Un minuto de ira

No me parece que se pueda resistir de manera indefinida el maltrato del lenguaje por parte de algunos periodistas ilustres. Es increíble que todo un jefe de opinión de un gran diario nacional diga las tonterías que dice, que confunda, por ejemplo, reconocer con otorgar, que ignore de manera sistemática la conjugación de los verbos españoles, que no sepa enderezar un argumento sin un par de docenas de frases hechas, en fin, algo insoportable.

Si a todo esto se añade que la información, lo que pudiéramos llamar los hechos o la verdad, le importan un bledo, tendremos un buen indicador de las razones del público para no leer los periódicos. Así estamos y a nadie debiera extrañarle lo que le pasa al país, a la economía y a lo que se ponga. Es lo que muy bien dice el tango:

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador.
¡Todo es igual, nada es mejor,
lo mismo un burro que un gran profesor!
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao…
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón.

Año nuevo, vida plena

[Mi madre, Rosa Quirós Rodríguez]

Tengo la enorme suerte de que mi madre, que ya tiene 92 años, sea una persona excepcional. Supongo que eso es lo que piensan la mayoría de los hijos, y lo siento por los que no comparten esa gracia tan normal. El día de Navidad, un desafortunado accidente le hizo romperse la cadera y, desde entonces, está hospitalizada.

He pasado buena parte de estos días de fiesta junto a ella, lo mismo que mis hermanos y todos los nuestros. Me permito esta breve nota privada, porque necesito decir que cuidar de los demás es lo más valioso de la vida y es un privilegio poder hacerlo con alguien que, literalmente, se ha desvivido por ti. Las madres son ejemplos luminosos de vida buena, aunque normalmente prefiramos otros modelos de mayor brillo aparente.

Mi madre reza, y se lamenta de que se le olvidan algunos misterios del Rosario. Ayer me dijo que le daba pena toda esa gente que no cree en Dios, que no cree en nada. Supongo que desde la atalaya de sus años, desde una quietud reflexiva aunque forzada, es un poco más fácil ver lo esencial. En eso se diferencia la vejez de la infancia, a la que tanto se asemeja en otros aspectos. En fin, que es un privilegio poder pasar parte de estos días de tanto bullicio muy cerca de una realidad que tiende a ocultarse, dándome cuenta de que la vida no es solo un camino hacia el final, sino un misterio que las personas felices, como mi madre, aprenden a vivir con esperanza y alegría.

En nombre de todos

La democracia está siempre en estado de riesgo, o crece o muere. La nuestra no está mejorando, hay pocas dudas de ello, pero tiene a la vista una gran oportunidad para fortalecerse. Pese a sus defectos, esta democracia sigue siendo un régimen mejor que todos los demás. La razón para que una democracia, incluso demediada, sea mejor que otro régimen, reside en el hecho de que nada en ella es definitivo, ni siquiera los mayores errores, siempre que persista la esencia del sistema: respeto a la Constitución, y elecciones libres.

Los partidos que aspiran a la mayoría suelen hablar de esa mayoría como si fuese de su exclusiva propiedad y así dicen “todos quieren esto” o “nadie está de acuerdo con aquello”. En un sistema bipartidista suele ocurrir que esos mensajes chocan con sus contradictorios, que los rivales también manejan el “todos” y el “nadie”. De este modo, se produce un enfrentamiento irresoluble y contradictorio en que se aboca a un estado permanente de guerra de trincheras, y en el que son los ciudadanos de a píe, los que no son ni nadie ni todos, quienes soportan los costos de la bronca interminable.

Esta suplantación por el nadie y el todos supone un auténtico secuestro de la democracia porque implica la sustitución de la voluntad popular por la voluntad del partido, lo que puede acabar significando, tantísimas veces, el mero capricho del líder. Es, por ejemplo, escandaloso, que los partidos no hayan sido capaces de renovar, como marca la ley, la composición del Tribunal Constitucional, un ejemplo claro de subordinación de la ley a la voluntad de los mandamases. Es triste que el respeto a la ley se suela preterir en España, especialísimamente por la izquierda, por obediencia al líder del partido. Esto es gravísimo y está en el fondo de muchos de nuestros problemas. Sin embargo, en una democracia verdadera, nadie debiera estar jamás por encima de la ley.

La Constitución se pensó como una Ley especialmente respetable y, precisamente por eso, estableció un Tribunal Constitucional que, al margen de los vaivenes de la política, pudiese corregir tranquilamente los excesos legislativos de las mayorías, y hacerlo en nombre de una legalidad superior, y libre de presiones electorales o pasajeras. Ha sido una verdadera desgracia que, a las primeras de cambio, y por un tema menor, como lo fue el de Rumasa, el Tribunal se hubiese de postrar ante el enorme poder del gobierno de González.

Ahora el Tribunal Constiucional tiene en sus manos una cuestión decisiva, la constitucionalidad del Estatuto Catalán. ¿Seguirá el poco glorioso antecedente de someterse a la voluntad del Gobierno o sabrá encontrar fuerzas para estar a la altura que la Constitución lo colocó de manera sabia y previsora? Es de esperar que conozcamos la respuesta a este interrogante con cierta rapidez, pues ya son incontables las demoras que lleva en su contra una sentencia tan fundamental.

Quienes esperan que el Tribunal, pese a su deficiente constitución, defienda la Constitución en puntos en que es de claridad meridiana, desean que sus miembros se comporten como ciudadanos valientes y honrados, capaces de resistir el halago y las presiones para custodiar con valor el legado decisivo que se les ha encomendado.

Quienes temen que haga precisamente eso, se han dedicado a atacarlo, de manera preventiva, refugiándose en la idea, absolutamente errónea, de que el Tribunal Constitucional no representa a nadie. La verdad, ahora sí, es estrictamente la contraria. Representa, por definición, la voluntad de la Nación que se dotó de una Constitución y que confió a un puñado de insignes juristas la defensa de su integridad y de los ataques de los enemigos de la libertad, de la ley y de la democracia. El Tribunal Constitucional sí puede decir que habla en nombre de todos, de ese todos que constituye la Nación y que se encarna en una voluntad histórica de ser sujeto por encima de diferencias y de partes.

La sentencia no va a afectar, pues, a un tema importante pero particular. No. La sentencia puede ser el acta de defunción de la Constitución o, por el contrario, un vibrante alegato en su defensa, un mandato que, por mal que dejase a un Gobierno metido en camisa de once varas, le restituiría el poder político que, como Gobierno de todos los españoles, le pretende sustraer un Estatuto Catalán que es, a toda luces, inconstitucional, por su texto, por sus intenciones y, como se está viendo ya, por su efectos.

En mi opinión no cabe una tercera vía, una sentencia interpretativa, un quiero y no puedo que dejaría al Tribunal Constitucional, y a todos con él, a los píes de los caballos del monumental lío que, inevitablemente, se generaría. No puedo creer que personas de talento y categoría moral quieran pasar a la historia como los liquidadores de un texto que ha sido capaz de fundar el período más próspero de la historia contemporánea de España, aunque se disguste el presidente del Gobierno.

Los habitantes de la casa deshabitada

Enrique Jardiel Poncela escribió en 1942 una comedia cuyo título me viene con frecuencia a la cabeza al pensar en la situación del PP. La comedía de Jardiel es pura fantasía, y se ha visto siempre como una anticipación del llamado teatro del absurdo. La situación del PP no es precisamente fantástica, sino paradójica, de modo que no me atrevería a distinguirla nítidamente del segundo marbete.

La paradoja principal del PP consiste en lo que podríamos llamar su miedo a estar presente, a ser protagonista, a hacer o decir algo original, a asumir algún compromiso sustantivo más allá del halago repetido a las diversas y abundantes especies de agraviados por la política zapateresca. Los líderes del PP parecen creer que yendo al tran-tran alcanzarán la victoria, y que no mojándose en exceso nadie podrá reclamarles después ningún incumplimiento. Esa especie de tontuna se alimenta con encuestas, de manera que donde debieran leer mero descontento con el gobierno, encuentran, vaya usted a saber por qué, aprecio a sus propuestas, aunque nadie sepa muy bien a cuáles.

Mariano Rajoy parece, en ocasiones, aplastado por una creencia deletérea: le de creer que ha heredado un partido perdedor, lo que, además de no ser exacto, constituye una disculpa neciamente ridícula. Al aceptar esa condena, cosa que irrita sobremanera a la mayoría de sus militantes y electores más aguerridos y capaces, se condena a la pura realización de tareas menores, a ser un adorno del sistema sin que pueda atreverse a jugar en serio para conseguir el mandato de gobernar esta vieja y desvencijada España.

Cuando el PP se dedica, únicamente, a ejecutar piezas de repertorio, a las cantinelas archisabidas, a la celebración de esos cargantes e inútiles actos que se ofrecen a los pasmados televidentes como concentraciones de agradables aplaudidores del líder de turno, muchos de ellos probablemente a la espera de un puestecillo, los españoles con la cabeza sobre los hombros y que desearían el relevo la destitución pacífica y civil de un gobierno desdichado, se ven condenados, irremediablemente, a una melancolía honda.

¿Es inevitable que el PP esté forzado a practicar una oposición rutinaria y ayuna de imaginación? En absoluto. ¿Hay alguna razón misteriosa por la que este PP sea incapaz de suscitar entusiasmo y ampliar sus adhesiones, por lo demás ya muy sólidas? De ninguna manera. ¿Qué ocurre pues?

Me parece que hay dos géneros de causas para explicar la abulia política del PP. Una de ellas es el miedo a la complejidad interna del partido; la otra es el temor a no acertar con la tecla adecuada para formular políticas originales y ambiciosas, y, consiguientemente, la decisión de vivir de las supuestas rentas del pasado.

El primero de los miedos se escenificó con toda solemnidad en el lastimoso Congreso de Valencia en el que los supuestos representantes de más de medio millón de afiliados llegaron a la cita con el voto amarrado por la dirección para que nadie se desmandase. Esa manera de hacer partido es una manera segura de derribarlo, de anestesiarlo, de condenarlo a la inanición intelectual, política y social. El PP no tiene que tener miedo a mirarse en el espejo y darse cuenta de que su imagen es más parecida a la sociedad española que lo que dan a entender sus dirigentes; el PP tiene que acostumbrarse a debatir, a pensar, a afrontar las cuestiones en lugar de tratar de ponerse de perfil para que nadie les pille en un renuncio. Si el PP no corrige su estrategia esquiva y lastimosa, antes de las siguientes elecciones generales, tendrá muy pocas opciones de derrotar al candidato socialista, sea quien fuere. Hay un Congreso ordinario previsto y será una magnífica oportunidad para hacer bien lo que antes se ha hecho mal, pero muchos se dejarán llevar por la tentación mortal de convertir el Congreso en una supuesta exaltación del líder, en una ocasión más para repetir esa estúpida imagen de aplaudidores y banderolas que ni interesa a nadie, ni a nadie mueve.

El segundo temor tiene el mismo remedio. El PP debe organizarse desde ahora mismo para presentar un programa completo, atractivo y creíble, que muestre a los españoles lo que el PP quiere ser, algo más y algo distinto de lo que ya ha sido. La derecha no puede vivir de las rentas, de la convicción de que los españoles comparten la idea de que el PP es mejor gestor de la economía, y se entusiasman con unos principios tan aludidos como inanes. Un Congreso está para formular políticas que sean susceptibles de obtener un mandato electoral, de conmover a la opinión y de modificar el cuadro de expectativas de voto por razones distintas al mero cabreo por la crisis económica.

La derecha padece una resistencia tradicional a tomarse en serio la importancia de las ideas y tiene que corregirse si quiere ser algo más que un comparsa de nuestra historia política futura. Para ganar, tiene que esforzarse en merecerlo, y vencer los miedos que la atenazan e inhabilitan.

Vargas llosa y una tal Belén

En un debate epistolar con un grupo de amigos, partidarios de que nada es tan claro como parece, y siempre dispuestos a oscurecerlo un tanto para que no decaiga el ánimo, me he atrevido a comparar la autoridad de Vargas Llosa con la de una tal Belén, de la que he oído que es el segundo nombre más buscado en Google (¡Dios mío, qué pensarán de nosotros en Mountain View!). Todavía no he recibido el palmetazo merecido, que imagino plural, pero me reafirmo en lo dicho.

¡Qué se le va a hacer! Ya dijo Miguel Boyer hace muchísimos años que España es un país de porteras; lo que resulta sorprendente es que muchos de nuestros intelectuales, por decirlo de algún modo, tengan esa clase de hábitos, es decir que solo lean a los famosos o que coloquen las opiniones de los tales como si se tratase de fuentes inequívocas de autoridad cuando, en muchas ocasiones, carecen de cualquier conocimiento sobre el tema. Me parece que fue Ortega, seguramente escocido, quien dijo que fuera de la Física a Einstein no se le ocurrían más que tonterías. Eso es lo que creo, que casi cada cosa de la que merezca la pena discutir tiene sus dificultades y que, o se conocen si se han estudiado, o es mejor callarse, justamente lo que hacen los famosos, los tuttologos, los que si dejan de hablar dejarían de existir. Aquí somos muy aficionados a preguntarles a los escritores, por ejemplo, sobre el darwinismo o sobre el cambio climático, a tratar de averiguar lo que piensa un Almodóvar sobre la crisis o sobre Afganistán, o a titular a lo grande las ocurrencias de un cantante sobre el Papa.

Mi interlocutor, que es hombre prudente y leído, nos colocó un texto del Varguitas sobre la violencia que, a mi parecer, y al de algún otro, era una auténtica mierda de toro, como dicen los sajones. No tengo nada contra dosis razonables del producto sin las que sería muy duro llenar tantas páginas y tantas horas, pero cuando se trata de pensar un poco en serio hay que huir como de la peste de los bien pensantes y de los que fabrican mierda de toro sin pestañear.

¿Cuáles serán las razones de este curioso proceder? Trataré de no incurrir en el vicio que critico y evitaré pontificar sobre lo que no sé. Sugiero, sin embargo, que la vagancia y la alergia al estudio pueden tener algo que ver con el asunto. Somos un país de repetidores, de seguidores. De hecho, mucha gente pretende llegar a la cumbre repitiendo lo que dice alguien supuestamente eximio, siendo el representante o el equivalente de X en España, de manera que nos gusta el pensamiento bien empaquetado y si es guapo el que lo sostiene, mejor.

La vuelta de Solana

Me parece que el fichaje de Solana por el ínclito ZP ha pasado más inadvertido de lo que merece. Resulta que Solana ha sido encargado por el Consejo de Ministros de elaborar la estrategia española de seguridad, algo que los periódicos han puesto, generalmente, con mayúsculas. Para los despistados: la noticia de Solana no es del 28 de diciembre.

Lo primero que se me ocurrió al pensar en esta novedad es lo siguiente: ¿Acaso no tenemos una estrategia para el caso? ¿Qué tenemos entonces? Como este país está volviendo a ser de charanga y pandereta pudiera ser que todo lo que hacemos en ese terreno sea fruto de la improvisación. Si así es, la verdad es que las cosas no nos han salido del todo mal.

Yo creo que ZP ha sacado conclusiones del asunto del Alakrana, por ejemplo, y pretende tener un plan en el que estas cosas no nos pillen por sorpresa. Hasta ahora hemos corrido riesgos tremendos por falta de previsión; bastará con recordar que el piloto del helicóptero que despegó de nuestra aguerrida fragata estuvo a punto de atinar a la Zodiac de los piratas, unos ciudadanos somalíes con los que habíamos llegado, por vías diplomáticas, a una entente talantosa y talentosa. Lo dicho, con esta improvisación, vivimos de milagro.

Es de imaginar que las fragatas en vez de helicópteros, que se pueden caer como en Afganistán, llevarán, por ejemplo, mezquitas portátiles para que los musulmanes puedan celebrar adecuadamente sus ritos cuando entablen algún tipo de contacto con nuestras fuerzas de paz. Bien mirado, podría ser una medida pionera.

El juez meticuloso

Esto de ser juez debe ser cosa difícil, sin duda. Si siempre es peliagudo no equivocarse, más rudo será no hacerlo cuando se ha de decidir sobre historias complejas, y que acaso no se entiendan bien. Se supone que la tarea debiera ser simple sabiendo derecho, pero me temo que no sea el caso. Lo que los jueces deciden no tiene que ver solo con el derecho, sino con la vida, que se complace en ser excepcional de manera casi continua.

Me parece que el juez que ha condenado a unos periodistas de la cadena SER pertenece a la rama de los meticulosos, que es una de las formas de ejercer la judicatura (la fama, como es bien notorio, es otra, muy vocacional, al parecer), es decir, una manera de actuar que se atiene a la letra de la ley para evitar cualquier extravío. Esa forma de actuar tiene sus ventajas, pero cualquier exceso puede convertirnos en necios.

Al parecer, el juez argumenta que el derecho que ampara a los medios de comunicación no es aplicable a Internet. La razón se me antoja clara: no debe haber ninguna ley que diga que Internet sea un medio de comunicación y, seguramente sucederá, además, que la ley que establece el tal y cual de los medios no menciona a Internet. En consecuencia.., al trullo.

Sospecho que este juez haya podido estudiar filosofía analítica, o cosas aún peores, porque me parece estar oyendo a Russell cuando decía aquello de que la lógica es la ciencia de no sacar conclusiones. Nuestro juez, muy puesto en lo suyo, ha acudido a los libros y la respuesta ha sido clara: si no se dice que Internet sea un medio de comunicación, y la ley los enumera para que quede claro de que se habla, no hay que sacar torpemente la consecuencia de que lo es, pese a todo.

Podemos imaginar al juez perdido entre millones de páginas para tratar de establecer qué es Internet, y poder juzgar en consecuencia, pero también podemos imaginarlo menos curioso, más positivista, constatando que la ley no menciona a Internet entre los medios. El juez ha podido pensar: ¿Qué debiera ser así? Pues que lo pongan, porque de momento hay que aplicar la legislación vigente.

Esto es lo malo de preferir la ley al buen sentido, pero que quede claro que, de preferir el buen sentido a la ley, acabaríamos en una revolución, y no parece que los magistrados estén deseando eso, entre otras cosas, porque podrían perder parte del no escaso poder que tienen.

Como nunca se sabe en lo que puede acabar una ley tomada al píe de la letra, habría que recomendar a los jueces la consideración de algunos principios de sabiduría, como, por ejemplo, la lectura del refranero. Prueben con este. “No se pueden poner puertas al campo”. Este juez ha sido sensato en su oficio y temerario en su sentencia porque, salvo que sea un tipo enteramente angelical, habrá podido imaginarse la que se iba a armar. Tal como está lo de los jueces, pudiera tratarse de un intento desesperado de salir en los papeles.

Prejuicios perdurables

No hay nada menos efímero que los prejuicios; en realidad, si se cuidan un poquito, pueden llegar a ser eternos, además de conservar una enorme fertilidad. Digo esto a propósito de un comentario, reiterativo como corresponde, de Joaquín Rodríguez en su blog Los futuros del libro, que suele ser un ejemplo heroico de fidelidad a los intereses de esa tradición que confunde el papel con el texto y la impresión con la edición, todo un oficio. Fíjense lo que dice: “Casi ninguno de los libros electrónicos que se comercializan ahora mismo en el mercado […] mejora, a mi juicio, las propiedades y capacidades del libro en papel tradicional”. Lo más curioso de esta afirmación es que, por su forma, parece prometer el descubrimiento de esos libros que se ocultan tras el casi, porque, de no haberlos, hubiera debido atreverse a decir ninguno, que es, seguramente lo que piensa. Pero no, JR no quiere pasar por dogmático y se parapeta en un casique desprecia la capacidad lectora de sus adictos.

La cosa no acaba ahí: resulta que no solo hay mejoras, sino que los libros electrónicos tienen, además, un grave defecto que JR no tiene otro remedio que revelar, a fuer de sincero. Pero hay otro casi: el defecto es tan grave que se pone en boca del “hijo de un reputado colega” (que se vea que no es cosa de ser viejuno, como dirían los de Muchachada Nui), a saber (contengan el aliento): “el libro electrónico […] es un objeto” y sirve solo “para los que ya están habituados a leer en soportes tradicionales, porque no añade ni un ápice de valor adicional, a excepción, claro, de su capacidad de almacenamiento”. O sea, que los que no están habituados a leer deben seguir comprando los libros de siempre.

Hay que reconocer que el hijo del reputado colega de JR ha dado en el clavo. Ahí tenemos la gran diferencia con los libros normales; para empezar, eso de ser un objeto siempre ha estado mal visto por la mayoría moral progre; pero, además, como es obvio, los libros normales son los únicos que valen para los que no están habituados a leer, porque sirven, no es necesario insistir en ello, para decorar encimeras y para que los merluzos se hagan fotos delante de ellos, función en la que hay que reconocer que son imbatibles.

Una vez que se han desvelado los dos grandes defectos metafísicos de estos libros anormales, ya no hay razón para disimular; ya se puede enhebrar el conjunto tradicional de tópicos y defectos: no son táctiles, buscan mal, son lentos, no poseen conexiones, no sirven para anotar, no dan color, tan esencial para una lectura culta, etc. Esta enumeración es un catálogo de malas intenciones, algo así como si se describiera una biblioteca diciendo que no hay música, que no se pueden tomar cubatas, que está prohibido bailar y que además no se pueden realizar acampadas.

Lo peor, sin embargo, está por llegar y aquí JR se desmelena. Dice nuestro peculiar profeta libresco que los textos no son redimensionables y que por ello suelen (¿dependiendo del azar?) ser ilegibles e inmanejables. Como no podía ser de otra manera, JR se indigna: “un menosprecio ultrajante a cinco siglos de artes gráficas que ningún editor debería aceptar y que ningún lector debería consentir”. Esto de vejar a la tradición le parece muy mal a cualquier progre.

Como es Navidad, y cada uno escoge las tradiciones que le peten, no voy a seguir, aunque JR recomiende no comprar y esperar a que la tecnología vaya superando las pegas que a él se le ocurran. Me temo que eso no pasará nunca, de manera que sus infinitos seguidores se lo pueden tomar con calma.

[publicado en Culturas digitales]

Pensar en Dios

Las navidades se han vuelto problemáticas, no cabe duda. Han sido objeto de toda clase de ataques, aunque los más terroríficos me parecen los del egoísmo de esas gentes, tan abundantes, para los que la vida significa hacer sus planes, y que nadie les moleste. Todos tenemos algo de eso, sin duda, yo desde luego. Pese a eso, a mí, las navidades siempre me han encantado porque me recuerdan lo mejor de la vida, de una realidad misteriosa pero no absurda y que solo se puede vivir bien con esperanza, algo que siempre es compatible con pasarlo mal. Los chicos listos, y las chicas, nos solemos olvidar de eso porque pensamos que la vida es una especie de espectáculo para que los demás aplaudan, y en navidad no hay manera.

También me molesta el excesivo empeño de algunos en purificar el sentido religioso de las fiestas, cuando esa intención se convierte en un motivo para reñir a los frívolos y a los tibios. Eso ya lo ha hecho San Juan, y bastante bien, por cierto, de manera que no hay que ponerse demasiado escatológico con la pequeña alegría del personal que es capaz de sentirla. Yo, por si se me olvida, procuro ver siempre ¡Qué bello es vivir! para acordarme de que el amor de Dios a los hombres se traduce siempre en deseo de paz y de alegría y en el impulso de su bondad, su generosidad y su esperanza.

Me he puesto a escribir esto porque he visto que Factual, el periódico de Espada, al que me he apuntado equivocadamente, pero sigo con cierto interés, promociona, entre otros, una lista de diez libros para dejar de creer en Dios. Me hace gracia que sean necesarios tantos, cuando mucha de la gente que no cree en Dios, que ni se le pasa por la imaginación, no ha leído ni un prospecto. Esto me recuerda a una de las cosas de Wittgenstein cuando parodiaba la verificación recomendando leer un periódico y salir a la calle para comprar otro de la misma edición y asegurarse de que dice lo mismo. No sé si lo cogen, pero para mí que creer en Dios tiene relativamente poco que ver con los libros, y por eso me resulta curioso que haya gente que espere más de los libros que del amor de Dios.