Autor: JLGQ
Una lección
El señor Mourinho ha dado ayer una lección, de fútbol, por supuesto, pero una lección que vale para algo más que para ganar partidos. Tal vez me equivoque, pero me parece que lo que hace Mourinho es lo siguiente:
1. 1. Adaptarse a lo que tiene
2. 2. Simplificar los objetivos: ir a ganar
3. 3. Mejorar el rendimiento de su equipo con ideas originales, pero sujetas a los principios 1 y 2
4. 4. Convencer a sus jugadores de que eso es lo que hay que hacer, y tratarlos con rigor y afecto
Como es fácil de ver, se trata de un vademécum que también podría aplicarse a la política, por ejemplo.
El resultado es que ha ganado cuatro títulos en dos años con una plantilla que no envidiarían ninguno de los grandes equipos españoles, que ha conseguido el triplete con el Inter, eso que hizo el Barça el año pasado y que parecía imposible, y que ha ganado dos copas de Europa con equipos que no eran claros favoritos.
Ahora parece que podría venir al Real Madrid. La pregunta es si le van a dejar hacer lo que sabe hacer, o si le tenderán trampas escasamente sutiles. Es posible que el Real Madrid quiera seguir viviendo de la retórica valdanesca, de la inflación florentiniana, del poder de la marca: en ese caso Mourinho no podrá hacer nada y acabará, más o menos, como el segundo Camacho, pero dudo que se deje.
El fútbol profesional es pasto de memeces, pero también la ciencia sufre de esa plaga, por ejemplo; quiero decir que, más allá de las bobadas que se oyen a hora y a deshora, el fútbol profesional es una realidad muy compleja y que hay quien sabe entenderla y manejarla, y quienes no. Mourinho, como Capello, por ejemplo, sabe de esto, y si le dejan trabajar con una plantilla, mejorable pero excelente, como la del Real Madrid, llegará lejos. Al tiempo.
Un viaje en tren
El chirimbolo
Garzón, español ejemplar
Vengan días, caigan duros
Explicaciones ozorescas
La diferencia principal está en que esa mezcla ozoresca de párrafos ininteligibles con fragmentos normales producía hilaridad, mientras que las explicaciones del gobierno suscitan una mezcla de indignación, pena y asombro, pero sin gracia alguna.
Sus defensores dicen que no saben comunicar, lo que resulta pasmoso dicho de unos sujetos que lo único que saben es algo de eso, como lo muestran los millones de adeptos que aún conservan. Yo confieso no haber podido contener la risa oyendo al cuarteto gubernamental (ZP, las vices y Corbacho) explicando lo de las pensiones; Corbacho, en concreto, ha dicho que el Gobierno sabe “preveer” muy bien lo que va a pasar en el 2012 y que, mientras tanto, hay que estar tranquilos. De pena.
Zapatero III
Algunas películas de éxito recurren al expediente de fabricar secuelas para explotar su tirón. Se trata de una estrategia basada en la insaciabilidad de cierto público, pero que respeta siempre una regla, a saber, no alterar el carácter del personaje principal. El caso de ZP es digno de estudio porque supone una violación de esa regla. Veamos:
Zapatero a secas, fue un éxito inesperado, pero a posteriori se le vieron hechuras al producto: la sonrisa, el talante, el buen rollo. Una especie de Peter Pan que venía después de un personaje algo más hosco y ese parecía su mayor atractivo, poca cosa, como se ve.
Zapatero II se aprovechó del tirón del personaje para presentarnos un tipo profético, el economista capaz de superar a Italia y a Francia, el amigo de Obama, el líder capaz de suprimir el paro, de firmar la paz con ETA, en fin, casi un milagro.
De repente, a mitad de temporada, se desencadena el caos, la gente ya no compra el producto, las cañas se vuelven lanzas, y la factoría de La Moncloa saca a la calle, en horas veinticuatro a Zapatero III, un hombre de estado, un tipo capaz de imponer sacrificios al más pintado, bueno, «a ese no, que es de los nuestros», pero a todo el mundo.
Carta de un funcionario
La religión del papel
