Una lección

El señor Mourinho ha dado ayer una lección, de fútbol, por supuesto, pero una lección que vale para algo más que para ganar partidos. Tal vez me equivoque, pero me parece que lo que hace Mourinho es lo siguiente:

1. 1. Adaptarse a lo que tiene

2. 2. Simplificar los objetivos: ir a ganar

3. 3. Mejorar el rendimiento de su equipo con ideas originales, pero sujetas a los principios 1 y 2

4. 4. Convencer a sus jugadores de que eso es lo que hay que hacer, y tratarlos con rigor y afecto

Como es fácil de ver, se trata de un vademécum que también podría aplicarse a la política, por ejemplo.

El resultado es que ha ganado cuatro títulos en dos años con una plantilla que no envidiarían ninguno de los grandes equipos españoles, que ha conseguido el triplete con el Inter, eso que hizo el Barça el año pasado y que parecía imposible, y que ha ganado dos copas de Europa con equipos que no eran claros favoritos.

Ahora parece que podría venir al Real Madrid. La pregunta es si le van a dejar hacer lo que sabe hacer, o si le tenderán trampas escasamente sutiles. Es posible que el Real Madrid quiera seguir viviendo de la retórica valdanesca, de la inflación florentiniana, del poder de la marca: en ese caso Mourinho no podrá hacer nada y acabará, más o menos, como el segundo Camacho, pero dudo que se deje.

El fútbol profesional es pasto de memeces, pero también la ciencia sufre de esa plaga, por ejemplo; quiero decir que, más allá de las bobadas que se oyen a hora y a deshora, el fútbol profesional es una realidad muy compleja y que hay quien sabe entenderla y manejarla, y quienes no. Mourinho, como Capello, por ejemplo, sabe de esto, y si le dejan trabajar con una plantilla, mejorable pero excelente, como la del Real Madrid, llegará lejos. Al tiempo.

Un viaje en tren


Hoy he pasado buena parte de la jornada a bordo de un tren, de Córdoba a Atocha, y de allí a Pamplona. He viajado cómoda y descansadamente, he podido leer y, sobre todo, he podido ver esa España que solo se ve desde el tren, esos paisajes húmedos y hermosísimos de Córdoba, de Ciudad Real, esos pueblos inverosímiles, de Guadalajara y de Zaragoza, varados en un pasado que nunca volverá, pero dignos y admirables.
Pese a lo mucho que me gusta el tren, no he podido evitar una sensación de congoja al comprobar cómo, en todo el día, un día laborable, no he visto un solo tren de mercancías en marcha, Es verdad que las líneas de alta velocidad son de ancho internacional y exclusivas para viajeros, y ese es uno de sus errores, pero pasan junto a estaciones de ancho español, en las que no se ve nada que se mueva, y, además, el viaje a Pamplona se hace usando parte de la red convencional.
El descenso de nuestro tráfico de mercancías es espantoso, no tiene igual en todo el mundo. Los españoles, es decir nuestros políticos, nos hemos convencido de que la alta velocidad es lo que se necesitaba, y hemos abandonado por completo lo que mejor nos hubiera venido, el potenciar el transporte de mercancías por ferrocarril. Se podría aprovechar el parón que se avecina en la inversión para abrir un debata sobre este punto. Tenemos trenes de lujo, no cabe duda, pero le estamos dando la puntilla al ferrocarril razonable, al interés de un transporte de mercancías que se podría mejorar mucho sin tan grandes inversiones. No sé si estamos a tiempo de rectificar, pero deberíamos hacerlo incluso a destiempo.

El chirimbolo

El alcalde de Madrid, solo o en compañía de otros, ha perpetrado una insigne fealdad en forma de chirimbolo en mitad de la ya desdichada Plaza de Castilla. Se trata de un artilugio feo y que, al parecer, se niega a hacer lo que se supone le daría cierta gracia, o sea, que no se mueve. Si el alcalde hubiese preguntado a los madrileños sobre el proyecto, como lo ha hecho el de Barcelona sobre la Diagonal, se habría llevado un buen susto, mayor quizá que el del catalán, pero como les pregunte sobre el resultado puede haber más que palabras.
En las ciudades como Madrid y Barcelona existe una curiosa dialéctica entre las ideas del consistorio y los intereses y los gustos del vecindario. A veces, ese disenso se limita a divergencias de orden estético, pero en ocasiones la cosa va a más. En una época de forzadas austeridades presupuestarias, las alegrías estéticas de los alcaldes son especialmente cabreantes, sobre todo si son feas de narices.
La cuestión de fondo es que los ayuntamientos van a tener que hacer una de estas dos cosas o, muy probablemente, las dos al tiempo: reducir sus bienes, servicios y jolgorios, y subir los impuestos al vecindario. Toda esa inmensa variedad de servicios sociales y culturales que muchos ciudadanos ni siquiera sospechan, está en el aire, y tal vez no sea para mal. Los ayuntamientos no deberían empeñarse en una imagen de la ciudad que les lleve a la megalomanía. Si de paso dejasen de hacer mamarrachadas como la del horrible chirimbolo de la Plaza de Castilla, pudiera ser que la crisis acabe teniendo algunas ventajas.

Garzón, español ejemplar

El término ejemplar tiene, en nuestra hermosa lengua española, dos acepciones muy distintas: un ejemplar es un caso típico de algo, y ejemplar se dice de alguien que debiera ser imitado. Se ve fácilmente que el genio de la lengua es muy optimista, porque sostiene ambos significados de la misma palabra. Bien está que la lengua, al menos, sea optimista, porque el panorama no está para muchas alegrías. La democracia española no ha podido beneficiarse del apoyo que presta, en otros lugares, una ética pública exigente, y ampliamente compartida. Entre nosotros, por el contrario, es muy frecuente tener, y no sentir empacho alguno, una concepción puramente patrimonial de los cargos, sin apenas sentido institucional. Garzón ha sido un personaje característicamente español en este sentido preciso: un juez al que parece haber importado bastante poco la situación de su juzgado, y la justicia ordinaria, lo que le ha permitido utilizar su cargo como un trampolín espléndido, cosa que, naturalmente, ha sabido aprovechar muy bien para cultivar su fama. Fruto de esa conducta ha sido la pretensión de que un juez de la nombradía internacional de Garzón, no pudiera ser juzgado por unos desconocidos. Sin embargo, hay muy pocas dudas sobre la respuesta que pudiera dar cualquiera si se le preguntase: ¿Prefiere caer en manos de un juez justo, concienzudo y anónimo, o de un juez famoso y descuidado?
Como tantos españoles, Garzón ha trabajado para sí antes que para cualquier justicia. En efecto, lo primero que piensan muchos españoles cuando acceden a un cargo es: ¿Qué voy a sacar yo de todo esto? Lo que debiera pensar, por el contrario, es: ¿Qué espera la sociedad española? ¿Cuáles son mis obligaciones? ¿Qué objetivos son los esenciales? La mayoría de los políticos no considera su cargo público como un servicio, sino como una cucaña que le permitirá a él llegar más arriba; este tipo de personajes no se ocupa de su función, sino de apoyar a su provincia, a sus electores, a sus militantes, y, cómo no, a sus amigos. Como es natural, esta clase de conductas suele revestirse de ideología, para evitar que se advierta su indecencia, y puede hacerlo porque la cultura política de los españoles está todavía muy subdesarrollada. Una buena mayoría de electores decide sus preferencias basándose, únicamente, en analizar lo que se les dice, no lo que pasa, o lo que les hacen. Somos herederos de una cultura barroca, declamatoria, adoradores de las grandes palabras, y estamos poco acostumbrados a lidiar con cifras, con experiencias, a ejercer el espíritu crítico. Las televisiones están haciendo estragos en esta tendencia al embobamiento, no en vano Zapatero ha sido muy generoso con sus problemas, y con nuestro dinero.
Una manifestación muy típica de esta conducta escasamente crítica es la tendencia leguleya a convertirlo todo en una discusión en la que no haya reglas claras, en que todo se pierda en mil vericuetos, para explotar la presunción de que se está defendiendo algo que está más allá de las disputas ordinarias. Las triquiñuelas, el tipo de argucias que ha intentado Garzón para evitar que el Supremo le someta a juicio, son un buen ejemplo de esa estrategia hipócrita, pero efectiva con los bobos. Este perderse en considerandos infinitos y en otrosís, favorece la ignorancia de la distinción esencial entre lo ético y lo jurídico; aquí se tiende a actuar como si todo lo que no es delictivo, fuese perfectamente lícito, aunque sea moralmente repulsivo. A eso ayudan las artes de la hipocresía, la mentira convertida en buena educación, el eufemismo elevado a sabiduría. Se sabe que algo está mal, pero lo esencial es que no lo parezca, que no trascienda. La mentira, decía ya Gracián, hace siglos, se ha asentado en la instalado en la corte; lo asombroso es que los que resultan perjudicados, y son legión, no se sientan llamados a desenmascarar a quien les toma miserablemente el pelo. Hace unos días, por ejemplo, al salir el Rey del Hospital Clinic, expresó su admiración por lo bien que estaba la Seguridad Social; pues bien, es asombroso que nadie haya reparado que el Rey no ha estado nunca en una lista de espera, y que, además, ha sido atendido en una zona privada del Hospital, pero claro no se va a llamar mentiroso a don Juan Carlos que trata siempre de ser tan simpático.
Cualquiera que haya sentido alguna vez la admiración que suscita la lucha por la justicia y la libertad, un movimiento que cierta izquierda pretende monopolizar sin demasiadas razones, no dejará de sentirse abochornado por algunas de las cosas que se han dicho estos días a favor de Garzón, como tampoco dejará de sentir pasmo ante la impavidez de Zapatero para afirmar una cosa y su contraria; tales son las artes que, al parecer, permiten pasar de oscuro secretario provincial, a presidente del gobierno. Estamos sobrados de esa clase de artistas, pero escasos de electores capaces de pensar por cuenta propia, más allá de los oropeles de Garzón, o las mañas de Zapatero.

Vengan días, caigan duros

Hay días en que la actualidad es pródiga en ejemplos de generosidad y de altruismo, lo que desmiente esa visión pesimista de la vida que siempre lleva a sospechar de los poderosos, la mayoría de las veces sin motivo. Pondré dos ejemplos que, de manera harto casual, afectan a dos amigos, a dos personajes progresistas que se profesan un afecto tierno y duradero, a Bono y a Garzón.
Un amigo, que vive en los EEUU desde hace cuarenta años, me contó una vez que un tío suyo, médico, tenía una filosofía de la vida que se resumía en “Vengan días, caigan duros”, un optimismo pegado al terreno propio de quien ocupa una posición social en que, como le ocurría a él, cabe esperar que el tiempo pase y toda vaya bien.
Esa será, supongo, la actitud de José Bono, que lleva años viendo como se engrosa discretamente su patrimonio, sin hacer nada por evitarlo. Le caen los duros, porque la gente le regala caballos, le construye cosas gratuitamente, le ofrecen permutas ventajosas, le decoran las habitaciones, o porque la administración, siempre amigable, le recalifica unos terrenillos, aunque, eso sí, sin que nada de eso tenga que ver con su condición de mandamás político en Castilla la Mancha y en el PSOE. Véase, el último ejemplo que ha salido a la luz, la recalificación de una finquilla de Bono que le permitiría ganar cerca de un millón de euros, si decidiese venderla, aunque me parece a mí que le gustan mucho las fincas, y no la venderá. Bono debe ser un hombre feliz, porque apenas se le puede pedir más a la vida, ser decente, progresista, creyente en lo que conviene, poderoso, amado de los suyos y cada día más rico, sin haber cogido nada que no le perteneciese. Es maravilloso vivir en una sociedad que se las arregla para premiar de manera tan discreta y eficaz a sus buenos políticos.
El caso de Garzón también mueve a gozo. Resulta que el Consejo ha decidido concederle la posibilidad de trasladarse a La Haya, que es un lugar apacible y discreto donde Garzón estará muy a sus anchas haciendo justicia universal, y sin que nadie lo note, pese a que ese mismo Consejo le suspendiese como juez tan solo 24 horas antes. ¡Qué admirable resulta la sutileza cuando se aplica en beneficio del perseguido! ¡Qué enorme alegría para todos los funcionarios, aun los más oscuros, que ven cómo, en adelante, se les aplicará a todos ellos esta clase de beneficios! Digo esto, porque nadie debiera suponer que el Consejo haya actuado en esta ocasión sin los ojos vendados, dejándose influir por el hecho, anecdótico e irrelevante, a todas luces, de que Garzón sea, si es que lo es, juez, como quienes le han concedido semejante oportunidad. “Justicia para todos” debiera ser, y es, el lema de esta clase de órganos, y a ver si vamos aprendiendo a distinguir la justicia de la mera igualdad, y si no nos sale, pues a leer a Orwell, que es muy instructivo.

Explicaciones ozorescas

La muerte de Antonio Ozores ha dejado al Gobierno sin modelo de comunicación. Siento emplear al bueno de Ozores, a un personaje excepcional, a un genio popular y simpático, en disputas políticas, y espero que él me lo sepa perdonar, pero no encuentro mejor analogía para caracterizar las explicaciones del Gobierno sobre lo que ha dicho Zapatero que van a hacer.
La diferencia principal está en que esa mezcla ozoresca de párrafos ininteligibles con fragmentos normales producía hilaridad, mientras que las explicaciones del gobierno suscitan una mezcla de indignación, pena y asombro, pero sin gracia alguna.
Sus defensores dicen que no saben comunicar, lo que resulta pasmoso dicho de unos sujetos que lo único que saben es algo de eso, como lo muestran los millones de adeptos que aún conservan. Yo confieso no haber podido contener la risa oyendo al cuarteto gubernamental (ZP, las vices y Corbacho) explicando lo de las pensiones; Corbacho, en concreto, ha dicho que el Gobierno sabe “preveer” muy bien lo que va a pasar en el 2012 y que, mientras tanto, hay que estar tranquilos. De pena.

Zapatero III

Algunas películas de éxito recurren al expediente de fabricar secuelas para explotar su tirón. Se trata de una estrategia basada en la insaciabilidad de cierto público, pero que respeta siempre una regla, a saber, no alterar el carácter del personaje principal. El caso de ZP es digno de estudio porque supone una violación de esa regla. Veamos:

Zapatero a secas, fue un éxito inesperado, pero a posteriori se le vieron hechuras al producto: la sonrisa, el talante, el buen rollo. Una especie de Peter Pan que venía después de un personaje algo más hosco y ese parecía su mayor atractivo, poca cosa, como se ve.

Zapatero II se aprovechó del tirón del personaje para presentarnos un tipo profético, el economista capaz de superar a Italia y a Francia, el amigo de Obama, el líder capaz de suprimir el paro, de firmar la paz con ETA, en fin, casi un milagro.

De repente, a mitad de temporada, se desencadena el caos, la gente ya no compra el producto, las cañas se vuelven lanzas, y la factoría de La Moncloa saca a la calle, en horas veinticuatro a Zapatero III, un hombre de estado, un tipo capaz de imponer sacrificios al más pintado, bueno, «a ese no, que es de los nuestros», pero a todo el mundo.

Me temo que el público vaya a salir corriendo de la sala y puede que hasta la apedree, pero, ¿tendrá un programa alternativo? ¿podrá cambiar de hábitos y ver alguna película galaica, por decir algo?

Carta de un funcionario

Un amigo verdadero, funcionario en un puesto modesto, trabajador, entregado, competente y decente, me escribe una carta quejándose de que la opinión pública les eche la culpa del despilfarro, del desastre. Me manda un escrito con el que dice solidarizarse. El escrito comienza diciendo, de manera un tanto sospechosa, “en los últimos días, la cloaca política y mediática neoliberal ha babeado de placer ante los ecos de una posible congelación salarial a los funcionarios. Sin embargo, nada sería más injusto que pasar la factura de la crisis a este colectivo. Así, en los momentos de hervor económico y ladrillazo, un encofrador podía duplicar el sueldo de un Técnico Superior de la Administración, y para conseguir que un albañil viniera a casa había, poco menos, que apuntarse en una lista de espera y cruzar los dedos”. Da la impresión de que al funcionario escribiente le cabrea más el jolgorio de los neoliberales que la reducción salarial que les ha colocado ZP. Transcribo lo que le contesté a mi amigo: Hay mucha verdad es el texto que me mandas, pero también mucha demagogia, y mucho maniqueísmo. Empecemos por lo último: resulta que las contraposiciones entre buenos y malos (los funcionarios y los neo-liberales, los que se inflaron con la construcción y los estudiosos opositores) sirven habitualmente para no analizar los problemas con algo más de finura. Lo principal que nos pasa no es que padezcamos un pésimo gobierno, que no es culpable de la crisis, pero sí es culpable de no haberla afrontado y de haberla empeorado con su gestión; no, más grave es todavía que haya tantos electores que no comprenden el mundo en el que viven, que, desde luego, no es mundo justo, pero nunca lo ha sido, aunque sea mejor que el de los años 30 o 60, por ejemplo.
No vivimos en una sociedad del mérito intelectual, de sobra es evidente. Pero los funcionarios no somos lo mejor de este país, ni siquiera los que se puedan considerar, con motivo, los mejores de su especie. Hay demasiadas pocas cosas buenas en España, y solo abunda el que quiere echarle siempre la culpa a los demás, especie en la que ZP es absolutamente ejemplar.
El aumento desmedido del gasto público es una de las razones por las que el gobierno está a punto de hacer naufragar el euro, porque en una situación de crisis el Estado debería haber dado ejemplo de contención, y es archiclaro que no lo ha hecho. Al dilapidar el dinero, se lastran las posibilidades de recuperación de la crisis porque no hay liquidez para continuar los negocios, ni hay nadie dispuesto a arriesgarse a emprenderlos nuevos. El paro no es la causa de la crisis, sino su consecuencia, y, luego, su agravante. Pretender que eso pueda arreglarse con mayor gasto público es una locura (planes E o Z o como se llamasen y cosas así).
Yo creo que es injusto cargar a los funcionarios con los costos, pero es el gobierno quien no se atreve a asumir otros recortes, porque van contra su política, y cree que los funcionarios no se volverán contra él, sino contra los neo-liberales y trampantojos similares. Es evidente que hay parar el gasto y que lo fácil, e injusto, es castigar a los pensionistas y los funcionarios, aunque no todos se merezcan lo que se ganan, como tú sabes muy bien. Sería deseable, pero es imposible, distinguir entre buenos funcionarios y una auténtica plebe de parásitos que ha crecido como plaga en estos años de democracia (imperfecta, por supuesto). A la muerte de Franco había 700.000 funcionarios; es evidente que eso habría de crecer, pero también es obvio que es absurdo suponer que se necesiten más de 3.500.000, si no me confundo de dato, sin contar con liberados sindicales y cargos políticos. Por hablar de lo que yo conozco, las universidades, los funcionarios públicos españoles, que son la mayoría de sus miembros, como yo mismo, no son capaces de hacer que ninguna de las españolas aparezca entre las 200 mejores del mundo, por ejemplo.
Son las subvenciones (que suman miles de millones) lo primero que habría que cortar, pero eso sí es incompatible con ser ZP. No sé si la gente sabrá aprender, pero discursos del corte del que me mandas hacen poco por la causa. Seguimos hablando. Un abrazo,

La religión del papel

En los años, casi juveniles, en que me dio por ser editor, trabajaba con un imprentero, lamentablemente ya fallecido, del que llegué a ser amigo. Era un tipo irrepetible porque era un loco, digamos, cervantino, es decir, perfectamente sensato y caballeroso, salvo cuando se le hablaba del papel; entonces entraba en trance y se veía perfectamente que, para él, el papel era lo importante y que, en comparación con el papel, lo que pudieran decir los libros era una fruslería. Pese a esa locura, le profesaba un enorme afecto porque era una bellísima persona.
Me acuerdo muchísimas veces de mi amigo Enrique cuando escucho las jeremiadas de los defensores de la imprenta y del papel como algo equivalente a la ciencia, la cultura y la libertad. Todas las técnicas poderosas han suscitado rechazos, y han procurado revestirse de respetabilidad. Una de las objeciones de fondo a la lectura digital, y a los aparatos que la facilitan, ha sido la supuesta existencia de determinadas dificultades para la lectura sobre pantalla, ignorando deliberadamente que la tecnología de tinta electrónica no produce cansancio alguno a los ojos; ese argumento, si pudiéramos llamarlo así, se suele adornar con diversas pamemas fisiológicas y semióticas sin mayor fundamento, como si el entendimiento, la sensibilidad, la reflexión y el espíritu crítico, que son las cualidades que ennoblecen la lectura, hubiesen aparecido en el mundo gracias a Gutenberg.
No hay más remedio que sospechar que el verdadero quid de la cuestión está en el interés por forzar la supervivencia de unas industrias acabadas. Además, se confunde un libro con un objeto, ignorando que los libros no son un mero mazo entintado de páginas, sino un conjunto de argumentos, de metáforas, de discursos.
La edición encontrará su papel con enorme claridad en el mundo digital, porque no se limitará a producir copias de una determinada composición en páginas y en tipos, sino a enriquece el libro con todo lo que enriquecerá su lectura, su comprensión, con lo que sea capaz de iluminar su significado y su influencia en cada momento. Los clásicos revivirán porque siempre habrá estudiosos dispuestos a editarlos, sin que se necesite el aval de un agente mercantil que calcule el coste de la impresión, el marketing y la distribución de lo que ya será para siempre su obra, no la del autor.
Ignorar las posibilidades que se abren a la edición, en el sentido propio y no mercantil del término, es un error imperdonable. Las perspectivas que se abren asustan, porque vemos cómo se desmorona un edificio de varios siglos, pero hay que perder el miedo a que las autorías se disipen, a que los escritores no puedan vivir de su oficio. El derecho principal de los autores es el derecho a ser leídos, y su remuneración no hará sino crecer en el nuevo entorno digital, que puede y debe aspirar a ser mucho menos mediatizado que el de la imprenta. Los dispositivos dedicados a la lectura han llegado para quedarse, aunque se desgañiten los agoreros, incluso en esta España tan propicia a las leyendas y que, a veces, parece tan desatenta a los argumentos esenciales.