La patada a Tertsch

Tengo un grupo de amigos que, más o menos pudorosamente, ha estado discutiendo sobre la posibilidad de relacionar la broma insultante de Wyoming con la patada cobarde y por la espalda a Tertsch. Como hay mucha gente fina, se ha impuesto, con buen criterio, la idea de que es prematuro afirmar una cadena causal; me pregunto si serían igualmente finos en el caso de invertirse los signos políticos de la imitación y del pateo, pero es sólo una pregunta sin respuesta, y deseo fervientemente que no tengamos oportunidad de conocerla.

Lo que me parece delirante es la curiosa identificación que algunos hacen entre violencia y palabra. Al parecer, la violencia verbal es condenable por ser consciente, la patada, en cambio, pudo ser fruto de una enajenación pasajera. No puedo evitar acordarme de la simpática ley del embudo. Hay que recordar que, de cualquier manera, la violencia no la puso Tertsch sino la ingeniosísima performance de Wyoming: existe una abismal diferencia entre defender que las fuerzas armadas nos protejan frente a terroristas y afirmar, como hizo Wyoming-Tersch, que se tienen ganas de liquidar a pacifistas y/o a ministros de Zapatero, y eso lo mismo si lo dice Agamenón que su porquero.

Quizá fuere bueno que Wyoming ampliase su hermenéutica y así acaso pudiéremos comprobar si se incrementan las patadas; estoy casi seguro de que Wyoming cesaría en sus hábiles comparanzas, porque lo tengo por pacifista de ley, pese a estos ligeros deslices. Como pensará mucha gente de bien, a ver si Tertsch se cura pronto y deja de darnos la lata. La verdad es que parece mentira que haya gente de derechas, ¡con lo bien que se vive con una bella conciencia de progresista recauchutado!

Chesterton y el fútbol

Si hay algo que me pudiera haber gustado más que ser un astro del fútbol, sería escribir como Chesterton. Ahora que lo pienso, no recuerdo ninguna referencia del autor al fútbol, lo que me confirma en mi sospecha de que el fútbol ha llegado a ser lo que es a partir de la década del cincuenta. Chesterton escribe, sin embargo, como pudiera hacerlo un futbolista que dominase todas las suertes del juego, el regate corto, el desmarque, el pase largo, el arranque imparable, el tiro a la media vuelta, la vaselina, el pase al hueco, o cualquiera de los recursos sorprendentes de todos los buenos jugadores.

Por esa razón leer a Chesterton es instalarse en la sorpresa y, de vez en cuando, sentir ganas vehementes de gritar o de aplaudir frenéticamente; lo malo es que la lectura es un vicio solitario y todo lo que uno puede hacer es interrumpirse para reír a carcajadas, pero se corre el riesgo de que te tomen por loco. Hay una cosa todavía más llamativa en los textos de Chesterton que su carácter dinámico, revelador; es muy difícil no estar de acuerdo con lo que dice, lo que realmente es una rareza, sobre todo si, como me parece que es mi caso, se lee a la contra, tratando de quitarle el balón al autor para meterle un gol por la escuadra.

Los escritores que se dejan ganar no son siempre los peores, pero con Chesterton se te quitan las ganas de jugar y te pones, simplemente, a ver el partido que, en consecuencia, acaba siempre con goleada. Todo esto viene a cuenta de una cosa que ayer subrayé leyéndolo, y que dice algo así como que es un grave error suponer que la ausencia de convicciones definidas proporcione libertad y agilidad. No pude evitar el sentimiento de que, como diría Billy Wilder, nadie es perfecto: es obvio que Chesterton no es un posmoderno, y, por supuesto, que no ha tenido el placer de convivir con ZP, aunque no creo que esto pueda considerarse una carencia.

Fútbol y política

Pese a que me temo lejano a la mayoría de sus opiniones políticas, las que conozco y las que imagino, siempre he disfrutado del cine de Ken Loach, bueno, siempre que no haya tocado sufrir, que también sabe hacerlo estupendamente.

Acudí a ver Buscando a Eric, Cantona, por supuesto, porque mi admiración por los cracks del fútbol es indiscernible de la envidia más sana, si es que puede haber algo como eso. Así que cuando vi el comienzo de la película pensé que me había equivocado, pero no, se trata de Cantona y de buen fútbol en vena.

Entre Loach, su guionista, Paul Laverty, y Eric Cantona, han hecho una de las mejores apologías del fútbol que haya visto. El fútbol, como la vida, es lucha, una lucha contra un enemigo artero, todopoderoso y muy hábil, pero una lucha que, aunque en ocasiones parezca imposible, siempre tiene salida y, a veces, lleva al triunfo, e incluso a la gloria.

Un Cantona angelical se convierte en una especie de entrenador personal de un perdedor de libro, un hombre con una vida desecha pero con el fondo de decencia que Loach siempre ve, acertadamente, en las personas humildes, en los derrotados. Eric Bishop, el protagonista, se identifica con el Cantona que siempre quiso y no acertó a ser, y la recuperación de su vida culmina en una magnífica escena coral en que, con Cantona al frente, consigue ganar por goleada a sus fantasmas.

La historia nos muestra que Cantona no solo fue un triunfador, sino un hombre con cabeza, que tiene razón, porque siempre hay salida, aunque, en ocasiones, haya que arriesgar un poco. La vida no siempre es tan bella como en el cuento de Cantona, pero el fútbol, que, según dice Loach, es esperanza, alegría, pena, dolor, decepción, suspense, suplicio y maravilla, nos ofrece un ejemplo cotidiano de que siempre merece la pena luchar por ella, por hacerla realmente hermosa. Ken Loach rinde homenaje a la amistad, a la solidaridad, al valor de los débiles, y golpea con humor y saña el individualismo de los abusones, de los que viven de la trampa y del miedo, porque cree que, con valor, astucia y la ayuda de los amigos, siempre se puede ganar a cualquiera, como en el fútbol.

La inocencia de Diego Pastrana

En ocasiones un suceso relativamente simple puede hacernos reflexionar con más intensidad que cualquier argumento sofisticado. La falsa y gravísima acusación a Diego Pastrana, el joven canario que durante unas horas fue considerado asesino y violador de una niña de tres años, parece haber removido las conciencias de los periodistas y, cosa insólita, ha hecho que algunos medios hayan pedido perdón.

¿De qué hay que pedir perdón? Siempre me ha parecido genial la definición que Chesterton daba del periodismo (“decir que Lord Jones ha muerto a quienes no sabían que Lord Jones estuviese vivo”) lo que define una actividad no excesivamente rigurosa, pero básicamente honesta. En el caso del joven canario, lo que ha ocurrido no es, simplemente, que la gente (tanto periodistas como lectores) no supiese quién es Diego Pastrana, puesto que de saberlo no habría creído lo que se le atribuía, sino que muy buena parte del periodismo que ahora se practica es un periodismo moralizante y, por ello, necesariamente morboso, en el que determinadas noticias tienen que ocurrir para no desmentir el tópico corriente de la moralidad pública, y a nada que aparece algo que recuerda levemente a un elefante, alguien grita que estamos en la selva y todo el mundo se pone a correr, a disparar o a lo que crea que le toca hacer en el mundo salvaje.

Diego Pastrana no es propiamente una víctima de los periódicos, ni de los periodistas, es directamente víctima de buena parte de los gloriosos prejuicios contemporáneos, esos que jamás nadie debiera atreverse a poner en tela de juicio. No me entretendré en señalar cuáles son esos prejuicios en el caso de Diego, por lo demás bien obvios, pero sí digo con rotundidad que el mal que se le ha causado depende directamente de la estúpida inanidad de nuestra buena conciencia. Las cosas son de tal modo que no resulta extraño que existan quienes exploten el mercado de consumo de tales conciencias, a la vez vulgares y exquisitas, las industrias de la buena conciencia de las que habla Paul Theroux.

Sobre descargas ilegales

Hay mucho follón y griterío sobre piratas y delincuentes contra la propiedad intelectual y convendría no pasar por alto alguna que otra enormidad. El derecho de propiedad intelectual es un derecho que hay que definir con sumo cuidado porque, por definición, la propiedad intelectual, a diferencia de cualquier otro tipo de propiedad, tiene dos características fundamentales; en primer lugar no existiría si no se pudiese compartir de alguna manera el bien que supuestamente protege, de forma que el autor está siempre bordeando una especie de descapitalización cuando da a conocer su obra y, a su vez, no puede obtener nada de ella mientras no la haga pública; en segundo lugar, por tanto, la propiedad intelectual es un concepto que protege, sobre todo, la autoría moral del creador, pero que no puede extenderse sin mucho cuidado y sin que medien disposiciones legales precisas a las copias o ejemplares que reflejen el contenido de su obra porque aunque otros posean a su modo su propiedad (lean su libro, escuchen su música), eso no le priva de ella. Se trata pues de una propiedad muy sui generis.

No hay forma de establecer una norma general que regule precisamente este peculiar derecho y que sea inmediatamente aplicable a todo tipo de creaciones. Por ejemplo, sería absurdo que un pintor pretendiese cobrar una tasa a cada uno de los que ven un cuadro suyo previamente vendido, pero eso es, precisamente, lo que pretenden, y frecuentemente consiguen, los músicos y las entidades que gestionan sus derechos. La cuestión es que los músicos y los cineastas se han organizado muy bien (no así los escritores ni los pintores, por ejemplo) y ahora se encuentran con que los cambios de la era digital les privan de algunos ingresos porque está cambiando completamente el funcionamiento del mercado. Es explicable que pretendan combatir formas supuestas de abuso (las ventas de las llamadas copias pirata de sus CD o DVD, por ejemplo), pero no lo es tanto que pretendan colar esas restricciones de rondón en una ley que nada tiene que ver, ni en su enunciado ni en sus intenciones, con esa clase de derechos.

El problema es que en la red es bastante indiscernible la copia pirata que, en principio, podría ser sancionable, del préstamo entre amigos, por ejemplo, que no debiera serlo. No hay pues descargas ilegales hasta que una ley no las defina con toda nitidez y con respeto a las garantías y los derechos civiles de los usuarios. Y esa legislación habrá que hacerla con calma, y no a medida y urgencia de las cuentas corrientes de los beneficiarios.

Tratar de poner puertas al campo es siempre una política destinada al fracaso y que se entiende mal cuando se promueve por personas que no parecen estar en situación económica comprometida, aunque, como a todo el mundo, les guste ganar más. Llueve pues, sobre mojado. Los consumidores, y muchos autores de otros géneros, pagamos ya el famoso canon y estamos hartos de que los que tienen acceso a la sala de mandos pretendan apretarnos un poquito más. Si, además, amenazan con un exceso como cortar el acceso a Internet, la cosa empieza a ser intolerable. Es como si a alguien por robar en un almacén se le prohibiera conducir porque ha llegado al lugar del crimen en coche.

Que se lo piensen mejor los esforzados trabajadores de la cultura y sus expertos cobradores, porque van por el mal camino, incluso cuando pudieran tener razón.

¿Acierta Rajoy?

Para quienes crean que la política es algo más que una lucha por la supervivencia, que, más allá de las añagazas del día a día, se sustancian asuntos de calado, la gran pregunta que hay que hacerse es la siguiente: ¿está acertando Mariano Rajoy con su política de perfil bajo? Esta cuestión no puede reducirse a un pronóstico, sino que debería formularse a la luz de ciertas cuestiones que habría que analizar con la prudencia que se requiera, pero sin ocultar las lo que se juega con las distintas respuestas. El factor decisivo no puede reducirse a si esa política será capaz de llevar al PP al gobierno, por más que esa expectativa pueda satisfacer holgadamente las apetencias de muchos de sus dirigentes. Hay ocasiones en que las victorias pueden ser el preludio de un fracaso más de fondo, además de que, como se sabe desde los griegos, hay victorias pírricas, esas que pueden hacer preferible una derrota digna.

El Partido Popular ha venido aplazando de manera bastante insensata el planteamiento de un debate ideológico decisivo, una discusión que, por supuesto, interesa profundamente a sus electores, pero que, por razones de conveniencia inmediata, siempre se pospone. Para quienes crean que ocultar esa clase de conflictos de principio es sinónimo de sabiduría política, bastaría con recordar la manera en que Felipe González abordó la relación de su partido con el marxismo, una especie de dije ideológico sin el que la mayoría de los que se querían tener por militantes de izquierda pensaban que se sentirían desnudos y ridículos. Felipe tuvo el coraje de enfrentarse al populismo de izquierda, para proponer una definición mucho más nítida de su partido, y de esa atrevida jugada sacó energía suficiente para largos años de liderazgo.

El Partido Popular se encuentra ante una disyuntiva que no es menos radical que la que Felipe supo acometer con determinación. Como en este caso, así pasa siempre en política, la cuestión que el PP debiera afrontar se refiere a su definición política, que no ha hecho otra cosa que desdibujarse desde 2004. Hace falta ser muy torpe para no ver que el proceso que llevó a la victoria del PP en 1996 fue una auténtica hibridación entre la vieja AP y los restos de los equipos políticos que lideraron la transición en las formaciones de centro. Aznar supo conducir ese proceso con mano firme, consiguió llegar al poder y, tras cuatro años de gobierno ejemplar, alcanzar nada menos que una mayoría absoluta.

¿A qué cuestión de fondo respondió esa política? Pues a la construcción de un partido nacional, de un partido que pudiese mantener una política aceptable para cualquier español que creyese en la iniciativa individual, en la libertad, en el fortalecimiento de una patria común y en la necesidad de reducir el tamaño y la presencia de los poderes públicos. Con más aciertos que errores, esa fue la directriz del PP durante dos legislaturas.

Cuando llegó el sobresalto de 2004, el PSOE, bajo la batuta de ZP, inició una andadura estrictamente contraria a la que había inspirado el gobierno del PP, y a la vista están sus consecuencias. Donde el PP había tratado de mantener una política de cohesión, el PSOE buscó lo contrario. Sea cual sea el juicio que merezca esta estrategia de los socialistas, lo que debiera estar claro, y por desgracia no lo está, es que el PP no tenía razón alguna para tratar de adaptarse a esa nueva situación: el hecho es que no ha sabido responder de manera notoria, convincente y gallarda. Los líderes del PP se refugian con demasiada frecuencia en el eufemismo de que “su posición es bien conocida” para evitar actitudes que la izquierda les reprocharía como intransigentes y sectarias. Lo curioso del caso es que, tras ese disimulo, el PP tampoco obtiene el éxito que supuestamente lo justificaría; no ha servido, por ejemplo, para mejorar los resultados electorales en Cataluña o en el País Vasco, ni han conseguido el cese de los denuestos de nacionalistas y zetaperos. Lo siento por la crudeza de la expresión, pero en español existe un refrán para esta clase de situaciones: cornudo y apaleado.

Ahora tenemos un PP diferenciado que propende a jugar al valencianismo en Valencia, al galleguismo en Galicia, y a lo que toque en cada parroquia. El PP no está sabiendo mantenerse como un partido nacional en cualquiera de las esquinas de España, de una nación chantajeada y vilipendiada no ya por sus enemigos, sino incluso por los que gobiernan en su nombre.

Para evitar tensiones políticas, se habla incluso de aplazar el Congreso Nacional que tocare antes de las próximas elecciones, fiándolo todo al fracaso ajeno y al mantenimiento de una ataraxia aparente, inducida e impropia. ¿Alguien espera que un programa tan débil pueda tener éxito? ¿Alguien supone que por esa vía de renuncia estéril se puede conseguir una mayoría política? Esto, y otras cuestiones de idéntico porte, es lo que significa preguntarse si está acertando Rajoy.

[Publicado en El Confidencial]

En defensa de los derechos fundamentales en Internet



Esta imagen es un símbolo de apoyo al manifiesto que sigue, y que extraigo del blog de Enrique Dans

«Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas,bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:

  1. Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.
  2. La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.
  3. La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.
  4. La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.
  5. Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividadesasociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.
  6. Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.
  7. Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticasauspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.
  8. Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.
  9. Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.
  10. En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia».

Un gobierno secuestrado

Este gobierno que se mueve en las sombras para que nadie sepa lo que hace, que se refugia tras la disciplina militar y el silencio debido, que paga más que nadie a los bandidos, no ha aprendido todavía la lección churchiliana de que cuando se prefiere el deshonor a la guerra, se alcanza el deshonor y no se evita la guerra. Ahora tenemos a tres compatriotas secuestrados en algún lugar del mundo y, aunque no se pueda culpabilizar al gobierno de esa acción criminal, cosa que el PSOE no dudo en hacer tras el 11-M, como puede recordar cualquiera, si cabe requerirle reflexión sobre si su conducta ha sido la más adecuada para evitar la repetición de sucesos de este tipo.

El gobierno ha cometido el gravísimo error de ordenar a nuestros soldados, en alta mar, que no actuasen contra los secuestradores, y su exceso de prudencia, su miedo a mancharse con sangre española en el caso de haber actuado con dignidad, con valor y con inteligencia, no ha sido la prevención más adecuada para evitar futuras agresiones a cualquiera de los muchos españoles que andan mundo adelante.

El gobierno está secuestrado por su temor a mancharse las manos, por su miedo a tener que renunciar a los idílicos mensajes que parecen legitimarle, a las melifluas imágenes del mundo que les sirven para llamar la atención, aunque también para hacer el ridículo ante cualquiera que no comulgue con ruedas de molino. El gobierno está secuestrado por sus propias mentiras, por hacer cosas distintas a las que dice, por sentirse en la obligación de seguir hablando, por ejemplo, de solidaridad, de igualdad y de equilibrio entre los españoles, mientras premia descaradamente a quienes necesita para mantenerse en el poder.

El verdadero drama de este gobierno es que cada vez son más los que conocen su precio, los que saben que su valor es cada vez menor. Nos quedan largos años de prueba con un gobierno sin otro objetivo que llegar como sea a las próximas elecciones, a ser posible, sin que el cien por cien de sus votantes hayan descubierto todavía lo único que de verdad les importa.

El fútbol y el efecto Mateo

Robert K. Merton ha sido uno de esos grandes académicos que solo parecen existir hoy en día las grandes universidades americanas. Su obra está llena de interés, se mire por donde se mire, aunque yo prefiera, por encima de todo, uno de los libros que más me han hecho admirar y reverenciar el oficio académico, A hombros de gigantes, un trabajo magistral, lleno de buen humor, de sabiduría y de conocimientos de lo más variado. Cualquier buen lector pasará con él uno de los períodos más agradables de su vida intelectual.

El caso es que me acordé de Merton al ver ayer, el partido del Barça y el Real Madrid. La razón es muy simple; Merton bautizó como efecto Mateo al hecho de que, conforme al dicho evangélico (capítulo XXV del Evangelio de San Mateo, versículo 29), de que “a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene”, se produce una muy frecuente acumulación de fama y premios en quien previamente los tiene, fenómeno muy conocido, por ejemplo, en la sociología de la ciencia, y que hace que los laureados tiendan a multiplicar sus laureles, muchas veces sin otro mérito que el haberlos recibido previamente. Pues bien, a mi me pareció que el efecto Mateo explicaba muy bien cómo los forofos del Madrid han disculpado un clamoroso fallo de Cristiano Ronaldo, mientras que crucificaron el año pasado a Drenthe por un fallo muy similar, pero en el fondo mucho más disculpable. La lógica es muy simple: si Cristiano Ronaldo es un crack no puede cometer un fallo tan clamoroso, luego el fallo no es lo que parece; en cambio, como Drenthe no es ningún crack, se vio castigado con un descenso a los infiernos del aprecio madridista, pese a que su fallo fue mucho menos grave y más disculpable que el del astro portugués. Moraleja, no falles ante la portería del Barça, salvo que seas Cristiano Ronaldo.

Away We Go

Además de escribir casi a destajo, este fin de semana he dedicado tiempo a ver la película del título, sorprendentemente traducida como “Un lugar donde quedarse” y a estar pendiente de un partido de fútbol. La película me ha parecido buena y me ha hecho reír; por causa del fútbol, y de lo que le rodea, me he puesto de los nervios, de manera que mi consejo sería ir más al cine e invertir menos tiempo en lo del fútbol, pero no siempre puede ser así.

En realidad sería difícil decidir que es más aburrido si una mala película o un mal partido; yo creo que los malos partidos son más fáciles de evitar que las malas películas, pero los buenos partidos son más atractivos que las buenas películas, porque son acontecimientos y tienen desenlace, en tiempo real como se suele decir, mientras que las películas son argumentales, en cierto modo ajenas al tiempo, casi tangenciales, porque siempre puedes verlas en otro momento. Hagamos algo de justicia poética y hablemos de la película porque lo del partido está ya todo dicho. Tal vez mañana llame la atención sobre algunas de las cosas que no se han dicho, supongo que porque suelen interesar poco a los futboleros, ya que el fútbol es, sobre todo, un modo de conversación pasional.

Ir a ver una película de Sam Mendes es, ahora mismo, una decisión escasamente arriesgada, porque Mendes es un tipo muy inteligente y sensible y no hace películas porque sí; me había llamado la atención el menosprecio de los críticos porque, aunque no suela hacerles casi ningún caso, Mendes es uno de los que habitualmente recibe parabienes, pese a hacer buen cine.

En cuanto empecé a ver la película comprendí las razones. Resulta que la historia de esta peculiar road movie está protagonizada por una pareja que se quiere y que espera, con toda ilusión un hijo. Resulta, además, que hay unos cuantos personajes que responden, digamos, a prototipos que suelen gozar de buena fama entre los críticos y que en esta cinta son ridiculizados de manera particularmente eficaz y cómica. Demasiado para el equipo crítico habitual.

Muchos de los que dijeron haber quedado extasiados ante American Beauty han quedado sorprendidos por esta crítica no menos sarcástica de la sociedad americana, del egoísmo y de la estupidez de muchas personas que gozan de buena reputación. Mendes ha afilado su crítica y, sobre todo, muestra que se puede llevar una vida digna si no se tiene el miedo a decir lo que se piensa, a hacer lo que se quiere, a dedicar amor y tiempo a las personas que amamos, sin desdeñar a nadie.

Vean la película, porque merecerán la pena sus carcajadas y la sonrisa con que saldrán al verla. Además podrán ver una auténtica maravilla a Allison Janney, la jefe de prensa de The West Wing, y, también por eso, les compensará verla.