Editorial y partidos

Es posible que al leer estas líneas, los ecos del Barça/Real Madrid hayan eclipsado la gresca política por el editorial de la prensa catalana. Sobre este último se ha dicho ya todo lo que se pueda imaginar. Es seguro que los dimes y diretes del fútbol van a llegar más lejos, y que su variedad será mayor, entre otras cosas porque habrá quien trate de juzgar con ecuanimidad. ¿No sería posible encontrar unas reglas políticas de juego limpio para que la disputa histórica, por llamarla de algún modo, se encauce de manera razonable? El Madrid y el Barça siempre quieren ganar, pero, al menos, admiten que juegan a lo mismo, y tratan de hacerlo lo mejor que pueden, de manera que, aunque a veces se demonice a Guruceta o al que toque, la sangre no llega al río, porque saben que el juego es cosa de dos,.. y del árbitro.

Podemos ver el editorial catalán como el intento de forzar una solución, arbitraria e imposible para los no nacionalistas, o como un problema, lo que no puede negarse, ni por unos ni por otros, por nadie.

El fútbol nos ilumina a la hora de lidiar con problemas de este tipo. ¿No ocurrirá que lo que hace que una liga se pueda mantener, pese a las pasiones desatadas, es que los intereses comunes (y los sentimientos, las ambiciones, las tradiciones, y mil cosas más), son mayores que las diferencias, aunque éstas sean las que le dan sabor a la refriega?

La política es también un juego desde el punto de vista lógico, y uno de esos juegos que no siempre tienen solución precisa, por lo que hay que recurrir al árbitro y a su autoridad para decidir en las trifulcas que, de otro modo, acabarían con él. Al juez se le puede intimidar, hasta cierto punto, pero tiene la sartén por el mango, y el buen sentido de los contendientes suele saber cómo no pasarse de la raya.

¿Podríamos dejar de denostar al árbitro constitucional? Tras su sentencia, habrá pitos y aplausos, pero la pugna seguirá, porque nada acaba, que es de lo que se trata.

Original y copia

Una vieja tradición atribuye a Descartes, uno de los padres del pensamiento moderno, un lema, larvatus prodeo, que se podría traducir como progreso sin llamar la atención, una frase que bien podría usarse como divisa de los avances contemporáneos en la informática y las telecomunicaciones, en lo que llamamos la era digital, ya que este tipo de avances se han hecho con nuestra forma de vivir y trabajar sin apenas sobresalto. Estamos tan acostumbrados a este tipo de progreso que nos llama poderosamente la atención ver, por ejemplo, en una película de los ochenta, cómo la gente, cuando estaba en la calle, tenía que acudir a una cabina para llamar por teléfono a casa o a la oficina, porque, por curioso que nos pueda parecer hoy, no se podía llamar a las personas, sino a los edificios. Lo mismo podría decirse de la aparición de los ordenadores en la vida cotidiana, tan imprevista que, por ejemplo, en la novela que inspiró la maravillosa Blade Runner, el agente Deckard, que ha de matar a los mutantes perversos, recibe sus órdenes en papel, con original y copia. Philip K. Dick escribió una historia de anticipación, por lo demás magnífica, en que las naves estelares casi atraviesan las constelaciones, pero en la que se seguía usando el papel carbón y las viejas máquinas de escribir hoy totalmente olvidadas. Esos artilugios, lentos, ruidosos e imprecisos, sí que llegaron a congraciarse con los escritores, que incluso soportaron su versión eléctrica, aunque las primeras de ese género siempre les pareciesen más propias de mecanógrafas que de intelectuales de tomo y lomo. Ahora solo se recuerdan cuando alguien quiere sentar cátedra de profundidad filosófica para presumir, intentando engañarnos diciendo que todavía escribe en su vieja Olivetti.

En el caso de los ordenadores no deja de ser sorprendente que ni siquiera genios como Von Neumann fueran capaces de prever que las máquinas que estaban inventando podrían tener alguna función, digamos, literaria. El hecho es que la tienen y eso es, curiosamente, una de las causas de la desazón que todavía provocan. Muchos no parecen capaces de asimilar que una tecnología tan vieja como la escritura pueda cambiar de manera tan imprevista. Ellos tenían la convicción de que las ideas gobernaban el mundo, y se rebelan contra lo que piensan que es meramente instrumental, según gustan decir, contra una revolución que se hace sin su concurso y, según se temen, contra sus intereses, por supuesto sagrados.

Política y ficción

Un grupo de amigos me han invitado a un debate que mantienen a través de la red sobre las relaciones entre ficción, realidad, novela e historia y cosas así. He leído lo que han escrito con interés, aunque no haya encontrado grandes novedades, puesto que, por suerte o por desgracia, en este tipo de cuestiones casi todo está ya pensado. Me parece que el debate se suscitó, sin embargo, a partir del intenso desagrado de todos ellos con el tipo de prensa de que disponemos en España, una sensación de hastío que es muy difícil no compartir. Justo en el momento que terminaba de leer su sabrosa correspondencia, me tropecé con un titular de El Confidencial que decía: “ El negocio de los periódicos impresos sigue en barrena. Los diarios de papel no levantan cabeza: caen un 13% en octubre”, y no tuve otro remedio que pensar que, en este asunto, se estaban aliando, de modo admirable, el hambre con las ganas de comer.

Las dificultades para hacer que una nueva generación de lectores en red sigan siendo adictos a la lectura de los periódicos de papel son enormes en el mundo entero, pero aquí se unen a la inequívoca sensación de parcialidad y de arbitrariedad que dan nuestros rotativos. No es que, por decirlo a la manera clásica, se confundan las opiniones con los hechos, no; hemos llegado a un punto en que es evidente que muchos medios de información españoles han perdido cualquier ética informativa, y que lo único que buscan es ayudar, al precio que sea, a quien les convenga. Los únicos hechos que cuentan son los intereses del medio, y la doña que se ocupa de estas cosas desde la Moncloa ha confeccionado medidas realmente venenosas para la escasa libertad de información de que disfrutábamos.

En estas condiciones, leer un periódico, o conectarse a un determinado canal, es un acto de afirmación en los prejuicios de cada cual, que apenas tiene nada que ver con el deseo de informarse. La situación es realmente alarmante porque es enteramente imposible que una democracia sin periódicos pueda subsistir. A cambio de democracia, lo que tenemos es una parodia en la que los que tienen el poder en las manos no pasan jamás por ningún aprieto. Aquí no solo hay una monarquía exenta de responsabilidades, ante Dios y ante la historia, sino que ese lugar privilegiado se ha ampliado para que puedan caber en él los que manejan el cotarro con envidiable soltura.

Se ha repetido hasta la saciedad el tópico de que los españoles hemos heredado una tradición cainita, pero me parece que, sin negar el cainismo, en parte atenuado por un cierto bienestar material escasamente usual entre nosotros, lo que nos caracteriza, mejor que el odio al enemigo. es la subordinación sistemática de la verdad a los intereses y la conveniencia. Los españoles tenemos un alto nivel de aclimatación a la mentira, a la doble moral, a la hipocresía; nuestra tradición católica y nuestra cultura barroca nos hacen muy tolerantes con formas que sabemos vacías de cualquier contenido, con la mendacidad, el disimulo, el fingimiento y la figuración. Aquí ni se desprecia ni se detesta al mentiroso, sino que, en el fondo, se le admira la habilidad para vivir del cuento.

Tampoco es que nuestra especialidad sea la lógica; las incoherencias, especialmente si tienen algún brillo, nos parecen más atractivas que un discurso honesto pero aburrido; nos gusta más el halago que la crítica y llegamos a confundir la adulación con el respeto. Esa moral de fondo no ha tardado en llegar a las esferas de la política y, ahora mismo, lo inunda todo. La democracia comenzó con un cierto nivel de exigencia ética que terminó de manera abrupta cuando se comprobó la facilidad con la que la izquierda se acomodaba al tren de vida y a la cultura del poder que era habitual entre nosotros. Es ya cosa vieja, pero habría que recordar a Felipe en el Azor, y a Guerra cogiendo un Mystère desde Portugal para llegar a tiempo a una corrida de toros en Sevilla. Hasta entonces todavía se daban mítines a campo abierto para tratar de convencer al respetable de que era mejor votar a la izquierda, o a la derecha, por estas o aquellas razones.

Ahora todo eso ha quedado reducido a pavesas. Rajoy soltó en las elecciones un discurso incomprensible y cursi sobre una niña, al parecer siguiendo estrictamente las recomendaciones de algún menda supuestamente experto en mercaderías electorales, y, ya puestos, si las cosas parecen irle mal monta una convención en la que no pasa nada más que lo que le conviene. En medio de una crisis sin precedentes en la historia de España, el presidente y su partido tuvieron a bien organizar el pasado fin de semana una patochada memorable que incluía una especie de desfile de políticos por la pasarela. Lo que realmente asusta es que los periódicos se sumen a esta clase de liturgias como si en ellas se ventilase algo realmente, que se acostumbren a que las noticias se creen a gusto de los que mandan. Así estamos,… ¡y luego dicen que el pescado es caro…!

El Barça

Una de las cosas más molestas que tiene la afición futbolística, tal como se vive entre nosotros, es que no le deja a uno admirar debidamente el juego de los rivales, aunque sean extraordinarios. Hablando en plata, que los que somos madridistas tenemos un permanente conflicto de conciencia a cuenta de lo bien que está jugando el Barça.

Nuestro madridismo nos lleva a desear la derrota de los azulgranas, pero como nos gusta el fútbol, no tenemos más remedio que admitir que, a día de hoy, el fútbol del Barça es infinitamente superior al del equipo de nuestros amores. Lo que ocurre es que los culés nos acosan inmediatamente con el recuerdo del reciente y doloroso 2-6 y el de otras humillantes derrotas (aquel 5-0 del dream team y otras vejaciones de las que prefiero no acordarme), y eso nos impide ejercer la grandeza de espíritu necesaria para reconocer que lo de Iniesta y Xavi es un auténtico portento.

Yo soñaba secretamente con que el Inter de Etoo eliminase al Barça de la Champions, pero ahora que no me oye nadie, tengo que decir que me alegro infinitamente de que ese fútbol maravilloso haya puesto en su sitio al fútbol rácano y marrullero que se hace en el país trasalpino. Naturalmente espero que el Madrid le gane al Barça el próximo domingo, pero porque me gusta creer en los milagros. Lo que me aterra, sin embargo, es la sospecha de que podamos estar entrando en una etapa en que la estadística ya no nos sirva de consuelo.

A hombros de gigantes

Uno de los más recientes post del blog de Google, Finding the laws that govern us, incluye un homenaje a los creadores de la common law en las Estados Unidos, a los innumerables jueces que, sentencia a sentencia, han ido afinando el sentido de lo que es justo. Esa referencia se hace a propósito de una nueva función que se quiere mejorar en Google Scholar para buscar con facilidad los antecedentes relevantes en un determinado caso, y conocer mejor el sistema legal americano. Lo que resulta interesante, y muchos quizá no sepan, es que hay una relación muy estrecha entre el sistema legal americano y los inicios de Google, una historia que Karim Gherab contó estupendamente en uno de los capítulos de nuestro libro sobre bibliotecas digitales, recientemente traducido al inglés. Les hago un brevísimo resumen de esta notable historia. El sistema de búsqueda de antecedentes en el derecho americano fue el origen de un negocio editorial que se ocupaba de sistematizar las citas o sentencias relevantes para cada tipo de caso. Eugene Garfield pensó que ese sistema bien podía servir de inspiración para poner en marcha un sistema que permitiese controlar el impacto de las publicaciones científicas a partir del número de citas que estas obtuviesen en publicaciones posteriores y fue precisamente esta idea la que sirvió de inspiración a Sergey Brin y Lawrence Page para crear el algoritmo de búsqueda en cuya eficacia ha fundado Google su enorme éxito. Con el homenaje de este post se riza un rizo que bien merece acabar con la vieja cita atribuida a Newton y cuyo rastro siguió con maestría el gran Robert K. Merton

[publicado en adiosgutenberg]

El circo político

Un profesor universitario frustrado por no haber llegado (todavía) a catedrático, le reprochaba a su viejo maestro escasez de aprecio y falta de apoyo; el adjunto quejumbroso se comparaba con otros y no encontraba motivos para su supuesta discriminación; cuando inquiría por las causas, el viejo profesor le hacía ver sus carencias en unos u otros aspectos, pero él siempre encontraba que algún colega que había llegado a la cumbre universitaria con esa precisa laguna, hasta que, finalmente, el viejo maestro, harto de los importunos quejidos del mediocre, le dio la explicación definitiva: “mire, querido amigo, la supuesta injusticia no consiste en que éste o el otro tengan alguna tacha, sino en que usted pretenda llegar a catedrático con la colección de defectos de todos los demás”.

Me he acordado de la historieta al ver el tumulto que ha montado el PSOE para animarse. Aquí, efectivamente, hemos hecho una democracia con los defectos de (casi) todas las demás. Este tipo de actos a la americana son una horterada en la democracia española. En EEUU cumplen dignamente una función, porque allí la democracia es bastante capilar, y va de abajo a arriba, lo que explica que Obama, que es un político con dotes excepcionales, haya podido llegar arriba del todo en una carrera muy rápida. Además, este tipo de espectáculos solo se emplea durante las campañas electorales.

Aquí la democracia ni es capilar ni va de abajo a arriba, sino al revés, de manera que esta clase de actos carece de cualquier sentido preciso, salvo el circense, engaño y diversión incluidos. El PSOE, en particular, ha abandonado hace muchísimo tiempo cualquier intento de articular un mensaje político coherente, más allá de hacer halagos a todo votante que quiera dejarse adular. Es tremendo que, con la que está cayendo, el PSOE pueda pensar que lo que ha hecho este fin de semana sirva realmente para algo, que tenga que ver con la política en algún aspecto digno y noble.

Desgraciadamente, hay que admitir, que sí sirve para mucho, y la prueba es que también el PP se dedica a ese espectáculo grotesco de reunir a aplaudidores para que puedan escuchar simplezas y baladronadas. Esta política espectacular está ahogando de raíz la posibilidad misma de una democracia respetable, y a nadie parece importarle gran cosa. El parlamento ha muerto y la democracia se traslada no a los periódicos, sino a lo que se puede llamar con toda propiedad telebasura, el espectáculo en el que los políticos muestran con todo cinismo la escasísima estima que sienten por sus ciudadanos, y también por esos individuos a sueldo a los que consideran sus sirvientes o esclavos.

Un utilitarismo romo y cobarde

Muchas de las reacciones frente al rescate pagado de los marineros del Alakrana se basan en un razonamiento perverso inspirado en la utilidad y en el cálculo, en una especie de justicia sometida a cotización y contabilidad analítica. Se trata de modernas versiones del principio capaz de justificar toda iniquidad, a saber, que la consecución del fin justifica cualquier procedimiento.

Todo parece poder quedar reducido a que la cosa nos salga barata, a que sea rentable. Es sorprendente ver cuántos que fustigaron al gobierno con imperativos kantianos cuando, por ejemplo, hubo un accidente aéreo en Trebisonda, se convierten en utilitaristas de mercado cuando se trata de sus asuntos. Es comprensible y disculpable que las familias y los amigos de las víctimas, se dejen llevar por el egoísmo y tiendan a olvidar los principios de la moralidad y de la justicia, pero es absolutamente intolerable que, bajo ese manto de piedad, se cuele el utilitarismo romo de quienes no temen otra cosa que el perjuicio electoral, o el mero desprestigio por no saber cazar ratones, con independencia del color del gato.

Las posiciones del gobierno han estado enderezadas al disimulo, a una imposible alianza del cinismo y la piedad para ocultar su cortedad de miras y/o su cobardía, o ambas, que no suelen ser incompatibles. En lugar de hacer lo que debieran haber hecho, a saber, emplear los medios legítimos para combatir un acto de piratería, tratan de convencernos de que han llevado a cabo una actuación diplomática contundente, como si sacar pecho hablando de nuestros cónsules, nos sirviera para atenuar el ridículo que este gobierno ha obligado a hacer, una vez más, a nuestros paradójicos soldados.

El gobierno ha tratado de que la alegría por el regreso de los secuestrados sirva para legitimar las chapucerías aplicadas al caso. No es ya que el gobierno mienta por interés, sino que nos desprecia tanto que no se molesta ni siquiera en que sus ideales parezcan coherentes.

[Publicado en Gaceta]

Una política sin aliento

Decía Ortega respecto de la universidad española de su tiempo que era un lugar de crimen permanente e impune. Me ha venido el recuerdo a la cabeza al pensar en cómo está el debate político entre nosotros; a mi modo de ver, peor, mucho peor que la universidad orteguiana, e incluso que la nuestra.

Es tremendo que una parte muy importante de los que emiten juicios en público, de los que se suponen que tienen alguna autoridad, hablen sin saber muy bien lo que dicen, a derecha y a izquierda. Nuestra clase política está enferma de rutina.

Tómese, como ejemplo, el análisis de las supuestas medidas para combatir la corrupción en las que anda enzarzado el PP. Es cómico, si no fuera realmente de llanto. Lo primero que tendría que hacer un partido que de verdad quisiera acabar con la corrupción es empezar consigo mismo, y dejarse de mirar a los demás. Son los propios partidos los que están corrompidos cuando, por ejemplo, sostienen alcaldes cuya política, y no me refiero a ningún municipio pequeño, nada tiene que ver con con lo que el PP debiera defender y representar; también se corrompen cuando se toman a broma el mandato de la democracia interna, o cuando se nutren de fondos que saben que no son legales ni decentes. ¿Para qué seguir? En política, la moral del éxito a cualquier precio es enteramente incompatible con la decencia, así que la corrupción es, de momento, un fruto sazonado del sistema.

La democracia española está en el peor momento de su corta y no muy gloriosa historia. España sufre una epidemia de mentira, de falsedad, de disimulo, de hipocresía y de fantasías estúpidas que no tiene parangón. Si esto no se arregla desde dentro, a no mucho tardar tendremos que lamentarlo. No basta con querer que ganen los nuestros para que las cosas mejoren; es mucho más necesario que los nuestros lo merezcan, y, de eso, muy pocos se acuerdan. Estamos en la hora de todos, y cada vez valen de menos las disculpas. Si ahora no sabemos responder con generosidad y arrojo, nuestros hijos y nietos escupirán con toda razón sobre nuestras tumbas.

Por su interés, transcribo integro el Editorial de La Gaceta del día de hoy:


Este Gobierno que tan esquivo se muestra a la hora de explicar el rescate del Alakrana, que, incomprensiblemente, intenta que interpretemos como un éxito, tiene, al parecer, bastante que ocultar porque en su momento se embarcó en operaciones encubiertas que, muy lejos de salirle bien, acabaron de manera completamente esperpéntica.

Según revela hoy LA GACETA, en abril de 2008 y tras el pago del rescate por el Playa de Bakio, el CNI, entonces bajo la experta batuta de Alberto Saiz, trató de imitar la acción de castigo ejecutada por fuerzas francesas, apenas unas semanas antes, a consecuencia de la captura de un yate de recreo. No se puede leer la noticia sin experimentar una intensa sensación de sonrojo.

Nuestro Gobierno parece haber caído en la costumbre de ocultar cuanto realmente hace tras una espesa capa de literatura idealista. El caso que nos ocupa no se puede considerar como una anécdota más en la larga relación de chapuzas de este Gobierno. Resulta que mientras la vicepresidenta se empleaba a fondo para explicarnos las habilidades de la diplomacia española, unos agentes bastante especiales se dedicaban a formar una banda de la porra para recuperar el dinero entregado.

Es absolutamente intolerable que un Gobierno que pone toda clase de pegas a la actuación de la fuerza legítima, y que es capaz de ridiculizar a nuestros soldados obligándoles a confesar que son incapaces de acertar a una lancha desde un helicóptero se atreva, al tiempo, a organizar una especie de GAL somalí para vengarse por lo bajinis de las afrentas de los piratas. Por lo visto, a este Gobierno únicamente le preocupan las víctimas de las que puedan hablar los periódicos, y le traen al pairo las muertes, si se puede librar de que nadie se las atribuya. Se trata, como es obvio, de un ejemplo más de la política de plena trasparencia a la que nos ha acostumbrado el Gobierno que nunca iba a mentir. ¿Cómo es posible que se renuncie a las acciones militares, perfectamente legítimas, y en cuya preparación invertimos cuantiosas partidas presupuestarias, para poner en marcha chapuceras maniobras ilegales que, además, suelen tener un final tan ridículo como el que han tenido?

Este Gobierno está tan completamente condicionado por la propaganda contra la guerra que agitó de manera absolutamente hipócrita e irresponsable contra el PP, que es completamente incapaz de dirigir con mano firme la acción de nuestras Fuerzas Armadas cuando están en juego los intereses nacionales o las vidas de nuestros compatriotas. Todavía habrá algunos ingenuos, o bobos, que piensen que la razón de fondo está en ese supuesto pacifismo que pretenden promover, como muestra de su superior condición moral. Sucesos como el que hoy relata este periódico dejan al descubierto la doble moral del Ejecutivo y su absoluta falta de respeto a cualquier forma de legalidad. No ha habido ningún inconveniente, por ejemplo, en eliminar somalíes, con el riesgo cierto de matar incluso a inocentes, dado el método de castigo elegido, cuando se ha podido esconder la mano suficientemente a tiempo.

Es inevitable recordar el GAL, por el empleo de mercenarios, por la absoluta falta de escrúpulos y por la forma chapucera de ejecutar la operación que, finalmente, se ha puesto al descubierto. Ahora aparecerán también los garzones dispuestos a lavar las manchas del Ejecutivo para que este GAL con chilaba se convierta también en una maledicencia, para que no se pueda mancillar la figura intocable de nuestro príncipe de la paz.

¿Navega libremente el Alakrana?

Nuestro presidente puso su gesto más solemne para decir la frase que llevaba varios días deseando pronunciar, “El Alakrana ya navega libremente y todos los miembros de la tripulación están sanos y salvos”, es decir que casi se puso épico. Los hermeneutas radicales, a los que supuestamente se asemeja el pensamiento de Zapatero, profesan la convicción de que la épica es peligrosa porque, habitualmente, oculta alguna fechoría. El hecho de que Zapatero haya transgredido accidentalmente su forma de pensar preferida, el discurso civilizatorio al que es tan aficionado, y haya recurrido, sin ninguna improvisación, al recurso épico revela que debe encontrarse en un aprieto. ¿Se habrá convertido acaso Zapatero en un utilitarista al estilo de González, al que solo le importaba que el gato cazase, independientemente de su pelaje? No lo creo. El recurso a una retórica inhabitual en Zapatero podría también indicar que se ha vuelto sensible a las emociones patrióticas, al fin y al cabo dirige el gobierno de España, según dicen los anuncios.

El secuestro del Alakrana ha sido un calvario para el gobierno por alguna razón adicional a la más obvia, que no pienso negarle. El gobierno se estaba quedando en cueros ante la opinión nacional porque es muy sencillo hacer una pregunta realmente simple: ¿Para qué nos estamos gastando lo que nos cuesta esta administración si ni siquiera es capaz de liberar a unos pescadores que han caído en manos de unos piratas de aspecto tan desarrapado? ¿Por qué hemos de mantener unas costosísimas fragatas que no nos sirven siquiera para recuperar por la fuerza un enorme barco que ha caído en manos de una chalupa? ¿Para qué demonios queremos el CNI, las embajadas y los miles de asesores si no sirven ni para un apuro relativamente ligero y que, además, era perfectamente previsible que volviera a suceder?

Bernardino León, que lleva fama de empollón, ya advirtió días atrás que convenía ver una peli americana para darse cuenta de lo peligrosos que son los somalíes, es decir que si ni siquiera los americanos pueden con esta gente ¿cómo vamos a poder nosotros? Estuvo hábil el Bernardino, pero su estratagema no sirve para contestar la pregunta principal. Entre españoles, el gobierno tiene que tener un halo de misterio, de poder indestructible y por eso hay tanto monárquico y somos tan prontos a la sumisión y al acato. El gobierno inspira respeto, son los que mandan y hay que obedecerles. Bien pues era precisamente esta premisa la que se estaba tambaleando peligrosamente. Por esa razón llamó Zapatero a La Moncloa a las mujeres de los marineros y, sin necesidad de intimidarlas, consiguió que cierta espera tranquila se adueñase de su ánimo, porque la verdad es que esas vascas estaban a punto de tirar por tierra todo el tinglado de la farsa. Zapatero no les mostró ningún arma secreta, pero, como suele hacer este gobierno, supo hacer promesas contantes y sonantes.

Yo sé muy bien que no es de buen tono preguntar ahora por el precio que todos hemos pagado con este asunto. No lo voy a hacer, pero me digo a mi mismo, y digo a quienes me puedan leer, que hemos dado un ejemplo de impotencia, de debilidad y de cobardía que solo podrá borrarse con mucha determinación y con mucha inteligencia. No sé si este gobierno será capaz de hacerlo, más bien creo que no tenga ninguna intención de ponerse a ello. Sus intereses más altos han quedado a salvo, el único daño que les importa seguramente se ha evitado a tiempo.

Pero la vida es larga, y nuestros barcos seguirán navegando por mares de piratas que se sentirán completamente seguros de que ningún buque español les vaya a poner seria resistencia. Nos han tomado la medida, han confirmado lo que aprendieron con el Playa de Baquio, que somos un país fácil, razonable, dispuesto al negocio. Hemos dado un ejemplo completo de la firmeza de nuestras instituciones, con la posible excepción de la dignidad de la justicia. El político que quería dialogar con ETA estará lamentando la oportunidad perdida por la cabezonería de algunos y por lo imprecisos y marrulleros que son los jefes de esa banda. Él, que se ha entendido a la perfección con los somalíes, podría haber logrado una paz en Euskadi que unos cuantos intransigentes le han echado a perder.

Se ha demostrado, una vez más, que esto de la alianza de las civilizaciones funciona estupendamente a nada que se suelta algo de dinerillo. Zapatero ha recurrido a la épica porque piensa que, en adelante, es hora de sacar pecho. Los necios de siempre le atacarán tratando de buscar los cinco píes al gato del rescate, pero, ya lo ha dicho la vicepresidenta con su piquito de oro, el gobierno no ha hecho otra cosa que cumplir la ley y moverse discretamente por el buen fin de un asunto tan desagradable. Lo que hace falta es que se deje trabajar al gobierno en paz: han bastado unos días de contención de la crítica y se ha producido el milagro de la liberación, el Alakrana navega de nuevo hacia casa.

[Publicado en El Confidencial]