Todo, menos prestar atención a lo que pasa

La suspensión del juez Garzón acordada por el Consejo General del Poder Judicial no debiera ser noticia, y, sin embargo, ocupa la portada de todos los medios. La salida del Sol no es noticia, y la suspensión de Garzón es de una normalidad casi astronómica. Lo que nos ocurre es que estamos tan acostumbrados a que acontezca lo anormal, y lo impensable, que cuando pasa algo razonable, el país se pone tenso, por si las moscas.
Estos días hay división de opiniones por las medidas del Gobierno para acallar a Merkel & Obama, y, tal vez, a los chinos. Lo que casi nadie dice es que es tremendo y humillante que esas medidas hayan tenido que llegar así. Sean, en cualquier caso, bienvenidas, y ojalá sirvan para prepararnos a lo que va llegar, tal vez antes de que acabe mayo.
Los funcionarios se quejan de la rebaja de sueldo, o eso dicen algunos que hablan en su nombre, y además es lógico, porque a nadie le gusta perder poder adquisitivo; pero nadie dice que es lógico que los funcionarios dejen de vivir en el reino de Jauja que les garantizaba Zapatero, un crecimiento salarial interesante, mientras el resto del país agoniza.
De todas maneras, estoy por creer que la crisis económica es el menor de nuestros problemas, y no me refiero ahora a ZP, aunque forma parte del paquete por méritos propios. Lo que realmente asusta es mirar de cerca nuestra ineficiencia, nuestras rutinas, nuestro desinterés, nuestra ignorancia. ¿Qué aportamos al mundo en 2010? ¿Cuáles son las razones por las que una economía global muy competitiva no debiera prescindir de España? Si cada uno de los funcionarios pensase seriamente si, en el caso de que de él y de sus bienes dependiese, contrataría a alguien para hacer lo que de hecho hace, es posible, que una ola de pánico y/o de decencia se adueñase de España. La pregunta se podría hacer también en muchas empresas, grandes y pequeñas, portentosamente ineficientes, que viven de milagro. Ese es el tipo de cosa que debiéramos pensar, si quisiésemos salir adelante por nuestras fuerzas, no por la piedad o el gobierno de otros. Porque, vamos a ver, ¿lo de Garzón a quién le importa de verdad?

El revés de la trama

Este era el título de una de las novelas de Graham Greene (The Heart of the Matter) que más me impactaron en mi juventud. Apenas recuerdo sus detalles, pero sí la honda impresión que me causó, a mis dieciséis años. Luego, fui educado en una cierta trivialización del tipo de equívocos morales que novelaba el quijotesco inglés. Aprendí a meditar sobre la realidad y la apariencia, estudie a los filósofos de la sospecha, aunque yo siempre sospeche de Nietzsche, sobre todo.
Por si faltara poco, he seguido siempre con interés la política, y creo haber aprendido a distinguir sus distintas retóricas. El caso es que ando preocupado estos días con el riesgo que corremos por el desvelamiento de un Zapatero capaz de cambiar de política, por el engaño perezoso de no ver más allá del humillante humo de la circunstancia. Cuando se baja el telón, es cuando mejor se perpetra el engaño, cuando el público se muestra más propicio a creer en la magia, y por eso es imposible hacer negocio revelando la carpintería del espectáculo. Vale, de momento.

Equilibrios en el alambre

El día de hoy no es como para andar con bromas, ni con matices, pero me parece que precisamente en días en que la actualidad parece cegadora, puede ser interesante dedicarse a hablar de cosas ligeramente más sutiles.
Les voy a pintar un panorama de equilibrios entre la política, la justicia y la fama. Visto que el TS va a empapelar a Garzón, si no es que los justicieros internacionales se lo llevan en volandas y a tiempo, estaba cantado que el señor de los trajes, volvería al estrado. Los jueces tienen que ser justos, pero no están obligados a ser heroicos, y visto lo que les había caído a cuenta de don Baltasar, era muy improbable que se pasasen de generosos con el señor Camps.
Si hay un político en cuya defensa no gastaría una línea, es el presidente de la Comunidad de Valencia; creo que es casi imposible ser más torpe de lo que él ha sido, y creo que ha hecho, y parece que seguirá haciendo, un grave daño a su partido, y a España. Si no es un corrupto, que no lo sé, no cabe duda de que se ha conducido de la manera más idiota, ridícula y risible que se pueda imaginar, y solo por eso, en un país medianamente serio, no debería permanecer un minuto más en su puesto. Resulta sorprendente, sin embargo, que se pueda empapelar a alguien por meros trajes, mientras que al señor de los caballos, los dúplex y los variadísimos regalos de sus amistades inmobiliarias, no hay fiscal que le tosa.
Cuando se piensa en la democracia española es inevitable caer en la cuenta de que aquí, el poder, el verdadero poder, sigue siendo intocable.Nuestra tradición de oscurantismo, disimulo, retórica, mentira e irresponsabilidad, sigue intacta. Queda mucho para que podamos gozar de una democracia decente, pero no echemos la culpa a nadie, solo a nosotros mismos que lo consentimos con una mezcla absurda de pasividad, picardía y cinismo.

Justicia infinita

El juez Garzón ha decidido poner en la calle a uno de los líderes más significativos del entorno de ETA empleando unos procedimientos que recuerdan extraordinariamente a los afectados por las tres causas que contra él se están viendo en el Tribunal Supremo. Hay dos cosas que son obvias: la primera es que el juez Garzón será lo que sea pero no es incoherente; la segunda es que el señor juez tiene una idea bastante laxa de la relación que haya de guardar la justicia que imparte con la ley común.
El señor Diez Usabiaga ha sido liberado para que pueda asistir a su madre de acuerdo con la ley de dependencia. Sin embargo, según se ha sabido, no se han cumplido los trámites oportunos para que sea aplicable esa exención de cárcel, y se da la circunstancia, además, de que el afecto maternal del líder no ha sido lo suficientemente intenso como para pasar a saludar a su madre, más de una semana después de ser liberado, además de que el amoroso dirigente tiene dos hermanas que muy bien hubieran podido ocuparse de su señora madre. Aunque según el aforismo clásico, dura lex, la ley sea dura, ya se ve que también puede ser muy oportuna, siempre que Garzón esté por medio.
Una vez más, el juez Garzón se ha salido del camino común para aplicar una justicia sui generis, algo que en manos de cualquier otro sería considerado, probablemente, como delictivo. Garzón aplica una justicia sin tasa, sin límites, infinita. Muchos recordarán que Justicia infinita fue el nombre que, de manera notoriamente impía, adjudicó el señor Bush a una de sus operaciones bélicas en desiertos lejanos. No pretendo molestar a los numerosos admiradores de nuestro benemérito juez empleando para sus decisiones un titular tan malsonante, pero son cosas que pasan.
Garzón no reconoce límites ni quiere tenerlos a la hora de aplicar su fino instinto judicial a los complejísimos casos que le caen en suerte. Volvamos al líder del entorno etarra; cualquiera entenderá que no se trata de un preso común, sino de un recluso excepcional. ¿Es lógico que se apliquen a seres excepcionales normas tan comunes y romas? ¿Para qué pudiéramos querer un juez de la notoriedad de Garzón si no le fuere lícito interpretar la ley de acuerdo con su acendrado espíritu de Justicia? Garzón es un juez que no conoce límites ni fronteras; por ello tiembla Ben Laden, al que ha empapelado en un rasgo de valor indudable, y otros delincuentes de su porte apenas se atreven a salir a la calle.
El magistrado de las X no reconoce otros límites que los que él se imponga, y que cree que para hacer justicia no se puede andar uno con zarandajas. Recordarán ustedes cómo Garzón ha estado, en pleno ejercicio de sus derechos y sin olvidarse nunca de sus altísimas responsabilidades (otra cosa es que se le hayan pasado por alto un par de detalles burocráticos, que, en realidad, nadie debería exigir a figuras excepcionales como él), en una conocida universidad de Nueva York, y, de paso que ha ampliado su fabulosa formación jurídica, se ha empapado de la idea anglosajona de que los magistrados han de interpretar la ley, sin dejarse llevar por lecturas restrictivas del efecto benéfico de la justicia, universal, por supuesto.
Lógicamente, convencido como está de la necesidad de modernizar la justicia para salir en el telediario, ha debido pensar que ya está él ahí para decidir lo que haya que limitar, en cada caso, y lo que pueda y deba ser ilimitado para el beneficio de la justicia, universal, por supuesto. ¿Qué el expediente de Usabiaga no está completo? Ya se completará, si hiciese falta. ¿Qué el líder no tiene tiempo de atender a su mamita? Lógico, porque tendrá muchas obligaciones que atender, pero nadie debiera dudar de que la madre estará muy aliviada con su hijo por las calles, lo que satisface, sin duda alguna, la intención de fondo de la ley de dependencia, aplicada con amplitud de miras.
Los españoles podríamos ser muy injustos con Garzón si nos olvidásemos de su condición excepcional, de su costumbre de sobrevolar la legislación en beneficio de la justicia infinita. No hemos sabido ver lo que continuamente hace por todos nosotros y por nuestras instituciones, por los Gobiernos de izquierda, por los Bancos que saben ayudar a las universidades prestigiosas, por los magnates de la prensa, por los príncipes de la paz que tratan de superar el conflicto vasco, en fin por la justicia, infinita, por supuesto.
¿Cómo se puede pretender que la justicia, además de ciega, tenga las manos atadas, cuando el crimen sea tan inquietante, por ejemplo, como el de los engominados? ¿Acaso el público no comprende que, a base de garantías, se pueden acabar escapando y que se crearía un agravio con el PSOE de Filesa? ¿Es que queremos estigmatizar al más diligente de nuestros jueces que, de tanto trabajo que tiene, no acierta a quitarse el caso Faisán de encima? Pues bien, así no hay manera de hacer la justicia infinita que le gusta a Garzón, conviene que se sepa.

El PP baja en las encuestas

Con la que está cayendo, como decimos los castizos, resulta que el CIS ha desvelado que el PSOE sube en las encuestas, y el PP baja. Muchos se han apresurado a hablar de la cocina del CIS, y hay que reconocer que algunos datos de la encuesta resultan sumamente sospechosos. Yo creo, sin embargo, que el PP haría mal desatendiendo esta clase de signos, pero últimamente me equivoco bastante cuando opino sobre lo que le conviene al PP, para no hablar de lo que al respecto creen sus dirigentes.
Lo que yo veo es que el descontento de los electores del PP con Zapatero es mayúsculo, y también el de otros muchos que tuvieron la debilidad de votarle. También veo que esos mismos electores no acaban de estar encantados de las cosas que dicen, y hacen, Rajoy y el resto de portavoces del PP. En esta situación, bien pudiera pasar que la crisis dejase de agravarse, que ZP pasase por el aro de lo que le impongan Merkel y Sarkozy, y que el PP se quede casi sin discurso. Sé que ZP tiene casi tanto carácter como el escorpión que viajaba con la rana, pero también recuerdo sus contorsiones. En fin, que no las tengo todas conmigo, y temo que el declive de las encuestas pueda ser algo más que un efecto escénico, pero a lo mejor lo pienso porque me dejo convencer por los que creen que no servirá de nada votar al PP de Rajoy. Espero, por el bien de todos, que las cosas cambien.

Lecturas, libros y sabios

A través de una cita en libros&bitios, el blog de José Antonio Millán, he vuelto a releer un par de textos de Savater y de Rico sobre la educación y la lectura. Pese a que han sido editados con algún descuido, los dos textos son de gustosa lección. Tienen esa condición poco convencional que siempre se encuentra en las ideas de los que piensan por su cuenta. Hay en ellos, sin embargo, alguna leve reticencia hacia el texto digital, especialmente en el de Rico, que seguramente no ha satisfecho suficientemente la intención del editor (Santillana, 2009). De hecho, Millán cita una afirmación de Rico que abona una interpretación tópica sobre las curiosas virtudes del papel, cuando se trata de libros.
Muchos autores han creído ver en la lectura digital una serie de riesgos inevitables, alguna forma de decadencia intelectual, una pérdida. En mi opinión esta forma de ver las cosas se basa en una confusión que el paso del tiempo despejará por completo, aunque será el futuro quien tenga que sancionar definitivamente esta cuestión. Lo más común es afirmar que la lectura digital dispersa la atención, evita el abismarse en una trama, impide la lectura concentrada. Nos parece que esa dispersión, en la medida en que se dé, no es nada muy distinto a lo que se experimenta cuando se está en una buena biblioteca en la que se nos facilita el acceso directo a los estantes. Por lo demás, como subrayan tanto Rico como Savater, dista mucho de estar claro que el orden sea la principal de las virtudes cuando se trata de lectura privada, y tampoco es evidente que la dispersión sea siempre negativa en materia de lecturas, al menos en ciertas fases del desarrollo. Sin embargo, cuando se trata de la forma de leer que se requiere para la investigación y el estudio, cualquiera que niegue las ventajas del entorno digital debería mirárselo, como dicen en Cataluña. Cabe recordar, a este respecto, que, como señaló Stillman Drake, en sus inicios, la imprenta tuvo más impacto en los círculos intelectuales ajenos a la universidad, que dentro de ellas, porque los profesores de éstas eran reticentes inicialmente a abandonar sus ideales medievales, y su apego a los manuscritos. Como verán, hay cosas en la historia que tienden a repetirse.

La derecha española

Durante los ocho años de gobierno de Aznar, aunque el PSOE estuviese en crisis, y fueron unas cuantas, la izquierda siguió teniendo arraigo y solidez. La izquierda ha sabido ser más que los partidos que la representan. No está claro que esa sea la situación de la derecha.

La derecha no dispone, en la medida suficiente, de los instrumentos culturales de que ha gozado la izquierda y que en 2004 permitieron su vuelta al poder tras un período muy corto de hegemonía del PP. Los electores de la derecha constituyen un grupo disperso desde el punto de vista ideológico y que no ha sido capaz de crear los medios suficientes para la creación, difusión y promoción de sus valores. Pese a su indudable importancia numérica, se trata de un grupo a la defensiva, sin metas claras, con abundantes contradicciones que nadie trata de superar, y que ha carecido generalmente de una amplia visión estratégica. Esta situación ha cambiado algo en los últimos años, pero no haber sabido atajarla suficientemente fue, sin duda alguna, uno de los errores de fondo del gobierno de Aznar.

Una de las razones de esta diferencia entre izquierda y derecha es la siguiente: el único sector en el que las ideas de derecha han triunfado es la economía; la izquierda ha cambiado de naturaleza, de manera que los capitales (aunque puedan preferir a título privado a la derecha política) acuden en auxilio del vencedor allí donde gane la izquierda. Que Zapatero esté poniendo en peligro esa connivencia es uno de sus méritos indisputables.

Con la excepción mencionada, vivimos en una situación espiritual en que, renunciando básicamente a un programa económico propio, la izquierda promueve unos valores sentimentales muy nítidos y muy fáciles de compartir por una gran mayoría y, con la ayuda de casi el cien por cien del sector cultural, consigue imponerlos, identificando ese modo de pensar como el único civilizado. Quienes piensen de otra manera han de sobrevivir en un medio en el que, en la práctica, so capa de democracia, está severamente prohibido cualquier punto de vista alternativo.

Se trata de una situación a la que se debiera poner remedio, pero es un problema que escapa a la capacidad de cualquier partido como tal, por muy bien que lo haga, y no suele ser el caso. Solo una crisis gravísima podrá poner en riesgo este idílico panorama en el que sestea la izquierda.

El estado gaseoso

Una de las más desconsoladoras evidencias que atosigan a quienes observamos la política, y la vida, para qué engañarnos, es el desparpajo con lo que la gente va a lo suyo, y arrolla, siempre que le dejen, lo de los demás. Lo que ocurre es que la teoría no ha previsto suficientemente el caso de que quienes se ofrecen a trabajar por los demás lo hagan de forma tan excluyente para sí mismos. La corrupción es la consecuencia de eso… sí, pero es algo más, es su nombre verdadero.
Es una verdadera desvergüenza esta utilización de la política para hacerse el asiento a la medida. Pero no podemos quejarnos, en realidad. Para nuestra desgracia esos son los representantes que hemos elegido, aunque nos quede el muy relativo consuelo de que todavía podamos despedirlos. La gran pregunta es hasta dónde va a llevarnos esta orgía de gastos a la medida de políticos que solo buscan su perpetuación, y que regalarán becas y caramelos mientras no estalle nada.
ZP ha fabricando una España gaseosa, en la que los más listos se van a quedar con la caja, mientras unos dormitan con el opio identitario, y otros se dedican a inventar culpables, a llamar criminales a los especuladores, por si su nombre fuera poca cosa, como ha hecho el muy servicial Fiscal del Estado de ZP. Me parece que les odian tanto porque les conocen bien: son como ellos mismos. En un estado se puede flotar, pero los gases también puede envenenarnos, o estallar: es lo peor que tienen, que son más inestables que la mentira.

Dos y dos no tienen porqué ser cuatro, si no conviene

En España gozamos de un gobierno muy mirado que quiere tener jurisdicción sobre las palabras, que quiere mandar a base de imponer un vocabulario básico del que estén ausentes términos molestos, subversivos o reaccionarios. Ya nos hemos enterado de que la ministra Aido quiere que lo mismo que existen miembros existan miembras, porque , de no ser así, no dejamos que las miembras sean como los miembros y eso hace que no haya miembras cuando es evidente que debería haberlas. El lenguaje le sirve mucho al gobierno que, como anda preocupado con el gasto público, aunque no drásticamente, no ha creado todavía un ministerio de la gramática, en el que yo me pediría una dirección general del subjuntivo, por cierto. Ante una limitación de tan mal carácter, el Gobierno ha encontrado en el Fiscal, señor Conde, un aliado poderoso y muy creativo desde el punto de vista lingüístico. Resulta que el señor Fiscal ha descubierto que la cosa económica pinta mal por culpa de unos criminales económicos, y ha sugerido que habría que hacer algo en plan penal para que esos facinerosos dejen en paz al euro, y a su Gobierno, un benemérito grupo de personajes que no hace nada, pero que no para de inventar palabras y explicaciones.

Uno de los personajes de Orwell en 1984 afirma que en el momento en que se pueda decir en voz alta que dos y dos son cuatro, comienza la libertad. Mucha gente cree que la libertad consiste en hacer lo que se quiera y no están equivocados, pero dan una explicación algo corta. El requisito para hacer lo que se quiere es no estar engañados, porque el engañado hace lo que otros quieren que haga, aunque no se dé cuenta. Y para no estar engañados hace falta que podamos decir en voz alta algunas verdades fundamentales como las de la aritmética. Pero, ¿a quién le importa la libertad? El gobierno no comparte la absurda preocupación de los liberales, gente de otra época, por la libertad. Aquí no hay ningún problema con la libertad. Libertad, ¿para qué? La libertad para Zapatero consiste en reconocer que dos y dos no son cuatro, sino lo que le convenga. El Gobierno cree que cuando se da libertad a algunos lo único que hacen es hundir la Bolsa para perjudicarle y lleva años buscando las maneras de no hablar de la crisis, de olvidarse de la absurda obsesión con los números y dejar que la imaginación corra libre, como el viento, como la poesía ecologista de ZP, y no con esa absurda idea de que haya que estar todo el día contando dinero, cuando todos sabemos que es inagotable.

Las lecciones de la crisis y la crisis de las lecciones

El Gobernador del Banco de España, persona más acostumbrada a decir lo que piensa que a pensar lo que dice, ha afirmado que «España debe extraer lecciones del caso griego», combatir el déficit público, y reformar el mercado laboral para sanear la economía.
No creo que al Presidente del Gobierno, atado al timón de la nave y dispuesto a no sucumbir frente a la tempestad, le hayan sonado bien estas reflexiones del deslenguado Fernández Ordóñez. Supongo que habrá pensado en que estas cosas pasan cuando se nombra para un alto cargo a quien no te lo deba todo. Es un problema del talante, que a veces designas a personas lenguaraces, y poco propicias al trabajo en equipo. El presidente seguramente pensará que la desafección intelectual del listillo de turno, se debe a la soberbia típica de quienes se creen más que los demás, ese tipo de gente que no entiende la utilidad de pensar de manera conjunta con los que mandan, en armonía con el gran timonel; un claro ejemplo de infortunio, especialmente molesto en horas complicadas, ahora que estamos a punto de abandonar la crisis: ¡Con la cantidad de personas dispuestas a obedecer sin rechistar que hay en las federaciones socialistas!
Lo del gobernador ya no tiene remedio, dicho está. Pero el Presidente, que es hombre de natural reflexivo, se habrá acordado seguramente de ese dicho, más profundo de lo que parece, que afirma la extraña y súbita propensión de las abuelas a la fecundidad en los momentos de abundancia de bocas y escasez de munición.
¿Sacará ZP las lecciones de la crisis? Al oír la expresión alusiva a las lecciones, el Presidente se ha acordado con gran nitidez de las lecciones que prometió darle, en unas tardes, uno de esos ministros que ya no lo son. Otro caso fatal de mala suerte, porque el ministro metido a pedagogo presidencial no pudo acabar su tarea.
La hipótesis más probable sobre lo que sucedió con esas lecciones tan publicitadas, me parece la siguiente. El señor Sevilla pensó que sería razonable dividir el mini-curso en dos partes, y que la primera se debiera dedicar al gasto público: cómo hacerlo, cómo incrementarlo, cómo distribuirlo. A fe que el alumno monclovita se aprendió bien esta parte del programa, porque no hay color entre su capacidad de gasto y la de nadie que le haya precedido. Sus dotes innatas para el expendio son dignas del mayor encomio, y las lecciones del profesor Sevilla le han permitido gastar con elegancia, y sin estruendo, de manera que nadie, ni siquiera el señor Rajoy en uno de sus ataques de insultos, ha podido llamarle tacaño. Lo malo del caso es que, debido a las infinitas ocupaciones del presidente en el ámbito galáctico de sus competencias, el curso se hubo de interrumpir de manera indefinida, cuando estaba a punto de entrar en la parte de la financiación, de los ingresos, incluso de la sostenibilidad, palabra que le suena de miedo al presidente, pero que no hubo manera de abordar con un mínimo de calma. Esta situación académica del señor Zapatero debería darnos que pensar, pero no siempre se cae en este tipo de cosas. Acuérdese el amable lector de un caso similar, me refiero en cuanto a la estructura demediada de la docencia: me refiero a la extraña actitud ante las lecciones de vuelo que exhibieron los pilotos del 11-S, una gente que no parecía tener la mínima preocupación por el aterrizaje, cosa realmente poco común, y que, sin embargo, no despertó la sospecha de los instructores.
Tampoco es enteramente evidente, ya puestos a ello, que siempre se haya de encargar a las mismas personas hacer al tiempo dos cosas contrarias: la especialización seguramente resultaría mejor. El caso del 11-S bien pudiera sugerirnos la conveniencia de especializar a unos pilotos en despegues y a otros en aterrizajes, evitando así que puedan confundirse de maniobra. Me parece que ese es el caso de nuestro presidente, un gastador ejemplar al que puede resultar enteramente inútil pedirle que haga economías, dadas sus dotes para los gastos rumbosos. Digo esto, porque mucho me temo que el gobernador del Banco de España sea un malandrín que esté dando a entender que para sacar lecciones de la crisis debiéramos prescindir de los servicios de un especialista tan consumado en el dispendio. Algo parecido dijo el señor Solchaga hace unos días, se ve que crece el número de los que se creen con derecho a opinión en el partido monolítico.
Se podría reservar al señor Zapatero para emplearlo en la próxima ocasión en que vuelva a haber superávit, no sería ninguna mala idea. Tranquilo con la idea de que podría volver en cuanto quedase algo en la caja, cedería amablemente el paso a alguien que se la llenase. Lo que me parece ilógico es que pretendamos encargar a un tipo tan dotado para las iniciativas ambiciosas, inconcretas y caras, el inicio de una época de austeridad, de restricciones injustas y antisociales. Es inútil, y además es cruel. Se trata de una idea insana.