que nuestro gobierno es un improvisador carente de principios y estrategia, defenderé una vez más las profundas ideas en que se sustentan sus políticas. Para empezar este gobierno está convencido de que su pensamiento recoge las fórmulas más avanzadas que ha producido el pensamiento político; persuadido como está de defender evidencias, aunque difíciles para los que están cegados por su egoísmo y por prejuicios, de clase, o de otro tipo, no ha tenido el más mínimo temor a poner en práctica sus visiones. El último ejemplo es el plan estratégico para la promoción del coche eléctrico.
Esta brillantísima iniciativa debiera analizarse en dos planos complementarios. En primer lugar, desde un punto de vista histórico. Sus antecedentes son, sin duda, gloriosos y ejemplares. Este gobierno sabe imitar lo mejor, no les quepa duda, sin preocuparse de la condición del que lo propone. Un primer antecedente pudiéramos verlo en la importancia de la utilización política de la tecnología que fue advertida por Orwell. Como recordarán mis lectores, Orwell dejó constancia, en 1984, de que el partido se atribuía la invención del helicóptero, sin duda para impresionar favorablemente a sus, digamos, adeptos. Aquí no se trata de una mera atribución, sino de un acto de valentía: ponerse al frente de la invención.
Un segundo antecedente, muy valioso también por el coraje que muestran, al no importarles lo que pudieran decir comentarista maliciosos, es el empeño de Franco, ya saben, en promover el motor de agua, una iniciativa tecnológica un tanto más primitiva pero igualmente atrevida y ecológica, aunque en la época no supieran ver este aspecto del asunto, y que desde luego, trataba de atacar directamente a la tremenda dependencia del petróleo en la España del 600.
Como se ve, pues, los antecedentes son tremendamente atractivos. Pero hay más. Hay en la medida del gobierno un grado de audacia realmente inusual en las medidas de los políticos, siempre pendientes del qué dirán. Hay que ser muy valiente para meterse de hoz y coz en los vericuetos de una innovación tecnológica tan altamente competitiva. Resulta que lo que no acaban de ver claro ni los coreanos, ni los japoneses, ni los alemanes, ni los americanos, que algo saben del negocio de los coches, lo ven con entera nitidez esa pareja feliz de Zapatero & Sebastian. Realmente admirable. ¡Por fin abandonamos el ¡qué inventen ellos! para atrevernos a innovar y a ser pioneros.
El gobierno no ha perdido el tiempo discutiendo en el Parlamento un plan tan ambicioso, para cortar así de raíz las presumibles y antipatrióticas críticas de una oposición carente de imaginación y aferrada a los viejos principios del machismo tecnológico, por llamarlo de algún modo y para entendernos. Es verdad que hay el riesgo de que las subvenciones vayan a parar a los que están más acostumbrados a recibirlas, a ese coro de emprendedores ejemplares que ayer rodearon a la pareja feliz. El Gobierno no ha tenido miedo, una vez más, tal como ha puesto de manifiesto Carlos Sánchez, de realizar un nuevo ejercicio de solidaridad a su manera, de distribuir el dinero de todos entre quienes saben ganárselo. Lo dicho, imaginación, ambición, modernidad, y reparto solidario e inteligente de los bienes públicos. ¡Y luego dicen que el pescado es caro!
Como este gobierno no tiene miedo a meterse donde no le llaman, el país está cada vez más entregado, digan lo que digan las encuestas.

Los problemas de los españoles

EL CIS viene preguntando desde hace tiempo a los españoles sobre cuáles son, a su juicio, los tres problemas que más nos afectan. Se ha subrayado el disgusto con los políticos, puesto que un 21,6 por ciento de españoles los identifican como uno de los problemas que padecen. Los otros dos problemas son el paro, identificado por un 82,9 por ciento, y la crisis económica que es señalada por un 45,3 por ciento.
¿Qué quiere decir todo esto? Desde que la democracia se estableció en España, no ya como un ideal, sino como un sistema político, se han hecho muy frecuentes los halagos al ya casi proverbial buen sentido de los electores, a la responsabilidad de los ciudadanos, a su sentido de la oportunidad política y un largo etcétera de supuestas virtudes cívicas. Sin embargo, si se mira más de cerca el asunto, esos elogios pueden ser, además de interesados, bastante improcedentes.
Nadie puede negar que el paro y/o la crisis constituyan una amenaza seria, ni que los políticos actúen de manera escasamente admirable. La cuestión importante es, sin embargo, muy otra. ¿Hasta qué punto es la sociedad española consciente de que esos problemas no constituyen un mal sobrevenido, sino que son la consecuencia obvia de nuestros comportamientos personales, de nuestras acciones y omisiones?
En lugar de elogiar al pueblo soberano, sería interesante hacerle ver que eso que nos pasa es, sobre todo, consecuencia de lo que hacemos, de las decisiones que tomamos, de nuestras costumbres y de nuestros valores.
Que los españoles prefieran la seguridad al riesgo, por ejemplo, no es algo irrelevante, de modo que cuando eligen ser funcionarios, en lugar de atreverse a iniciar nuevos negocios, no están ayudando mucho a fortalecer la economía productiva. Que los españoles abusen de las normas laborales (creando formas de absentismo que debieran ser delictivas), o usen los recursos de la sanidad pública de manera irresponsable, tampoco es algo que contribuya a hacernos más solventes y eficientes. Es preocupante que los españoles puedan ver la crisis económica o el paro como acontecimientos geológicos enteramente ajenos a sus hábitos y a sus conductas, y es sangrante que continúen sosteniendo a gobiernos que les repiten esa explicación insensata, o que les prometen el cielo, omitiendo cuidadosamente que habrán de pagarlo ellos, pese a que no lleguen disfrutarlo nunca.
Los españoles deberían acostumbrarse a ser menos indulgentes consigo mismos para poder ser mucho más exigentes con los demás. Que, por ejemplo, un profesor no atienda a sus alumnos, no esté al día en su materia, o no procure la mejora de la institución en que trabaja, y se queje de los males del país es de una hipocresía refinada. Nuestra costumbre de buscar chivos expiatorios lejos de nosotros mismos podrá ser psicológicamente interesante, pero es de una ineficacia prodigiosa además de intelectualmente indecente.
Esta manía de atribuir a otros nuestros males es doblemente absurda e impotente en lo que se refiere a la crítica de la clase política. Cuando los miembros de un partido se quejan, por ejemplo, de que la corrupción de algunos les afecta, habría que preguntarles qué han hecho ellos para garantizar que se respete la democracia interna, o para procurar que las cuentas del partido sean limpias, pero si han consentido en el secreto y en la cooptación, no tienen ningún derecho a quejarse de que la corrupción les manche, porque es el fruto maduro, como mínimo, de su indolencia y de su tolerancia con algo frontalmente opuesto a cualquier idea de la democracia.
Cuando se les acusa de corrupción, los partidos corren presurosos a refugiarse en la presunción de inocencia, para que, con la ayuda de la lentitud de la justicia, su politización y su manifiesta incompetencia, todo pueda acabar en rumores irresponsables que extiende el enemigo; con comportamientos de este tipo se permiten no hacer nada para evitar la corrupción, porque su condescendencia con ella es la otra cara de una subversión de fondo del sistema, de la absoluta ausencia de democracia interna, del cesarismo general de sus cargos internos, más intenso cuanto más cerca nos hallemos de la cúpula.
¿Es que los ciudadanos son responsables también de esto? Pues claro que sí, ¿quién si no? Es ridículo pretender que los males se vayan a arreglar por sí mismos, y que quienes viven espléndidamente abusando de los demás vayan a dejar de hacerlo por un ataque súbito de decencia. Esta regla es válida en todos los entornos, los negocios, la actividad profesional, la función pública, las relaciones del consumidor con las empresas, etc. pero es especialmente aplicable a la política. Solo si los ciudadanos promueven una cultura de transparencia, competencia y rendición de cuentas, seremos capaces de acabar con los problemas que se originan en nuestra pasividad y en nuestra boba complacencia con las monsergas que nos endilgan, mientras nos aligeran la cartera.

Los miedos del PP

Finalmente se han dado a conocer los sumarios del caso Gürtel, lo que permitirá que el PP esté acorralado por unos días más intensamente que de ordinario. El hecho de que el Gobierno ataque a la Oposición es una peculiaridad bastante notable de la política española, pero quizá sea más notable todavía el hecho de que el PP renuncie a defenderse cómo se supone que podría hacerlo.

En esta democracia en que hemos venido a parar, al PP no le queda otro papel que el de tomarse la libertad en serio, y tratar de convencer a los españoles de que es mejor morir de píe que vivir de rodillas; ya sé que puede sonar a sarcasmo, pero los tiempos han cambiado tanto que la frase de Emiliano Zapata, y luego de Dolores Ibarruri, puede tener pleno sentido (afortunadamente, figurado) aplicada a nuestra situación.

En la democracia española el PP es, definitivamente, el partido perdedor si acepta una serie de claves del sistema. Si, por el contrario, no lo aceptase, tendría oportunidades de cambiar las reglas de juego y la cultura política de los españoles, y con ello, tendría oportunidades de ganar. Esa fue precisamente la clave de la victoria de 1996 y de su confirmación en el año 2000, pero el PP se cansó pronto de ser alternativa a la política establecida, y pensó que bastaría con llevar a cabo una buena administración; es evidente que se equivocó, y las consecuencias de ese error se pagan ahora muy caras. La era de Zapatero le ha puesto las cosas todavía más difíciles, y no se ve claro que el PP actual quiera hacer una objeción de fondo al sistema, porque amaga, pero no da, porque prefiere consolarse con el supuesto papel de heredero que tantos le adjudican.

A mí, me parece que eso es un fraude, que es renunciar a la función más importante de un partido, a tratar de liderar un cambio profundo para construir una democracia de verdad sólida y poderosa. El problema para hacer algo como eso es muy sencillo: la mayoría de los dirigentes del PP creen en la libertad tan poco como Zapatero, y en la democracia, todavía menos.

Por eso, frente a la corrupción hacen que hacen, pero miran para otro lado, exactamente lo mismo que ha hecho el PSOE, me gustaría pensar que con algo menos de cinismo y desvergüenza. El caso es que el PP podría desterrar casi para siempre la lacra de la corrupción si se atreviera a tomarse la política en serio, si practicase la trasparencia y la democracia interna que le reclama su alma liberal, pero eso pondría en riesgo la nomenklatura, y tiraría por los aires esas redes de poder en las que se apoyan los que siempre mandan, esos rigodones de monarquía hereditaria que tan bien bailan en el partido los que creen que la libertad puede limitarse a ser un adorno retórico de la derecha. Que un Fraga que jamás pudo ganar las elecciones generales, y que acabó perdiendo Galicia por no retirarse a tiempo, vuelva a aparecer al frente de las reuniones de la cúpula del PP, es algo más que una coincidencia, puede ser un presagio.

El fútbol como sorpresa

Suponer que hay algo sorprendente en el fútbol debe sonar a chunga a cuantos están más que hartos de no oír hablar de otra cosa. Esto es así entre nosotros y no dejan de subrayarlo los que nos ven desde fuera: recuerdo una especie de road-movie, creo que de Tanner, en que su protagonista, al pasar por España camino de Lisboa, trataba de oír la radio desde el coche y no conseguía oír otra cosa que “¡goool!… ¡goool!” Hace unos días vi un excelente documental sobre España en un YouTube de un periódico y, en efecto, la primera imagen era también un balón rodando (¿por cierto lo recuerda algún amable lector?, me gustaría volver a verlo y no he sabido localizarlo). No me refiero, pues, a ninguna sorpresa de un fútbol raramente ausente, sino a la sorpresa que deparará, para cuantos gustemos del fútbol, y no necesariamente de sus abusos mediáticos, el resultado del próximo Real Madrid-Barça el sábado que viene.
Habrá sorpresa porque se dirán tantas cosas, que apenas podrá uno imaginar algo indecible. Pero habrá sorpresa también porque, una vez más, hay que esperar que el resultado de un lance derribe la mayoría de las teorías previas, que esta es una de las grandezas de este juego tan insoportable para quienes no lo aman.
Se pueden derribar, como mínimo, un par de mitos antagónicos, la perfección del Barça, el adefesio del Madrid; pero también pueden fortalecerse. Se puede terminar con ditirambos y con alegatos críticos, pero también pueden reforzarse. Nadie puede saber qué va a pasar, aunque todos lo sospechen y muchos lo teman. Resplandecerá así, aunque por poco, alguna de las enseñanzas más hondas de este deporte, que nada es previsible, que hay cosas que no pueden ser, que el tiempo se agota, que, al final, la verdad se nos impone, y que mañana ya no será nunca como ayer. Para quienes crean que el pasado es inmodificable recomiendo como ejercicio meditar sobre el fútbol y, para quienes no acierten a hacerlo, les puede ayudar la lectura de Jorge Manrique:
¿Qué se hizo el Rey don Joan?
Los Infantes d’Aragón
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
¿qué de tanta invención
que truxeron?
¿Fueron sino devaneos,
qué fueron sino verduras de las eras,
las justas e los torneos,
paramentos, bordaduras
e çimeras?
Por si el ejercicio les resultase extremadamente doloroso, prueben con esta descripción, y consejo, de Louis Aragon: La vie est un voyageur qui laisse traîner son manteau derrière lui, pour effacer ses traces. No olviden que, mientras vivamos, mañana será siempre otro día.

España húmeda, España estéril

He aprovechado estos días para hacer breves excursiones por el campo, y me he visto gratamente sorprendido por la abundancia de agua en todas partes; nuestra tierra tiende a convertirse en secarral, de manera que resulta consolador comprobar que cuando llueve todo se renueva, y parece que España se convierte en un paraíso.
Se me ocurre que esta abundancia de agua pudiera servir de metáfora política. Nuestra política es también un secarral: repetitiva, sin grandeza, con un nivel muy alto de corrupción, se reduce a unos enfrentamientos hoscos y bastante primitivos, sin interés, sin capacidad de interesar a la inteligencia ni de mover a la voluntad.
¿Qué le falta? ¿Qué podría ser equivalente al agua, o a su ausencia? Pues que la gente haga bien aquello que, según todos repiten, hacen mal los políticos. Nuestra política refleja muy bien los vicios de la sociedad española y, desde luego, no está en condiciones de servir de ejemplo, pero tampoco la vida española es ejemplar en casi nada. Cuando nuestras empresas, universidades, asociaciones, medios de comunicación sepan ser competitivos, independientes, críticos y decentes, estaremos en condiciones de producir políticos mejores que los que padecemos. Los militantes de los partidos, en particular, tienen mucho que aportar, especialmente aquellos, que los hay y muchos, que están en política por convicciones y no únicamente para trepar por la cucaña.
Ahora nos escandalizamos de los presuntos, y muy probables, delitos de Jaume Matas, pero hay que preguntarse si nadie de su alrededor advirtió nada raro, si nadie fue capaz de advertir lo que podía pasar y evitarlo, entre otras cosas porque si ha robado, nos ha robado a todos.
El agua que necesitamos en la política depende de nuestra voluntad de ser mejores. Lo que nos falta es intensificar nuestra participación en los diversos ámbitos, y hacerlo de manera exigente; sin mejorar en esto, la política española será inevitablemente un secarral.

Las procesiones

El otro día leí unas declaraciones al Der Tagesspiegel de Javier Marías, un escritor de cuyas novelas soy escasamente adepto, con motivo de la publicación de una de sus obras al alemán, ámbito en el que al parecer tiene éxito. Se pronunciaba el autor sobre temas muy diversos, con esa autoridad que, al parecer, confiere la fama. Me llamó la atención el que afirmase que durante la Semana Santa reina en Madrid una “atmósfera intolerante” hacia quienes pretenden sortear los festejos, y que describiese la iconografía de las procesiones de “inquietante”.
Madrid es una ciudad muy grande y desgarbada en la que hay que sortear cosas muy diversas, desde las inagotables e impagables obras de este alcalde, cosa en la que concuerdo con el escritor, hasta un buen centenar de manifestaciones de lo más diverso, las más de ellas promovidas por el poder político al uso con los motivos más variopintos y absurdos. A los madrileños no nos queda más que tener paciencia, ya que no hemos tenido el coraje ni la oportunidad de irnos con la música a otra parte. Sin embargo, decir que hay que sortear las procesiones y que hay intolerancia hacia quienes no participan en ellas me parece bastante extravagante. Tal vez debiera dejarse caer el señor Marías por la cosa del orgullo gay para calibrar un poco las palabras.
Decir que la iconografía es inquietante no me parece tampoco muy atinado. Salvo que el escritor quiera cubrirse con el manto del lenguaje progre (al uso de esa gente cuyo calificativo más gastado es inquietante), no parece que pueda resultar nada inquietante una imaginería más que centenaria; cualquier otro calificativo sería más adecuado que el de inquietante, incluso para manifestar un rechazo similar al de Marías.
¿Será que el novelista está empezando a imbuirse de la cristofobia que ahora está de moda? ¿Habrá descubierto algo tan negativo en la religión como para militar en su contra? Eso les está pasando a algunos intelectuales que se arremangan con argumentos más viejos que el calor, pero venden sus libros como si contaran algo nuevo.
Uno puede estar contra la religión, pero ya es más discutible que se pueda estar contra la libertad de creer de quienes creen. Yo no soy especialmente adepto a las procesiones que me recuerdan algunos aspectos de la religiosidad popular que no me son especialmente gratos, pero no puedo dejar de reconocer que a través de ellas asoman sentimientos perfectamente serios que, aunque no se deban confundir con la religión, son compañeros inseparables, pese a que se puedan manifestar de maneras muy distintas a las de las semanas santas españolas.
De todas maneras, si tuviese que escoger entre ser devoto de La Macarena, o del Cristo de la buena muerte, y la literatura del señor Marías, no experimentaría ninguna inquietud, pero tampoco es el caso.