Un hombre que se lleva los millones

Hay un poema de Cesar Vallejo, “Un hombre pasa con un pan al hombro”, que retrata cruel e irónicamente el absurdo de fingir la normalidad ante cierta especie de sucesos. Lo recordaré entero, porque es bellísimo:
Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su
[axila, mátalo
¿Con qué valor voy a hablar del psicoanálisis?
Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la
[mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después, del infinito?
Un albañil cae del techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso de
[un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va a un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar en la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no‑yo sin dar un grito?
Hay algo que, leyéndolo ahora, llama poderosamente la atención, a saber, que no se refiera a la corrupción política, que no haya un verso que aluda al que abusa de la confianza que depositamos en él para enriquecerse de manera vergonzosa. Yo he recordado del poema al pensar en las noticias relativas a Jaime Matas porque me duele la aparente indiferencia con que los partidos, y en este caso el PP, tratan la corrupción cuando les afecta. Los casos son tan abundantes y tan escandalosos que no se debiera consentir que los partidos no tomasen medidas efectivas para combatir una plaga que es indigna, bochornosa, y letal para la democracia.
Los partidos abusan de la presunción de inocencia, pero sobre todo, no hacen nada para evitar que pase lo que pasa; su condescendencia con la corrupción es, en realidad, la consecuencia de una subversión de fondo del sistema, de la absoluta ausencia de democracia interna, del cesarismo y el autoritarismo de los partidos que se hayan enteramente sometidos al puro capricho de sus cúpulas. En el interior de los partidos no hay competencia política, solo rivalidades personales entre los que están arriba y sus secuaces; así no es posible evitar que muchos metan la mano donde no debieran, y mientras no se cambien los hábitos de funcionamiento de los partidos es ridículo pensar en que la honradez se vaya a imponer por su propios méritos, tan ridículo como sería dejar la casa abierta o con las llaves puestas mientras nos vamos de veraneo.

Grados de maldad

Las películas sobre los errores occidentales en Irak, o, cómo algunos dirían, sobre los crímenes de Bush, son muy abundantes, porque más numerosos son aún los que desean manifestar, sin ninguna restricción, la limpieza de su alma, que ellos son mejores, y que jamás harían nada que atentase a su exigente código moral. Se trata de una viejísima costumbre de las personas decentes, que no son capaces de contener su indignación moral.
Bueno. Pues una de las muchas críticas al payaso de Bush que se pueden ver en la pantalla, es una excelente película de un personaje al que raramente se podría poner de ejemplo de casi nada, pero que suele hacer buen cine. Me refiero a Polanski y a su casi excelente El escritor. Digo que es casi excelente, porque siendo una cinta que mantiene el interés de la intriga, y que está estupendamente rodada, peca de un exceso de simplificación en la solución final, que no cuento para quien quiera verla. Uno puede admitir que la CIA tenga pocos escrúpulos y que, de vez en cuando, haga de las suyas, pero me parece que el caso excede un poco a lo que se podría considerar razonable en cuanto a la maldad.
Ya sé que la CIA no debe gozar de presunción de inocencia, pero tal vez pudiéramos repartir un poco más equitativamente las cautelas a la hora de juzgar a unos y otros. No creo que nadie pudiera escoger a Polanski en función de su ecuanimidad y de la autoridad moral que emana de su conducta y, pese a ello, le concedemos el beneficio de la duda en el caso que se trae con los jueces norteamericanos (que tampoco son exactamente el payaso de Bush).
Hay un momento central en la película en la que el protagonista se defiende vibrantemente haciendo notar que nuestras democracias propenden a perseguir a sus líderes y a santificar a sus enemigos. Algo hay de eso cuando abundan los que pretenden perseguir a Blair (que es modelo en el que se ha fijado el guión), o a Aznar, sin haber dicho una sola palabra contra las atrocidades de Sadam, de los talibanes, o de los Castro. Esta es la ventaja de nuestras democracias, que podemos oír sus argumentos y pedir cuenta a los que se han propasado en algún aspecto, porque es bueno buscar la perfección, y no perder nunca de vista las obligaciones de quienes nos gobiernan, pero sería dramático que nos olvidásemos del riesgo de que esa paja en nuestro ojo nos impida ver la viga en el ajeno.

Kindle para PC

Como cliente de Amazon he recibido un correo que me brindaba la posibilidad de emplear un programa especial para leer los libros de Kindle en el PC. No he comprado un Kindle porque no me gusta el sistema cerrado que impone a sus usuarios y la exclusividad de sus fuentes, aunque ahora ya puede aliviarse usando el dispositivo para leer textos que hayan llegado a un PC por diversos procedimientos; pese a esa posibilidad todavía no me he decidido a comprar un Kindle, y uso a plena satisfacción mi lector Papyre, como saben mis lectores, escasos pero selectos.

Sin embargo, me he descargado el programa de Kindle y he bajado alguno de los libros gratuitos (por ejemplo, On the Duty of Civil disobedience de J. D. Thoreau, que es un auténtico placer) de la biblioteca digital de Amazon&Kindle y tengo que decir que el programa es estupendo, que la lectura es muy grata (siempre dentro de la molestia de las pantallas de PC) y que no descarto usarlo para leer y consultar en el PC mis libros digitales, una vez que haya sucumbido a la compra del Kindle y los haya pasado a través del PC, pero algo es algo.

La hora del planeta

Ayer, unas cuantas ciudades hicieron el ridículo de manera coordinada al apagar algunas iluminaciones monumentales bajo la advocación de una supuesta hora del planeta. Todo es grotesco en una iniciativa como esta, pero es el tipo de espectáculo pretencioso que permite a algunas empresas, como Telefónica, por ejemplo, asomarse al exterior presumiendo de estar a la moda en cuanto a conciencia.
La estupidez nunca ha escaseado en parte alguna, ni en ningún momento, pero jamás ha sido tan celebrada como lo es ahora. Es realmente curioso que una cultura que tantas veces presume de ser crítica y científica, de haber superado los mitos del pasado y el poder de las supersticiones, haya dado lugar a manifestaciones tan solemnes y necias de debilidad intelectual, de cursilería y pretenciosidad.
No pretendo saber nada especial sobre el cambio climático, o sobre el calentamiento global, pero me parece evidente que esas cuestiones se usan como añagazas para que la población aprenda a seguir mansamente cualquier clase de consignas. Es evidente que la globalización ha creado un escenario especialmente apto para la propagación de la necedad, pero me parece más evidente todavía que hay que resistir, tan bravamente como se pueda, el empuje de la tontería y de los nuevos dogmatismos, de esas estúpidas religiones que ahora se llevan. Y, de paso, no estaría mal que empezásemos a castigar a las compañías que, como Telefónica, pretenden apuntarse a este bombardeo para mejorar su imagen de modo que puedan ocultar con mayor facilidad las múltiples mañas que emplean para abusar de los consumidores y burlarse de sus obligaciones con los clientes.

Acto final, el desvelamiento

El triple laberinto en que ha venido a parar la industriosa y telegénica actividad judicial de Garzón, esta sirviendo para desvelar muchas cosas de las que nadie se atrevía a hablar. Estamos asistiendo a escenas memorables, a momentos en que, desprendidos de sus disfraces, muchos se quedan en cueros. Los partidarios de que Garzón esté para siempre y por derecho más allá del bien y del mal, por encima de cualquier ley, ya no saben qué decir. Sólo un supremo esfuerzo de voluntad, un empeño en la movilización, les está dando esa energía agónica que, ordinariamente, concluye en el ridículo, porque nada hay más necio que el despelote cuando se ha ejercido siempre de maestro de ceremonias, de arbiter elegantiarum.
En esencia los argumentos de los garzonistas se reducen a proclamas literalmente orwellianas, sin ironía, de forma desnuda, como si no hubiesen leído al inglés.
El primer argumento es contra la igualdad. Garzón es más igual que los demás, de manera que no puede ser juzgado como un igual, ni por los iguales.
El segundo argumento es contra la ley, porque si la ley sirve para culpar a uno de los nuestros, no es una ley, sino una infamia. En cierto periódico añoran los tiempos en que, Garzón mediante, se pudo poner en píe semejante principio para mayor gloria de su dueño.
El tercer argumento es intencional. Esta vez olvida no a Orwell, sino a Juan de Mairena, al que, de todos modos, tenían ya muy olvidado. La verdad solo es la verdad cuando la diga Agamenon o bien, en su caso, el porquero, según se establezca, pero quedando claro que nunca puede haber una verdad que esté por encima de la distinción, que afecte a los que son más iguales, a los nuestros, a Garzón.
Que puedan sostener todo esto sin que se derrumben es, seguramente cuestión de tiempo, aunque, como todos los fanáticos, persistan en sostener que, en realidad, es cuestión de bemoles. Es este refugio en el bunker de la insolencia y la fuerza bruta lo que me parece más revelador, más dramático.
Que parte de sus desgracias, aunque no todas, tengan su origen en demandas de grupos que se sienten herederos de doctrinas que pretendían que a los pueblos los mueven los poetas, no deja de ser enormemente irónico. Ese aire de justicia poética, que a veces adorna el final de algunos bribones, es, en todo caso, irrelevante, porque después de las fantochadas de la justicia retrospectiva, vendrán las cartas amistosas sugiriendo elegantemente contraprestaciones intelectuales a precio de saldo, y el pisoteo de los procedimientos y las garantías por sus guardianes.
¡Qué espectáculo ver a quienes presumían de ser los más ardientes defensores de la democracia ciscarse en sus proclamas! ¡Qué lección de realismo ver a los poderosos de antaño y sus corifeos de hogaño defender a sus perros guardianes y olvidarse de la seguridad pública! ¡Qué carnaval tan prodigioso! ¡Qué alegría va a dar ver en la calle a las fuerzas, sindicales, por supuesto, del progreso y de la cultura pasando revista por la asistencia para evitar el descuelgue de los más tímidos!
Tampoco conviene que exageremos el festín que nos espera, porque lo mismo interviene ZP, con o sin ayuda de Chavez, y emite un ukasse para que nada sea lo mismo que parecía ir a ser. Son expertos en hacerlo, y lo mismo hay cualquier sorpresa, aunque parte de los especialistas en maniobras en la oscuridad y en efectos pirotécnicos no sean precisamente entusiastas del vilipendiado.

¿Un país descabezado?

Cesar Alonso de los Ríos afirma en Factual que España es un país descabezado. Sin disentir del diagnóstico, me pregunto cuáles serán las causas. Mejor dicho, no haré preguntas que puedan sonar a retórica. Me referiré a una noticia que ayer contemplé en el Diario de la noche de Telemadrid, por si de ahí se puede sacar alguna conclusión sobre el descabezamiento. La estupenda Ana Samboal le hacía una entrevista a Jesús Neira, un personaje que, imagino que muy a su pesar, está a medio camino entre la prensa rosa, el batiburrillo político y la Teoría del Estado, como él la llama. El motivo era la publicación reciente de un libro del profesor Neira, España sin democracia. ¿Cómo es posible que se piense que el país está descabezado si nada menos que un Telediario entrevista al autor de un libro sobre una cuestión tan palpitante? Me temo que Cesar debería revisar su diagnóstico. Un país en el que un profesor es inmediatamente entrevistado en uno de sus telediarios de referencia, a nada que publica un libro en una editorial prestigiosa, no es un país descabezado, no señor.

El Marqués del Bernabéu

Buena parte del siglo XIX estuvo marcado por los manejos del Marqués de Salamanca, un personaje que se hizo de oro en su camino de la política a los negocios llegando a reunir una de las fortunas más colosales de la época. Es curioso que dos de sus características básicas, el engarce político y el negocio inmobiliario, estén presentes en varios de los personajes que han hecho su agosto en la democracia. Se ve que, en muchos aspectos, se puede decir que todo ha cambiado para que todo siga igual.
Nuestra democracia empieza a exhibir algunas de las lacras que minaron la imagen de la Restauración, que impidieron la maduración y consolidación de una democracia liberal sólida, y que, a su modo, hicieron posible el desastre de la República y, después, la guerra. Los que creemos en la libertad y en las posibilidades de una democracia española, tenemos serios y abundantes motivos para preocuparnos por muchos de los fenómenos que atenazan la política española, por la miniaturización de la democracia que consienten y promueven las cúpulas de los partidos, por la colisión entre las oligocracias y los poderes económicos, por la insólita fecundidad del cainismo ideológico, y por el desparpajo con el que los poderes de facto perpetran sus fechorías al margen de cualquier debate, sin la menor trasparencia y con absoluto desprecio de la opinión pública.
Ayer fue un buen día, en medio de tanto desafuero.  Ocurrió que,  sin que yo sepa muy bien cómo, una cierta rebelión  de algunos diputados de por aquí y de por allá impidió que se colase de rondón la llamada “enmienda Florentino”, una modificación aparentemente menor de ciertas normas de las sociedades anónimas capaz de alterar profundamente el equilibrio de poder en el seno de algunas de las grandes empresas españolas. El gobierno que apoyaba la jugarreta tuvo que replegar velas. Fue uno de eso días en que pareció que el Parlamento pudiera servir para algo.
Confieso que no me siento capaz de argumentar ni a favor ni en contra de la tal enmienda, que no me atrevo a decir si es razonable o no que las cosas sigan como están, o que cambien. La cuestión, que será importante, sin duda, no es esa.  Lo importante es que, aunque sea solo por un día, el Parlamento dio la sensación de que no era una mera caja de resonancia de lo que se decidía en Moncloa y que, por esta vez, los genios de la negociación por debajo de la mesa, parecían quedar burlados. Veremos, no obstante en qué acaba la cosa.
Se trata de una pelea entre grandes saurios, apenas hay duda, de manera que sería muy ingenuo convertir este enfrentamiento en una batalla entre el bien y el mal, pero, a pesar de los hábiles visitadores y de sus infinitas tretas, por un momento le hemos visto el gaznate a uno de esos poderes en la sombra que nunca dan la cara, que se limitan a mandar y poner la mano para acrecentar sus fortunas, mientras se ciscan en la democracia, en el derecho y en el bien común. Siempre han existido y siempre existirán, siempre habrá marqueses de Salamanca que transiten del Banco al Palacio,  y del Palacio al Banco, sin ningún escándalo de la Monarquía que jamás ha existido  para promover la decencia y la equidad en los negocios, pero que una democracia que se precie mire para otro lado es un síntoma gravísimo de deterioro mortal. Ayer nos libramos de milagro de otro fichaje estrella del Marqués del Bernabéu, pero veremos lo que dura. 

El arbitrismo y la política

El DRAE ofrece una definición excelente del arbitrista: “Persona que inventa planes o proyectos disparatados para aliviar la Hacienda pública o remediar males políticos”. ¿Les suena? Una de las primeras críticas al arbitrismo se encuentra en la literatura política de Quevedo, en su burla de los «locos repúblicos y razonadores» que, ante un panorama desastroso pergeñaban remedios sencillos e infalibles, pero perfectamente inanes.
El arbitrismo común es una mezcla indiscernible de bondad e ignorancia, un intento, meramente verbal, de acabar por las bravas con las cosas que van mal; si no llega a plaga, es un mal de naturaleza relativamente benigna, cuyo mejor diagnóstico está en la definición de Mencken: “Hay una solución fácil para todo problema humano: clara, plausible y equivocada”.
Lo peculiar es que ahora el arbitrismo se ha instalado en el Gobierno lo que no hace sino potenciar el más negro de los pesimismos. La gente sabe bien que los ciudadanos se pueden permitir las salidas de pata de banco, porque todo queda en un desfogue sin consecuencias, pero siente la tenaza del terror en torno a su cuello cuando ve que el gobierno desvaría, que sigue diciendo bobadas y esperando a que otros nos saquen del bache en que él nos ha metido.
Zapatero ha gobernado este país durante seis largos años con el manual del arbitrista creativo en la mano, lo que le ha llevado a actuar, como si su palabra fuese milagrosa. ZP no ha dejado nunca que los expertos le expliquen nada, de modo que siempre ha estado listo para decir cualquier cosa, para negar la crisis, o para afirmar que ya está acabando cuando apenas ha empezado. Mientras duró la cara amable de la economía, el arbitrismo de ZP podía ser visto como algo relativamente tolerable. Daba lo mismo que el gobierno perdiera el culo gallardamente saliendo de Irak (intentaron darle medallas, imagino que pensionadas, al ministro-jefe de la operación), o que se propusiera una célebre alianza de confusiones. Todo iría bien mientras la fiesta continuase. Y así cayeron sobre nosotros los tripartitos, los procesos de paz, una serie de maravillosas leyes sin fondos, el bachillerato sin exámenes, una política exterior surrealista, las subvenciones hasta para pedirlas… y la paz sindical.
Dada la situación en que nos encontramos no debiéramos extrañarnos de que, con el ejemplo risueño del presidente, el arbitrismo de los españoles esté alcanzando cotas memorables. Tanto quienes le votan como quienes le detestan han sido envenenados por la flojera mental de nuestro líder.
A una porción cada vez más alta de españoles les aburre la política y están empezando a no esperar nada de ella, pero no se dan cuenta de que esa actitud es la que proporciona un fundamento muy sólido al comportamiento rácano de los políticos, a que se dediquen a ver cuándo pasa el cadáver del enemigo, mientras la gente lo pasa realmente mal. Esto nos ocurre por haber empezado la casa por el tejado, por haber aplaudido con exceso a una democracia con serias limitaciones, por tolerar un partitocracia descarada y abusiva. Hay que volver a empezar, desde abajo, sabiendo qué queremos defender y qué combatimos, pero no hay otro remedio que hacerlo a través de los cauces actuales, por atascados y estrechos que sean. Hay que romper con la tendencia a degenerar que se apodera de nuestras instituciones, y hay que hacerlo presionando a los partidos, desde dentro y desde fuera, y creando un nuevo tejido ciudadano y político capaz de romper con la política ritualizada y sin nervio que se lleva en España.
Tenemos por delante dos caminos; el uno lleva a la continuidad, a cohonestar el paquete de desastres que se han hecho contra la libertad y el buen sentido; el otro es más exigente porque supone que los ciudadanos se movilicen, que aprendan a defenderse, que no se conformen con aplaudir, y no den su voto de manera rutinaria siempre a los mismos. Hay que aprender a castigar en las urnas para que los políticos, que no son tontos, caigan en la cuenta de que sus poltronas están en riesgo, y que pretendemos obligarles a ganarse el sueldo.
Se trata, pues, de hacer política, de trabajar desde donde se está por un país más decente, más libre y más eficiente. Los aparatos de los partidos no tienen la exclusiva de la política y, además, son miedosos, temen que se acabe el chollo, pero los ciudadanos no tenemos nada que perder. Solo desde abajo, con el empeño de quienes no quieran consentir los abusos, se podrán hacer de verdad las graves reformas que el país necesita, y que los políticos tratan de evitar.
No conviene olvidar que la política es siempre un reflejo de la sociedad y que, cuando no nos guste lo que vemos, no hay que romper el espejo, sino tratar de arreglar la realidad que refleja. Ahora estamos en un período de calma chicha, pero lo que no se haga ahora no servirá luego, cuando las urnas recuperen todo el espacio y otra vez haya que votar con la nariz tapada.

Zapatero ataca de nuevo

El Presidente de todos los españoles ha visitado Cataluña para inaugurar algo que todavía no funciona, así que no se acuse al gobierno de lentitud. A su llegada alguien le ha preguntado si traía algún “regalito”, se ve que cae bien por allá. Me temo que esta vez no se haya llevado nada, porque hasta un manirroto como éste tiene, de vez en cuando, que caer en la cuenta de que se ha quedado sin blanca; sin blanca, puede, pero sin labia, ni muerto: así pues, a falta de donativo, debió de pensar que bien pudiera valer un chascarrillo político, de manera que su boca profirió una de esas sentencias que le han hecho justamente famoso declarando que “no le produce «inquietud» que Cataluña se defina como nación en su Estatut”, para decir a renglón seguido algo confuso que parece significar lo contrrario.
Hay que reconocer que, en circunstancias normales,  sería  reconfortante tener un presidente que no se inquiete por nada. Pero si la situación es de zozobra, como lo es, un imperturbable tiene mucho peligro, y ese es el caso. Tan no se inquieta que no se entera de nada, que va por el mundo subido en sus monsergas y tan pronto afirma que no hay crisis económica como que ya (¿cuándo, según él?) hemos pasado lo peor. En realidad, que Zapatero no se inquiete resulta inquietante, porque indica que la Constitución le da algo de risa, sobre todo si se quiere emplear para poner freno a sus caprichos. Claro que a estas alturas ya sabemos que a Zapatero las ideas le sirven para hacer trabalenguas y que no se toma en serio nada, salvo su poder. La Constitución española dice lo contrario, exactamente lo contrario, de lo que dice el Estatut y ya va siendo hora de que el TC se moje, aunque se inquiete Zapatero. 

Galeanos de todos los países

He visto hace unos días Eduardo Galeano en una tele, pontificando, como es lógico. Galeano parece un tipo valiente, de manera que no se privó de informar a los que estábamos viéndolo de lo injustos que estamos siendo en España con el juez Garzón. Tomen la lección de un gran sabio, de uno de esos que solo habla de lo que saben. La verdad es que estoy de acuerdo, pero al revés. Me parecieron admirables la sinceridad y la audacia de Galeano al mostrar sus simpatías pro Garzón en una de las teles del grupo Prisa. ¡Qué bonito es acudir en auxilio del vencedor cuando estamos en su casa!
La entrevista me hizo acordarme de algo que me llamó la atención al leer un libro de Galeano sobre el fútbol. El libro es un rimero de anécdotas más o menos hiladas que no ocultan del todo la admiración galeana por este juego. Esta escrito como una especie de almanaque. Galeano hace un alto algo más amplio que el que hace tras cada capítulo a la hora de introducir la conmemoración de cada uno de los mundiales. El autor se suelta el pelo con ese motivo y nos da unas gotitas de su visión más general, de cómo está el mundo y esas cosas.
Lo que me llamó la atención es que, a partir de los sesenta, repetía en cada repaso a uno de los mundiales una frasecita pretendidamente irónica y mordaz con la oposición a Castro. Pensé que, al acercarse al presente, Galeano se tomaría más distancia con la obra de Fidel, pero no, sigue haciéndole los coros.
Ya dije que Galeano me parecía un valiente, y esta fidelidad a Fidel lo demuestra, casi tanto como atreverse a hablar bien de Garzón en la tele de los Polancos. Da gusto ver a estos izquierdosos valientes y sinceros remar siempre a favor del agua. Lo que nunca entenderé bien es porque no se han ido todos a Cuba a trabajar para el partido o para el propio Fidel; supongo que tendremos que pagarles el sacrificio que han hecho por nosotros quedándose en sociedades capitalistas que se atreven a juzgar a jueces de su cuerda.