La hipocresía

Escribo bajo la impresión que me produce el contacto con algún que otro hipócrita, uno de esos tipos de los que puede decirse aquello de “ni una mala palabra, ni una buena acción”, una expresión que, por cierto, oí por primera vez referida a Zapatero, y de boca de un correligionario suyo. Se trata de personas indudablemente hábiles, lisonjeras, prontas a exhibir sus mejores prendas. Supongo que el auténtico hipócrita tendrá que serlo, sobre todo, consigo mismo, alguien que huirá como de la peste del examen de conciencia, de la más ligera oportunidad de que cuestionarse su estrategia. Entre españoles, que pese a lo peligrosas que sean este tipo de generalizaciones, solemos ser escasamente proclives al debate, a la racionalización, a organizar las cosas con buen sentido, el hipócrita se maneja muy bien, porque no necesita dar explicaciones de ningún tipo. Como, entre nosotros, las teorías están de más, porque suele bastar con repetir lo que nos parece, el hipócrita puede lucir con solemnidad y empaque la bondad de sus motivos, su altruismo, su inmensa bondad. En un mercado en el que las razones cotizan muy a la baja, el hipócrita puede lucir con esplendor inusitado. Su figura produce, sin embargo, hastío, porque carece completamente de interés. Puede que haya un cielo para los hipócritas, pero me temo que será ese cielo aburrido de los chistes.
Yo sé de sobra que la vida social exige un cierto grado de ficción, de hipocresía, pero eso debiera quedarse en las buenas maneras, en poco más. El auténtico hipócrita no se conforma, y llega a creerse que los demás no le conocen cuál es, que el disimulo educado equivale a la admiración por la excelencia de sus motivos e ideales, por la ejemplaridad de su conducta. Puede que eso suceda con los muy memos, pero para el común de los mortales, el hipócrita, además de aburrido es realmente repulsivo.

A propósito del tamaño de las aceras

Una de las carencias más llamativas del tipo de educación moderna es que apenas se reflexiona sobre la importancia del tamaño. Un tigre, por ejemplo, dejaría de ser lo que es, si midiese poco más de veinte centímetros y una catedral no podría sostenerse si tuviese mil metros de altura. Ya sé que estas cosas se saben, más o menos, de manera intuitiva, pero la verdad es que a base de ignorar que existe el tamaño ideal, las cosas crecen y crecen, las gentes hablan y hablan, y así nos va. Ha habido movimientos culturales que han invitado a la desmesura y ha habido personas que han hecho de la desmesura su seña de identidad. A este tipo de gentes se las suele tener, en ocasiones, por genios, por tipos que no soportan la mediocridad, las zonas templadas. Es cierto que hay que estar muy bien dotado para soportar la calma: ya decía Pascal que la mayoría de los males del mundo vienen de que muchos son incapaces de estarse quietos en una habitación. Demos cobijo a los desmedidos, pero no los convirtamos en norma.

Los madrileños tenemos un alcalde desmesurado y con auxiliares muy deslenguados, que además padecen manías persecutorias. A Gallardón le ha dado por las aceras grandes en un afán desmedido de ayudar a los peatones. Puede haber cosas peores, pero también las aceras tienen su tamaño. Los políticos incurren con frecuencia en desmesuras: desde los que lo prometen todo hasta los que practican el dolce far niente. El colmo de la habilidad consiste en hacer ambas cosas al tiempo.

Un país anestesiado, ignorante, y escéptico

Pese a que la situación del país, de su economía, de su moral, de sus expectativas, es cada vez más sombría, no dejan de oírse tonterías, las más viejas memeces, además. Descartando la posibilidad de que quienes propagan las tonterías sean tan tontos que se las crean, lo que tal vez sea mucho descartar, hay que preguntarse por las razones de una cosecha tan abundante. Si no es razonable dar pábulo a la posibilidad de que quienes dicen cosas tales se las crean, no hay otro remedio que pensar en que creen que las creerán los que las oyen, y además que están convencidos de que es conveniente que así sea, de que es un buen negocio mentir, con tal de que se practique persistentemente. Es decir, o bien nos toman por tontos, y nos creen capaces de llegar a ser perfectamente estúpidos, o bien, lo que es más preocupante, hay un número suficientemente alto de tontos como para que esas mentiras-tontería prendan con inusitada fecundidad. Hay que reconocer que ambas posibilidades son acongojantes, y que no se excluyen.
Dicen, por ejemplo, los sindicatos que una reforma del contrato de trabajo no crearía empleo. ¿Les importaría que hiciésemos la prueba? Una parte muy bien instalada de la izquierda, a cuya cabeza está ZP, está dispuesta a demostrar con su actitud que las urgencias económicas son mera ideología, que no pasa nada, que todo se reduce a confiar ciegamente en los políticos, y a no rendirse ante la insolencia y los temores de los mercados.
Es verdad que, según la sabiduría popular, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, pero no conviene olvidar que se trata de un refrán muy optimista, que supone un interés inagotable en pillar al que miente. Aquí estamos muy agotados, y nadie quiere pillar al mentiroso, porque somos ya tan posmodernos que no creemos que las mentiras sean algo muy distinto a la verdad. Lo que mucha gente intenta es vivir como si el mentiroso no existiera, lo que de ser posible sería muy inteligente, aunque lo malo es que el mentiroso no se limita a mentir, sino que está dispuesto a hundirnos porque cree que, perdidos en las aguas de la miseria, muchos seguirán, más que nunca, confiando en su palabra. Lo terrible es que nos conoce muy bien, que sabe que, en esta España nuestra, muchas cosas están absolutamente muertas, y, pese a todo, el país funciona, la gente le vota, además de que cada vez es más extenso y profundo el odio al franquismo. La verdad es que nos quejamos de vicio, y tenemos un presidente que no nos merecemos.

La España oficial

Nos decidimos bravamente hacia el despeñadero, y la España oficial persiste en repetir sin descanso sus mantras tranquilizadores, la mentira establecida.
Esta mañana he estado en una oficina pública. He debido franquear tres porterías, para nada. Ninguna de las personas que las ocupaba sabía de nada, ni protegían de nada; eran amables, sin embargo, tal vez levemente desdeñosas, como diciendo “¿Qué esperará éste sacar de aquí?” Acertaron, porque no pude sacar nada: el director de la oficina estaba reunido y no se le esperaba, el jefe, o la jefe, de la dependencia que hubiera podido auxiliarme había salido, y lo probable es que ya no volviese porque era ya casi la una. Un par de funcionarios rellenaron en el ordenador un absurdo papel que, al parecer, yo necesitaba, pero fallaba la impresora, y hubo que esperar a que una colega le diese unos golpes bajos para que, más o menos milagrosamente, se imprimiera el papel absurdo, lleno de falsedades e imprecisiones, pero cumplimentado, que es de lo que se trataba. Una vez con el papel, que como luego se vería, no sirvió para nada, el funcionario me dijo que sería mejor que me lo firmase el director, si yo le conocía. Traté de entender las razones para una firma innecesaria, pero conveniente; me temo que el funcionario pretendía que el director supiese que esa mañana él había rellenado ese papel.
Me fui a la calle, atravesé de nuevo las tres porterías, y me puse a pensar que es imposible que este país salga adelante con esa infinita serie de gentes que no hacen nada, ni sirven para nada. Mientras tanto, unos cuantos, que no sé cómo calificar, siguen creyendo que, a base de acumular funcionarios de cometido impreciso y absurdo, el Estado evitará la desgracia y que los ricos pagarán los platos rotos. Veremos lo que dicen cuando llegue el momento, pero será igual, porque la mayoría biempensante seguirá ejercitando su amor a la desmemoria, su culto a la retórica vaga, su desdén por la experiencia, su menosprecio de lo concreto.
Vivimos en la ciudad alegre y confiada, y ningún economista agorero nos sacará de nuestras pasiones, de nuestra lírica, de nuestra identidad imperecedera y cañí.

Disparar con pólvora del Rey

Está visto que ZP no se arredra, al menos de momento, ante los negros nubarrones que nos amenazan a todos. De ser así, según quienes dicen conocerle, su error no sería tanto la temeridad como el egoísmo. ZP parece creer que los límites del sistema económico son indefinidamente flexibles, y que mientras él tenga el apoyo de la mayoría, de los descamisados, aunque sean descamisados de guardarropa, que viven espléndidamente bien a costa del erario público, no tiene nada que temer a los mercados, porque son tigres de papel.
España, mientras tanto, se vacía, se desvitaliza. No es posible crear nada, ni levantar nada porque el déficit público se lo lleva todo por delante. ZP parece firmemente persuadido de que, si aguanta, al final, los ricos pagarán la ronda. Es posible que no estuviese mal del todo que así fuese, que, por una vez, pierda la banca, pero no será el caso. Perderemos los de siempre, la abobada clase media, los emprendedores modestos, la gente decente que quiere trabajar y esforzarse. No obstante, si la cosa sigue como parece, también caerán los más altos palacios, y la ira del personal, aunque traten de dirigirla a donde suelen, puede acabar con la biografía de los equilibristas más consumados, con los aires de superioridad de los artistas, puede llevárselo todo por delante. Por eso es realmente negro el panorama, porque nuestro presidente es un optimista incorregible en lo que se refiere a las memeces que venera, y porque cree que sabe cuidar muy bien de lo que le importa.

La jibarización de la democracia

Me parece que era Romanones el que decía que se dejase al Parlamento legislar, que él se reservaba los reglamentos. Es evidente que el Conde conocía los entresijos del poder en España, un país en el que la mentira y el embuste compiten siempre con ventaja, de acostumbrados que estamos a que nada de lo que se proclama con solemnidad sea mínimamente cierto.
España, digan lo que digan los que dicen negar que exista, es, sobre todo, un país muy viejo, una sociedad en que las cosas funcionan de manera mucho más inmemorial que razonable. Sobre esa base tradicional, que podría describirse como la costumbre de que nada cambie, aunque nada parezca igual, la cultura española ha favorecido un barroquismo retórico muy alejado de la modernidad europea. Aquí se siguen valorando las palabras, los testimonios, y las apariencias, mucho más que los hechos, las evidencias o las razones. Si se domina esta regla se puede llegar muy lejos en la política española, y si no se lo creen, miren a la Moncloa.
Cuando llegó la democracia, vivimos una eclosión de iniciativas de todo tipo y nos llenamos la boca de principios, pero, poco a poco, hemos ido volviendo mansamente al redil del orden, al sometimiento a la voluntad de unos pocos. No hemos sabido organizar una verdadera poliarquía, y por todas partes se han ido asentando monarcas que pretenden gobernar sus ínsulas, y lo hacen la mayoría de las veces, enteramente al margen de cualquier control, de manera que, aunque no se use la fórmula, muchos siguen actuando como si el poder se consiguiese “por la gracia de Dios”, sin respetar nada, ni dar cuenta a nadie.
La democracia es, a la vez, un sistema de legitimación y de control del poder, pero entre nosotros tiende a convertirse en un cheque en blanco; de este modo, el que llega al poder, en cualquier ámbito, en la política, en los sindicatos, en las universidades, etc. empieza a comportarse como si el poder le fuese otorgado exclusivamente por ser vos quien sois, no por la voluntad de quienes le han elegido y, que, por ello, tienen derecho a relevarle.
Estos días hemos visto como, por poner un ejemplo cualquiera, el rector de la UCM ha abusado de manera notoria de sus funciones presidiendo un acto político de acoso al Tribunal Supremo sin sentir, imagino, ni una ligera duda acerca de la legitimidad de su conducta. Este sujeto cree que la Universidad es suya, y hace con ella lo que quiere, y lo malo es que acabará por tener razón, porque se apoya en todos los que quieren ser dictadorcillos de algún nivel inferior y hacer, como el rector, de su capa un sayo.
Con esta idolatría al poder del que lo tiene, con esta falta absoluta de control y de exigencia de responsabilidades, estamos jibarizando nuestra democracia. Es penoso que todo un partido dependa, en realidad, del capricho de un único hombre, pero es así. El PSOE depende completamente del presidente, y aunque muchos se lamenten en privado de la extraordinaria letanía de errores que está cometiendo, nadie puede hacer nada, porque el partido está completamente jibarizado, hasta el punto de que su única cabeza es la de ZP, que acaba de parecer bastante. Solo se atreven a insinuar alguna crítica los que ya están fuera de la carrera política, los que nada tienen que perder.
Los ministros de ZP, es vox populi, son meros ejecutores de sus políticas, y de ahí su nombramiento de alguna de las personas más simples y necias que hayan obtenido nunca un cargo público. ZP, como el rey Sol, lo es todo, es el alfa y la omega del socialismo español, de la clase obrera, de los intelectuales comprometidos, sobre todo de una buena corte de afanadores que se refugian en sus inmediaciones para llenarse los bolsillos con cualquier motivo.
Los partidos se han convertido en un mero decorado, y podrían ser sustituidos con ventaja por coros de vociferantes a sueldo, porque detrás de sus imágenes no hay nada que no hayan decidido sus líderes, normalmente en soledad, raras veces en compañía de otros.
¿Se puede dar la vuelta a esta situación? ¿Es posible hacerlo mediante cambios en las leyes? Sin negar la conveniencia de ciertos cambios, como es común en cualquier democracia, creo que la hora presente exige valor cívico y responsabilidad personal. La democracia española está en un estado lamentable, secuestrada por muy pocos, con la pasiva sumisión de muchos, reducida a oscuras maniobras de palacio. Esto se arreglaría si los parados, y los que todavía no lo están, dejasen de consentir a los sindicatos lo que hacen, si los electores exigiesen a los políticos que no se olviden de sus problemas, si los periodistas impidieran que su trabajo se convierta en mera propaganda, si los intelectuales dejasen de avalar tanta mercancía averiada, etc. La democracia es el pueblo atento, los ciudadanos exigiendo a los poderes públicos. Estamos muy lejos de eso, pero no podremos echarle a nadie la culpa si la libertad vuelve a abandonarnos por largo tiempo.

Palizas antifascistas

Esto de ser antifascista está empezando a ser un chollo, porque puede emplearse, incluso, como justificación para pegar palizas. Yo creía que los fascistas eran aficionados a pegar palizas, pero veo que ahora se empieza a llevar que quienes se tienen por antifascistas imiten a sus dilectos enemigos. Magnífico argumento para mostrar cómo se construye al otro: tú vas por la calle, o en el metro, y ves a un tipo con cara de fascistilla, y la emprendes a golpes porque eres pacifista y antifascista. Ver para creer.

Más dura será la caída

Algunas de las reacciones de los jugadores y el entrenador del Barça después de la derrota frente al Inter, han puesto de manifiesto algo evidente, el temor a que, casi en el último minuto, se les estropee una temporada magnífica. Aunque soy descaradamente madridista, confieso que este Barça es un equipo descomunal, seguramente el mejor, no sólo de ahora mismo, sino de muchos años. Pero el fútbol es como es, y se ha hecho muy difícil mantener la hegemonía. Los del Barça deberían hacernos el favor de no excederse en la pataleta ante el caso, que tengo por poco probable, de que caigan, finalmente, ante el Inter, y/o no ganen la Liga. El fútbol es tan maravilloso como imprevisible, y bien puede pasar que un equipo mediocre, como lo es el Inter comparado con el Barça, deje fuera de juego a los que pensaban ganarlo todo. ¿Acaso no se acuerdan de lo que le pasó a su rival de siempre con un equipo de la periferia madrileña? Puede pasarles, y mejor será que se acostumbren a la idea de que alguna vez les pasará, porque esto de ser los mejores, no sirve para ganar todas las competiciones, puede llegar a no servir, incluso, para ganar ninguna.

Día del libro

Según la tradición, más fuerte en Barcelona que en Madrid, me parece, el 24 de abril es el día del libro. Esto de celebrar “días de” es un recurso que se emplea, sobre todo, para promover causas que, por alguna razón, se supone que debieran suscitar más entusiasmo del que de hecho suscitan. No hay por ejemplo un día del dinero, o del fútbol, me parece que no lo necesitarían. El día del libro, en concreto, es un buen momento para practicar el fariseísmo cultural, que es una de las especialidades de la hipocresía que tiene mejor prensa.  
Ahora se habla mucho de la crisis del libro y de la crisis de la lectura. Hay quienes, opositores a cualquier clase de cambios, ven en la tecnología, y, en especial, en los e-book o libros electrónicos, la causa universal de todos los males, una nueva barbarie. Tienen razón, desde el punto de vista de sus intereses, porque suelen defender un negocio que muy pronto va a desaparecer y que, en cualquier caso, no conocerá ya más días de gloria. Me refiero, como es obvio a la edición en papel, a la mercadotecnia de los best-seller, a la promoción de vistosos objetos con letra gruesa, destinados generalmente a los que apenas leen, si no es a impulsos de la propaganda.
Se equivocan gravemente en sus diagnósticos. El peligro para la lectura no está en la tecnología, sino en la ignorancia, en la mala educación, en el atontamiento general de esos públicos que se sienten obligados a leer libros como si fuesen noticias o signos de  una moda, culta, por supuesto.
La lectura se está convirtiendo en una posibilidad infinita, barata, riquísima, gracias a Internet y a pesar de la imprenta. No hay que tener ningún miedo a que se pierda nada valioso, aunque no creo que se vayan a poder evitar las plagas, suecas o de otro tipo, porque los mercaderes no suelen tener nada de tontos y aprenderán, más pronto que tarde, a conquistar estas nuevas posibilidades, pero cualquiera que quiera aprender y no perderse nada de lo que considere esencial, lo tendrá más fácil que nunca. 

Los españoles y el tren


La lectora Nenuca Daganzo remite a La Vanguardia esta imagen en la que se puede ver un tramo de vía en Arenys de Mar que no dispone de ningún tipo de protección para impedir el acceso a las vías del tren. A la lectora le parece que esta situación es un despropósito y se pregunta si se habrá de esperar a que haya una desgracia para que se instalen las oportunas vallas protectoras.
El temor de la lectora es un caso paradigmático de un error de apreciación muy común entre nosotros; los españoles creen que lo público es gratuito, y le tienen miedo al tren, paradójicamente, el transporte público por excelencia. Vayamos primero a lo segundo. La verdad es que la necesidad de separar los trenes del resto de la trama urbana deriva, principalmente, del vandalismo, busca evitar la agresión a los vehículos ferroviarios. En EEUU, donde los vándalos no abundan y, cuando los hay, son severamente castigados, los trenes circulan sin protección alguna y sin que el número de accidentes por cruce de vía le llame la atención a nadie. Parece absurdo negar que es infinitamente más peligrosa cualquier calle que una doble vía ferroviaria, y solo a un orate se le ocurriría pedir protecciones frente a los automóviles en todas las calles. Los trenes son mucho más grandes y visibles que los automóviles, su cadencia de paso es menor y es bastante regular, y, además, circulan por vías exclusivas perfectamente reconocibles y a las que no hay que acceder por ninguna razón. Cualquier riesgo con el tren es miles de veces más alto con los automóviles, pero así están las cosas.
Vayamos al gasto público. Muchos españoles creen que el dinero público es inagotable y que, por mucho que se gaste no se perjudica a nadie. Los españoles no relacionan el gasto público con los impuestos, porque aquí nos las hemos arreglado para que los impuestos sean imperceptibles, forman parte del precio de las cosas y están incluidos en lo que ganamos, de manera que casi nadie paga nada. Una medida de salud pública realmente profunda sería separar los precios de los impuestos y retirar las retenciones de los salarios. Si así fuera es posible que la lectora de La Vanguardia fuese menos exigente demandando unas vallas innecesarias en Arenys de Mar, uno de los ferrocarriles más antiguos de España, cuyo número de accidentes seguramente sea miles de veces inferior a los de cualquiera de las carreteras de las inmediaciones, esas que la lectora de Arenys utiliza cada día sin ningún susto.