¿Queda en algún lugar amor a la libertad?

En las páginas finales de su apasionado El sometimiento de la mujer dice John Stuart Mill que “el amor al poder y el amor a la libertad se hallan en eterno antagonismo”. Mill está hablando de asuntos de sustancia no inmediatamente política, sino moral, pero creo que ese antagonismo define hoy de un modo muy radical la pugna ideológica.

La peculiaridad de nuestra situación es que la libertad parece no echarse en falta, o que, cuando se echa en falta, siempre hay alguien que te recuerde, más o menos, aquello tan patético de “libertad, sí, pero sin libertinaje”. En España hemos construido una sociedad en la que casi todo está sometido a un control agobiante, y en la que los políticos, como si tuviesen un campo escaso para controlar, aspiran sin disimulo a romper el límite entre lo público y lo privado, y a legislar también en el terreno de las conciencias, de la conducta personal; me parece que no será necesario aducir ejemplos.

Lo que me preocupa es que abundan los que no son conscientes de cómo, en nombre de la democracia, se perfeccionan cada vez más los mecanismos de constricción, los sistemas de sometimiento riguroso. Esa es la razón, a mi modo de ver, de que muchos españoles se sientan impotentes ante el panorama, de que detesten, cada vez más, la política y los políticos. No se dan cuenta, sin embargo, de que por apartarse mentalmente de esas cuestiones su libertad solo crece de un modo engañoso.

Fíjense que incluso nos quieren reeducar, que empecemos a hablar de otro modo. Los partidarios de la libertad estamos siendo perseguidos y sometidos por todas partes, entre otras cosas porque buena parte de la derecha conservadora tampoco tiene nada de liberal. Tenemos el peligroso antecedente de haber vivido sin libertad política durante décadas y, acostumbrados a eso, tampoco nos extraña que quien diga hablar en nombre del pueblo nos ponga obligaciones y aduanas. Pero la democracia no merecería la pena si se redujere a ser el patíbulo de la libertad.

Del exceso en política

Los españoles somos muy dados a esa peculiar moral que consiste en negar la realidad de lo que no nos conviene que exista. Largos siglos de entrenamiento en una retórica grandilocuente, y en esa peculiar bravuconería del “te lo digo yo a ti”, nos hacen extrañamente impermeables a según qué fracasos. Que la política de ZP ha sido un completo desastre no puede negarlo ni Leire Pajín en momentos de exaltación, pero, caben pocas dudas de que, en cuanto pasen unas semanas y el presidente del gobierno se recupere del shock, asistiremos a una larga demostración de habilidades comunicacionales destinadas a convertir el humo en sólida realidad, y la sólida realidad en humo.
Los gobiernos suelen equivocarse con mucha mayor frecuencia que aciertan, y por eso, precisamente, son entes de existencia relativamente efímera. Cuando un gobierno se confunde de medio a medio en su tratamiento de una crisis, puede hacer dos tipos de cosas: la primera rectificar a fondo, y tratar de recuperar la iniciativa; la segunda, marcharse. Pues bien, es casi seguro que aquí vayamos a asistir en breve a un intento, entre lo sublime y lo ridículo, para forzar una imposible tercera vía. ZP pensará, muy probablemente, que le quedan dos años, lo que en política es como una eternidad, y que en ese tiempo será capaz de recuperar el brillo que un día sedujo a tantos. Lo malo, para el conjunto de los españoles, puede ser el coste de esa salida.
De entrada, hay que descartar por completo que ZP vaya a cambiar de ideales. ZP puede cambiar de mensaje, de estrategia o de slogan, pero el profundo pensador que se oculta tras su sonrisa no se convertirá en una barquichuela sin rumbo, zarandeada por las olas de los mercados. Sus tendencias no son coyunturales, sino de fondo, y sus políticas tendrán que ponerse al servicio de esos objetivos de largo alcance que ahora aconsejan un repliegue táctico ordenado, pero no más, que nadie se confunda. ZP no se comportará, seguramente, como quien haya aprendido algo, sino como quien ha sido desviado de su objetivo por un acontecimiento telúrico e improbable que no volverá a repetirse en generaciones. Todo su mensaje se dirigirá con fuerza a señalar que las medidas que se ha visto forzado a tomar se han establecido, precisamente, para volver cuanto antes a la situación en que sus ideas consigan una aplicación más directa e inmediata. El corolario de este análisis es que, hoy por hoy, Zapatero no piensa en tirar la toalla.
¿Podrá tener éxito una estrategia de este tipo? Desde el punto de vista del Gobierno todo lo que hay que hacer consiste en convencer a los votantes de que si no se han tomado antes una serie de medidas ha sido por tratar de evitar el mal trago a los trabajadores, a los humildes, y en subrayar que las medidas que el gobierno aplicará con temor y temblor, serían administradas con regocijo, exageración y saña por un PP, siempre dispuesto a excederse en el castigo a los que tienen poco. El PP, dotado de un proverbial sentido de la oportunidad, pudiera prestarse, por las buenas o por las malas, a este juego, de manera que ZP llegue a aparecer como el líder que ha evitado los amenazantes excesos de la derecha, de manera enteramente independiente de lo que éste haya podido votar en el Congreso. Hay factores que no dependen, sin embargo, de las intenciones de los políticos, y una cosa es lo que se pueda preferir, y otra, muy distinta, lo que, finalmente, se ha de hacer por fuerza, no por voluntad propia, sino por la de varios otros.
No se le oculta a nadie que entramos en un semestre en el que puede pasar cualquier cosa, pero hay una pregunta esencial que deberíamos hacer. ¿Es posible que un partido que ha hecho lo que ha hecho a la vista de todo el público pueda recuperar el favor de la mayoría?

Parece que deberíamos contestar que no, pero no creo que la respuesta deba ser tan categórica. En una democracia no solo cuentan las razones y los cálculos, también hay amplio espacio para los sentimientos, los deseos y las convicciones. Es obvio que el gobierno de Zapatero ha sido excesivamente beligerante en muchos puntos y que se ha olvidado, en apariencia, de la buena administración. Los excesos tienen sus partidarios y su prestigio. La moderación no goza de tantos afectos como pueda parecer, pero además hay otro factor en juego. La política, tal como ha sido presentada y practicada por Zapatero está al servicio de un conjunto de sentimientos que no se dejan reducir a la simple administración. En mi opinión, esa llamada sentimental debe ser contrarrestada por emociones distintas si es que se quiere que deje de ser eficaz políticamente. Tender a confundirse con la buena administración puede ser un error por parte del PP, incluso en el caso de que los electores le concedan ese papel de buen gestor que tan repetidamente reclama. La buena lógica siempre enseña a distinguir lo necesario de lo suficiente, y un exceso de moderación bien pudiera ser imprudente.
Publicado en El Confidencial]

Todo para los amigos, al enemigo ni agua, al indiferente la legislación vigente

El título de este post recuerda a un dicho, bastante grosero, pero muy exacto. Me he acordado de él al ver el trato exquisito que la Guardia Civil, previa consulta al mando, ha deparado al amigo presidente de Extremadura pillado en su coche a una velocidad que es moda considerar obscena, y para la que hay establecidas penas graves. La próxima vez que me multen por correr más de la cuenta citaré el precedente, y ya les contaré.

También el PP puede exhibir diversas varas de medir, no hay duda, a poco que se lean los periódicos. En particular, en el PP hay una tendencia a considerar que si el PSOE puede hacer ciertas cosas, ellos también podrán hacerlas, y las encuestas no parecen desmentir ese diagnóstico, pero es una pena que el PP renuncie a ser distinto, a intentarlo, por lo menos.

Religión y libertad

Alexis de Tocqueville hizo notar que la religión, que en Europa, y no digamos en España, se ha asociado históricamente con el poder político, en los Estados Unidos se había convertido en el garante último de la libertad de conciencia. Aquí todavía tenemos mucho que aprender sobre la libertad, los que se dicen religiosos, y los que creen poder hablar en nombre de la ciencia y contra la religión. Algunos pensadores, escasamente originales, pretenden explicar la maldad de los hombres, la violencia, la guerra, a los supuestos estragos que la idea de Dios causa en sus mentes. Frente a esa absurda pretensión, que supone atribuir los efectos de una idea a lo que la contradice (y dar por supuesto, sin prueba alguna, el carácter seráfico de cualquier nihilismo o cualquier politeísmo), el Papa Benedicto XVI ha subrayado la necesidad de ensanchar la razón humana para comprender que tenemos que contar con Dios, porque un mundo sin Dios es difícil de comprender, y porque forzar la exclusión de Dios es un ataque a las convicciones más íntimas de muchas personas.
Una cierta presencia de Dios en el orden político no debiera servir para santificar el poder de quien manda, sino para relativizarlo, para recordar que no se puede confiar ciegamente en ningún poder temporal. Como recuerda Chesterton, la doctrina del derecho divino no era una muestra de idealismo, sino de realismo, un rasgo muy pragmático de la fe, una forma de protegerse de la tendencia al desbordamiento y el descontrol del poder, era un límite al totalitarismo de la fuerza bruta.
Aunque sea comprensible que algunos se cansen de ser libres, y tiendan a delegar su conciencia en el Estado, el nombre de Dios debe servir para recordarnos que solo nosotros mismos podemos decidir entre el bien y el mal, que nuestra conciencia personal siempre es insustituible e indelegable. Eso no supone incitar a la violencia, sino a la responsabilidad, una consideración que, ciertamente, puede resultar muy molesta.

La Física y los socialistas

En uno de esos momentos de desconcierto intelectual en que no se sabía muy bien en qué consistía la Física, uno de los grandes científicos de la época trató de poner término al desbarajuste sentenciando que “física es lo que hacen los físicos”. Dada esta premisa, estaba escrito que no se tardaría en escuchar de boca de algún político la sentencia paralela; “socialismo es lo que hacen los socialistas afirmación que perpetró uno de los más atrevidos, el italiano Bettino Craxi, y ya saben cómo acabó. En un marco teórico tan cómodo, los socialistas, y los físicos, se han movido con flexibilidad y amplitud de miras. Ahora bien, ¿qué ocurrirá cuando los físicos, o los socialistas, se pongan a hacer cosas del todo incoherentes?, por ejemplo, a escribir poemas, o a quitar el dinero a los pobres para dárselo a los ricos.
Pronto podremos ver lo que vaya a suceder con Zapatero, uno de los grandes innovadores del socialismo contemporáneo, que parece haber pasado del “bajar de impuestos es de izquierda” a alguna variante de “mantener las pensiones es demagógico, propio de fachas y cobardes”.Los socialistas parecen haber trasladado la teoría de los agujeros negros, que goza de gran predicamento en cosmología, al terreno de la política. De los agujeros negros se saben dos cosas: que son enormísimas concentraciones de energía y que no dejan escapar información. En el caso de Zapatero, un pura sangre del oficio izquierdoso, cuyo pensamiento estaba claro hasta hace muy poco, el agujero negro parece haberse convertido en un pozo sin fondo: ni le queda energía, ni emite información coherente.
Al fin y al cabo, la Física, y el socialismo, parecen tener sus límites, de manera que ZP se está acercando peligrosamente a convertirse en una evidencia contraria al interés de los socialistas, a ser la prueba de que el socialismo puede ser confundido con el poder, y engullido tranquilamente por él. Pero, en fin, lo que interesa es el futuro que, como siempre, será una mezcla de necesidad y sorpresa. A mi modo de ver, la predicción más probable tal vez pueda argumentarse del siguiente modo: los socialistas están frotándose los ojos, sin creer de verdad lo que les está pasando. Todo el que posee una autoestima excesiva, descree de su responsabilidad, y tienden a ver una conspiración de circunstancias adversas que, están deseando sacudirse de encima. Vamos a comprobar si el socialismo se deja reducir a una mera falange que, llegado el caso, se sacrifica con su líder, o si, por el contrario, quedarán gentes con energía y convencimiento suficiente para llevar a cabo la eliminación del líder, a forzar la dimisión del que les ha llevado directamente, y con tanto garbo, desde la plenitud al descalabro.

Cataluña y los catalanes

Soy lector habitual de prensa catalana, ahora que Internet permite ojera muchos periódicos sin gastar una fortuna. Está claro que desde Cataluña las cosas son un poco distintas, lo que me parece interesante y lógico. Estos días en que el protagonismo de un político catalán ha sido muy alto, es interesante comparar lo que se dice desde algunos medios catalanes y lo que se dice en Madrid: en ningún caso es para tanto. Enric Juliana que es un comentarista muy interesante, habla de que la Marca Hispánica ha salvado de nuevo a España y a Europa. Aunque no lo dice, supongo que pronto asomarán los reproches por falta de gratitud. Algunos madrileños han hablado, por el contrario, del carácter fenicio de los catalanes. Ni tanto ni tan calvo.
El qué votar estos días al plan de recortes de Zapatero ha sido asunto muy controvertido, y es insensato pretender que sólo había una respuesta lógica, porque todas lo eran, dado lo espantoso de la situación. Me gusta creer que lo que ha pasado pudiera responder a alguna especie de concertación, quizá inconsciente, pero no estoy seguro de cómo haya sido la cosa.
Hay que ser muy poco perspicaz para no ver, en todos los órdenes, diferencias entre Cataluña y el resto de España. Tampoco es ningún secreto que para muchos catalanes el cultivo de esas diferencias es esencial. Sin embargo, por paradójico que parezca, esa actitud, que supone vivir mirando de reojo al otro, demuestra mucha mayor subordinación que independencia. La exageración de las diferencias fingidas se ha convertido, sin embargo, en una industria de éxito en Cataluña, tal vez el único gran éxito empresarial del que puedan presumir en los años de democracia. El resultado ha sido una Cataluña política deforme. Deforme, en primer lugar, respecto a la sociedad catalana, a la que representa, y deforme, sobre todo, respecto al ideal de democracia liberal, que se ve prostituido por el culto al artefacto de la identidad forzosa de la que vive buena parte de la clase política y hay que lamentar que, en demasiadas ocasiones, haya servido para acallar cualquier atisbo de discrepancia, de pluralidad. Puede que en esta concreta ocasión, el complejo montaje de lealtades y correspondencias haya rendido, sin embargo, un servicio a todos.

Lo que Bono nos enseña

Entre quienes no comparten las ideas de la izquierda es muy normal pensar que su fundamento resida en la envidia, en la pasión por la igualdad. Me parece que, a día de hoy, en la base de la mentalidad izquierdista, la envidia ha sido sustituida por otra pasión, a saber, la autocomplacencia, el regodeo en la propia excelsitud. Todo buen izquierdista está encantado de conocerse.
Piénsese en el caso Bono, por ejemplo, un líder muy característico de la izquierda. Pedirle a Bono que fuese envidioso sería realmente notable. ¿Qué va a envidiar quien todo lo tiene? Bono es un político de éxito, un admirable y discreto gestor de su patrimonio que ha conseguido amasar una fortuna sin renunciar a sus inquietudes sociales. Provisto de un singular tino para las buenas relaciones y los negocios familiares, ha conseguido una posición económica envidiable, mientras brilla con luz propia en un partido que, al menos nominalmente, es obrerista, es decir, escasamente aficionado a las hípicas, los Cayennes, o las monterías. Por asombroso que parezca, los votantes y militantes del PSOE que, por lo general, seguirán sintiendo cierto recelo frente a los propietarios de dúplex y áticos en zonas de lujo playero, encuentran en Bono un modelo, lo que también abona la idea de que, en la izquierda, de haber envidia, es una planta trepadora. Pero ni Bono tiene nada que envidiar, ni si la envidia fuese el motor oculto del socialismo podría entenderse su ascendente izquierdista. Bono está, en cambio, encantado de ser quién es, de saber ser todo para todos, y esa satisfacción suya se refleja en el entusiasmo de sus votantes, unos tipos listos a los que él no deja de alabar por su sabiduría al haberle preferido.
Ahora bien, la autocomplacencia es siempre una forma de ceguera. Seducidos por su maravilloso recetario, algunos izquierdistas no suelen caer en la cuenta de detalles que puedan afear sus teorías. Volvamos a Bono, por ejemplo; apenas cabe duda de la excelencia de su pensamiento político, una síntesis creativa que acoge cuanto haya de bueno por la izquierda, la derecha o el centro. Nada le es ajeno al pensamiento de Bono. Otra cosa fuere que nos fijásemos en su conducta, al menos en lo que no aparece a primera vista; entonces el panorama tal vez no resultase tan halagüeño, porque, más allá de triquiñuelas y montajes, la pregunta esencial debiera ser si se puede tener por normal que un personaje dedicado por entero y desde siempre a la vida política haya podido amasar una fortuna como la del simpático manchego.
¿Cómo es posible que un político pueda enriquecerse de manera tan obvia sin que salten las alarmas sociales? La clave está en una de las características más singulares de nuestra cultura política. Nuestra vieja tradición nos ha enseñado a venerar las palabras, y a subestimar los cálculos, que siempre nos parecen algo mezquinos. Nuestra cultura barroca se extasía con el tipo de razones que se caricaturizan en el Quijote, con esa mezcla garbancera de refranes y locuciones pretenciosas en las que Bono es un auténtico maestro. En este clima intelectual, se tiende a creer que lo único importante son las ideas, y que de los hechos no merece la pena ocuparse. Si a eso se añade el que reservemos a los jueces el dictamen sobre la honestidad de los políticos, es normal que nos cueste sospechar de alguien que se haya enriquecido de manera tan obvia, sin trampa aparente, y al que nunca van a molestar los jueces y fiscales, tan entretenidos como están en otros menesteres. El caso es que, aunque tendamos a sospechar de cualquier riqueza, sospecharemos menos de quien esté revestido de una responsabilidad institucional tan alta. Seguro que muchos españoles han podido pensar “hay que ver que tío tan listo”, al enterarse de las proezas económicas de Bono, y algunos habrán podido ver envidia, precisamente, en quienes se han asombrado de la extraordinaria habilidad de Bono para ir tejiendo una fortunilla.

Creer a pie juntillas en la indiscutible excelencia de quienes profesan nuestras mismas ideas, incapacita para cualquier sospecha sobre la moralidad de la conducta de un líder de ideario tan explícito como Bono. Quienes no distingan entre el ideario y la ética, ni entre la ética y la legalidad, jamás comprenderán que su entusiasmo sirve de muro tras el que se pueden ocultar los mayores escarnios a la decencia y a la democracia. El dogmatismo ideológico y la mentalidad de partido impiden ver cómo puede haber acciones que sean, a la vez, jurídicamente pulcras, o al menos pasables, y asquerosamente corruptas. Sin embargo, sería muy fácil reparar en que los ladrones siempre se escudarían, si pudiesen, tras la capa de un Obispo, la espada de un general, o las ideas de un demagogo. Bien está el respeto a la presunción de inocencia, pero sería excesivo seguir creyendo que los niños vienen de París.

[Publicado en La Gaceta]

Acaba de aparecer

Ya está a la venta en Luarna el último libro que hemos publicado al alimón José Luis González Quirós y Karim Gherab Martín. Se titula Tecnología y cultura. La larga sombra de Gutenberg. Se ha editado como libro electrónico, y se vende al precio de 6,50 euros, bastante asequible; aunque creamos que este tipo de libros debiera ser todavía más barato, hay que reconocer que el editor se ha esforzado en facilitar el acceso a la obra con un precio realmente muy atractivo. El libro interesará mucho a cualquiera que esté interesado por el desarrollo de la cultura digital, por el porvenir de la lectura, y por los supuestos problemas existentes entre la tecnología y la cultura.
Se edita en formato e-pub, que permite su lectura en cualquiera de los e-readers de tecnología de tinta electrónica que hay disponibles en el mercado. Para quienes quieran abrirlo en un ordenador normal hay que bajar, de manera gratuita, una aplicación llamada Adobe Digital Editions de la página de Adobe, de manera que el texto se puede leer en la pantalla normal de un PC con toda facilidad.
Nos gustaría que lo leyeseis y que hubiese algo de polémica. ¡Ánimo!

Martin Gardner

[Martin Gardner, Copyright: MFO]


Martin Gardner ha muerto, el pasado 22 de mayo, en su tierra natal de Oklahoma, a los 95 años. Aunque hace ya tiempo que echábamos de menos su presencia, sobre todo desde que dejó de escribir su maravillosa columna de entretenimientos matemáticos en Scientific American, saber que estaba vivo era una especie de consuelo, como siempre lo es la certeza de que hay personas inteligentes, decentes y divertidas.
Como lector de Gardner, le guardaré una gratitud imborrable porque me ha hecho pensar con intensidad, de la única manera que realmente merece la pena. Ya había leído unas docenas de sus libros y de sus columnas de juegos matemáticos cuando me enteré, con gran asombro por mi parte, de que no tenía una formación matemática, sino filosófica. Como soy de este último gremio, me vi obligado a sospechar que Gardner era un auténtico genio por la soltura con la que se manejaba con temas matemáticos complejos, lo que acentúo mi admiración y supuso una ayuda impagable para calibrar de manera más exacta mis, supuestos, méritos intelectuales. No es difícil ser algo más humilde viendo lo que ha hecho Gardner.
Al saber que era colega, me lancé sobre su obra filosófica y no quedé defraudado. Su lectura me hizo volver sobre Unamuno, el pensador que más encarecidamente cita en sus divagaciones (así las llamaba él) filosóficas, tan malentendido y desvalorizado. La filosofía de Gardner no es, no podía serlo de ningún modo, escolástica y académica, sino hondamente humana. Sabe muy bien señalar cuando nos encontramos ante un problema, y no tiene ningún pudor para manifestar su ignorancia acerca de la solución razonable del caso. Aunque su formación era americana (con gran peso de la tradición empirista, pragmatista, incluso analítica), sus intereses eran enteramente universales, humanistas.
Gardner que era un gran admirador de los juegos de magia, detestaba, sin embargo, la magia intelectual, los juegos de palabras, el fraude conceptual. Dedicó parte de su esfuerzo a ridiculizar algunas de las supercherías más famosas, como la telepatía o los platillos volantes, pero eso no le impedía interesarse por las cuestiones que están más allá de la ciencia, por Dios, por ejemplo, un asunto que, pese a ser creyente, se planteó con su característica honestidad y rigor.
Sería difícil señalar qué lecturas de Gardner me han interesado o me han divertido más: recuerdo todas ellas asociadas a instantes de intenso regocijo, a una luz de esperanza. Descanse en paz: le imagino eternamente dedicado a enigmas aún más hermosos que los que le ocuparon en esta vida.

Bono, o de la hipocresía

¿Es normal que un personaje dedicado por entero y desde siempre a la vida política haya amasado la fortuna que se le adivina al presidente del Congreso? Por lo que se ve, sí. Resulta normal, porque en España las mentiras circulan en carroza, y con gran aplauso de amplios sectores del respetable público. Hay una especie de mentira honrada, de la que vive mucha gente, y algunos muy bien, como Bono. Nuestra vieja sabiduría de pueblo corrido, pero fingidamente ingenuo, nos enseña que lo importante son las ideas, y que de tejas abajo cada cual se las arregle como pueda. En este aspecto, Bono es ejemplar, casi único. Es lo más que se puede ser, una síntesis de todo: hijo de falangista y antifranquista, socialista y católico, populista y exquisito, cristiano de base y millonario, patriota y hombre de partido, persona risueña e indulgente, pero amigo de Garzón y de la justicia universal. Ha sabido conducir inteligentemente su vida; ha maridado con mujer bella y emprendedora, capaz de embolsarse, según se ha dicho, 800.000 euros al año con unas tiendas de abalorios, lo que la coloca, desde el punto de vista empresarial, muy cerca del milagro de los panes y los peces, cosa que gustará, sin duda a su marido. Bono ha desarrollado una política matrimonial para su estirpe digna de la de los Reyes Católicos, emparentando a los suyos con lo más de lo más, con carne de couché. A ratos libres, se ha hecho con una hípica en Toledo, es decir ha logrado el sueño que todos los buenos padres de familia tienen con sus vástagos: que si quisieren caballear puedan hacerlo en la hípica de papá, sin riesgos ni temores.

Malnacidos, calumniadores y otras especies de envidiosos, recelan de tanta fortuna y se malician que haya gato encerrado. ¡Qué enorme error! Sólo los muy tontos se mercan trajes de favor en sastrerías mediocres. Todo lo que ha hecho Bono es seguramente legal, más que legal, admirable. ¿Es que se puede reprochar a un líder político que tome decisiones que generen gratitudes eternas? ¿Es que acaso se va a establecer la prohibición de tomar medidas que beneficien al Bien Común, con mayúsculas, como lo pondría Bono, por el hecho, meramente casual, de que puedan lucrarse algunos de los amigos de quien las tome? No señor, lo primero es lo primero, gobernar para el pueblo, sin preocuparse del qué dirán, que tampoco es para tanto.

Estas razones están muy claras en la cabeza y el corazón de quienes veneran al manchego. Sus votantes saben bien que en Bono han tenido a un gobernante que ha mantenido a raya a los especuladores; que bajo su mandato solo se han recalificado terrenos que fuese imperioso poner en el mercado, por su calidad, o por su urgencia, siempre con motivo. Pueden seguir estando tranquilos porque jamás podrá sospecharse, y menos aún probarse, que la mano de Bono haya movido torcidamente raya alguna que trasmutase en oro terrenos que fuesen un erial, que haya convertido de modo interesado y parcial pedrizales estériles en fuentes inagotables de riqueza urbanística. Poco importa que en estas operaciones se hayan dejado unos euros de más por diversos recovecos, o que los españoles de a píe paguen el metro del pisito suburbano a precio de Manhattan. Contentos están ellos con que el urbanismo esté en manos progresistas, y con que los especuladores no hayan podido hacer su agosto a costa del sudor de su frente.

Lo que ocurre en este país de envidiosos es que la gente tiene ganas de manchar con calumnias la límpida ejecutoria de un político ejemplar, de alguien que persiguió de manera implacable a los traficantes del lino, a su antecesor en Defensa, a cuantos han desafiado su rigurosa ética civil.

Bono es un ejemplo moral, es la mejor parábola sobre las virtudes de la democracia, sobre su limpieza, sobre su trasparencia, sobre su incorruptibilidad. Toca ahora a los electores valorar cuanto se ha dicho, y tal vez se siga diciendo, sobre las indudables habilidades patrimoniales y gerenciales de un político que, como todo el mundo sabe, se ha dedicado exclusivamente a los demás, al servicio público.

Algunos pensarán que la justicia debiera intervenir en el asunto, tan extendida está entre nosotros la confusión entre la política y la ley, la judicialización del debate social. No habrá tal, apenas una pena de papel, porque la justicia emana del pueblo, dice la Constitución, y el pueblo ya ha hablado elocuentemente al ungir a Bono con sus votos.

Pese a tan espesas razones, el enriquecimiento de Bono es repulsivo, impensable en una democracia exigente y rigurosa. El canciller Kohl vive modestamente en un pisito, mientras Bono no sabe en cuál de sus mansiones pasará el próximo fin de semana. Hay que aprender a distinguir la ética de la legalidad, a juzgar independientemente de lo que tuvieren que decir los jueces, porque muchos de los atentados más graves al interés general se llevan a cabo con extrema pulcritud jurídica, aunque con no menor hipocresía.

[Publicado en El Confidencial]