¿Seguro que nos parecemos a Grecia, don Mariano?

Ser líder de la oposición parece un oficio duro, y Mariano Rajoy está dando pruebas de aguante, aunque no tanto de acierto. Siempre he pensado que Rajoy podría ser un buen presidente de gobierno, de manera que me encalabrino cuando creo que lo que hace prorroga el mandato del presente.
No entiendo que Rajoy se empeñe, como hizo ayer, en insistir en lo mucho que nos parecemos a Grecia; no es que no sea verdad, que desgraciadamente lo es, sino que no creo que Rajoy, ni nadie de los que desean su triunfo, gane nada diciendo lo que ha dicho, por cierto que sea. El papel de un líder de la oposición no es tanto decir verdades, ni siquiera las del barquero, como ganar la voluntad de los ciudadanos e inspirar confianza. ¿Es que cree Rajoy que los españoles no saben ya que ZP es una pesadilla? Lo que a Rajoy tiene que preocuparle es que los ciudadanos le vean a él como una esperanza, no como un agorero, aunque sus vaticinios puedan ser más ciertos que la muerte y los impuestos, como decía Benjamin Franklin.
¿Es que no tiene gente que le haga esos papeles de chico malo? ¿No tiene nadie que le sugiera decir cosas que movilicen al público y no cabreen al personal? Yo me apuntaría, porque no me parece difícil mejorar el rendimiento de su gabinete, si es que lo tiene.
Digo lo de Grecia, para no hablar de cómo se ha llevado lo de Correa y compañía, caso en el que se ha seguido la estrategia de decir lo contrario de lo que se hace y hacer lo contrario de lo que se dice. ¿No hemos quedado en que el PP no tiene nada que ver? ¿A qué vienen entonces esas defensas de gentes que no lo merecen? Y claro, el público, que para estas cosas no es tonto, se fija en lo que hacen, más que en lo que dicen.
Me parece que Rajoy podría ser mejor que su entorno, del que juzgo por sus frutos, pero me temo que con estos auxiliares se pueda quedar para vestir santos. El colmo sería que alguno de ellos quisiera heredarle. No estaría mal, de cualquier modo, que echase un vistazo de lo que apunta por Inglaterra: los electores se están cansando de los unos y los otros, de manera que hay que aplicarse.

Poder absoluto

En 1996, Clint Eastwood dirigió una de sus indiscutibles obras maestras, Poder absoluto, una historia protagonizada por un ciudadano escasamente ejemplar, una especie de ladrón honrado, que no se rinde ante el poder, pero sí cree en la democracia, un tipo raro, vamos. Resulta evidente la parábola política de Eastwood, un republicano en cualquiera de los sentidos del término, poco dado a la lisonja con los excesos de poder. En su película, Allen Richmond, el presidente americano, magistralmente interpretado por Gene Hackman, trata de librarse de las consecuencias de un crimen pasional haciendo uso de la protección excepcional que le confiere su cargo. Pero la presión conjunta de un policía honesto, y el ladrón que ha sido testigo oculto del delito, acaban por provocar el suicidio del presidente y la detención de quienes fueron más fieles al poder que a las leyes de la democracia. El espectador comprende que un ladrón resulta más decente que el político que miente y abusa de su poder, poniéndose por encima de la democracia y de la ley.

Nuestra cultura política no ha sido proclive a las cautelas para combatir las patologías típicas del poder. Aquí las leyes prevén la excepción para el que está arriba, el aforamiento, la inimputabilidad incluso. La tradición anglosajona, en la que alguna vez se cortó la cabeza a un rey rebelde, es mucho más cuidadosa, y parte de que una de las cosas que hay que prevenir es la desviación y el abuso de poder, porque el poder corrompe siempre, y el poder absoluto corrompe absolutamente, como decía Lord Acton.
Nuestro risueño presidente no cree que sul poder deba reconocer límites. Quizá sea esa una de las pocas características que comparte con algunos de los socialistas más veteranos, la convicción de que la legitimidad de los electos, siempre que sean de izquierdas, no consiente límite alguno. Por eso recurre con facilidad a medidas que ponen en riesgo la estabilidad del sistema, con tal de que lo consoliden a él. Zapatero cree que, así como el Rey Sol pudo decir aquello de “L’Etat c’est moi”, él puede actuar como si lo que le conviene, fuese bueno para todos.
Una de las formas de corromper la democracia es la provocación del exceso. Eso es lo que Zapatero ha hecho casi sistemáticamente desde que llegó al gobierno; su menosprecio absoluto por la tradición liberal, por el respeto al buen sentido, le han permitido decisiones que nadie con buen discernimiento hubiera tomado, al menos de esa manera. Su sentada ante la bandera americana, y su retirada desleal de las tropas en Irak, no se han curado con oraciones hipócritas a la vera de Obama. Su apuesta insensata por un nuevo Estatuto catalán que solo servía, en realidad, para sentarse más cómodamente en la Moncloa, le ha dado incontables disgustos, menos en cualquier caso que al conjunto de los españoles. El 6 a 4 del Tribunal Constitucional, por provisional que sea, ha debido de sentarle, por cierto, como un rejón ardiente, y ha servido para mostrar que quedan en algunos sectores de la izquierda las dosis de racionalidad y patriotismo necesarias para que pueda resurgir tras las ruinas irrecuperables que dejará Zapatero.
Tal vez sea su conducta ante la crisis económica lo que mejor muestra su convicción de que el poder es absoluto, o no es nada. Por increíble que resulte, ha actuado siempre como si la crisis no tuviese nada que ver con la acción del gobierno, como si bastaran unas consignas suavemente bobas para que el país se recuperare; cuando ha visto que eso no ocurre, y que su cotización electoral está severamente en riesgo, ha hecho lo que hacen todos los iluminados: huir hacia adelante, tratar de poner al país en píe ante las amenazas de la derecha, ante la vuelta de Falange, ante la resurrección de Franco.
No se trata ya de un prurito izquierdista y radical; se trata de una voluntad decidida de reescribir la historia, de ganar la guerra que se perdió, de borrar las huellas morales de la transición, de romper los falsos consensos en que, a su juicio, se ha fundado nuestra democracia, un sistema falseado en que, ¡por dos veces!, ha podido ganar la derecha. De momento parece guardar alguna de las formas más elementales, pero veremos a dónde llega si las encuestas, y la tozuda realidad, le siguen siendo adversas. No me cabe duda de que de poder actuar como la Reina roja ya habría cortado algunas cabezas, y que de su fecunda imaginación surgirán algunas leyes de excepción, si el caso lo requiere, que se aprobarán mansamente por los diputados que apacienta, y por las minorías que han hecho de la carroña política una de las bellas artes.
Con las dificultades y matices del caso, una minoría valiente de jueces ha podido librarnos de un dictamen melifluo y favorable a la mayor serie de disparates que haya aprobado nunca un parlamento español. Con ser ejemplar esa conducta, no es suficiente. Muchos son los que tendrán que hacer algo más para acabar con esta quimera de poder absoluto.

El estúpido prestigio de la ambigüedad

Una de las costumbres más idiotas de una buena mayoría de políticos, y hay donde escoger, es la de hablar de una manera indeterminada cuando es obvio que se refieren a una situación particular. Yo no sé exactamente que pretenden, pero sí estoy cierto de que han conseguido que esa estúpida manera de hablar se imite y se contagie.
Por ejemplo: uno del PP está hablando de corrupción, y en lugar de decir que también hay casos en el PSOE, dice algo así como “no somos los únicos afectados, porque también hay casos en otros partidos que se han financiado ilegalmente, lo que no es nuestro caso”, aunque, en general, lo dirán de manera más embarullada y menos comprensible. Lo normal sería que dijesen simplemente: “el PSOE debiera estar callado porque en esto de la corrupción son imbatibles”, pero eso debe parecerles poco general, escasamente ilustre.
Amando de Miguel inventó el término politiqués para referirse al extraño lenguaje de la tribu partidaria. La cosa no ha cesado de empeorar dese entonces. Para que vean que no exagero, les cuento lo que he leído hoy en un blog de El Confidencial: un forero hablaba de que “se están quemando sedes de partidos” cuando se refería, obviamente, a que se había tirado un coctel Molotov contra una sede del PP, concretamente en Galicia. Me viene a la cabeza la broma del gran Miguel Gila : «Aquí alguien ha matado a alguien y a mi no me gusta señalar». En este país tan raro, la imprecisión, la ambigüedad, el barroquismo chapucero, la generalización sin ton ni son, y el hablar de oídas, siguen teniendo premio: así nos va. Lo único que hay detrás de todo esto, además de estupidez, es miedo.

El descrédito

Una de las últimas cosas que se me ocurrirán, mientras me quede un adarme de entendimiento, es hablar de economía; no es una virtud innata, no se crean, sino un hábito saludable, pero adquirido a base de meteduras de pata gloriosas.
De la política sí me atrevo a hablar, más que nada porque me gusta, porque tampoco estoy seguro de saber nada medianamente bien, cosa que creo le pasa a mucha gente, también a los economistas serios, en lo que consideran su terreno. Bueno, a lo que iba. Hoy me han hablado de que España puede entrar en barrena en los dos próximos meses, si se comprueba que el gobierno sigue tirando de déficit de manera desbocada; si es verdad, mejor será que no lo comprueben, porque no le veo a ZP ahorrando, tampoco a ninguno de los 17 reyes de taifas, ni a ningún munícipe, para decirlo todo.
Si entrásemos en el descrédito exterior, lo que haríamos es proyectar hacia fuera el enorme descrédito que nos traemos entre nosotros. A mí me parece que no es un problema financiero, aunque también lo será, sino que estamos en una de esas situaciones en que hay que salir corriendo y nadie se arranca; todo el mundo parece pensar que a él no le va lo de la crisis, y pretende seguir viviendo como si nada. Nuestro único remedio sería un gobierno que nos metiese algo de miedo y diese algo de ejemplo,… bueno o el descrédito, el shock que venga de fuera y no deje títere con cabeza. Hay que estar atentos, porque luego se amontona la gente en los aeropuertos y no hay manera.

El buscavidas

En una extraordinaria película de Robert Rossen, Paul Newman encarnaba a la perfección el arquetipo de un perdedor arriesgado al que, pese a su extraordinaria habilidad como jugador y a su escasez de escrúpulos, las cosas le acababan yendo muy mal.
Aunque puede que sorprenda a mis selectos y amables lectores, esa es la imagen que se me ha venido a la cabeza al pensar esta mañana en alguna de las últimas fechorías de nuestro presidente. Dos magníficos comentaristas, Jesús Cacho en El Confidencial, y Enric Juliana en La Vanguardia, me han sugerido la comparación con el antihéroe de Rossen/Newman para comprender a Zapatero.
La clave de una metáfora tan inhabitual estaría en la incapacidad de ZP para aprovechar sus momentos de suerte, en su fascinación por el desastre y el abismo, su empeño en negar lo evidente. Juliana ve un estado descompuesto y sin liderazgo, Cacho se pregunta hasta dónde podrá llegar nuestro buscavidas para seguir en el poder. En ambos casos hay un factor común, falta gobierno de las cosas, aquí no manda nadie, pero el buscavidas seguramente esté encantado de que todo gire en torno a sus bravatas, aunque las instituciones se estén devorando unas a otras a causa de sus ocurrencias.

El bloqueo

Ayer mientras hablaba con un grupo de amigos, entre los que creo que no hay ningún tonto, afirmación arriesgada en cuanto se pasa de tres personas, uno de ellos me preguntó sobre las implicaciones éticas de firmar un manifiesto contra Cuba, es decir, contra el castrismo. No soy ninguna autoridad en ética, aunque, profesionalmente hablando, fuese el más cercano de los presentes a esa clase de cuestiones. Traté de averiguar qué quería decir exactamente mi amigo al interrogarse por las implicaciones éticas de una firma contra el castrismo, pues a primera vista no se me alcanzaba ningún problema, tonto que es uno.
Enseguida apreció la cuestión del bloqueo. Pregunté cuál era la relación entre el bloqueo y la existencia de presos de conciencia, sin obtener ninguna respuesta concluyente. Dije que tal vez el bloqueo pudiese explicar, por ejemplo, la escasez de maquinaria, pero que no era capaz de ver su relación con la práctica de detener a personas por su opiniones, o con la vieja costumbre, anterior a cualquier bloqueo, de no celebrar elecciones libres, y haber laminado cualquier forma de poliarquía. Se habló entonces de las repercusiones morales de apoyar a los de Miami, lo que al parecer se tiene por algunos como algo muy siniestro. Yo mostré mi asombro por imaginar que la disidencia cubana viviese en la abundancia, y les hablé de mis modestísimos esfuerzos por ayudar a que les lleguen algunos libros, ordenadores usados o alimentos. Algunos me miraban perplejos, como si el primer mandamiento consistiese en condenar siempre los Estados Unidos, cosa que no creo.
No pude dejar de observar que pudiera ser que, más que un manifiesto contra el castrismo, estuviésemos asistiendo a un cierre de filas de cierta izquierda para apuntarse el éxito de su derribo, ahora que es algo menos improbable. Algunos son especialistas en quedar siempre en buen lugar, pero, pese a eso, sean bienvenidos como trabajadores de la última hora a una causa evidente, aunque ya vieja.
Luego me quede pensando en el bloqueo, en el bloqueo que pueden producir en gentes habitualmente despiertas algunas consignas, ciertas ideas sobre la perversidad moral del capitalismo, el deseo de mantener en pie la ficción de que algo de lo que pueda quedar en Cuba tenga que ver con ideales evidentes, sublimes, más allá de cualquier análisis. Eso sí que es un bloqueo, el mejor invento de Castro desde Sierra Maestra.

De nuevo sobre el ISBN

Cuando se publica una edición digital de una obra cualquiera, las burocracias, siempre tan imaginativas, han resuelto que debe llevar un ISBN, si es que quiere ser un libro. Lo curioso es que ese ISBN debe ser distinto para la edición digital que para la edición impresa, es decir que para los burócratas, un libro digital, y esa misma obra en papel, son libros distintos.

Está claro que el concepto de libro de los rectores del ISBN es bastante absurdo. ¿Qué diferencias hay entre una versión digital de Marinero en tierra, por ejemplo, y cualquier edición en papel de ese poema de Alberti? Ninguna, si nos atenemos a lo que el poema es, un ciento, si consideramos que un libro es un fajo de papeles con manchas de tinta; ahora bien, si así fuese, si un libro se redujese a ser un objeto físico, deberíamos caer en la cuenta de que ningún ISBN nos garantiza la identidad de su contenido, pues son infinitas las circunstancias y las erratas que pueden alterarlo.

Lo que resulta decisivo en un libro es aquello que dice, no el formato con el que pueda leerse. Eso favorecería que, en las actuales circunstancias, en plena era digital, fuésemos cayendo en la cuenta de que el ISBN, o cualquier otro marbete alfanumérico que lo pueda sustituir, lo que realmente hace es señalar una obra original, una identidad lógica, y que esa obra distinta a cualquier otra, pueda ser leída de formas distintas, en papel y en pantalla, por ejemplo, para nada afecta, como tal, a su mismidad; que el ISBN de un libro digital sea distinto del correspondiente a esa misma obra es, simplemente, un disparate fruto de una confusión. En realidad las ediciones digitales no necesitarían para nada un ISBN, pero puestos a dárselo, lo lógico es que lo hubiesen compartido con sus análogos de papel.

¡Qué alivio!

Al conocer la declaración de Garzón ante el Supremo según la cual, el señor juez no ha recibido ningún dinero del Banco que gobierna el señor Botín (¡qué nombre para un banquero!), se ha adueñado de mí un gozo indescriptible.
¡Qué contraste de sutileza frente a los argumentos romos de los soviets de obreros e intelectuales reunidos en la UCM con Berzosa a la cabeza! ¡Así da gusto!
Para que lo entiendan todos: que el señor Garzón cobre una modesta cantidad de dinero de la Universidad de Nueva York, que coincide casualmente con la cantidad que el señor Garzón le había pedido al banquero Botín, no significa de ninguna manera que el señor Botín haya pagado favores del señor Garzón, ni que el señor Garzón haya cobrado dinero del señor Botín.
El día que se aplicasen estas doctrinas tan sutiles e ingeniosas acabaríamos con la corrupción. Por ejemplo nunca se podrá probar que un preboste cualquiera, haya cobrado dinero de un constructor por hacer algo que no debiera, porque seguro que, de haber habido cobro, que esa es otra, hubiera sido por algo perfectamente razonable, un acto mercantil perfectamente legal y completamente amparado por la presunción de inocencia, faltaría más.
Es por falta de sutileza por la que se han iniciado grandes desastres en la historia, por ejemplo, la cosa de los protestantes, que no entendían que el Papa no vendía indulgencias, sino que, por un lado, recibía limosnas, y por otro, propiciaba los favores eternos.
El pensamiento moderno se suele recrear en la sospecha, pero no me parece que eso sea aplicable a un caso que se ha desarrollado tan a las claras. ¿Cómo iba Garzón a pedir dinero a Botín de manera tan ostensible si sospechara que alguna mente fascista y corrompida fuere a interpretar una acción tan filantrópica de manera torcida? Lo que ocurre con la gente inocente es que, de vez en cuando, se ve atrapada por los malos pensamientos de gentes corruptas, incapaces de ver la nobleza de las intenciones y la limpieza de las ejecutorias. Garzón fue a predicar a tierra de infieles, un acto valiente y gratuito, fruto de su inextinguible generosidad para con los perseguidos, y ha sido una mera coincidencia que el Banco, siempre interesado en la cultura, le haya dado a la universidad un dinerillo, menos de medio millón de dólares, que no es nada comparado con la justicia universal, y que luego esa institución, también del modo más inocente, aunque un poco torpe, le haya pagado esa misma cantidad, un estipendio modesto, al fin y al cabo, al señor Garzón. Bastará con probar que los cheques fueron distintos para que se disuelva cualquier equívoco. ¡Qué alivio! Ya solo quedan un par de malentendidos.

La disonancia moral de cierta izquierda

Cualquiera que haya reflexionado mínimamente sobre lo difícil que resulta cambiar los hábitos de conducta, reconocerá el acierto de aquella afirmación del Príncipe de Lampedusa, según la cual es preciso que todo cambie para que todo siga igual. En particular son muchos los españoles que, acostumbrados por nuestra larga tradición católica a plantear las cosas en términos teológicos, como una lucha entre el Bien y el Mal, emplean de manera bastante inconsciente esa contraposición para juzgar los acontecimientos políticos, y caen como pardillos en la trampa de promover en la práctica aquello que creen detestar en la teoría. Este fenómeno que se conoce como disonancia cognitiva, puede resultar sorprendente a los poco avisados, pero es muy fácilmente identificable para cualquiera que se dedique a los estudios sociales. Pondré un par de ejemplos muy fáciles de comprobar; un cierto porcentaje de votantes de izquierda se identifican como liberales en las encuestas del CIS, aunque, en la práctica, voten políticas explícitamente antiliberales.

Hay un ejemplo muy reciente y, dicho sea de paso, más doloroso, de esa disonancia. Apenas puede haber alguna duda de que si se preguntase a los españoles, en especial a los de izquierdas, si son partidarios de alguna clase de privilegios, contestarán con una rotunda negativa, y es incluso probable que se sintiesen agredidos por la mera pregunta. Y, sin embargo, buena parte de esos decididos enemigos, supuesta y radicalmente opuestos a cualquier privilegio, no dudan en defender determinados privilegios cuando el caso, por las razones que fuere, les pueda convenir. Piénsese, por poner un ejemplo muy obvio, en la oposición de ciertos sectores de izquierda a alguno, o a todos, los procesamientos que amenazan al juez Garzón. Nadie lo dice de manera abierta, pero tras muchos de los argumentos que se han empleado en su defensa, se esconde una doctrina absurda y contradictoria que todos ellos rechazarían si se les preguntase abiertamente por ella. La doctrina que dicen defender se podría formular del siguiente modo: “todos los españoles son iguales ante la ley”, pero lo que de hecho defienden con su oposición al procesamiento del conocido juez, es un argumento que se expresaría mejor del siguiente modo “todos los españoles son iguales ante la ley, salvo que se trate de juzgar a quienes tenemos por un héroe, por un santo o por un símbolo”. También dirían que están de acuerdo con que “todos los españoles tienen el derecho de acceder en condiciones de igualdad a la justicia”, pero en la práctica defienden con rotundidad una versión totalmente diferente del principio, a saber, “todos los españoles tienen el derecho de acceder en condiciones de igualdad a la justicia, salvo que sean de extrema derecha, o pretendan juzgar a un intocable”.

Estos supuestos izquierdistas que se dejan dirigir por argumentos de calidad intelectual enteramente impresentable, están haciendo realidad en la práctica el principio totalitario que tan brillantemente satirizó Orwell en su Rebelión en la granja: “todos los animales son iguales, aunque unos son más iguales que otros”.

La izquierda debería alarmarse de que cualquiera de los suyos emplease argumentos tan obscenamente opuestos a una igualdad esencial para cualquier demócrata, la igualdad ante la ley. El problema está en que muchos supuestos izquierdistas siguen pensando en términos teológicos, que aprendieron en la época franquista, y creen todavía que sólo la verdad tiene auténticos derechos; naturalmente no se les pasa por la cabeza ni el absurdo de esa idea, ni la estupidez de pretender que solamente ellos están en esa supuesta verdad. Para esta gente, la alternancia democrática es un invento de Satanás y, consecuentemente, dedican gran parte de sus energías a atacar a cualquiera que parezca una amenaza a sus derechos imprescriptibles a imponerse.

Pensar por cuenta propia suele ser psicológicamente muy costoso, puesto que nos señala como elementos peligrosos en el seno del clan. Muchos son incapaces de vivir a la intemperie, sin esos lazos de lealtad y sumisión, especialmente fuertes cuando se transforman en un mecanismo de retribución, en un interés material o simbólico. Por eso me parece que uno de los signos más alentadores de este momento es que haya jueces que se atrevan a ser independientes, que se rebelen frente a la sumisión a los caprichos y arbitrariedades de los políticos, que rechacen el comportamiento servil de los jueces complacientes. Desde que el PSOE destruyó el modelo judicial que establecía la Constitución, con la amable aquiescencia de ese PP que siempre confía en la herencia, los jueces han estado sometidos a una tutela casi vergonzosa. Que algunos de ellos se atrevan a desafiar los privilegios de los políticos, y a desenmascarar a quienes han confundido su función con la de instrumentos de la mayoría dominante, es una noticia extraordinaria.

Un adiós a Cappa

Me acabo de enterar de que Ángel Cappa se hará cargo del River Plate, un equipo muy importante pero que se encuentra en un estado lamentable, tras una racha realmente mala. Siento que Cappa deje de andar por Madrid, porque verle algunas noches hablando de fútbol era todo un placer, pero me alegro de que pueda cumplir un trabajo que seguro le entusiasma. Cappa sabe de fútbol, pero sobre todo, es un hombre caballeroso y razonable al que da gusto oír, especialmente cuando dice cosas que no te gusten. Con tipos como él es más fácil ser objetivo, aprender que lo que menos importa es nuestra opinión, llena de prejuicios y de ideas equivocadas, y abrirse a comprender algo tan grande y tan apasionante como lo es el fútbol, con cabeza y corazón. ¡Ojalá que triunfe! Pero, tanto si triunfa, como si no acierta, me encantará verle de nuevo por aquí haciendo del fútbol algo de verdad interesante.