Telefónica se supera

Que conste, para empezar, que pienso de Telefónica lo que Churchill decía de la democracia, que es la peor de las compañías excluidas todas las demás. Ello no le impide, al parecer, sostener unos servicios de atención al cliente absolutamente dignos del más delirante Kafka, es decir, absurdos, inútiles e indignantes. Tal vez se podrían comparar su eficacia con la claridad y seguridad de sus tarifas, pero me temo que ni siquiera en ese caso la comparación sería inapropiada, pues las tarifas podrían considerarse comprensibles y casi trasparentes.

Ahorraré la explicación de lo que me ocurrió ayer tarde, porque fue un martirio (de casi cincuenta minutos), que no creo que pudiese relatarse sin causar daños psicológicos al lector. Resumiré la cosa. Por seis veces seguidas hube de llamar al 1004 y fui derivando a diversos departamentos con la repetida explicación de que serían precisamente ellos los que resolvieran mis cuitas, lo que me dio una inmejorable oportunidad para comprobar lo larga y frondosa que es la organización departamental de la compañía. En las seis ocasiones acabé recibiendo la siguiente explicación, eso sí, con cierta amabilidad: “es que para eso tiene usted que llamar al 1004”, justo lo que estaba haciendo desde el principio. En medio de tanta estulticia organizativa encontré una perla que les transmito bajo palabra de honor, un bucle surrealista en el tránsito automático que seguramente cumplirá la función de desanimar a gente con menos arrestos que un servidor. Lo cuento tal como sucedió: estando, más o menos, en un nivel cuatro de derivación telefónica y tras haber repetido las mismas veces, por tanto, mi hermoso nombre a un operador mucho más capaz de repetir fórmulas que de escuchar o explicar nada, me vi derivado a un operador automático que me dijo que marcase 1 si mi consulta era particular, y 2 si era de empresa. Al hacerlo apareció un segundo sistema que me indicó exactamente lo contrario, a saber que si era particular, marcase el 2, y si fuese una cuita empresarial marcase el 1. ¡Todo un record! Por cierto, cuando, un poco después, me rendí, que fue lo que acabó pasando, me prometieron la pronta llamada de un asesor comercial. No respondo de lo que pueda hacer si me llaman y me dicen que debo hablar con el 1004.

El Gobierno y la SGAE

Más allá de las simpatías, que parecen recíprocas, hay entre la política de este Gobierno y la ejecutoria de la SGAE unas analogías que acaso tengan algún interés. La SGAE, decía anteayer El Confidencial, tiene una pésima reputación entre el público, y corre serios peligros, en la medida en que no podrá vivir definitivamente de una combinación deletérea entre el regocijo recaudatorio de sus miembros y la inquina del resto de los españoles. La situación del Gobierno no es tan apurada, pues sigue teniendo sus aliados y sus partidarios, aunque en cuarto creciente, como se sabe, pero se asemeja en algunos aspectos a la de la SGAE, aunque es mucho más proactivo en su política de imagen, y acaba de contratar a su cuarto secretario de estado de comunicación en apenas seis años.

La política de abstinencia comunicacional de la SGAE le permite una franqueza que este Gobierno no se podría consentir. Hace escasos meses, el líder de la SGAE, Teddy Bautista, el famoso intérprete de Los Canarios que, de modo harto premonitorio, puso de moda el tema “Ponte de rodillas” (Get on your knees), declaraba con una claridad meridiana lo siguiente: “No estamos para ser simpáticos, estamos para ser eficientes”. Uno no puede imaginarse al presidente del gobierno profiriendo una declaración tan descarnada, pero el hecho es que su gobierno actúa conforme a la máxima bautistiana: lo importante es pillar, el motivo es lo de menos.

Tanto en el caso de la SGAE como en el del Gobierno, sus actuaciones, se apoyan en más de un supuesto común. La SGAE supone que el hábito de consumir música en la forma en que ella puede recaudarla es inelástico, que no va a mermar de ningún modo y, que si mermara, ya se les ocurriría alguna fórmula para que no bajasen los ingresos, que es lo que importa, pues esto es lo que significa “ser eficientes”. Del mismo modo, el gobierno no cree que los contribuyentes puedan arruinarse, y menos que puedan hacerlo por su culpa, de modo que, como bajan los ingresos fiscales y aumenta el gasto público, recurre a subir los impuestos, sin caer en la cuenta de que los ingresos fiscales han caído porque lo hace la actividad económica, y no hay nada que indique que el incremento de los impuestos pudiera contribuir a que se reactive la economía. Lo que ocurre es que, aunque lo disimule cuanto pueda, este gobierno tampoco cree que esté aquí para ser simpático, sino para mantenerse en el poder y servir a causas que están más allá de cualquier mezquindad económica. Zapatero sabe muy bien que fuera del poder no hay salvación, y que su poder más allá de las opiniones de los españoles capaces de pensar por su cuenta, se funda en la capacidad de seguir cobrando y gastando, porque sus electores están siempre dispuestos a dejarse engatusar por una buena causa, por cualquiera de esas políticas grandilocuentes que el gobierno saca de su chistera, un pozo insondable de benignidad, de paz y de la más vistosa y milagrera palabrería.

Aunque parezca más imprudente que la del gobierno, la política de sinceridad y trasparencia de la SGAE está perfectamente calculada para no temer a la opinión adversa, entre otras cosas porque el gobierno mismo le cubre las espaldas. La SGAE puede predicar las verdades del barquero sin miedo al qué dirán, lo que le permite, de paso, un mecanismo de identificación de los suyos que siempre es útil a la hora de repartir los beneficios de la oscuridad. Lo malo sería que un gobierno decidiese llegada la hora de la trasparencia a la hora de la distribución de unos fondos que se han obtenido por el poder coercitivo de las leyes, pero que se adjudican de modo enteramente opaco ante los paganos. Se trata de un riesgo que no está en la agenda con este gobierno, y seguramente habrá maneras de evitar que lo esté con cualquier otro. Es decir, la SGAE puede ser enteramente trasparente en sus propósitos con tal de ser absolutamente opaca en sus decisiones, y para ambas cosas tiene el placet de este gobierno. Así, da gusto ser sincero.

La SGAE no necesita partidarios porque tiene la protección del gobierno, pero el gobierno no tiene otra manera de protegerse que evitando la deserción de sus votantes, y por eso tiene que invertir grandes esfuerzos en sus políticas de comunicación, llegando, si menester fuese, como ha sido, a arruinar los medios públicos de comunicación con tal de tener cogidos por salva sea la parte a un buen número de grupos privados que, en general han dado siempre pruebas fehacientes de patriotismo, es decir de que en la duda estarán siempre con el gobierno.

Además, el gobierno siempre podrá contar con la SGAE. Esta benemérita entidad le puede hacer favores singulares; las campañas de los simpáticos miembros de la cofradía de la ceja serían impagables en un mercado ordinario, pues todo el mundo sabe los elevadísimos cachés que cobran estrellas tan rutilantes por la menor de sus sonrisas. Así pues, todos contentos, que paga la taquilla y, si no alcanzase, para eso está el BOE.

[Publicado en El Confidencial]

La película y la guerra

Cunde el desconcierto al enjuiciar En tierra hostil la película de Bigelow que se ha llevado una buena colección de premios en la gala de los Oscar. Vivimos tiempos duros y las almas simples sufren con estas contradicciones. Resulta que muchas noticias afirmaban que la película era antibelicista, como debe ser. Sin embargo, la directora dedicó el film a los soldados americanos, y, algo después a los soldados en general, lo que no resulta todo lo antibelicista que convendría, de manera que estábamos ante una cuestión moralmente muy peliaguda: imaginen el papelón que se puede hacer en una reunión con gente de criterio si se hace una alabanza de la película porque te ha gustado, y resultase que la película sea belicista, aunque muchos no hayan caído en la cuenta. Tremendo, oiga. Finalmente se ha sabido que los soldados en Irak consideraban que la cinta era poco realista y bastante fantasiosa, además de insustancial. Imaginen a nuestras almas bellas procesando todo este cúmulo de noticias tan difícilmente armonizables.

Pero como, a Dios gracias, la santa iglesia de la progresía tiene abundantes y piadosos doctores, pues Fernando Trueba ha dejado las cosas muy claras. La película es belicista y gravemente peligrosa para las almas sensibles, los pacifistas y las gentes de buen talante. Así que ya saben, no se den por no informados: no la vean si no quieren incurrir en grave falta. Espero que pronto nos digan lo que tenemos que hacer los que la hemos visto ya, y si habrá solución para los que hayamos podido hacer propaganda de ella antes de que se conociese la sanción moral correcta. Supongo que habrá margen para el arrepentimiento y que se nos retirarán las sanciones si, por ejemplo, hacemos algún elogio de Bosé, de Willy Toledo, de Trueba o de la SGAE. De cualquier manera, más vale tarde que nunca. Es lo que tiene el cine, que te engaña, es un invento del demonio.

Parábola del juez valiente

El señor presidente del gobierno ha hecho un elogio público de la valentía del juez Garzón en la lucha contra ETA. Digo yo que ese elogio, viniendo de quien viene, vale su peso en oro. Porque ¿quién la negaría a ZP ser una autoridad en materia de valor y de cobardía?, ¿habrá que recordar cómo retiró las tropas de Irak?, ¿hemos olvidado sus valientes negociaciones con ETA, en las que el juez campeador también le echó una mano?, ¿acaso no tenemos a la vista sus bravas exigencias a Chavez?

Que Zapatero te llame valiente es algo muy grande, y creo yo que los jueces del Supremo deberían de pensárselo dos veces, aunque, ahora que lo digo, ¿para qué necesita un juez ser valiente? Pues sí, para ser juez en España se necesita valor, y pronto vamos a verlo.

Lo que no debiéramos olvidar, en cualquier caso es que se juzga a Garzón por asuntos que poco tienen que ver con la valentía. ¿Es valiente Garzón por escribir de su puño y letra al amigo Botín, ¡qué nombre para un banquero!, para pedirle unos dólares? ¿Es valiente Garzón por saltarse los límites de lo permitido para investigar a unos delincuentes, presuntos, por supuesto, aunque menos por tener amigos del PP? ¿Es valiente cuando pretende investigar algo sobre lo que se han escrito más de 15.000 libros, y sobre lo que ha legislado, en sentido contrario a sus intenciones, el Parlamento?

Orwell podría haber mejorado sus hirientes paradojas sobre la igualdad de haber conocido la peripecia penal garzoniana. Su conclusión pudiera haber sonada así: “Todos los jueces son iguales ante la ley, salvo que el juez sea un valiente, según el presidente del gobierno”.

El gobierno se despliega

El gobierno de ZP tiene, entre otras, la ventaja de los grandes equipos de fútbol, que, cuando parece que están en crisis, se ven salvados por alguna de sus grandes figuras individuales. Es lo que ha pasado con la ministra de Defensa que, sin duda, es un gran fichaje, y ha sido una de las grandes promesas del pasado. Pues eso, que andaba el gobierno azacaneado con los pactos y sin divisar un puerto de abrigo en la tormenta, cuando la ministra ha aparecido ante la prensa para comunicar que iba a desplegar un buque en alguno de eso mares procelosos, para que no se diga.

Una ministra capaz de desplegar un buque es, valga la paradoja, un regalo de los cielos. Como Nietzsche dijo que no podremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática, es posible que la señora Chacón esté desplegando (ahora sí) un vasto programa de ateización liberadora y haya empezado con algunos verbos. O tal vez sea pura ignorancia, esa ignorancia que hace que los políticos se crean omnipotentes, y se consideren tan capaces de desplegar un buque como de favorecer alianzas entre civilizaciones. En ambos casos, miles gloriosus.

P. S. Del DRAE: desplegar

(Del lat. explicāre, desplegar).

1. tr. Desdoblar, extender lo que está plegado. U. t. c. prnl.

2. tr. Aclarar y hacer patente lo que estaba oscuro o poco inteligible.

3. tr. Ejercitar, poner en práctica una actividad o manifestar una cualidad. Desplegó tino e imparcialidad.

4. tr. Mil. Hacer pasar las tropas o los buques del orden cerrado al abierto y extendido. U. t. c. prnl.

Descubriendo la lectura profunda

Pese a que uno sea un mediano lector, y pese a haber dedicado algunas horas a pensar en la lectura, debo reconocer que me sobresalto cada vez que leo las reflexiones de Joaquín Rodríguez sobre la “lectura profunda”, un tipo de lectura, la verdad, cuya naturaleza no acabo de captar, ni siquiera superficialmente. Dice nuestro autor que es “la lectura que Proust practicaba y a la que su escritura invitaba” (bella aliteración, pardiez) y que es “aquel tipo de lectura que caracteriza más apropiadamente nuestro intelecto: el razonamiento inductivo y deductivo, ciertas competencias analógicas, el análisis crítico, la reflexión, la penetración y la agudeza intelectual”. ¿A que impresiona? Yo estoy de acuerdo con que haya que caracterizar apropiadamente al intelecto, y, sin embargo, esta enumeración me deja perplejo, estupefacto. Yo creo que al propio Rodríguez tampoco acaba de convencerle un rosario tan variopinto de cualidades, porque inmediatamente aclara que “el libro, el texto encuadernado entre dos cubiertas, es un tipo de tecnología que ordena el significado linealmente confiriéndole estabilidad, un tipo de tecnología que demanda la atención y la concentración del lector en un acto de íntima entrega dedicado a descifrar las capas acumuladas de sentidos y significados”. Lo de la íntima entrega puede sonar un poco rijoso, pero hay que reconocer que es una metáfora molona.

¿Querrá esto decir que no lee el lector sino el libro? Rodríguez advierte de que con la lectura digital, “se cae en ciertas añagazas y trampas inherentes a la cultura digital: el énfasis desmedido en la inmediatez, en la sobrecarga y sobreabundancia indiscriminada de la información, en un tipo de cognición condicionada o intermediada solamente por medios digitales que implica o promueve la velocidad desalentando la reflexión y la deliberación propia de la lectura profunda”.

Yo mismo empiezo a tener dudas de haber entendido un texto de Thomas Nagel que acabo de leer en un formato digital, aunque, a decir verdad, creía que sí, pero ahora ya no estoy cierto. ¿Tendré que comprar la tecnología de papel correspondiente para entender las sutilezas del filósofo norteamericano? ¿Habré entendido con la debida profundidad las ideas de Rodríguez, puesto que no he tenido la preocupación de encuadernarlas? No se crean que Rodríguez habla de memoria de estas cosas, porque siempre procura estar al día, y no hay cosa que se le escape, aunque temo que eso le distraiga de su degustación celulósica de Proust. Ahora aduce un texto de Maryanne Wolf, en “The importance of deep reading“, que, al parecer, está muy en su línea, una ensalada entre Proust y la configuración, por supuesto que también profunda, de nuestras redes neurales; ya se ve que no estamos ante prejuicios sino ante puritita ciencia. Lo dicho, no se les ocurra leer un e book y, mucho menos, que caiga en manos de sus niños. Como remacha Rodríguez no se trata “de un cambio de formatos o de soportes, sino de una transformación cognitiva de primer orden”.

No sé qué más decir, salvo que quedan advertidos.

Sesenta años de Talgo

[Un Talgo IV con la locomotora 352-009 Virgen de Gracia en Chamartín, hacia 1982]

El pasado día 2 se cumplieron los sesenta años del primer viaje oficial de un tren Talgo entre Madrid y Valladolid. Se trata de una fecha que debiera darnos que pensar, porque en una España empobrecida por la guerra, muy aislada internacionalmente y todavía predominantemente agraria, con unos ferrocarriles en estado lamentable, un ingeniero imaginativo y un empresario audaz se lanzaron a una aventura, un tanto quimérica, que ha acabado siendo una historia tecnológica y empresarial de gran éxito.

Goicochea y Oriol, el ingeniero y el financiero, ha sido dos de los emprendedores más brillantes de la historia industrial española. Goicoechea se atrevió a pensar en términos muy distintos a los habituales. Su tren habría de ser articulado y ligero (en una época en la que las consideraciones energéticas brillaban por su ausencia) para adaptarse a la atormentada red ferroviaria española, con curvas de radio muy corto y notables pendientes. Evitar el peso de los trenes y acentuar su adaptación a la vía le llevó a pensar en coches cortos, y a situar las ruedas entre los vagones para facilitar la articulación, obteniendo así una forma menos agresiva de contacto entre rueda y carril. Al hacer los trenes más bajos, eliminando todo el sistema de articulación entre carretones, o bogíes, y chasis de los vagones, obtuvo un centro de gravedad más bajo, lo que facilitaba la estabilidad del tren, y permitió luego la invención de un sistema natural de pendulación que hacía posible aumentar la velocidad de inserción en curva sin molestias de los viajeros.

Talgo ha sido una empresa brillante, con gran capacidad de innovación; ha sabido salir de nuestras fronteras y tener una marca prestigiosa y de calidad reconocida. Quizá su único error, si es que lo fue, haya sido no ocuparse de trenes, sino de vagones, descuidando la fabricación de locomotoras y dedicándose en exclusiva a la fabricación y gestión de sus coches, una estrategia que le ocasionó retrasos en su entrada en la alta velocidad.

Ahora mismo, Talgo es una empresa próspera que trabaja en numerosos países y que ofrece productos muy innovadores. Un éxito que nos enorgullece y nos honra a todos, especialmente a quienes amamos el ferrocarril.

El ISBN y los libros digitales

Gracias a José Antonio Millán y su Libros y bitios, me entero de que la agencia internacional del ISBN pretende que los libros digitales tengan un ISBN distinto, a semejanza de lo que ocurre con las diferentes ediciones en papel.

A salvo de mejor opinión, creo que se trata de un intento quimérico de controlar algo que, ni necesita, ni admite, ese tipo de control. Las burocracias tardan en comprender que las cosas cambian. Seguir pensando en los libros digitales en términos de libros de papel es casi inevitable para cualquier funcionario, aunque sea un error muy de fondo. La edición digital nos permite pensar en la mismidad de un texto, en su identidad, en términos completamente distintos de los usuales para referirnos a libros de papel, a objetos.

No creo que en esto se pueda ver ninguna amenaza a la integridad de las obras, a la autoría o a la edición de calidad. Creo exactamente lo contrario, pero todavía no tenemos los medios precisos para poder crear los identificadores adecuados, o, mejor dicho, los tenemos, pero no hemos adoptado ninguna solución, aunque sea claro que el ISBN no lo es.

Los textos digitales admiten, en principio, identificadores internos, etiquetas que podrían formularse para que designasen a un determinado texto y nada más que a ese texto, de manera completamente independiente de los caracteres de su edición en papel o digital. Se trata de un tipo de etiquetas que todavía no existen, pero que existirán y que recogerán notas esenciales del texto, no de sus ediciones, aunque sí de sus variantes, cuando las haya. Hay que reconocer que empieza a ser urgente la existencia de tales adminículos, pero no conviene olvidar que el ISBN llegó cuando el número de publicaciones ya estaba muy crecido.

¿Cómo podrían ser esas etiquetas? Creo que Karim Gherab Martín y yo mismo hemos desarrollado algunas ideas claves para afrontar esta tarea, y también me parece tener ideas bastante claras sobre el asunto, pero a lo mejor me equivoco, y, en cualquier caso, no me caben en este post.

Psicopatología de la política española

En mi cabeza se juntan dos noticias aparentemente ajenas, pero que componen una polifonía. La primera se refiere al revuelo por el libro sobre el Maquiavelo de León; la segunda tiene que ver con el accidente de tráfico del líder de las Nuevas Generaciones del PP, mientras conducía con algunas copas de más, y alguna precaución de menos.

La música de ambas noticias nos dice que los políticos españoles tienden de manera alarmantemente intensa al solipsismo, a olvidarse de que existe el mundo real, de que están al servicio de los ciudadanos, y a ocuparse obscenamente de ejercer con provecho el poder, poco o mucho, que tengan; tal vez no sea culpa suya en exclusiva, pero tampoco parecen hacer mucho por evitarlo.

El retrato de Zapatero que trasmite García Abad, nada sospechoso de inquina con la causa, es el de un líder encerrado con sus obsesiones, un personaje al que importan muy poco las opiniones ajenas, que cree que la realidad es solo un relato imperfecto, y que si las cosas no le salen como debieran es porque aquí todavía hay algunos que no se han enterado de lo mucho que manda.

Al lado del arco, la sonrojante conducta del líder popular nos ha dado la oportunidad de contemplar la solidaridad corporativa de los dirigentes del PP, su predisposición a aislarse de la opinión común, su diligencia para defender a cualquiera de los suyos, y su olvido de que debieran ser ejemplares, y desaparecer cuando no resulten serlo.

En ambos casos hay un factor común preocupante, la tendencia a reducir la política a un juego de poder en el que los que lo tienen, no están dispuestos a que nada les arruine el festín. España padece un fulanismo corporativo, una sumisión encubierta, una persecución de la libertad política en los partidos que se supone que la representan. Aquí, los partidos se mueven por el miedo al que manda y por la ciega y férrea solidaridad de quienes se sienten miembros de la nomenklatura. No debiéramos asombrarnos, porque así es la sociedad española, así son nuestras empresas, y así fue el franquismo, que se extinguió únicamente por razones biológicas. Otra cosa es que debiéramos procurar que las cosas no fuesen así, pero así somos.

Para nuestra desgracia tendemos a la monarquía con todas sus pompas y privilegios, con su corte, con sus negocios oscuros, su razón de estado, su modelo hereditario, y sus personajes milagreros, que ahora presumen de saber sociología, pero que no son menos siniestros que los clásicos conspiradores de alcoba. No debiera extrañarnos, pues, que el comportamiento de las élites políticas nos recuerde tantas veces a una corte de los milagros.

Se ha hecho muy común remitirse al remedio de la sociedad civil, como si la sociedad civil fuese ejemplarmente liberal, competitiva y limpia, como si los episodios más sucios y lamentables de nuestra historia reciente no hubiesen estado siempre trufados de personajes civiles, de millonarios de ocasión, que han merodeado y merodean, a oscuras, por los pasillos del poder, a ver cómo les arreglan lo suyo.

La democracia ha dejado de ser un factor de progreso y de maduración de la libertad en manos de los partidos. Los partidos generan unas minorías que cooptan un líder, y a partir de ahí todos quietos, que nadie se desmande: como rezaba una canción revolucionaria de mi juventud: “¡al que asome la cabeza, duro con él, Fidel”.

No va a ser tarea fácil solucionar nuestro fulanismo corporativo, pero debería ser la primera de las exigencias ciudadanas a nuestros representantes. Es desesperante ver cómo viejas glorias a las que se les suponía alguna dignidad, se arrastran ante el poderoso del momento, o como deben salir del partido los que quieran seguir pensando por cuenta propia.

Es reconfortante que se haya podido escribir el libro de García Abad, y sería muy interesante ver como los militantes del PP exigen la dimisión de quien no es capaz de llamar a un taxi la noche que ha bebido más de la cuenta, por muy amigo que sea de Cospedal, o del mero mero, como lo dicen en Méjico. Es en comportamientos como estos en los que podríamos fundar esperanzas, en conductas que traten de acabar con la fidelidad perruna y el pacto de sangre, con la omertá, en el seno de los partidos. Si no es así, ¿cómo podríamos esperar que se cambien las normas que pudieran mejorar las cosas?

Hasta ahora habíamos entendido que la democracia consistía en cambiar las instituciones, pero tras las décadas transcurridas, es hora de que nos demos cuenta de que cualquier política democrática resulta incompatible con un funcionamiento tan legendariamente autoritario como el de los partidos, el mal que da lugar a la entronización de personajes como Zapatero y las Cruellas de Ville que le rodean.

Hace falta que les saquemos los colores a los políticos, a los dictadorcillos, y a los infinitos pelotas que les rodean, pero eso solo se consigue siendo valientes porque, como sabía Pericles, el valor es el precio de la libertad.

Una visión mágica de la economía

Recuerdo con ternura especial una escena familiar: una de mis sobrinas, de apenas dos años, trataba de manejar el mando a distancia de la TV agitándolo, al tiempo que apuntaba al aparato. Naturalmente, la tele no se encendía porque la niña imitaba el gesto de los adultos, pero ignoraba qué precisos botones habría que presionar.

Me ha venido a la memoria la escena, al conocer alguna de las medidas que este gobierno milagrero propone para reactivar una economía, un proceso que entiende tan escasamente como mi sobrina comprendía las ondas electromagnéticas.

Otra manera de describirlo sería empezar decir que pretende, de nuevo, empezar la casa por el tejado. Todo, con tal de no hacer aquello que debiera hacer cualquier político responsable, recortar drásticamente el gasto, repartir los esfuerzos, y no seguir tirando de un crédito del que andamos cada vez más escasos y aumentando una deuda que amenaza con llevarnos a la quiebra absoluta.

El gobierno no entiende que hay que crear riqueza, y no simplemente recortar las listas del paro a costa de actividades discutiblemente útiles, como la restauración de nuestras viviendas o de edificios públicos. Eso llegará, sin duda, cuando volvamos a generar riqueza, novedad, productos que puedan venderse aquí y fuera de las fronteras. El gobierno no comprende que vivimos ya en una economía abierta, y que ese hecho, que nos puede enriquecer porque aumenta el tamaño de los mercados disponibles, nos puede arruinar porque la competencia es mucho más intensa. Todo lo que no sea adelgazarnos de actividades inútiles y costosas es acercarnos más al desastre, allí donde nos lleva un gobierno que no conoce sus posición en el mundo, que no se entera de nada, y que pretende seguir engañando a la parroquia mientras la miseria crece, porque cree que siempre tendrá recursos retóricos para echarle la culpa a otros.