¡Que inventen ellos!

Ayer uno de esos periodistas que pueden pasar por personas cultas, ya sé que no hay muchos, dijo que había que olvidar la frase de Unamuno (el «¡que inventen ellos!») porque nos había hecho mucho daño.

Unamuno escandalizó con esa frase, pero lo peor ha sido el equívoco que se ha creado en torno a ella. Unamuno pretendía responder a los positivistas sin ambición, haciéndoles ver que antes que imitar la ciencia foránea, lo que había que hacer era tener vivo el espíritu, y no se cansaba de reprochar a los españoles esa vaguedad espiritual que es la raíz de nuestros males, de la falta de ciencia también.

Por una serie de curiosas vericuetos Unamuno ha sido interpretado como una especie de energúmeno opuesto a la ciencia, a la técnica y a la razón. Lo que Unamuno zahería no era la ciencia sino el conformismo, también en ciencia. Unamuno estaba muy cerca del espíritu cajaliano en su actitud frente a la investigación, claro que también Ramón y Cajal decía de sí que no era un sabio sino un patriota. Lo que molestaba a Unamuno era nuestra tendencia a imitar, a no arriesgar en nada. Lo curioso es que ese es el auténtico espíritu científico, una capacidad para no convertir la ciencia en una fe muerta, en un sistema.

Unamuno no es culpable de otra cosa que de haber tratado de despertar al Quijote que hay detrás de cada Sancho demasiado conformista, un Sancho que, por mucho que se disfrace de científico y de moderno, sigue siendo el creyente acomodaticio y dogmático que tanto abunda entre nosotros.

La lotería y los toros

Hoy ha sido día de jolgorio en algunos sitios y de decepción en los más. La lotería es una de las pocas cosas que siguen llamándose nacional, junto con los toros. En el fondo, ambas tienen mucho que ver, son formas de tentar a la suerte, formas de crear una ilusión sobre algo que apenas la admite, porque o es un cálculo o es un ritual bastante pautado. Pero, en ambos casos, ha sido la gente quien le ha dado a esas diversiones un aire de fiesta popular, algo que ahora pretenden suprimir con argumentos de lo más variopinto, los nuevos ilustrados.

La lotería ya se ha liberalizado y compite con mil formas de apuesta, aunque esta de la Navidad conserve algo de esa ilusión sobrenatural que desborda de la celebración cristiana de estas fechas. Pese a todo, resiste porque es una tradición amasada por el pueblo llano que la aguanta a píe firme, aunque se entere de que el gordo le ha tocado, una vez más, a quien ya es millonario.

Lo que pasa con los toros es otra cosa. Aunque han dejado de ser exclusivamente españoles, hay quien los persigue precisamente porque todavía son eso. No he ido en mi vida a una plaza ni he visto una corrida por la tele. Oigo los nombres y las polémicas, aprendo del lenguaje taurino y me asombran las cosas hermosas que dicen algunos escritores, pero, en el fondo, soy partidario de las vacas, seres pacíficos que, cuando era un niño de aldea asturiana, eran como de mi familia. Simpatizo, incluso, con los defensores de los derechos animales, de modo que nada haría para continuar con esa fiesta.

Que quieran prohibirla, sin embargo, me produce una irritación honda. Cuando pudiera parecer que habíamos avanzado algo al librarnos de algunos viejos y absurdos inquisidores, resulta que reaparecen con otras vestes queriendo organizarnos, de nuevo, la vida, desde la cuna hasta la tumba; pretenden, encima, hacerlo en nombre del interés general, como preocupándose de nosotros. Una religión sin Dios, bastante estúpida e insoportable.

Se puede pensar que la gente que compra lotería hace algo absurdo, no diré que no (el impuesto de los tontos la llamaba Bernard Shaw, según he leído), pero lo hace porque quiere, con ilusión y con ánimo de compartir, por su real gana. Exactamente lo mismo que los aficionados a las corridas. Esa real gana es lo que parece que está mal visto por los que gustan de dictarnos lo que debemos hacer, lo que tenemos que evitar, y lo que hay que sentir, gente encantadora, como se ve.

Salvo y sino

La extraordinaria pieza retórica de Zapatero en Copenhague me ha estado rondando por la cabeza sin que supiese decir por qué. Me reconcomía como un enigma. La repasé sin encontrar motivo alguno para que ese breve texto me golpease las meninges. Tenía la impresión de que algunos de sus conceptos eran chirriantes como, por ejemplo, la idea de que pueda haber una “democratización de la producción de energía”, o la corajuda suposición de que la cumbre de Copenhague responda a una convocatoria conjunta de la ONU y la ciencia (sic), pero todo eso me parecía relativamente normal dentro del ideario zapatético.

Rebeca me sacó del apuro al hacerme ver que, en el archifamoso final de texto (“Pero la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”), había un error gramatical que me había pasado inadvertido, y era chirriante.

El error consiste en que la palabra salvo está mal empleada porque, en su lugar, debería haber otra palabra, la conjunción adversativa sino. Zapatero debería haber dicho: “Pero la Tierra no pertenece a nadie, sino al viento”. Para verlo con claridad, haré una ligera corrección en la profunda sentencia zapateril. Veamos: “Pero la tierra no pertenece a ninguno de nosotros, salvo al viento”; en esta forma queda más claro el absurdo de considerar que el viento sea uno de nosotros (no creo que ni Zapatero ni ninguno de sus asesores hayan llegado a este extremo, eso puede esperar a otra legislatura), que es lo que daría sentido al uso de salvo, como, por ejemplo, cuando decimos alguna frase del tipo de “ninguno de nosotros ha estado en Finlandia, salvo Federico” (que sí es uno de nosotros).

Al decir “Pero la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”, el Presidente ha dado pie gramatical al absurdo de que el viento sea uno de los nuestros, lo que no es el caso, ni lo sería incluso si fuésemos pieles rojas, como el jefe Seattle, del que según varios exégetas ha extraído la vena poética el gabinete monclovita.

En resumen: pasable en literatura, insuficiente en gramática. No es extraño, porque el presidente es de los que cree que la gramática está al servicio del pueblo, es decir que no cree en ninguna gramática que pueda estar por encima de sus caprichos.

La democracia y sus equívocos

Los españoles tenemos muchísimos motivos para ser churchillianos, más que nada por aquello de que la democracia es el peor de los sistemas, excluidos todos los demás. Tras unas décadas de democracia, hemos empezado a darnos cuenta de que la democracia en que vivimos es bastante imperfecta, que se aleja mucho del ideal. Lo normal sería tomarse esa constatación como un síntoma de madurez, pero para muchos de nosotros tiene algo de desesperante.

Resulta que la democracia no nos puede hacer mejores si nosotros no hacemos mejor las cosas. No debiera ser necesario hacer grandes esfuerzos para comprender esa verdad, pero nosotros la estamos descubriendo un poco tarde.

Como fruto de la lucha contra un enemigo absoluto, la democracia se nos ofreció en su imagen más pura. La gente se peleaba por ser democrática, y no serlo ha sido, durante años, el insulto predilecto de los españolitos que leían periódicos. Ahora nos encontramos con que la democracia se nos aparece como una fórmula casi vacía para que se repitan los viejos errores, las viejas mentiras y con que, además, se añaden al festival nuevos errores y mentiras originales. Y la desesperación llega porque la fórmula no funciona.

Se trata de un error, evidentemente. La fórmula no funciona porque no la hacemos funcionar, porque consentimos que no sirva para casi nada. Somos nosotros, no la democracia, los que somos un poco decepcionantes. Deberemos aprender que la democracia no es fast-food, sino un plato que se cocina con enorme lentitud porque es enorme la muchedumbre de los cocineros que la sazonan y a guisan con artes del más variado pelaje. Le pedimos a la democracia que funcione y somos incapaces de hacer cosas razonables en muchos ámbitos, desde las comunidades de vecinos hasta las empresas y las instituciones. Nosotros seguimos teniendo una concepción patrimonial del poder y pensando que el que manda, sobre todo si pensamos que nos representa, puede hacer lo que quiera.

Criticamos a los partidos, pero somos incapaces de participar, de pelear desde abajo porque las cosas sean como debieran. Criticamos la educación, pero apenas dedicamos un minuto a la lectura. Criticamos la ignorancia, pero seguimos pendientes de una tal Belén. Criticamos la demagogia, pero aplaudimos argumentos miserables siempre que nos conviene.

Tenemos un gobierno que se dedica a la propaganda, y lo tendremos hasta que una alternativa seria deje de dedicarse al oportunismo o al desconcierto, a esperar con paciencia que le llegue su turno. Es poco, desde luego, lo que podemos hacer, pero siempre es más que nada, más de lo que solemos hacer, frecuentemente poniendo el grito en el cielo.

Los que mandan nos conocen y se burlan de nosotros. No solo el gobierno, por supuesto; en realidad la lista es interminable: los jueces que se prostituyen, los periodistas que desinforman, los profesores que engañan, los funcionarios que se escaquean, los sindicalistas que viven del cuento…

“Menos quejarse y más trabajar” debiera ser la consigna de quienes creemos que ser cada uno de nosotros un poco mejores cada día es la única fórmula para conseguir que las cosas sean lo que deben ser, incluida la democracia

Coming Up for Air

[El gran jefe Seattle, según aparece en

Nuestro simpático presidente ha dado la nota en la cumbre copenhaguesca. Se ha sentido aventado, le ha dado un aire, aunque no se ha airado, porque el viento no ha podido con su talante. Como resulta imposible no repetir cualquiera de las cosas que se han dicho sobre su chusca intervención, gastaré unas líneas en trazar una interpretación más benigna. Me parece que ZP creía estar comentando al indio Seattle; da igual, porque, aunque yo encuentre más concomitancias con una historia de Orwell, es muy probable que no conociese directamente ninguna de las dos posibles fuentes.

Nuestro líder es una especie de letraferit, aunque me temo que en versión de usuario de servicios de un Speechwriter, una especie de poeta de guardia convencido de que, como decía José Antonio Primo de Rivera, aunque seguramente ni ZP ni su Speechwriter lo sepan, a los pueblos los mueven los poetas. En estas estábamos cuando nuestro presidente se sentía agobiado con el egoísmo universal y necesitado de decir algo; estaba como sin aire, y resolvió subir a por aire, como en el título de la novela de George Orwell que, aunque denunció el totalitarismo, todavía puede ser citado sin desdoro por un progre.

En Coming up for Air, Orwell nos cuenta la historia de un hombre que se ahoga con un futuro incierto y recurre a refugiarse en su infancia, en los recuerdos. Esta es también, me parece, la clave de la memoria histórica, otro invento zapateril de gran consumo. El viento que enloquece a los más le sirve a ZP para encaramarse a la lírica. En esa tesitura nos suelta sus sermones y hay que ser muy malvado o muy cínico para no resultar conmovido.

Algunos desalmados han dicho sentir vergüenza por esta salida lírica del dirigente de izquierdas, como si la izquierda hubiere de renunciar al dulce consuelo de la sensibilidad herida para ser, simplemente, una especie de ciencia. ZP ha superado hace mucho esa falsa disyuntiva, y practica una especie de marxismo-ecologismo-literario y cañí que no le está dando malos resultados.

Hay una tercera referencia literaria implícita en el discurso zapateresco, un eco que nos remite, nada menos, que a Shakespeare y a Marx, a esa frase sapientísima, que se insinúa en La tempestad de Shakespeare, y que califica al capitalismo en el Manifiesto comunista de Marx, según la cual, “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Este Zapatero, erudito por cuenta ajena y gesticulante por virtud propia, que es capaz de mezclar en apenas cinco palabras parejo caudal de sabiduría, es también capaz de transformar el viento de la locura en una suave brisa poética, ese es su carisma más envidiado, y, por ello, es una voz única que hay que saber escuchar con silencio reverencial porque, de lo contrario, vuelve a recordarnos a Fray Gerundio.

Hay que saber leer a Zapatero. Es una especie de Quijote resabiado que no se enfrenta con los leones (lo prohíbe su religión de la tierra y el viento), pero no porque le asusten, sino porque cree más educativo salir corriendo. Es una lección que el mundo entero debiera aprender, y, además, deprisa. Tal vez no salgamos de la recesión, pero no se podrá negar que vamos mejor que nadie en retórica barroca.

Ésta, pese a que les duela a algunos, es mercancía que les gusta mucho a todos los que piensan que, si son ignorantes, lo son a su pesar. Es una retórica que tiene su público, así que no se olvide que el presi es un cuco que no da puntada sin hilo.

Opiniones trinitarias

Una de las acusaciones que más se han hecho a Zapatero es que sus ministros son meros secretarios, que no hay otra política que la suya. No abono la pertinencia de la crítica porque creo que el impetuoso caudal de la política socialista se nutre de varios afluentes ministeriales sin los que, en justicia, es imposible explicar algunas de sus grandes hazañas.

No tengo dudas de que la enorme personalidad política del presidente eclipsa a algunas de las figuras que le acompañan en el Gobierno, pero tampoco me parecería justo ignorar el potencial que aportan las ministras y los ministros, como ellos dirían. Una de las estrellas rutilantes de la constelación gubernamental es, sin duda alguna, la Ministra de Sanidad quien ya ha dejado diversas muestras de su empuje en las distintas responsabilidades que ha desempeñado. Su imagen juvenil y fotogénica se presta a facilitar que observadores prejuiciosos pasen por alto el talento y el poderío intelectual de Trinidad Jiménez.

Tras meses de oscura y silenciosa lucha contra un maléfico virus al que ha dejado reducido a la nada, la Ministra ha podido, finalmente, asomarse al campo abierto para formular nuevas metas sanitarias. La sanidad puede parecer, al pronto, un asunto casi técnico, pero se trata, en realidad, de una de las grandes políticas y solo los muy sagaces saben verlo con la debida precisión y nitidez. Trinidad Jiménez ha oteado el horizonte y ha emitido un diagnóstico certero que rompe con los tópicos complacientes al uso. Nuestra Ministra se ha dado cuenta de que, bien por ignorancia, bien por cobardía, la política sanitaria estaba tolerando un auténtico y silencioso holocausto. Cientos de miles de personas, millones de seres humanos han de soportar todavía esa plaga maligna del humo tabaquil, ese silencioso sembrador de cánceres y de innumerables síndromes maléficos que se nos cuela día a día en los pulmones como consecuencia del inmoderado consumo de tabaco de los españoles.

Trinidad Jiménez ha emitido un veredicto sabio y ponderado sobre el fondo de una cuestión tan palpitante y se ha propuesto erradicar el humo de todos los lugares públicos, sin excepción alguna. ¡Sabe Dios cuántas vidas se salvarán gracias a este valiente propósito de la Ministra! El gran hallazgo de Trinidad Jiménez no se ha quedado en pergeñar una nueva ley para resolver un viejo problema; eso sería lo que hiciese un Ministro corriente, pero Trinidad da para más, de manera que no se ha limitado a eso. Ha entrado decididamente en el recóndito lugar en que se discuten las grandes opciones de la democracia, el porvenir del gobierno representativo y otras cuestiones nada menores para hacer un par de aportaciones de antología. Sus análisis muy bien pudieran iluminar el resto de legislatura, de modo que, con toda probabilidad, un par de docenas de asesores del Presidente, estarán analizando a fondo las opiniones trinitarias para sacar de ellas cuanto las preña.

La Ministra, cual Ulises posmoderno, se ha atado firmemente al palo mayor de las convicciones y ha dicho: “se trata de protección de la salud”. No ha tenido que decir más porque todos comprendemos inmediatamente que, ante tamaño desafío, todas las energías son pocas. Ya va siendo hora de que nos demos cuenta de que ante la protección de la salud no valen las medias tintas. Hay mucha demagogia en eso de defender las libertades individuales: ¡orden es lo que hace falta! Orden, educación de la ciudadanía y ausencia de tabaco en los espacios públicos y estaremos ya casi en el Paraíso.

Bien, pero lo importante, insisto, está en el análisis político del asunto, un tratamiento del tema que permite resolver, de una vez por todas, la madre de todas las objeciones al poder ordenador de la ley sobre las conductas privadas, sobre esos cotos de excepción que siempre reivindican los ricos, los neoliberales y gentes aún peores, si los hubiera. Jiménez lo ha visto con inusitada acuidad. Sus declaraciones han sido pasmosamente clarividentes. Ha dicho, nada menos, lo siguiente: “En la medida en que consigamos consenso político, conseguiremos consenso social». No hay más remedio que rendirse ante la potencia de este análisis, de este portento de ciencia política. Ya era hora de que se dijesen estas cosas con claridad. Es el consenso político el que fuerza el consenso social, y no al revés. Son los políticos los que iluminan la vida oscura y soez de los ciudadanos, su invencible idiocia.

Señores: ha nacido una nueva estrella en el paupérrimo y escasamente brillante páramo de las ideologías, doña Trinidad Jiménez. Su pensamiento nos ha permitido imaginar un futuro realmente espléndido, muy lejos ya de los vicios y las tendencias perniciosas del pasado. Dejémonos de pensar, que ya lo harán los políticos por nosotros; dejemos de discutir, que para eso están ellos. Votemos a los buenos, y ya no habrá más de qué hablar: ¿se imaginan qué dicha abandonarse al gobierno sigiloso de los sabios?


Publicado en El Confidencial

De pronto, la nieve

Una de las evidencias que más pesa en la memoria de muchos a favor de la verosimilitud de ese conjunto de cosas a las que se llama cambio climático, es que la nieve escasea en las Españas. Se trata de un asunto intrigante, que rompe las tradiciones de la infancia de los mayores y que invita a pensar en el tempus fugit, y en cosas aún más sombrías.

Esta mañana, sin embargo, nevaba en Madrid desde la madrugada y, según me dicen, parece que, por así decir, no nevaba desde la sierra, sino desde el noreste. En fin, cosas que pasan.

El mundo es inconstante, salvo para los grandes números, y eso resulta desconcertante para quienes siguen pensando en un universo máquina, un mundo que ahora parece averiado por impericia de los usuarios. Hay que tomarse todas estas cosas con cierto sentido del humor, aunque no sé si lo digo porque ayer vi In the Loop y me estuve riendo no solo de la política sino, sobre todo, de los amigos que la padecen, o han padecido, en directo. No se pierdan la película porque es sagaz, aunque tal vez no sea exacta.

Así es la vida, una mezcla de chapuzas, equívocos y coincidencias tras de las cuales, muy de vez en cuando, aparece una mano inteligente, un rostro agradable o se adivina una sonrisa misteriosa; parece que eso pasa también con la naturaleza y con su manifestación más caprichosa, con el clima, esa serie de datos que algunos creen tener ya plenamente sujeta; pero es mejor no ponerse solemne, porque cuando menos lo piensas, se pone a nevar o te topas con un político inteligente: en ambos casos, se te pone una cara muy rara.

Palimpsesto digital

Me rondaba por la cabeza la palabra palimpsesto, y no sabía bien a qué pudiera deberse. Imaginé que, como andaba escribiendo sobre cosas de libros y culturas, la repetida aparición del palabro en mi cabeza, se podría explicar por su relación con la historia de los soportes de la escritura, pero, como de repente, tuve una revelación. Me acordaba del palimpsesto porque con ese nombre se conoce a los manuscritos antiguos, en rollo o en códice, que han sido parcialmente borrados para escribir encima un nuevo texto, y tenía ante mí un auténtico palimpsesto informático. Mejor dicho, tenía dos. Una notificación de un juzgado y una respuesta de un órgano administrativo municipal. Dos papeles ininteligibles y absurdos en los que lo único que quedaba claro es que yo no tenía razón, dos palimpsestos como dos casas, como luego se verá.

Recuerdo muy bien cuando oí por primera vez hablar de que los ordenadores iban a simplificar la administración: iba andando por una calle de Londres con un viejo amigo que vivía allí y del que apenas he vuelto a saber nada. Era, más o menos hacia 1978, es decir que ya ha llovido. Pues bien, la cosa no ha sido así: la informática no ha agilizada la administración sino que ha vuelto más soberbios y ensimismados a los funcionarios que la encarnan. Todos tiene a mano un texto viejo que pueden repetir a golpe de tecla, un palimpsesto que se modifica y se personaliza sin apenas esfuerzo, algo así como el paraíso de la rutina. No hay que preocuparse por la escritura porque el PC te lo da hecho… y si el ciudadano no entiende que se vaya enterando.

La administración no nos contesta, nos envía palimpsestos, y con ello nos muestra su amor al pasado, su sabiduría y su escasa propensión a darnos a entender otras razones que las muy viejas del ordeno y mando. Modernización en los medios, perseverancia en los fines, y el que no tenga padrinos administrativos que no pretenda bautismarse, faltaría más.

¿Le gusta Zapatero?

Una encuesta reciente de Intereconomía Televisión, que, sin pretender ser científica, sí ha sido honesta con los entrevistados, nos ha ofrecido un testimonio más de que el presidente está empezando a perder credibilidad entre los suyos. Los porcentajes de adhesión a su tarea, con ser altos, están muy por debajo del nivel habitual de aceptación de la izquierda. Parece que cada vez son más los españoles que piensan que Zapatero es una desgracia inmerecida.

España está en medio de una gravísima crisis económica, que siempre ha sido negada por un gobierno que, coherente a su manera, tampoco está haciendo nada por salir de ella. Por si fuera poco, cada día se nos aflige con un nuevo disparate y ya no sabemos qué cara poner de la vergüenza que nos da estar en tales manos. Es muy significativo lo que tanta gente repite: el peor gobierno… y la peor oposición. Naturalmente, quienes saben que en la política se juega con algo más que con palabras, están ya muy poco dispuestos a soportar la facilidad de Zapatero para decir vaguedades con tono de solemnidad, mientras es incapaz de hacer nada positivo.

Son muchos los españoles que valoran muy escasamente la situación internacional, seguramente prisioneros de un esquema muy simple que contrapone buenos y malos. Es normal, hasta cierto punto, que los buenos de Zapatero sean quienes son, Castro, Chavez y Evo, pero no hay manera de comprender la mansedumbre con la que se aceptan las chulescas marrullerías de Marruecos o las amenazas de los… ¡gibraltereños! En este clima de auténtico desprestigio de España no es raro que aumenten a toda prisa los valerosos independentistas regados con el dinero de Madrid (léase Madrit). Cualquier español mínimamente viajado, puede comprobar la irrelevancia internacional de España, y que estamos empezando a ser la comidilla de Europa, donde según sus promesas íbamos a ser centrales, y donde no se nos hace el menor caso, reducidos, como estamos, a la condición de enfermo holgazán que no se toma la medicación adecuada porque resulta desagradable.

Volviendo a la encuesta, también nos advierte que quienes creamos que Zapatero está siendo un pésimo gobernante, tenemos motivos para reflexionar, porque el nivel de quienes todavía le apoyan está muy alto; que, con todo lo que está pasando, un treinta y ocho por ciento se manifieste partidario de darle otra oportunidad no deja de ser asombroso, y seguramente no es casual. Todos los que pensamos que la destitución pacífica de Zapatero, mediante voto de censura o mediante las urnas, es una necesidad y una urgencia, deberíamos preguntarnos si se está haciendo lo que hace falta para lograrlo, o si estamos dispuestos a esperar estoicamente la caída de la hoja… que lo mismo no llega con esto de la lluvia fina y el cambio climático.

Entre la opereta y el escarnio

El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se distingue del de Felipe González, entre otras cosas, en que no acierta ni cuando rectifica. La portentosa serie de despropósitos que han conducido a la humillante situación en que se encuentra la activista saharaui varada en Lanzarote solo se podrá superar, con esfuerzo, por lo que suceda en los próximos días.

Cuesta trabajo encontrar un ejemplo, incluyendo los casos literarios, en que haya mayor contraste entre la solemnidad de las proclamaciones y la ridiculez de los actos. Me corrijo; para los que recuerden las historias de Tintín, puede que Hernández y Fernández exhiban una colección más amplia de dislates, pero no conviene olvidar que ellos solían ejecutar el desatino en pareja, mientras que Zapatero lo hace todo él solito, porque sus ministros no pasan de meritorios o, en el caso de la Vice, de figurantes con frase.

No es necesario remontarse a otras calendas, para enumerar una lista de disparates realmente insuperable: el apoyo a la investigación suprimiendo las ayudas que la hacen posible, el rescate del Alakrana, que se paga y no se paga, la economía sostenible que se queda en puras palabras, una regulación de la red que incluye y rechaza, a la vez, el cierre de páginas web, los crucifijos que no se retiran pero ya se verá, los brotes verdes que se adelantan y se retrasan, el diálogo social que consiste en no decir nada, el programa de la presidencia española de la UE que produce risa floja, la crisis en la que nunca entramos y de la que ya estamos saliendo, y un largo etcétera que cualquiera puede ampliar sin esfuerzo.

Me parece imposible que no aumente de manera vertiginosa el número de ciudadanos estupefactos y que estarían dispuestos a salir corriendo, si tuvieren algún sitio al que poder ir. No hay más remedio que recordar la pesimista reflexión de Cánovas que recoge Pérez Galdós: “son españoles los que no pueden ser otra cosa”.

El mérito de esta incomparable situación no puede quedar solo en las manos de su principal protagonista. Sería notoriamente injusto privar de este éxito clamoroso a dos colaboradores necesarios para que se sostenga la insólita duración del esperpento.

En primer lugar a los ciudadanos que lo aplauden, entre los que hay que destacar a aquellos que tienen responsabilidades muy específicas y que, por las razones que fuere, no ejercen. Siempre que se habla de las instituciones, se olvida que las encarnan personas, aunque ellas no suelen olvidarlo. Se me permitirá una anécdota: el otro día cené con un amigo más de derechas que el palo de la bandera (vamos, de los que cree que Franco pecó de liberal, como se está viendo) que, por una de esas rarezas de la vida española, es amigote de un juez archifamoso; contó como el magistrado dice que en España puede hacer lo que le dé la gana, naturalmente sin riesgo alguno. Estos individuos, que saben beneficiarse de la tontuna reinante, son mucho menos responsables que el resto, que los que, simplemente, admiran lo que ZP tiene de Fray Gerundio de Campazas, alias Zote, una conducta que me voy a resistir a calificar por un mínimo respeto a sus personas. Decía Russell que los elegidos no pueden ser nunca peores que quienes los eligen, y tenía mucha razón.

Pero, como en los crímenes, hay otros cooperantes necesarios de este sainete que nos desangra. Me refiero, obviamente, a la oposición, al núcleo dirigente del PP con su líder a la cabeza. Se nos contestará que van por delante en las encuestas, faltaría más. Pero, por si no lo saben, cada vez son más lo que creen que una victoria del PP tampoco servirá para nada, y lo creen a la vista de la inanidad de su posición, que oscila entre el desgañitarse sin venir mucho a cuento, y el mirar para otro lado. El PP está encerrado en sus cuarteles, desde los que dispara sin mucho tino y cuando apenas hay riesgo, esperando que el pueblo acuda para llevarle en volandas a la Moncloa. Vana esperanza. Para su desgracia, cada vez son más los que piensan que es preferible vivir con rabia contra el enemigo, que tener que defender al amigo necio.

Confiados en que las elecciones se pierden en lugar de ganarse, y hay que reconocer que saben del caso, olvidan que esa misma esperanza lela, me temo que aconsejada por el mismo experto, sirvió para que los socialistas ganasen en 1993, casi en 1996, en 2004 y en 2008. No cuento las fechas anteriores al 93 porque entonces el barco del PP estaba en manos de Fraga y de Gallardón que siempre han sabido ser una autentica garantía para el contrario.

En política no se hace nada grande sin ilusión, sin esperanzas, sin entusiasmo, sin ambición, sin programa, sin convicciones, sin dar la cara y la batalla. Las tácticas de descuido que sirven para robar la cartera no debieran emplearse para ganar la confianza de una nación digna. Y, menos aún, cuando el enemigo es experto en las artes del escamoteo.

[Publicado en El Confidencial]